UNA MIRADA A LA REALIDAD SOCIAL
EN LA PESPECTIVA DE APARECIDA


Dr. Fernando Pliego Carrasco
Instituto de Investigaciones Sociales
UNAM

La V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (V CELAM)1 dedicó un espacio importante a la reflexión de la realidad social de América Latina y El Caribe, como también había sucedido en las Conferencias anteriores. Esta decisión es consecuencia de una convicción fundamental: conocer la realidad es tarea de los discípulos de Jesucristo, porque el seguimiento del Evangelio nos lleva a comprometernos en la solución de los problemas que dificultan el desarrollo integral de todas las personas.  Al respecto, el Documento Conclusivo dice lo siguiente:

“nos sentimos interpelados a discernir los ‘signos de los tiempos’, a la luz del Espíritu Santo, para ponernos al servicio del Reino, anunciado por Jesús, que vino para que todos tengan vida y “para que la tengan en plenitud” (Jn 10, 10)”.2

Por lo anterior, el análisis hecho en Aparecida se orienta a conocer la realidad social en sus dimensiones cultural, económica, política y ambiental. Como puede observarse en el Documento mencionado, en cada una de esas dimensiones no se elaboró un diagnóstico de amplia cobertura, lo cual, además de imposible de realizar en el contexto de la dinámica propia de la Conferencia, requeriría estudios de largo alcance. La intención fue otra, pero particularmente importante: identificar los problemas más relevantes que preocupan a las personas y comunidades del subcontinente.

Nuestra intención en el trabajo qua ahora presentamos no es sintetizar dicha lectura de la realidad social propuesta por Aparecida; no buscamos elaborar un resumen basado en una lectura más o menos pasiva del Documento Conclusivo. Más bien, el objetivo que nos hemos planteado es fundamentalmente dinámico: queremos pensar la realidad social en la perspectiva de Aparecida, mostrar su utilidad para el estudio de los procesos de cambio cultural de nuestros países, y contribuir a su desarrollo. Lo anterior, porque en ese Documento encontramos un enfoque que consideramos novedoso y que puede contribuir de manera destacada a una mejor comprensión de la historia contemporánea de nuestros países: América Latina y El Caribe están en el umbral de un cambio de época,3 esto es, en un periodo de la historia donde hay una mutación profunda de los valores y formas de comportamiento tanto individuales como colectivos que caracterizaron tradicionalmente a la mayoría de la población. Enfoque que no estaba presente en las Conferencias anteriores de manera clara y sistemática.

Las afirmaciones anteriores no implican desconocer los demás aspectos de la realidad social igualmente importantes para Aparecida, como son los económicos, políticos y ambientales, en especial los temas de la pobreza y la injusticia social que afectan a millones de personas y grupos. En el transcurso del texto también no referiremos varias veces a tales aspectos y situaciones. Sin embargo, en el presente análisis nos concentraremos en el estudio de la dimensión cultural de la realidad; esto con el fin de comprender los cambios que están ocurriendo en los valores que definen las actitudes y los comportamientos fundamentales de las personas en las distintas esferas de la vida social.

El análisis de la realidad cultural según el enfoque propuesto por Aparecida lo haremos desde el siguiente procedimiento metodológico: reconocer la problemática que nos aqueja, pero también los aspectos positivos y los signos de las esperanzas reales que ya están operando entre nosotros. En efecto, la realidad cultural de América Latina y El Caribe —como también la de índole económico, político y ambiental— está formada por problemas, pero también por esperanzas reales actuando entre nosotros. Son esperanzas que podemos encontrar en todas aquellas actividades donde las personas asumimos nuestra propia historia, nos ayudamos unos a otros, mejoramos nuestras capacidades de hacer el bien, y encontramos un sentido de crecimiento humano en las cosas sencillas o complejas que vivimos.

Ambos aspectos de la realidad necesitan conocerse: los problemas y las esperanzas reales. Un análisis de la realidad centrado únicamente en identificar los problemas y sin contemplar las esperanza reales, conduciría a la pérdida de interés por mejorar las situaciones que nos aquejan. Un análisis de la realidad que sólo se centrara en los problemas, implicaría que los discípulos de Jesucristo no percibimos los espacios donde ya está actuando el Espíritu de Dios; los espacios donde ya se está construyendo el Reino. En contraparte, un análisis de la realidad social centrada exclusivamente en las esperanzas reales, sin considerar seriamente los problemas que nos aquejan, implicaría cerrar los ojos al dolor y el sufrimiento de la gente. Sería complacencia y mostraría falta de sensibilidad y de caridad al prójimo; inclusive, implicaría cerrarse al Evangelio, porque un espacio privilegiado de la actuación de Dios es el compartir y padecer el dolor de quien sufre. Sobre la necesidad de conjuntar el análisis de la realidad y la esperanza, nos dice Benedicto XVI:

“San Agustín, al establecer una correlación entre las Bienaventuranzas del Sermón de la montaña y los dones del Espíritu que se mencionan en Isaías 11, habló de una reciprocidad entre "scientia" y "tristitia": el simple saber —dice— produce tristeza. Y, en efecto, quien sólo ve y percibe todo lo que sucede en el mundo acaba por entristecerse. Pero la verdad significa algo más que el saber: el conocimiento de la verdad tiene como finalidad el conocimiento del bien. Este es también el sentido del interrogante socrático: ¿Cuál es el bien que nos hace verdaderos? La verdad nos hace buenos, y la bondad es verdadera: este es el optimismo que reina en la fe cristiana, porque a ella se le concedió la visión del Logos, de la Razón creadora que, en la encarnación de Dios, se reveló al mismo tiempo como el Bien, como la Bondad misma”4

1. La realidad que nos interpela

Para la V CELAM, América Latina y El Caribe atraviesan un proceso de cambio profundo en todos los aspectos de su vida socio-cultural, económica, política y ambiental. Pero la “novedad de estos cambios, a diferencia de los ocurridos en otras épocas, es que tienen un alcance global que, con diferencias y matices, afectan al mundo entero”.5 Estos cambios traen nuevos problemas que constituyen auténticos retos y desafíos (narcotráfico, pérdida de soberanía económica, deterioro ambiental global, etc.), o bien refuerzan otros ancestrales que han caracterizado a nuestros pueblos durante generaciones (desigualdad social, exclusión económica, etc.), pero también ofrecen oportunidades para construir sociedades más justas, como es la posibilidad de formar redes mundiales de solidaridad a favor del desarrollo y bienestar de nuestros pueblos.

