magisterio

CELAM

V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano

Aparecida, Brasil 2007

 

Índice Aparecida 2007

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ANEXOS

 

DISCURSO DE S.S. BENEDICTO XVI

en la sesión inaugural de los trabajos de la V Conferencia

General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe

 

Salón de Conferencias, Santuario de Aparecida

Domingo 13 de mayo de 2007

 

Queridos hermanos en el episcopado,

amados sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos.

Queridos observadores de otras confesiones religiosas:

 

Es motivo de gran alegría estar hoy aquí con vosotros para inaugurar la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, que se celebra junto al Santuario de Nuestra Señora Aparecida, Patrona del Brasil. Quiero que mis primeras palabras sean de acción de gracias y de alabanza a Dios por el gran don de la fe cristiana a las gentes de este continente.

 

Deseo agradecer igualmente las amables palabras del señor cardenal Francisco Javier Errázuriz Ossa, arzobispo de Santiago de Chile y presidente del CELAM, pronunciadas en nombre también de los otros dos presidentes de esta Conferencia General y de los participantes en la misma.

 

1. La fe cristiana en América Latina

 

La fe en Dios ha animado la vida y la cultura de estos pueblos durante más de cinco siglos. Del encuentro de esa fe con las etnias originarias ha nacido la rica cultura cristiana de este continente expresada en el arte, la música, la literatura y, sobre todo, en las tradiciones religiosas y en la idiosincrasia de sus gentes, unidas por una misma historia y un mismo credo, y formando una gran sintonía en la diversidad de culturas y de lenguas. En la actualidad, esa misma fe ha de afrontar serios retos, pues están en juego el desarrollo armónico de la sociedad y la identidad católica de sus pueblos. A este respecto, la V Conferencia General va a reflexionar sobre esta situación para ayudar a los fieles cristianos a vivir su fe con alegría y coherencia, a tomar conciencia de ser discípulos y misioneros de Cristo, enviados por Él al mundo para anunciar y dar testimonio de nuestra fe y amor.

 

Pero, ¿qué ha significado la aceptación de la fe cristiana para los pueblos de América Latina y del Caribe? Para ellos ha significado conocer y acoger a Cristo, el Dios desconocido que sus antepasados, sin saberlo, buscaban en sus ricas tradiciones religiosas. Cristo era el Salvador que anhelaban silenciosamente. Ha significado también haber recibido, con las aguas del bautismo, la vida divina que los hizo hijos de Dios por adopción; haber recibido, además, el Espíritu Santo que ha venido a fecundar sus culturas, purificándolas y desarrollando los numerosos gérmenes y semillas que el Verbo encarnado había puesto en ellas, orientándolas así por los caminos del Evangelio.

 

En efecto, el anuncio de Jesús y de su Evangelio no supuso, en ningún momento, una alienación de las culturas precolombinas, ni fue una imposición de una cultura extraña. Las auténticas culturas no están cerradas en sí mismas ni petrificadas en un determinado punto de la historia, sino que están abiertas, más aún, buscan el encuentro con otras culturas, esperan alcanzar la universalidad en el encuentro y el diálogo con otras formas de vida y con los elementos que puedan llevar a una nueva síntesis en la que se respete siempre la diversidad de las expresiones y de su realización cultural concreta.

 

En última instancia, sólo la verdad unifica y su prueba es el amor. Por eso Cristo, siendo realmente el Logos encarnado, “el amor hasta el extremo”, no es ajeno a cultura alguna ni a ninguna persona; por el contrario, la respuesta anhelada en el corazón de las culturas es lo que les da su identidad última, uniendo a la humanidad y respetando a la vez la riqueza de las diversidades, abriendo a todos al crecimiento en la verdadera humanización, en el auténtico progreso. El Verbo de Dios, haciéndose carne en Jesucristo, se hizo también historia y cultura.

 

La utopía de volver a dar vida a las religiones precolombinas, separándolas de Cristo y de la Iglesia universal, no sería un progreso, sino un retroceso. En realidad sería una involución hacia un momento histórico anclado en el pasado.

 

La sabiduría de los pueblos originarios les llevó afortunadamente a formar una síntesis entre sus culturas y la fe cristiana que los misioneros les ofrecían. De allí ha nacido la rica y profunda religiosidad popular, en la cual aparece el alma de los pueblos latinoamericanos:

 

El amor a Cristo sufriente, el Dios de la compasión, del perdón y de la reconciliación; el Dios que nos ha amado hasta entregarse por nosotros;

el amor al Señor presente en la Eucaristía, el Dios encarnado, muerto y resucitado para ser Pan de vida;

el Dios cercano a los pobres y a los que sufren;

la profunda devoción a la Santísima Virgen de Guadalupe, de Aparecida o de las diversas advocaciones nacionales y locales. Cuando la Virgen de Guadalupe se apareció al indio san Juan Diego le dijo estas significativas palabras: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?, ¿no estás bajo mi sombra y resguardo?, ¿no soy yo la fuente de tu alegría?, ¿no estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos?” (Nican Mopohua, nn. 118-119).

Esta religiosidad se expresa también en la devoción a los santos con sus fiestas patronales, en el amor al Papa y a los demás pastores, en el amor a la Iglesia universal como gran familia de Dios que nunca puede ni debe dejar solos o en la miseria a sus propios hijos. Todo ello forma el gran mosaico de la religiosidad popular que es el precioso tesoro de la Iglesia católica en América Latina, y que ella debe proteger, promover y, en lo que fuera necesario, también purificar.

2. Continuidad con las otras Conferencias

 

Esta V Conferencia General se celebra en continuidad con las otras cuatro que la precedieron en Río de Janeiro, Medellín, Puebla y Santo Domingo. Con el mismo espíritu que las animó, los pastores quieren dar ahora un nuevo impulso a la evangelización, a fin de que estos pueblos sigan creciendo y madurando en su fe, para ser luz del mundo y testigos de Jesucristo con la propia vida. Después de la IV Conferencia General, en Santo Domingo, muchas cosas han cambiado en la sociedad. La Iglesia, que participa de los gozos y esperanzas, de las penas y alegrías de sus hijos, quiere caminar a su lado en este período de tantos desafíos, para infundirles siempre esperanza y consuelo (Cf. Gaudium et spes, 1).

 

En el mundo de hoy se da el fenómeno de la globalización como un entramado de relaciones a nivel planetario. Aunque en ciertos aspectos es un logro de la gran familia humana y una señal de su profunda aspiración a la unidad, sin embargo comporta también el riesgo de los grandes monopolios y de convertir el lucro en valor supremo. Como en todos los campos de la actividad humana, la globalización debe regirse también por la ética, poniendo todo al servicio de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios.

 

En América Latina y El Caribe, igual que en otras regiones, se ha evolucionado hacia la democracia, aunque haya motivos de preocupación ante formas de gobierno autoritarias o sujetas a ciertas ideologías que se creían superadas, y que no corresponden con la visión cristiana del hombre y de la sociedad, como nos enseña la doctrina social de la Iglesia. Por otra parte, la economía liberal de algunos países latinoamericanos ha de tener presente la equidad, pues siguen aumentando los sectores sociales que se ven probados cada vez más por una enorme pobreza o incluso expoliados de los propios bienes naturales.

 

En las Comunidades eclesiales de América Latina es notable la madurez en la fe de muchos laicos y laicas activos y entregados al Señor, junto con la presencia de muchos abnegados catequistas, de tantos jóvenes, de nuevos movimientos eclesiales y de recientes Institutos de vida consagrada. Se demuestran fundamentales muchas obras católicas educativas, asistenciales y hospitalarias. Se percibe, sin embargo, un cierto debilitamiento de la vida cristiana en el conjunto de la sociedad y de la propia pertenencia a la Iglesia católica debido al secularismo, al hedonismo, al indiferentismo y al proselitismo de numerosas sectas, de religiones animistas y de nuevas expresiones seudorreligiosas.

 

Todo ello configura una situación nueva que será analizada aquí, en Aparecida. Ante la nueva encrucijada, los fieles esperan de esta V Conferencia una renovación y revitalización de su fe en Cristo, nuestro único Maestro y Salvador, que nos ha revelado la experiencia única del amor infinito de Dios Padre a los hombres. De esta fuente podrán surgir nuevos caminos y proyectos pastorales creativos, que infundan una firme esperanza para vivir de manera responsable y gozosa la fe e irradiarla así en el propio ambiente.

 

3. Discípulos y misioneros

 

Esta Conferencia General tiene como tema: “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida” (Jn 14, 6).

 

La Iglesia tiene la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios, y recordar también a los fieles de este continente que, en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo. Esto conlleva seguirlo, vivir en intimidad con Él, imitar su ejemplo y dar testimonio. Todo bautizado recibe de Cristo, como los Apóstoles, el mandato de la misión: “Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará” (Mc 16, 15). Pues ser discípulos y misioneros de Jesucristo y buscar la vida “en Él” supone estar profundamente enraizados en Él.

 

¿Qué nos da Cristo realmente? ¿Por qué queremos ser discípulos de Cristo? Porque esperamos encontrar en la comunión con Él la vida, la verdadera vida digna de este nombre, y por esto queremos darlo a conocer a los demás, comunicarles el don que hemos hallado en Él. Pero, ¿es esto así? ¿Estamos realmente convencidos de que Cristo es el camino, la verdad y la vida?

 

Ante la prioridad de la fe en Cristo y de la vida “en Él”, formulada en el título de esta V Conferencia, podría surgir también otra cuestión: esta prioridad, ¿no podría ser acaso una fuga hacia el intimismo, hacia el individualismo religioso, un abandono de la realidad urgente de los grandes problemas económicos, sociales y políticos de América Latina y del mundo, y una fuga de la realidad hacia un mundo espiritual?

 

Como primer paso podemos responder a esta pregunta con otra: ¿Qué es esta “realidad”? ¿Qué es lo real? ¿Son “realidad” sólo los bienes materiales, los problemas sociales, económicos y políticos? Aquí está precisamente el gran error de las tendencias dominantes en el último siglo, error destructivo, como demuestran los resultados tanto de los sistemas marxistas como incluso de los capitalistas. Falsifican el concepto de realidad con la amputación de la realidad fundante y por esto decisiva, que es Dios. Quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de “realidad” y, en consecuencia, sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas.

 

La primera afirmación fundamental es, pues, la siguiente: sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano. La verdad de esta tesis resulta evidente ante el fracaso de todos los sistemas que ponen a Dios entre paréntesis.

 

Pero surgen inmediatamente otras preguntas: ¿Quién conoce a Dios? ¿Cómo podemos conocerlo? No podemos entrar aquí en un complejo debate sobre esta cuestión fundamental. Para el cristiano el núcleo de la respuesta es simple: sólo Dios conoce a Dios, sólo su Hijo que es Dios de Dios, Dios verdadero, lo conoce. Y Él, “que está en el seno del Padre, lo ha contado” (Jn 1, 18). De aquí la importancia única e insustituible de Cristo para nosotros, para la humanidad. Si no conocemos a Dios en Cristo y con Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable; no hay camino y, al no haber camino, no hay vida ni verdad.

 

Dios es la realidad fundante, no un Dios sólo pensado o hipotético, sino el Dios de rostro humano; es el Dios-con-nosotros, el Dios del amor hasta la cruz. Cuando el discípulo llega a la comprensión de este amor de Cristo “hasta el extremo”, no puede dejar de responder a este amor si no es con un amor semejante: “Te seguiré adondequiera que vayas” (Lc 9, 57).

 

Todavía nos podemos hacer otra pregunta: ¿Qué nos da la fe en este Dios? La primera respuesta es: nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia católica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión: el encuentro con Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un acto de convocación, de unificación, de responsabilidad hacia el otro y hacia los demás. En este sentido, la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (Cf. 2 Co 8, 9).

 

Pero antes de afrontar lo que comporta el realismo de la fe en el Dios hecho hombre, tenemos que profundizar en la pregunta: ¿Cómo conocer realmente a Cristo para poder seguirlo y vivir con Él, para encontrar la vida en Él y para comunicar esta vida a los demás, a la sociedad y al mundo? Ante todo, Cristo se nos da a conocer en su persona, en su vida y en su doctrina por medio de la palabra de Dios. Al iniciar la nueva etapa que la Iglesia misionera de América Latina y del Caribe se dispone a emprender, a partir de esta V Conferencia General en Aparecida, es condición indispensable el conocimiento profundo de la palabra de Dios.

 

Por esto, hay que educar al pueblo en la lectura y meditación de la palabra de Dios: que ella se convierta en su alimento para que, por propia experiencia, vean que las palabras de Jesús son espíritu y vida (Cf. Jn 6, 63). De lo contrario, ¿cómo van a anunciar un mensaje cuyo contenido y espíritu no conocen a fondo? Hemos de fundamentar nuestro compromiso misionero y toda nuestra vida en la roca de la palabra de Dios. Para ello, animo a los pastores a esforzarse en darla a conocer.

 

Un gran medio para introducir al pueblo de Dios en el misterio de Cristo es la catequesis. En ella se transmite de forma sencilla y substancial el mensaje de Cristo.

Convendrá por tanto intensificar la catequesis y la formación en la fe, tanto de los niños como de los jóvenes y adultos. La reflexión madura de la fe es luz para el camino de la vida y fuerza para ser testigos de Cristo. Para ello se dispone de instrumentos muy valiosos como son el Catecismo de la Iglesia Católica y su versión más breve, el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica.

