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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Instrucción Pastoral sobre la Oración Cristiana. Cardenal Norberto Rivera Carrera
II. LOS EVANGELIOS NOS HABLAN DE LA ORACIÓN

Una y otra vez, los evangelios nos refieren que Jesucristo frecuentemente (Marcos 1, 35; 14,35; Lucas 3, 21; 6, 12; 22,44). También la Iglesia, desde sus inicios, hizo de la oración una actividad central en su vida (Hechos 1, 14; 4, 31). Se convirtió en la primera obligación de los apóstoles junto al ministerio de la palabra (Hechos 6, 4). En ella encontraban consuelo cuando sufrían los efectos de la persecución (Hechos 16,25). La veían como signo de auténtica caridad (Romanos 12, 12) y de vigilancia (Efesios 6,18). La oración santifica a la Iglesia (1 Timoteo 4,5). Tiene un poder sobrenatural (Santiago 5, 15). Los apóstoles dejaron a la Iglesia una clara y profunda convicción: Dios siempre escucha la oración de los justos (1 Pedro 3, 12).

En el Evangelio encontramos múltiples referencias a las características de la verdadera oración. Forman parte de una catequesis que Jesucristo desarrolló con sus discípulos a través de la cual buscaba acercarlos al conocimiento y amor del Padre. De entre todas ellas vamos a entresacar algunas para reflexionar juntos acerca de las enseñanzas que Jesucristo nos deja sobre cómo debe ser la oración del cristiano.

1. La oración se dirige a Dios y no necesita de muchas palabras.

Cuando oréis, no seáis, como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres: en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Y al orar, no charléis mucho, como los gentiles que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo (Mateo 6, 5-8).

Este texto de Mateo que precede a la enseñanza del Padrenuestro, nos brinda varios criterios fundamentales para orientar nuestra oración. Nos dice, en primer lugar, que la oración se dirige exclusivamente a Dios, que no es para que la vean los hombres. La oración requiere de esta intención de buscar a Dios, de ir a ella con la disposición de entrar en contacto con Él, de encontrarlo.

Cuando la oración no se dirige a Dios, no es propiamente oración. Se convierte en un monólogo que, en lugar de hacernos crecer en el amor, nos cierra en el egoísmo y en la auto-complacencia. Cuando dejamos de mirar a Dios, nos centramos en nuestros problemas que se agigantan ante nuestros ojos y parecen apropiarse por completo de nosotros. Nos pasa como a Pedro cuando quiso seguir a su Maestro caminando sobre las aguas (Mateo 14, 25-33): Y a la cuarta vigilia de la noche vino Él hacía ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndolo caminar sobre el mar, se turbaron y decían: "Es un fantasma", y de miedo se pudieron a gritar: Pero al instante les habló Jesús diciendo: "¡Ánimo!, que soy yo; no teman". Pedro les respondió: "Señor, si eres tú, mándame ir a donde ti sobre las aguas". "¡Ven!", le dijo. Bajo Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: "¡Señor, sálvame!" Al punto Jesús, tendiendo la mano, lo agarró y le dice: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?" Subieron a la barca y amainó el viento. Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: "Verdaderamente eres Hijo de Dios". Jesucristo nos sigue repitiendo en la oración ese "¡Ánimo!, soy yo, no temas" que dirigió a sus discípulos. Eso nos infunde confianza y seguridad. Muchas veces, si es Él quien nos responde, nos lo haga saber con algo que nos beneficie. Y Dios nos lo da y nos da mucho más. Los problemas de Pedro comienzan cuando deja de mirar a Cristo y se comienza a preocupar más de las dificultades. Entonces le entra miedo, un miedo que contradice ese "no teman" que les había dicho Jesucristo. Pedro se fijó más en sí mismo que en Jesús, valoró más las dificultades que lo rodeaban que el poder de Dios. Le faltó la fe y dudó de Dios, y eso le llevó a dudar de sí mismo y de su futuro. Es, en el fondo, lo que le pasa al hombre de hoy. Orar es poner la atención en Dios, en su poder infinito para transformarlo todo, hasta lo más negativo. Es fijarse en Él, es mirarlo a Él.

Además, la oración no necesita de mucha palabrería, no hace falta. Dios sabe lo que necesitamos antes de que se lo digamos, hasta nuestras necesidades materiales no pasan desapercibidas a su amor de Padre (Cf. Mateo 6, 25-34). Por eso, en la relación con Dios basta decir lo que se siente, lo que se quiere pedir, con sencillez, con fe, con humildad. No hay que olvidar que el Espíritu Santo nos ayuda en la oración (Cf. Romano 8, 26). Nos escucha desde dentro, intercede por nosotros. Por eso, aunque exige esfuerzo, no es difícil orar; es simplemente dialogar con Dios que nos ama infinitamente.

