magisterio

CELAM

IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano

Santo Domingo 1992

 

 

Índice Santo Domingo 1992

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRESENTACIÓN

 

Cumplimos con alegría el deber de transmitir el Documento de Santo Domingo al Pueblo de Dios que peregrina en América Latina y en el Caribe.

 

Es fruto esperanzador de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en el pasado mes de octubre.

 

Esta Conferencia, convocada, inaugurada y presidida por el Santo Padre Juan Pablo II, trabajó en cálida y profunda comunión con el Vicario de Cristo cuyo discurso inaugural constituyó punto fundamental de referencia y de convergencia para los Pastores participantes.

 

Es procedente recordar que la IV Conferencia se celebró treinta y siete años después de Río de Janeiro, veinticuatro después de Medellín y trece después de Puebla.

 

Los Pastores reunidos en Santo Domingo recogen y actualizan la rica herencia del pasado, en un maravilloso momento: cuando se recuerdan los primeros quinientos años de la Evangelización del Continente y cuando termina un milenio cristiano y se inicia otro. También cuando nuestros pueblos, duramente golpeados por diversos problemas, anhelan de la Iglesia una palabra de esperanza.

 

Eso quiere ser el Documento de Santo Domingo: una palabra de esperanza. Un instrumento eficaz para una Nueva Evangelización. Un mensaje renovado de Jesucristo, fundamento de la promoción humana y principio de una auténtica cultura cristiana.

 

Las Conclusiones de Santo Domingo no son fruto de la improvisación. Hay que leerlas a la luz de la triple temática señalada por el Santo Padre y en el contexto de una larga y fecunda preparación consignada en los aportes de las Conferencias Episcopales y en numerosos libros publicados por el CELAM.

 

Junto con las Conclusiones de Santo Domingo aparecen aquí otros importantes documentos:

 

El discurso inaugural del Santo Padre y la carta que autoriza la publicación del documento.

 

Sendos mensajes del Papa a los Indígenas y a los Afroamericanos (*).

 

(*) Por razones electrónicas se omiten estos mensajes.

 

El mensaje de la IV Conferencia a los Pueblos de América Latina y del Caribe.

 

En la revisión hecha por la Santa Sede, del texto entregado en Santo Domingo, solamente se han introducido algunas correcciones de estilo y algunas breves modificaciones de redacción en orden a clarificar mejor alguna expresión.

 

Queda en manos de las Conferencias Episcopales y de las Iglesias particulares de nuestra América este nuevo instrumento pastoral, con los elementos para un Plan Global de Evangelización. Allí podrán encontrar los desafíos y las líneas pastorales que más respondan a sus exigencias concretas.

 

Que María, Madre de la Iglesia y Reina de nuestro Continente, ilumine el camino que emprende ahora nuestra América hacia una nueva Evangelización, que se proyecte en un mayor compromiso por la promoción integral del hombre e impregne con la luz del Evangelio las culturas de los pueblos latinoamericanos.

 

+ NICOLÁS DE JESÚS Cardenal LÓPEZ RODRÍGUEZ

Arzobispo Metropolitano de Santo Domingo y Primado de América

Presidente del CELAM

 

+ JUAN JESÚS Cardenal POSADAS OCAMPO

Arzobispo de Guadalajara

Primer Vicepresidente del CELAM

 

+ TULIO MANUEL CHIRIVELLA VARELA

Arzobispo de Barquisimeto

Segundo Vicepresidente del CELAM

 

+ OSCAR ANDRÉS RODRÍGUEZ MARADIAGA, S.D.B

Obispo Auxiliar de Tegucigalpa

Presidente del Comité económico del CELAM

 

+ RAYMUNDO DAMASCENO ASSIS

obispo Auxiliar de Brasilia

Secretario General del CELAM

 

Santafé de Bogotá, Noviembre 22 de 1992

Fiesta de Jesucristo Rey del Universo

 

 

 

DISCURSO INAUGURAL DEL SANTO PADRE

 

NUEVA EVANGELIZACIÓN,

PROMOCIÓN HUMANA,

CULTURA CRISTIANA

 

"Jesucristo ayer, hoy y siempre"

(Hebreos 13,8)

 

Queridos Hermanos en el Episcopado, amados sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos:

 

Queridos Irmaos no Episcopado, Amados Sacerdotes, religiosos, religiosas e leigos:

 

1. Bajo la guía del Espíritu, al que hemos invocado fervientemente para que ilumine los trabajos de esta importante asamblea eclesial, inauguramos la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, poniendo nuestros ojos y nuestro corazón en Jesucristo, "el mismo ayer, hoy y siempre" (Hb 13,8). El es el Principio y el Fin, el Alfa y la Omega (Ap 21, 6), la plenitud de la evangelización, "el primero y más grande evangelizador. Lo ha sido hasta el final, hasta la perfección, hasta el sacrificio de su existencia terrena" (Evangelii nuntiandi, 7).

 

En este encuentro eclesial sentimos muy viva la presencia de Jesucristo, Señor de la historia. En su nombre se reunieron los Obispos de América Latina en las anteriores Asambleas —Rio de Janeiro en 1955; Medellín en 1968; Puebla en 1979—, y en su mismo nombre nos reunimos ahora en Santo Domingo, para tratar el tema "Nueva Evangelización, Promoción humana, Cultura cristiana", que engloba las grandes cuestiones que, de cara al futuro, debe afrontar la Iglesia ante las nuevas situaciones que emergen en Latinoamérica y en el mundo.

 

Es ésta, queridos Hermanos, una hora de gracia para todos nosotros y para la Iglesia en América. En realidad, para la Iglesia universal, que nos acompaña con su plegaria, con esa comunión profunda de los corazones que el Espíritu Santo genera en todos los miembros del único cuerpo de Cristo. Hora de gracia y también de gran responsabilidad. Ante nuestros ojos se vislumbra ya el tercer milenio. Y si la Providencia nos ha convocado para dar gracias a Dios por los quinientos años de fe y de vida cristiana en el Continente americano, acaso podemos decir con más razón aún que nos ha convocado también a renovarnos interiormente, y a "escrutar los signos de los tiempos" (cf. Mt 16,3). En verdad, la llamada a la nueva evangelización es ante todo una llamada a la conversión. En efecto, mediante el testimonio de una Iglesia cada vez más fiel a su identidad y más viva en todas sus manifestaciones, los hombres y los pueblos de América latina, y de todo el mundo, podrán seguir encontrando a Jesucristo, y en él la verdad de su vocación y su esperanza, el camino hacia una humanidad mejor.

 

Mirando a Cristo, "fijando los ojos en el que inicia y completa nuestra fe: Jesús" (Hb 12,2), seguimos el sendero trazado por el Concilio Vaticano II, del que ayer se cumplió el XXX aniversario de su solemne inauguración. Por ello, al inaugurar esta magna Asamblea, deseo recordar aquellas sentidas palabras pronunciadas por mi venerable predecesor, el Papa Pablo VI, en la apertura de la segunda sesión conciliar:

 

"¡Cristo

Cristo, nuestro principio.

Cristo, nuestra vida y nuestro guía.

Cristo, nuestra esperanza y nuestro término...

Que no se cierna sobre esta asamblea otra luz

que no sea la de Cristo, luz del mundo.

Que ninguna otra verdad atraiga nuestra mente

fuera de las palabras del Señor, único Maestro.

Que no tengamos otra aspiración que la de serle absolutamente fieles. Que ninguna otra esperanza nos sostenga, si no es aquella que,

mediante su palabra, conforta nuestra debilidad".

 

I. JESUCRISTO AYER, HOY Y SIEMPRE

 

2. Esta Conferencia se reúne para celebrar a Jesucristo, para dar gracias a Dios por su presencia en estas tierras de América, donde hace ahora 500 años comenzó a difundirse el mensaje de la salvación: se reúne para celebrar la implantación de la Iglesia, que durante estos cinco siglos tan abundantes frutos de santidad y amor ha dado en el Nuevo Mundo.

 

Jesucristo es la Verdad eterna que se manifestó en la plenitud de los tiempos. Y precisamente, para transmitir la Buena Nueva a todos los pueblos, fundó su Iglesia con la misión específica de evangelizar. "Id por todo el mundo y proclamad el evangelio a toda creatura" (Mc 16, 15). Se puede decir que en estas palabras está contenida la proclama solemne de la evangelización. Así pues, desde el día en que los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo, la Iglesia inició la gran tarea de la evangelización. San Pablo lo expresa en una frase lapidaria y emblemática ´Evangelizare Iesum Christumª, "anunciar a Jesucristo" (Gál 1,16). Esto es lo que han hecho los discípulos del Señor, en todos los tiempos y en todas las latitudes del mundo.

 

3. En este proceso singular el año 1492 marca una fecha clave. En efecto, el 12 de octubre —hace hoy exactamente cinco siglos— el Almirante Cristóbal Colón, con las tres carabelas procedentes de España, llegó a estas tierras y plantó en ellas la cruz de Cristo. La evangelización propiamente dicha, sin embargo, comenzó con el segundo viaje de los descubridores, a quienes acompañaban los primeros misioneros. Se iniciaba así la siembra del don precioso de la fe . Y ¿cómo no dar gracias a Dios por ello, junto con vosotros, queridos Hermanos obispos, que hoy hacéis presentes en Santo Domingo a todas las Iglesias particulares de Latinoamérica? ¡Cómo no dar gracias por los abundantes frutos de la semilla plantada a lo largo de estos cinco siglos por tantos y tan intrépidos misioneros!

 

Con la llegada del Evangelio a América se ensancha la historia de la salvación, crece la familia de Dios, se multiplica "para gloria de Dios el número de los que dan gracias" (2 Co 4,15). Los pueblos del Nuevo Mundo eran "pueblos nuevos... totalmente desconocidos para el Viejo Mundo hasta el año 1492", pero "conocidos por Dios desde toda la eternidad y por él siempre abrazados con la paternidad que el Hijo ha revelado en la plenitud de los tiempos (cf. Ga 4,4)" (Homilía, I de enero 1992). En los pueblos de América, Dios se ha escogido un nuevo pueblo, lo ha incorporado a su designio redentor, lo ha hecho partícipe de su Espíritu. Mediante la evangelización y la fe en Cristo, Dios ha renovado su alianza con América Latina.

 

Damos, pues, gracias a Dios por la pléyade de evangelizadores que dejaron su patria y dieron su vida para sembrar en el Nuevo Mundo la vida nueva de la fe, la esperanza y el amor. No los movía la leyenda de "El Dorado", o intereses personales, sino el urgente llamado a evangelizar unos hermanos que aún no conocían a Jesucristo. Ellos anunciaron "la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres" (Tt 3,4) a unas gentes que ofrecían a sus dioses incluso sacrificios humanos.

 

Ellos testimoniaron, con su vida y con su palabra, la humanidad que brota del encuentro con Cristo. Por su testimonio y su predicación, el número de hombres y mujeres que se abrían a la gracia de Cristo se multiplicaron "como las estrellas del cielo, incontables como las arenas de las orillas del mar" (Hb 11,12).

 

4. Desde los primeros pasos de la evangelización, la Iglesia católica, movida por la fidelidad al Espíritu de Cristo, fue defensora infatigable de los indios, protectora de los valores que había en sus culturas, promotora de humanidad frente a los abusos de colonizadores a veces sin escrúpulos. La denuncia de las injusticias y atropellos por obra de Montesinos, Las Casas, Córdoba, fray Juan del Valle y tantos otros, fue como un clamor que propició una legislación inspirada en el reconocimiento del valor sagrado de la persona. La conciencia cristiana afloraba con valentía profética en esa cátedra de dignidad y de libertad que fue, en la Universidad de Salamanca, la Escuela de Vitoria (cf. Discurso a la Segunda Asamblea Plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina, 14 de mayo 1991), y en tantos eximios defensores de los nativos, en España y en América Latina. Nombres que son bien conocidos y que con ocasión del V Centenario han sido recordados con admiración y gratitud. Por mi parte, y para precisar los perfiles de la verdad histórica poniendo de relieve las raíces cristianas y la identidad católica del Continente, sugerí que se celebrara un Simposio Internacional sobre la Historia de la Evangelización de América, organizado por la Pontificia Comisión para América Latina. Los datos históricos muestran que se llevó a cabo una válida, fecunda y admirable obra evangelizadora y que, mediante ella, se abrió camino de tal modo en América la verdad sobre Dios y sobre el hombre que, de hecho, la evangelización misma constituye una especie de tribunal de acusación para los responsables de aquellos abusos.

 

De la fecundidad de la semilla evangélica depositada en estas benditas tierras he podido ser testigo durante los viajes apostólicos que el Señor me ha concedido realizar a vuestras Iglesias particulares. ¡Cómo no manifestar abiertamente mi ardiente gratitud a Dios, porque me ha sido dado conocer de cerca la realidad viva de la Iglesia en América Latina! En mis viajes al Continente, así como durante vuestras visitas "ad Limina" y en otros diversos encuentros —que han robustecido los vínculos de la colegialidad episcopal y la corresponsabilidad en la solicitud pastoral por toda la Iglesia— he podido comprobar repetidamente la lozanía de la fe de vuestras comunidades eclesiales y también medir la amplitud de los desafíos para la Iglesia, ligada indisolublemente a la suerte misma de los pueblos del Continente.