Globalización es el nombre que recibe el proceso de cambio a escala planetaria de todas las sociedades. En el pasado la situación era diferente: en las comunidades rurales, en las ciudades pequeñas y medianas, y en distintos ámbitos de las grandes ciudades, la problemática de la vida diaria era sobre todo de índole local y regional. En el sector económico, por ejemplo, lo producido y lo vendido provenía generalmente de fuentes regionales. Era así una economía cerrada. En el sector socio-cultural encontrábamos una cultura propia en las distintas regiones y localidades, en ámbitos tan concretos como las fiestas de los pueblos, la comida y la música.

Con el proceso de globalización, ese pasado está cambiando de manera acelerada, y no es inusual que haya dejado de existir. Lo que ahora se consume en muchas localidades suele producirse en regiones y países distantes. Las culturas locales reciben influencias muy importantes provenientes de otros grupos sociales a través de la acción de los grandes medios de comunicación. Lo propio de cada comunidad va perdiendo fuerza, porque hay una creciente relevancia de estilos  de vida que se repiten en muchos países y ambientes anteriormente distintos.

En la Doctrina Social de la Iglesia Católica, la dimensión mundial de los problemas económicos —sin utilizar el término “globalización”— comenzó a reconocerse de manera destacada a partir de la publicación en 1967 de la Encíclica Populorum progressio, de Pablo VI. Por ello, 20 años después, Juan Pablo II nos recordaría su importancia capital:

“(Antes de la Populorum progressio) el magisterio social de la Iglesia no había llegado a afirmar todavía con toda claridad que la cuestión social ha adquirido otra dimensión mundial, ni había llegado a hacer de esta afirmación y de sus análisis ‘directriz de acción’”.6

Siguiendo las directrices de dicha Encíclica, pero adaptándolas a las condiciones propias de nuestro subcontinente, los obispos reunidos en la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada en 1968 en Medellín, Colombia, llegaron a la misma conclusión, sin recurrir tampoco al término “globalización”: destacaron la presencia de un sistema económico mundial injusto y desigual entre los países desarrollados del norte, y los países pobres y subdesarrollados del hemisferio sur.

En la Conferencia de Aparecida, ahora sí se usa el término “globalización”, y el análisis de la realidad social alcanza un nuevo nivel de comprensión, porque se reconocer la importancia central de los cambios culturales que están acaeciendo en nuestros países y en todo el mundo como consecuencia destacada de la revolución científica y tecnológica sucedida en los medios de comunicación. En efecto, de acuerdo con los obispos, varios factores han contribuido al proceso de globalización, pero destaca la presencia de: 

“una red de comunicaciones de alcance mundial, tanto pública como privada, para interactuar en tiempo real, es decir, con simultaneidad, no obstante las distancias geográficas. Como suele decirse, la historia se ha acelerado y los cambios mismos se vuelven vertiginosos, puesto que se comunican con gran velocidad a todos los rincones del planeta”.7

El Internet y la televisión son los prototipos de estas tecnologías de la comunicación de la época globalizada. Ambos convergen en ofrecer la posibilidad de intercambiar información en tiempo real. El primero sin un centro de control, pues son muchísimos los que ofrecen contenidos a través del ciberespacio; el segundo, en cambio, bajo un esquema de control frecuente de parte de ciertas compañías de alcance multinacional. Sin evaluar por el momento la calidad de la información ofrecida, sus aspectos positivos o negativos, es claro que el acceso a tales tecnologías permite a la población vincularse en tiempo real desde cualquier lugar del planeta, sea para fines de negocios, educación, diversión, intercambio cultural o simple amistad, por mencionar sólo algunos ejemplos. Por otra parte, tal vinculación permite a la población conocer una amplia gama de formas de vida diferentes a las propias de la cultura local. Formas de vida que frecuentemente plantean valores y estilos de comportamiento individual y social distintos a los considerados tradicionales. 

las transformaciones observadas son grandes desafíos por los problemas ocasionados, pero también ofrecen oportunidades de desarrollo y mejoramiento para nuestros pueblos. La globalización, entonces, es un “signo de los tiempos”, una característica de nuestras sociedades de implicaciones ambiguas, cuyos efectos más importantes dependerán de la orientación que le demos la mayoría de las personas y organizaciones de la sociedad.

Como ya se mencionó anteriormente, en el presente trabajo nos concentraremos en desarrollar los temas socio-culturales mencionados en el Documento Conclusivo de Aparecida, porque nuestra intención es destacar aquellos aspectos de la realidad social de nuestros pueblos que marcan un cambio de época: una mutación profunda de los valores y de los comportamientos individuales y sociales de amplios sectores de la población. Transformación de valores que permea todas las esferas de la cultura, incluyendo la vida familiar y la vivencia religiosa de las personas, como también las estructuras económicas y políticas de las sociedades.

Pero para comprender las transformaciones de valores y de comportamientos que acaecen en América Latina y El Caribe, la reunión de Aparecida vincula el proceso de cambio cultural traído por la globalización con otro tema que también pertenece a la ciencia y la tecnología, en específico a la investigación médica aplicada: me refiero a la posibilidad de “manipular genéticamente la vida misma de los seres vivos”.8

El Documento Conclusivo no ahonda en el análisis de las consecuencias de dicho factor; sin embargo, considero que es fundamental hacerlo, porque el cambio cultural observado también se debe —y en gran medida— a que las tecnologías médicas han posibilitado, por primera vez en la historia de la humanidad, la escisión de lo que siempre había estado unido: el ejercicio de la sexualidad y la procreación de la especie. En la actualidad, para un sector muy numeroso de la población urbana de nuestros países, con acceso y consumo de distintos métodos de control artificial de la reproducción, la conjunción y armonía entre ambos procesos ya no se da por “hecho”, sino sólo puede realizarse en el marco de una orientación de valores que explícita y conscientemente se exprese a favor de la vida y de la familia. Cuando no se acepta esta orientación valorativa, las costumbres y las tradiciones ya no pueden garantizar el desarrollo complementario de aspectos tan fundamentales e íntimos de la vida de las personas como son la sexualidad, el matrimonio y el crecimiento de las familias. Hablamos, entonces, de una profunda mutación cultural que está ocurriendo en las sociedades contemporáneas, sobre todo en los ambientes urbanos, cuyas consecuencia totales apenas empezamos a observar en ciertos países, donde la poca cantidad de hijos por familia, y el envejecimiento de la población, ponen en serio peligro la tasa de natalidad mínima requerida para reponer las defunciones ocurridas en la población. 

