Borde Introducción:
Eclesiología Arquidiocesana a partir del II Sínodo


El primer taller fue en la línea de nuestro quehacer como decanos y vicedecanos en nuestra Iglesia diocesana, como una instancia que prevé la Iglesia, a fin de facilitar la atención pastoral, sobre todo la presencia del obispo en las comunidades, donde el decano no sólo funge como el correo, el que va y trae, sino como aquellas personas, junto con el vicedecano, junto con su equipo, su consejo pastoral decanal, como el enlace, promotor, alentador de la vida parroquial, de la vida decanal, de la vida arquidiocesana.

En ese primer módulo precisamente se nos invitava a cada uno a valorar desde esa óptica nuestro quehacer, esa tarea que la Iglesia nos pide y de alguna manera, cada uno prometemos corresponder.

En la línea de la formación permanente, según se nos hizo llegar nuestro tríptico, sobre todo a quienes dejamos nuestro correo electrónico, se nos hizo llegar la invitación para el segundo módulo; dentro de nuestro tríptico aparecen los títulos de los siguientes módulos. Queremos ir caminando juntos en esta necesidad de irnos formando permanentemente, como decanos.

En este contexto aparece el tema de hoy, que es la pastoral de conjunto o la pastoral orgánica y de conjunto. desde luego que el padre Mercado nos explicará esa parte.

Dentro de este contexto quiero introducir con lo que hemos llamado la eclesiología arquidiocesana desde el II Sínodo.

En esta pequeña presentación no pretendo agotar lo que es la eclesiología, tampoco es un tratado o clase de eclesiología, esa la suponemos cada uno de nosotros en el estudio, en la formación de seminario y sobre todo en la vivencia pastoral que cada uno desarrolla.

Más que nada, pretendo dar algunas pistas que el mismo II Sínodo Diocesano nos ofrece con respecto a qué imagen de Iglesia queremos desarrollar en nuestra Arquidiócesis de México, aquí en nuestra Ciudad de México.

Ya el mismo Sínodo nos presenta esta inquietud, nos presenta el estímulo que lleva el mismo Sínodo. El título que lleva es: los grandes desafíos de la Ciudad de México a la Nueva Evangelización de la Iglesia Particular que está en ella.

Ese fue el tema, después vivimos todos la etapa presinodal, sinodal y la que está impulsando nuestra etapa postsinodal, estamos en esa etapa de desarrollo, precisamente queremos responder a esos grandes desafíos.

Para lograr esos grandes desafíos el Sínodo nos invita a hacer un análisis de la realidad o por lo menos un recorrido histórico, desafíos de México o cómo ha caminado. En los primeros números de ECUCIM encontramos precisamente un breve recorrido, una fecha histórica de la Iglesia en la Ciudad de México, o mejor dicho el pueblo que recibe a los evangelizadores y conquistadores de aquel entonces, la evolución histórica que tuvo la Nueva España, la influencia religiosa, es un recorrido histórico y luego viene lo que en aquel entonces se llamaría la realidad actual.

Estamos hablando de 1992, hace 16 años, en la que se plantea cómo está México en la actualidad. Haciendo un análisis profundo, lo pudemos encontrar en el ECUCIM, aparece en los números 123 al 644; luego aparece una exposición más clara de los diferentes rasgos económicos, políticos, sociales, culturales, religiosos que vivía la fe de México en aquel entonces.

De alguna manera ha cambiado, porque estamos a 16 años de camino, pero de alguna manera los rasgos característicos se mantienen en cierta medida y es bueno destacarlos. A raíz de esto, se nos señala la realidad socio-cultural de la vida parroquial de aquel entonces, quizá todavía tenga validez, en cuanto cabe habrá que reformular este análisis, porque no podemos quedarnos con la tradición del 92, que es buena, pero hay nuevos momentos con muchos cambios.

Vuelvo a decir que a partir de esa realidad del 92 se puede hablar de los siguientes modelos de parroquias urbanas, por lo menos eso lo quiero señalar, precisamente esto lo encontramos en el ECUCIM y en el valor operativo de la pastoral parroquial.