 

5. La presente Conferencia General se reúne para perfilar las líneas maestras de una acción evangelizadora que ponga a Cristo en el corazón y en los labios de todos los latinoamericanos. ésta es nuestra tarea: hacer que la verdad sobre Cristo y la verdad sobre el hombre penetren aún más profundamente en todos los estratos de la sociedad y la transformen (cf. Discurso a la Pontificia Comisión para América Latina, 14 de junio 1991).

 

En sus deliberaciones y conclusiones, esta Conferencia ha de saber conjugar los tres elementos doctrinales y pastorales, que constituyen como las tres coordenadas de la nueva evangelización: Cristología, Eclesiología y Antropología. Contando con una profunda y sólida Cristología, basados en una sana antropología y con una clara y recta visión eclesiológica, hay que afrontar los retos que se plantean hoy a la acción evangelizadora de la Iglesia en América.

 

A continuación deseo compartir con vosotros algunas reflexiones que, siguiendo la pauta del enunciado de la Conferencia y como signo de profunda comunión y corresponsabilidad eclesial, os ayuden en vuestro ministerio de Pastores entregados generosamente a la grey que el Señor os ha confiado. Se trata de presentar algunas prioridades doctrinales y pastorales desde la perspectiva de la nueva evangelización.

 

II. NUEVA EVANGELIZACIÓN

 

6. La nueva evangelización es la idea central de toda la temática de esta Conferencia.

 

Desde mi encuentro en Haití con los Obispos del CELAM en 1983 he venido poniendo particular énfasis en esta expresión, para despertar así un nuevo fervor y nuevos afanes evangelizadores en América y en el mundo entero; esto es, para dar a la acción pastoral "un impulso nuevo, capaz de crear tiempos nuevos de evangelización, en una Iglesia todavía más arraigada en la fuerza y en el poder perennes de Pentecostés" (Evangelii nuntiandi, 2).

 

La nueva evangelización no consiste en un "nuevo evangelio", que surgiría siempre de nosotros mismos, de nuestra cultura, de nuestros análisis de las necesidades del hombre. Por ello, no sería "evangelio", sino mera invención humana, y no habría en él salvación. Tampoco consiste en recortar del Evangelio todo aquello que parece difícilmente asimilable para la mentalidad de hoy. No es la cultura la medida del Evangelio, sino Jesucristo la medida de toda cultura y de toda obra humana. No, la nueva evangelización no nace del deseo "de agradar a los hombres" o de "buscar su favor" (Gál. 1, 10), sino de la responsabilidad para con el don que Dios nos ha hecho en Cristo, en el que accedemos a la verdad sobre Dios y sobre el hombre, y a la posibilidad de la vida verdadera.

 

La nueva evangelización tiene, como punto de partida, la certeza de que en Cristo hay una "inescrutable riqueza" (Ef 3, 8), que no agota ninguna cultura, ni ninguna época, y a la cual podemos acudir siempre los hombres para enriquecernos (cf. Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos, Declaración final, 3). Esa riqueza es, ante todo, Cristo mismo, su persona, porque El mismo es nuestra salvación. Los hombres de cualquier tiempo y de cualquier cultura podemos, acercándonos a El mediante la fe y la incorporación a su Cuerpo, que es la Iglesia, hallar respuesta a esas preguntas, siempre antiguas y siempre nuevas, con las que los hombres afrontamos el misterio de nuestra existencia, y que llevamos indeleblemente grabadas en nuestro corazón desde la creación y desde la herida del pecado.

 

7. La novedad no afecta al contenido del mensaje evangélico que es inmutable, pues Cristo es "el mismo ayer, hoy y siempre". Por esto, el evangelio ha de ser predicado en plena fidelidad y pureza, tal como ha sido custodiado y transmitido por la Tradición de la Iglesia. Evangelizar es anunciar a una persona, que es Cristo. En efecto, "no hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios" (Evangelii nuntiandi, 22). Por eso, las cristologías reductivas, de las que en diversas ocasiones he señalado sus desviaciones (cf. Discurso Inaugural de la Conferencia de Puebla, 28 de enero 1979, 1, 4), no pueden aceptarse como instrumentos de la nueva evangelización. Al evangelizar, la unidad de la fe de la Iglesia tiene que resplandecer no sólo en el magisterio auténtico de los Obispos, sino también en el servicio a la verdad por parte de los pastores de almas, de los teólogos, de los catequistas y de todos los que están comprometidos en la proclamación y predicación de la fe.

 

A este respecto, la Iglesia estimula, admira y respeta la vocación del teólogo, cuya "función es lograr una comprensión cada vez más profunda de la palabra de Dios contenida en la Escritura inspirada y transmitida por la Tradición viva de la Iglesia" (Instrucción de la Congregación para la doctrina de la Fe sobre la vocación eclesial del teólogo, 24 de mayo 1990, 6). Esta vocación, noble y necesaria, surge en el interior de la Iglesia y presupone la condición de creyente en el mismo teólogo, con una actitud de fe que el mismo debe testimoniar en la comunidad. "La recta conciencia del teólogo católico supone consecuentemente la fe en la Palabra de Dios (...) el amor a la Iglesia de la que ha recibido su misión y el respeto al Magisterio asistido por Dios" (Ibid., 38) . La teología está llamada, pues, a prestar un gran servicio a la nueva evangelización.

 

8. Ciertamente es la verdad la que nos hace libres (cf. Jn 8, 32). Pero no podemos por menos de constatar que existen posiciones inaceptables sobre lo que es la verdad, la libertad, la conciencia. Se llega incluso a justificar el disenso con el recurso "al pluralismo teológico, llevado a veces hasta Un relativismo que pone en peligro la integridad de la fe". No faltan quienes piensan que "los documentos del Magisterio no serían sino el reflejo de una teología opinable" (Ibid., 34); y "surge así una especie de "magisterio paralelo" de los teólogos, en oposición y rivalidad con el Magisterio auténtico" (Ibid. ). Por otra parte, no podemos soslayar el hecho de que las "actitudes de oposición sistemática a la Iglesia, que llegan incluso a constituirse en grupos organizados", la contestación y la discordia, al igual que "acarrean graves inconvenientes a la comunión de la Iglesia", son también un obstáculo para la evangelización (cf. Ibid., 32).

 

La confesión de fe "Jesucristo ayer, hoy y siempre" de la Carta a los Hebreos —que es como el telón de fondo del lema de esta IV Conferencia— nos lleva a recordar las palabras del versículo siguiente: "No os dejéis seducir por doctrinas varias y extrañas" (Heb 13,9). Vosotros, amados Pastores, tenéis que velar sobre todo por la fe de la gente sencilla que, de lo contrario, se vería desorientada y confundida.

 

9. Todos los evangelizadores han de prestar también una atención especial a la catequesis. Al comienzo de mi Pontificado quise dar nuevo impulso a esta labor pastoral mediante la Exhortación Apostólica Catechesi Tradendae, y recientemente he aprobado el Catecismo de la Iglesia Católica, que presento como el mejor don que la Iglesia puede hacer a sus Obispos y a lodo el Pueblo de Dios. Se trata de un valioso instrumento para la nueva evangelización, donde se compendia toda la doctrina que la Iglesia ha de enseñar.

 

Confío asimismo que el movimiento bíblico continúe desplegando su benéfica labor en América Latina y que las Sagradas Escrituras nutran cada vez más la vida de los fieles, para lo cual se hace imprescindible que los agentes de pastoral profundicen incansablemente en la Palabra de Dios, viviéndola y transmitiéndola a los demás con fidelidad, es decir, "teniendo muy en cuenta la unidad de toda la Escritura, la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe (Dei Verbum, 12). Igualmente, el movimiento litúrgico ha de dar renovado impulso a la vivencia íntima de los misterios de nuestra fe, llevando al encuentro con Cristo Resucitado en la liturgia de la Iglesia. Es en la celebración de la Palabra y de los Sacramentos, pero sobre todo en la Eucaristía, culmen y fuente de la vida de la Iglesia y de toda la evangelización, donde se realiza nuestro encuentro salvífico con Cristo, al que nos unimos místicamente formando su Iglesia (cf. Lumen gentium, 7). Por ello os exhorto a dar un nuevo impulso a la celebración digna, viva y participada de las asambleas litúrgicas, con ese profundo sentido de la fe y de la contemplación de los misterios de la salvación, tan arraigado en vuestros pueblos.

 

10. La novedad de la acción evangelizadora a que hemos convocado afecta a la actitud, al estilo, al esfuerzo y a la programación o, como propuse en Haití, al ardor, a los métodos y a la expresión. (cf. Discurso a los Obispos del CELAM, 9 de marzo 1983). Una evangelización nueva en su ardor supone una fe sólida, una caridad pastoral intensa y una recia fidelidad que, bajo la acción del Espíritu, generen una mística, un incontenible entusiasmo en la tarea de anunciar el Evangelio. En lenguaje neotestamentario es la "parresía" que inflama el corazón del apóstol (cf. Hch 5, 28-29; cf. Redemptoris missio, 45). Esta "parresía" ha de ser también el sello de vuestro apostolado en América. Nada puede haceros callar, pues sois heraldos de la verdad. La verdad de Cristo ha de iluminar las mentes y los corazones con la activa, incansable y pública proclamación de los valores cristianos.

 

Por otra parte, los nuevos tiempos exigen que el mensaje cristiano llegue al hombre de hoy mediante nuevos métodos de apostolado, y que sea expresado en lenguaje y formas accesibles al hombre latinoamericano, necesitado de Cristo y sediento del Evangelio: ¿Cómo hacer accesible, penetrante, válida y profunda la respuesta al hombre de hoy, sin alterar o modificar en nada el contenido del mensaje evangélico?, ¿cómo llegar al corazón de la cultura que queremos evangelizar?, ¿cómo hablar de Dios en un mundo en el que está presente un proceso creciente de secularización?

 

11. Como lo habéis manifestado en los encuentros y conversaciones que hemos tenido a lo largo de estos años, tanto en Roma como en mis visitas a vuestras Iglesias particulares, hoy la fe sencilla de vuestros pueblos sufre el embale de la secularización, con el consiguiente debilitamiento de los valores religiosos y morales. En los ambientes urbanos crece una modalidad cultural que, confiando sólo en la ciencia y en los avances de la técnica, se presenta como hostil a la fe. Se transmiten unos "modelos" de vida en contraste con los valores del Evangelio. Bajo la presión del secularismo, se llega a presentar la fe como si fuera una amenaza a la libertad y autonomía del hombre.

 

Sin embargo, no podemos olvidar que la historia reciente ha mostrado que cuando, al amparo de ciertas ideologías, se niegan la verdad sobre Dios y la verdad sobre el hombre, se hace imposible construir una sociedad de rostro humano. Con la caída de los regímenes del llamado "socialismo real" en Europa oriental cabe esperar que también en este continente se saquen las deducciones pertinentes en relación con el valor efímero de tales ideologías. La crisis del colectivismo marxista no ha tenido sólo raíces económicas, como he puesto de relieve en la Encíclica Centesimus annus (n. 41), pues la verdad sobre el hombre está íntima y necesariamente ligada a la verdad sobre Dios.

 

La nueva evangelización ha de dar, pues, una respuesta integral, pronta, ágil, que fortalezca la fe católica, en sus verdades fundamentales, en sus dimensiones individuales, familiares y sociales.

 

12. A ejemplo del Buen Pastor, habéis de apacentar el rebaño que os ha sido confiado y defenderlo de los lobos rapaces. Causa de división y discordia en vuestras comunidades eclesiales son —lo sabéis bien— las sectas y movimientos "pseudo-espirituales" de que habla el Documento de Puebla (n. 628), cuya expansión y agresividad urge afrontar.

 

Como muchos de vosotros habéis señalado, el avance de las sectas pone de relieve un vacío pastoral, que tiene frecuentemente su causa en la falta de formación, lo cual mina la identidad cristiana y hace que grandes masas de católicos sin una atención religiosa adecuada —entre otras razones, por falta de sacerdotes—, queden a merced de campañas de proselitismo sectario muy activas. Pero también puede suceder que los fieles no hallen en los agentes de pastoral aquel fuerte sentido de Dios que ellos deberían transmitir en sus vidas. "Tales situaciones pueden ser ocasión de que muchas personas pobres y sencillas, —como por desgracia está ocurriendo— se conviertan en fácil presa de las sectas, en las que buscan un sentido religioso de la vida que quizás no encuentran en quienes se lo tendrían que ofrecer a manos llenas" (Carta Apostólica Los Caminos del Evangelio, 20).

 

Por otra parte, no se puede infravalorar una cierta estrategia, cuyo objetivo es debilitar los vínculos que unen a los Países de América Latina y minar así las fuerzas que nacen de la unidad. Con este objeto se destinan importantes recursos económicos para subvencionar campañas proselitistas, que tratan de resquebrajar esta unidad católica.

 

Al preocupante fenómeno de las sectas hay que responder con una acción pastoral que ponga en el centro de todo a la persona, su dimensión comunitaria y su anhelo de una relación personal con Dios. Es un hecho que allí donde la presencia de la Iglesia es dinámica, como es el caso de las parroquias en las que se imparte una asidua formación en la Palabra de Dios, donde existe una liturgia activa y participada, una sólida piedad mariana, una efectiva solidaridad en el campo social, una marcada solicitud pastoral por la familia, los jóvenes y los enfermos, vemos que las sectas o los movimientos para-religiosos no logran instalarse o avanzar.

