MAGISTERIO

CEM

 

DEL ENCUENTRO CON JESUCRISTO

A LA SOLIDARIDAD CON TODOS

PARTE II

DEL ENCUENTRO CON JESUCRISTO A LA CONVERSIÓN,

Y LA COMUNIÓN ECLESIAL, EL DIÁLOGO

Y EL SERVICIO EVANGÉLICO AL MUNDO

 

"Se dedicaban con perseverancia a escuchar

la enseñanza de los apóstoles,

vivían unidos y participaban en la fracción del pan y en las oraciones.

Tenían un solo corazón y una sola alma,

y nadie consideraba como propio nada de lo que poseía,

sino que tenían en común todas las cosas.

No había entre ellos necesitados.

Daban testimonio delante de todo el pueblo

y gozaban de su simpatía."

Hch 2, 42; 4, 32.34a

 

INTRODUCCIÓN

 

93. Hemos reconocido con gratitud la presencia de Jesucristo en nuestra Patria a través de la intervención maternal de la Virgen María y en las diversas vicisitudes que ha enfrentado la Iglesia a lo largo de su historia. Ahora, es preciso mirar con atención al interior de la vida de la Iglesia en México, haciéndonos eco de la invitación del Papa Juan Pablo II a revisar, con ocasión del Gran Jubileo que abre el Nuevo Milenio, la vida eclesial a la luz del Concilio Vaticano II. Los obispos mexicanos queremos asumir y aplicar, con fidelidad y creatividad, las riquezas del Concilio y vivir una profunda renovación integral. Esta es, sin duda, una dimensión esencial de la nueva evangelización de nuestro país y del continente americano.

 

94. Con esta luz, apoyados en la exhortación Ecclesia in America y frente a los desafíos pastorales de la realidad presente, son tres los aspectos eclesiales que pensamos revisten especial importancia:

 

I. Cómo vivir e integrar mejor un proceso evangelizador y catequético de conversión, comunión, solidaridad y misión.

 

II. Cómo vivir una comunión con Cristo y con los hermanos a través de una experiencia eclesial más profunda.

 

III. Cómo vivir, como Iglesia misionera, una apertura al diálogo ecuménico e interreligioso y al diálogo y servicio evangélico al mundo, especialmente a los más pobres.

 

Expondremos estos aspectos en tres secciones manteniendo en cada una de ellos un momento de:

 

Contemplación a la luz de la fe.

Reconocimiento de la situación actual.

Planteamiento de desafíos pastorales.

 

SECCIÓN I

 

CÓMO VIVIR E INTEGRAR MEJOR UN PROCESO

EVANGELIZADOR Y CATEQUÉTICO

QUE FORTALEZCA LA CONVERSIÓN

 

1. CONTEMPLACIÓN A LA LUZ DE LA FE

 

La Iglesia de Cristo continuadora de la Historia de Salvación

 

95. El día de Pentecostés, el Espíritu de Jesús llenó los corazones de María, de los apóstoles y de los que se encontraban ahí reunidos en oración. Pedro, con los Once, dio testimonio ante todos los pueblos en ese momento representados, del acontecimiento central de la historia: la victoria de Jesús de Nazaret sobre el pecado y la muerte y su gloriosa Resurrección de entre los muertos (Cf. Hch 2).

 

96. La Iglesia, asamblea de los creyentes reunida en torno a Jesucristo muerto y resucitado, es el lugar sacramental de encuentro con el Señor Jesús. Ella lo hace presente a lo largo de la historia a través del anuncio, de la celebración y del testimonio del amor con que nos amó y dio su vida por la salvación del mundo (Cf. Jn 13,35).

 

97. La experiencia cristiana es descrita en los Hechos de los Apóstoles como seguimiento de Cristo que atrae a quienes no lo conocen por medio del testimonio de los que estuvieron con Él desde el principio de su predicación, y por medio de quienes, después de su Resurrección, quedaron llenos del Espíritu Santo para hacerlo presente en todas partes (Hch 2 y ss.).