El primer modelo que puedo señalar es el de la parroquia de barrios populares, ubicados en zonas específicas, de pueblos tradicionales, de pueblos antiguos, incluso precolombinos, en esa parte que se fueron forjando, reciben evangelización y que adoptan estas culturas, adoptan la fe católica con todo su vagaje histórico, con todo su vagaje de los antiguos, de lo nuevo. Puede coincidir, que cada uno sintamos en nuestra vicaría y más en esos lugares con la propia problemática, yo concibo también la propia riqueza de una religiosidad popular rica en expresiones, rica en valores, también con sus deficiencias y con sus aportes se puede enriquecer la vida.

Un segundo modelo que podemos encontar de parroquia urbana es la de las colonias populares, estas surgen a partir de los años 60, donde la industria de la Ciudad de México, de la sociedad de trabajo hace que muchos habitantes se acerquen, vengan de los estados y ocupen las franjas de la Ciudad, que poco a poco se van poblando, con la característica propia de falta de servicios o carencia de ellos, no hay lugar para servicios religiosos, porque resulta que todos los espacios han sido ocupados como habitación y hacia el final se busca el espacio para la capilla, con toda la problemática que conlleva el que gente que viene de fuera, con su propia cultura, con los problemas reales que carga, con su propia manera de vivir su fe, traen sus fiestas patronales, traen su cultura, todo ello conlleva esta amalgama de posibilidades también de la vida parroquial.

Un tercer modelo de parroquia urbana es la de las unidades habitacionales, que empiezan a surgir las unidades a partir de los años 60, alcanzan su momento más fuerte en los 70 y nuevamente en los 90, sobre todo en el Estado de México, en la zona conurbada, está siendo un nuevo impulso, precisamente unidades habitacionales que se establecen para darles habitación a los trabajadores: Infonavit, Fovissste, IMSS, etcétera, que ofrecen estos espacios en donde colocan a un sinnúmero de familias en espacios reducidos, con todo lo que conlleva, sí tienen los servicios elementales, pero no tienen en cuenta la cultura mexicana, que es la cultura del congregarse, del encontrarse con el otro y se ofrecen poco espacio para ello, no se tiene pensado, en muchos lugares: mercados, plazas públicas, mucho menos iglesias, templos, lugares de encuentro, y lo que ocasiona toda una situación familiar, muchos de nosotros padecemos esa parte de la inseguridad, la falta trabajos de convivencia entre vecinos por el conflicto propio que conlleva el cómo están estos lugares, son los retos pastorales.

Cuarto modelo, el de las parroquias de clase media, clasemediero, que proliferan en México a partir de los 60 y 70, con el modelo económico, cae en los 80 y resurgen en los 90, se trata de lugares específicamente donde las familias tienen lo necesario, incluso a veces más de lo necesario, pueden ofrecerle a sus hijos la capacidad de prepararse en la universidad no solamente pública, sino incluso, universidad privada. Buscan espacios donde ellos también hagan presencia de su vida familiar, su vida de colonia, de su vida de grupo parroquial. Con el fenómeno de la inseguridad, en los 90, las colonias se volvieron calles cerradas, algunas zonas todavía aparecen como tales, esto también crea dificultades para la interrelación entre los miembros de una comunidad, a la hora de querer estar en contacto con ellos en su vida ordinaria.

Otro modelo, al que podemos llamar parroquias de zonas residenciales o parroquias residenciales, donde hablamos de una plusvalía muy alta, tanto de los inmuebles como de las personas, en cuanto a sus bienes y adquisición, aquí se presenta un gran reto pastoral de cómo entrar a sus casas, a sus lugares de encuentro, proque son familias que viven encerradas en sí mismas y su círculo se reduce a aquellos lugares o espacios donde ellos se consideran bien aceptados; por supuesto, normalmente el trato con ellos es por el interfón, número telefónico u ocasionalmente cuando acuden al templo parroquial a algún servicio, con todo lo que conlleva esta pastoral.