 

En este campo no hay que limitarse sólo a las homilías, conferencias, cursos de Biblia o teología, sino que se ha de recurrir también a los medios de comunicación: prensa, radio y televisión, sitios de internet, foros y tantos otros sistemas para comunicar eficazmente el mensaje de Cristo a un gran número de personas.

 

En este esfuerzo por conocer el mensaje de Cristo y hacerlo guía de la propia vida, hay que recordar que la evangelización ha ido unida siempre a la promoción humana y a la auténtica liberación cristiana. “Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios” (Deus caritas est, 15). Por lo mismo, será también necesaria una catequesis social y una adecuada formación en la doctrina social de la Iglesia, siendo muy útil para ello el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. La vida cristiana no se expresa solamente en las virtudes personales, sino también en las virtudes sociales y políticas.

 

El discípulo, fundamentado así en la roca de la Palabra de Dios, se siente impulsado a llevar la buena nueva de la salvación a sus hermanos. Discipulado y misión son como las dos caras de una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él nos salva (Cf. Hch 4, 12). En efecto, el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro.

 

4. “Para que en Él tengan vida”

 

Los pueblos latinoamericanos y caribeños tienen derecho a una vida plena, propia de los hijos de Dios, con unas condiciones más humanas: libres de las amenazas del hambre y de toda forma de violencia. Para estos pueblos, sus pastores han de fomentar una cultura de la vida que permita, como decía mi predecesor Pablo VI,

 

"pasar de la miseria a la posesión de lo necesario, a la adquisición de la cultura... a la cooperación en el bien común... hasta el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin" (Populorum progressio, 21).

 

En este contexto me es grato recordar la encíclica Populorum progressio, cuyo 40° aniversario recordamos este año. Este documento pontificio pone en evidencia que el desarrollo auténtico ha de ser integral, es decir, orientado a la promoción de todo el hombre y de todos los hombres (Cf. n. 14), e invita a todos a suprimir las graves desigualdades sociales y las enormes diferencias en el acceso a los bienes. Estos pueblos anhelan, sobre todo, la plenitud de vida que Cristo nos ha traído: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Con esta vida divina se desarrolla también en plenitud la existencia humana, en su dimensión personal, familiar, social y cultural.

 

Para formar al discípulo y sostener al misionero en su gran tarea, la Iglesia les ofrece, además del Pan de la Palabra, el Pan de la Eucaristía. A este respecto nos inspira e ilumina la página del Evangelio sobre los discípulos de Emaús. Cuando éstos se sientan a la mesa y reciben de Jesucristo el pan bendecido y partido, se les abren los ojos, descubren el rostro del Resucitado, sienten en su corazón que es verdad todo lo que Él ha dicho y hecho, y que ya ha iniciado la redención del mundo. Cada domingo y cada Eucaristía es un encuentro personal con Cristo. Al escuchar la palabra divina, el corazón arde porque es Él quien la explica y proclama. Cuando en la Eucaristía se parte el pan, es a Él a quien se recibe personalmente. La Eucaristía es el alimento indispensable para la vida del discípulo y misionero de Cristo.

 

La misa dominical, centro de la vida cristiana

 

De aquí la necesidad de dar prioridad, en los programas pastorales, a la valorización de la misa dominical. Hemos de motivar a los cristianos para que participen en ella activamente y, si es posible, mejor con la familia. La asistencia de los padres con sus hijos a la celebración eucarística dominical es una pedagogía eficaz para comunicar la fe y un estrecho vínculo que mantiene la unidad entre ellos. El domingo ha significado, a lo largo de la vida de la Iglesia, el momento privilegiado del encuentro de las comunidades con el Señor resucitado.

 

Es necesario que los cristianos experimenten que no siguen a un personaje de la historia pasada, sino a Cristo vivo, presente en el hoy y el ahora de sus vidas. Él es el Viviente que camina a nuestro lado, descubriéndonos el sentido de los acontecimientos, del dolor y de la muerte, de la alegría y de la fiesta, entrando en nuestras casas y permaneciendo en ellas, alimentándonos con el Pan que da la vida. Por eso la celebración dominical de la Eucaristía ha de ser el centro de la vida cristiana.

 

El encuentro con Cristo en la Eucaristía suscita el compromiso de la evangelización y el impulso a la solidaridad; despierta en el cristiano el fuerte deseo de anunciar el Evangelio y testimoniarlo en la sociedad para que sea más justa y humana. De la Eucaristía ha brotado a lo largo de los siglos un inmenso caudal de caridad, de participación en las dificultades de los demás, de amor y de justicia. ¡Sólo de la Eucaristía brotará la civilización del amor, que transformará Latinoamérica y El Caribe para que, además de ser el continente de la esperanza, sea también el continente del amor!

 

Los problemas sociales y políticos

 

Llegados a este punto podemos preguntarnos: ¿Cómo puede contribuir la Iglesia a la solución de los urgentes problemas sociales y políticos, y responder al gran desafío de la pobreza y de la miseria? Los problemas de América Latina y del Caribe, así como del mundo de hoy, son múltiples y complejos, y no se pueden afrontar con programas generales. Sin embargo, la cuestión fundamental sobre el modo como la Iglesia, iluminada por la fe en Cristo, deba reaccionar ante estos desafíos, nos concierne a todos. En este contexto es inevitable hablar del problema de las estructuras, sobre todo de las que crean injusticia. En realidad, las estructuras justas son una condición sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad. Pero, ¿cómo nacen?, ¿cómo funcionan? Tanto el capitalismo como el marxismo prometieron encontrar el camino para la creación de estructuras justas y afirmaron que éstas, una vez establecidas, funcionarían por sí mismas; afirmaron que no sólo no habrían tenido necesidad de una precedente moralidad individual, sino que ellas fomentarían la moralidad común. Y esta promesa ideológica se ha demostrado que es falsa. Los hechos lo ponen de manifiesto. El sistema marxista, donde ha gobernado, no sólo ha dejado una triste herencia de destrucciones económicas y ecológicas, sino también una dolorosa opresión de las almas. Y lo mismo vemos también en Occidente, donde crece constantemente la distancia entre pobres y ricos y se produce una inquietante degradación de la dignidad personal con la droga, el alcohol y los sutiles espejismos de felicidad.

 

Las estructuras justas son, como he dicho, una condición indispensable para una sociedad justa, pero no nacen ni funcionan sin un consenso moral de la sociedad sobre los valores fundamentales y sobre la necesidad de vivir estos valores con las necesarias renuncias, incluso contra el interés personal.

 

Donde Dios está ausente —el Dios del rostro humano de Jesucristo— estos valores no se muestran con toda su fuerza, ni se produce un consenso sobre ellos. No quiero decir que los no creyentes no puedan vivir una moralidad elevada y ejemplar; digo solamente que una sociedad en la que Dios está ausente no encuentra el consenso necesario sobre los valores morales y la fuerza para vivir según la pauta de estos valores, aun contra los propios intereses.

 

Por otro lado, las estructuras justas han de buscarse y elaborarse a la luz de los valores fundamentales, con todo el empeño de la razón política, económica y social. Son una cuestión de la recta ratio y no provienen de ideologías ni de sus promesas. Ciertamente existe un tesoro de experiencias políticas y de conocimientos sobre los problemas sociales y económicos, que evidencian elementos fundamentales de un Estado justo y los caminos que se han de evitar. Pero en situaciones culturales y políticas diversas, y en el cambio progresivo de las tecnologías y de la realidad histórica mundial, se han de buscar de manera racional las respuestas adecuadas y debe crearse —con los compromisos indispensables— el consenso sobre las estructuras que se han de establecer.

 

Este trabajo político no es competencia inmediata de la Iglesia. El respeto de una sana laicidad —incluso con la pluralidad de las posiciones políticas— es esencial en la tradición cristiana. Si la Iglesia comenzara a transformarse directamente en sujeto político, no haría más por los pobres y por la justicia, sino que haría menos, porque perdería su independencia y su autoridad moral, identificándose con una única vía política y con posiciones parciales opinables. La Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres precisamente al no identificarse con los políticos ni con los intereses de partido. Sólo siendo independiente puede enseñar los grandes criterios y los valores inderogables, orientar las conciencias y ofrecer una opción de vida que va más allá del ámbito político. Formar las conciencias, ser abogada de la justicia y de la verdad, educar en las virtudes individuales y políticas, es la vocación fundamental de la Iglesia en este sector. Y los laicos católicos deben ser conscientes de su responsabilidad en la vida pública; deben estar presentes en la formación de los consensos necesarios y en la oposición contra las injusticias.

 

Las estructuras justas jamás serán completas de modo definitivo; por la constante evolución de la historia, han de ser siempre renovadas y actualizadas; han de estar animadas siempre por un “ethos” político y humano, por cuya presencia y eficiencia se ha de trabajar siempre. Con otras palabras, la presencia de Dios, la amistad con el Hijo de Dios encarnado, la luz de su Palabra, son siempre condiciones fundamentales para la presencia y eficiencia de la justicia y del amor en nuestras sociedades.

 

Por tratarse de un continente de bautizados, conviene colmar la notable ausencia, en el ámbito político, comunicativo y universitario, de voces e iniciativas de líderes católicos de fuerte personalidad y de vocación abnegada, que sean coherentes con sus convicciones éticas y religiosas. Los movimientos eclesiales tienen aquí un amplio campo para recordar a los laicos su responsabilidad y su misión de llevar la luz del Evangelio a la vida pública, cultural, económica y política.

 

5. Otros campos prioritarios

 

Para llevar a cabo la renovación de la Iglesia a vosotros confiada en estas tierras, quisiera fijar la atención con vosotros sobre algunos campos que considero prioritarios en esta nueva etapa.

 

La familia

 

La familia, “patrimonio de la humanidad”, constituye uno de los tesoros más importantes de los pueblos latinoamericanos. Ella ha sido y es escuela de la fe, palestra de valores humanos y cívicos, hogar en el que la vida humana nace y se acoge generosa y responsablemente. Sin embargo, en la actualidad sufre situaciones adversas provocadas por el secularismo y el relativismo ético, por los diversos flujos migratorios internos y externos, por la pobreza, por la inestabilidad social y por legislaciones civiles contrarias al matrimonio que, al favorecer los anticonceptivos y el aborto, amenazan el futuro de los pueblos.

 

En algunas familias de América Latina persiste aún por desgracia una mentalidad machista, ignorando la novedad del cristianismo que reconoce y proclama la igual dignidad y responsabilidad de la mujer respecto al hombre.

 

La familia es insustituible para la serenidad personal y para la educación de los hijos. Las madres que quieren dedicarse plenamente a la educación de sus hijos y al servicio de la familia han de gozar de las condiciones necesarias para poderlo hacer, y para ello tienen derecho a contar con el apoyo del Estado. En efecto, el papel de la madre es fundamental para el futuro de la sociedad.

 

El padre, por su parte, tiene el deber de ser verdaderamente padre, que ejerce su indispensable responsabilidad y colaboración en la educación de sus hijos. Los hijos, para su crecimiento integral, tienen el derecho de poder contar con el padre y la madre, para que cuiden de ellos y los acompañen hacia la plenitud de su vida. Es necesaria, pues, una pastoral familiar intensa y vigorosa. Es indispensable también promover políticas familiares auténticas que respondan a los derechos de la familia como sujeto social imprescindible. La familia forma parte del bien de los pueblos y de la humanidad entera.

 

Los sacerdotes

 

Los primeros promotores del discipulado y de la misión son aquellos que han sido llamados “para estar con Jesús y ser enviados a predicar” (Cf. Mc 3, 14), es decir, los sacerdotes. Ellos deben recibir, de manera preferencial, la atención y el cuidado paterno de sus obispos, pues son los primeros agentes de una auténtica renovación de la vida cristiana en el pueblo de Dios. A ellos les quiero dirigir una palabra de afecto paterno, deseando que el Señor sea el lote de su heredad y su copa (Cf. Sal 16, 5). Si el sacerdote tiene a Dios como fundamento y centro de su vida, experimentará la alegría y la fecundidad de su vocación. El sacerdote debe ser ante todo un “hombre de Dios” (1 Tm 6, 11) que conoce a Dios directamente, que tiene una profunda amistad personal con Jesús, que comparte con los demás los mismos sentimientos de Cristo (Cf. Flp 2, 5). Sólo así el sacerdote será capaz de llevar a los hombres a Dios, encarnado en Jesucristo, y de ser representante de su amor.

 

Para cumplir su elevada tarea, el sacerdote debe tener una sólida estructura espiritual y vivir toda su vida animado por la fe, la esperanza y la caridad. Debe ser, como Jesús, un hombre que busque, a través de la oración, el rostro y la voluntad de Dios, y que cuide también su preparación cultural e intelectual.

 

Queridos sacerdotes de este continente y todos los que habéis venido aquí como misioneros a trabajar, el Papa os acompaña en vuestra actividad pastoral y desea que estéis llenos de alegría y esperanza, y sobre todo reza por vosotros.