2. Las características centrales del cambio socio-cultural

a) La riqueza cultural de nuestra historia

Nuestros países tienen una gran riqueza cultural; son un crisol de diferentes culturas. Encontramos así las culturas rurales e indígenas, tan variadas en la región, que hunden sus raíces en el pasado precolonial del continente y que se han venido transformando hasta el presente. Encontramos las culturas urbanas de las pequeñas localidades, en sus distintos matices y de acuerdo a los numerosos grupos sociales que las forman, pero también destacan las culturas locales de numerosos espacios urbanos de larga tradición histórica. Hay así culturales propias de los barrios tradicionales y de muchas colonias de distintos sectores sociales. Culturas de acuerdo a cada país, y dentro de cada uno de ellos, de cada región e incluso localidad.

Las variadas culturas de nuestros pueblos son fuente de una gran riqueza social. Basta mencionar que su influencia ha determinado la identidad de las comunidades a través de la arquitectura, las fiestas, la música, los bailes y los idiomas; las expresiones de religiosidad y piedad populares, tan ricas y diversas. También las encontramos en la importancia dada a la vida familiar, y desde luego en la educación de los hijos. Sus espacios y ámbitos de influencia son así muy numerosos, y en conjunto han posibilitado la vida social de nuestros pueblos.

b) La matriz cultural de nuestra tradición histórica

Se pueden mencionar muchas aportaciones más de esa rica herencia cultural, pero lo importante es destacar tres características que son su patrimonio histórico más importante, de gran valor para el presente. Son características que constituyen una auténtica matriz de valores:

  • Orientación solidaria y comunitaria: en la herencia cultural de nuestros pueblos se tiene gran estima al cumplimiento de las obligaciones a favor de la familia y de los amigos. Lo encontramos en numerosos ambientes rurales e indígenas, así como en muchos barrios antiguos y en otros espacios que forman a las ciudades, donde la atención de los compromisos comunitarios es un comportamiento social de gran valor. En tales contextos, sobreponer el interés personal al bienestar de quienes se tiene el deber de atender y cuidar, se considera una grave falta social. Es una solidaridad centrada en los más próximos, que generalmente no contempla los deberes públicos más amplios, lo cual no quita su importancia central como patrimonio en el contexto de las sociedades modernas.
  • Apertura a lo trascendente: en nuestra herencia cultural destaca un sentido profundo de la presencia de lo divino en las alegrías, en las penas y en el trabajo de la vida diaria. Se expresa sobre todo en la fuerza que tiene la religiosidad y la piedad populares, pero también en los actos litúrgicos y sacramentales. Para mencionar unos ejemplos, basta recordar la importancia que tienen la adoración de Cristo sufriente y las fiestas del Viernes Santo, la veneración y la Fe maternal hacia la Virgen María, y la veneración de numerosos santos, patrones en la vida diaria de muchos pueblos.
  • Sentido histórico compartido: una tercera aportación del rico patrimonio cultural de nuestros pueblos, es que ha dado un sentido de unidad y destino común, por encima de la diversidad de las tradiciones. Varios factores han contribuido a tal identidad: la herencia indígena en numerosos países; la construcción colonial compartida; los procesos de independencia de los países de la región durante el siglo XIX; y las transformaciones sociales, económicas y políticas de buena parte del siglo XX (en especial después de la Segunda Guerra Mundial). Son procesos que nos han creado una matriz de identidad compartida, distintiva de los demás países y regiones del mundo, la cual traspasa las variaciones culturales propias de los grupos sociales y localidades que nos conforman.

Dentro de dicha identidad histórica, la cual da sentido a la vivencia social de las personas, es necesario destacar el fuerte componente religioso que tiene, explícitamente católico:

“Habitualmente, este sentido se pone a nuestra disposición a través de nuestras tradiciones culturales que representan la hipótesis de realidad con la que cada ser humano pueda mirar el mundo en que vive. Conocemos, en nuestra cultura latinoamericana y caribeña, el papel tan noble y orientador que ha jugado la religiosidad popular, especialmente la devoción mariana, que ha contribuido a hacernos más conscientes de nuestra común condición de hijos de Dios y de nuestra común dignidad ante sus ojos, no obstante las diferencias sociales, étnicas o de cualquier otro tipo”.9

c) Globalización y fragmentación de la realidad

Sin embargo, el proceso de globalización ha introducido cambios muy profundos en nuestra matriz cultural de implicaciones paradójicas: permite el acceso fácil y amplio a una gran cantidad de información, pero ocasiona que la realidad se vuelva más difícil de entender para el ciudadano común.

“En este nuevo contexto social, la realidad se ha vuelto para el ser humano cada vez más opaca y compleja. Esto quiere decir que cualquier persona individual necesita siempre más información, si quiere ejercer sobre la realidad el señorío a que por vocación está llamada”.10

En efecto, ante una cantidad enorme de opiniones diferentes sobre un mismo tema, de perspectivas valorativas distintas y hasta contradictorias sobre problemas comunes, de estilos de vida contrastantes, y de decisiones que afectan lo local pero fueron construidas en lugares muy distantes, las personas experimentan la vida social como confusa y extremadamente compleja. Confusión y complejidad que demandan mayores cantidades de información para volverse entendible, pero que de manea circular refuerza la experiencia de opacidad y falta de transparencia.

Tal experiencia de complejidad y de falta de información para entender la realidad ocasionan que el individuo no encuentre sentido claro en lo sucedido a su alrededor: no percibe la “unidad de todos los fragmentos dispersos que resultan de la información que recolectamos”11 sobre costumbres, estilos de vida, valores y decisiones. Por lo anterior, a diferencia del pasado, donde las culturas locales daban un marco de integración a la vida social de las personas, en el presente, con un mundo globalizado, se debilitan de manera acelerada los ejes tradicionales que le daban sentido a la vida de los individuos y de sus comunidades. Inclusive, en muchos ámbitos de nuestras sociedades, simplemente ya no existen tales referentes. El debilitamiento de los ejes tradicionales de sentido, y sobre todo su desaparición, afectan a la familia, a las instituciones educativas, a las formas de participación ciudadana, a las tareas de seguridad pública de los gobiernos, y a muchos otros ámbitos, como también a la experiencia religiosa de nuestros pueblos.

