CONCLUSIÓN DEL ARZOBISPO


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Gracias a todos ustedes por mostrar este interés, a fin de que la formación permanente realmente sea permanente, es una tarea que nunca vamos a acabar, es algo que siempre va a estar como objetivo, como un reto para esta Arquidiócesis.

Esta mañana también hacía la siguiente reflexión con los consultores, en la historia del pueblo de Israel se refleja cómo en algunos momentos se acentúa el ser pueblo, el fortalecer el pueblo de Dios, el cumplir como pueblo de Dios, el responder como pueblo de Dios al llamado que han tenido, pero no todo es comunitario, no todo es responsabilidad del pueblo y en la misma Escritura se refleja la reacción que hay no porque nuestros padres comieron ... uvas nosotros ...vamos a sufrirlas enteras.

Hay la propia responsabilidad, aquí es donde quiero colocar esas insistencias que a veces tenemos, sí, la Arquidiócesis debe de tener elementos como Arquidiócesis, de formación permanente e instituciones que ayuden a la formación permanente.

La vicaría también tendrá algunos elementos y debe tener su proyecto, su programa de formación permanente para todos los que están en esa vicaría, en donde viven como Iglesia. El decanato también y la parroquia, cada uno de estos espacios aporta algo a nuestra formación permanente, no estemos esperando que la Arquidiócesis nos dé lo que la vicaría, lo que el decanato o lo que la parroquia nos puede dar para nuestra formación permanente.

Qué bueno que insistamos en que estas instituciones o estas estructuras o estos espacios tengan lo propio para la formación permanente, pero nunca habrá formación permanente si no hay una responsabilidad personal. Con toda claridad nos decían que precisamente en eso consiste la formación permanente, en esos dos elementos: la integración de la propia vida y la integración de nuestro quehacer o dentro de nuestro ministerio, o sea, nuestro ser y nuestro quehacer, en eso consiste la formación permanente, en que los integremos, porque muchas veces esto nos hace que explotemos y que hasta públicamente pidamos el don de la bilocación, porque nos sentimos agobiados, porque no sabemos cómo combinar aquellas tareas.

El que logra integrar su vida, logra integrar su ministerio, desarrolla aquello con toda la tranquilidad, sabe que el Señor no le va a exigir más de lo que puede hacer. Por lo tanto, es muy importante tomar la propia responsabilidad, porque puede haber, como de hecho lo tenemos aquí, en la Arquidiócesis, excelentes instrumentos para la formación permanente, diversas instancias, diversos niveles de esta formación, pero si no hay un interés personal, nadie nos va a llevar a fuerza, creo que muchos de estos elementos los fueron feflejando ustedes, no puede haber una formación permanente, obligatoria, tiene que ser una formación permanente desde la convicción interna.

A nosotros en los distintos niveles, a mí como Arquidiócesis, al vicario episcopal en la vicaría, al decano en el decanato, al párroco en la parroquia, siempre tiene que buscar que haya esos elementos de formación permanente, para integrar nuestra vida personal, para integrar nuestro quehacer, nuestro ministerio, pero también tenemos que estar motivando siempre, buscando caminos nuevos para que realmente este presbiterio entre en una formación permanente, esté continuamente en esta formación.

Ustedes mejor que nadie saben que un presbítero que se ordenó en estos últimos quince años, definitivamente tiene características que no teníamos los que nos ordenamos antes, porque estamos viviendo en una legislación muy distinta en estos últimos años y a veces sentimos en lo administrativo y aún en la conducta moral que ya hay elementos que nos están pidiendo un cambio, antes no existía eso.

Nosotros vivimos en una Iglesia, estamos en una Iglesia que está viva, a veces se oyen voces: es que, ¿para qué dar tanto brinco estando el suelo tan parejo?, yo mejor sigo haciendo lo que siempre he hecho. No siente la vitalidad de la Iglesia, más aún, la siente como un obstáculo, el que haya determinados elementos que continuamente nos llegan, explícitamente me refiero a los acontecimientos de la vida de la Iglesia universal, de la Iglesia latinoamericana, de la Iglesia mexicana, que tenemos que integrar en nuestra vida, en nuestro quehacer, en nuestro ministerio.

A veces nosotros lo vemos como un impedimento para lograr el objetivo de convertir una Iglesia misionera, luego decimos: bueno, este año todo trató sobre el sacerdocio; eso es lo que tenemos que integrar, la celebración de este año sacerdotal y se terminó el año sacerdotal y sale el Papa Benedicto XVI con una encíclica magnífica, excelente, sobre la Palabra de Dios, no, no, no, no hemos terminado una cosa cuando ya nos llegan con otra. Salimos de celebrar un año sobre la Eucaristía, después un año sobre el sacerdocio y ahora nos están diciendo que integremos la Palabra de Dios.

Es una Iglesia viva, mañana no sé qué tendremos o si nos llegan las radeaciones de Japón y entonces se nos acabaron las preocupaciones, pero mientras estemos vivos, creo que tenemos que estar integrando todos esos elementos, porque nos llegan de nuestro mundo cambiante, una gran cultura que antes no existía en esta gran Ciudad y que ahora nos presiona con sus legislaturas, sus estructuras, etcétera y exigencias en los medios de comunicación, pero también nuestra Iglesia nos proporciona elementos continuamente para que vayamos integrando más y más ese ideal de ser una Iglesia misionera.

Ese será nuestro ser, nuestro quehacer, ser misioneros. Son dos elementos: el ser y el quehacer que continuamente tienen que integrarse y eso nadie puede decir: ya tengo todos los elementos, ya estoy bien preparado, ya estoy viviendo y palpitando con la Iglesia en este momento como está viviendo la Iglesia a nivel universal y a nivel local.

Muchísimas gracias.

Norberto Cardenal Rivera Carrera
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