 

La arraigada religiosidad popular de vuestros fieles, con sus extraordinarios valores de fe y de piedad, de sacrificio y de solidaridad, convenientemente evangelizada y gozosamente celebrada, orientada en torno a los misterios de Cristo y de la Virgen María, puede ser, por sus raíces eminentemente católicas, un antídoto contra las sectas y una garantía de fidelidad al mensaje de la salvación.

 

III. PROMOCIÓN HUMANA

 

13. Puesto que la Iglesia es consciente de que el hombre —no el hombre abstracto, sino el hombre concreto e histórico— "es el primer camino que ella debe recorrer en el cumplimiento de su misión" (Redemptor hominis, 14), la promoción humana ha de ser consecuencia lógica de la evangelización, la cual tiende a la liberación integral de la persona (cf. Evangelii nuntiandi, nn. 29-39).

 

Mirando a ese hombre concreto, vosotros, Pastores de la Iglesia, constatáis la difícil y delicada realidad social por la que atraviesa hoy América Latina, donde existen amplias capas de población en la pobreza y la marginación. Por ello, solidarios con el clamor de los pobres, os sentís llamados a asumir el papel del buen samaritano (cf. Lc 10, 25-37), pues el amor a Dios se muestra en el amor a la persona humana. Así nos lo recuerda el apóstol Santiago con aquellas graves palabras: "Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: "Idos en paz, calentaos y hartaos", pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?" (St 2,15-16).

 

La preocupación por lo social "forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia" (Sollicitudo rei socialis, 41) y es también "parte esencial del mensaje cristiano, ya que esta doctrina expone sus consecuencias directas en la vida de la sociedad y encuadra incluso el trabajo cotidiano y las luchas por la justicia en el testimonio de Cristo Salvador" (Centesimus annus, 5).

 

Como afirma el Concilio Vaticano II en la Constitución pastoral Gaudium et spes, el problema de la promoción humana no se puede considerar al margen de la relación del hombre con Dios (cf. nn. 43, 45). En efecto, contraponer la promoción auténticamente humana y el proyecto de Dios sobre la humanidad es una grave distorsión, fruto de una cierta mentalidad de inspiración secularista. La genuina promoción humana ha de respetar siempre la verdad sobre Dios y la verdad sobre el hombre, los derechos de Dios y los derechos del hombre.

 

14. Vosotros, amados Pastores, tocáis de cerca la situación angustiosa de tantos hermanos que carecen de lo necesario para una vida auténticamente humana. No obstante el avance registrado en algunos campos, persiste e incluso crece el fenómeno de la pobreza. Los problemas se agravan con la pérdida del poder adquisitivo del dinero, a causa de la inflación, a veces incontrolada, y del deterioro de los términos de intercambio, con la consiguiente disminución de los precios de ciertas materias primas y con el peso insoportable de la deuda internacional de la que se derivan tremendas consecuencias sociales. La situación se hace todavía más dolorosa con el grave problema del desempleo creciente, que no permite llevar el pan al hogar e impide el acceso a otros bienes fundamentales (cf. Laborem exercens, 18).

 

Sintiendo vivamente la gravedad de esta situación, no he dejado de dirigir apremiantes llamados en favor de una activa, justa y urgente solidaridad internacional. Es éste un deber de justicia que afecta a toda la humanidad, pero sobre todo a los países ricos que no pueden eludir su responsabilidad hacia los países en vías de desarrollo. Esta solidaridad es una exigencia del bien común universal que ha de ser respetada por todos los integrantes de la familia humana (cf. Gaudium et spes, 26).

 

15. El mundo no puede sentirse tranquilo y satisfecho ante la situación caótica y desconcertante que se presenta ante nuestros ojos: naciones, sectores de población, familias e individuos cada vez más ricos y privilegiados frente a pueblos, familias y multitud de personas sumidas en la pobreza, víctimas del hambre y las enfermedades, carentes de vivienda digna, de servicios sanitarios, de acceso a la cultura. Todo ello es testimonio elocuente de un desorden real y de una injusticia institucionalizada, a lo cual se suman a veces el retraso en tomar medidas necesarias, la pasividad y la imprudencia, cuando no la transgresión de los principios éticos en el ejercicio de las funciones administrativas, como es el caso de la corrupción. Ante todo esto, se impone un "cambio de mentalidad, de comportamiento y de estructuras" (Centesimus annus, 60), en orden a superar el abismo existente entre los países ricos y los países pobres (cf. Laborem exercens, 16; Centesimus annus, 14), así como las profundas diferencias existentes entre ciudadanos de un mismo país. En una palabra: hay que hacer valer el nuevo ideal de solidaridad frente a la caduca voluntad de dominio.

 

Por otra parte, es falaz e inaceptable la solución que propugna la reducción del crecimiento demográfico sin importarle la moralidad de los medios empleados para conseguirlo. No se trata de reducir a toda costa el número de invitados al banquete de la vida; lo que hace falta es aumentar los medios y distribuir con mayor justicia la riqueza para que todos puedan participar equitativamente de los bienes de la creación.

 

Hay que buscar soluciones a nivel mundial, instaurando una verdadera economía de comunión y participación de bienes, tanto en el orden internacional como nacional. A este propósito, un factor que puede contribuir notablemente a superar los apremiantes problemas que hoy afectan a este continente es la integración latinoamericana. Es grave responsabilidad de los gobernantes el favorecer el ya iniciado proceso de integración de unos pueblos a quienes la misma geografía, la fe cristiana, la lengua y la cultura han unido definitivamente en el camino de la historia.

 

16. En continuidad con las Conferencias de Medellín y Puebla, la Iglesia reafirma la opción preferencial en favor de los pobres. Una opción no exclusiva ni excluyente, pues el mensaje de la salvación está destinado a lodos. "Una opción, además, basada esencialmente en la Palabra de Dios y no en criterios aportados por ciencias humanas o ideologías contrapuestas, que con frecuencia reducen a los pobres a categorías sociopolíticas económicas abstractas. Pero una opción firme e irrevocable" (Discurso a los Cardenales y Prelados de la Curia Romana, 21 diciembre 1984, 9).

 

Como afirma el Documento de Puebla, "acercándonos al pobre para acompañarlo y servirlo, hacemos lo que Cristo nos enseñó haciéndose hermano nuestro, pobre como nosotros. Por eso, el servicio a los pobres es la medida privilegiada, aunque no excluyente, de nuestro seguimiento de Cristo. El mejor servicio al hermano es la evangelización que lo dispone a realizarse como Hijo de Dios, lo libera de las injusticias y lo promueve integralmente" (Puebla, 1145). Dichos criterios evangélicos de servicio al necesitado evitarán cualquier tentación de connivencia con los responsables de las causas de la pobreza, o peligrosas desviaciones ideológicas, incompatibles con la doctrina y misión de la Iglesia.

 

La genuina praxis de liberación ha de estar siempre inspirada por la doctrina de la Iglesia según se expone en las dos Instrucciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe (Libertatis nuntius, 1984; Libertatis conscientia, 1986), que han de ser tenidas en cuenta cuando se aborda el tema de las teologías de la liberación. Por otra parte, la Iglesia no puede en modo alguno dejarse arrebatar por ninguna ideología o corriente política la bandera de la justicia, lo cual es una de las primeras exigencias del evangelio y, a la vez, fruto de la venida del Reino de Dios.

 

17. Como ya lo señaló la Conferencia de Puebla, existen grupos humanos particularmente sumidos en la pobreza; tal es el caso de los indígenas (cf. n. 12ó5). A ellos, y también a los afroamericanos, he querido dirigir un mensaje especial de solidaridad y cercanía, que entregaré mañana a un grupo de representantes de sus respectivas comunidades. Como gesto de solidaridad, la Santa Sede ha creado recientemente la Fundación "Populorum Progressio", que dispone de un fondo de ayuda en favor de los campesinos, indios y demás grupos humanos del sector rural, particularmente desprotegidos en América Latina.

 

En esta misma línea de solicitud pastoral por las categorías sociales más desprotegidas, esta Conferencia General podría valorar la oportunidad de que, en un futuro no lejano, pueda celebrarse un Encuentro de representantes de los Episcopados de todo el Continente americano, —que podría tener también carácter sinodal— en orden a incrementar la cooperación entre las diversas Iglesias particulares en los distintos campos de la acción pastoral y en el que, dentro del marco de la nueva evangelización y como expresión de comunión episcopal, se afronten también los problemas relativos a la justicia y la solidaridad entre todas las Naciones de América. La Iglesia, ya a las puertas del tercer milenio cristiano y en unos tiempos en que han caído muchas barreras y fronteras ideológicas, siente como un deber ineludible unir espiritualmente aún más a todos los pueblos que forman este gran Continente y, a la vez, desde la misión religiosa que le es propia, impulsar un espíritu solidario entre todos ellos, que permita, en modo particular, encontrar vías de solución a las dramáticas situaciones de amplios sectores de población que aspiran a un legítimo progreso integral y a condiciones de vida más justas y dignas.

 

18. No existe auténtica promoción humana, verdadera liberación, ni opción preferencial por los pobres, si no se parte de los fundamentos mismos de la dignidad de la persona y del ambiente en que tiene que desarrollarse, según el proyecto del Creador. Por eso entre los temas y opciones que requieren toda la atención de la Iglesia no puedo dejar de recordar el de la familia y el de la vida: dos realidades que van estrechamente unidas, pues la "familia es como el santuario de la vida" (Centesimus annus, n. 39). En efecto, "el futuro de la humanidad se fragua en la familia; por consiguiente, es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y exigencias de la familia" (Familiaris consortio, 86).

 

No obstante los problemas que en nuestros días asedian al matrimonio y la institución familiar, ésta, como "célula primera y vital de la sociedad" (Apostolicam actuositatem, 11), puede generar grandes energías, que son necesarias para el bien de la humanidad. Por eso, hay que "anunciar con alegría y convicción la "buena nueva" sobre la familia" (cf. Familiaris consortio, 86). Hay que anunciarla aquí, en América Latina, donde, junto al aprecio que se tiene por la familia, proliferan por desgracia las uniones consensuales libres. Ante este fenómeno y ante las crecientes presiones divorcistas urge promover medidas adecuadas en favor del núcleo familiar, en primer lugar para asegurar la unión de vida y el amor estable dentro del matrimonio, según el plan de Dios, así como una idónea educación de los hijos.

 

En estrecha conexión con los problemas señalados se encuentra el grave fenómeno de los niños que viven permanentemente en las calles de las grandes ciudades latinoamericanas, minados por el hambre y la enfermedad, sin protección alguna, sujetos a tantos peligros, no excluida la droga y la prostitución. He aquí otra cuestión que ha de apremiar vuestra solicitud pastoral, recordando las palabras de Jesús: "Dejad que los niños vengan a mí" (Mt 19,14).

 

La vida, desde su concepción en el seno materno hasta su término natural, ha de ser defendida con decisión y valentía. Es necesario, pues, crear en América una cultura de la vida que contrarreste la anticultura de la muerte, la cual —a través del aborto, la eutanasia, la guerra, la guerrilla, el secuestro, el terrorismo y otras formas de violencia o explotación— intenta prevalecer en algunas naciones. En este espectro de atentados a la vida ocupa un lugar de primer orden el narcotráfico, que las instancias competentes han de contrarrestar con lodos los medios lícitos a disposición.

 

19. ¿Quién nos librará de estos signos de muerte? La experiencia del mundo contemporáneo ha mostrado más y más que las ideologías son incapaces de derrotar aquel mal que tiene al hombre sujeto a servidumbre. El único que puede librar de este mal es Cristo. Al celebrar el V Centenario de la Evangelización, volvemos los ojos, conmovidos a aquel momento de gracia en el que Cristo nos ha sido dado de una vez. para siempre. La dolorosa situación de tantas hermanas y hermanos latinoamericanos no nos lleva a la desesperanza. Al contrario, hace más urgente la tarea que tiene la Iglesia ante sí: reavivar en el corazón de cada bautizado la gracia recibida. "Te recomiendo —escribía san Pablo a Timoteo— que reavives la gracia de I)ios que está en ti" (2 Tm 1,6).

 

Como de la acogida del Espíritu en Pentecostés nació el pueblo de la Nueva Alianza, sólo esta acogida hará surgir un pueblo capaz de generar hombres renovados y libres, conscientes de su dignidad. No podemos olvidar que la promoción integral del hombre es de capital importancia para el desarrollo de los pueblos de Latinoamérica. Pues, "el desarrollo de un pueblo no deriva primariamente del dinero, ni de las ayudas materiales, ni de las estructuras técnicas, sino más bien de la formación de las conciencias, de la madurez de la mentalidad y de las costumbres. Es el hombre el protagonista del desarrollo, no el dinero ni la técnica" (Redemptoris missio, 58). La mayor riqueza de Latinoamérica son sus gentes. La Iglesia, "despertando las conciencias con el Evangelio", contribuye a despertar las energías dormidas para disponerlas a trabajar en la construcción de una nueva civilización (cf. Ibid.).

