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Vicaría      de Pastoral

Escudo Cardenal Norberto Rivera Carrera

Carta Pastoral sobre la Sagrada Escritura en la Nueva Evangelización

4.- CONTEMPLACIÓN DE LA PALABRA

El primer paso indispensable para todos es acercarnos a la Escritura para contemplar la Palabra de Dios. Debe ser nuestro aliento de cada día, para mirar desde allí toda otra realidad. Los pastores que están al frente de las comunidades, los religiosos y religiosas, junto con los agentes laicos que sirven en los distintos campos, y todos los fieles integrados a los grupos y movimientos eclesiales, deben tener una cercanía real y personal con la Palabra de Dios. El Concilio nos recuerda que el momento privilegiado en que la Iglesia escucha la Palabra es la asamblea litúrgica ya que en ella, Cristo "está presente en su Palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla" (SC 7). Dentro de toda la vida litúrgica, la Eucaristía ocupa el lugar central en ese encuentro con nuestro Padre Dios a través de su Cristo, ya que "como hizo en otro tiempo con los discípulos de Emaús, Él mismo nos explica las Escrituras y parte para nosotros el pan" (Plegaria eucarística V). La celebración dominical debe prepararse cuidadosamente, para que la Iglesia toda reciba, asimile y viva con amor y gratitud el don de la Palabra.

Más allá de la liturgia, la Palabra de Dios debe presidir todos los momentos de fe personales o comunitarios, los momentos significativos de nuestra vida, pero especialmente nuestra oración, aún, la Escritura misma es nuestra oración. Se trata de lo que la Iglesia llama la lectio divina, es decir, ese esfuerzo constante por escuchar ordenadamente la Palabra de Dios. Esta cercanía con la Escritura nos lleva a contemplar en la fe las realidades que Dios mismo nos ha revelado: más allá de las palabras, los signos o los hechos narrados, llegamos a comprender que el Reino de Dios está presente en nosotros, que Dios mismo, infinitamente trascendente, está extraordinariamente próximo. Esta contemplación es un don de Dios, a nosotros nos toca buscarlo, quererlo, estar preparados para recibirlo; no tengamos miedo ni pongamos resistencias, el resto lo hará el Espíritu Santo que guía los planes de Dios.

Uno de los momentos de mayor sensibilidad para escuchar la Palabra es la oración. La oración oficial de la Iglesia no es exclusiva de sacerdotes, religiosos y religiosas, sino de todo el Pueblo de Dios: es esperanzador que cada día existan más, en número y en profundidad, grupos de laicos que se reúnen en sus parroquias para orar con la liturgia de las horas, uno de los mejores instrumentos que tenemos para orar con la Sagrada Escritura. Debemos buscar que todos los grupos de oración comunitaria, donde la música y los cantos son de gran apoyo, estos mismos estén inspirados en el Evangelio, por eso "deben tomarse principalmente de la Sagrada Escritura y de las fuentes litúrgicas" (SC 121).

En un tiempo en que nuestra ciudad se ha hundido en un mar de palabras e imágenes efímeras y vacías, en medio del ruido ensordecedor de la civilización moderna, con miles de propuestas, pero con gran ausencia de Dios, los hombres y mujeres experimentan una insatisfacción y soledad que fácilmente les puede llevar por caminos distintos a los de la Iglesia y de la auténtica fe. No nos extrañe, por ello, el auge del esoterismo y de nuevos movimientos religiosos. El remedio saludable está en volver a la capacidad de contemplación, a partir de las Sagradas Escrituras, capacidad que llena el corazón y que permite pasar desde el laberinto de la incredulidad hasta el testimonio del resucitado (Cf. Jn 20, 25) y la esperanza en nuestra plenitud y salvación en Cristo.

Conviene recordar a este propósito aquella exhortación de San Pablo: "Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas. Tú, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador; desempeña a la perfección tu ministerio" (2 Tim 4, 2-5).

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