ILUMINACIÓN

Decanos segundo encuentro

EL DECANATO Y LA FORMACION DE AGENTES

La pastoral arquidiocesana a partir del II Sínodo Diocesano quedó en delinear, miéntras se ha venido traduciendo en prácticas pastorales a través de diversos programas, continúa siendo la inspiración para mostrar que el espíritu misionero se haga cada vez más presente en los diversos agentes, movimientos, organizaciones eclesiales. Si queremos resumir realmente, la Ciudad que es el lugar de la misión nos lo presenta el folleto del Marco General para la Formación de Agentes, que dice:

Los signos del Espíritu nos muestran que en la Ciudad es lograr que la misión y para convertirnos en una Iglesia misionera necesitamos avanzar en la conversión pastoral. Esto significa abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la trasmisión de la fe, impulsando la transformación de la fe, y la renovación eclesial, que implica reformas espirituales, pastorales y también institucionales, mediante una actitud de apertura, diálogo y disponibilidad para promover la corresponsabilidad y participación efectiva de todos los fieles en la vida de las comunidades cristianas. Buscando, hoy más que nunca, el testimonio de comunión eclesial y santidad, que son una urgencia pastoral.

Desde los inicios del Sínodo se empezaba a hablar de la actualidad y ya específicamente en torno al año 2000 el señor Cardenal nos presentaba un plan de preparación, donde ya todos estos temas que hoy se manejan, ya comenzaban a hacer presencia dentro de los planes arquidiocesanos, a la par de como lo hemos entendido cada uno de nosotros en cierta forma o le hemos querido poner un énfasis, olvidándonos de la comunión para que asimilemos con profundidad ese espíritu en el proceso pastoral de nuestra Iglesia Local, el objetivo pastoral será la formación de agentes de evangelización y su compromiso apostólico, que debe estar en consonancia con la misión permanente propuesta por el II Sínodo Diocesano, que coincide substancialmente con la misión continental, y se concretiza en clarificar y hacer accesible a cada bautizado el itinerario para convertirse en discípulo misionero.

Quizá lo que nos ha permitido precisamente esta comunión sobre el plan es indudablemente las asambleas diocesanas, las mismas reuniones de decanos que no se dan en cualquier diócesis, las que tenemos en nuestra vicaría o en nuestras propias juntas decanales, nos van sirviendo para no desviarnos del objetivo arquidiocesano.

Ahí vemos las fuentes de donde tomamos esto (en la presentación de Power Point anexa): los documentos de Aparecida, el II Sínodo, todos los documentos que nos ha dado la Vicaría de Pastoral, las asambleas (diocesanas) que hemos tenido, esta última que versó sobre la formación de los agentes de la pastoral.

La formación, como columna vertebral de nuestro proyecto de renovación pastoral. La razón de SER de la Iglesia es LA EVANGELIZACIÓN, teniendo siempre presente sus AVANCES y CARENCIAS, esto lo debemos tener siempre presente.

Ya el Papa Pablo VI, en 1965 expresaba: “Tal vez nunca como en esta ocasión ha sentido la Iglesia la necesidad de conocer, acercarse, penetrar, servir y evangelizar a la sociedad que la rodea, y de seguirla, por decirlo así, de alcanzarla en su rápido y continuo cambio” El Papa identifica la evangelización como la “Misión esencial” de la Iglesia.

Estas palabras nos recuerdan la Opción Pastoral de nuestra Iglesia Arquidiocesana: “LA MISIÓN PERMANENTE”.

De sus tres etapas de la evangelización: El redescubrir nuestra vocación cristiana; lLa aceptación del Evangelio; y la práctica del mismo Evangelio.

Ser discípulo de Cristo conlleva una FORMACIÓN PERMANENTE. Lo recibido se va haciendo consciente en una experiencia de profunda alegría y gratitud. Entre más se profundiza esa experiencia, más se convierte el Evangelio en una guía para nuestra propia vida. El que se ha convertido a Jesús descubre que después de orientar sus pasos detrás de quien lo llama, viene el cada día como reto de entrega cada vez mayor.

Los laicos tienen como vocación específica estar en el corazón del mundo impregnado sus tareas temporales de los valores evangélicos. Mientras más laicos estén identificados y formados con el Evangelio, y sean responsables en sus realidades, compartiendo y conscientes de su testimonio cristiano, estarán al servicio de la edificación del Reino de Dios y por consiguiente de la salvación en Cristo Jesús.

Es a través de la formación, como los agentes laicos descubren y viven su propia vocación y misión. En nuestra Arquidiócesis se ha tomado como una prioridad la formación de los laicos formadores de otros laicos.