En el caso específico de la vida familiar, las transformaciones de sentido observadas también se deben, en gran medida, al uso creciente e incluso mayoritario de las tecnologías de control reproductivo, las cuales han abierto, por primera vez en la historia de la humanidad, la posibilidad de escindir el ejercicio de la sexualidad del correspondiente a la procreación de los hijos. Como se señaló con anterioridad, en la actualidad la complementariedad entre ambos procesos ya no es un fenómeno que se verifique por “hecho”, sino que sólo se puede realizar en el marco de una opción consciente en favor de valores que reivindican la importancia de la vida y del desarrollo de la familia. Es un proceso de cambio muy profundo respecto de las culturas tradicionales, que bien puede ser considerado como parte de un cambio de época.

Otro ámbito que también está sujeto a una profunda transformación cultural en el contexto de la globalización, es el relativo a la vida religiosa de nuestros pueblos, porque la complejidad y la opacidad propias de la vida social moderna inciden directamente en el eje que daba sentido a las culturas tradicionales: la manera de vincularse con lo trascendente. En efecto, en tales culturas, la religión ha constituido, junto con la familia, el espacio privilegiado que le ha dado estructura a la vida cultural y social de los pueblos de América Latina y El Caribe. En consecuencia, los cambios culturales observados presionan contra la función tradicional de la vida religiosa.

En especial, hay que destacar que una cantidad importante de contenidos transmitidos por los medios de comunicación masiva de la era global, sobre todo por la televisión, se contraponen explícitamente a los valores y estilos de vida que tradicionalmente tenían fuerte influencia religiosa. Y ante tales ofertas, dichas formas tradicionales de experimentar el encuentro con lo trascendente tienen dificultades muy serias para revitalizarse y recrearse.

“Al lado de la sabiduría de las tradiciones se ubica ahora, en competencia, la información de último minuto, la distracción, el entretenimiento, las imágenes de los exitosos que han sabido aprovechar en su favor las herramientas tecnológicas y las expectativas de prestigio y estima social”.12

Por otra parte, en las sociedades tradicionales la familia constituía el ámbito donde se transmitía de manera fundamental el sentido religioso de de la vida. Con el proceso de globalización, y las nuevas tecnologías de comunicación, la transmisión de la cultura pasa ahora por otros ámbitos de manera destacada.

Todo lo anterior es muestra de profundos cambios culturales en las sociedades contemporáneas, que nos permiten hablar de una transformación de grandes consecuencias en la civilización:

“Esta es la razón por la cual muchos estudiosos de nuestra época han sostenido que la realidad ha traído aparejada una crisis de sentido. Ellos no se refieren a los múltiples sentidos parciales que cada uno puede encontrar en las acciones cotidianas que realiza, sino al sentido que da unidad a todo lo que existe y nos sucede en la experiencia, y que los creyentes llamamos el sentido religioso”.13

d) Aspectos positivos de las nuevas culturas

Las nuevas culturas que van influyendo en los valores y en los comportamientos de sectores muy amplios de la población, y que son transmitidas de manera relevante por los medios de comunicación masiva, tienen aspectos positivos que deben apreciarse en su justa medida. Negar o subvalorar dichos aspectos positivos no favorece ninguna causa interesada en mejorar el bienestar en nuestras sociedades; más bien provoca polarización y conflictos innecesarios.

Al respecto debemos señalar que la reivindicación de la capacidad de autodeterminación de los individuos y de su libre decisión, propias de las culturas modernas, es acorde en términos generales con una concepción positiva de la dignidad humana. También es positiva la crítica a toda forma de dominación y de abuso de unos contra otros, como son la discriminación por motivos de religión, preferencias políticas, edad, raza y sexo.

En tal contexto, es muy valioso el cuestionamiento del machismo y de la violencia ejercida contra las mujeres, además de la crítica contra la violencia ejercida en perjuicio de los hijos. Nuestra época, con mayor fuerza que cualquier otra, está comprometida en alcanzar un trato digno, respetuoso y equitativo de las mujeres en el mundo de la familia, el trabajo y la vida pública en general. En cuanto al gusto por la innovación y el cambio, son características relevantes de las culturas modernas que deben apreciarse en numerosos aspectos.

Otro aspecto importante de las culturas modernas es la demanda de transparencia informativa vinculada frecuentemente con temáticas de tipo político, pero también con muchos ámbitos privados de la vida social. En efecto, nuestra época demanda como un gran valor el acceso a información verídica proveniente de los principales actores políticos, en especial gobiernos y partidos políticos. Se quiere que el dinero recibido de los contribuyentes y los programas en los cuales se ejercen, se conozcan con claridad. Pero también se demanda que los temas que afectan a la mayoría de las personas y a los grupos particulares de la sociedad, se traten de manera explícita y sin ocultamientos, cuando tienen que ver con la salud y el bienestar de las personas. Cuidando el debido respeto a la integridad de los individuos y a la seguridad de los Gobiernos, tales demandas de información y transparencia constituyen auténticos valores de la cultura moderna que se deben atender y promover.

Otro aspecto positivo de la cultura moderna es el énfasis dado a los procedimientos democráticos para resolver los desacuerdos en los distintos campos de la vida social. Se reconoce que hay un derecho fundamental a sostener opiniones diferentes sobre todo tipo de temas, pero también se demanda que la solución de los desencuentros sea por vías pacíficas, sin recurrir a la violencia de cualquier tipo.

e) Primacía del interés individual sobre el interés común y primacía del principio de placer

Pero los valores y el estilo de vida que de manera dominante son transmitidos en la era de la globalización, también tienen aspectos muy problemáticos. El primero consiste en entender los derechos a la libertad y a la autodeterminación de los individuos de manera extrema: como intereses de los ciudadanos por encima de los vínculos de solidaridad y de ayuda mutua. Más aún, no es inusual que los intereses individuales se ejerzan como contrapuestos al interés común de las comunidades y de la sociedad a la cual se pertenece. Se trata de una grave situación porque dificulta de manera importante la solución de los problemas compartidos y el compromiso personal que para tal fin se requiere. Quienes sostienen tales valores, son personas que sólo orientan su conducta para buscar la ganancia económica y el control personal del poder económico, político y cultural. No se consideran obligadas a atender las necesidades comunes de los demás individuos y grupos sociales.