 

98. Dicha experiencia comienza con el testimonio de vida de la comunidad, acompañado por el anuncio alegre de la persona de Jesús, de su mensaje y de su obra. El fruto, obra del Espíritu de Jesús y de la respuesta humana, es el proceso de conversión y la pertenencia a la comunidad en la que se aprende a escuchar la Palabra, se participa en la comunión con la pascua de Cristo, a través de la liturgia sacramental, y se invita a comprometerse en una forma de vida nueva que se distingue por el modo de amarse los hermanos, de compartir los bienes y servir a los demás, especialmente a los más pobres.

 

99. Jesucristo, después de su Resurrección, está con su Iglesia, la acompaña todos los días hasta el final de los tiempos; se hace presente a través de los testigos que lo han encontrado y han sido enviados a todas partes a llevar la Buena Nueva (Cf. Mt 28; Mc 16). Jesús se hizo presente explícitamente en nuestro continente hace quinientos años, a través del testimonio y predicación de los primeros evangelizadores y del acontecimiento guadalupano. Desde entonces, la fe en Jesucristo forma parte de nuestra historia y configura la identidad de nuestra nación, pues está arraigada en el alma de los mexicanos.

 

Evangelizar siempre, a todos y en todas partes

 

100. También hoy nosotros hemos sido llamados a conocer al Señor y a ser testigos de su resurrección en todos los rincones de la tierra, con el fin de "dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres a tener familiaridad con la profundidad de la Redención, que se realiza en Cristo Jesús". Llevar a todos al encuentro con Jesucristo, su Salvador y Redentor para llenarse de la fuerza de su Espíritu, es el "cometido fundamental" de la Iglesia.

 

101. En efecto, ha escrito Pablo VI: "Es en la evangelización donde se concentra y se despliega la entera misión de la Iglesia, cuyo caminar en la historia avanza movido por la gracia y el mandato de Jesús: «Vayan por todo el mundo y proclamen la buena noticia a toda criatura« (Mc 16,15) y «sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos« (Mt 28,20). Evangelizar es la gracia y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda".

 

102. Jesús nos pregunta también hoy a los católicos mexicanos: "¿Para ustedes quién soy yo?" (Mt.16,13-20; Mc 8, 27-30; Lc 9,18-21). La respuesta vital que damos a esta pregunta es lo que nos define en medio del mundo. La identidad cristiana consiste en reconocer a Jesucristo como Hijo de Dios hecho hombre y Salvador del universo, "centro del cosmos y de la historia". Significa también conocer "el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos" (Fil 3,10). El signo eficaz de su presencia resucitada es la comunión y el amor fraterno y solidario que nos da por medio de su Espíritu.

 

103. ¿Hasta dónde somos una Iglesia que da testimonio, con la vida y la palabra, de la Resurrección del Señor? ¿Cómo anunciar a Jesucristo a todas las personas en todos los ambientes donde se encuentran? ¿Cómo convertirnos a Él de todo corazón e invitar a una conversión permanente, personal, comunitaria y socialmente? ¿Cómo celebrarlo como la fuente y el culmen de toda nuestra vida y santificarnos en todo? ¿Cómo vivir su amor entre nosotros y entregar la vida por el prójimo a la manera que Él nos ha amado hasta la muerte? ¿Cómo descubrirlo en los rostros de todos, y servirlo especialmente en los más pobres?

 

2. RECONOCIMIENTO DE LA SITUACIÓN ACTUAL

 

Frutos positivos y esperanzadores

 

104. Estas interrogantes tienen que ver con el gran desafío contemporáneo de adquirir una completa y madura experiencia cristiana. Ecclesia in America nos da una respuesta integral al indicarnos que el encuentro con Jesucristo nos lleva necesariamente a la conversión, la comunión, la solidaridad y la misión; y que no hay verdadera experiencia cristiana, personal y comunitaria, que no implique todos esos aspectos.

 

105. Con gozo y agradecimiento a Dios, podemos afirmar que la mayoría de nuestro pueblo posee una fe en Cristo que es fruto de la primera evangelización y de una serie de experiencias y procesos de formación y maduración, cuya savia ha impregnado la vida, la cultura y las expresiones más características de nuestra identidad como nación. Entre las expresiones más comunes y arraigadas de esta fe se encuentra la "religiosidad popular".