Es necesario y urgente formar el ser y la identidad del laico, respondiendo a las necesidades y misión respectiva de cada uno de ellos y de sus propios ambientes; que enfatice la espiritualidad de comunión y lo capacite para su acción misionera.

¿Qué entendemos por formación?

El proceso de maduración para convertirse en discípulo misionero de Jesús.

El núcleo de la formación es ayudar a la persona a reconocer la presencia y la voz de Jesús que vive en la Ciudad. La vocación que hemos identificado para nuestra iglesia local es ser luz de Cristo en la Ciudad.

El plan de formación atenderá las tres áreas de formación de un apóstol laico: su crecimiento como discípulo de Cristo, el conocimiento de su fe y la capacitación para insertarse como apóstol en la pastoral de conjunto.

Es importante recordar que además de la formación intelectual, se debe tener en paralelo un desarrollo de la vida espiritual, gracias a la cual el laico se pone en camino para seguir a Jesucristo a través de la vida sacramental, la ascética cristiana y la oración.

Las etapas de este proceso evangelizador recordemos, es primero la misionera que tiene como finalidad poner los cimientos de la fe, está constituida por el primer anuncio o kerigma, y la reiniciación cristiana.

La segunda etapa, la Catequética, cuyo objetivo es ofrecer un camino de crecimiento integral, gradual y sistemático de la fe, encaminado a que el bautizado pueda dar razón de su fe y vivir el seguimiento de Jesús al interior de una comunidad menor.

Y la última etapa, la Apostólica, que nace de la alegría de haber encontrado a Cristo y que impulsa al discípulo a poner todo lo que es y tiene al servicio del Reino.

Aquí, aunque no aparezca, cabría recordar un poco cuáles son los criterios pastorales para llevarlos a cabo. Se hablaba de la evangelización de las culturas, una continuidad, una coresponsabilidad dentro del plan, una subsidiariedad y pastoral orgánica, una espiritualidad, comprendiendo también la diversidad de los procesos, la pedagogía pastoral y todo esto sin olvidar que estamos encaminados hacia los alejados.

Debemos tener presente qué consecuencias tiene para nuestra pastoral habitual y que sin cesar debemos decir que esta realidad y esta tarea requiere “UN NUEVO Y VIGOROSO PROYECTO MISIONERO”.

“La Iglesia de esta Ciudad quiere ser nuevamente misionera” y “la gran Ciudad de México es el campo de misión de esta Iglesia local”; para lograr este propósito, necesitamos estar animados por “el espíritu misionero que nos ha de alentar a una nueva pastoral urbana”.

Esto exige tres cosas muy importantes:

La primera, UNA PASTORAL DE ENCARNACIÓN: La acción pastoral debe de buscar constantemente insertarse en la vida, a imitación de Jesús que se encarnó y tomó nuestra condición humana, menos en el pecado”, para llevar a una solidaridad salvífica necesitamos encarnarnos en actitud de servicio en los ambientes diversos de la Ciudad.

En este esfuerzo de insertarse en la vida, el evangelizador necesita una conversión personal, de la mente y del corazón y un cambio en el método de actuar y de relacionarse con los demás. El cambio de actitudes debe valorar convenientemente, sin embargo, todo lo positivo que ya existe, fruto del trabajo evangelizador de quienes nos han precedido.

Con docilidad al Espíritu, necesitamos aprender a reconocer y a interpretar los signos de los tiempos, del tiempo presente que reclama una respuesta, sin olvidar que, como evangelizadores, hemos de estar llenos de la vida de la gracia, alimentados por la oración, los sacramentos, el pan de la Palabra, mediante la reflexión y la meditación, ya que precisamente esto es lo que, en definitiva, podemos nosotros llevar a nuestros hermanos.

La segunda exigencia es tener UNA PASTORAL DE TESTIMONIO. La Iglesia, Pueblo de Dios, crece paulatinamente para cumplir la misión que tiene encomendada: anunciar el Reino de Dios, instaurando el germen y principio de este Reino en la tierra; tal crecimiento de la Iglesia, como parte del crecimiento del Reino, en obra de Dios

La Iglesia realiza esta obra primordialmente por medio de los testimonios de los valores evangélicos; los valores que ya vemos ahí en esta falta de testimonio, estos valores se deben expresar en las situaciones cambiantes propias de cada cultura y son elementos imprescindibles en la inculturación del Evangelio en una época y en un lugar determinados. La acción pastoral no tiene verdadero sentido evangelizador si quien la realiza carece de la fuerza de su propio testimonio cristiano.