 

Religiosos, religiosas y consagrados

 

Quiero dirigirme también a los religiosos, a las religiosas y a los laicos consagrados. La sociedad latinoamericana y caribeña necesita vuestro testimonio: en un mundo que muchas veces busca ante todo el bienestar, la riqueza y el placer como objetivo de la vida, y que exalta la libertad prescindiendo de la verdad sobre el hombre creado por Dios, vosotros sois testigos de que hay una manera diferente de vivir con sentido; recordad a vuestros hermanos y hermanas que el reino de Dios ya ha llegado; que la justicia y la verdad son posibles si nos abrimos a la presencia amorosa de Dios nuestro Padre, de Cristo nuestro hermano y Señor, y del Espíritu Santo nuestro Consolador.

 

Con generosidad, e incluso con heroísmo, seguid trabajando para que en la sociedad reine el amor, la justicia, la bondad, el servicio y la solidaridad, según el carisma de vuestros fundadores. Abrazad con profunda alegría vuestra consagración, que es medio de santificación para vosotros y de redención para vuestros hermanos.

 

La Iglesia de América Latina os da las gracias por el gran trabajo que habéis realizado a lo largo de los siglos por el Evangelio de Cristo en favor de vuestros hermanos, sobre todo de los más pobres y marginados. Os invito a todos a colaborar siempre con los obispos, trabajando unidos a ellos, que son los responsables de la pastoral. Os exhorto también a la obediencia sincera a la autoridad de la Iglesia. Tened como único objetivo la santidad, de acuerdo con las enseñanzas de vuestros fundadores.

 

Los laicos

 

En estos momentos en que la Iglesia de este continente se entrega plenamente a su vocación misionera, recuerdo a los laicos que también ellos son Iglesia, asamblea convocada por Cristo para llevar su testimonio al mundo entero. Todos los bautizados deben tomar conciencia de que han sido configurados con Cristo sacerdote, profeta y pastor, por el sacerdocio común del pueblo de Dios. Deben sentirse corresponsables en la edificación de la sociedad según los criterios del Evangelio, con entusiasmo y audacia, en comunión con sus pastores.

 

Muchos de vosotros pertenecéis a movimientos eclesiales, en los que podemos ver signos de la multiforme presencia y acción santificadora del Espíritu Santo en la Iglesia y en la sociedad actual. Estáis llamados a llevar al mundo el testimonio de Jesucristo y a ser fermento del amor de Dios en la sociedad.

 

Los jóvenes y la pastoral vocacional

 

En América Latina, la mayoría de la población está formada por jóvenes. A este respecto, debemos recordarles que su vocación consiste en ser amigos de Cristo, sus discípulos, centinelas de la mañana, como solía decir mi predecesor Juan Pablo II. Los jóvenes no tienen miedo del sacrificio, sino de una vida sin sentido. Son sensibles a la llamada de Cristo que les invita a seguirle. Pueden responder a esa llamada como sacerdotes, como consagrados y consagradas, o como padres y madres de familia, dedicados totalmente a servir a sus hermanos con todo su tiempo y capacidad de entrega, con su vida entera. Los jóvenes afrontan la vida como un descubrimiento continuo, sin dejarse llevar por las modas o las mentalidades en boga, sino procediendo con una profunda curiosidad sobre el sentido de la vida y sobre el misterio de Dios, Padre creador, y de Dios Hijo, nuestro redentor dentro de la familia humana. Deben comprometerse también en una continua renovación del mundo a la luz de Dios. Más aún, deben oponerse a los fáciles espejismos de la felicidad inmediata y de los paraísos engañosos de la droga, del placer, del alcohol, así como a todo tipo de violencia.

 

6. “Quédate con nosotros”

 

Los trabajos de esta V Conferencia General nos llevan a hacer nuestra la súplica de los discípulos de Emaús: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado” (Lc 24, 29).

 

Quédate con nosotros, Señor, acompáñanos aunque no siempre hayamos sabido reconocerte. Quédate con nosotros, porque en torno a nosotros se van haciendo más densas las sombras, y Tú eres la Luz; en nuestros corazones se insinúa la desesperanza, y Tú los haces arder con la certeza de la Pascua. Estamos cansados del camino, pero Tú nos confortas en la fracción del pan para anunciar a nuestros hermanos que en verdad Tú has resucitado y que nos has dado la misión de ser testigos de tu resurrección.

 

Quédate con nosotros, Señor, cuando en torno a nuestra fe católica surgen las nieblas de la duda, del cansancio o de la dificultad: Tú, que eres la Verdad misma como revelador del Padre, ilumina nuestras mentes con tu Palabra; ayúdanos a sentir la belleza de creer en Ti.

 

Quédate en nuestras familias, ilumínalas en sus dudas, sostenlas en sus dificultades, consuélalas en sus sufrimientos y en la fatiga de cada día, cuando en torno a ellas se acumulan sombras que amenazan su unidad y su naturaleza. Tú que eres la Vida, quédate en nuestros hogares, para que sigan siendo nidos donde nazca la vida humana abundante y generosamente, donde se acoja, se ame, se respete la vida desde su concepción hasta su término natural.

 

Quédate, Señor, con aquellos que en nuestras sociedades son más vulnerables; quédate con los pobres y humildes, con los indígenas y afroamericanos, que no siempre han encontrado espacios y apoyo para expresar la riqueza de su cultura y la sabiduría de su identidad. Quédate, Señor, con nuestros niños y con nuestros jóvenes, que son la esperanza y la riqueza de nuestro continente, protégelos de tantas insidias que atentan contra su inocencia y contra sus legítimas esperanzas. ¡Oh buen Pastor, quédate con nuestros ancianos y con nuestros enfermos! ¡Fortalece a todos en su fe para que sean tus discípulos y misioneros!

 

Conclusión

 

Al concluir mi permanencia entre vosotros, deseo invocar la protección de la Madre de Dios y Madre de la Iglesia sobre vuestras personas y sobre toda América Latina y El Caribe. Imploro de modo especial a Nuestra Señora —bajo la advocación de Guadalupe, Patrona de América, y de Aparecida, Patrona de Brasil— que os acompañe en vuestra hermosa y exigente labor pastoral. A ella confío el pueblo de Dios en esta etapa del tercer milenio cristiano. A ella le pido también que guíe los trabajos y reflexiones de esta Conferencia General, y que bendiga con abundantes dones a los queridos pueblos de este continente.

 

Antes de regresar a Roma, quiero dejar a la V Conferencia General del Episcopado de Latinoamérica y El Caribe un recuerdo que la acompañe y la inspire. Se trata de este hermoso tríptico que proviene del arte cuzqueño del Perú. En él se representa al Señor poco antes de ascender a los cielos, dando a quienes lo seguían la misión de hacer discípulos a todos los pueblos. Las imágenes evocan la estrecha relación de Jesucristo con sus discípulos y misioneros para la vida del mundo. El último cuadro representa a san Juan Diego evangelizando con la imagen de la Virgen María en su tilma y con la Biblia en la mano. La historia de la Iglesia nos enseña que la verdad del Evangelio, cuando se asume su belleza con nuestros ojos y es acogida con fe por la inteligencia y el corazón, nos ayuda a contemplar las dimensiones de misterio que provocan nuestro asombro y nuestra adhesión.

 

Me despido muy cordialmente de todos vosotros con esta firme esperanza en el Señor. ¡Muchísimas gracias!

 

 

MENSAJE FINAL

Reunidos en el Santuario Nacional de Nuestra Señora de la Concepción Aparecida en Brasil, saludamos en el amor del Señor a todo el Pueblo de Dios y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

 

Del 13 al 31 de mayo de 2007, estuvimos reunidos en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, inaugurada con la presencia y la palabra del Santo Padre Benedicto XVI.

 

En nuestros trabajos, realizados en ambiente de ferviente oración, fraternidad y comunión afectiva, hemos buscado dar continuidad al camino de renovación recorrido por la Iglesia católica desde el Concilio Vaticano II y en las anteriores cuatro Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano y del Caribe.

 

Al terminar esta V Conferencia les anunciamos que hemos asumido el desafío de trabajar para darle un nuevo impulso y vigor a nuestra misión en y desde América Latina y El Caribe.

 

1. Jesús Camino, Verdad y Vida

     Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6)

Ante los desafíos que nos plantea esta nueva época en la que estamos inmersos, renovamos nuestra fe, proclamando con alegría a todos los hombres y mujeres de nuestro continente: somos amados y redimidos en Jesús, Hijo de Dios, el Resucitado vivo en medio de nosotros; por Él podemos ser libres del pecado, de toda esclavitud y vivir en justicia y fraternidad. ¡Jesús es el camino que nos permite descubrir la verdad y lograr la plena realización de nuestra vida!

 

2. Llamados al seguimiento de jesús

     Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él (Jn 1,39)

La primera invitación que Jesús hace a toda persona que ha vivido el encuentro con Él, es la de ser su discípulo, para poner sus pasos en sus huellas y formar parte de su comunidad. ¡Nuestra mayor alegría es ser discípulos suyos! Él nos llama a cada uno por nuestro nombre, conociendo a fondo nuestra historia (Cf. Jn 10,3), para convivir con Él y enviarnos a continuar su misión (Cf. Mc 3,14-15).

 

¡Sigamos al Señor Jesús! Discípulo es el que habiendo respondido a este llamado, lo sigue paso a paso por los caminos del Evangelio. En el seguimiento oímos y vemos el acontecer del Reino de Dios, la conversión de cada persona, punto de partida para la transformación de la sociedad, y se nos abren los caminos de la vida eterna. En la escuela de Jesús aprendemos una “vida nueva” dinamizada por el Espíritu Santo y reflejada en los valores del Reino.

 

Identificados con el Maestro, nuestra vida se mueve al impulso del amor y en el servicio a los demás. Este amor implica una continua opción y discernimiento para seguir el camino de las Bienaventuranzas (Cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-26). No temamos la cruz que supone la fidelidad al seguimiento de Jesucristo, pues ella está iluminada por la luz de la Resurrección. De esta manera, como discípulos, abrimos caminos de vida y esperanza para nuestros pueblos sufrientes por el pecado y todo tipo de injusticias.

 

El llamado a ser discípulos-misioneros nos exige una decisión clara por Jesús y su Evangelio, coherencia entre la fe y la vida, encarnación de los valores del Reino, inserción en la comunidad y ser signo de contradicción y novedad en un mundo que promueve el consumismo y desfigura los valores que dignifican al ser humano. En un mundo que se cierra al Dios del amor, ¡somos una comunidad de amor, no del mundo sino en el mundo y para el mundo! (Cf. Jn 15, 19; 17, 14-16).

 

3. El discipulado misionero en la pastoral de la Iglesia

     Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos (Mt 28, 19)

 

Constatamos cómo el camino del discipulado misionero es fuente de renovación de nuestra pastoral en el Continente y nuevo punto de partida para la Nueva Evangelización de nuestros pueblos.

 

Una Iglesia que se hace discípula

De la parábola del Buen Pastor aprendemos a ser discípulos que se alimentan de la Palabra: “Las ovejas le siguen porque conocen su voz” (Jn 10,4). Que la Palabra de Vida (Cf. Jn 6,63), saboreada en la Lectura Orante y la celebración y vivencia del don de la Eucaristía, nos transformen y nos revelen la presencia viva del Resucitado que camina con nosotros y actúa en la historia (Cf. Lc 24,13-35).

 

Con firmeza y decisión, continuaremos ejerciendo nuestra tarea profética discerniendo dónde está el camino de la verdad y de la vida; levantando nuestra voz en los espacios sociales de nuestros pueblos y ciudades, especialmente, a favor de los excluidos de la sociedad. Queremos estimular la formación de políticos y legisladores cristianos para que contribuyan a la construcción de una sociedad justa y fraterna según los principios de la Doctrina Social de la Iglesia.

 

Una Iglesia formadora de discípulos y discípulas

Todos en la Iglesia estamos llamados a ser discípulos y misioneros. Es necesario formarnos y formar a todo el Pueblo de Dios para cumplir con responsabilidad y audacia esta tarea.

 

La alegría de ser discípulos y misioneros se percibe de manera especial donde hacemos comunidad fraterna. Estamos llamados a ser Iglesia de brazos abiertos, que sabe acoger y valorar a cada uno de sus miembros. Por eso, alentamos los esfuerzos que se hacen en las parroquias para ser “casa y escuela de comunión”, animando y formando pequeñas comunidades y comunidades eclesiales de base, así como también en las asociaciones de laicos, movimientos eclesiales y nuevas comunidades.

 

Nos proponemos reforzar nuestra presencia y cercanía. Por eso, en nuestro servicio pastoral, invitamos a dedicarle más tiempo a cada persona, escucharla, estar a su lado en sus acontecimientos importantes y ayudar a buscar con ella las respuestas a sus necesidades. Hagamos que todos, al ser valorados, puedan sentirse en la Iglesia como en su propia casa.

 

Al reafirmar el compromiso por la formación de discípulos y misioneros, esta Conferencia se ha propuesto atender con más cuidado las etapas del primer anuncio, la iniciación cristiana y la maduración en la fe. Desde el fortalecimiento de la identidad cristiana ayudemos a cada hermano y hermana a descubrir el servicio que el Señor le pide en la Iglesia y en la sociedad.

 

En un mundo sediento de espiritualidad y concientes de la centralidad que ocupa la relación con el Señor en nuestra vida de discípulos, queremos ser una Iglesia que aprende a orar y enseña a orar. Una oración que nace de la vida y el corazón y es punto de partida de celebraciones vivas y participativas que animan y alimentan la fe.