 

IV. CULTURA CRISTIANA

 

20. Aunque el Evangelio no se identifica con ninguna cultura en particular, sí debe inspirarlas, para de esta manera transformarlas desde dentro, enriqueciéndolas con los valores cristianos que derivan de la fe. En verdad, la evangelización de las culturas representa la forma más profunda y global de evangelizar a una sociedad, pues mediante ella el mensaje de Cristo penetra en las conciencias de las personas y se proyecta en el "ethos" de un pueblo, en sus actitudes vitales, en sus instituciones y en todas las estructuras (cf. Discurso a los intelectuales y al mundo universitario, Medellín, 5 de julio 1986, 2).

 

El tema "cultura" ha sido objeto de particular estudio y reflexión por parte del CELAM en los últimos años. También la Iglesia toda dirige su atención a esta importante materia "ya que la nueva evangelización ha de proyectarse sobre la cultura "adveniente", sobre todas las culturas, incluidas las culturas indígenas" (cf. Angelus, 28 de junio 1992). Anunciar a Jesucristo en todas las culturas es la preocupación central de la Iglesia y objeto de su misión. En nuestros días, esto exige, en primer lugar, el discernimiento de las culturas como realidad humana a evangelizar y, consiguientemente, la urgencia de un nuevo tipo de colaboración entre todos los responsables de la obra evangelizadora.

 

21. En nuestros días se percibe una crisis cultural de proporciones insospechadas. Es cierto que el sustrato cultural actual presenta un buen número de valores positivos, muchos de ellos fruto de la evangelización; pero, al mismo tiempo, ha eliminado valores religiosos fundamentales y ha introducido concepciones engañosas que no son aceptables desde el punto de vista cristiano.

 

La ausencia de esos valores cristianos fundamentales en la cultura de la modernidad no solamente ha ofuscado la dimensión de lo transcendente, abocando a muchas personas hacia el indiferentismo religioso —también en América Latina—, sino que, a la vez, es causa determinante del desencanto social en que se ha gestado la crisis de esta cultura. Tras la autonomía introducida por el racionalismo, hoy se tiende a basar los valores sobre todo en consensos sociales subjetivos que, no raramente, llevan a posiciones contrarias incluso a la misma ética natural. Piénsese en el drama del aborto, los abusos en ingeniería genética, los atentados a la vida y a la dignidad de la persona.

 

Frente a la pluralidad de opciones que hoy se ofrecen, se requiere una profunda renovación pastoral mediante el discernimiento evangélico sobre los valores dominantes, las actitudes, los comportamientos colectivos, que frecuentemente representan un factor decisivo para optar tanto por el bien como por el mal. En nuestros días se hace necesario Un esfuerzo y un tacto especial para inculturar el mensaje de Jesús, de tal manera que los valores cristianos puedan transformar los diversos núcleos culturales, purificándolos, si fuera necesario, y haciendo posible el afianzamiento de una cultura cristiana que renueve, amplíe y unifique los valores históricos pasados y presentes, para responder así en modo adecuado a los desafíos de nuestro tiempo (cf. Redemptoris missio, 52). Uno de estos retos a la evangelización es el de intensificar el diálogo entre las ciencias y la fe, en orden a crear un verdadero humanismo cristiano. Se trata de mostrar que la ciencia y la técnica contribuyen a la civilización y a la humanización del mundo en la medida en que están penetradas por la sabiduría de Dios. A este propósito, deseo alentar vivamente a las Universidades y Centros de estudios superiores, especialmente los que dependen de la Iglesia, a renovar su empeño en el diálogo entre fe y ciencia.

 

22. La Iglesia mira con preocupación la fractura existente entre los valores evangélicos y las culturas modernas, pues estas corren el riesgo de encerrarse dentro de sí en una especie de involución agnóstica y sin referencia a la dimensión moral (cf. Discurso al Pontificio Consejo para la Cultura, 18 de enero 1983). A este respecto, conservan pleno vigor aquellas palabras del Papa Pablo VI: "La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo, como lo fue también en otras épocas. De ahí que haya que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura, o más exactamente de las culturas. Estas deben ser regeneradas por el encuentro con la Buena Nueva" (Evangelii nuntiandi, 20) .

 

La Iglesia, que considera al hombre como su "camino" (cf. Redemptor hominis, 14), ha de saber dar una respuesta adecuada a la actual crisis de la cultura. Frente al complejo fenómeno de la modernidad, es necesario dar vida a una alternativa cultural plenamente cristiana. Si la verdadera cultura es la que expresa los valores universales de la persona, ¿qué puede proyectar más luz sobre la realidad del hombre, sobre su dignidad y razón de ser, sobre su libertad y destino que el Evangelio de Cristo?

 

En este hito histórico del medio milenio de la evangelización de vuestros pueblos, os invito pues, queridos Hermanos, a que, con el ardor de la nueva evangelización, animados por el Espíritu del Señor Jesús, hagáis presente la Iglesia en la encrucijada cultural de nuestro tiempo, para impregnar con los valores cristianos las raíces mismas de la cultura ''adveniente'' y de todas las culturas ya existentes. A este respecto, particular atención habréis de prestar a las culturas indígenas y afroamericanas, asimilando y poniendo de relieve todo lo que en ellas hay de profundamente humano y humanizante. Su visión de la vida, que reconoce la sacralidad del ser humano, su profundo respeto a la naturaleza, la humildad, la sencillez, la solidaridad son valores que han de estimular el esfuerzo por llevar a cabo una auténtica evangelización inculturada, que sea también promotora de progreso y conduzca siempre a la "adoración a Dios en espíritu y en verdad" (Jn 4,23). Mas, el reconocimiento de dichos valores no os exime de proclamar En lodo momento que "Cristo es el único Salvador de la humanidad, el único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios" (Redemptoris missio, 5) .

 

"La evangelización de la cultura es un esfuerzo por comprender las mentalidades y las actitudes del mundo actual e iluminarlas desde el Evangelio. Es la voluntad de llegar a todos los niveles de la vida humana para hacerla más digna" (Discurso al mundo de la cultura, Lima, 15 de mayo 1988, 5). Pero este esfuerzo de comprensión e iluminación debe estar siempre acompañado del anuncio de la Buena Nueva (cf. Redemptoris missio, 46), de tal manera que la penetración del Evangelio en las culturas no sea una simple adaptación externa, sino un "proceso profundo y global que abarque tanto el mensaje cristiano, como la reflexión y la praxis de la Iglesia" (Ibid, 52), respetando siempre las características y la integridad de la fe.

 

23. Al ser la comunicación entre las personas un importante elemento generador de cultura, los modernos medios de comunicación social revisten en este terreno una importancia de primer orden. Intensificar la presencia de la Iglesia en el mundo de la comunicación ha de ser ciertamente una de vuestras prioridades. Vienen a mi mente las graves palabras de mi venerado predecesor el Papa Pablo VI: "La Iglesia se sentiría culpable ante Dios si no empleara esos poderosos medios, que la inteligencia humana perfecciona cada vez más" (Evangelii nuntiandi, 45).

 

Por otra parte, se ha de vigilar también sobre el uso de los medios de comunicación social en la educación de la fe y en la difusión de la cultura religiosa. Una responsabilidad que incumbe sobre todo a las casas editoriales dependientes de instituciones católicas que deben "ser objeto de particular solicitud por parte de los Ordinarios del lugar, a fin de que sus publicaciones sean siempre conformes a la doctrina de la Iglesia y contribuyan eficazmente al bien de las almas" (Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre algunos aspectos relativos al uso de los instrumentos de comunicación social en la promoción de la doctrina de la fe, 30 de marzo 1992, 15, 2).

 

Ejemplos de inculturación del Evangelio lo constituyen también ciertas manifestaciones socio-culturales que están surgiendo en defensa del hombre y de su entorno, y que han de ser iluminadas por la luz de la fe. Es el caso del movimiento ecologista en favor del respeto debido a la naturaleza y contra la explotación desordenada de sus recursos, con el consiguiente deterioro de la calidad de vida. La convicción de que "Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todo el género humano" (Gaudium et spes, 69) ha de inspirar un sistema de gestión de los recursos más justo y mejor coordinado a nivel mundial. La Iglesia hace suya la preocupación por el medio ambiente e insta a los gobiernos para que protejan este patrimonio según los criterios del bien común (cf. Mensaje para la XXV Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero 1992).

 

24. El desafío que representa la cultura "adveniente" no debilita sin embargo nuestra esperanza, y damos gracias a Dios porque en América Latina el don de la fe católica ha penetrado en lo más hondo de sus gentes, conformando en estos quinientos años el alma cristiana del Continente e inspirando muchas de sus instituciones. En efecto, la Iglesia en Latinoamérica ha logrado impregnar la cultura del pueblo, ha sabido situar el mensaje evangélico en la base de su pensar, en sus principios fundamentales de vida, en sus criterios de juicio, en sus normas de acción.

 

Se nos presenta ahora el reto formidable de la continua inculturación del evangelio en vuestros pueblos, tema que habréis de abordar con clarividencia y profundidad durante los próximos días. América Latina, en Santa María de Guadalupe, ofrece un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada. En efecto, en la figura de María —desde el principio de la cristianización del Nuevo Mundo y a la luz del evangelio de Jesús— se encarnaron auténticos valores culturales indígenas. En el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac se resume el gran principio de la inculturación: la íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante la integración en el cristianismo y el enraizamiento del cristianismo en las varias culturas (cf. Redemptoris missio, 52).

 

V. UNA NUEVA ERA BAJO EL SIGNO DE LA ESPERANZA

 

25. He ahí, queridos hermanos y hermanas, algunos de los desafíos que se presentan a la Iglesia en esta hora de la nueva evangelización. Ante este panorama cargado de interrogantes, pero también grávido de promesas, hemos de preguntarnos cuál es el camino que debe seguir la iglesia en América Latina para que su misión dé en la próxima etapa de su historia los frutos que espera el Dueño de la mies (cf. Lc 10, 2; Mc 4, 20). Vuestra Asamblea habrá de delinear el rostro de una Iglesia viva y dinámica que crece en la fe, se santifica, ama, sufre, se compromete y espera en su Señor, como nos recuerda el Concilio Ecuménico Vaticano II, punto obligado de referencia en la vida y misión de todo Pastor (cf. Gaudium et spes, 2).

 

La tarea que os aguarda durante las próximas jornadas es ardua, pero marcada por el .signo de la esperanza que viene de Cristo Resucitado. Misión vuestra es la de ser heraldos de la esperanza, de que nos habla el apóstol Pedro (cf. 1 Pe 3, l 5): esperanza que se apoya en las promesas de Dios, en la fidelidad a su palabra y que tiene como certeza inquebrantable la resurrección de Cristo, su victoria definitiva sobre el pecado y la muerte, primer anuncio y raíz de toda evangelización, fundamento de toda promoción humana, principio de toda auténtica cultura cristiana, que no puede por menos de ser la cultura de la resurrección y de la vida, vivificada por el soplo del Espíritu de Pentecostés.

 

Amados Hermanos en el Episcopado, en la unidad de la Iglesia local, que brota de la Eucaristía, se encuentra todo el Colegio Episcopal con el Sucesor de Pedro a la cabeza, como perteneciente a la misma esencia de la Iglesia particular (cf. Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre algunos aspectos de la Iglesia entendida como comunión, 14). En torno al obispo y en perfecta comunión con él tienen que florecer las parroquias y comunidades cristianas como células pujantes de vida eclesial. Por eso, la nueva evangelización requiere una vigorosa renovación de toda la vida diocesana. Las parroquias, los movimientos apostólicos y asociaciones de fieles, y todas las comunidades eclesiales en general, han de ser siempre evangelizadas y evangelizadoras. En particular, las Comunidades eclesiales de base deben caracterizarse siempre por una decidida proyección universalista y misionera, que les infunda un renovado dinamismo apostólico (cf. Evangelii nuntiandi, 58; Puebla, 640-642). Ellas —que han de estar marcadas por una clara identidad eclesial— deben tener en la Eucaristía, que preside el sacerdote, el centro de la vida y comunión de sus miembros, en estrecha unión con sus pastores y en plena sintonía con el Magisterio de la Iglesia.

 

26. Condición indispensable para la nueva evangelización es poder contar con evangelizadores numerosos y cualificados. Por ello, la promoción de las vocaciones sacerdotales y religiosas, así como de otros agentes de pastoral ha de ser una prioridad de los Obispos y un compromiso de todo el Pueblo de Dios. Hay que dar, en toda América Latina, un impulso decisivo a la pastoral vocacional y afrontar, con criterios acertados y con esperanza, lo referente a los Seminarios y Centros de formación de los religiosos y religiosas, así como el problema de la formación permanente del Clero y de una mejor distribución de los sacerdotes entre las diversas Iglesias locales, en las que hay que considerar también la apreciada labor de los diáconos permanentes. Para todo esto se encuentran orientaciones apropiadas en la Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores dabo vobis.

 

Por lo que se refiere a los religiosos y religiosas, que en América Latina llevan el peso de una parte considerable de la acción pastoral, deseo hacer mención de la Carta Apostólica Los Caminos del Evangelio, que les dirigí con fecha 29 de junio de 1990. También quiero recordar aquí a los Institutos Seculares, con su pujante vitalidad en medio del mundo, y a los miembros de las Sociedades de Vida Apostólica, que desarrollan una gran actividad misionera.

