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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Instrucción Pastoral sobre la Oración Cristiana. Cardenal Norberto Rivera Carrera
III. LA ORACIÓN DE JESUCRISTO

Jesucristo fue modelo de oración para sus discípulos y todavía sigue siéndolo para nosotros, sus seguidores. Hay muchos rasgos en la oración de Jesucristo, tal y como nos la presentan las Sagradas Escrituras, que resultan fundamentales a la hora de comprender la esencia más profunda de la oración.

1. La oración de Jesucristo busca la voluntad de Dios por encima de todo. Esto lo vemos claro en la oración en el huerto de Getsemaní: "Padre, haz que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Mateo 26, 39; Marcos 14, 36; Lucas 22, 42). En la oración encontramos a Dios, que nos ofrece su gracias para cumplir lo que nos pide. Dios nunca nos quita las dificultades, pero siempre nos da las gracias y las fuerzas naturales para vencerlas. Cumplir la voluntad de Dios puede entrañar dificultades a distintos niveles: nos cuesta entender que lo que se nos pide es lo mejor para nosotros, nuestro camino de felicidad, nos cuesta vivirlo con plenitud, somos reacios a la entrega. En la oración quizás nos entenderemos todo lo que Dios nos pide, pero aprenderemos a amarlo viéndolo venido del Ser que más nos ha amado. La oración nos lleva a confiar en Dios, a acercarnos a Él con la seguridad de que saldremos enriquecidos, a entregarnos con generosidad a su voluntad sabiendo que Dios nos marca el camino de nuestra felicidad. La oración de Jesús ante los acontecimientos de salvación que el Padre le pide que cumpla es una entrega, humilde y confiada, de su voluntad humana a la voluntad amorosa del Padre. Toda la oración de Jesús está en esta adhesión amorosa de su corazón de hombre al "misterio de la voluntad" del Padre (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica 2600 y 2603).

2. Es una oración que pide fuerzas ante las dificultades. Ya lo hemos visto en el caso anterior, con la oración de Jesús en Getsemaní, pero también se ve, por ejemplo, cuando se retira cuarenta días al desierto (Marcos 1, 12-13; Mateo 4, 1-11; Lucas 4, 1-13) antes de comenzar su misión apostólica. Jesucristo se fortalece en la oración. Nosotros también salimos de ella motivados, sustentados en la gracia de Dios, más movidos por el amor que por nuestro propio egoísmo. La Madre Teresa de Calcuta repitió más de una vez que la oración hace transparente el corazón para el amor. Así es: en efecto, la oración prepara al corazón para la entrega que exige el verdadero corazón para la entrega que exige el verdadero amor. La oración nos da fuerza para vivir el plan de Dios sobre nuestras vidas: "Padre, ha llegado la hora; glorificara a tu Hijo, para que Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado" (Juan, 17, 1-2). La oración es la base de la actividad apostólica de Jesús. Desde ella y por ella puede realizar su misión de salvación para los hombres. Desde ese diálogo con Dios, Jesucristo nos entrega la vida eterna.

3. Es una oración de intercesión por los hombres y, especialmente, por los apóstoles. En el Evangelio encontramos muchos pasajes que nos presentan esta actitud de Jesucristo: Lucas 23, 34; Juan 17, 9-26. Jesús le pide al Padre que perdone a sus hijos, que los guarde del mal, que sean uno, etc. Jesucristo reza por todos los hombres, los de su tiempo y los que habría de venir en las futuras generaciones. El Papa Juan Pablo II vive también así su oración, la hace intercesión por las necesidades de los hombres, sus hermanos. El 28 de octubre de 1995, en la celebración del trigésimo aniversario del Decreto Conciliar Presbyterorum Ordinis, del Concilio Vaticano II, sobre el sacerdocio, el Papa Juan Pablo II pronunció un discurso en el que dijo: "pienso en el gran número de peticiones, de intenciones de oración, que nos presentan constantemente varias personas. Yo tomo nota de las intenciones que me son indicadas por personas de todo el mundo y las conserva en mi capilla, en mi reclinatorio, para que estén presentes en todo momento en mi conciencia, aun cuando no puedan ser literalmente repetidas cada día. Permaneced allí y se puede decir que el Señor Jesús las conoce, porque se encuentran entre los apuntes en el reclinatorio y también en mi corazón". La oración que hacemos por los demás es como la sangre que recorre y vivifica a la Iglesia, el cuerpo místico de Cristo.