La pastoral social, en cuanto encarnación de la caridad —norma suprema del Evangelio— es una realidad de los valiosos signos testimoniales de la fe; no podemos seguir considerándola como una pastoral marginal que pudiera dejarse a la decisión arbitraria o a la simple preferencia de quien cumple las tareas de evangelización: es el núcleo que vitaliza el proceso de maduración en la fe de la comunidad cristiana.

La pastoral social es elemento fundamental de la actividad organizada de la Iglesia, por otra parte, abarca también varias dimensiones de acción y compromiso: la ‘asistencia’, especialmente a los más necesitados, la ‘promoción’ en el crecimiento y desarrollo de las personas, el ‘cambio’ en la sociedad para hacerla más digna, justa y fraterna.

Por último, la Iglesia, también para cumplir con esta misión, exige LA PASTORAL DE DIÁLOGO. Para que esta actividad de Iglesia recobre su auténtico espíritu misionero, “es importante insistir en que la pastoral de la Arquidiócesis de México debe tener como sello fundamental: el diálogo con la cultura”.

La Iglesia, cuando evangeliza, busca encarnar los valores evangélicos en pleno respeto y diálogo con los que se presenta.

El espíritu de diálogo, animado por la caridad y vivido hacia dentro y hacia fuera de la Iglesia, irá dando frutos que se expresen en comunidades más sólidas, que estén en continua búsqueda de la respuesta adecuada a las necesidades pastorales de la Iglesia misma y de la sociedad.

Todo esto se compromete al trazar un Nuevo y Vigoroso Proyecto Misionero que el II Sínodo Arquidiocesano de México, don especial del Espíritu y acontecimiento de gracia, nos ha ayudado a discernir.

Para todo esto, vienen las consecuencias, que si nosotros cumplimos con estas tres pastorales, vienen las consecuencias que nosotros tenemos que asumir:

El servicio que la Iglesia presta a la humanidad es la evangelización que busca construir el Reino de Dios desde aquí y desde ahora, debe provocar las siguientes consecuencias. Después de estudiar muchas consecuencias, más de cinco mil que encontré, nada más pongo doce concecuencias.

La primera de ellas es que se revise la organización pastoral de cada comunidad apostólica, para que preste un más eficaz servicio a las tareas de la evangelización y la opción pastoral que como Iglesia particular hemos tomado “LA MISIÒN PERMANENTE”.

La segunda, que las estructuras y centros de evangelización estén renovados de acuerdo a las exigencias de los ambientes y grupos de agentes con los cuales contamos.

Otra, que los recursos económicos de las instituciones eclesiásticas estén más directamente al servicio de la evangelización, mediante un manejo correcto y trasparente de todos los bienes que la Iglesia maneja.

La idea de la sectorización tanto geográfica como ambiental, sea una primordiad exigida en la organizaión. Esta sectorización debe darse, por igual, tanto en los ambientes parroquiales como en el decanatos y vicaría, que en muchos casos, como en nuestro, se ha quedado sólo en el papel y en los límites territoriales y no en una solidaridad pastoral, como se había anunciado.

Otra consecuencia, salir con verdadero espíritu misionero hacia los alejados y hacia los pobres.

Hay que fomentar entre los Agentes de pastoral una verdadera formación de espiritualidad que les permita descubrir, precisamente en el testimonio del servicio apostólico, el sentido de su perfección cristiana.

Otra consecuencia, que se realice una formación adecuada —en tiempos, modos y lugares— para los Agentes laicos; esta formación comprenderá tanto lo vivencial como lo doctrinal y apostólico, con énfasis especial en el ministerio profético y social; particular atención habrá qué darle a aquellos que se forman para ser catequistas, nos dice el Documento de Aparecida.

Otra consecuencia, hay que acrecentar entre los Agentes de la Iglesia un espíritu misionero, en actitud de corresponsabilidad, para que los lleve a la participación solidaria en la tarea de la evangelización común, de acuerdo a sus propios carismas y capacidades.

Hay que dar una verdadera importancia a la formación de los laicos a través de diversas iniciativas, sistemas y métodos, sin descuidar el conocimiento de las realidades socioculturales, sus causas y consecuencias, para que promuevan su vocación apostólica ante las cuestiones apremiantes de la sociedad, en la que vivimos actualmente.

Ofrecer a los laicos organizados, particularmente a los dirigentes, oportunidades reales de formación, tomando en cuenta los contenidos y las metodologías de la Nueva Evangelización.

