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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Instrucción Pastoral sobre la Oración Cristiana. Cardenal Norberto Rivera Carrera
Instrucción Pastoral
Sobre la Oración Cristiana

"SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR"

A LOS FIELES DE LA ARQUIDIÓCESIS DE MEXICO
Y A TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD

El fin de este escrito es presentar algunas reflexiones sobre las características de la auténtica oración cristiana y las actitudes interiores que la acompañan. No pretendo entrar en profundos planteamientos teológicos y juzgar corrientes desviadas que se apartan en este tema de la Revelación cristiana (Sagrada Escritura y genuina tradición) o de la guía del Magisterio, sino considerar las riquezas que contiene la oración de la Iglesia tal y como se ha vivido desde su fundación por Jesucristo hasta nuestros días, y poner al alcance de todos, con motivo de la Misión 2000 de nuestra Arquidiócesis, este maravilloso medio de acercamiento a Dios y de crecimiento espiritual. Por eso, el documento pretende ser muy pastoral y muy cercano.

Con el deseo de ayudar a celebrar el Año Jubilar Cristiano
y con mi bendición apostólica

Norberto Card. Rivera Carrera
Arzobispo Primado de México
México, D.F., 1° de octubre de 1999
Festividad de Santa Teresita del Niño Jesús
Doctora de la Iglesia Católica



INTRODUCCIÓN

"Señor, enséñanos a orar" (Lucas 11,1) es la petición que más de una vez le hicieron a Jesús sus discípulos. Ellos veían a su Maestro, su estilo de vida, escuchaban su doctrina, e intuían que todo nacía de la oración, de sus ratos de diálogo con el Padre. Querían emularlo y por eso le piden que les comparta el secreto de su oración.

Nosotros, los hijos de Dios de esta Arquidiócesis de México, también le pedimos a Jesucristo que nos enseñe a orar. Lo necesitamos. En este confuso fin de siglo, los católicos tenemos la misión de ser testimonios de la presencia de Dios en el mundo y esto sólo podremos conseguirlo desde una profunda relación de amor con Él. Esa relación íntima y gozosa solo se consigue por la oración y la vida sacramental en las cuales fortalecemos nuestra fe, nuestro amor y nuestra esperanza. Recientemente, hemos visto al Papa Juan Pablo II recorrer las calles de nuestra arquidiócesis y hemos comprendido que su profunda experiencia de Jesucristo, de su amor y de su apoyo seguro, nace también de una sólida vida de oración, de unión con Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica ha dedicado una de sus cuatro partes a reflexionar sobre la oración. El número 17 del Catecismo nos dice que "la última parte del catecismo trata del sentido y la importancia de la oración en la vida de los creyentes". Allí encontramos un amplio resumen de la doctrina de la Iglesia sobre este tema que siempre ha ocupado un lugar fundamental en la catequesis. Por eso, en las siguientes reflexiones, acudiremos a esta fuente una y otra vez para el cristiano. De hecho, si queremos obtener el mejor fruto en la comprensión de lo que significa la oración cristiana, será muy oportuno volver a leer los números 2558 al 2758 del Catecismo de la Iglesia Católica.

I. ¿QUÉ ES LA ORACIÓN?

Esta es una pregunta que se hace hoy mucha gente. En un mundo que camina muy de prisa y que continuamente está reclamando la atención de nuestros sentidos, surgen muchos intentos de volver a encontrarse a sí mismo, de relajarse en medio del vértigo del quehacer diario. A muchos de estos intentos se les denomina "oración" o "meditación", aunque sólo se contenten con ser métodos de relajación o sistemas para fomentar la reflexión. No son propiamente oración. La oración implica necesariamente un encuentro del hombre con Dios, un Dios que llama hablando a través de la conciencia, de la Sagrada Escritura, de la Tradición de la Iglesia o del Magisterio, y un ser humano que responde con su afectividad, sus emociones, su inteligencia y, sobre todo, con su libre voluntad. Orar es llamar y responder. Es llamar a Dios y es responder a sus invitaciones. Es un diálogo con el Amor, con el Ser que por amor ha creado todo y que por amor nos ha redimido y nos ha hecho sus hijos abriéndonos las puertas de la vida eterna en su compañía. Como decía Santa Teresa de Jesús, orar es "tratar de amor con quien sabemos que nos ama" (Libro de la Vida, Cap. 8). La oración es un encuentro real con Dios que se hace presente en el hombre por la acción del Espíritu Santo, una acción oculta, muchas veces callada, pero siempre eficaz y transformante, cuando se la acoge con generosidad y se responde a ella.

