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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Instrucción Pastoral sobre la Oración Cristiana. Cardenal Norberto Rivera Carrera
4. La necesidad humilde de corazón.

Dos hombres subieron al templo a orar: uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: "¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias". En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!". Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado (Lucas 18, 9-14).

La soberbia aleja al hombre de Dios y de los demás. Lo encierra en sí mismo y le impide toda relación con el Señor, simplemente porque el soberbio se cree autosuficiente. Por eso es imposible ser soberbio y tener auténtica vida de oración. No hay combinación posible como se puede mezclar el agua y el aceite. Sin embargo, la humildad nos cerca de Dios: para enamorarse Dios del alma, no pone los ojos en su grandeza, más en la grandeza de su humildad (S. Juan de la Cruz, Avisos espirituales, Puntos de amor reunidos en Beas 24). La primera actitud necesaria para la oración es la humildad profunda: sentirse dependiente de Dios, saberse suya, tener clara conciencia de que sin Dios no es nada y, por ello, experimentar la necesidad de Dios (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica 2559). La oración nace de esta necesidad de Dios descubierta y vivida. Oramos porque somos conscientes de nuestra propia debilidad como hombres solos y de la grandeza que podemos descubrir en Dios. En la oración, el hombre se encuentra con lo más profundo de sí mismo, con su inmensa debilidad, pero al mismo tiempo, se encuentra también con la solución a esa debilidad: Dios, su Creador y Redentor. Orar es enriquecerse partiendo de la propia pobreza y abrirse a la riqueza de Dios. Orar es dejar la seguridad en sí mismo para ponerla en Dios.

En la oración, nuestra conciencia moral (Cf. catecismo de la Iglesia Católica 1776-1802) se mide con Dios; busca responder al amor de Dios. La oración descubre el amor de Dios y su maravillosa perfección y, junto a él, nuestra pobreza, muchas veces deficiente en la respuesta y siempre insuficiente. El error de la oración del fariseo es que él no se mide con Dios, sino con los demás. Además, se fijan en las cosas externas que hace ("ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias") y no en la intención, en la profundidad de su amor. Su oración no es sino un acto de contabilidad superficial que no penetra en el fondo del corazón. Le falta introspección. No hace el mal, pero tampoco hace el bien. Esto se da mucho en nuestro mundo de hoy. Hay muchas sectas en los que sus miembros se consideran salvados simplemente por no romper una serie de normas externas, pero no hay espacio para la entrega generosa del amor. No hay que romper las reglas externas, mucho menos la Ley de Dios, pero no lo olvidemos: al final de nuestra vida se nos juzgará por el amor que hayamos tenido a Dios y los demás o, dicho con palabras de San Juan de la Cruz, "A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición" (San Juan de la Cruz, avisos Espirituales, Dichos de luz y amor, 60). El amor nos lleva a cumplir los mandatos de dios (C.f. Juan 14, 15; 14, 21; 14, 23; 15, 14) y da sentido a la vida del ser humano.

La oración nace del corazón (en hebreo, el corazón se designaba con la palabra "leb" y significaba lo más profundo del hombre). "¿De dónde viene la oración del hombre? Cualquiera que sea el lenguaje de la oración (gestos y palabras), el que ora es todo el hombre. Sin embargo, para designar el lugar de donde brota la oración, las Sagradas Escrituras hablan a veces del alma o del espíritu, y con más frecuencia del corazón (más de mil veces). Es el corazón el que ora. Si ésta está alejado de Dios, la expresión de la oración es vana. El corazón es la morada donde yo estoy, o donde yo habito (según la expresión semítica o bíblica: donde yo "me adentro"). Es nuestro centro escondido, inaprensible, ni por nuestra razón ni por la de nadie; sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar del encuentro, ya que a imagen de Dios, vivimos en relación: es el lugar de la Alianza" (Catecismo de la Iglesia Católica 2562 y 2563).

5. La omnipotencia de la oración (Marcos 9, 28,29).

Al entrar en casa, sus discípulos le preguntaron en privado: "¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?" Él le contestó: "Esta clase de demonios no puede ser expulsada sino con la oración".

