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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Instrucción Pastoral sobre la Oración Cristiana. Cardenal Norberto Rivera Carrera
V. LA ORACIÓN DEL CRISTIANO

1. También hoy, quizás más que nunca, la oración requiere de una serie de actitudes profundas que la hacen posible y auténtica. Requiere, en primer lugar, de una búsqueda sincera de Dios que implica alejarse de muchas cosas que distraen. La oración necesita de un clima de silencio interior y exterior. Se trata ante todo de quitar el ruido de las pasiones, de los llamados de la sensualidad, del orgullo. La oración supone, en su fase inicial, un esfuerzo por integrar todas nuestras potencias en la oración. San Juan de la Cruz lo resumía muy bien con su famosa "letrilla":

Olvido de lo creado, memoria del Creador; Atención a lo interior y estarse amando al Amado

(San Juan de la Cruz, Letrillas, Suma de la perfección)

A esta actitud inicial, Santa Teresa de Jesús la denomina "desasimiento" (Camino de Perfección, cap 4). Junto a este desasimiento, Santa Teresa añade el amor y la humildad como actitudes fundamentales para orar (Camino de Perfección, cap 4 al 17). Las tres van entremezcladas en la oración y al mismo tiempo las hace crecer y fortalecerse como virtudes.

2. La oración nos lleva a vivir de verdad unidos a Dios, no ha vivir simplemente "junto a Dios". Dios se nos presenta en cada realidad de la vida, en cada paso, y la oración y la vida de sacramentos nos unen a Él. EL cristiano no puede edificar su vida pasando simplemente de largo junto a un Dios que se revela como Dios de amor. Si quiere realizar a fondo su vocación, tiene que entablar una estrecha relación con Él, en la que comparta todas las inquietudes, deseos, afectos, de Dios; igual que Él comparte los nuestros.

3. La oración auténtica nace al experimentar la necesidad de Dios. El Papa se ha referido varias veces a la meta-tentación que acosa al hombre de hoy (Cf. Discurso de la Conferencia Episcopal Francesa. Issy les Moulineaux, I-VI-1980, por ejemplo), una tentación que aparece por encima de las demás y que es mucho más insidiosa; la de querer concebir un mundo sin Dios, la de prescindir de Él tomando al hombre como absoluto. Ante esto, es muy necesario, especialmente para el hombre de nuestro siglo, a veces tan desorientado, el volver a creer de verdad en Dios y en su poder para transformar nuestra vida y nuestra sociedad desde el amor. A esto ayuda la oración en la que el hombre se encuentra con la grandeza de Dios que le llena y le conforta en su debilidad.

La oración requiere de una lucha de todas las facultades del hombre orientadas en el mismo sentido; la búsqueda de Dios. Buscamos arrancar su gracia, como Jesucristo en la oración de Getsemaní. Buscamos, sobre todo, la gracia de la fidelidad al amor de Dios.

4. La oración es el mejor antídoto contra la rutina en la vivencia de la fe de la que tanto se quejan muchos cristianos. La oración ofrece un sentido a la vida, a cada actividad, a cada minuto de la vida, porque eleva el alma a Dios y, aunque no se dedique todo el tiempo del día a orar, sin embargo, el encuentro con Dios que se produce en la auténtica oración, perdura durante todo el día dando un colorido especial a las cosas ordinarias. El alma que vive en oración descubre a Dios en todo y establece un diálogo continuo, incluso sin palabras, con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y con la santísima Virgen María. Por ello, Santa Teresa de Jesús llegó a afirmar que "no haya desconsuelo cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas exteriores; entended que si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor ayudándonos en lo interior y exterior". Esta afirmación de Santa Teresa es real, en todas las actividades humanas encontramos al Señor y podemos unirnos a Él en lugar de pasar indiferentemente junto a Él. La unión con el Señor mata la rutina porque abre el corazón al auténtico amor y el amor lo llena todo; el amor no aburre.