 

En la hora presente, los miembros de los Institutos religiosos, tanto masculinos como femeninos, han de centrarse más en la labor específicamente evangelizadora desplegando toda la riqueza de iniciativas y tareas pastorales que brotan de sus diversos carismas. Fieles al espíritu de sus Fundadores, les debe caracterizar un profundo sentido de Iglesia y el testimonio de una estrecha y fiel colaboración en la pastoral, cuya dirección compete a los Ordinarios diocesanos y, en determinados aspectos, a las Conferencias Episcopales.

 

Como recordé en mi Carta a las contemplativas de América Latina (12 de diciembre 1989), la acción evangelizadora de la Iglesia está sostenida por esos santuarios de la vida contemplativa, tan numerosos en todo el Continente, que constituyen un testimonio de la radicalidad de la consagración a Dios, que tiene que ocupar siempre el primer puesto en nuestras opciones.

 

27. En la Exhortación Apostólica Postsinodal Christifideles laici sobre la "vocación y la misión de los laicos en la Iglesia", he querido poner particularmente de relieve que en la "grande, comprometedora y magnífica empresa" de la nueva evangelización es indispensable la labor de los seglares, en especial de los catequistas y "delegados de la Palabra". La Iglesia espera mucho de todos aquellos laicos que, con entusiasmo y eficacia evangélica, operan a través de los nuevos movimientos apostólicos, que han de estar coordinados en la pastoral de conjunto y que responden a la necesidad de una mayor presencia de la fe en la vida social. En esta hora en que he convocado a todos a trabajar con ardor apostólico en la viña del Señor, sin que nadie quede excluido, "los fieles laicos han de sentirse parte viva y responsable de esta empresa (de la nueva evangelización), llamados como están a anunciar y a vivir el Evangelio en el servicio a los valores y a las exigencias de las personas y de la sociedad" (n. 64). Digna de todo elogio, como transmisora de la fe, es la mujer latinoamericana, cuyo papel en la Iglesia y en la sociedad hay que poner debidamente de relieve (cf. Carta Apostólica Mulieris dignitatem). Particular solicitud pastoral se ha de prestar a los enfermos, en vista también de la fuerza evangelizadora del sufrimiento (cf. Carta Apostólica Salvifici doloris, sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano, 11 de febrero 1984).

 

Hago una llamada especial a los jóvenes de América Latina. Ellos —tan numerosos en un Continente joven— habrán de ser protagonistas en la vida de la sociedad y de la Iglesia en el nuevo milenio cristiano ya a las puertas. A ellos hay que presentar en su propio lenguaje la belleza de la vocación cristiana y ofrecerles ideales altos y nobles, que les sostengan en sus aspiraciones de una sociedad más justa y fraterna.

 

28. Todos están llamados a construir la civilización del amor en este Continente de la esperanza. Es más, América Latina, que ha sido receptora de la fe transmitida por las Iglesias del Viejo Mundo, ha de prepararse a difundir el mensaje de Cristo en el mundo entero dando "desde su pobreza" (cf. Mensajes al III y IV Congresos Misioneros Latinoamericanos, Santafé de Bogotá 1987 y Lima 1991). "Ha llegado el momento de dedicar todas las fuerzas eclesiales a la nueva evangelización y a la misión ad gentes. Ningún creyente en Cristo, ninguna institución de la Iglesia puede eludir este deber supremo: anunciar a Cristo a todos los pueblos" (Redemptoris missio, 3). Este momento ha llegado también para América Latina. "¡La fe se fortalece dándola La nueva evangelización de los pueblos cristianos", también en las Iglesias de América, "hallará inspiración y apoyo en el compromiso por la misión universal" (Ibid.,2). Para América Latina, que recibió a Cristo hace ahora quinientos años, el mayor signo del agradecimiento por el don recibido, y de su vitalidad cristiana, es empeñarse ella misma en la misión.

 

29. Queridos Hermanos en el Episcopado, como sucesores de los Apóstoles debéis dedicar todos vuestros desvelos a la grey "en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo para pastorear la Iglesia de Dios" (Hch 20,28). Por otra parte, como miembros del Colegio Episcopal, en estrecha unidad afectiva y efectiva con el Sucesor de Pedro, estáis llamados a mantener la comunión y preocupación por toda la Iglesia. Y, en esta circunstancia, como miembros de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, os incumbe una responsabilidad histórica.

 

En virtud de la misma fe, de la Palabra revelada, de la acción del Espíritu y por medio de la Eucaristía que preside el Obispo, la Iglesia particular tiene con la Iglesia Universal una peculiar relación de mutua interioridad, porque en ella se encuentra y opera verdaderamente la Iglesia de Cristo que es Una, Santa, Católica y Apostólica (cf. Christus Dominus, 11). En ella ha de resplandecer la santidad de vida a la que todo evangelizador está llamado, dando testimonio de una intensa vivencia del misterio de Jesucristo, sentido y experimentado fuertemente en la Eucaristía, en la asidua escucha de la Palabra, en la oración, en el sacrificio, en la entrega generosa al Señor, que en los sacerdotes y las demás personas consagradas se expresa de modo especial mediante el celibato.

 

No hay que olvidar que la primera forma de evangelización es el testimonio (cf. Redemptoris missio, 42-43), es decir, la proclamación del mensaje de salvación mediante las obras y la coherencia de vida, llevando a cabo así su encarnación en la historia cotidiana de los hombres. La Iglesia, desde los orígenes, se hizo presente y operante no sólo mediante el anuncio explícito del evangelio de Cristo sino también, y sobre todo, mediante la irradiación de la vida cristiana. Por eso la nueva evangelización exige coherencia de vida, testimonio compacto de la caridad, bajo el signo de la unidad, para que el mundo crea (cf. Jn 17,23).

 

30. Jesucristo, el Testigo fiel, el Pastor de los pastores, está en medio de nosotros, pues nos hemos reunido en su nombre (cf. Mt 18,20). Con nosotros está el Espíritu del Señor que guía la Iglesia a la plenitud de la verdad y la rejuvenece con la palabra revelada, como en un nuevo Pentecostés.

 

En la comunión de los Santos velan sobre los trabajos de este importante encuentro eclesial una pléyade de Santos y Santas latinoamericanos, que evangelizaron este Continente con su palabra y sus virtudes, y —muchos de ellos— lo fecundaron con su sangre. Ellos son los frutos más excelsos de la evangelización.

 

Como en el Cenáculo de Pentecostés nos acompaña la Madre de Jesús y Madre de la Iglesia. Su presencia entrañable en todos los rincones de Latinoamérica y en los corazones de sus hijos es garantía del sentido profético y del ardor evangélico que deben acompañar vuestros trabajos.

 

31. "¡Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá"! (Lc 1,45). Estas palabras, que Isabel dirige a María, portadora de Cristo, son aplicables a la Iglesia, de la que la Madre del Redentor es tipo y modelo. ¡Dichosa tú, América, Iglesia de América, portadora de Cristo también, que has recibido el anuncio de la salvación y has creído en "lo que te ha dicho el Señor"! La fe es tu dicha, la fuente de tu alegría. ¡Dichosos vosotros, hombres y mujeres de América Latina, adultos y jóvenes, que habéis conocido al Redentor! Junto con toda la Iglesia, y con María, vosotros podéis decir que el Señor "ha puesto los ojos en la humildad de su sierva" (Lc 1,48). ¡Dichosos vosotros, los pobres de la tierra, porque ha llegado a vosotros el Reino de Dios!

 

"Lo que te ha dicho el Señor se cumplirá". ¡Sé fiel a tu bautismo, reaviva en este Centenario la inmensa gracia recibida, vuelve tu corazón y tu mirada al centro, al origen, a Aquel que es fundamento de toda dicha, plenitud de todo! ¡Abrete a Cristo, acoge el Espíritu, para que en todas tus comunidades tenga lugar un nuevo Pentecostés! Y surgirá de ti una humanidad nueva, dichosa; y experimentarás de nuevo el brazo poderoso del Señor, y "lo que te ha dicho el Señor se cumplirá". Lo que te ha dicho, América, es su amor por ti, es su amor por tus hombres, por tus familias, por tus pueblos. Y ese amor se cumplirá en ti, y te hallarás de nuevo a ti misma, hallarás tu rostro, "te proclamarán bienaventurada todas las generaciones" (Lc 1,48).

 

Iglesia de América, el Señor pasa hoy a tu lado. Te llama. En esta hora de gracia, pronuncia de nuevo tu nombre, renueva su alianza contigo. ¡Ojalá escuchases su voz, para que conozcas la dicha verdadera y plena, y entres en su descanso! (cf. Sal 94, 7.11).

 

Terminemos invocando a María, estrella de la primera y de la nueva evangelización. A Ella, que siempre esperó, confiamos nucstra esperanza. En sus manos ponemos nuestros afanes pastorales y todas las tareas de esta Conferencia, encomendando a su corazón de Madre el éxito y la proyección de la misma sobre el futuro del Continente. Que Ella nos ayude a anunciar a su Hijo:

 

"¡Jesucristo ayer, hoy y siempre!"

Amén

 

 

 

MENSAJE DE LA IV CONFERENCIA A LOS PUEBLOS

DE AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE

I. PRESENTACIÓN

 

1. Convocados por el Santo Padre Juan Pablo II a la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y presididos por él en su inauguración, nos hemos reunido en Santo Domingo, representantes de los episcopados de América Latina y Caribe y colaboradores del Papa en la Curia Romana. Participaron también otros obispos invitados de diversas partes del mundo e igualmente sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y laicos, además de observadores pertenecientes a otras iglesias cristianas.

 

2. Una significativa efeméride ha sugerido la fecha de esta IV Conferencia: los 500 años del inicio de la evangelización del nuevo mundo. Desde entonces, la Palabra de Dios fecundó las culturas de nuestros pueblos llegando a ser parte integrante de su historia. Por eso, tras una larga preparación que incluyó una novena de años inaugurada aquí mismo en Santo Domingo por el Santo Padre, nos hemos congregado con actitud asumida por el mismo Santo Padre, a saber, con la humildad de la verdad dando gracias a Dios por las muchas y grandes luces y pidiendo perdón por las innegables sombras que cubrieron este período.

 

3. La IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano ha querido perfilar las líneas fundamentales de un nuevo impulso evangelizador que ponga a Cristo en el corazón y en los labios, en la acción y la vida de todos los latinoamericanos. Esta es nuestra tarea: hacer que la verdad sobre Cristo, la Iglesia y el hombre penetren más profundamente en todos los estratos de la sociedad en búsqueda de su progresiva transformación. La NUEVA EVANGELIZACION ha sido la preocupación de nuestro trabajo.

 

4. Nuestra reunión está en estrecha relación y continuidad con las anteriores de la misma naturaleza: la primera celebrada en Río de Janeiro en 1955; la siguiente en Medellín en 1968, y la tercera en Puebla en 1979. Reasumimos plenamente las opciones que enmarcaron aquellos encuentros y encarnaron sus conclusiones más sustanciales.

 

5. Estos eventos constituyen una valiosa experiencia eclesial de la cual procede una rica enseñanza episcopal, útil a las Iglesias y a la sociedad de nuestro continente. A estas orientaciones se suma ahora el compromiso evangelizador que emerge de la presente reunión, y que ofrecemos con humildad y alegría a nuestros pueblos.

 

6. La presencia maternal de la Virgen María, unida entrañablemente a la fe cristiana en Latinoamérica y Caribe, ha sido desde siempre, y en especial en estos días, guía de nuestro camino de fe, aliento en nuestros trabajos y estimulo frente a los desafíos pastorales de hoy.

 

II. AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE:

ENTRE EL TEMOR Y LA ESPERANZA

 

7. Grandes mayorías de nuestros pueblos, padecen condiciones dramáticas en sus vidas. Así lo hemos comprobado en las diarias tareas pastorales, y lo hemos expresado con claridad en muchos documentos. Así cuando sus dolores nos apremian, resuena en nuestros oídos la palabra que dijo Dios a Moisés: "He visto la aflicción de mi pueblo, he oído sus gritos de dolor. Conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado para hacerlo subir a la tierra espaciosa y fértil" (Ex 3, 7-8).

 

8. Esas condiciones podrían cuestionar nuestra esperanza. Pero la acción del Espíritu Santo nos proporciona un motivo vigoroso y sólido para esperar: la fe en Jesucristo, muerto y resucitado, quien cumple su promesa de estar con nosotros siempre (Cfr. Mt 28, 20). Esta fe nos lo muestra atento y solicito a toda necesidad humana. Nosotros buscamos realizar lo que El hizo y enseñó: asumir el dolor de la humanidad y actuar para que se convierta en camino de redención.

 

9. Vana sería nuestra esperanza si no fuera actuante y eficaz. Falaz seria el mensaje de Jesucristo si permitiera una disociación entre el creer y el actuar. Exhortamos a quienes sufren a abrir sus corazones al mensaje de Jesús, que tiene el poder de dar un sentido nuevo a sus vidas y dolores. La fe, unida a la esperanza y a la caridad en el ejercicio de la actividad apostólica, tiene que traducirse en "tierra espaciosa y fértil" para quienes hoy sufren en Latinoamérica y el Caribe.

 

10. La hora presente nos hace evocar el episodio evangélico del paralítico que estaba desde hacia treinta y ocho años j unto a la piscina de la curación pero que no tenía quien le introdujese en ella. Nuestro quehacer evangelizador quiere actualizar la palabra de Jesús al hombre inválido "Levántate, toma tu camilla y anda". (Cfr. Jn 5.1-8)

 

11. Deseamos convertir nuestros afanes evangelizadores en acciones concretas que hagan posible a las personas superar sus problemas y sanar sus dolencias —tomar sus camillas y caminar— siendo protagonistas de sus propias vidas, a partir del contacto salvífico con el Señor.

