Homilía en la Eucaristía

Queridos hermanos. La liturgia nos invita a celebrar la memoria de uno de los santos que sin duda tiene un impacto muy grande en la Iglesia, incluso podemos decir, fuera de la misma Iglesia.

El pobrecillo de Asís, como en varias partes se hace llamar y se le reconoce, también. Sin duda que de él sabemos cosas, sabemos cual fue la situación de su familia y conocemos cómo Dios se valió de circunstancias para invitarlo a entrar en un proceso de transformación, hasta donde conocemos, de joven llevaba una vida frívola, como se dice, es hijo de una persona relativamente acomodada.

Este hombre entra en un proceso singular de transformación, que le lleva a transparentar a Jesucristo Nuestro Señor. Es una invitación para nosotros, él es una invitación para nosotros, para la Iglesia, de manera particular para nosotros que estamos reunidos estos dos días con esta inquietud: ¿qué retos tenemos?, ¿qué nos hace falta como Iglesia local?, ¿qué necesitamos?

A lo mejor, siendo simples objetivamente, nos hace falta eso, hacer algo semejante a lo que hizo san Francisco, en un tiempo de situaciones complejas y de posturas más o menos radicales, recordemos un poco cuál era la situación de los cátaros, de los albingenses y cómo había un poco de búsqueda; san Francisco logra tener un camino guiado por el Espíritu del Señor, que le lleva a transparentar a Jesucristo, incluso en su cuerpo, sus afectos, sus sentimientos, sus proyectos, sus anhelos, todo lleva a expresar la presencia de Jesucristo.

Él dice con su forma de vivir lo que el apóstol expresa en la Sagrada Escritura: para mí, mi vida es Cristo, eso es lo que expresa él.

El año pasado tuve la bendición de ir a Asís y entre otras cosas me impresionó esto, varios de los que compartieron la aventura santa de san Francisco están sepultados a su alrededor, reconocidos oficialmente por la Iglesia como santos, creo que nos da otra pauta, la vida en la Iglesia es comunión, podemos decir que si era una persona que le gustaba la fiesta, ese sentido de comunión y de fiesta y de alegría lo lleva a contagiar a los que estaban cerca de él y a vivir también esa aventura. Ya sabemos toda esa historia.

Me impresionó el hecho de que llegaban turistas orientales, sabemos que ahora andan por todas partes, pero es interesante, al menos en donde estuve mirando, cómo algunos japoneses y lo digo por la apariencia que tenían, pasaban por la Iglesia, iban a buscar dónde estaba sepultado san Francisco. Digo que en esa forma humilde como él entabló relación con su entorno, llamando y comportándose, como él decía, hermanos, reconociendo a los demás como hermanos.

Esto, pienso yo, todavía le permite hacer que muchas personas se acerquen a él, ojalá que desde allí algunos puedan encontrar el camino de Jesucristo. También hay presencia, relativamente abundante, de jóvenes que van a este lugar y uno podría preguntar: ¿qué tiene?, ¿qué tuvo san Francisco?, ¿qué fue lo que vivió?, de tal manera que sigue siendo alguien que a los jóvenes, que en muchos aspectos no les interesa la religión, dicho entre comillas, algunos de ellos se siguen acercando a aquella área llena de símbolos de su presencia, de san Francisco.

Hoy estamos reunidos, convocados por el señor Cardenal, reunidos como Iglesia local con un objetivo, el de profundizar en aquello que nos lleve a vivir una pastoral misionera y en san Francisco tenemos algunas pautas que es necesario guardemos en el corazón; él nos da la pauta: transparentar a Jesucristo en los sentimientos, en los afectos, en lo corporal, en las costumbres, en la relación y el trato con los demás.

Él, pienso yo, atrae a los jóvenes porque encontró ese camino característico de esa etapa, las adrenalinas como hoy se dice. Él buscó o recorrió este camino misterioso, que le llevó a vivir la experiencia de Jesucristo. Hoy muchas personas y de manera particular muchos jóvenes, buscan la experiencia de lo que llaman adrenalina, porque a lo mejor de pronto no hemos sabido nosotros ofrecerles un camino emocionante, como es el camino de Jesucristo.