5. La oración nos enseña a ver todo con los ojos de Dios. Cuando uno llega por primera vez a la Plaza de San Pedro y ve las columnas de Bernini que la rodean, le parece que todo está desordenado y que las comunas son más un bosque que un conjunto organizado y simétrico. Sin embargo, enseguida se descubren dos puntos en el suelo desde los cuales se percibe muy bien la maravillosa alineación de aquellas moles de piedra en una elipse perfecta. Con la visión del mundo y de los problemas humanos sucede lo mismo. Hace falta escoger un buen punto desde el cual se pueda ver toda la realidad en su justa dimensión para encontrarle la explicación del fondo y el único punto válido es Jesucristo. Sólo desde Él podemos ver todo lo que nos rodea, lo que nos sucede e incluso a nosotros mismos, en su justa dimensión y desde la óptica adecuada. Y esto sólo lo conseguimos con la oración.

Uno de los grandes problemas que se perciben en los católicos de hoy es que muchas veces no tenemos una visión clara del mundo y de todos los acontecimientos humanos y no somos capaces de formar criterios de comportamiento precisos y seguros. Por ello existe mucha confusión que se refleja en distintos ámbitos de nuestro actuar. Nos sentimos como el niño que se mueve debajo de una piñata con los ojos tapados. Quisiéramos consultar a Jesucristo sobre muchos problemas que se nos presentan, desde la educación de los hijos hasta las decisiones más elementales de nuestra vida, y en todo ello nos encontramos faltos de recursos y ayudas. La oración nos ayuda a interiorizar los principios de la revelación cristiana, el mensaje y el testimonio de Jesucristo, que encontramos en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia, siempre guiados por el Magisterio. En la oración nos apropiamos de los sentimientos de Cristo (Cf. Romanos 15, 5; Filipenses 2, 5) y hacemos nuestras sus enseñanzas. En la oración conocemos íntimamente al Maestro para mejor amarlo y seguirlo.

La oración fortalece nuestra fe haciéndola experimental no simplemente intelectual; nos sitúa en la óptica de Jesucristo. La oración baja las convicciones de la fe desde la cabeza al corazón, nos hace creer desde el corazón, desde lo más profundo de nuestro ser. El corazón es el leb de los hebreos, el centro de todo el actuar humano. La oración nos hace centrar ese leb en Cristo. Nos lleva al amor verdadero, al Señor, a escuchar al Espíritu Santo, a descubrir el amor al Padre que arropa toda nuestra vida. Nos lleva a la conversión, a dirigir nuestro corazón desde Dios y hacia Dios, a cambiar internamente para cambiar el mundo y construirlo desde Jesucristo.

6. Orar es hacer Iglesia, hacerla crecer. Santa Teresa del Niño Jesús fue nombrada patrona de las misiones sin salir del convento. Ella hacía misiones con la oración. La oración alcanza gracias de Dios, santifica y con esa santidad y esa gracia se edifica a la Iglesia. El Concilio Vaticano II lo expresó muy bien: "Piensen todos que con el culto público y la oración con la penitencia y con la libre aceptación de los trabajos y calamidades de la vida, por la que se asemejan a Cristo paciente (II Corintios 4, 10; Colosenses 1, 24), pueden llegar a todos los hombres y ayudar a la salvación de todo el mundo" (Concilio Vaticano II, Apostolican Actuositatem 16). La oración enriquece a la Iglesia y al mundo, lo acerca más a Dios, aunque sea la oración más oculta y personal, porque en ella se da la recta relación de la criatura con el Creador, igual que le pecado más oculto también deforma esa relación del hombre con Dios. La oración toca la inteligencia y la voluntad del hombre y al mismo tiempo revitaliza a la Iglesia e incrementa su tesoro de santidad, que pone al alcance de todos los seres humanos.