Otra consecuencia, hacer conciencia de la tarea específica de los laicos en su vida familiar y social, como educadores en la fe, formadores de personas, transmisores de valores evangélicos y testigos del amor de Dios, en el ejercicio de sus propias cualidades y en el desempeño de su propio trabajo. Que den testimonio de vida en el lugar en que se encuentran.

Y por último, concientizar a los facilitadores para que, evangelizados y catequizados, puedan ser evangelizadores, especialmente para la formación de los adolescentes y de los jóvenes.

Para esta renovación pastoral, indudablemente la instancia más fácil y operativa para llevarla a cabo es el decanato y hay que recordar los puntos que vienen el en decreto, en el que se mencionan ciertos puntos, el primero de ellos a lo mejor sería el equipo que cada uno de nosotros tiene dentro del decanato, qué tan funcional está siendo, cuáles son verdaderamente los deberes y obligaciones del vicedecano, qué tanto lo va asumiendo, el secretario, si nada más consiste en hacer el acta o verdaderamente es un apoyo en otro sentido.

El decanato en el proceso de renovación pastoral diocesana marca estos puntos, quizá pudiéramos destacar el número 42, la principal línea es: hacer nuestro el proyecto de una vigorosa pastoral misionera, que se caracteriza por las actitudes de encarnación, testimonio y diálogo.

Las familias y los jóvenes de los sectores más pobres y alejados del influjo del Evangelio son los destinatarios prioritarios para la acción evangelizadora en la ciudad.

Habrá que impulsar de manera renovada la formación de agentes de y para los diversos ambientes de la ciudad.

El medio principal para la evangelización debe ser el testimonio, promoviendo procesos de evangelización con sentido catecumenal.

Todo esto, a lo mejor ya no es nuevo, quizá lo que falta realmente es irlo reflexionando, asimilando, para poderlo verdaderamente llevar a la práctica.

Recordemos que también el decanato es la instancia de animación y coordinación al servicio de las parroquias, por lo tanto, los responsables somos cada uno de nosotros. Quizá como decanos somos los responsables del equipo misionero, que se lleve a cabo; aunque tengamos un sacerdote colaborador, a lo mejor al frente de los ministros, catequesis, la misma misión permanente o algo, no desligarnos, recordar que los principales responsables somos los decanos, para eso fuimos nombrados, para coordinar sin descuidar.

El Decano motivará la participación de los presbíteros y diáconos en las reuniones de decanato, Vicaría y Arquidiocesanas, para que se involucren en el plan pastoral diocesano y de los programas para su implementación.

El Decano estará en comunicación continua, por los medios apropiados, con el Sr. Arzobispo, el Vicario Episcopal, con los demás Decanos de la Vicaría y de la Arquidiócesis y deberá mantener bien informados a todos los agentes de pastoral de su Decanato.

Impulsar y supervisar todo el proceso sinodal desde la estructura del decanato.

Y aquí a lo mejor a veces fallamos, a veces los mismos laicos están mejor informados en cuanto a fechas, procesos que llevamos dentro de la Arquidiócesis; esto debe ser un momento de reflexión, realmente qué tanto nos estamos involucrando con esa misión y sobre todo cuestionarnos qué tipo de Iglesia estamos viviendo, ya que todo este plan se debe llevar a cabo en un ambiente eclesial, que verdaderamente promueva e impulse al laico, que ahora, a diferencia de otros años, tiene mayor participación, reconocemos su papel que cuenta dentro de esta Iglesia local, así que empezar a tener especialmente una comunicación personal con los agentes de pastoral laicos, ocupándose de cu coordinación y en su formación permanente.

Deberá, especialmente, detectar a los laicos con carisma de liderazgo, para darles un apoyo especial en su capacitación y en su actividad pastoral.

El Decano deberá motivar la integración de los religiosos y las religiosas que trabajen o vivan en su Decanato invitándolos a las reuniones y haciéndolos sentir parte integrante del Decanato.

El Decano formará un Consejo de Pastoral Decanal que siempre deberá presidir él. Será un equipo de trabajo eclesial incluyente de todos los movimientos y organizaciones laicales, así como de los religiosos y religiosas, para que se fomente la pastoral de conjunto.

Las acciones de conjunto indudablemente van ayudando y a veces como que creemos estar en consenso para y dentro del decanato, cuando la misión verdaderamente debe ser vida hacia los alejados, con los que no conocen el Evangelio o comenzar aquellos procesos catecumenales.

En mi vicaría, el de pastoral nunca pregunta cómo van en la misión, él tiene como punto de graduación cuántas casas de oración, ese es el parámetro de todos los decanatos para saber.

la organización y la formación integral de los agentes.