 

4. Discipulado misionero al servicio de la vida

     Yo he venido para tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10,10)

 

Desde el cenáculo de Aparecida nos disponemos a emprender una nueva etapa de nuestro caminar pastoral declarándonos en misión permanente. Con el fuego del Espíritu vamos a inflamar de amor nuestro Continente: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre Ustedes, y serán mis testigos… hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8).

 

En fidelidad al mandato misionero

Jesús invita a todos a participar de su misión. ¡Que nadie se quede de brazos cruzados! Ser misionero es ser anunciador de Jesucristo con creatividad y audacia en todos los lugares donde el Evangelio no ha sido suficientemente anunciado o acogido, en especial, en los ambientes difíciles y olvidados y más allá de nuestras fronteras.

 

Como fermento en la masa

Seamos misioneros del Evangelio no sólo con la palabra sino sobre todo con nuestra propia vida, entregándola en el servicio, inclusive hasta el martirio.

 

Jesús comenzó su misión formando una comunidad de discípulos misioneros, la Iglesia, que es el inicio del Reino. Su comunidad también fue parte de su anuncio. Insertos en la sociedad, hagamos visible nuestro amor y solidaridad fraterna (Cf. Jn 13,35) y promovamos el diálogo con los diferentes actores sociales y religiosos. En una sociedad cada vez más plural, seamos integradores de fuerzas en la construcción de un mundo más justo, reconciliado y solidario.

 

Servidores de la mesa compartida

Las agudas diferencias entre ricos y pobres nos invitan a trabajar con mayor empeño en ser discípulos que saben compartir la mesa de la vida, mesa de todos los hijos e hijas del Padre, mesa abierta, incluyente, en la que no falte nadie. Por eso reafirmamos nuestra opción preferencial y evangélica por los pobres.

 

Nos comprometemos a defender a los más débiles, especialmente a los niños, enfermos, discapacitados, jóvenes en situaciones de riesgo, ancianos, presos, migrantes. Velamos por el respeto al derecho que tienen los pueblos de defender y promover “los valores subyacentes en todos los estratos sociales, especialmente en los pueblos indígenas” (Benedicto XVI, Discurso Guarulhos No.4). Queremos contribuir para garantizar condiciones de vida digna: salud, alimentación, educación, vivienda y trabajo para todos.

 

La fidelidad a Jesús nos exige combatir los males que dañan o destruyen la vida, como el aborto, las guerras, el secuestro, la violencia armada, el terrorismo, la explotación sexual y el narcotráfico.

 

Invitamos a todos los dirigentes de nuestras naciones a defender la verdad y a velar por el inviolable y sagrado derecho a la vida y la dignidad de la persona humana, desde su concepción hasta su muerte natural.

 

Ponemos a disposición de nuestros países los esfuerzos pastorales de la Iglesia para aportar en la promoción de una cultura de la honestidad que subsane la raíz de las diversas formas de violencia, enriquecimiento ilícito y corrupción.

 

En coherencia con el proyecto del Padre creador, convocamos a todas las fuerzas vivas de la sociedad para cuidar nuestra casa común, la tierra, amenazada de destrucción. Queremos favorecer un desarrollo humano y sostenible basado en la justa distribución de las riquezas y la comunión de los bienes entre todos los pueblos.

 

5. Hacia un continente de la vida, del amor y de la paz

     En esto todos conocerán que son discípulos míos (Jn 13,35)

 

Nosotros, participantes en la V Conferencia General en Aparecida, y junto con toda la Iglesia “comunidad de amor”, queremos abrazar a todo el continente para transmitirles el amor de Dios y el nuestro. Deseamos que este abrazo alcance también al mundo entero.

 

Al terminar la Conferencia de Aparecida, en el vigor del Espíritu Santo, convocamos a todos nuestros hermanos y hermanas, para que, unidos, con entusiasmo realicemos la Gran Misión Continental. Será un nuevo Pentecostés que nos impulse a ir, de manera especial, en búsqueda de los católicos alejados y de los que poco o nada conocen a Jesucristo, para que formemos con alegría la comunidad de amor de nuestro Padre Dios. Misión que debe llegar a todos, ser permanente y profunda.

 

Con el fuego del Espíritu Santo, avancemos construyendo con esperanza nuestra historia de salvación en el camino de la evangelización, teniendo en torno nuestro a tantos testigos (Cf. Hb 12,1), que son los mártires, santos y beatos de nuestro continente. Con su testimonio nos han mostrado que la fidelidad vale la pena y es posible hasta el final.

 

Unidos a todo el pueblo orante, confiamos a María, Madre de Dios y Madre nuestra, primera discípula y misionera al servicio de la vida, del amor y de la paz, invocada bajo los títulos de Nuestra Señora Aparecida y de Nuestra Señora de Guadalupe, el nuevo impulso que brota a partir de hoy en toda América Latina y El Caribe, bajo el soplo del nuevo Pentecostés para nuestra Iglesia a partir de esta V Conferencia que aquí hemos celebrado.

 

En Medellín y en Puebla terminamos diciendo “CREEMOS”. En Aparecida, como lo hicimos en Santo Domingo, proclamamos con todas nuestras fuerzas: CREEMOS Y ESPERAMOS.

Esperamos…

 

Ser una Iglesia viva, fiel y creíble que se alimenta en la Palabra de Dios y en la Eucaristía..

Vivir nuestro ser cristiano con alegría y convicción como discípulos-misioneros de Jesucristo.

Formar comunidades vivas que alimenten la fe e impulsen la acción misionera.

Valorar las diversas organizaciones eclesiales en espíritu de comunión.

Promover un laicado maduro, corresponsable con la misión de anunciar y hacer visible el Reino de Dios.

Impulsar la participación activa de la mujer en la sociedad y en la Iglesia.

Mantener con renovado esfuerzo nuestra opción preferencial y evangélica por los pobres.

Acompañar a los jóvenes en su formación y búsqueda de identidad, vocación y misión, renovando nuestra opción por ellos.

Trabajar con todas las personas de buena voluntad en la construcción del Reino.

Fortalecer con audacia la pastoral de la familia y de la vida.

Valorar y respetar nuestros pueblos indígenas y afrodescendientes.

Avanzar en el diálogo ecuménico “para que todos sean uno”, como también en el diálogo interreligioso.

Hacer de este continente un modelo de reconciliación, de justicia y de paz.

Cuidar la creación, casa de todos en fidelidad al proyecto de Dios.

Colaborar en la integración de los pueblos de América Latina y El Caribe.

¡Que este Continente de la esperanza también sea el Continente del amor, de la vida y de la paz!

 

Aparecida - Brasil, 29 de mayo de 2007

 

 

 

Anexo 1

MISA DE INAUGURACIÓN DE LA V CONFERENCIA

DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO

 

HOMILÍA DE SU SANTIDAD

BENEDICTO XVI

 

Explanada del Santuario de Aparecida

VI Domingo de Pascua, 13 de mayo de 2007

 

Venerables hermanos en el episcopado;

queridos sacerdotes y vosotros todos,

hermanas y hermanos en el Señor:

 

No hay palabras para expresar la alegría de encontrarme con vosotros para celebrar esta solemne eucaristía con ocasión de la apertura de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. Saludo muy cordialmente a todos, en particular al arzobispo de Aparecida, monseñor Raymundo Damasceno Assis, al que agradezco las palabras que me ha dirigido en nombre de toda la asamblea, y a los cardenales presidentes de esta Conferencia General.

 

Saludo con deferencia a las autoridades civiles y militares que nos honran con su presencia. Desde este santuario extiendo mi pensamiento, con mucho afecto y oración, a todos los que están unidos espiritualmente a nosotros en este día, de modo especial a las comunidades de vida consagrada, a los jóvenes comprometidos en movimientos y asociaciones, a las familias, así como a los enfermos y a los ancianos. A todos les quiero decir: “Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo” (1 Co 1, 3).

 

Considero un don especial de la Providencia que esta santa misa se celebre en este tiempo y en este lugar. El tiempo es el litúrgico del sexto domingo de Pascua: ya está cerca la fiesta de Pentecostés y la Iglesia es invitada a intensificar la invocación al Espíritu Santo. El lugar es el santuario nacional de Nuestra Señora Aparecida, corazón mariano de Brasil: María nos acoge en este cenáculo y, como Madre y Maestra, nos ayuda a elevar a Dios una plegaria unánime y confiada.

 

Esta celebración litúrgica constituye el fundamento más sólido de la V Conferencia, porque pone en su base la oración y la Eucaristía, Sacramentum caritatis. En efecto, sólo la caridad de Cristo, derramada por el Espíritu Santo, puede hacer de esta reunión un auténtico acontecimiento eclesial, un momento de gracia para este continente y para el mundo entero.

 

Esta tarde tendré la posibilidad de tratar sobre los contenidos sugeridos por el tema de vuestra Conferencia. Ahora demos espacio a la palabra de Dios, que con alegría acogemos, con el corazón abierto y dócil, a ejemplo de María, Nuestra Señora de la Concepción, a fin de que, por la fuerza del Espíritu Santo, Cristo pueda “hacerse carne” nuevamente en el hoy de nuestra historia.

 

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, se refiere al así llamado “Concilio de Jerusalén”, que afrontó la cuestión de si a los paganos convertidos al cristianismo se les debería imponer la observancia de la ley mosaica. El texto, dejando de lado la discusión entre “los Apóstoles y los ancianos” (Hch 15, 4-21), refiere la decisión final, que se pone por escrito en una carta y se encomienda a dos delegados, a fin de que la entreguen a la comunidad de Antioquía (Cf. Hch 15, 22-29).

 

Esta página de los Hechos de los Apóstoles es muy apropiada para nosotros, que hemos venido aquí para una reunión eclesial. Nos habla del sentido del discernimiento comunitario en torno a los grandes problemas que la Iglesia encuentra a lo largo de su camino y que son aclarados por los “Apóstoles” y por los “ancianos” con la luz del Espíritu Santo, el cual, como nos narra el evangelio de hoy, recuerda la enseñanza de Jesucristo (Cf. Jn 14, 26) y así ayuda a la comunidad cristiana a caminar en la caridad hacia la verdad plena (Cf. Jn 16, 13). Los jefes de la Iglesia discuten y se confrontan, pero siempre con una actitud de religiosa escucha de la palabra de Cristo en el Espíritu Santo. Por eso, al final pueden afirmar: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros...” (Hch 15, 28).

 

Este es el “método” con que actuamos en la Iglesia, tanto en las pequeñas asambleas como en las grandes. No es sólo una cuestión de modo de proceder; es el resultado de la misma naturaleza de la Iglesia, misterio de comunión con Cristo en el Espíritu Santo. En el caso de las Conferencias generales del Episcopado latinoamericano y del Caribe, la primera, realizada en Río de Janeiro en 1955, recurrió a una carta especial enviada por el Papa Pío XII, de venerada memoria; en las demás, hasta la actual, fue el Obispo de Roma quien se dirigió a la sede de la reunión continental para presidir las fases iniciales.

 

Con sentimientos de devoción y agradecimiento dirigimos nuestro pensamiento a los siervos de Dios Pablo VI y Juan Pablo II que, en las Conferencias de Medellín, Puebla y Santo Domingo, testimoniaron la cercanía de la Iglesia universal a las Iglesias que están en América Latina y que constituyen, en proporción, la mayor parte de la comunidad católica.

 

“Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros...”. Esta es la Iglesia: nosotros, la comunidad de fieles, el pueblo de Dios, con sus pastores, llamados a hacer de guías del camino; junto con el Espíritu Santo, Espíritu del Padre enviado en nombre del Hijo Jesús, Espíritu de Aquel

 

que es el “mayor” de todos y que nos fue dado mediante Cristo, que se hizo el “menor” por nuestra causa. Espíritu Paráclito, Ad-vocatus, Defensor y Consolador. Él nos hace vivir en la presencia de Dios, en la escucha de su Palabra, sin inquietud ni temor, teniendo en el corazón la paz que Jesús nos dejó y que el mundo no puede dar (Cf. Jn 14, 26-27).

 

El Espíritu acompaña a la Iglesia en el largo camino que se extiende entre la primera y la segunda venida de Cristo: “Me voy y volveré a vosotros” (Jn 14, 28), dijo Jesús a los Apóstoles. Entre la “ida” y la “vuelta” de Cristo está el tiempo de la Iglesia, que es su Cuerpo; están los dos mil años transcurridos hasta ahora; están también estos poco más de cinco siglos en los que la Iglesia se ha hecho peregrina en las Américas, difundiendo en los fieles la vida de Cristo a través de los sacramentos y sembrando en estas tierras la buena semilla del Evangelio, que ha producido el treinta, el sesenta e incluso el ciento por uno. Tiempo de la Iglesia, tiempo del Espíritu Santo: Él es el Maestro que forma a los discípulos: los hace enamorarse de Jesús; los educa para que escuchen su palabra, para que contemplen su rostro; los configura con su humanidad bienaventurada, pobre de espíritu, afligida, mansa, sedienta de justicia, misericordiosa, pura de corazón, pacífica, perseguida a causa de la justicia (Cf. Mt 5, 3-10).