 

III. UNA ESPERANZA QUE SE CONCRETA EN MISIÓN

 

1. La Nueva Evangelización

 

12. Desde la visita del Santo Padre a Haití en 1983 nos hemos sentido animados por un impulso alentador para una renovada y más eficaz acción pastoral en nuestras iglesias particulares. A ese proyecto global que auspicia un nuevo Pentecostés, se le da el nombre de Nueva Evangelización. (Cfr. Discurso Inaugural, Juan Pablo II, nn. 6 y 7).

 

13. El episodio de los discípulos de Emaús, relatado por el evangelista Lucas, nos presenta a Jesús resucitado anunciando la Buena Nueva. Puede ser también un modelo de la Nueva Evangelización.

 

2. Jesucristo Ayer, Hoy y Siempre: Jesús sale al encuentro de la humanidad que camina (Lc 24, 13-17)

 

14. Mientras los discípulos de Emaús desconcertados y tristes caminaban de regreso a su aldea, el Maestro se les acerca para acompañarlos en su camino. Jesús busca las personas y camina con ellas para asumir las alegrías y esperanzas, las dificultades y tristezas de la vida.

 

15. Hoy también nosotros, como pastores de la Iglesia en América Latina y el Caribe, en fidelidad al Divino Maestro, queremos renovar su actitud de cercanía y de acompañamiento a todos nuestros hermanos y hermanas; proclamamos el valor y la dignidad de cada persona, y procuramos iluminar con la fe su historia, su camino de cada día. Este es un elemento fundamental de la Nueva Evangelización.

 

3. Promoción Humana: Jesús comparte el camino de los seres humanos (Lc 24, 17-24).

 

16. Jesús no solamente se acerca a los caminantes. Va más allá: Se hace camino para ellos (Cfr. Jn 14, 6), penetra en la vivencia profunda de la persona, en sus sentimientos, en sus actitudes. Por medio de un diálogo sencillo y directo conoce sus preocupaciones inmediatas. El mismo Cristo Resucitado acompaña los pasos, las aspiraciones y búsquedas, los problemas y dificultades de sus discípulos cuando éstos se dirigen a su aldea.

 

17. Aquí Jesús pone en práctica con sus discípulos cuanto enseñara un día a un doctor de la ley: las heridas y gemidos del hombre apaleado y moribundo que yacía al borde del camino constituyen las urgencias del propio caminar.(Cfr. Lc 10,25-37).La parábola del Buen Samaritano nos concierne directamente frente a todos nuestros hermanos, especialmente a los pecadores por los cuales Jesús derramó su sangre. Recordamos en particular a todos los que sufren: los enfermos, los ancianos que viven en soledad, los niños abandonados. Miramos también a los que son víctima de la injusticia: los marginados, los más pobres, los habitantes de los suburbios de las grandes ciudades, los indígenas y afroamericanos, los campesinos, los sin tierra, los desempleados, los sin techo, las mujeres desconocidas en sus derechos. Nos interpelan también otras formas de opresión: la violencia, la pornografía, el tráfico y el uso de drogas, el terrorismo, el secuestro de personas, y otros muchos problemas acuciantes.

 

4. La cultura: Jesús ilumina con las Escrituras el camino de los hombres (Lc 24, 25-28).

 

18. La presencia del Señor no se agota en una simple solidaridad humana. El drama interior de los dos caminantes era que habían perdido toda esperanza. Ese desencanto se iluminó por la explicación de las Escrituras. La Buena Nueva que oyeron de Jesús transmitía el mensaje recibido de su Padre.

 

19. Explicándoles las Escrituras, Jesús corrige los errores de un mesianismo puramente temporal y de todas las ideologías que esclavizan al hombre. Explicándoles las Escrituras, les ilumina su situación y les abre horizontes de esperanza.

 

20. El camino que Jesús recorre al lado de sus discípulos está marcado con las huellas del designio de Dios sobre cada una de las criaturas y sobre el acontecer humano.

 

21. Exhortamos a todos los agentes pastorales a profundizar en el estudio y la meditación de la Palabra de Dios para poder vivirla y transmitirla a los demás con fidelidad.

 

22. Reiteramos la necesidad de encontrar nuevos métodos para que a los constructores de la sociedad pluralista les lleguen las exigencias éticas del Evangelio, sobre todo en el orden social. La Doctrina Social de la Iglesia forma parte esencial del mensaje cristiano. Su enseñanza, difusión, profundización y aplicación son exigencias imprescindibles para la nueva evangelización de nuestros pueblos.

 

5. Un nuevo ardor: Jesús se da a conocer en la fracción del pan (Lc 24, 28-32).

 

23. Pero la explicación de la Escritura no fue suficiente para abrirles los ojos y hacerles ver la realidad desde la perspectiva de la fe. Es cierto que hizo arder sus corazones pero el gesto definitivo para que pudieran reconocerle vivo y resucitado de entre los muertos fue el signo concreto de partir el pan.

 

24. En Emaús se abrió además un hogar para Alguien que andaba peregrino. Cristo reveló su intimidad a los compañeros de camino y en su actitud de compartir reconocieron al que durante su vida no hizo más que darse a los hermanos y quien selló con su muerte en la cruz la entrega de toda su vida.

 

25. Concluidos estos días de oración y de reflexión volvemos a los hogares que forman nuestras iglesias particulares para compartir con los hermanos, con quienes construimos lo cotidiano de la vida; en especial con quienes participan más de cerca en nuestro ministerio: nuestros presbíteros y diáconos a quienes deseamos expresar un particular afecto y gratitud . Que la celebración eucarística inflame siempre más sus corazones para llevar a la práctica la Nueva Evangelización, la promoción humana y la cultura cristiana.

 

6. Misión: Jesús es anunciado por los discípulos (Lc 24, 33-35).

 

26. El encuentro entre el Maestro y los discípulos ha terminado. Jesús desaparece de su vista. Pero ellos impulsados por un nuevo ardor, salen gozosos a emprender su tarea misionera. Abandonan la aldea y van en búsqueda de los otros discípulos. La vivencia de la fe se realiza en comunidad. Por eso los discípulos regresan a Jerusalén a encontrarse con sus hermanos y comunicarles el encuentro con el Señor. A partir de la fe, vivida en comunidad, ellos se convierten en pregoneros de una realidad totalmente nueva: "El Señor ha resucitado y está de nuevo entre nosotros" . La fe en Jesús lleva consigo la misión.

 

27. "Para América Latina y el Caribe que recibió a Cristo hace ahora quinientos años, el mayor signo del agradecimiento por el don recibido, y de su vitalidad cristiana, es empeñarse ella misma en la misión" (Discurso Inaugural, Juan Pablo II, n. 28), sea en su interior más allá de sus fronteras.

 

IV. LÍNEAS PASTORALES PRIORITARIAS

 

28. La IV Conferencia propone, con grandes esperanzas y teniendo en cuenta los meritorios aportes recibidos de las Conferencias Episcopales y de tantas otras instancias de la Iglesia, las siguientes lineas de acción pastoral.Paraguiarnuestrostrabajoshemostenidolaorientaci6nyelapoyo del Santo Padre, quien desde mucho tiempo atrás ha estado motivando a esta IV Conferencia.

 

29. Ante todo, proclamamos la adhesión en la fe de la Iglesia en América Latina y en el Caribe a Jesucristo, El mismo, ayer, hoy y siempre (Cfr. Hb 13,8).

 

30. Para que Cristo esté en medio de la vida de nuestros pueblos, convocamos a todos los fieles a una Nueva Evangelización y llamamos especialmente a los laicos, y entre ellos a los jóvenes. Y en esta hora confiamos que muchos jóvenes, ayudados por una eficaz pastoral vocacional, puedan responder al llamado del Señor para el sacerdocio y la vida consagrada.

 

Una catequesis renovada y una liturgia viva, en una Iglesia en estado de misión, serán los medios para acercar y santificar más a todos los cristianos y, en particular, a los que están lejos y son indiferentes.

La Nueva Evangelización intensificará una pastoral misionera en todas nuestras Iglesias y nos hará sentir responsables de ir más allá de nuestras fronteras para llevar a otros pueblos la fe que hace 500 años llegara hasta nosotros.

31. Como expresión de la Nueva Evangelización nos comprometemos también a trabajar por una promoción integral del pueblo latinoamericano y caribeño, teniendo como preocupación que sus principales destinatarios sean los más pobres.

 

En esta promoción humana ocupa un lugar privilegiado y fundamental la familia, donde se origina la vida. Hoy es necesario y urgente promover y defender la vida, por los múltiples ataques con que la amenazan sectores de la sociedad actual.

32. Debemos alentar una evangelización que penetre en las raíces más hondas de la cultura común de nuestros pueblos, teniendo una especial preocupación por la creciente cultura urbana.

 

Nos ha merecido una particular atención ocuparnos de una auténtica encarnación del Evangelio en las culturas indígenas y afroamericanas de nuestro continente.

Para toda esta inculturación del Evangelio es muy importante desarrollar una eficaz acción educativa y utilizar los medios modernos de comunicación.

V. SALUDOS Y VOTOS

 

33. No deseamos concluir este Mensaje sin dirigir una palabra afectuosa a algunas personas y grupos sobre quienes gravitan una particular responsabilidad eclesial o social.

 

34. Un saludo especial dirigimos a nuestros presbíteros y diáconos, solícitos colaboradores de nuestra misión episcopal, que han estado presentes todos los días en nuestro recuerdo y oración. Alimentamos la esperanza de que, como siempre, nos ayudarán a llevar al pueblo de nuestras Iglesias particulares las conclusiones de esta conferencia. Reciban ellos la expresión de nuestro afecto paterno y fraterno y nuestra gratitud por su sacrificado e infatigable compromiso en el ministerio.

 

35. Con igual solicitud tenemos presentes a los religiosos y religiosas, miembros de institutos seculares, agentes de pastoral, catequistas, animadores de comunidades, miembros de comunidades eclesiales de base, de movimientos eclesiales y ministros extraordinarios que ciertamente recibirán de los contenidos de la IV Conferencia renovado ánimo para su quehacer eclesial.

 

36. Va nuestro pensamiento agradecido a los numerosos misioneros y misioneras que desde la primera hora, en condiciones de gran dificultad y con mucha renuncia hasta el sacrificio de la vida, anunciaron el Evangelio en nuestro continente.

 

37. Fue para nosotros causa de aliento y alegría tener en nuestro encuentro observadores pertenecientes a Iglesias cristianas hermanas. A ellos, y por su medio a todas estas Iglesias con las cuales compartimos la fe en Jesucristo Salvador, llegue nuestro saludo fraterno, unido a la oración, a fin de que, en la hora que Dios señale, podamos realizar el testamento espiritual de Jesucristo: "que todos sean uno para que el mundo crea" (Jn. 17, 21).

 

38. A los pueblos indígenas, habitantes originarios de estas tierras, poseedores de innumerables riquezas culturales, que están en la base de nuestra cultura actual, y a los descendientes de millares de familias venidas de varias regiones del Africa manifestamos nuestra estima y el deseo de servirles como ministros del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.

 

39. Nos unimos a los constructores y dirigentes de la sociedad —gobernantes, legisladores, magistrados, jefes políticos y militares, educadores, empresarios, responsables sindicales y tantos otros— y a todos los hombres de buena voluntad que trabajan por la promoción y defensa de la vida, en la exaltación y dignidad del hombre y la mujer, en la custodia de sus derechos, en la búsqueda y afianzamiento de la paz, alejada toda forma de carrera armamentista. Desde esta IV Conferencia les exhortamos a que, en el ejercicio de su respetable misión al servicio de los pueblos, se empeñen en favor de la justicia, de la solidaridad y del desarrollo integral, guiados por el indispensable imperativo ético en sus decisiones.

 

40. De un modo especial deseamos que las enseñanzas que entregamos de parte del Señor resuenen en el interior de las familias latinoamericanas y caribeñas. A ellas, que son el santuario de la vida, se les pide que hagan germinar el Evangelio en el corazón de sus hijos por medio de una adecuada educación. En un momento en que la cultura de muerte nos amenaza encontrarán aquí una "fuente que salta hasta la vida eterna". Los padres, con su ejemplo y su palabra, son los grandes evangelizadores de su "Iglesia doméstica" y de ellos depende, en buena parte, que esta Conferencia de Santo Domingo dé sus frutos . Por eso j unto con saludarles quisiéramos expresarles nuestra cercanía y apoyo.

 

41. A los representantes del mundo de la cultura les alentamos a que intensifiquen sus esfuerzos en favor de la educación, que es llave maestra del futuro; alma del dinamismo social, derecho y deber de toda persona, para sentar las bases de un auténtico humanismo integral (Juan Pablo II, Misa Faro a Colón, n. 7).

 

42. Cordialmente invitamos a todos los comunicadores sociales a ser voceros incansables de reconciliación, firmes promotores de los valores humanos y cristianos, defensores de la vida y animadores de la esperanza, de la paz y de la solidaridad entre los pueblos.

