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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Carta Pastoral sobre la Sagrada Escritura en la Nueva Evangelización

2.- LA PALABRA DE DIOS, ESPÍRITU DE LA IGLESIA

Si el mundo tiene hambre de esta Palabra, la Iglesia tiene la grave responsabilidad de proclamarla y explicarla. Es el mandato fundamental que ha recibido de Cristo: "vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación" (Mc 16, 15), fue por eso mismo la tarea fundamental de los apóstoles, quienes buscaron siempre dedicarse de lleno a la "oración y al servicio de la Palabra" (Cf. Hch 6, 1-4), con la cual nace, crece y se alimenta la Iglesia misma (Cf. Hch 2, 42). No hay obstáculo que pueda detener este anuncio, ni mandato humano que se pueda oponer, ya que "hay que obedecer a Dios, antes que a los hombres" (Hch 5, 29). Tal vez lo único que pudiera detener esta proclamación de la Palabra de Dios sea nuestra propia resistencia o descuido hacia ella, de allí que nuestra responsabilidad sea mayor: ¡Ay de mí si no evangelizara!, nos dice san Pablo, ¡Ay de nosotros si no evangelizamos!, nos advierte la proclamación sinodal (ECUCIM 2908).

No sólo el comienzo de la Iglesia está iluminado por esta proclamación, sino toda su historia. Baste recordar la obra inmensa de los Santos Padres en los primeros ocho siglos, dedicada casi totalmente a la contemplación y explicación de la Escritura; por otra parte, el medioevo transcribió y meditó cuidadosamente la Palabra de Dios, haciendo de ella el alma de su cultura; el renacimiento la colocó como la primera palabra impresa, multiplicándose las versiones latinas y las traducciones a las nuevas lenguas europeas. Fue sólo por el abuso al que llegó la Reforma protestante que la Iglesia pidió cierto detenimiento, para no hacer de la Palabra un pretexto que justificara opiniones humanas. Por una extraña reacción, la Palabra quedó muy distante del pueblo fiel, pero no de la fe que lo nutre, ni de la vida cristiana que lo guía, por ello ha querido recordar el Concilio Vaticano II que "la Iglesia siempre ha venerado las Sagradas Escrituras como al cuerpo mismo de Cristo; pues, sobre todo en la Sagrada Liturgia, no deja nunca de tomar del altar y distribuir a los fieles el pan de la vida, lo mismo de la Palabra de Dios que del cuerpo de Cristo" (Dei Verbum 21), es así que debemos "dar a conocer la Palabra de Dios contenida en las Sagradas Escrituras, como un instrumento fundamental del conocimiento, profundización y meditación de nuestra fe, de modo que ellos (los fieles todos), a su vez, la difundan entre sus semejantes" (DV 25).

Toca a mí, Obispo de esta Arquidiócesis, como exhorta el Concilio, formar oportunamente a los fieles que por la bondad del Señor me han sido confiados, en el aprecio y conocimiento de los libros sagrados, especialmente de los evangelios. Por eso considero que, después de dar algunos pasos significativos en la dirección que el segundo Sínodo nos ha señalado, y como complemento a la Orientación Pastoral acerca de la Formación de Agentes Laicos para Acciones Específicas, que recientemente he dirigido a la comunidad arquidiocesana (25.05.96), es necesario que tomemos conciencia del lugar que le corresponde a la Palabra en el quehacer de la Iglesia y que hagamos todo lo que nos toca a cada uno para que sea mejor conocida y, sobre todo, vivida. En efecto, si la Iglesia existe y se constituye por la Palabra como pueblo de Dios y en comunidad evangelizada y evangelizadora (Cf. SD 33; Christif. 36), significa que ella "es, en verdad, sustento y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual" (DV 21).

3.- HECHOS Y DESAFÍOS

La realidad en que nos encontramos ya ha sido analizada por el segundo Sínodo Arquidiocesano, donde junto a hechos concretos, nos ha presentado también desafíos que cada día son más urgentes:

Ante una sociedad indiferente y deshumanizada, ante el gran número de bautizados que viven al margen de la vida cristiana, ante una comunidad de raíces cristianas, pero en gran parte de fe muerta e inactiva, y ante una actividad eclesial inoperante, es urgente:

  • llevar a cabo un proceso evangelizador que dé prioridad al anuncio 'kerigmático' en orden a la conversión;
  • renovar profundamente la experiencia del Señor, de modo que los Agentes siempre, y no sólo en las celebraciones litúrgicas, proclamen de manera íntegra, creativa y testificante a un Cristo vivo, capaz de transformar al hombre y su realidad histórica;
  • tomar conciencia de la necesidad de pasar de una pastoral centrada en el culto y la administración, a una pastoral en que todo que se haga vaya dirigido a la proclamación del misterio de Jesucristo.
  • ¡Ay de nosotros si no evangelizamos!

(ECUCIM 2908)

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