El Decanato debe hacerse responsable de la formación de sus agentes, especialmente de los laicos. Aquí, tampoco descuidar la formación de nosotros, muchas veces se pide a los laicos que tengan continuidad, que tengan quién los acompañe, también quizá aquí algo cuestionante es que a lo mejor nosotros no nos dejamos acompañar, ni siquiera tenemos director espiritual que nos acompañe en el camino, en la respuesta que damos al Señor.

La formación permanente de los presbíteros, el Decanato debe tomar en cuenta la planeación arquidiocesana y vicarial, complementando aquello que resulte conveniente tanto para la vida espiritual como para el ministerio pastoral del presbiterio. Quizá uno de los grandes logros que tenemos como Arquidiócesis, es que la mayoría de los decanatos ya tenemos algún plan, tenemos fechas de evaluación o que hay uniformidad de modos por lo menos de presentarlos, quién sabe si en la práctica así sea, pero por lo menos en papel está.

66. En cuanto a los agentes, procurando que sean de su ambiente y para su propio ambiente. En cuanto al área o ministerio pastoral en el que quieran servir.

La formación es gradual porque, considerando lo general y específico, primero se tiene un nivel básico. Cumplido este primer nivel, quienes puedan ingresar al intermedio, podrán auxiliar a otros laicos en su formación básica. Y, quienes puedan llegar al nivel avanzado, se prepararán para ser coordinadores de alguna área pastoral o de un centro de formación.

La formación debe estar impregnada de la espiritualidad laical que se alimenta de la vocación bautismal y la dignidad de ser hijos de Dios, discípulos y apóstoles de Cristo y miembros vivos del Cuerpo de Cristo.

El Decanato valorará si puede organizar, con sus propias fuerzas, un centro de formación para laicos o se une con otro decanato para garantizar la continuidad. Aquí indudablemente los Cefalae's nos han venido a apoyar de diversas formas.

La opción principal es darle continuación a esta misión permanente.

El Decanato, en su función de animar y apoyar la labor pastoral de las parroquias, tiene un trabajo fundamental: ayudar a que hagan suyo el proceso evangelizador como camino y tarea.

Para que no falte en ninguna parroquia el anuncio misionero proclamado cíclicamente. La catequesis como camino de crecimiento gradual y sistemático de la fe, para que el bautizado pueda dar razón de su esperanza. Y el apostolado, signo del que quiere dar testimonio de su encuentro con Cristo Vivo.

Traducir la Misión Permanente en el Decanato en convicciones, programas y acciones, especialmente que se manifiesten en actitudes misioneras y en una mayor disposición para colaborar y complementarse con las parroquias vecinas y las diferentes fuerzas presentes en el Decanato.

Uno de los medios para animar la pastoral misionera en el Decanato y apoyar la formación de agentes misioneros es la integración del Equipo Misionero Decanal, al cual el Decano y el equipo decanal tendrían que darle seguimiento.

En el Decanato se tendría que trabajar para que los agentes hagan suya la opción pastoral diocesana. Y en este punto, quizá algunas parroquias han visto la misión nada más como un acto y no tanto un acontecimiento como un proceso. Es increíble a estas alturas del proceso que todavía haya parroquias que a lo mejor ni siquiera están sectorizadas, por distintas razones o que ni siquiera tengan ese equipo misionero parroquial. Algunos argumentan que por el cambio del párroco.

La pastoral de conjunto, indudablemente, también tiene que ser una de nuestras prioridades.

La colaboración entre presbíteros, la disposición de las comunidades de Vida Consagrada, la voluntad de comunión entre agentes laicos y la apertura al intercambio de parte de los movimientos y asociaciones apostólicas es la tarea que el Espíritu Santo va provocando al interior de nuestra Iglesia local.

Delante de la multiplicidad compleja del ambiente urbano, el Decanato brinda un espacio donde es posible romper el anonimato y la masificación, donde se puede lograr una comunicación personal y acuerdos pastorales comunes, logrando aprecio y armonía entre los diversos carismas.

La invitación fue a que pudiéramos resumnir, quedaría como misión intensificar la vivencia del proceso evangelizador, en sus diversas etapas: conformación, consolidación, continuidad de forma cíclica, objetiva y permanente, con estilo misionero de salvación y testimonio.

También recordar que en las últimas orientaciones pastorales de este año, el señor Cardenal pide específicamente que las tareas del decanato es que tengamos programas, que no nos olvidemos de las vocaciones sacerdotales; puntos de evaluación en donde cada uno de nosotros pueda encontrar aspectos para salir adelante.

Gracias.

PP. Máximo Evia Ramírez y Guillermo Nava Arriaga
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