Los casos extremos son la búsqueda inmoderada del lucro, que se traduce en el desarrollo de empresas y de grandes monopolios en perjuicio de la economía de varios países, o bien que promueven la explotación de los trabajadores hasta niveles que recuerdan la esclavitud. Otro ejemplo es la presencia de grandes circuitos de corrupción dentro de los gobiernos, donde se usan los bienes comunes para acrecentar ilegalmente los bienes personales. Finalmente, el caso más dramático es el desarrollo de grupos criminales en nuestros países, movidos por el deseo de amasar grandes fortunas sin ninguna restricción u obligación moral. 

Otro aspecto problemático de la cultura propia de la era de la globalización, transmitida por un sector importante de los medios de comunicación, es el que consiste en privilegiar la búsqueda de la satisfacción y el placer inmediatos. Se puede resumir en la frase “guíate por tus sentidos”. En esta tónica, encontramos un grupo poblacional importante, sobre todo juvenil y de adultos jóvenes, donde el énfasis está dado en la búsqueda de lo que ocasiona placer en el corto plazo, sea en temas tan íntimos como el noviazgo y la sexualidad, hasta otros de carácter lúdico como es la búsqueda de deportes de alto riesgo. El crecimiento de las adicciones entre los jóvenes tiene una estrecha relación con tal fenómeno.

Esta orientación cultural de tipo narcisista ocasiona un conflicto directo con las formas culturales tradicionales, las cuales se han construido en gran medida mediante el procedimiento de socializar los deseos y gustos individuales con la finalidad de construir instituciones estables sobre todo en los ámbitos familiar y comunitario, entre otros más.

Ejemplo extremo de una cultura incapaz de establecer lazos de solidaridad y de responsabilidad comunitaria, es la promoción del aborto voluntario entre nuestros pueblos. Bajo el argumento central de una realización personal mal entendida, se priva de la vida a quien tiene el derecho de ser protegido debido a su completa desvalía. Ejemplo extremo de una cultura centrada en el logro del placer inmediato, es la “ideología de las preferencias sexuales”, donde se pretende equiparar como iguales el comportamiento íntimo y natural entre hombres y mujeres, respecto del comportamiento de las parejas de un mismo sexo.

La ideología de las “preferencias sexuales” es una vertiente negativa de la escisión moderna entre sexualidad y reproducción facilitada por las tecnologías médicas reproductivas. Como la relación entre ambos momentos ya no se puede garantizar por tradición y costumbre, la ausencia de una cultura que explícita y conscientemente se pronuncia a favor de la vida y de la familia, ocasiona una conducta que perjudica profundamente los vínculos de complementariedad entre los hombres y las mujeres, así como el logro de tasas adecuadas de crecimiento demográfico.

Lo paradójico de la cultura de la satisfacción y del placer inmediatos, es que también entra en conflicto con la cultura del interés individualista arriba señalada, porque para alcanzar los fines personales que se han planteado los individuos, incluso a costa del bien común, se requiere educación de las emociones y de los gustos de corto plazo. Con valores preponderantemente narcisistas no es posible concluir con eficacia una carrera universitaria, plantearse un proyecto político personal, o bien levantar y desarrollar un negocio, entre muchas otras actividades modernas mediante las cuales se podría alcanzar el éxito personal.

“El individualismo debilita los vínculos comunitarios y propone una radical transformación del tiempo y del espacio, dando un papel primordial a la imaginación. Los fenómenos sociales, económicos y tecnológicos están en la base de la profunda vivencia del tiempo, al que se le concibe fijado en el propio presente, trayendo concepciones de inconsistencia e inestabilidad. Se deja de lado la preocupación por el bien común para dar paso a la realización inmediata de los deseos de los individuos, a la creación de nuevos y, muchas veces, arbitrarios derechos individuales, a los problemas de la sexualidad, la familia, las enfermedades y la muerte”.14

f) Nuevo colonialismo cultural e intolerancia antirreligiosa

La relación entre las diversas culturas que han caracterizado tradicionalmente a nuestros pueblos, y las nuevas propuestas culturales transmitidas especialmente por los medios de comunicación masiva, frecuentemente está marcada por tensiones y conflictos, pues el avance de estas últimas suele conllevar el desplazamiento de los valores y estilos de vida que históricamente nos han dado identidad. En ámbitos tan concretos e importantes como la familia y la educación de los hijos; la sexualidad, el noviazgo y el matrimonio, y la pertenencia religiosa, se pueden encontrar desencuentros recurrentes.

Los conflictos tienen varias dimensiones. La primera es la distinta orientación valorativa: las culturas tradicionales, con sus virtudes y problemas, tienen una orientación fuertemente comunitaria, pues enfatizan los compromisos de solidaridad entre los miembros participantes. El sentido de pertenencia al grupo, de responsabilidad hacia lo colectivo, son características centrales. En cambio, las nuevas propuestas culturales de los medios de comunicación masiva enfatizan lo individual y el interés personal, como ya lo hemos señalado anteriormente. Se trata, entonces, de perspectivas valorativas muy diferentes, con dificultades para convivir de manera armónica y provechosa.

Pero el conflicto y la tensión tienen un segundo origen: las culturas modernas de la era globalizada no se presentan únicamente como alternativas de valores y estilos de vida, sino que se difunden muchos veces en el contexto de una crítica y cuestionamiento sustancial a lo que se considera tradicional, pues se le califica de “obsoleto”, “anacrónico”, “contrario a los derechos del individuo y de su libertad”. Más aún, en algunos espacios de los medios de comunicación masiva, en radio, televisión y periódicos, a veces se encuentran actitudes de exclusión explícita de quienes difunden o presentan propuestas valorativas y estilos de vida ligados a las tradiciones culturales de nuestros pueblos.

El caso extremo son aquellos individuos y grupos que excluyen explícitamente a quienes sostienen y difunden valores y comportamientos de referencia católica. Tales individuos y grupos proponen así la construcción de un laicismo donde la religión en general, pero especialmente la Católica, sea segregada totalmente de los ámbitos públicos de la sociedad. En tal contexto, no se promueve la tolerancia y mutuo respeto entre las variadas culturas de nuestros pueblos, sino el dominio de unos sobre otros. Se trata de: 

“una especie de nueva colonización cultural por la imposición de culturas artificiales, despreciando las culturas locales y tendiendo a imponer una cultura homogeneizada en todos los sectores. Esta cultura se caracteriza por la autorreferencia del individuo”.15

g) Implicaciones económicas del individualismo cultural

El análisis de los países que en la comunidad internacional han logrado mejores niveles de desarrollo económico, justicia social y bienestar para su población, muestran que se trata de sociedades económicamente abiertas y competitivas en el mundo globalizado. Cuando las sociedades tienen una economía cerrada o muy restrictiva, en realidad se termina por proteger a los monopolios locales, con los consecuentes problemas de precios altos y baja productividad. Asimismo, estas sociedades favorecen la construcción de instituciones de tipo corporativo y clientelar, favorecedoras del control político de los ciudadanos.