El Espíritu Santo es el gran protagonista de nuestra oración. Sin Él no podríamos orar: El espíritu Santo es el don que viene al corazón del hombre junto con la oración. En ella se manifiesta ante todo y sobre todo como el don que "viene en auxilio de nuestra debilidad". Es el rico pensamiento desarrollado por San Pablo en la Carta a los Romanos cuando escribe: "Nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene: más el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables". Por consiguiente, el Espíritu Santo no sólo hace que oremos, sino que nos guía "interiormente" en la oración supliendo nuestra insuficiencia y remediando nuestra incapacidad de orar. Está presente en nuestra oración y le da una dimensión divina. De esta manera, "el que escruta los corazones conoce cual es la aspiración del Espíritu y que su intercesión a favor de los santos llega a ser la expresión cada vez más madura del hombre nuevo, que por medio de ella participa de la vida divina (Juan Pablo II, Carta Encíclica Dominum et Vivificantem 65).

La oración es dialogar con Dios, hablar con él con la misma naturalidad y sencillez con la que hablamos con un amigo de absoluta confianza. En palabras de Santa Teresa del Niño Jesús, "es un impulso del corazón una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría" (Manuscritos Autobiográficos C 25r). "La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes" (San Juan Damasceno, De fide Orthodoxa 3,24) (Catecismo de la Iglesia Católica 2558-2559). Es una relación personal entre el ser humano y su Creador. Es encuentro y comunicación con Dios.

La oración es fe en acto. La fe sostiene la oración, la pone en marcha, se ejercita en ella. La oración no lleva a un vacío mental o a una iluminación interior que prescinde de la revelación acogida por la fe. Tampoco depende de técnicas que nos llevan a conseguir efectos especiales. Las gracias místicas (de unión con Dios) son dones gratuitos de Dios que se piden con fe y amor. Orar es ponerse en la presencia de Dios que, por amor, se ha revelado libremente, nos ha invitado a conversar con Él y nos ofrece su comunión, cierta y soñada, don y no simple conquista. La verdadera unión con Dios está ya garantizada por la comunión sacramental de Dios con nosotros en Cristo mediante el Bautismo y la Eucaristía. Estoy es muy distinto de la ilusión de fusión o absorción del yo humano en el Yo divino (Cf. Congregación para la doctrina de la fe, Carta Orantionis formas, 14-XII-1989,14).

La oración no es cuestión de ejercicios físicos. Algunos ejercicios físicos producen automáticamente sensaciones de quietud o de distensión, sentimientos gratificantes y, quizá, hasta fenómenos de luz y de calor similares a un bienestar espiritual. Confundirlos con auténticas consolaciones del Espíritu seria un modo totalmente erróneo de concebir el camino espiritual. Atribuirles significados simbólicos típicos de la experiencia mística, cuando la actitud moral del interesado no se corresponde con ella, representaría una especie de esquizofrenia mental que puede conducir incluso a disturbios psíquicos y, en ocasiones, a aberraciones morales (Congregación para la doctrina de la fe, Carta Orationis formas 28).

La verdadera oración es búsqueda de Dios, Él es el único premio buscado, el único efecto querido. El verdadero contemplativo que ha aprendido a orar en la escuela de Cristo y de la Iglesia, no busca consolaciones subjetivas sino responder al amor con amor, a la presencia de Dios con la fidelidad, siempre apasionadamente atraído por la verdad, por la bondad y la belleza de su Señor único motivo de su búsqueda y única posible recompensa de todo encuentro (Congregación para la doctrina de la fe, Carta Orationis formas 30-31).

La Oración cristiana puede presentar muchas formas distintas: oración mental, vocal, contemplativa, discursiva, coral, litúrgica, pero siempre supone un diálogo con Dios Uno y Trino, con un Dios personal que nos ama, nos escucha y nos habla a través de inspiraciones, mociones, luces interiores, resoluciones de la conciencia moral, etc. Si no hay diálogo con Dios, no es oración. Si no hay fruto de conversión al amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos, no es oración. Si no hay unión con la vid, que es Jesucristo (CF Juan 15, 1-8), no es oración. Si no hay una intervención de toda la persona, con sus afectos, su inteligencia, su libre voluntad, no es oración. Si no hay humildad, no es oración Y sin esfuerzo, no hay oración. La Oración no se reduce al brote espontáneo de un impulso interior: para orar es necesario querer orar. No basta sólo con saber lo que las Escrituras revelan sobre la oración: es necesario también aprender a orar. Pues bien, por una transmisión viva (la sagrada Tradición), el Espíritu Santo, en la "Iglesia creyente y orante" (Concilio Vaticano II, Dei Verbum 8), enseña a orar a los Dios (Catecismo de la Iglesia Católica 2650).

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