 

Así, gracias a la acción del Espíritu Santo, Jesús se convierte en el “camino” por donde avanza el discípulo. “El que me ama guardará mi palabra”, dice Jesús al inicio del pasaje evangélico de hoy. “La palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado” (Jn 14, 2324). Como Jesús transmite las palabras del Padre, así el Espíritu recuerda a la Iglesia las palabras de Cristo (Cf. Jn 14, 26). Y como el amor al Padre llevaba a Jesús a alimentarse de su voluntad, así nuestro amor a Jesús se demuestra en la obediencia a sus palabras. La fidelidad de Jesús a la voluntad del Padre puede transmitirse a los discípulos gracias al Espíritu Santo, que derrama el amor de Dios en sus corazones (Cf. Rm 5, 5).

 

El Nuevo Testamento nos presenta a Cristo como misionero del Padre. Especialmente en el evangelio de san Juan, Jesús habla muchas veces de sí mismo en relación con el Padre que lo envió al mundo. Del mismo modo, también en el texto de hoy. Jesús dice: “La palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado” (Jn 14, 24). En este momento, queridos amigos, somos invitados a fijar nuestra mirada en Él, porque la misión de la Iglesia subsiste solamente en cuanto prolongación de la de Cristo: “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20, 21).

 

El evangelista pone de relieve, incluso de forma plástica, que esta transmisión de consignas acontece en el Espíritu Santo: “Sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo...’” (Jn 20, 22). La misión de Cristo se realizó en el amor. Encendió en el mundo el fuego de la caridad de Dios (Cf. Lc 12, 49). El Amor es el que da la vida; por eso la Iglesia es enviada a difundir en el mundo la caridad de Cristo, para que los hombres y los pueblos “tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). También a vosotros, que representáis a la Iglesia en América Latina, tengo la alegría de entregaros de nuevo idealmente mi encíclica Deus caritas est, con la cual quise indicar a todos lo que es esencial en el mensaje cristiano.

 

La Iglesia se siente discípula y misionera de este Amor: misionera sólo en cuanto discípula, es decir, capaz de dejarse atraer siempre, con renovado asombro, por Dios que nos amó y nos ama primero (Cf. 1 Jn 4, 10). La Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por “atracción”: como Cristo “atrae a todos a sí” con la fuerza de su amor, que culminó en el sacrificio de la cruz, así la Iglesia cumple su misión en la medida en que, asociada a Cristo, realiza su obra conformándose en espíritu y concretamente con la caridad de su Señor.

 

Queridos hermanos y hermanas, este es el rico tesoro del continente latinoamericano; este es su patrimonio más valioso: la fe en Dios Amor, que reveló su rostro en Jesucristo. Vosotros creéis en el Dios Amor: esta es vuestra fuerza, que vence al mundo, la alegría que nada ni nadie os podrá arrebatar, la paz que Cristo conquistó para vosotros con su cruz. Esta es la fe que hizo de Latinoamérica el “continente de la esperanza”.

 

No es una ideología política, ni un movimiento social, como tampoco un sistema económico; es la fe en Dios Amor, encarnado, muerto y resucitado en Jesucristo, el auténtico fundamento de esta esperanza que produjo frutos tan magníficos desde la primera evangelización hasta hoy.

 

Así lo atestigua la serie de santos y beatos que el Espíritu suscitó a lo largo y ancho de este continente. El Papa Juan Pablo II os convocó para una nueva evangelización, y vosotros respondisteis a su llamado con la generosidad y el compromiso que os caracterizan. Yo os lo confirmo y con palabras de esta V Conferencia os digo: sed discípulos fieles, para ser misioneros valientes y eficaces.

La segunda lectura nos ha presentado la grandiosa visión de la Jerusalén celeste. Es una imagen de espléndida belleza, en la que nada es simplemente decorativo, sino que todo contribuye a la perfecta armonía de la ciudad santa. Escribe el vidente Juan que esta “bajaba del cielo, enviada por Dios trayendo la gloria de Dios” (Ap 21, 10). Pero la gloria de Dios es el Amor; por tanto, la Jerusalén celeste es icono de la Iglesia entera, santa y gloriosa, sin mancha ni arruga (Cf. Ef 5, 27), iluminada en el centro y en todas partes por la presencia de Dios-Caridad. Es llamada “novia”, “la esposa del Cordero” (Ap 20, 9), porque en ella se realiza la figura nupcial que encontramos desde el principio hasta el fin en la revelación bíblica. La Ciudad-Esposa es patria de la plena comunión de Dios con los hombres; ella no necesita templo alguno ni ninguna fuente externa de luz, porque la presencia de Dios y del Cordero es inmanente y la ilumina desde dentro.

 

Este icono estupendo tiene un valor escatológico: expresa el misterio de belleza que ya constituye la forma de la Iglesia, aunque aún no haya alcanzado su plenitud. Es la meta de nuestra peregrinación, la patria que nos espera y por la cual suspiramos. Verla con los ojos de la fe, contemplarla y desearla, no debe ser motivo de evasión de la realidad histórica en que vive la Iglesia compartiendo las alegrías y las esperanzas, los dolores y las angustias de la humanidad contemporánea, especialmente de los más pobres y de los que sufren (Cf. Gaudium et spes, 1).

 

Si la belleza de la Jerusalén celeste es la gloria de Dios, o sea, su amor, es precisamente y solamente en la caridad como podemos acercarnos a ella y, en cierto modo, habitar en ella. Quien ama al Señor Jesús y observa su palabra experimenta ya en este mundo la misteriosa presencia de Dios uno y trino, como hemos escuchado en el evangelio: “Vendremos a Él y haremos morada en Él” (Jn 14, 23). Por eso, todo cristiano está llamado a ser piedra viva de esta maravillosa “morada de Dios con los hombres”. ¡Qué magnífica vocación!

 

Una Iglesia totalmente animada y movilizada por la caridad de Cristo, Cordero inmolado por amor, es la imagen histórica de la Jerusalén celeste, anticipación de la ciudad santa, resplandeciente de la gloria de Dios. De ella brota una fuerza misionera irresistible, que es la fuerza de la santidad.

 

Que la Virgen María alcance para América Latina y El Caribe la gracia de revestirse de la fuerza de lo alto (Cf. Lc 24, 49) para irradiar en el continente y en todo el mundo la santidad de Cristo. A Él sea dada gloria, con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

 

Anexo 2

 

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

AL FINAL DEL REZO DEL SANTO ROSARIO

EN EL SANTUARIO DE NUESTRA SEÑORA APARECIDA

 

Sábado 12 de mayo de 2007

 

Señores cardenales, venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado; amados religiosos y todos vosotros que, impulsados por la voz de Jesucristo, lo habéis seguido por amor; estimados seminaristas, que os estáis preparando para el ministerio sacerdotal; queridos representantes de los Movimientos eclesiales, y todos vosotros, laicos que lleváis la fuerza del Evangelio al mundo del trabajo y de la cultura, en el seno de las familias, así como a vuestras parroquias:

 

1.   Como los Apóstoles, juntamente con María, “subieron a la estancia superior” y allí “perseveraban en la oración, con un mismo espíritu” (Hch 1, 13-14), así también nos reunimos hoy aquí, en el santuario de Nuestra Señora de la Concepción Aparecida, que en este momento es para nosotros “la estancia superior”, donde María, la Madre del Señor, se encuentra en medio de nosotros. Hoy es ella quien orienta nuestra meditación; ella nos enseña a rezar. Es ella quien nos muestra el modo de abrir nuestra mente y nuestro corazón a la fuerza del Espíritu Santo, que viene para ser comunicado al mundo entero.

 

Acabamos de rezar el rosario. A través de sus ciclos de meditación, el divino Consolador quiere introducirnos en el conocimiento de Cristo, que brota de la fuente límpida del texto evangélico. Por su parte, la Iglesia del tercer milenio se propone dar a los cristianos la capacidad de “conocer el misterio de Dios, en el cual están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia” (Col 2, 2-3). María santísima, la Virgen pura y sin mancha, es para nosotros escuela de fe destinada a guiarnos y a fortalecernos en el camino que lleva al encuentro con el Creador del cielo y de la tierra. El Papa ha venido a Aparecida con gran alegría para deciros en primer lugar: “Permaneced en la escuela de María”. Inspiraos en sus enseñanzas. Procurad acoger y guardar dentro del corazón las luces que ella, por mandato divino, os envía desde lo alto.

 

¡Qué hermoso es estar aquí reunidos en nombre de Cristo, en la fe, en la fraternidad, en la alegría, en la paz, “en la oración con María, la Madre de Jesús”! (Cf. Hch 1, 14). ¡Qué hermoso es, queridos presbíteros, diáconos, consagrados y consagradas, seminaristas y familias cristianas, estar aquí en el santuario nacional de Nuestra Señora de la Concepción Aparecida, que es morada de Dios, casa de María y casa de los hermanos, y que en estos días se transforma también en sede de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe! ¡Qué hermoso es estar aquí, en esta basílica mariana hacia la que, en este tiempo, convergen las miradas y las esperanzas del mundo cristiano, de modo especial las de América Latina y del Caribe!

 

2.   Me siento muy feliz de estar aquí con vosotros, en medio de vosotros. El Papa os ama. El Papa os saluda afectuosamente. Reza por vosotros. Y suplica al Señor las más valiosas bendiciones para los Movimientos, las asociaciones y las nuevas realidades eclesiales, expresión viva de la perenne juventud de la Iglesia. Que Dios os bendiga en abundancia. Os saludo con afecto a vosotras, familias aquí congregadas, que representáis a todas las amadísimas familias cristianas presentes en el mundo entero. Me alegro de modo especialísimo con vosotros y os doy mi abrazo de paz.

 

Agradezco la acogida y la hospitalidad del pueblo brasileño. Desde que llegué he sido recibido con mucho cariño. Las diversas manifestaciones de aprecio y los saludos demuestran lo mucho que queréis, estimáis y respetáis al Sucesor del apóstol san Pedro. Mi predecesor el siervo de Dios Papa Juan Pablo II se refirió varias veces a vuestra simpatía y espíritu de acogida fraterna. Tenía toda la razón.

 

3. Saludo a los estimados presbíteros aquí presentes; pienso y oro por todos los sacerdotes diseminados por el mundo entero, de modo particular por los de América Latina y del Caribe, incluyendo a los sacerdotes fidei donum. ¡Cuántos desafíos, cuántas situaciones difíciles afrontáis! ¡Cuánta generosidad, cuánta donación, sacrificios y renuncias! La fidelidad en el ejercicio del ministerio y en la vida de oración, la búsqueda de la santidad, la entrega total a Dios al servicio de los hermanos y hermanas, gastando vuestra vida y vuestras energías, promoviendo la justicia, la fraternidad, la solidaridad, el compartir: todo eso habla fuertemente a mi corazón de pastor. El testimonio de un sacerdocio bien vivido ennoblece a la Iglesia, suscita admiración en los fieles, es fuente de bendición para la Comunidad, es la mejor promoción vocacional, es la más auténtica invitación para que también otros jóvenes respondan positivamente a la llamada del Señor. Es la verdadera colaboración para la construcción del Reino de Dios.

 

Os doy las gracias sinceramente y os exhorto a que continuéis viviendo de modo digno la vocación que habéis recibido. Que el fervor misionero, el entusiasmo por una evangelización cada vez más actualizada, el espíritu apostólico auténtico y el celo por las almas estén siempre presentes en vuestra vida. Mi afecto, mis oraciones y mi agradecimiento se dirigen también a los sacerdotes ancianos y enfermos. Vuestra configuración con Cristo doliente y resucitado es el apostolado más fecundo. ¡Muchas gracias!

 

4. Queridos diáconos y seminaristas, también a vosotros, que ocupáis un lugar especial en el corazón del Papa, va un saludo muy fraterno y cordial. La jovialidad, el entusiasmo, el idealismo, el ánimo para afrontar con audacia los nuevos desafíos, renuevan la disponibilidad del pueblo de Dios, hacen a los fieles más dinámicos y ayudan a la comunidad cristiana a crecer, a progresar, a ser más confiada, feliz y optimista. Os agradezco el testimonio que dais, colaborando con vuestros obispos en las actividades pastorales de las diócesis. Tened siempre ante los ojos la figura de Jesús, el buen Pastor, que “no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por muchos” (Mt 20, 28). Sed como los primeros diáconos de la Iglesia: hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo, de sabiduría y de fe (Cf. Hch 6, 3-5).

 

Y vosotros, seminaristas, dad gracias a Dios por la llamada que os dirige. Recordad que el seminario es la “cuna de vuestra vocación y el gimnasio de la primera experiencia de comunión” (Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, n. 32). Rezo para que, con la ayuda de Dios, seáis sacerdotes santos, fieles y felices de servir a la Iglesia.

 

5.   Me dirijo ahora a vosotros, estimados consagrados y consagradas, reunidos aquí, en el santuario de la Madre, reina y patrona del pueblo brasileño, y también diseminados por todas las partes del mundo.