 

106. También reconocemos con agradecimiento que, a través de diversos métodos de evangelización, es cada día mayor el número de católicos que participan en comunidades, institutos, iniciativas, movimientos y responsabilidades pastorales diversas. Para ellos, Jesucristo y su Evangelio ocupan un lugar central en su vida y significan una sólida esperanza para la nueva evangelización. Señalamos algunas de sus expresiones más significativas:

 

Múltiples formas de anunciar, celebrar y dar testimonio de Cristo en las diversas culturas y ambientes a través de experiencias parroquiales, comunitarias y asociativas.

Ricas expresiones de religiosidad popular a las que se suman devociones locales y nacionales en los diversos santuarios del país.

Experiencias evangelizadoras y de inculturación de la fe entre los indígenas y campesinos .

Institutos mexicanos de vida consagrada e institutos seculares que atraen a jóvenes a vivir en comunidad, a ser misioneros y a comprometerse en la obra evangelizadora de la Iglesia.

Movimientos, grupos y asociaciones laicales apostólicas: para el crecimiento en la vida espiritual, para la evangelización en general, para la formación juvenil, para el fortalecimiento de las familias y de los matrimonios, para la pastoral en ambientes rurales y urbanos.

Iniciativas en el mundo de la educación católica en todos los niveles y asociando solidariamente en la educación a sectores diversos de la población.

Nuevos métodos de evangelización para empresarios, profesionistas y obreros.

Iniciativas comunitarias populares que buscan vivir su fe y participar en procesos solidarios para transformar la realidad de la pobreza y de la marginación.

Asociaciones y organismos civiles de inspiración cristiana que buscan hacer presente, bajo su propia responsabilidad, la Doctrina Social de la Iglesia y los valores del Evangelio en nuestra sociedad.

Los problemas, las dificultades y las deficiencias actuales

 

107. Sin embargo, vemos con preocupación que muchos católicos mexicanos, habiendo recibido el don de la fe en el bautismo, carecen del sentido de encuentro permanente con Jesucristo vivo; no tienen una adecuada formación en la doctrina cristiana que les permita dar razón de su esperanza y anunciar el Evangelio; no participan de manera estable en la vida comunitaria y eclesial, y viven sin suficiente compromiso en la transformación de la sociedad, que es exigencia del seguimiento de Cristo.

 

108. Vivimos, además, una profunda y compleja transformación nacional e internacional que afecta la vida de fe de los miembros de la Iglesia. Los creyentes, como nunca antes, están sometidos a la influencia de innumerables propuestas de pensamiento y modelos de vida que, muchas veces, son indiferentes o contrarios a la visión cristiana de la vida y al sentido de pertenencia a la comunidad eclesial.

 

109. Por todo lo anterior, constatamos que:

 

En algunos ambientes, la fe vivida como tradición familiar y social, si bien contiene expresiones y valores humanos y cristianos, no llega a convertirse en una madura experiencia personal de encuentro con Jesucristo vivo, capaz de transformar la vida y llevar al compromiso social. A pesar de los valiosos esfuerzos de los últimos años, carecemos en algunas ocasiones de propuestas adecuadas de evangelización kerigmática acordes a las nuevas situaciones y ambientes.

Existe una falta generalizada de formación integral en la vida de fe, que ha llevado a asociar la vida cristiana con el cumplimiento de ciertos ritos, en particular con la asistencia a la misa dominical; a aceptar formas laicistas que identifican inconscientemente lo religioso con el culto privado, y en la dificultad creciente de comprender la dimensión social de la fe. Así, el divorcio entre la fe y la vida, se ha agravado, dando origen a una difícil situación que va desde la incapacidad de comprender y responder a la luz de la fe a las diversas realidades y propuestas que surgen en la sociedad contemporánea, hasta el abandono de la misma fe, incluso por el deseo de encontrar solución a problemas espirituales y morales diversos.