San Marcos, en su evangelio, se refiere muchas veces a la omnipotencia de la oración. En Marcos 7,24-30 o Mateo 15, 22-28, nos encontramos ante un episodio de una mujer que pasa por una experiencia muy similar a la de muchos hombres de nuestra sociedad actual. Se encuentra desalentada por un mal que afecta a su hija y se da cuenta de que no está en su mano solucionarlo. En estas situaciones nos puede vencer el desánimo, la desilusión e incluso puede ser que nos sintamos incomprendidos por los demás que no comparten nuestra pena. A veces podemos llegar a sentir que no le importamos a nadie, ni siquiera a Dios, que parece que ya no vela por nuestra surte. Sin embargo, la mujer del evangelio parte de la convicción de que sólo Jesucristo puede dar solución al mal que afecta a su hija. Sabe que ella es importante para Dios. Por eso acude a Él. Sin embargo, Jesucristo no responde de inmediato. Se da su tiempo, incluso prueba la fe de la mujer, pero ella sigue pidiéndole lo que sólo Él le puede dar. Al final, cura a la hija de esta mujer que aparece denominada en el Evangelio como "la siro-fenicia" o "la cananea". El Papa Juan Pablo II comenta el hecho admirando las actitudes anteriores de la mujer que arranca de Jesucristo la gracia de la curación de su hija: "...vemos a la mujer cananea una figura que mereció por parte de Cristo unas palabras de especial aprecio por su fe, su humildad y por aquella grandeza de espíritu de la que es capaz sólo el corazón de una madre: "Mujer, grande es tu fe; que suceda como deseas" (Mateo 15, 28). La mujer cananea suplicaba la curación de su hija" (Juan Pablo II, Casta apostólica Mulieris Dignitatem 4, 13). Efectivamente, la fe, la humildad y la grandeza de espíritu de aquella mujer "tocan" el corazón de Dios. La historia de la Iglesia está llena de imposible conseguidos por la oración. Desde la resurrección de Lázaro pasando por la conversión de San Agustín lograda con las oraciones de su madre, hasta los últimos milagros que siguen manifestando la presencia de Dios en la Iglesia. Todos son actos de Dios que parten de la oración humana. Son experiencias que nos hablan del gigantesco poder de la oración cuando se basa en una fe sólida, firme, perseverante, impulsada por el amor. Lo que no se puede alcanzar con medios humanos, nos lo alcanza Dios con la oración.

6. La seguridad y la confianza son la base de la oración (Mateo 21, 22 y Marcos, 11, 23-24).

"Todo lo que pidan con fe en la oración, la obtendrán". "Les aseguro que si alguien le dice a esta montaña: "Quítate de ahí y arrójate al mar", si lo hace sin dudar y creyendo que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso les digo: todo lo que pidan en su oración, lo obtendrán si tienen fe en que van a recibirlo".

Buscar a Dios puede resultar muy fatigoso para el ser humano que tiene que echar mano constantemente de su fe y encauzar todas sus potencias en la tarea de encontrar a alguien que no ve, pero sabe que está ahí. Por eso la oración se sostiene de la fe. Por ella lucha contra las dificultades, contra las distracciones, contra la pereza espiritual. La fe nos ofrece la seguridad de que lo que pedimos ya está conseguido, de que Dios no nos va a fallar. Esta seguridad alimenta nuestro amor y transforma nuestra vida. El activismo nace de la falta de seguridad en la oración, confiamos más en nuestras propias capacidades, en nuestro propio esfuerzo, para conseguir lo que buscamos, para conseguir la santidad; o simplemente dedicamos nuestros esfuerzos a conseguir otras metas pediendo el interés por aquello que solo Dios puede darnos. Nos importa más otras cosas que Dios. La oración requiere de esta seguridad inicial en que Dios se nos va a dar en la oración y en que eso es lo que más nos interesa.

La oración nos lleva al conocimiento íntimo de Dios cuando partimos con la seguridad y la firme decisión de encontrarlo. Dios se da en la oración, pero muchas veces, el ser humano sigue haciendo verdad aquella frase del prólogo del evangelio de San Juan: "Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron" (Juan 1, 11). El esfuerzo de la oración debe estar animado de una certeza: Dios se nos da en ella. La oración nos lleva al amor de Dios y a dejar todo aquello que le ofende. Nos fortalece en la decisión de amar a Dios sobre todas las cosas, de construir su imagen en nosotros (Mateo 5, 48).

7. La oración, siempre precedida del perdón.

"Y cuando os pongáis de pie para orar, perdonan, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre, que está en los cielos, os perdone vuestras ofensas" (Marcos 11,25).

La oración nace del amor y acrecienta el amor. Requiere desenvolverse siempre en un clima de amor: amor que busca al Amado y sale fortalecido en ese amor. Orar es amar porque implica un deseo de Dios. Pero para que este amor a Dios sea auténtico, requiere de una purificación de nuestras rencillas y malquerencias, también de aquellas que tenemos hacia nuestros semejantes pues no hay que olvidar aquella palabra de Jesús: "En verdad os digo que cuando hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mi me lo hicisteis" (Mateo 24,40). El perdón nos acerca a Dios y nos coloca en las mejores disposiciones para rezar, en la sintonía del amor de Dios. Por otro lado, antes de orar conviene eliminar todos los rencores acumulados que turban la paz tan necesaria para la oración. Es el momento de perdonar y disculpar, como Jesucristo hizo desde la cruz (Lucas 23, 24), sin duda la mejor preparación para adentrarse en el diálogo con Dios. Sólo así nuestra alma puede gozar de la necesaria libertad de espíritu para entrar en contacto con su Creador y Salvador.