 

VI. CONCLUSIÓN

 

43. Entregamos pues llenos de confianza este mensaje al Pueblo de Dios en América Latina y el Caribe. Lo entregamos con igual sentimiento a todos los hombres y a todas la mujeres, especialmente a los jóvenes del continente llamados a ser protagonistas en la vida de la sociedad y de la Iglesia en el nuevo milenio cristiano ya a las puertas (DI 27). También a quienes sin participar de nuestra fe cristiana y católica se adhieren al mensaje de esta Asamblea de Santo Domingo por reconocer en ella una llamada al humanismo cristiano y evangélico que ellos estiman y viven.

 

44. A los hermanos en la fe, este mensaje desea trazarles una explícita profesión de fe en Jesucristo y en su Buena Nueva. En este Jesús, "el mismo ayer, hoy y siempre" (Hb 8, 13), tenemos la certeza de encontrar inspiración, luz y fuerza para un renovado espíritu evangelizador. En El se encuentran también motivos y orientaciones para nuevos esfuerzos en vista de la auténtica promoción humana de casi quinientos millones de latinoamericanos. Es El igualmente quien nos ayudara a infundir en los valores culturales propios de nuestra gente su marca cristiana, su identidad, la riqueza de la unidad en medio de la variedad.

 

45. A todos queremos proponer el contenido de la Conferencia de Santo Domingo como premisa para el permanente rejuvenecimiento del ideal de nuestros próceres sobre la Patria Grande. Estamos efectivamente persuadidos de que el encuentro con las raíces cristianas y católicas comunes a nuestros países dará a América Latina la unidad deseada.

 

46. Hay en América, fermentos de división muy activos. Falta mucho en nuestra tierra americana para ser el continente unificado que deseamos. Ahora, además de su objetivo primariamente religioso, la Nueva Evangelización lanzada por la Cuarta Conferencia General ofrece los elementos necesarios para el surgimiento de la Patria Grande:

 

la indispensable reconciliación gracias a la cual, en la lógica del PADRE NUESTRO se superan antiguas y nuevas discordias, se dará el perdón mutuo a los antiguos y nuevos agravios, se limarán antiguas y nuevas ofensas, se restaurará la paz;

la solidaridad, ayuda de unos para volver soportable el peso de otros y para compartir con los otros los propios logros: "Hay que hacer valer el nuevo ideal de solidaridad frente a la caduca voluntad de dominio" (Discurso Inaugural, Juan Pablo II, n. 15);

la integración de nuestros países unos con los otros, vencidas las barreras de aislamiento, de las discriminaciones y de los desintereses recíprocos: "Un factor que puede contribuir notablemente a superar los apremiantes problemas que hoy afectan a este continente es la integración latinoamericana" (Discurso Inaugural, Juan Pablo II, n. 15 y también n. 17);

la profunda comunión desde la Iglesia en torno a la voluntad política de progreso y de bienestar.

47. Que el patrimonio social y espiritual contenido en estas cuatro palabras claves —reconciliación, solidaridad, integración y comunión— se transforme en la mayor riqueza de América Latina. Son estos los votos y las oraciones de los obispos integrantes de la Cuarta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Sea también el mejor regalo que la Gracia de Dios nos conceda. Pensamos que tal patrimonio es tarea y obligación de todos y cada uno.

 

48. A Nuestra Señora de Guadalupe, Estrella de la Nueva Evangelización, confiamos nuestros trabajos. Ella ha caminado con nuestros pueblos desde el primer anuncio de Cristo. A Ella le suplicamos hoy que llene de ardor nuestros corazones para proclamar con nuevos métodos y nuevas expresiones que Jesucristo es el mismo Ayer, Hoy y Siempre (Hb 13, 8).

 

 

 

 

PRIMERA PARTE

 

JESUCRISTO

EVANGELIO DEL PADRE

 

1. Convocados por el Papa Juan Pablo II e impulsados por el Espíritu de Dios nuestro Padre, los Obispos participantes en la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, reunida en Santo Domingo, en continuidad con las precedentes de Río de Janeiro, Medellín y Puebla, proclamamos nuestra fe y nuestro amor a Jesucristo. El es el mismo "ayer, hoy y siempre" (cf. Hb 13,8). Reunidos como en un nuevo cenáculo, en torno a María la Madre de Jesús, damos gracias a Dios por el don inestimable de la fe y por los incontables dones de su misericordia. Pedimos perdón por las infidelidades a su bondad. Animados por el Espíritu Santo nos disponemos a impulsar con nuevo ardor una Nueva Evangelización, que se proyecte en un mayor compromiso por la promoción integral del hombre e impregne con la luz del Evangelio las culturas de los pueblos latinoamericanos. El es quien debe darnos la sabiduría para encontrar los nuevos métodos y las nuevas expresiones que hagan más comprensible el único Evangelio de Jesucristo hoy día a nuestros hermanos. Y así responder a los nuevos interrogantes.

 

2. Al contemplar, con una mirada de fe, la implantación de la Cruz de Cristo en este continente, ocurrida hace cinco siglos, comprendemos que fue El, Señor de la historia, quien extendió el anuncio de la salvación a dimensiones insospechadas. Creció así la familia de Dios y se multiplicó para gloria de Dios el número de los que dan gracias (cf. 2 Co 4,15; cf. Juan Pablo II, Discurso inaugural, 3). Dios se escogió un nuevo pueblo entre los habitantes de estas tierras que, aunque desconocidos para el Viejo Mundo, eran bien "conocidos por Dios desde toda la eternidad y por El siempre abrazados con la paternidad que el Hijo ha revelado en la plenitud de los tiempos" (Juan Pablo II, Discurso inaugural, 3).

 

3. Jesucristo es en verdad el centro del designio amoroso de Dios. Por eso repetimos con la epístola a los Efesios:

 

"Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en El antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia en el amor, eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo" (Ef 1,3-5).

 

Celebramos a Jesucristo, muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (cf. Rm 4,25), que vive entre nosotros y es nuestra "esperanza de la gloria" (Col 1,27). El es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda creatura en quien fueron creadas todas las cosas. El sostiene la creación, hacia El convergen todos los caminos del hombre, es el Señor de los tiempos. En medio de las dificultades y las cruces queremos seguir siendo en nuestro continente testigos del amor de Dios y profetas de aquella esperanza que no falla. Queremos iniciar "una nueva era bajo el signo de la esperanza" (cf. Juan Pablo II, Discurso inaugural, V).

 

1. PROFESIÓN DE FE

 

4. Bendecimos a Dios que en su amor misericordioso "envió a su Hijo, nacido de mujer" (Ga 4,4) para salvar a todos los hombres. Así Jesucristo se hizo uno de nosotros (cf. Hb 2,17). Ungido por el Espíritu Santo (cf. Lc 1,15) proclama en la plenitud de los tiempos la Buena Nueva diciendo: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1,15). Este Reino inaugurado por Jesús nos revela primeramente al propio Dios como "un Padre amoroso y lleno de compasión" (RMi 13), que llama a todos, hombres y mujeres, a ingresar en él.

 

Para subrayar este aspecto, Jesús se ha acercado sobre todo a aquéllos que por sus miserias estaban al margen de la sociedad, anunciándoles la "Buena Nueva". Al comienzo de su ministerio proclama que ha sido enviado a "anunciar a los pobres la Buena Nueva" (Lc 4,18). A todas las víctimas del rechazo y del desprecio, conscientes de sus carencias, Jesús les dice: "Bienaventurados los pobres" (Lc 6,20; cf. RMi 14). Así, pues, los necesitados y pecadores pueden sentirse amados por Dios, y objeto de su inmensa ternura (cf. Lc 1 5, 1-32).

 

5. La entrada en el Reino de Dios se realiza mediante la fe en la Palabra de Jesús, sellada por el bautismo, atestiguada en el seguimiento, en el compartir su vida, su muerte y resurrección (cf. Rm 6,9). Esto exige una profunda conversión (cf. Mc 1,15; Mt 4,17), una ruptura con toda forma de egoísmo en un mundo marcado por el pecado (cf. Mt 7,21; Jn 14,15 RMi 13); es decir, una adhesión al anuncio de las bienaventuranzas (cf. Mt 5,1-10).

 

El misterio del Reino, escondido durante siglos y generaciones en Dios (cf. Col 1,26) y presente en la vida y las palabras de Jesús, identificado con su persona, es don del Padre (cf. Lc 12,32 y Mt 20,23) y consiste en la comunión, gratuitamente ofrecida, del ser humano con Dios (cf. EN 9; Jn 14, 23), comenzando en esta vida y teniendo su realización plena en la eternidad (cf. EN 27).

 

El amor de Dios se atestigua en el amor fraterno (cf. 1 Jn 4,20), del cual no puede separarse: "Si nos amamos unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud" (1 Jn 4,12). "Por tanto, la naturaleza del Reino es la comunión de todos los seres humanos entre sí y con Dios" (RMi 15).

 

6. Para la realización del Reino, "Jesús instituyó Doce para que estuvieran con El, y para enviarlos a predicar" (Mc 3,14), a los cuales reveló los "misterios" del Padre haciéndolos sus amigos (cf. Jn 15,15) y continuadores de la misma misión que El había recibido de su Padre (cf. Jn 20,21), y estableciendo a Pedro como fundamento de la nueva comunidad (cf. Mt 16,18).

 

Antes de su ida al Padre, Jesús instituyó el sacramento de su amor, la Eucaristía (cf. Mc 14,24), memorial de su sacrificio. Así permanece el Señor en medio de su pueblo para alimentarlo con su Cuerpo y con su Sangre, fortaleciendo y expresando la comunión y la solidaridad que debe reinar entre los cristianos, mientras peregrinan por los caminos de la tierra con la esperanza del encuentro pleno con El. Víctima sin mancha ofrecida a Dios (cf. Hb 9,14), Jesús es igualmente el sacerdote que quita el pecado con una única ofrenda (cf. Hb 10,14).

 

El, y sólo El, es nuestra salvación, nuestra justicia, nuestra paz y nuestra reconciliación. En El fuimos reconciliados con Dios y por El nos fue confiado el "Ministerio de la Reconciliación" (2 Co 5,19). El derriba todo muro que separa a los hombres y a los pueblos (cf. Ef 2,14). Por eso hoy, en este tiempo de Nueva Evangelización, queremos repetir con el apóstol San Pablo: "Déjense reconciliar con Dios" (2 Co 5,20).

 

7. Confesamos que Jesús, que verdaderamente resucitó y subió al cielo, es Señor, consubstancial al Padre, "en El reside toda la plenitud de la divinidad" (Col 2,9); sentado a su derecha, merece el tributo de nuestra adoración. "La resurrección confiere un alcance universal al mensaje de Cristo, a su acción y a toda su misión" (RMi 16). Cristo resucitó para comunicarnos su vida. De su plenitud todos hemos recibido la gracia (cf. Jn 1,16). Jesucristo, que murió para liberarnos del pecado y de la muerte, ha resucitado para hacernos hijos de Dios en El. Si no hubiera resucitado, "vana sería nuestra predicación y vana nuestra fe" (1 Co 15,14). El es nuestra esperanza (cf. 1 Tm 1,1; 3,14-16), ya que puede salvar a los que se acercan a Dios y está siempre vivo para interceder en favor nuestro (cf. Hb 7,25).

 

Conforme a la promesa de Jesús, el Espíritu Santo fue derramado sobre los apóstoles reunidos con María en el cenáculo (cf. Hch 1,12-14; 2,1). Con la donación del Espíritu en Pentecostés, la Iglesia fue enviada a anunciar el Evangelio. Desde ese día, ella, nuevo pueblo de Dios (cf. 1 P 2,9-10) y cuerpo de Cristo (cf. 1 Co 12,27; Ef 4,12), está ordenada al Reino, del cual es germen, signo e instrumento (cf. RMi 18) hasta el fin de los tiempos. La Iglesia, desde entonces y hasta nuestros días, engendra por la predicación y el bautismo nuevos hijos de Dios, concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios (cf. LG 64).

 

8. En la comunión de la fe apostólica, que por boca de Pedro confesó en Palestina: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo" (Mt 16,16), hoy hacemos nuestras las palabras de Pablo VI que al empezar nuestros trabajos nos recordaba Juan Pablo II: "¡Cristo! Cristo, nuestro principio. Cristo, nuestra vida y nuestro guía. Cristo, nuestra esperanza y nuestro término... Que no se cierna sobre esta asamblea otra luz que no sea la de Cristo, luz del mundo. Que ninguna otra verdad atraiga nuestra mente fuera de las palabras del Señor, único Maestro. Que no tengamos otra aspiración que la de serle absolutamente fieles. Que ninguna otra esperanza nos sostenga, si no es aquélla que, mediante su palabra, conforta nuestra debilidad..." (Juan Pablo II, Discurso inaugural, 1).

 

Sí, confesamos que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. El es el Hijo único del Padre, hecho hombre en el seno de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, que vino al mundo para librarnos de toda esclavitud de pecado, a darnos la gracia de la adopción filial, y a reconciliarnos con Dios y con los hombres. El es el Evangelio viviente del amor del Padre. En El la humanidad tiene la medida de su dignidad y el sentido de su desarrollo.