 

Vosotros, religiosos y religiosas, sois un regalo, una dádiva, un don divino que la Iglesia ha recibido de su Señor. Agradezco a Dios vuestra vida y el testimonio que dais al mundo de un amor fiel a Dios y a los hermanos. Este amor sin reservas, total, definitivo, incondicional y apasionado se manifiesta en el silencio, en la contemplación, en la oración y en las múltiples actividades que realizáis, en vuestras familias religiosas, en favor de la humanidad y principalmente de los más pobres y abandonados. Todo esto suscita en el corazón de los jóvenes el deseo de seguir más de cerca y radicalmente a Cristo, el Señor, y entregar la vida para testimoniar ante los hombres y mujeres de nuestro tiempo que Dios es Amor y que vale la pena dejarse conquistar y fascinar para dedicarse exclusivamente a Él (Cf. Vita consecrata, 15).

 

La vida religiosa en Brasil siempre ha sido significativa y ha desempeñado un papel destacado en la obra de la evangelización, desde los inicios de la colonización. Ayer mismo tuve la gran alegría de presidir la concelebración eucarística en la que fue canonizado san Antonio de Santa Ana Galvão, presbítero y religioso franciscano, primer santo nacido en Brasil. A su lado, otro testimonio admirable de persona consagrada es santa Paulina, fundadora de las Hermanitas de la Inmaculada Concepción. Podría citar otros muchos ejemplos. Que todos ellos os sirvan de estímulo para vivir una consagración total. ¡Dios os bendiga!

 

6. Hoy, en vísperas de la apertura de la V Conferencia General de los obispos de América Latina y del Caribe, que tendré el gusto de presidir, siento el deseo de deciros a todos vosotros cuán importante es el sentido de nuestra pertenencia a la Iglesia, que hace a los cristianos crecer y madurar como hermanos, hijos de un mismo Dios y Padre. Queridos hombres y mujeres de América Latina sé que tenéis una gran sed de Dios. Sé que seguís a aquel Jesús, que dijo: “Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). Por eso el Papa quiere deciros a todos: la Iglesia es nuestra casa. Esta es nuestra casa. En la Iglesia católica tenemos todo lo que es bueno, todo lo que es motivo de seguridad y de consuelo. Quien acepta a Cristo, “camino, verdad y vida”, en su totalidad, tiene garantizada la paz y la felicidad, en esta y en la otra vida. Por eso, el Papa vino aquí para rezar y confesar con todos vosotros: vale la pena ser fieles, vale la pena perseverar en la propia fe. Pero la coherencia en la fe necesita también una sólida formación doctrinal y espiritual, contribuyendo así a la construcción de una sociedad más justa, más humana y cristiana. El Catecismo de la Iglesia católica, incluso en su versión más reducida, publicada con el título de Compendio, ayudará a tener nociones claras sobre nuestra fe. Vamos a pedir, ya desde ahora, que la venida del Espíritu Santo sea para todos como un nuevo Pentecostés, a fin de iluminar con la luz de lo alto nuestros corazones y nuestra fe.

 

7. Con gran esperanza me dirijo a vosotros que os encontráis dentro de esta majestuosa basílica o habéis participado en el santo rosario desde fuera, para invitaros a ser profundamente misioneros y a llevar la buena nueva del Evangelio a todos los puntos cardinales de América Latina y del mundo.

 

Pidamos a la Madre de Dios, Nuestra Señora de la Concepción Aparecida, que cuide la vida de todos los cristianos. Ella, que es la Estrella de la evangelización, guíe nuestros pasos en el camino al reino celestial:

 

Madre nuestra, protege la familia

brasileña y latinoamericana.

Ampara bajo tu manto protector

a los hijos de esta patria querida

que nos acoge.

 

Tú que eres la Abogada

ante tu Hijo Jesús,

da al pueblo brasileño paz constante

y prosperidad completa.

 

Concede a nuestros hermanos

de toda la geografía latinoamericana

un verdadero celo misionero

irradiador de fe y de esperanza.

 

Haz que tu llamada desde Fátima

para la conversión de los pecadores

se haga realidad

y transforme la vida

de nuestra sociedad.

 

Y tú,

que desde el santuario de Guadalupe

intercedes por el pueblo

del continente de la esperanza,

bendice sus tierras y sus hogares.

 

Amén.

 

 

 

 

ÍNDICE ANALÍTICO

 

Acompañamiento 79 100c 100e 212 282 306 317 337 394 411 421 422 437g 437j 437m      446c 489 518k

 

Acompañar 200 205 261 280a 282 397 402 413 414 426 437j 448 457 458c 469g 483 486      508

 

Acontecimiento /s 4 13 145 156 243 269 388 389 447 156 243 269 388 389 447

 

Afectividad 196 321 441d 518g

 

Afrodescendiente /s 56 65 75 88 89 91 94 96 97 99b 128 402 454 529 532 533

 

Alegría 2 7 14 16 17 26 28 29 42 101 103 114 117 128 145 167 175a 177 196 254 261 270      278e 280d 315 336 356 362 364 379 382 478 513 514 517h 534 548 549 552

 

América Latina 8 11 13 15 18 20 25 33 48 56 64 66 78 82 83 95 98 100a 105 114 128 142      148 157 170 178 213 220 221 247 258 276 297 309 315 328 344 345 361 363 364 381      406 408 411 419 423 443 453 454 461 471 473 476 490 499 520 521 524 525 527 529      537 541 545 548 550

 

Amistad 15 255 299 319 355 398 442 528 535 539

 

Amor 2 7 61 64 99a 117 118 127 128 133 138 139 141 143 146 158 159 160 161 175g 177 186      210 219 259 262 271 275 278c 278d 278e 291 292 300 303 318 319 320 321 350 353      358 368 382 384 385 386 388 396 416 422 433 437e 437j 449 450 457 459 469f 472      491 522 537 543 548 553

 

Amor de Dios 6 7 13 14 17 22 25 27 29 35 102 106 107 109 115 125 134 136 137 143 147      149 241 242 253 254 256 261 263 265 273 348 356 357 388 405 419 420 434 494      532 543 548 550

 

Antropología 100b 451 463d

 

Aparecida 1 3 7 247 265 270 477 526 537 547

 

Apóstol /es 31 156 158 178 186 208 214 256 267 273 275 276 308 417 552

 

Ardor 100c 167 201 275 284 362 370

 

Arte 7 35 106 174 210 255 283 478 480 496 499 518m Ascesis 321 Asociación /es 128 169      179 182 214 281 311 437a 458c 513 518j Audacia 11 251 273 549 552

 

Bautismo 10 100e 127 149 153 157 160 175b 184 186 205 209 211 213 228 278b 288 349      350 357 377 382

 

Bautizado /s 7 12 127 157 162 167 168 186 214 227 276 288 293 307 349 460 549

 

Bien /es terrenal /es 109

 

Bien común 44 69 122 239 256 391 404 406b 406c 406e 445 473 475 504 518j

 

Bienestar 29 50 73 122 404

 

Biodiversidad 66 83 84 125 473

 

Búsqueda 47 52 56 88 99g 156 168 234 266 278a 291 344 371 385 442 443 445

 

Calidad 65 96 123 329 334 360 445 499

 

Cambio de época 44

 

Camino 1 6 7 9 13 19 20 21 22 23 29 44 101 118 119 136 137 143 149 169 176 177 180 196      203 216 220 226c 227 228 234 239 242 246 248 249 259 262 270 273 275 276 278      280b 280d 281 300 302 315 316 321 328 336 344 350 351 353 354 358 369 371 396      400 405 406d 409 413 470 517j 525 534 535 537 544 553 554

 

Caribe 1 8 13 18 20 25 33 48 56 64 78 82 98 100a 105 114 128 142 157 170 178 213 220      221 247 276 297 315 328 344 345 361 363 364 369 376 381 406 408 411 423 443 453      454 461 471 473 476 490 499 524 537 541 545 547 548 550

 

Caridad 5 7 26 98 99f 100h 138 151 162 175 176 186 187 190 195 196 198 199 205 229      237 305 316 337 380 382 385 386 394 399 411 420 437l 491 537 550

 

Carisma /s 220 311 327

 

Catequesis 99a 100d 175 231 278c 286 290 294 295 297 298 299 300 303 338 385 446d      463a 485 499 505

 

Celebración 25 67 100e 142 151 170 173 175 191 252 253 262 290 299 350 379 399 516

 

Celibato 195 196 317 321

 

Cercanía 139 257 259 363 398 517i 518c

 

Ciencia 34 35 41 45 103 123 124 174 210 280c 283 323 423 437j 465 466 479 480 494      495

 

Ciudad /es 58 78 126 128 173 473 505 509 510 511 512 513 514 515 516 517d 517i 517k      518b 518e 518g 518h 518i 518j 518m 548

 

Ciudadano 77 79 97 286 340 384 385 518g

 

Colegialidad 181 189

 

Competencia /s 39 62 280c 281 463c 488

 

Compromiso 5 46 85 175d 176 178 179 211 226b 226d 228 238 247 249 257 276 286 299      308 318 342 352 358 362 363 373 374b 376 379 400 433 446d 457 461 491 501 526

 

Comunicación 38 39 41 45 48 57 60 99f 100d 128 174 318 445 484 485 486a 486b 486d      486e 486f 486h 486i 487 488 489 495 497b 497c 517i 528 530

 

Comunidad /es 59 65 90 95 97 99e 99g 100e 100h 108 121 128 132 138 142 145 150 159      162 164 170 171 172 175 175a 175e 178 179 180 184 188 193 202 207 208 211 213 226d      228 252 253 256 266 269 272 275 276 278a 278d 280d 281 289 291 303 305 309 310      311 312 313 316 334 335 336 338 342 343 365 368 370 371 372 374d 415 426 427      443 449 451 455 457 469e 475 490 496 504 513 517e 517f 518b 531 547 548 550

 

Comunidad /es cristiana /s 158 168 169 175 226b 272 273 282 314 338 362 368 369 379      401 517k 545 550

 

Comunidad /es eclesial /es 99c 99e 100g 119 156 170 178 179 180 204 205 214 226b 227      236 275 286 289 292 307 338 368 370 374c 446a 545

 

Comunidad de discípulos 201 203 278d 297 349 364

 

Comunión 1 3 13 99b 99e 100b 100e 109 110 128 129 153 154 155 156 157 158 159 160 161      162 163 164 165 166 167 169 170 172 179 181 182 183 186 188 189 195 199 202 203      206 213 215 217 218 223 227 228 233 240 245 248 249 266 268 272 273 278d 302      304 307 309 316 317 324 326 330 336 338 359 368 369

 

Conferencia /s Episcopal /es 181 183 200 232 298 306 401 412 430 431 469a 469e 551

 

Conferencia /s General /es 1 9 10 16 19 88 99e 100b 100h 170 173 183 208 247 315 346      369 379 386 396 402 421 446a 477 486 505 508 517 526 547 548

 

Confianza 8 31 98 269 363 488

 

Confirmación 153 175c 211 213 288 377

 

Continente 6 10 13 19 62 64 83 87 88 97 99a 99d 100g 127 128 173 176 182 183 197 213      217 219 220 238 245 252 264 269 270 273 294 310 328 344 362 372 376 378 379      391 403 410 444 477 478 502 505 521 522 525 527 532 537 542 543 548 554

 

Continuidad 9 16 19 220 402 446a 541

 

Conversión 14 100h 175d 226a 228 230 232 234 245 248 260 278b 278c 289 351 366 368      382

 

Conversión Pastoral 365 366 368 370

 

Creatividad 99c 100a 173 287 345 403 492

 

Crecimiento 60 78 99e 100a 203 222 226c 249 300 339 442 444 496

 

Crisis 37 304 437h 444 479

 

Criterio /s 19 36 45 47 75 99e 99f 123 210 279 281 331 387 412 421 474c 486h 499

 

Cultura 4 6 7 8 10 13 22 35 37 39 41 43 45 46 51 52 56 57 58 59 61 82 96 98 99f 100d      121 156 174 177 185 192 194 199 210 258 262 263 280c 283 315 318 321 329 330 341      342 346 358 371 380 387 406b 419 435 459 461 462 464 476 477 478 479 480 484      486a 486h 490 491 493 498 500 506 509 512 513 518o 525 526 533 540 542 543 554

 

Deficiencia /s 95 98

 

Democracia 74 75 76 77 404 406a 504 541

 

Derechos Humanos 64 74 79 80 81 82 98 429 467 541

 

Desarrollo 60 66 67 69 71 73 99f 126 222 226b 279 300 385 395 399 403 406a 406c 412      456 457 463c 473 474b 474c 475 491 507 510 519 533 542 549

 

Desigualdad /es / Inequidad 48 61 62 358 384 395 527 528 537

 

Despersonalización 110 512

 

Diálogo 13 39 56 95 97 99g 100g 124 188 206 223 227 228 231 232 233 235 237 238 239      248 280c 283, 284 324 344 341 342 344 345 363 368 377 384 413 437d 458d 465      466 469a 495 497b 498 532 533

 

Dignidad 6 7 32 37 40 41 42 44 47 48 61 65 78 82 98 104 115 120 121 122 184 239 257      265 372 382 388 389 390 391 398 406b 441d 422 451 453 467 468 479 480 525 534      536 537 546

 

Dignidad humana 43 85 103 104 105 112 217 341 342 380 387 389 391 422 436 446c 533

 

Dinamismo 63 100a 151 251 280c 330 359 378 528 533 534 539

 

Diócesis 164 168 169 182 190 195 200 281 282 306 313 314 346 365 371 412 430 435      446a 469a 483 518b 551

 

Discernimiento 19 42 99b 181 187 214 222 237 238 275 280c 294 313 314 371 486h

 