También está lo que se llama parroquia de las zonas industriales o zonas comerciales, por ejemplo el centro de la Ciudad de México, la zona norte tiene muchos espacios de donde han sido desplazadas las familias, donde quedan solamente los comercios, pero esa gente también tiene necesidad de contaco, de comunidad, incluso en el ambiente de trabajo y todo ese proceso pastoral que conlleva la atención de los mismos.

No solamente como gente de paso, sino que incluso su lugar de trabajo se convierte en su lugar de vida, la parroquia que le queda cerca a su lugar de trabajo se convierte en la parroquia de referencia y todo lo que implica la atención pastoral de los mismos.

A final de cuentas, podemos hablar de parroquias no cien por ciento puras, vamos a encontrarnos con que se entremezclan. Podemos encontrar una parroquia, en una zona residencial y dentro del mismo territorio parroquial, de extrema pobreza.

Zonas donde se vive una cultura tradicional de siglos, pero también se acaba de establecer un nuevo centro habitacional. Entonces, todo esto conlleva una problemática para la atención pastoral. A grandes rasgos, estos son los retos que nos plantea la vida de la Ciudad de México, por supuesto con todo lo que implica su cultura, la economía, rasgos históricos, de intereses, de necesidades.

Todo esto necesita ser respondido, por eso ante esta realidad, el II Sínodo nos señala lo siguiente: Para llevar a cabo la evangelización de las culturas en la Ciudad de México, la Iglesia requiere de:

Agentes capacitados para trabajar en corresponsabilidad. Sólo así podremos llegar a estas formas de vida, a esas realidades propias que están en la Ciudad de México.

Segundo, también requiere de agentes técnicamente organizados.

Y finalmente, laicos impulsados a vivir la caridad fraterna.

Sólo atendiendo esas tres líneas de algunas necesidades, podemos ir haciendo realidad el Evangelio en nuestras culturas. Sólo así se podrá ir al encuentro de los destinatarios prioritarios de la nueva evangelización: la Familia, los Pobres, los Jóvenes, los Alejados.

Sólo teniendo esa capacidad, esa actitud, podremos ser auténticos testigos de Jesucristo en las realidades de la Arquidiócesis. Todo esto precisamente es a raíz de esta urgencia, Dios nos habla a través de la ciudad y esto exige darle una respuesta, para dar esa respuesta necesitamos todo esto:

Primero, la misión de la Iglesia es predicar la bondad de Dios y hacerlo presente en las realidades humanas. Esta es nuestra opción de Iglesia. Tenemos como ser el hacer presente la bondad de Dios en las realidades humanas. la Iglesia de la que tú y yo somos parte, no somos un ente etéreo, sino una realidad concreta que vive en un mundo concreto.

Segundo, porque también la Iglesia está llamada a encarnar en las principales situaciones humanas, los valores del Reino de Dios. Para eso el Señor nos ha elegido, nos ha convocado y nos ha hecho pueblo de su propiedad, a fin de hacer realidad el Reino en las realidades propias de la vida humana.

Tercero, esta misión se realiza en el mundo a través de una doble realidad, nos lo señala el ECUCIM, a través de la estima y del respeto; estimar y respetar al individuo, estimar y respetar a la cultura en la que tú estás, estimar y valorar la realidad en la que tú y tu parroquias están inmersos, estimar, respetar y valorar al grupo en el que tú te encuentras, aunque pudieras no estar de acuerdo con todos los lineamientos y todas las características propias de la doctrina cristiana.

Y finalmente y, en esa actitud, también de ser servidores, solidarios, especialmente en esa situación con el que ha sido empobrecido, con el que sufre, con la familia que se desintegra, con los ajelados que poco interés o poca resonancia encuentran en la vida parroquial.

Sólo así será posible la misión de la Iglesia. A raíz de todo esto nos señala el II Sínodo, que nuestra Iglesia diocesana es una Iglesia misionera, es decir, si queremos saber cuál es nuestra situación, por dónde va nuestro trabajo, es que somos misioneros.