La situación de pobreza y la falta de oportunidades para el desarrollo orillan a numerosos mexicanos a dejar su tierra, su cultura y tradiciones, incluso a salir del país, con el subsiguiente desarraigo social, cultural y religioso. Sin embargo, dentro de estos difíciles procesos no faltan experiencias benéficas que incorporan nuevas formas de evangelización e inculturación del Evangelio.

Hay quienes, especialmente entre los jóvenes, han perdido el sentido mismo de la fe y no tienen ya la comprensión cristiana básica de la vida. Estamos en una etapa de fuerte búsqueda de sentido en la que aparecen tanto necesidades profundas de espiritualidad y trascendencia, como expresiones sincretistas neo-paganas de religiosidad, supersticiones, consulta a los astros, cultos esotéricos y hasta demoníacos.

3. PLANTEAMIENTO DE DESAFÍOS PASTORALES

 

Los desafíos a los que debemos responder

 

110. Los desafíos que esta realidad nos plantea y a los que nuestra conciencia y nuestro compromiso pastoral deben responder, son los siguientes:

 

Cómo atender prioritariamente a los católicos que necesitan descubrir la novedad del encuentro con Jesucristo, y madurar su fe de manera que profundicen en un encuentro permanente con Él, que es camino de conversión, comunión, solidaridad y misión.

Cómo fortalecer los espacios institucionales en los que estamos presentes y que requieren una renovación de métodos y expresiones y de sus propuestas evangelizadoras y catequéticas.

Cómo mejorar y compartir las formas evangelizadoras que están respondiendo favorablemente a la nueva evangelización.

Cómo desarrollar nuevas propuestas evangelizadoras y catequéticas que sean capaces de incidir en los diversos ambientes en los que se mueven la mayoría de las personas, sobre todo en las zonas urbanas.

111. Todos estos desafíos tienen que ver con la misión fundamental de la Iglesia de anunciar el Evangelio y formar en la fe a sus propios miembros. Se trata de que seamos una Iglesia permanentemente evangelizada y evangelizadora. Este es el momento oportuno para que hagamos una revisión de nuestros métodos y criteriosde la iniciación cristiana y de la formación integral y madura de la vida en Cristo como encuentro permanente con Él que nos mueve a la conversión, a la comunión con los hermanos, a la solidaridad y la misión en todas partes.

 

La atención prioritaria a los católicos

 

112. Es necesario atender prioritariamente a los católicos que necesitan descubrir la novedad del encuentro con Jesucristo y madurar su fe, de manera que profundicen en un encuentro permanente con Él como camino de conversión, comunión, solidaridad y misión.Se trata de fortalecer a los católicos como sujetos creyentes, conscientes, formados y responsables dentro de un camino de acompañamiento en la vida cristiana en la que los pastores ayudamos a:

 

Conocer, amar y servir a Jesús, novedad absoluta, como la fuente y culmen de toda la vida en todos los momentos y circunstancias. Para ello, es muy importante redescubrir el significado de la vida cristiana como experiencia sobrenatural bajo los impulsos del Espíritu Santo, como un camino de oración, de ascésis y de compromiso en la caridad.

Redescubrir la permanente necesidad de una respuesta personal madura y constante en la que los dones-virtudes de la fe, la esperanza y la caridad; y los dones-virtudes cardinales de la fortaleza, la justicia, la prudencia y la templanza, sean los principios de vida sobrenatural y humana que conducen a la santificación real en la vida ordinaria.

Acompañar los procesos de maduración en el compromiso cristiano, abriéndole al creyente espacios de participación en la vida parroquial y animándolo en su compromiso social mediante experiencias comunitarias significativas.

Favorecer actitudes de colaboración y corresponsabilidad en la propia formación para superar la pasividad que sirve de premisa a la inmadurez humana y cristiana. El católico debe ir formando su propio pensamiento y normando sus actitudes de acuerdo con su fe y sus responsabilidades temporales. Ello implica no sólo un proceso catequético básico, sino también una formación teológica general, y en la Doctrina Social de la Iglesia en lo particular.