Por lo anterior, la globalización ofrece una serie de oportunidades económicas muy importantes para nuestros pueblos: el acceso a nuevas tecnologías, mercados y finanzas; la posibilidad de mercancías más baratas; la regulación de la competencia entre los monopolios vía los mercados abiertos; el fortalecimiento de la sociedad civil y la disminución de los mecanismos de control político de los Estados, entre otros beneficios más.

Pero diversos actores que participan en los circuitos mundiales de la economía están orientados por un modelo cultural de clara orientación individualista, donde el énfasis es la maximización de las ganancias en perjuicio de los vínculos de solidaridad y las obligaciones sociales correspondientes. Cuando no existen estos límites, la libre concurrencia del mercado ocasiona el fortalecimiento de injusticias ancestrales y el surgimiento de otras nuevas. Al respecto, la participación irrestricta de compañías multinacionales en nuestros países ha estado relacionada frecuentemente con la crisis y el cierre de numerosas empresas locales, las cuales no pueden competir con las nuevas pautas de productividad y de precios. Se han roto así muchas cadenas productivas locales y regionales, con el consecuente cese de trabajadores y la enfermedad del desempleo.

Por otra parte, encontramos en ciertos rubros de la economía globalizada una auténtica renovación de formas de explotación del trabajo que recuerdan en ciertos aspectos a la esclavitud. Por ejemplo, hay maquiladoras cuyos trabajadores laboran a veces jornadas muy superiores a las consideradas como justas por los organismos internacionales de trabajo, donde se paga míseros salarios y tampoco se tienen acceso a prestaciones laborales y condiciones ambientales adecuadas. Hay empresas que recurren al trabajo infantil, sin ningún trato humanitario. Son  estructuras injustas que a veces se defienden férreamente. Por ejemplo, cuando los trabajadores demandan un trato humano más digno, un empleo que les garantice un ingreso decoroso para atender sus necesidades personales y de su familia, suele presentarse la amenaza de cerrar la fuente de trabajo y trasladarla a otros países.

En el caso del campo, el lado negativo de la globalización tiene un aspecto más crítico: los gobiernos de nuestros países han facilitado la importación indiscriminada de ciertos productos agrícolas subsidiados por los gobiernos de otros países. En consecuencia, no hay posibilidad de competencia alguna, ni de incentivo económico racional para mejorar la productividad local, pues cualquier esfuerzo que se haga es insostenible en el mercado.

Todo lo anterior ocasiona inequidades e injusticias, y abona a favor de una mayor concentración de la riqueza y del poder económico, expresada en bajos salarios y en mano de obra desempleada. Para sobreponerse a tal situación, nuestros pueblos recurren sobre todo a la migración, al abandono de sus zonas de origen y el traslado hacia las metrópolis nacionales o de otros países en búsqueda de mejores fuentes de trabajo. Es un proceso doloroso porque la migración divide familias, separa matrimonios, lleva a la gente a tierras culturalmente extrañas; sin embargo, para muchos es la única alternativa a la falta de oportunidades y a la pobreza sin esperanza.

En la base de tales problemas ocasionados por la globalización económica —  entre otros que podrían mencionarse—, lo que encontramos es un modelo económico de orientación cultural fundamentalmente individualista. De manera muy equivocada, sus actores principales conciben a las empresas como entidades formadas básicamente por capital, sin tomar en cuenta que “el sujeto propio del trabajo sigue siendo el hombre”,16 y por ende, que dependen estructuralmente del trabajo aportado por todos los participantes, sean obreros, profesionistas altamente capacitados o empleados del más variado nivel de preparación. Así mismo, no toman en cuenta que la posibilidad de realizar negocios depende de la presencia de distintos bienes públicos que reciben de las sociedades donde se localizan (infraestructura y equipamientos urbanos, estado de derecho y sistemas de administración de justicia, etc.), a los cuales deben contribuir decisivamente para que se mantengan y fortalezcan.

Los rostros de la exclusión social

La participación en las nuevas reglas de la economía globalizada, requiere de individuos altamente competitivos, capaces de renovar constantemente sus habilidades para enfrentar las exigencias cambiantes de la oferta y de la demanda de productos. Por lo mismo, un factor central de tal competencia es el poseer una buena formación escolar y capacitación laboral. Sin embargo, para un sector poblacional importante de nuestros países, tal capacitación no existe. En especial porque la condición de pobreza en que se encuentran, y la frecuentes deficiencias de los sistemas de educación pública, han ocasionado que sus niveles de formación laboral sean muy bajos o, de plano, inexistentes. 

Estos individuos no pueden participar en los nuevos mercados de trabajo; simple y dramáticamente no tienen acceso a trabajos con remuneración digna. Es un problema que puede abarcar a comunidades completas, en especial de origen rural o indígena, y que configura auténticos espacios de exclusión social. Quienes pertenecen a estos espacios, no tienen posibilidades mínimas de participar activamente en la economía moderna, por ejemplo, ocupando los puestos de más baja remuneración. Son excluidos literalmente, pues sólo les queda ocupar los espacios marginales, de pobreza extrema.

Rostros de esta exclusión social abundan en nuestros países: indígenas que no tienen los mínimos ingresos para poder sostener a sus familias; migrantes que deambulan por las ciudades en búsqueda de trabajo; jóvenes sin oportunidades de empleo y de desarrollo personal; trabajadores cesados porque su fuente laboral ya no es compatible con los proyectos de crecimiento económico de sus empresas. En fin, personas que no tienen posibilidad de adecuarse a los entornos cambiantes y competitivos de la economía globalizada.

La atención de las graves situaciones de exclusión mencionadas, requiere que los gobiernos y la sociedad civil renueven con creatividad diversas estrategias de solidaridad, movidos por un sentido de justicia y de preocupación por el bienestar de tantos ciudadanos afectados. De parte del gobierno, se requieren programas públicos eficaces y efectivos para combatir la pobreza extrema, los cuales garanticen a todas las personas condiciones mínimas para un desarrollo integral. De parte de la sociedad civil, se requiere de igual manera impulsar y fortalecer las actividades de solidaridad con los sectores más pobres, como son las actividades para atender, promover y defender los distintos derechos humanos, tanto sociales como económicos.