Somos una Iglesia evangelizada y evangelizadora, desde esa óptica, no estamos despreciando los demás contextos y los demás elementos que aprendimos en el seminario y que vivimos en la vida ordinaria, de la vida de la Iglesia como sacramento de salvación, la Iglesia pueblo de Dios, la Iglesia sacramento del Reino. Esas callecitas están ahí presentes, pero el Sínodo nos quiere hacer hincapié en que la Iglesia diocesana se quiere considerar como Iglesia misionera, una Iglesia que no se queda, sino que sale, una Iglesia que no se sabe solamente maestra, porque enseña, sino que también se sabe discípula, porque está aprendiendo en el contacto diario y en el encuentro continuo con las comunidades.

Por eso, precisamente, la misión de la Iglesia es hacer visible a Cristo en las realidades concretas de la vida ordinaria, no se puede quedar encerrada en sí misma. Ya el II Sínodo nos invita a salir de los dinteles del templo, es una expresión sinodal, ir más allá del ámbito celebrativo o del ámbito territorial, pero del templo parroquial, la parroquia se amplía a un horizonte mucho más amplio, más grande, que es cada barrio, cada colonia, cada casa como lugar de encuentro, como lugar de hacer visible el Evangelio.

Pero la misión de la Iglesia es evangelización, en el sentido de hacer realidad el proyecto de Dios en Cristo Jesús y en cada uno de nosotros; donde evangelizar es hacer carne el Evangelio en las realidades propias de la vida de la familia, de la vida de la seguridad, en la vida del barrio, en la vida de la colonia.

Esta Iglesia misionera quiere traducir esa necesidad de hacer creíble el Evangelio a través de la inculturación, no como la imposición de ciertas verdades o de un sinúmero de verdades de fe, que tú y yo aceptamos como tales, sino en la propuesta de estas verdades, de este camino, la propuesta de los valores del Reino para que quienes los escuchen, quienes los reciban los asuman como propios.

No se trata de una imposición, se trata de un diálogo, se trata de una propuesta de lo que nosotros consideramos que es lo mejor, a fin de que también ellos lo asuman como tal.

Esto nos pide una actitud de perenne reforma, la Iglesia no está hecha, la evangelización no es algo acabado, la misión no es algo que realicé en un momento determinado; en esa medida, la Ciudad de México requiere mantener una actitud constante de reforma, una actitud constante diálogo, una actitud constante de búsqueda de nuevos caminos, de nuevos retos, de nuevas maneras de presentar el Evangelio, el hacer realidad el Reino de Dios.

Por eso, la mejor manera de hacer creíble el Evangelio en la Ciudad de México ante estos retos que se nos presentan, es la de ser Iglesia servidora, la Iglesia que se pone a las órdenes de las realidades propias de cada vida, no para adecuarse a las mismas, sino para precisamente para irlas transformando, para irlas haciendo lugar de presencia del Reino.

También, esto será posible cuando hagamos de esta Iglesia una Iglesia peregrina, en el sentido de la que sale al encuentro, una Iglesia que va con, que camina con, que se ve caminante de acompañar procesos, de acompañar realidades, de acompañar crisis; la Iglesia debe ser peregrina no solamente porque está de paso en este mundo, sino peregrina en el mismo caminar por este mundo, ir caminando mano con mano, codo con codo con cada una de las realidades propias de la vida de las personas con que nos encontramos día a día.

Frente a esta visión de Iglesia que nos presenta el II Sínodo: Iglesia misionera, Iglesia evangelizada — evangelizadora, Iglesia servidora, Iglesia peregrina, Iglesia en contacto con, Iglesia preocupada por, nuestra responsabilidad como Agentes de Evangelización, es decir: Decanos, Vice-Decanos, Delegados de Pastoral, en una palabra, pastores todos, es la siguiente:

La primera es, favorecer el trabajo evangelizador. Entendido no solamente como la propuesta de una serie de actividades pastorales, sino evangelización como la propuesta de los valores del Reino en las realidades propias que vive cada una de nuestras personas, cada familia.