 

9. Reconocemos la dramática situación en que el pecado coloca al hombre. Porque el hombre creado bueno, a imagen del mismo Dios, señor responsable de la creación, al pecar ha quedado enemistado con El, dividido en sí mismo, ha roto la solidaridad con el prójimo y destruido la armonía de la naturaleza. Ahí reconocemos el origen de los males individuales y colectivos que lamentamos en América Latina: las guerras, el terrorismo, la droga, la miseria, las opresiones e injusticias, la mentira institucionalizada, la marginación de grupos étnicos, la corrupción, los ataques a la familia, el abandono de los niños y ancianos, las campañas contra la vida, el aborto, la instrumentalización de la mujer, la depredación del medio ambiente, en fin, todo lo que caracteriza una cultura de muerte.

 

¿Quién nos librará de estas fuerzas de muerte? (cf. Rm 7, 24). Sólo la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, ofrecida una vez más a los hombres y mujeres de América Latina, como llamada a la conversión del corazón. La renovada evangelización que ahora emprendemos debe ser, pues, una invitación a convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres (cf. Juan Pablo II, Discurso inaugural, 18), para que los cristianos seamos como el alma en todos los ambientes de la vida social (cf. Carta a Diogneto 6).

 

10. Identificados con Cristo que vive en cada uno (cf. Ga 2,20) y conducidos por el Espíritu Santo, los hijos de Dios reciben en su corazón la ley del amor. De esta manera pueden responder a la exigencia de ser perfectos como el Padre que está en el cielo (cf. Mt 5,48), siguiendo a Jesucristo y cargando la propia cruz cada día hasta dar la vida por El (cf. Mc 8,34-36).

 

11. Creemos en la Iglesia una, santa, católica y apostólica y la amamos. Fundada por Jesucristo "sobre el fundamento de los Apóstoles" (cf. Ef 2,20) cuyos sucesores, los obispos, presiden las distintas Iglesias particulares. En comunión entre ellos y presididos en la caridad por el Obispo de Roma, sirven a sus Iglesias particulares, de modo que en cada una de ellas esté viva y operante la Iglesia de Cristo. Ella es "la primera beneficiaria de la salvación. Cristo la ha adquirido con su sangre (Hch 20,28) y la ha hecho su colaboradora en la obra de la salvación universal" (cf. RMi 9).

 

Peregrina en este continente, está presente y se realiza como comunidad de hermanos bajo la conducción de los obispos. Fieles y pastores, congregados por el Espíritu Santo (cf. CD 11) en torno a la Palabra de Dios y a la mesa de la Eucaristía, son a su vez enviados a proclamar el Evangelio, anunciando a Jesucristo y dando testimonio de amor fraterno.

 

12. "La Iglesia peregrinante es, por naturaleza, misionera, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre" (AG 2). La evangelización es su razón de ser; existe para evangelizar (cf. EN 15). Para América Latina, providencialmente animada con un nuevo ardor evangélico, ha llegado la hora de llevar su fe a los pueblos que aún no conocen a Cristo, en la certeza confiada de que "la fe se fortalece dándola" (Juan Pablo II, Discurso inaugural, 28).

 

La Iglesia quiere realizar en estos tiempos una Nueva Evangelización que transmita, consolide y madure en nuestros pueblos la fe en Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Esta evangelización "debe contener siempre —como base, centro y a la vez culmen de su dinamismo— una clara proclamación de que en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, se ofrece la salvación a todos los hombres, como don de la gracia y de la misericordia de Dios" (EN 27).

 

13. El anuncio cristiano, por su propio vigor, tiende a sanar, afianzar y promover al hombre, a constituir una comunidad fraterna, renovando la misma humanidad y dándole su plena dignidad humana, con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio (cf. EN 18). La Evangelización promueve el desarrollo integral, exigiendo de todos y cada uno el pleno respeto de sus derechos y la plena observancia de sus deberes, a fin de crear una sociedad justa y solidaria, en camino a su plenitud en el Reino definitivo. El hombre está llamado a colaborar y ser instrumento con Jesucristo en la Evangelización. En América Latina, continente religioso y sufrido, urge una Nueva Evangelización que proclame sin equívocos el Evangelio de la justicia, del amor y de la misericordia.

 

Sabemos que, en virtud de la encarnación, Cristo se ha unido en cierto modo a todo hombre (cf. GS 22). Es la perfecta revelación del hombre al propio hombre y él que descubre la sublimidad de su vocación (cf. ib.). Jesucristo se inserta en el corazón de la humanidad e invita a todas las culturas a dejarse llevar por su espíritu hacia la plenitud, elevando en ellas lo que es bueno y purificando lo que se encuentra marcado por el pecado. Toda evangelización ha de ser, por tanto, inculturación del Evangelio. Así toda cultura puede llegar a ser cristiana, es decir, a hacer referencia a Cristo e inspirarse en El y en su mensaje (cf. Juan Pablo II, Discurso a la II Asamblea plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina, 14.6.91, 4). Jesucristo es, en efecto, la medida de toda cultura y de toda obra humana. La inculturación del Evangelio es un imperativo del seguimiento de Jesús y necesaria para restaurar el rostro desfigurado del mundo (cf. LG 8). Es una labor que se realiza en el proyecto de cada pueblo, fortaleciendo su identidad y liberándolo de los poderes de la muerte. Por eso podemos anunciar con confianza: hombres y mujeres de Latinoamérica, ¡Abrid los corazones a Jesucristo. El es el camino, la verdad y la vida, quien le sigue no anda en tinieblas! (cf. Jn 14,6; 8,12).

 

14. Creemos que Cristo, el Señor, ha de volver para llevar a su plenitud el Reino de Dios y entregarlo al Padre (cf. 1 Co 15,24), transformada ya la creación entera en "los cielos y la tierra nueva en los que habita la justicia" (cf. 2 P 3,13). Allí alcanzaremos la comunión perfecta del cielo, en el gozo de la visión eterna de la Trinidad. Hombres y mujeres, que se hayan mantenido fieles al Señor, vencidos finalmente el pecado, el diablo y la muerte, llegarán a su plenitud humana, participando de la misma naturaleza divina (cf. 2 P 1,4). Entonces Cristo recapitulará y reconciliará plenamente la creación, todo será suyo y Dios será todo en todos (cf. 1 Co 15,28).

 

15. Confirmando la fe de nuestro pueblo queremos proclamar que la Virgen María, Madre de Cristo y de la Iglesia, es la primera redimida y la primera creyente. María, mujer de fe, ha sido plenamente evangelizada, es la más perfecta discípula y evangelizadora (cf. Jn 2,1-12). Es el modelo de todos los discípulos y evangelizadores por su testimonio de oración, de escucha de la Palabra de Dios y de pronta y fiel disponibilidad al servicio del Reino hasta la cruz. Su figura maternal fue decisiva para que los hombres y mujeres de América Latina se reconocieran en su dignidad de hijos de Dios. María es el sello distintivo de la cultura de nuestro continente. Madre y educadora del naciente pueblo latinoamericano, en Santa María de Guadalupe, a través del Beato Juan Diego, se "ofrece un gran ejemplo de Evangelización perfectamente inculturada" Juan Pablo II, Discurso inaugural, 24). Nos ha precedido en la peregrinación de la fe y en el camino a la gloria, y acompaña a nuestros pueblos que la invocan con amor hasta que nos encontremos definitivamente con su Hijo. Con alegría y agradecimiento acogemos el don inmenso de su maternidad, su ternura y protección, y aspiramos a amarla del mismo modo como Jesucristo la amó. Por eso la invocamos como Estrella de la Primera y de la Nueva Evangelización.

 

2. A LOS 500 AÑOS DE LA PRIMERA EVANGELIZACIÓN

 

16. "En los pueblos de América, Dios se ha escogido un nuevo pueblo, [...] lo ha hecho partícipe de su Espíritu. Mediante la Evangelización y la fe en Cristo, Dios ha renovado su alianza con América Latina" (Juan Pablo II, Discurso inaugural, 3).

 

El año 1492 fue clave en este proceso de predicación de la Buena Nueva. En efecto, "lo que la Iglesia celebra en esta conmemoración no son acontecimientos históricos más o menos discutibles, sino una realidad espléndida y permanente que no se puede infravalorar: la llegada de la fe, la proclamación y difusión del Mensaje evangélico en el continente [americano]. Y lo celebra en el sentido más profundo y teológico del término: como se celebra a Jesucristo, Señor de la historia y de los destinos de la humanidad" (Juan Pablo II, Alocución dominical, 5.1.92, 2).

 

17. La presencia creadora, providente y salvadora de Dios acompañaba ya la vida de estos pueblos. Las "semillas del Verbo", presentes en el hondo sentido religioso de las culturas precolombinas, esperaban el fecundo rocío del Espíritu. Tales culturas ofrecían en su base, junto a otros aspectos necesitados de purificación, aspectos positivos como la apertura a la acción de Dios, el sentido de la gratitud por los frutos de la tierra, el carácter sagrado de la vida humana y la valoración de la familia, el sentido de solidaridad y la corresponsabilidad en el trabajo común, la importancia de lo cultual, la creencia en una vida ultraterrena y tantos otros valores que enriquecen el alma latinoamericana (cf. Juan Pablo II, Mensaje a los indígenas, 12.10.92, 1). Esta religiosidad natural predisponía a los indígenas americanos a una más pronta recepción del Evangelio, aunque hubo evangelizadores que no siempre estuvieron en condiciones de reconocer esos valores.

 

18. Como consecuencia, el encuentro del catolicismo ibérico y las culturas americanas dio lugar a un proceso peculiar de mestizaje, que si bien tuvo aspectos conflictivos, pone de relieve las raíces católicas así como la singular identidad del Continente. Dicho proceso de mestizaje, también perceptible en múltiples formas de religiosidad popular y de arte mestizo, es conjunción de lo perenne cristiano con lo propio de América, y desde la primera hora se extendió a lo largo y ancho del Continente.

 

La historia nos muestra "que se llevó a cabo una válida, fecunda y admirable obra evangelizadora y que, mediante ella, se abrió camino de tal modo en América la verdad sobre Dios y sobre el hombre que, de hecho, la Evangelización misma constituye una especie de tribunal de acusación para los responsables de aquellos abusos [de colonizadores a veces sin escrúpulos]" (Juan Pablo II, Discurso inaugural, 4).

 

19. La obra evangelizadora, inspirada por el Espíritu Santo, que al comienzo tuvo como generosos protagonistas sobre todo a miembros de órdenes religiosas, fue una obra conjunta de todo el pueblo de Dios, de Obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos. Entre éstos últimos hay que señalar también la colaboración de los propios indígenas bautizados, a los que se sumaron, con el correr del tiempo, catequistas afroamericanos.

 

Aquella primera evangelización tuvo sus instrumentos privilegiados en hombres y mujeres de vida santa. Los medios pastorales fueron una incansable predicación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, la catequesis, el culto mariano, la práctica de las obras de misericordia, la denuncia de las injusticias, la defensa de los pobres y la especial solicitud por la educación y la promoción humana.

 

20. Los grandes evangelizadores defendieron los derechos y la dignidad de los aborígenes, y censuraron "los atropellos cometidos contra los indios en la época de la conquista" (Juan Pablo II, Mensaje a los indígenas, 12.10.92, 2). Los Obispos, por su parte, en sus Concilios y otras reuniones, en cartas a los Reyes de España y Portugal y en los decretos de visita pastoral, revelan también esta actitud profética de denuncia, unida al anuncio del Evangelio.

 

Así, pues, "la Iglesia, que con sus religiosos, sacerdotes y obispos ha estado siempre al lado de los indígenas, ¿cómo podría olvidar en este V Centenario los enormes sufrimientos infligidos a los pobladores de este Continente durante la época de la conquista y la colonización? Hay que reconocer con toda verdad los abusos cometidos debido a la falta de amor de aquellas personas que no supieron ver en los indígenas hermanos e hijos del mismo Padre Dios" (Juan Pablo II, Mensaje a los indígenas, 2). Lamentablemente estos dolores se han prolongado, en algunas formas, hasta nuestros días.

 

Uno de los episodios más tristes de la historia latinoamericana y del Caribe fue el traslado forzoso, como esclavos, de un enorme número de africanos. En la trata de los negros participaron entidades gubernamentales y particulares de casi todos los países de la Europa atlántica y de las Américas. El inhumano tráfico esclavista, la falta de respeto a la vida, a la identidad personal y familiar y a las etnias son un baldón escandaloso para la historia de la humanidad. Queremos con Juan Pablo II pedir perdón a Dios por este "holocausto desconocido" en el que "han tomado parte personas bautizadas que no han vivido según su fe" (Discurso en la Isla de Gorea, Senegal, 21.2.92; Mensaje a los afroamericanos, Santo Domingo, 12.10.92, 2).

 

21. Mirando la época histórica más reciente, nos seguimos encontrando con las huellas vivas de una cultura de siglos, en cuyo núcleo está presente el Evangelio. Esta presencia es atestiguada particularmente por la vida de los santos americanos, quienes, al vivir en plenitud el Evangelio, han sido los testigos más auténticos, creíbles y cualificados de Jesucristo. La Iglesia ha proclamado las virtudes heroicas de muchos de ellos desde el Beato indio Juan Diego, Santa Rosa de Lima y San Martín de Porres hasta San Ezequiel Moreno.

 

En este V Centenario queremos agradecer a los innumerables misioneros, agentes de pastoral y laicos anónimos, muchos de los cuales han actuado en el silencio, y especialmente a quienes han llegado hasta el testimonio de la sangre por amor de Jesús.

 

 

Índice Santo Domingo 1992