4. Es una oración de acción de gracias. Así lo vemos en Juan 11, 41-42; "Padre, te doy gracias por hacerme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que me crean que tú me has enviado". Jesucristo pronuncia esta oración antes de resucitar a Lázaro. Es tal su confianza en el poder y en el amor de Dios que sabe que antes de que Él exponga su petición, el Padre ya se la ha concedido. La acción de gracias es un deber de justicia por el que reconocemos todo lo que Dios nos ha dado y, al mismo tiempo, esta acción de gracias nos lleva a confiar más en Dios. Jesucristo repite esta oración varias veces en el Evangelio (Mateo 11, 25; Lucas 10, 21; etc.). San Pablo, fiel apóstol de Jesucristo, refleja muy bien esta actitud en todas sus epístolas (Cf. Romanos 1, 12; II Timoteo 1, 3; Filemón 1, 4). La gratitud es una de las virtudes más nobles, más amadas por Dios (Cf. Lucas 17, 12-18), pues para ser agradecidos hace falta ser humildes y sencillos. El soberbio cree que todo se lo debe, y por eso nunca sabe abajarse para dar gracias sinceramente ante un favor, ni delante de Dios, ni de los hombres.

IV. LA ORACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

María Santísima, nuestra Madre del Cielo, nos da una gran enseñanza de lo que debe ser la auténtica oración, llena de piedad y de amor, que guarda y medita todo en su corazón (Lucas 2, 19). Para descubrir las actitudes interiores que alimentan la oración de la Santísima Virgen, podemos fijarnos en el himno del Magnificat:

Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, disperso a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como había anunciado a nuestros padres, a favor de Abraham y de su linaje por los siglos (Lucas 1, 46-55).

Esta oración refleja un conjunto de actitudes interiores en las que descubrimos la radiografía de un alma que busca a Dios y lo encuentra en un diálogo directo a través de la oración. Son actitudes que hacen posible y auténtica la oración.

1. Engrandece mi alma al Señor. Engrandece o, como traducen otros textos, "glorifica". La oración de María se dirige a glorificar a Dios, a darle gloria, por eso comienza con un acto de adoración. Realmente, Dios no necesita que lo glorifiquemos que le demos gloria, ni que lo engrandezcamos, pero la oración no puede darse si no parte de un reconocimiento de la gloria y la infinita grandeza de Dios. Una oración que no reconoce la grandeza de Dios y, peor aún, rebaja la identidad de Dios, no es oración. Actualmente, en las librerías religiosas encontramos muchos libros donde se habla de oraciones para la "sanación", oraciones de perdón, etc., pero comienza a resultar extraño el oír hablar de la oración que simplemente da gloria o alabanza a Dios cuando realmente éste y no otro es el centro de la oración auténtica. Dar gloria a Dios y enamorarse de Él son los dos ejes en los que se debe mover la oración. Buscamos experimentar a Dios, su presencia, para amarlo, imitarlo y seguirlo.

2. Mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador. La oración, si es auténtica, es alegre. Y la alegría es la oración nace del reconocimiento de Dios como el único y verdadero Salvador. La oración de María parte de esta convicción que llena de alegría su vida. Dios es salvador, el que da sentido a la vida, el que colmará la felicidad que el ser humano tanto ansia. Dios es promesa de vida eterna y presencia consoladora por el amor. La oración siempre produce paz en el alma porque Dios es el que causa esta paz, pero al mismo tiempo, la oración nunca nos deja en paz, pues nos lleva a buscar con más generosidad a Dios.

3. Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava. La esclava. La humildad es la principal que debe existir para que pueda darse la oración. Esta humildad es la que nos lleva a experimentar en nuestras vidas una profunda necesidad de Dios. El ser humano, por la humildad, se coloca en la verdad de su vida y descubre que sin Dios no es nada, es sólo apariencia, imagen, pero no llena aquellos fines altísimos a los que está llamado, no cumple su misión, no es ni siquiera capaz de perseguir sus ideales. Sin Dios, el ser humano se separa de la ruta que le traza su propia naturaleza de ser racional, libre, responsable, solidario. La humildad nos hace ir a la oración a arrancar gracias de Dios que necesitamos para nuestra vida, para nuestra perseverancia, para avanzar en el camino hacia la vida eterna disfrutando en la plenitud de la posesión de Dios. Al mismo tiempo, Dios sólo se da en la oración al hombre humilde, porque encuentra en él un terreno abonado para recibirle. Dios no fuerza la voluntad y sólo se entrega a quien experimenta su necesidad. El autosuficiente, el que cree que no le debe nada a Dios, nunca recibirá la gracia del encuentro con el Amor, Sin humildad, no se atrae la atención de Dios porque el alma está cerrada en sí misma.