2. La oración insistente

Si uno de vosotros tiene un amigo y, acudiendo a él a medianoche, le dice: ¡Amigo, préstame tres panes, porque ha llegado de viaje a mi casa un amigo mío y no tengo qué ofrecerle", y aquél, desde dentro, le responde: "No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos", os aseguro, que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos se levantará por su importunidad, y le dará cuanto necesite... Pedid y se os dará: buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla: y al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas a vuestros hijos, ¡cuántos más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan (Lucas 11, 5-13).

Después de la enseñanza del Padrenuestro (Lucas 11, 2-4), San Lucas coloca este texto que tiene una gran importancia porque nos enseña a tener perseverancia y confianza en la oración: perseverancia para alcanzar lo que pedimos y confianza porque la oración nos pone en contacto con el Padre del Cielo que sólo da cosas buenas a sus hijos. A la hora de comenzar a rezar es muy conveniente detenerse a pensar qué estoy haciendo, con quién estoy hablando. Esto dará un tono muy distinto a nuestra oración. Se trata de hacer silencio, pero también de tomar conciencia de que toda oración es un diálogo con un Padre que nos ama infinitamente, que se entrega generosamente a nosotros, que nos ha dado todo lo que somos y tenemos. Esto nos lleva a darnos cuenta de que Dios no nos va a dar nada malo; nos hace pensar que todo lo que viene de Él es para nuestro bien. En este momento, con esa idea clara, ya podemos comenzar a rezar, a pedirle por nuestras necesidades, a agradecerle lo que hemos recibido a Él, a pedir perdón por nuestras culpas y pecados, a alabarle. Este simple ejercicio de reflexión previa antes de la oración caldea nuestro corazón y lo sitúa en la verdadera dimensión del amor a Dios y de la confianza en Dios Padre, que deben reinar en todo acto de oración.

Las distracciones en la oración nos puede llevar a abandonar esta insistencia, especialmente cuando intentamos combatirlas directamente enfrentándonos a ellas. Nos preocupa no tener nuestra atención puesta sólo en Dios y ver de forma casi impotente como nuestros pensamientos y nuestra imaginación vagan de una parte a otra. Corremos el riesgo de abandonarlo todo y pensar que es imposible tener esa relación con Dios. En estos momentos, lo mejor es simplemente renovar el deseo de hacer oración, actuar de nuevo la convicción de que queremos hablar con Dios. Las distracciones ya pasaron, no hay que volver a ellas, ni lamentarse; simplemente hay que renovar la intención y el esfuerzo de querer orar, con mucha paciencia, sin enfurecimientos que provienen del orgullo. Si vuelven las distracciones a venir las distracciones, volvemos a renovar nuestro deseo de buscar a Dios. Las distracciones nos sirven para darnos cuenta de que necesitamos a Dios y de que nos falta mucho para establecer una unión completa con Él. El mejor antídoto contra ellas es renovar nuestros deseos de buscar a Dios y meter todas nuestras potencias en la oración, desde la imaginación hasta el último sentimiento que turba nuestro corazón, todos tienen un lugar en la relación con Dios.

3. La paciencia de la fe: la oración perseverante.

Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: "¡Hazme justicia contra mi adversario!" Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: "Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme"... Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra? (Lucas 18, 1-8).

Esta última pregunta de Jesucristo toca el corazón de cata católico, de cada bautizado: "cuando el Hijo del hombre venga, ¡encontrará fe sobre la tierra?". Dios es un juez justo que hará justicia aunque, como dice el texto evangélico, nos hace esperar. Pero, cuando haga justicia, ¿quedará algo de fe en nosotros? La fe es un don que recibimos de Dios, que no podemos alcanzar por nosotros mismos. Por eso tenemos que pedírsela y fortalecerla en la oración. Pero la fe es un don de Dios que podemos perder si no lo cultivamos o si lo ponemos en peligro. El fundamento de la fe es muy sencillo. Nos o explica muy bien el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 156: "El motivo de creer no radica en el hecho de que las verdades reveladas que aparezcan como verdaderas e inteligibles a la luz de nuestra razón natural. Creemos a causa de la autoridad de Dios mismo que revela y que no puede engañarse ni engañarnos. Sin embargo, para que el homenaje de nuestra fe fuese conforme a la razón, Dios ha querido que los auxilios interiores del Espíritu Santo vayan acompañados de las pruebas exteriores de su revelación. Los milagros de Jesucristo y de los santos, las profecías, la propagación y la santidad de la Iglesia, su fecundidad y su estabilidad son signos ciertos de la revelación, adaptados a la inteligencia de todos, motivos de credibilidad que muestran que el asentimiento de la fe no es un modo alguno un movimiento ciego del espíritu". Creemos en Dios por ser infinitamente inteligente no puede equivocarse en lo que nos ha enseñado: por ser infinitamente bueno no va a engañarnos en nada de lo que nos ha revelado. Esa inteligencia y esa bondad de Dios que son el fundamento de nuestra fe, se descubren en la oración, en el contacto íntimo con Él.

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