El impulso a dichos programas públicos, y la participación de la sociedad civil en los esfuerzos para combatir la pobreza y la injusticia social, nos habla de la importancia que tiene en la actualidad el fortalecimiento de un rasgo central de las culturas tradicionales de nuestros países: la solidaridad y la responsabilidad comunitaria. Una herencia cultural que necesita renovarse en las nuevas condiciones de la realidad económica globalizada.

h) Aspectos problemáticos de las culturas tradicionales

El cuestionamiento hecho a diversos aspectos negativos de las culturas modernas no debe ser un pretexto para ocultar los problemas propios que también han tenido las culturas tradicionales, tanto en el pasado como en el presente. Más aún, la posibilidad de disminuir el conflicto entre ambos tipos de culturas debido a sus distintas orientaciones valorativas (entre la autonomía individual y las responsabilidades comunitarias y públicas), sólo será posible si se reconocen los problemas de cada una de ellas, como también las virtudes, algunas de las cuales ya hemos señalado.

Desde tal perspectiva, debemos reconocer que las culturas tradicionales tienen varias características problemáticas. Por ejemplo, destacan las actitudes de dominación frecuente hacia las mujeres y de poco trato igualitario en cuanto a sus capacidades de decisión y de participación. A veces encontramos, incluso, situaciones de violencia física y psicológica que se justifican en determinados grupos sociales, sean familias o comunidades. En varias zonas rurales, y en distintos ambientes urbanos, no es inusual encontrar que las mujeres son totalmente excluidas de las decisiones que también les competen.

Lo mismo sucede con los hijos: el trato violento a veces se justifica en aras de una disciplina mal entendida. En el caso de la religiosidad popular, a veces se propicia un manejo del sentido religioso que tiende a converger con actitudes de cierto fanatismo y poca racionalidad. La sobrevivencia de costumbres ligadas a la magia, la astrología y la adivinación, y su manejo comercial en el presente, son muestras de aspectos culturales negativos que poco contribuyen al desarrollo de una Fe adulta entre nuestros pueblos. 

Otro aspecto problemático de las culturas tradicionales consiste en la dificultad que suelen tener para dialogar con el conocimiento científico y tecnológico modernos. Esto se explica porque la base de la transmisión de las culturas tradicionales —incluyendo la Fe católica para la mayoría de los creyentes— ha sido la autoridad y la empatía tanto moral como emocional, en especial de origen familiar, por lo cual no es fácil interactuar en contextos donde se exige un conocimiento argumentado. Al respecto, basta recordar que muchos católicos tienen dificultades serias para entender la relación entre su Fe y cuestiones culturales modernas tan importantes como las teorías del origen del universo, la historia y evolución de la humanidad, las pretensiones de objetividad del conocimiento científico, y las tecnologías modernas reproductivas, por mencionar sólo algunos ejemplos.

Las dificultades para relacionar la Fe religiosa tradicional de nuestros pueblos y los requerimientos de conocimiento propios del mundo moderno, no es una cuestión secundaria; es de suma importancia para entender las transformaciones culturales del presente y las dificultades para transmitir la Fe católica en las sociedades modernas globalizadas. Por lo mismo, para solucionar la escisión entre fe y razón, no basta con atender la falta de formación religiosa de nuestra gente a partir de pedagogías basadas únicamente en la autoridad y en la memorización, como tradicionalmente se ha hecho en nuestras culturas y todavía se hace en algunas catequesis. Se requiere, más bien, que la educación religiosa enfatice los aspectos reflexivos de la Fe y el diálogo sustantivo con las construcciones culturales modernas.

Sin embargo, estaríamos equivocados si pensáramos que las restricciones sobre el uso de la razón como medio de conocimiento sólo se presentan en las culturas tradicionales de nuestra rica herencia latinoamericana y del Caribe. De acuerdo con la reflexión de Juan Pablo II en la Encíclica Fides et Ratio,17 y de Benedicto XVI en diversas intervenciones, en las culturas modernas también encontramos una perspectiva muy restringida de las capacidades de la razón humana para conocer la verdad, donde las filosofías positivistas la limitan al conocimiento de los experimentable y matematizable. En tal contexto no hay posibilidad de encontrar un horizonte que brinde sentido a la vida y, por lo tanto, que favorezca subsumir el interés privado al bien público. Sobre tal visión acortada de la razón, nos dice Benedicto XVI lo siguiente:

“La valentía para abrirse a la amplitud de la razón, y no la negación de su grandeza, es el programa con el que una teología comprometida en la reflexión sobre la fe bíblica entra en el debate de nuestro tiempo. «No actuar según la razón, no actuar con el logos es contrario a la naturaleza de Dios», dijo Manuel II partiendo de su imagen cristiana de Dios, respondiendo a su interlocutor persa. En el diálogo de las culturas invitamos a nuestros interlocutores a este gran logos, a esta amplitud de la razón”.18

Los problemas mencionados, y otros que podrían destacarse, nos muestran que las diversas culturas que han caracterizado tradicionalmente nuestra identidad como pueblos también requieren procesos de enriquecimiento y de mejoramiento. Por ello, necesitamos evaluarlas en su justa medida, reconociendo sus grandes virtudes y sus limitaciones; como también debemos hacerlo respecto de las culturas modernas de corte individualista.

3. Necesidad de un diálogo intercultural entre lo tradicional y lo moderno

Ante los procesos de transformación profunda de las tradiciones que nos han dado identidad, y de emergencia de nuevos modelos culturales en el contexto de la globalización, los discípulos de Jesucristo debemos evitar tres actitudes negativas. En primer lugar, no hay que desconocer la riqueza cultural de dichas tradiciones y sus aportaciones históricas, las cuales siguen siendo muy importantes en el presente para construirnos como sociedad y lograr un mejor futuro. Se requiere reconocer, más bien, que la solidaridad, la experiencia religiosa de la vida, y la construcción de una identidad común, cuando se acompañan de una autocrítica constructiva, son fundamentales para promover un proyecto humanista y personalista de la globalización. Sin tales referentes, construidos a través de una larga historia cultural donde la Fe católica ha jugado un papel central, en el contexto del pluralismo de nuestras sociedades se vuelve muy difícil, y a veces imposible, establecer consensos para promover el bien común de todos los ciudadanos, pues lo que llega a dominar es el interés particular de los individuos y de los grupos en las negociaciones públicas. En palabras de Benedicto XVI: “La sensibilidad por la verdad se ve siempre arrollada de nuevo por la sensibilidad por los intereses”.19

Una segunda actitud que se requiere evitar es descalificar las aportaciones de las culturas modernas de manera general, o bien minusvalorarlas, desde una visión fundamentalista o integrista de la vida social, en la cual sólo se considera como digna de crédito la propia tradición cultural. Se necesita, más bien, reconocer el valor humano de numerosas aportaciones culturales de la modernidad, que nos pueden ayudar de manera destacada a limitar o solucionar problemas heredados de nuestro pasado histórico. En especial, la reivindicación del diálogo como procedimiento para resolver conflictos, debe ser apreciado de manera notable, pues, como lo mencionaremos más adelante, es muy acorde con las mejores tradiciones evangelizadoras de la Iglesia.