Discípulo /s 1 21 28 29 33 41 101 103 110 112 131 132 133 136 138 143 144 146 148 152 154      155 158 159 161 167 175 184 185 186 199 201 202 243 244 248 250 251 255 256 266      267 272 273 277 278a 278d 278e 282 284 291 292 297 303 319 320 324 347 350      353 361 363 377 379 381 420 443 451 465 470 518d 529 548 549

 

Discípulo /s /ado misionero /s 1 3 10 11 13 14 19 20 23 25 28 30 31 33 95 101 121 125 127      129 134 144 146 147 152 153 154 156 160 164 170 172 177 178 181 184 186 190 191 201      203 204 205 209 213 216 217 223 227 229 232 233 240 245 250 252 255 262 269      270 271 276 278 278c 279 280d 283 284 301 302 307 311 314 315 316 318 320 338      349 362 364 368 374 376 377 382 384 386 393 400 409 412 415 426 432 443 449      460 463b 469 486 491 501 506 518 524 530 532 538 540 542 548 554

 

Discriminación 533

 

Diversidad 42 43 56 59 83 90 97 100f 100g 125 162 170 202 311 324 478 522 525 543

 

Docilidad 100h 284 316

 

Eclesial /es 19 22 91 94 99c 99e 99g 100a 100e 100g 119 128 156 164 170 175c 178 179      180 183 200 204 205 214 226b 227 232 236 275 280c 281 286 289 292 307 311 313      314 337 338 365 367 368 370 374c 378 394 400 411 437j 446a 446b 454 458a 463a      497a 518k 518n 544 545 550

 

Ecología 83 125 126 472 474c 491

 

Economía 35 41 48 60 63 65 66 67 69 70 71 76 83 97 98 174 210 283 406a 406c 419 506

 

Ecumenismo 99g 228 230 231 232 234

 

Educación 35 39 65 76 98 114 117 118 170 174 178 210 298 303 321 328 329 330 331 332      334 335 337 338 339 340 341 346 421 422 437e 441d 441f 445 446d 453 456 463c      471 481 482 507 530 533

 

Educador 300 339

 

Encuentro 4 91 99g 168 183 226d 270 278d 326 329 334 370 394 412 447 477 514 537      540

 

Encuentro con Jesucristo 11 12 13 14 21 28 29 95 99 99e 145 147 154 167 175a 181 226a      240 241 242 243 246 248 249 250 251 257 258 259 263 270 273 278a 280c 289 290      297 305 312 319 336 343 350 364 417 446c 500 548 549

 

Episcopado 1 3 9 19 88 369 526 544 547

 

Época /s 34 37 44 76 173 397 451

 

Equipo 281 372 429

 

Escritura /s – Biblia 27 94 262

 

Escuchar 79 103 158 279 308 348 366 397 454

 

Escuela Católica 335 336 337

 

Esperanza /s 7 13 14 15 16 17 21 22 26 30 42 64 75 94 97 99c 99f 106 119 127 128 146      158 186 187 189 237 259 267 280d 320 333 336 362 395 514 522 536 543 548 549      554

 

Espíritu Santo 1 14 19 23 33 100h 106 137 149 151 152 153 155 157 171 222 230 231 232      236 241 246 247 251 262 267 311 336 347 348 363 367 374 447 547 551

 

Espiritualidad 99g 100b 100c 179 181 189 198 200 203 220 240 259 261 263 273 284 285      307 309 316 319 368 412 517

 

Estado /s 63 66 76 77 80 334 340 385 403 410 423 425 426 428 438 441c 481 539

 

Estructura /s 11 92 95 100c 100e 112 121 168 172 173 210 223 358 365 384 385 396 412      446 450 454 501 517h 518a 518j 532 537 538 539 543 546

 

Eucaristía 7 25 99b 100e 106 128 142 153 158 165 175 175a 176 177 180 191 199 228 251      252 253 255 262 286 288 292 305 316 354 363 446c 446d

 

Evangelio 4 5 8 11 28 30 31 41 95 98 100h 101 103 106 133 139 143 144 173 178 186 194      210 217 243 249 265 266 269 275 331 333 335 356 358 360 370 382 390 391 398      400 413 435 438 465 466 474c 475 480 485 491 501 517d 518g 520 530 550 552

 

Evangelización 1 5 9 13 16 25 26 93 99e 99f 100c 100d 146 150 157 171 173 176 178 180      183 207 210 211 213 217 237 248 252 280d 283 287 307 308 338 344 346 377 383      398 418 419 446b 476 477 488 492 500 513 526 530 543

 

Experiencia 37 39 52 55 118 129 145 156 164 167 170 178 181 190 195 199 204 225 226a      226c 240 244 247 249 259 260 263 279 280b 284 290 304 308 312 313 380 398 420      442 447 517f 525 529 547

 

Familia 39 40 44 49 57 60 65 93 100d 103 114 115 118 119 121 126 127 156 174 204 207      210 252 259 260 267 268 285 286 302 303 305 314 328 329 337 338 340 426 429      431 432 433 434 435 436 437 437d 437e 437f 437l 438 444 446a 448 449 453 456      458d 459 462 463a 463b 463e 466 468 469a 469h 479 489 525

 

Fe 2 4 7 10 12 13 16 18 19 21 25 26 29 32 39 55 92 95 98 99b 100d 101 103 104 105 114      118 134 151 156 157 158 159 160 164 170 178 184 186 187 189 204 210 226c 229 234      235 237 242 243 246 251 252 256 257 258 259 262 264 265 266 269 270 273 275      280b 280c 287 288 289 293 294 297 298 300 302 303 304 305 308 313 323 331 336      338 341 342 345 349 359 365 372 377 379 380 383 392 393 394 395 398 415 436      437c 440 441f 442 446d 453 455 456 461 463c 465 466 477 478 479 480 483 485      494 495 496 497b 498 505 514 518d 525 526 529 531 533 549 550 554

 

Fe católica 12 187 258 359 531 554

 

Fe cristiana 13 95 99b 264 372 377 480 525 533

 

Felicidad 6 45 50 69 246 328 350 354 355 380 443 468 549

 

Fidelidad 9 11 139 181 191 257 342 367 372 390 469e 501

 

Filosofía 323

 

Formación 69 77 96 99a 99c 99f 100e 118 174 191 194 200 202 205 207 212 214 222 226c      231 238 276 278 278e 279 280 280a 281 282 283 284 295 296 299 301 303 305 306      308 310 313 314 316 318 319 320 321 322 323 325 326 327 329 335 337 338 341 342      344 345 371 413 428 437g 437i 441a 456 469f 469h 475 481 483 486b 486f 489 492      497a 499 505 508 517h 518d 518g 518k 518o

 

Formación, centros de 327 335 345 Fraternidad 32 181 183 187 200 228 272 308 433 468      514 520 525

 

Género 40 60 155 523

 

Globalización 34 43 60 61 62 64 65 67 82 90 185 402 406 444 465 484 523

 

Gobierno /s 68 404 406b 408 414 421 423 437d

 

Grupo /s 43 59 75 78 81 88 97 99f 100f 100g 172 179 180 185 214 225 232 280d 325 372      401 402 471 498 513 526 531

 

Habilidades 328

 

Hedonismo 99g

 

Hijo /s 1 19 22 25 28 29 30 100h 101 102 103 106 107 130 132 134 143 155 157 176 241      242 249 261 267 269 315 321 336 347 348 349 373

 

Humildad 36 324 363

 

Identidad /es 8 13 40 49 58 88 90 91 92 96 97 100c 110 144 191 192 193 214 238 251 279      286 291 297 312 318 319 337 345 373 442 444 451 457 459 463d 479 520 528 530      533 544 549 554

 

Identidad cristiana 144 214 286 291

 

Identidad eclesial 337 544

 

Idolatría 78 109

 

Impulso 16 208 251 252 284 285 337 347 374b 446a 548

 

Inculturación / Inculturar 4 94 99b 479 491

 

Indígenas 4 56 65 75 88 89 90 91 92 94 95 96 99b 128 325 402 454 472 473 529 530      531 554

 

Individualismo 44 51 110 148 479 514

 

Injusticia 26 121 185 522

 

Inserción 19 96 192 206 326 359 407 427

 

Inspiración 247 269 486i

 

Integración Latinoamericana 521 Intelectual 67 83 194 248 280 280c 318 319 323

 

Interdisciplinar 465 Interpretación 248 Itinerario /s 31 100c 214 240 255 277 280d 281      290 298 322 437c

 

Jesucristo / Cristo 1 4 6 7 8 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 25 26 27 28 29 30      32 33 35 41 43 95 98 99 99b 99e 99f 101 103 104 107 110 115 117 119 126 127 128 129      131 132 134 136 138 139 140 141 143 145 146 151 152 153 155 156 158 159 160 161 162      167 168 170 171 172 173 175 175a 175b 176 177 180 181 184 185 186 187 189 193 196      201 207 209 211 213 216 220 222 224 226a 227 228 229 232 236 237 238 240 242      243 244 246 247 248 249 250 251 254 255 256 257 258 259 265 266 267 270 271      273 275 276 277 278a 278b 278d 278e 279 280b 280c 280d 281 287 288 289 290      291 292 297 298 299 300 303 304 305 307 312 314 316 318 319 321 332 333 335 336      337 341 343 347 348 349 350 351 352 354 355 356 357 358 359 361 362 368 371      374 374d 376 377 380 381 382 384 386 392 393 394 398 399 417 419 432 433 443      446c 446d 450 459 460 461 477 479 480 486e 491 500 501 506 515 516 518 523 529      535 540 542 543 547 548 552 549 554

 

Jóvenes 50 65 77 85 100d 127 194 303 304 314 315 318 325 326 328 334 335 336 338      406b 410 422 424 442 443 444 445 446a 446b 446c 446d 446e 446f 446h 463c 468      481 486h 554

 

Kerigmático 226a

 

Laicos 99c 99d 99f 100c 174 195 199 202 209 211 212 213 215 232 248 280d 281 282      283 306 307 313 324 345 346 366 371 400 403 406 413 419 458b 469b 469h 475 505      508 517h 518f 518k 550

 

Latinoamericano /s 1 3 9 14 19 88 99a 100f 100h 127 245 252 270 275 369 391 406d 416      479 507 525 526 544 547

 

Latinoamericano /s, pueblo /s 13 88 114 224 258 302 359 432 520 544

 

Lenguaje /s 7 35 45 55 100d 183 341 480 484 510 512 517d 518 528

 

Liberación 26 146 359 385 399 491

 

Libertad 27 32 42 44 51 53 69 80 111 120 136 141 219 239 280a 322 330 334 335 336 339      340 351 360 429 462 479 514 541

 

Madurez 175c 175g 196 249 278 280d 292 317 318 321 547

 

Maestro 103 110 112 131 136 138 152 161 177 186 187 245 249 255 274 276 277 278c      280b 282 332 336 363 364 368 372

 

María 1 141 261 262 265 266 267 268 269 270 271 272 274 280b 320 364 451 524 553      554

 

Matrimonio 40 117 175g 205 432 433 437c 437d 446 463a 469f

 

Mentalidad 96 100c 213 336 412 453 463e 510

 

Mercado 45 50 60 61 63 65 82 219 328 539

 

Método /s 19 99e 100c 244 276 296 371 465 469f 513 547

 

Metodología 307 446g

 

Migrantes 56 59 65 88 100e 207 377 402 411 412 414 415 416

 

Ministerio /s 94 99c 100e 143 150 151 154 162 169 170 175f 179 184 188 191

     192 193 194 195 198 200 202 207 211 282 316 318 322 325 457 458b

     513

 

Mirada 30 32 33 96 136 192 259 261 364 388 402 490

 

Misión 11 13 19 30 31 99d 131 139 144 145 146 148 151 153 154 158 163 164 169 176 188      191 195 202 203 208 209 210 212 213 214 216 218 223 233 237 267 269 270 272 273      278c 278e 279 280d 281 284 286 287 289 302 317 331 338 341 346 347 348 360 361      362 363 367 373 374 375 376 379 380 381 386 389 390 401 418 432 440 441a 441f      444 450 456 460 463d 481 486i 491 518n 532 533 545 548 550 551 554

 

Misión Continental 551

 

Misionero /s 1 3 4 10 11 13 14 19 20 23 25 28 30 31 33 41 95 99c 99d 99f 100e 101 103 121      125 127 129 134 140 144 147 150 152 153 154 156 160 167 169 170 172 174 177 178 179      181 184 186 190 191 199 201 203 204 205 208 209 213 214 216 217 223 226d 227 229      232 240 245 247 250 251 252 253 255 262 264 269 270 271 275 276 278 278c 279      280d 283 284 285 291 292 301 302 307 311 314 315 316 318 320 327 337 338 347      349 362 364 368 370 372 374 376 377 378 379 382 384 386 393 400 409 412 415      426 432 443 446d 449 460 463b 469 486 491 493 501 506 518 524 530 532 538 540      542 548 550 551 554

 

Misterio pascual 17 27 99b 143 250 251 253 549

 

Modelo /s 59 155 191 268 331 369 434 438 436d 473 474c 475 480 524

 

Movimiento /s 53 97 99c 99e 100e 128 169 170 179 180 214 215 230 231 278d 281 311 312      313 365 406c 437a 446a 446b 463a 513 518b

