1. LA OPCIÓN MISIONERA DEL II SÍNODO DIOCESANO Y SU CONTINUIDAD EN EL PROCESO PASTORAL POST-SÍNODAL

A. Un nuevo y vigoroso proyecto misionero

El Sínodo reflexionó en la naturaleza misionera de la Iglesia, que ha recibido la tarea de llevar el Evangelio al mundo entero (cf. DG 36). Esta reflexión llevó a nuestra iglesia local a asumirse como Iglesia misionera: “La Iglesia de esta Ciudad quiere ser nuevamente misionera”, y “la gran Ciudad de México es el campo de misión”; para lograr este propósito, es necesario estar animados por “el espíritu misionero que nos ha de alentar en una nueva pastoral urbana” (DG 39).

De la misión de la Iglesia participa todo el pueblo de Dios, por eso, el II Sínodo pide que todos los miembros de esta iglesia local nos asumamos enviados a la misión: obispos, presbíteros, diáconos, religiosos (as) y laicos(as).

Con la opción misionera, nuestra iglesia local ya intuía lo que posteriormente Aparecida expresó al impulsar a los creyentes de América Latina a convertirse en discípulos misioneros y enviar a la Misión Continental.

Esta V Conferencia, recordando el mandato de ir y de hacer discípulos (cf. Mt 28,20), desea despertar la Iglesia en América Latina y El Caribe para un gran impulso misionero… ¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de “sentido”, de verdad y amor, de alegría y de esperanza! (DA 548).

Ser una Iglesia misionera requiere de una conversión pastoral. Aparecida señala (cf. DA 370) la necesidad de pasar de una pastoral centrada en la celebración de los sacramentos, para quienes ya están dentro (pastoral de conservación); a una pastoral misionera, con la renovación de sus estructuras para salir al encuentro de los alejados.

Desafío

El Sínodo señaló que el proyecto misionero de la ciudad requiere que la pastoral desarrolle características especiales que le permitan lograr su objetivo. Ha de ser:

a) Pastoral misionera de encarnación

“La acción pastoral debe buscar constantemente insertarse en la vida, a imitación del Hijo de Dios —Jesucristo— que se encarnó y tomó la condición humana” (DG 42). Implica conocer los ambientes que queremos evangelizar, hacernos como uno de ellos para comprender, desde dentro, sus motivaciones y opciones; encarnarnos en actitud de servicio (cf. DG 43).

b) Pastoral misionera de testimonio

Cumplir la misión de anunciar el Reino de Cristo requiere de la fuerza del testimonio personal y comunitario: “la caridad, la justicia, la fraternidad, la igualdad, la paz, el perdón, la libertad, la responsabilidad, la austeridad y la servicialidad, la gracia y la santidad de la vida, la concordia y la reconciliación…” (DG 47).

El testimonio comunitario es fundamental. Aparecida nos dice:

Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo.

Invocamos al Espíritu Santo para poder dar un testimonio de proximidad que entraña cercanía afectuosa, escucha, humildad, solidaridad, compasión, diálogo, reconciliación, compromiso con la justicia social y capacidad de compartir, como Jesús lo hizo (DA 362-363).

c) Pastoral misionera de diálogo

La actividad de nuestra Iglesia debe tener como sello fundamental el diálogo con las culturas. La Iglesia debe ir hacia el diálogo con el mundo en que le toca vivir. “Esta Iglesia… quiere ser agente de diálogo… con todos los cristianos, con otros creyentes, con los no creyentes, siempre en pleno respeto a las personas y a las instituciones” (DG 59).

Aparecida nos invita al diálogo en todos los ámbitos: ecuménico, fe-ciencia, medios de comunicación, centros culturales… (cf. DA 495-498).

B. El proceso post-sinodal

Después del Sínodo, la Iglesia arquidiocesana ha querido llevar adelante el proyecto evangelizador en la ciudad de México. La tarea no es sencilla ni rápida, por tratarse de un caminar comunitario y de una transformación a fondo. Podemos distinguir las siguientes etapas:

a) Arranque (1993-1996)

Después del Sínodo se implementó el PIA (Programa Inicial Arqudiocesano), para poner en marcha el proyecto misionero de Evangelización de las culturas, con especial énfasis en los alejados y pobres. El programa subrayaba la urgencia de vigorizar el espíritu misionero de todos los agentes y dar un nuevo impulso a la promoción del laicado. Se dividió en tres programas específicos:

  • Sectorizar parroquias para impulsar procesos catecumenales y la formación del laicado.
  • Impulsar centros de promoción humana.
  • Formar equipos de pastoral ambiental.

b) Preparación a la misión (1997-2000)

El PIA, planeado para realizarse en año y medio, mostró la necesidad de desarrollar procesos, estructuras y medios. La reflexión post-sinodal llevó a nuestra iglesia local a proyectar una misión intensiva para el año 2000. Destinó tres años que coincidieron con la preparación de toda la Iglesia al jubileo del 2000. Se acentuaron dos aspectos necesarios a la misión: la conversión y la comunión (cf. OP 1998; 1999).

c) Realización de la misión intensiva (2000)

La misión 2000 revitalizó la vocación apostólica de los agentes y el espíritu de servicio de las instancias pastorales. Fue un ensayo del proceso evangelizador con el anuncio del kerigma como primer momento. Logró la capacitación de muchos agentes, fue el comienzo de un proceso de concientización de las implicaciones de la reflexión Sinodal y de lo que significa hacer misión.

d) Proyección (2001-2004)

La misión intensiva hizo reconocer a nuestra Iglesia local que la misión tenía que ser permanente. Se enfatizó que la pastoral misionera ha de ser la forma habitual de nuestra práctica pastoral (cf. OP 2001). Se intentó apoyar a las instancias arquidiocesanas para coordinar esfuerzos y consolidar o poner en marcha lo que faltaba por realizar. Una de esas instancias fue la parroquia (cf. OP 2003; Manual operativo, 2004).

e) El proceso evangelizador (2005 -2007)

Se tomó conciencia de que el camino para la misión permanente es el proceso evangelizador con sentido misionero en sus diferentes momentos: catequesis, reiniciación cristiana (cf. OP 2005) pastoral social (cf. OP 2006). Hoy se traduce en la clarificación de las etapas de la formación: inicial, básica, específica y permanente (cf. Marco general para la formación de los agentes de pastoral). También se impulsaron algunas instancias para propiciar la conversión pastoral, personal y comunitaria de todos los agentes (cf. OP 2007).

f) La formación como prioridad (2008-2010)

El proceso diocesano marcó la necesidad de la formación de todos los agentes. Si al principio se puso el énfasis en la formación del laicado, a partir de 2008 se retoma la necesidad de la formación para todos: obispos, presbíteros, diáconos, consagrados y laicos. Hoy la formación constituye la columna vertebral del proyecto misionero.

g) Hacia el diálogo con las culturas (2010)

La Asamblea del 2010, retomó la reflexión del diálogo con las culturas y la preocupación central del II Sínodo: la evangelización de las culturas; el tema es eminentemente misionero porque manifiesta la razón de ser de la Iglesia (cf. OP 2011).

h) Hacia la Evaluación (2011-2013)

Hoy, el reto mayor al que nos enfrentamos es la continuidad y consolidación del compromiso evangelizador que impulsó el Sínodo y retomó la misión 2000, reconociendo como columna vertebral la formación de agentes. Se proyecta una evaluación amplia, al cumplir 20 años del Sínodo, para plantear nuevas estrategias.

Pbro. Arturo Barranco Cruz


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