Cuando entramos en la presencia de Dios a través de la oración, puede asaltarnos una fuerte conciencia de la indignidad personal, como le sucedió a San Pedro al sentirse en presencia de Jesucristo (Lucas 5, 8). Esto nos lleva a pedir perdón a Dios por todos los fallos a su amor y a tomar la decisión de buscar siempre su voluntad por encima de todo. Esto también nos hace más sensibles a las ofensas al amor que hemos tenido con nuestros hermanos. Nos impulsa a darles más de nosotros mismos, a darnos con más generosidad en el servicio del prójimo. Por ello, el perdón es al mismo tiempo condición y fruto de la oración sincera.

8. La oración en el templo (Mateo 21,13; Marcos 11, 17; Lucas 19, 46) y la oración comunitaria (Mateo 18,20).

En varias ocasiones a lo largo del Evangelio, Jesucristo denomina al templo "casa de oración". Hoy, muchas veces, oímos hablar de que el templo es lugar de reunión donde se junta la asamblea se junta para orar. El templo es, ante todo, lugar de encuentro con Dios. Después, ese encuentro con Dios se hace encuentro con los hermanos que comparten la misma fe. Pero la principal actividad que se realiza en el templo es la oración. La casa de Dios es casa de oración.

Al mismo tiempo, el Evangelio resalta el valor de la oración comunitaria. Aparece siempre considerada con un valor especial. Incluso, el Padrenuestro que enseña Jesús (Cf. Mateo 6, 9-13; Lucas 11, 2-4) usa la forma "nosotros" y, por ello, aunque se rece en solitario, siempre toma esta forma colectiva de oración de toda la Iglesia. La oración más individual es siempre un acto de toda la Iglesia que está presente en el cristiano que reza y vive su fe y su amor.

9. Orar, mandato de Jesucristo (Mateo 26, 41; Marcos 14,38; Lucas 22-46).

Jesucristo ordena a sus discípulos que recen. No es una simple recomendación, sino un mandamiento fuerte. Jesucristo les advierte que si no rezan, caerán en la tentación. Jesucristo conoce la debilidad del hombre para el amor a Dios y al prójimo. Sabe cómo fácilmente se deja vencer su egoísmo, por su indiferencia ante las necesidades de los demás, por su altanería, por su ansia desmedida de placer, por su deseo de poseer y dominar, por su ira y su rencor, por su pereza, y por ello necesita fortalecerse en la oración para vivir asido a Dios, tomando de la mano. Por eso, la Iglesia ha recomendado siempre la oración, como San Pablo la aconsejaba a sus discípulos (Cf. Tesalonicenses 5, 17; Filipenses 4, 6).

La explicación que nos ofrece el Catecismo de la Iglesia Católica sobre este punto es muy clara:

"Orad constantemente" (1 Tesalonicenses 5, 17), "dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo" (Efesios 5, 20), "siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos" (Efesios 6, 18). "No nos ha sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos una ley que nos manda orar sin cesar" (Evagrio, Capita Practica Ad Anatolium 49). Este ardor incansable no puede venir más que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la oración es el del amor humilde, confiado y perseverante. Este amor abre nuestros corazones a tres evidencias de fe, luminosas y vivificantes:

- Orar es siempre posible: El tiempo del cristianismo es el de Cristo resucitado que está "con nosotros, todos los días" (Mateo 25,20), cualesquiera que sean las tempestades (Cf. Lucas 8, 24). Nuestro tiempo está en las manos de Dios: "Es posible, incluso en el mercado o en un paseo solitario, hacer una frecuente y fervorosa oración. Sentados en vuestra tienda, comprando o vendiendo, o incluso haciendo la cocina" (San Juan Crisóstomo, Eclogae ex diversis homiliis 2).

- Orar es una necesidad vital: si no nos dejamos llevar por el Espíritu caemos en la esclavitud del pecado (Cf. Gálatas 5, 16-25). ¿Cómo puede el Espíritu Santo ser "vida nuestra", si nuestro corazón está lejos de él? "Nada vale como la oración: hace posible lo que es imposible, fácil lo que es difícil. Es imposible que el hombre que ora pueda pecar (San Juan Crisóstomo, Sermones de Anna 4,5). "Quien ora se salva ciertamente, quien no hora se condena ciertamente" (San Alfonso María de Ligorio, Del gran medio de la Oración).

- Oración y vida cristiana son inseparables porque se trata del mismo amor y de la misma renuncia que procede del amor. La misma renuncia que procede del amor. La misma conformidad filial y amorosa al designio de amor del Padre. La misma unión transformante en el Espíritu Santo que nos conforma cada vez más con Cristo Jesús. El mismo amor a todos los hombres, ese amor con el cual Jesús nos ha amado. "Todo lo que pidáis al Padre en mi Nombre os lo concederá. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros" (Juan 15, 16-17). "Ora continuamente el que une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos encontrar realizable el principio de la oración continua" (Orígenes, De oratione 12) (Catecismo de la Iglesia Católica 2742-2745).

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