4. Por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso. Otra actitud fundamental en la oración: la acción de gracias, el reconocimiento de todas las maravillas que Dios hace en cada uno de nosotros y que nos llevan a la felicidad. Bienaventurada significa eso: feliz. María sabe encontrar todas esas maravillas grandes y pequeñas que Dios hace en nuestras vidas: la obra de la salvación, la redención, las gracias innumerables que nos concede, su presencia en nuestra alma; todo aquello que hemos recibido sin merecerlo: nuestra familia que no elegimos, los hijos, el amor de los padres, la creación, la virtud de la esperanza, la fuerza para amar que encontramos en nosotros mismos. Todo es gracia de Dios, hasta la disposición para recibir la gracia. El Catecismo de la Iglesia Católica nos lo explica muy bien en los números 2000 y 2001: "La gracia santificante es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona el alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor. Se debe distinguir entre la gracia habitual, disposición permanente para vivir y obrar según la vocación divina, y las gracias actuales, que designan las intervenciones divinas que están en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación. La preparación del hombre para acoger la gracia es ya una obra de la gracia. Esta es necesaria para suscitar y sostener nuestra colaboración a la justificación mediante la fe y a la santificación mediante la caridad. Dios completa en nosotros lo que Él mismo comenzó". En la oración reconocemos las gracias de Dios. Por eso, el hombre de oración no puede ser pesimista ni puede dejarse llevar por el desaliento. La vida de María no fue un regalo de la suerte, sino una suma de sufrimientos y grandes dificultades, pero a pesar de ello y seguramente, en ellos y gracias a ellos, podía levantar su corazón en acción de gracias a Dios porque en la oración percibía con profundidad la bondad de Dios para Ella.

5. Santo es su nombre. Este es un punto vital de la oración: reconocer que la santidad viene solo de Dios y que no podemos acceder a ella sin Él. Reza, orar, es reconocer la santidad de Dios y reconocerlo como autor de nuestra santificación al que hemos de responder generosamente. El nombre de Dios es su misma identidad y esta es la santidad absoluta. A Dios lo conocemos con el mismo nombre que lo llamaba Jesucristo: Padre. Es Padre de amor que nos hace partícipes de su santidad. En ella encontramos nuestra felicidad. La santidad no es otra cosa que una respuesta a la llamada de Dios que nos invita a comulgar de su amor y a compartirlo a los demás.

6. Su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. La oración nos lleva a reconocer y apreciar la misericordia de Dios que se extiende a todos los hombres, de todas las épocas. Orar es hacer presente el corazón de Dios (cor-cordis en latín) en las debilidades de los hombres (en su miseria) y eso es lo que encierra en su significado más literal la palabra "misericordia" (miseri-cordi-a). El corazón de Dios se presenta en signos de este corazón de Dios presente en las debilidades de cada ser humano, como el ángel de Getsemaní (Cf. Lucas 22,43) que consuela al Jesucristo Místico de hoy y de siempre. En la oración descubrimos esta misericordia de Dios que perdona y disculpa (Cf. Lucas 23-34), y se la agradecemos. En la oración comprendemos que lo que Él ha hecho con nosotros, tenemos que repetirlo con los demás. En la oración se nos despierta también el verdadero temor de Dios que se basa en el inmenso amor a Él y, por ello, se convierte en temor a perderlo.

7. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. En la oración, la fe nos lleva a contemplar a Dios tal y como es. Seguramente no entendemos a fondo los misterios de Dios, pero reconocemos su poder, un poder que es absoluto, pero que siempre se abre al amor auténtico. Por eso, los soberbios, los que no se sienten necesitados de Dios, se cierran a ese poder del amor y el poder de Dios los rechaza porque ellos mismos nunca quisieron dar el primer paso para acercarse a Él. Su seguridad está en ellos mismos, no creen necesitar de su Creador. Dios no puede acercarse a los corazones soberbios, ellos mismos se alejan de Dios. La oración nos lleva a contemplar el dolor de Dios ante las almas que se condenan eternamente porque han preferido quedarse en su soberbia antes de vivir la humildad que los hubiera llevado a Dios, a la unión con Él. El amor de Dios no nos deja indiferentes y nos impulsa a una opción por Él. Si estamos cerrados en la soberbia, jamás seremos capaces de captar esta llamada del Amor. El Evangelio considera ricos a los que están tan apegados a las cosas de este mundo que su corazón no puede abrirse a Dios y a los demás. Ellos se van sin nada de la oración, ni siquiera son capaces de entrar en la presencia del Señor porque los ciegan muchas cosas ocupando un lugar en su corazón que Dios ya no puede llenar.

8. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- a favor de Abraham y de su linaje por los siglos. La oración nos descubre la fidelidad absoluta de Dios a pesar de nuestras traiciones. Él sale al paso de nuestra vida una y otra vez. Nos perdona y comprende. Nos ofrece el perdón en cada debilidad nuestra. Responde a nuestros olvidos con su perdón; a nuestra debilidad, con su corazón de Padre; a nuestra traición, con su disculpa; a nuestro rencor, con su olvido del mal; a nuestro pecado, con su muerte en la cruz por amor; a nuestra indiferencia, con su gracia; a nuestra mentira, con la Verdad; a nuestra oscuridad, con su luz. Él es el Camino, la Verdad y la Vida (Juan 14, 6). Él siempre está ahí, a disposición del ser humano, sea cual sea su estado, raza o condición. Y la fidelidad absoluta de Dios se descubre en la oración. Él se entrega siempre, sólo falta poner nuestra parte.

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