Ojalá que el Señor conceda a nuestra Iglesia, a cada uno de nosotros transparentar a Jesucristo en lo personal, viviendo con la gracia, con la fuerza del Espíritu Santo, este ejercicio que sin duda él vivió, porque bien lo sabemos, hoy hablamos de procesos y él vivió esta fidelidad que implica un proceso de seguimiento de Jesucristo.

Él nos invita también a que seamos capaces de tener apertura ante los demás y de ser símbolo de la presencia de Jesucristo ante los demás, tenemos muchas anécdotas, por ejemplo, que salió con el hermano León le dijo: hermanos, vamos a predicar. Salieron, dieron la vuelta y le dijo el hermano León: hermano Francisco, dijiste que íbamos a predicar, a lo que respondió: ya predicamos.

Creo que es uno de los aspectos que necesitamos trabajar fuertísimamente, la comunión, que tiene diferentes implicaciones, desde esas que alguien de pronto nos dice: pues, ustedes pónganse de acuerdo; hasta aquellas donde como vecinos somos incapaces de... ahora, en broma, en la mesa que nos tocó compartir, estaban diciendo sobre cómo hay diferencias en los criterios de la catequesis y alguien decía en broma, pero ya no fue tan en broma, que también nosotros los obispos teníamos que ponernos de acuerdo precisamente para esta comunión.

Él, san Francisco, tiene esta capacidad, ojalá y que él nos ayude a seguir a Jesucristo, como él lo siguió y como hoy nos narra el Evangelio que hizo también san Mateo, que cuando escuchó la llamada de Jesús y nosotros, todos, hemos escuchado este llamado, lo siguió con alegría, dejó todo y fue a celebrar este acontecimiento, que Jesucristo lo hubiera llamado.

Aquí podemos revisar otra vez, por un lado nuestra situación personal y por otro, nuestra comunidad de Iglesia, mirar con toda humildad, quizá por fijarme sólo en un aspecto, si vivimos la alegría de la que nos habla el Evangelio y que expresó el apóstol san Mateo, porque fue llamado.

Bien valdría la pena que revisáramos la alegría que nos da vivir nuestro ministerio, el llamado que Jesús nos hace, pero también recordemos que nos dice el Evangelio que se puso de pie y dejó todo; como Iglesia hemos escuchado muchas veces, necesitamos dejar muchas cosas que son estructuras antiguas, anquilosadas.

El Evangelio y también san Francisco nos invitan a ser audaces en la vida, pero también como comunidad en la Iglesia. Hay muchas cosas que sin duda, nosotros necesitamos dejar y seguir al Señor con gran alegría.

San Francisco y san Mateo nos invitan a ser discípulos, seguidores de Jesús, nos invitan a convertirnos a cada momento y en cada circunstancia, hasta llegar, repito una vez más, a ser transparentes, a transparentar la presencia de Jesucristo el Señor, a Aquél que nos ha llamado, que nos ha llenado de alegría con su llamado, porque nos llama a la vida, nos llama por el sendero de la verdad, de la alegría.

Queridos hermanos, tenemos muchos retos y estas dos personas, por un lado san Francisco y por otro lado, san Mateo cuyo Evangelio hemos escuchado nos invitan a revisar, a mirar todos los retos, como los enfrentaron ellos; retos a nivel de persona, retos a nivel de grupo, a nivel de comunidad.

Quiero terminar leyendo este pequeño párrafo que nos da la memoria o la la introducción a la celebración: Desde el día en que encontró al Señor en San Damián, hasta el día en que murió en la Porciúncula, a lo largo de su vida de peregrino con sus hermanos, los Frailes Menores, aquel “poverello” de Asís redujo literalmente su vida a seguir a Jesús con alegría, sencillez, fidelidad a la Iglesia y ternura para todos.

Mons. Andrés Vargas Peña
Versión estenográfica


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