La tercera actitud negativa a evitar es la más perjudicial: consiste en promover y favorecer estrategias de confrontación o exclusión entre las distintas orientaciones culturales que caracterizan a nuestras sociedades, en las cuales se deja de lado la tolerancia, el reconocimiento de los valores positivos del interlocutor, e incluso se llega a favorecer enfrentamientos físicos.
            Para evitar los problemas señalados se requiere que los discípulos de Jesucristo asumamos una visión autocrítica de la propia cultura y una visión que reconozca los valores de la contraparte. Se necesita así promover una estrategia de diálogo entre distintos modelos culturales. No se trata de pensar, de manera ingenua, que todos los contenidos son igualmente valiosos a la luz del Evangelio; más bien, lo que se busca es resolver los problemas y tensiones entre los distintos modelos culturales, de tal manera que puedan ocasionarse un intercambio de valores positivos, un auténtico diálogo intercultural.

La estrategia de diálogo para acercar distintas culturales no es, de ninguna manera, algo ajeno a la historia de la Iglesia; más bien, es un procedimiento fundamental de la evangelización cuando se ha querido ser fiel al mandamiento de respecto y amor al prójimo. Desde esta perspectiva, en la Encíclica Slavorum apostoli (1985) Juan Pablo II señala lo siguiente al recordar el trabajo misional de Cirilo y Metodio en el siglo IX:

“Los dos hermanos no sólo desarrollaron su misión respetando plenamente la cultura existente entre los pueblos eslavos, sino que, junto con la religión, la promovieron y acrecentaron de forma eminente e incesante”.20

Promover el diálogo intercultural sería algo sumamente complejo si como consecuencia del análisis presentado en los anteriores apartados, concluyéramos que los distintos modelos culturales se refieren preferentemente a diferentes personas y grupos humanos. Desde tal perspectiva, se supondría que es posible dividir a los individuos y a las comunidades en grupos relativamente antagónicos en cuanto a los modelos culturales que siguen.

Tal dicotomía no es real en la mayor parte de casos: lo que encontramos más bien son individuos y grupos humanos específicos que, en el contexto de la globalización, combinan modelos culturales diversos en su misma vida diaria: culturas tradicionales y culturas modernas. Por ejemplo, pueden ser personas con una alta estima respecto de las relaciones de solidaridad en la vida familiar o entre amigos, pero con un espíritu de competencia muy individualista en el trabajo. Pueden ser personas que hayan perdido el sentido religioso de sus vidas, que ya no encuentran significado alguno en las tradiciones religiosas; sin embargo, pueden tener un compromiso muy serio a favor de los derechos políticos democráticos en nuestras sociedades. Pueden ser personas que por distintas razones terminaron sus matrimonios, pero tienen un compromiso a toda prueba por sacar adelante a sus hijos.

Se podrían mencionar muchos ejemplos más sobre esta profunda realidad moral de la globalización: las personas concretas, las que nos interesan, no son simples en cuanto a sus modelos culturales y los valores que las motivan. En realidad, todos somos sumamente complejos, y en el contexto de la globalización, en muchos de nosotros subsiste lo tradicional y lo moderno, lo positivo de lo tradicional con lo problemático de lo moderno, o a la inversa: lo problemático de lo tradicional con lo positivo de lo moderno.

La tarea cultural para los discípulos de Jesucristo, a la luz de Aparecida, consisten en construir un espacio de diálogo para que lo positivo de lo tradicional y de lo moderno se refuercen mutuamente, y los problemas que hemos heredado del pasado, así como los que están emergiendo, disminuyan en el horizonte de nuestra historia. En el contexto de un cambio de época, de una mutación profunda de los valores y los comportamientos tanto individuales como sociales, lo que nos toca  es reavivar nuestras mejores tradiciones de diálogo intercultural, como en su tiempo lo hicieron Cirilo y Metodio, y en nuestros países, los grandes evangelizadores del siglo XVI. Con el tiempo, los temas sociales cambian radicalmente, pero la disposición para dialogar siempre deberá ser la misma.

México, D.F., 16 de septiembre de 2008


NOTAS

1 Realizada en Aparecida, Brasil, del 13 al 31 de mayo de 2007.
2 V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Documento Conclusivo. Bogotá, Centro de Publicaciones del CELAM, 2007, 2ª. Edición, Inciso 2. Desde ahora, V CELAM.
3 V CELAM, inciso 43.
4 Benedicto XVI, Discurso preparado para el encuentro con la Universidad de Roma “La Sapienza”, el cual se iba a presentar el 17 de enero de 2008, pero se canceló el 15 de enero.
5 V CELAM, inciso 34.
6 Juan Pablo II, Encíclica Soliccitudo rei socialis, 1987, inciso 9. Lo escrito en paréntesis, es mío.
7 V CELAM, inciso 34.
8 V CELAM, inciso 34.
9 V CELAM, inciso 37.
10 V CELAM, inciso 36.
11 V CELAM, Ibíd.
12 V CELAM, inciso 39.
13 V CELAM, inciso 37.
14 V CELAM, inciso 44.
15 V CELAM, inciso 46.
16 Juan Pablo II, Encíclica Laborem exercens, 1981, inciso 5.
17 Ciudad del Vaticano, 14 de septiembre de 1998.
18 Benedicto XVI, Discurso en la Universidad de Ratisbona, 12 de septiembre de 2006.
19 Benedicto XVI, Discurso preparado para el encuentro con la Universidad de Roma “La Sapienza”, Op. Cit.
20 Juan Pablo II, Encíclica Slavorum apostoli, 1985, inciso 26.


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