Otra responsabilidad es la de buscar mecanismos de corresponsabilidad, hacer conscientes a todos y a cada uno de los que integramos el pueblo de Dios, de nuestra corresponsabilidad, no solamente somos objeto de la evangelización, somos también sujetos de la evangelización; no solamente somos actores de la evangelización, sino también somos coautores de la evangelización, de esa realidad de fe.

Tercero, esto también implica ayudar a formar un laicado que se sepa sujeto de la evangelización, que el laico empiece a asumir poco a poco su papel dentro de la vida de la Iglesia; el laico, la laica que aprenda a descubrir que no es el empleado del padrecito, no hace lo que el padrecito le dice o porque el padrecito lo dijo, sino porque esa es su tarea, su misión arranca desde el mismo ser de bautizado. Por eso la tarea es forjar y formar a un laicado consciente de ser sujeto, factor de cambio en la realización del Reino.

También nuestra responsabilidad como agentes de evangelización es considerar al laicado como animador, promotor y corresponsable de esa tarea evangelizadora.

En la medida que tú y yo, como pastores, como agentes de evangelización, hagamos del laico agente actor, será más fácil que la tarea llegue a esos rincones donde tú y yo físicamente no podemos llegar, una porque el tiempo no es suficiente y la otra, porque muchos espacios nos están vedados, además no nos corresponde entrar en el terreno de la cultura, de los medios de comunicación, en terreno de los profesionales de la salud, el terreno propio de las unidades habitacionales, de los condominios, con lo difícil que es que podamos entrar tú y yo; entonces, cuando formemos un laicado de esa medida, la Iglesia podrá entrar a todos los lugares.

Quinto, abrir espacios para la acción pastoral, que es donde nuestra creatividad y nuestra audacia de pastores debe de reflejarse, no sujetarnos únicamente a lo ya establecido, que nos ha funcionado, bendito Dios; que ha sido bueno, bendito Dios, pero que es necesario que estos sea vean enriquecidos con otros modelos de acción. Es aquí donce la creatividad y la audacia pastoral, por supuesto apoyada por los laicos, debe de ser como el motor que impulse esas locuras pastorales que luego resultan eficacias que entretejen el Reino.

Y finalmente, motivar para la puesta en común de los carismas, donde a cada uno de nosotros, cada uno de los miembros de nuestra comunidad descubra que no solamente es sujeto, sino que además desde su realidad propia, desde su vivencia propia, desde sus limitaciones o riquezas propias, puede aportar muchísimo a la vida de la Iglesia. En la medida en que cada uno pongamos al servicio esas capacitades y esas potencialidades, la vida de la Iglesia, la misión se hará realidad.

Quiero concluir principalmente con dos de los números del resultado del II Sínodo Diocesano, con los que precisamente se cierra una etapa sinodal, cuando se habla de la realidad, una vez que se ha revisado la realidad pluricultural, pluridimensional, plurirreligiosa, la asamblea sinodal concluye haciendo las siguientes afirmaciones:

Estamos en el principio de una nueva cultura y una nueva etapa de la historia de la humanidad, viviendo en medio de una sociedad como la de la Ciudad de México, convulsionada por múltiples factores y viviendo procesos de transformación acelerados que ponen en peligro la misma dignidad del ser humano.

Esto se dijo en 1992, parece que no ha perdido actualidad. Y por esa realidad, dice: Nosotros como Agentes de la Nueva Evangelización tenemos que preguntarnos: ¿Qué será de las Familias? ¿Qué pasará con los Pobres? ¿Adónde irán los Alejados? ¿Qué orientación obtendrán los Jóvenes?... No viene completa esa parte, pero concluye diciendo que la respuesta está en nosotros.

La respuesta está en ti, en mí y en cada una de las comunidades. Gracias.

Pbro. Jesús Hernández
Versión esetenográfica


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