- Dentro de esta vida de oración, en nuestra arquidiócesis es muy importante la oración de los religiosos, hombres y mujeres que han consagrado su vida a Dios por la vivencia de los votos de pobreza, castidad y obediencia. La oración es uno de los principales deberes, es el instrumento que les permite vivir su consagración unidos a Jesucristo. El Concilio Vaticano II destacó la importancia de este deber de los religiosos que tanto enriquece a la Iglesia: "...los miembros de los Institutos, bebiendo en los manantiales auténticos de la espiritualidad cristiana, han de cultivar con interés constante el espíritu de oración y la oración misma" (Concilio Vaticano II, Perfectae Caritatis 6) y el Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que "La vida consagrada no se mantiene ni se propaga sin la oración; es una de las fuentes vivas de la contemplación y de la vida espiritual en la Iglesia" (Catecismo de la iglesia Católica, 2687).

- Otro elemento que enriquece notablemente la vida de la Iglesia es la oración en familia. No en vano se denomina a la vida "iglesia doméstica" (Cf. por ejemplo, Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 11). Muchas veces hemos oído ya la frase de que "la familia que reza unida, permanece unida". Es muy cierta. En estos tiempos difíciles por los que pasa la institución familiar, es más necesario que nunca el fomentar la piedad familiar, el ofrecimiento de obras a Dios por la mañana, las oraciones de la noche, el rosario en familia, las flores de mayo a la Santísima Virgen, el rezo del Ángelus y de las novenas, la reflexión del Evangelio en las noches, la asistencia a la misa dominical en familia, la preparación a los sacramentos, la devoción y consagración al Corazón de Jesús, la bendición de la mesa, las expresiones de la religiosidad popular (Cf. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Famliaris Consortio 61) y todas aquellas manifestaciones religiosas que ayudan a consolidar la relación de cada miembro de la familia con su Creador y dan a la institución familiar una fortaleza sobrenatural que la hace indivisible y la afianza sobre roca (Cf. Mateo 7, 24-27; Lucas 6, 47-49). Esta vida de piedad familiar entrega a los hijos un conjunto de recursos que les será de gran utilidad para edificar su vida con serenidad y rectitud: la confianza en Dios, el amor a Él, la certeza de la fe y la valoración de todos los acontecimientos a la luz de la eternidad.

Sobre este punto, el Catecismo de la Iglesia Católica nos deja una enseñanza clara: "La familia cristiana es el primer ámbito para la educación de la oración. Fundada en el sacramento del Matrimonio, es la "iglesia doméstica" donde los hijos de Dios aprenden a orar "en Iglesia" y a perseverar en la oración. Particularmente para los niños pequeños, la oración diaria familiar es el primer testimonio de la memoria viva de la Iglesia que es despertada pacientemente por el Espíritu Santo" (Catecismo de la Iglesia Católica 2685).

También lo retoma la Carta Encíclica Evangelium Vitae: "Además, la familia celebra el evangelio de la vida con la oración cotidiana, individual y familiar: con ella alaba y da gracias al Señor por el don de la vida e implora luz y fuerza para afrontar los momentos de dificultad y de sufrimiento, sin perder nunca la esperanza. Pero la celebración que da significado a cualquier otra forma de oración y de culto es la que se expresa en la vida cotidiana de la familia, si es una vida hecha de amor y entrega" (Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium Vitae 93). Reconoce que es la vida de amor y entrega continua la que da significado al culto y a la oración. La oración que no va respaldada por este esfuerzo constante por hacer de cada minuto de la vida de familia un acto de entrega y amor, pierde gran parte de su contenido. El amor a Dios que ponemos en la oración no puede separarse del amor que guía nuestra vida de relación con los demás, especialmente con los más próximos.