 

Muerte 6 13 17 21 29 31 44 81 95 98 102 106 109 112 117 129 143 144 175e 185 242 276      326 350 351 356 358 388 418 419 464 469c 473 480 515 523 548

 

Mujer /es 6 11 14 27 29 32 48 49 65 75 97 105 116 117 120 122 128 135 147 151 159 171      194 241 242 266 275 335 353 361 374b 382 387 388 402 406b 406e 422 433 451 452      453 454 455 456 457 458a 458b 458d 459 460 468 469g 470 491 494 503 537 538

 

Mundo 16 18 22 27 28 29 30 31 34 37 38 44 50 51 66 87 88 99f 100d 101 104 109 110 111      126 145 146 148 159 162 173 174 175 185 188 209 210 215 216 220 221 227 231 236      256 265 266 269 278c 278e 279 280a 280d 282 283 285 286 290 306 312 316 330      341 348 357 362 371 373 376 390 419 438 443 446f 446g 463d 469e 471 479 480      484 487 491 492 510 511 517j 521 522 523 549 552 441a 441b 441d 441f 441g 442

 

Niño /s 50 65 81 127 135 210 293 302 303 304 314 334 336 402 409 410 417 422 424      437f 437l 438 439 447 457 467 468 469g 481 482 486h 491 499 554

 

Núcleo /s 39 393

 

Obispo /s 1 9 99e 165 166 169 177 179 181 182 186 187 188 189 190 195 199 206 218 222      248 256 281 282 291 297 313 324 366 371 469a 486 508 544 550

 

Objetivo /s 61 338 371 413 480 499 518b

 

Opción 100b 128 146 179 196 257 276 322 337 391 392 393 395 396 397 398 399 409      417 437l 446a 446c 446e 491 501

 

Opción por los pobres 128 397 398 399

 

Originalidad 8 111 264 313

 

Padre 6 7 14 17 19 21 23 28 32 100b 101 102 103 107 108 113 126 129 131 132 133 134 137      139 143 144 147 149 151 152 155 158 177 187 193 216 220 227 241 248 249 255 258      266 267 336 347 348 350 351 356 358 361 373 382 383 395 470 478 523 532 246      550 554

 

Padre Dios 28 129 241

 

Palabra 19 21 25 27 41 102 131 133 142 146 151 152 165 167 172 175 205 211 235 242 247      248 249 253 255 266 271 279 280c 292 319 323 348 350 354 377 382 386 399 420      516 517g 518l 554

 

Palabra de Dios 99a 121 158 178 179 180 189 191 199 226c 232 247 248 271 289 298 300      308 309 316 323 331 437n 448 485 517h

 

Parroquia /s 99e 128 169 170 172 173 174 175 175a 176 179 182 197 201 202 203 204 206      278d 293 294 296 302 304 305 306 309 314 365 372 437f 446a 483 490 513 517e      517k 518b 518c

 

Pastoral 19 95 99a 99c 99d 99e 99f 175f 177 179 181 183 185 194 195 196 197 198 199      200 207 211 212 214 225 231 232 238 248 252 253 280 280d 291 296 313 314 319      334 337 338 344 345 365 366 367 368 370 371 393 394 399 403 411 412 413 414 418      419 421 429 430 431 437f 437j 437n 442 458a 461 462 474b 475 484 493 501 517i      517k 518 518ª 518b 518i 518n 518o 519 533 547

 

Pastoral Educativa 337

 

Pastoral Familiar 99e 302 435 437 437i 463a

 

Pastoral de la Infancia 99e

 

Pastoral Juvenil 99e 463c 446a 446d

 

Pastoral Orgánica 99g 169 198 371 401

 

Pastoral Social 99f 281 399 401 402

 

Pastoral Universitaria 343

 

Pastoral Urbana 509 513 517

 

Pastoral Vocacional 314

 

Pecado 5 6 8 27 29 92 95 102 104 175d 177 227 254 278b 351 479 523 532

 

Pedagogía 4 272 280d 322 446b 469f

 

Pentecostés 91 150 171 269 362 548

 

Peregrino 109 127 259 260

 

Persona 29 36 42 44 52 118 126 131 136 145 172 277 278c 278e 280b 322 331 337 339      359 380 399 496 517i 539 550

 

Persona de Jesucristo 23 136 243 244 292

 

Persona humana 6 42 60 66 104 105 112 123 217 334 335 340 341 387 389 390 468 480

 

Plan /es 137 365 400 443 446c 456 457 497 517b

 

Pluralidad 340 372 520

 

Pluralismo cultural y religioso 100d 100g 479

 

Pobreza 62 72 73 89 90 99c 176 185 219 379 392 405 409 439 444 501 503 514 517g 528      540 550

 

Política /s 36 48 51 63 75 76 77 78 96 212 403 408 410 411 414 422 430 437d 446e 449      458d 486i 504 463e 474d 511 517b 528 537

 

Presbiterio 165 198 326

 

Presencia 21 65 75 88 99c 99e 100d 119 151 215 217 237 244 257 269 272 279 280c 281      312 343 374 383 405 438 458b 474b 491 504 517k 518i 518j 524 549

 

Proceso /s 45 61 69 73 74 94 96 204 245 249 276 278 278a 279 281 288 289 293 294      298 300 314 319 334 337 338 356 365 399 427 429 430 441c 446c 446d 473 484      518d 523 528 539 541

 

Proceso de formación 276 278 279 280 280a 308 310 318 319 321 322 326 338 518g

 

Profeta /s 30 209 471

 

Programa /s 11 46 145 207 252 370 372 427 437g 458d 469d 469f

 

Promoción humana 26 98 99d 146 338 346 399 401 429 550

 

Protagonismo 128 214 458a

 

Proyecto /s 66 90 122 141 145 153 169 170 179 202 213 266 280d 281 314 318 319 326      332 335 337 340 356 361 371 407 431 437b 457 505 515 518b 533 534

 

Proyecto de vida 129 294 302 321

 

Proyecto del Padre 266 358

 

Proyecto del Reino 520

 

Pueblo /s 2 4 6 8 9 13 16 21 33 43 56 74 77 83 85 88 90 92 93 95 96 98 99b 114 125 128      129 143 155 159 164 178 189 198 209 224 235 238 239 247 258 262 264 271 298 302      311 325 353 364 375 380 382 389 391 406 432 447 448 473 476 477 478 482 491      504 515 520 524 525 528 529 530 532 534 538 542 544 548 549 550

 

Pueblo de Dios 7 10 127 155 157 163 165 181 182 186 187 188 190 199 206 209 252 259      282 312 314 320 375 491 550

 

Pueblos, nuestros 1 3 7 10 13 14 18 19 22 25 26 30 32 35 88 99c 99d 99g 106 127 128 140      162 176 250 256 262 264 265 269 274 329 346 347 348 350 359 361 381 384 386      389 396 401 402 403 435 436 443 474a 476 520 521 524 526 535 536 543 549

 

Reconciliación 7 98 142 162 175 175d 177 199 202 228 254 267 278b 350 353 359 363      430 446c 518e 524 534 535 542 546

 

Reino 11 17 30 33 139 144 152 154 190 212 219 224 250 358 361 383 384 441a 516 518j      520 548

 

Reino de Dios 19 29 95 121 184 196 223 276 278e 280d 282 315 367 374a 380 382 417      438 518i 552

 

Reino de vida 24 143 353 358 361 366

 

Relación 44 58 104 131 132 193 227 235 255 331 358 385 452 476 518i 544

 

Religiosidad Popular 37 43 93 99b 258 300 549

 

Renovación 9 99a 99b 99e 100b 100h 172 173 201 294 337 365 367 369 443 513

 

Respeto 44 64 74 89 96 233 238 258 441a 448 469c 469e 472 473 479 546

 

Rostro /s 22 32 35 65 100h 107 188 224 257 265 271 392 393 402 407 445 529

 

Sacramento 19 25 117 142 155 175f 177 187 195 199 202 237 251 254 278b 350 396 420      433 437c 518e 523 424 535 542

 

Sagrado /s 93 108 112 195 388 398 482

 

Salvación 19 129 134 137 143 146 151 158 172 236 237 266 267 273 331 437j 477 480

 

Santidad 5 99c 129 148 163 184 187 220 230 262 275 315 316 352 368 374d 505

 

Santo /s 1 3 7 9 14 17 19 23 33 98 100h 106 127 130 137 149 151 152 153 155 157 160 171      222 230 231 232 236 241 246 260 251 259 262 267 273 290 311 336 347 348 363      367 374 395 447 547 551

 

Santuario /s 3 259 260 264 265 268 269 537

 

Seguimiento 41 129 139 147 167 179 216 232 250 266 270 276 277 278c 282 287 289 291      305 371 446c 450 506 532 543 549

 

Seminario /s 99c 183 314 316 317 318 319 322 323 326 413 469c 475

 

Ser humano 13 27 36 37 44 98 105 108 112 116 141 176 330 332 333 356 384 387 388 390      446c 464 467 469c 470 480 503 514

 

Servicio /s 9 13 14 24 32 33 45 60 63 66 68 69 75 82 95 98 99c 99d 100c 106 111 119 120      128 151 158 162 169 170 175f 178 179 181 183 184 188 190 193 201 202 205 206 216      220 223 224 240 262 272 278e 279 280b 280c 280d 281 282 284 285 289 296 299      303 313 315 316 322 324 336 338 341 344 345 346 347 353 358 366 372 387 394      399 406c 412 440 446b 450 457 463f 473 485 490 504 516 517g 518c 518e 518m 518n      520 530 537 544 545 553

 

Sexualidad 44 196 321 328 356 437e 441d

 

Signo /s 4 14 125 155 161 162 176 179 196 214 255 261 290 316 356 374 380 433 438 536

 

Signos de los tiempos 33 99g 366

 

Sociedad civil 75 372 406a 414 426

 

Solidaridad 7 26 39 57 64 65 93 99g 100e 103 126 167 199 245 248 337 363 372 394 396      398 400 404 406e 437m 441d 469g 474c 480 514 517c 522 525 528 534 544 545 550

     Subjetividad 44 479

 

Tarea /s 7 10 14 100c 104 120 144 146 171 189 195 197 200 236 276 285 287 293 297      304 337 381 384 385 386 403 414 464 483 492 500 507 546 552

 

Técnica 45 479 487

 

Tecnología 34 42 60 62 123

 

Teología 124 323 344 437j 490

 

Testigo /s 16 98 144 172 187 189 216 219 221 236 290 303 451 496 548 554

 

Testimonio 55 98 99c 99f 105 138 140 207 208 210 211 212 219 224 226 228 233 237 239      249 256 257 262 273 274 275 278a 281 315 317 341 352 362 363 368 371 374d 378      385 386 449 460 483 532

 

Trabajo 19 48 62 65 71 93 98 99c 103 120 121 122 174 185 210 284 371 402 404 407 414      426 437j 446f 450 475 492 517 518m 539

 

Transformación 44 90 151 210 283 336 351 394 397 486c Trascendencia 52 57 126 260      263 339 481 Trinidad 117 141 155 157 240 304 347 451 543

 

Unidad 8 36 37 60 155 159 162 176 188 189 202 206 227 230 231 232 234 240 279 282      288 303 313 324 335 336 362 520 523 524 525 527 528 544 554

 

Universidad /es 343 346

 

Universidad /es Católica /s 341 342 463d 469d 498

 

Urbano 60 173 474b 511 514 517 517j 518

 

Valor /es 22 43 51 52 57 58 61 66 74 91 92 93 95 96 99g 106 108 109 114 123 204 212      215 219 221 224 262 279 302 321 328 329 330 331 332 334 335 339 340 341 358 371      374 385 387 388 398 404 422 423 428 435 444 451 463c 468 479 482 486c 486h 491      497 506 518i 518j 530 532 537 552

 

Verdad 1 2 5 6 13 19 22 42 61 100h 101 108 116 123 129 136 137 152 186 220 229 242 246      249 276 280c 336 350 380 390 428 477 480 494 496 507 508 535 542 548 550 554

 

Vida consagrada /contemplativa 99c 100b 100e 169 216 218 219 220 221 222 224 232 278d      314 315 446c 518b

 

Vida cristiana 100b 110 158 168 175 175a 204 263 278c 278d 280d 286 289 293 294 312      314 348 394 505 517g 535

 

Vida de la Trinidad 347 348

 

Vida digna 35 71 112 125 358 359 361 363 425 467

 

Vida en Cristo 13 128 175 229 250 281 348 349 355 356 357 359 361 362 399

 

Vida, estilo de 7 51 58 66 100h 131 139 196 272 273 280d 387 461 474a 540

 

Vida nueva 11 220 250 281 332 348 349 350 351 356 357 399 536

 

Vida, sentido de la 38 52 143 291 314 380 443

 

Vida social 35 78 212 453 480 501 480 501

 

Violencia 8 29 48 65 73 78 95 185 197 207 239 328 402 409 410 411 414 427 439 443      446f 454 461 468 514 542 543

 

Vocación 6 14 19 31 32 36 39 41 42 43 107 111 129 144 156 164 167 181 185 186 250 251      264 276 278e 282 285 303 315 317 319 321 443 449 457 460 463a 480 502 505 508      523 534

 

Vulnerabilidad 83 438 458c

 

 

Índice Aparecida 2007