- Otro capítulo que merece especial atención en nuestra arquidiócesis es la oración por las vocaciones. Todos somos conscientes de la necesidad que tenemos de sacerdotes. Hay muy pocos. Jesucristo es el que llama a su servicio y elige a los que Él quiere. Por eso, hoy más que nunca se hace actual la interpretación de Jesucristo a sus contemporáneos: "La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Lucas 10, 2; Mateo 9, 37-38). En nuestras comunidades tenemos que dar prioridad a esta intención, hay que rogar a Dios que nos envíe abundantes vocaciones que dediquen su vida a servir a los hombres en las cosas de Dios, a ayudarles a buscar la santidad, a construir su Iglesia en la fidelidad a la Tradición, a la Sagrada Escritura y al Magisterio, en la unidad de la fe, de la moral y de los sacramentos. La llamada es acuciante, la Iglesia necesita de muchos sacerdotes que prediquen la Palabra de Dios, santifiquen a la Iglesia con los sacramentos y sean testimonios vivos del amor de Jesucristo a cada hombre.

- Por último, los niños. La oración de los niños enriquece a la Iglesia con la aportación de aquellos que fueron elegidos como modelos por Jesucristo (Cf. Mateo 18, 3; 19, 14; Marcos 10, 14; Lucas 18, 16). Su sinceridad y sencillez son virtudes fundamentales para alcanzar el Reino de los Cielos. Por eso, Jesucristo escuchaba a los niños mientras los demás querían apartarlos de Él (Cf. Mateo 19, 13; Marcos 10, 13; Lucas 18, 15). La oración de los niños siempre ha tocado el "corazón" de Dios (Cf. Mateo 21, 15-16; Marcos 10, 16). Por eso, el Papa confía a su oración los problemas más urgentes del mundo y de la Iglesia:

¡Qué enorme fuerza tiene la oración de un niño. Llega ser un modelo para los mismos adultos: rezar con confianza sencilla y total quiere decir rezar como los niños saben hacerlo.

...Queridos amigos pequeños, deseo encomendar a vuestra oración los problemas de vuestra familia y de todas las familias del mundo. Y no sólo esto, tengo también otras intenciones que confiaros. El Papa espera mucho de vuestras oraciones. Debemos rezar juntos y mucho para que la humanidad, formada por varios miles de millones de seres humanos, sea cada vez más la familia de Dios, y pueda vivir en paz. He recordado al principio los terribles sufrimientos y que tantos niños han padecido en este siglo, y los que continúan sufriendo muchos de ellos también en este momento. Cuántos mueres en estos días víctimas del odio que se extiende por varias partes de la tierra...

Meditando precisamente sobre estos hechos, que llenan de dolor nuestros corazones, he decidido pediros a vosotros, queridos niños y muchachos, que os encarguéis de la oración por la paz. Lo sabéis bien: el amor y la concordia construyen la paz, el odio y la violencia la destruyen. Vosotros detestáis instintivamente el odio y tendéis hacia el amor: por esto el Papa está seguro de que no rechazaréis su petición, sino que os uniréis a su oración por la paz en el mundo con la misma fuerza con que rezáis por la paz y la concordia en vuestras familias. (Juan Pablo II, Carta a los niños, 13 de diciembre de 1994).

Igualmente, yo quisiera pedir a los niños que pusieran en su oración la Nueva Evangelización de nuestra Arquidiócesis que pretendemos impulsar con la Misión 2000, que tengan presente en sus plegarias las dificultades por las que atraviesa nuestro país, el hambre de muchos mexicanos, la concordia y la solidaridad entre todos los hijos de nuestro pueblo, gobernantes y súbditos, el futuro de aquellos que se ven obligados a emigrar a otros países, la fidelidad de los sacerdotes, las luchas entre hermanos que ya no deberían existir entre nosotros, el destino de los niños concebidos pero todavía no nacidos, la solidez de la institución familiar, la justicia y la paz en nuestro suelo. Estoy seguro de que si ustedes piden con fe, Dios escuchará su oración y nos alcanzará las gracias que necesitamos para construir un futuro feliz para todos. La Santísima Virgen de Guadalupe, Madre de todos los mexicanos, nos ayuda con su intercesión por sus hijos queridos, infundiéndonos confianza en el futuro y guiándonos hacia el nuevo Milenio por el camino del amor.

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