113. Dentro de este mismo tema, es preciso considerar a la familia como primera escuela de la fe.El Papa Juan Pablo II ha hecho hincapié en que el desarrollo de la fe comienza en la familia, y que corresponde al padre y a la madre ser los primeros evangelizadores de sus hijos. Urge retomar el desafío pastoral que implica esta enseñanza fundamental de la familia entendida como iglesia doméstica, el primer espacio de formación de la persona como tal, la primera escuela de la vida, del trabajo y, por ende, comunidad insustituible en la capacidad de integrar naturalmente la fe con la vida.

 

Fortalecer los espacios institucionales

 

114. Es preciso fortalecer los espacios institucionales en los que estamos presentes y que requieren de renovación en sus métodos y en sus expresiones evangelizadoras y catequéticas. Es indispensable que, en los diversos ambientes en los que tenemos posibilidad de anunciar el Evangelio, revisemos:

 

El lugar que ocupa la Sagrada Escritura en la vida y formación de los fieles, ya que ella es sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual. Sin el alimento sólido de la Palabra de Dios, no puede haber madurez en la fe y, por tanto, vida cristiana.

Los métodos catequéticos parroquiales y la enseñanza de la religión y de la moral en las escuelas católicas y de inspiración cristiana. Debemos superar el reduccionismo que se vive en algunos ambientes y que se caracteriza por la identificación de la fe con ciertas ceremonias y con enseñanzas puramente humanas sobre los valores. Es preciso siempre partir de la experiencia del encuentro y del conocimiento de Jesucristo vivo a través del testimonio de quienes lo han encontrado para, así, educar en un estilo de vida de acuerdo a los valores específicos del Evangelio.

La liturgia como fuente de vida ya que su significado más original y auténtico comprende el culto divino (Cf. Hch 13, 2; Lc 1, 23), el anuncio del Evangelio (Cf. Rm 15, 16; Flp 2, 14-17.30) y la caridad operante (Cf. Rm 15, 27; 2 Co 9,12; Flp 2, 25), mostrándose así que es un servicio a Dios y a los hombres que nos introduce a la vida nueva de la comunidad.

La formación en los seminarios como propuesta cristiana integral que implica tanto la profundización en la propia experiencia espiritual, moral y humana de Cristo y la docilidad al Espíritu Santo, como la formación de todos esos aspectos, además de una sólida preparación intelectual, afectiva y comunitaria, capaz de responder a la cultura contemporánea de acuerdo a las enseñanzas recientes de la Iglesia.

La formación para la vida consagrada que, de acuerdo a las particularidades del carisma fundacional de cada comunidad, debe en todos los casos ser signo escatológico para la sociedad y para la Iglesia, así como mostrar un testimonio de comunión plena que permita a todos, tanto en los institutos de vida contemplativa como en los institutos de vida activa, colaborar en la evangelización y santificación del mundo.

En las universidades e instituciones donde se forman los jóvenes, además del testimonio que se exige a una comunidad universitaria que afirma fundarse en Cristo y en su Evangelio, deben ofrecerse diversos métodos para proponer, como intrínseca al conocimiento de la realidad, la comprensión cristiana de la misma, de manera que descubran cómo la fe en Cristo, no sólo no impide sino que abre la inteligencia a nuevos y amplios significados teológicos, filosóficos, antropológicos y sociales, en diálogo permanente con la ciencia y la técnica. Es importante que los jóvenes encuentren en dichas iniciativas, una fuerte motivación y formación para su compromiso cívico y social.

En las diversas experiencias de promoción humana es necesario revisar la relación que siempre debe existir entre éstas y la evangelización, de manera que, superando todo proselitismo, el servicio a las personas, especialmente a las más pobres, sea siempre expresión del amor de Cristo, que sirva para llevarlas al encuentro con el Señor resucitado.

Mejorar las propuestas de evangelización

 

115. Requerimos mejorar las propuestas de evangelización que buscan responder a los nuevos desafíos. En las diversas experiencias parroquiales, en las nuevas fundaciones apostólicas y en los movimientos, asociaciones y grupos católicos debe cuidarse la integralidad de la fe que incluye, necesariamente, el encuentro con Jesucristo, la conversión personal y social, el sentido de pertenencia y comunión eclesial, el compromiso misionero y la permanente solidaridad con todos, especialmente con los más pobres. Cualquier parcialidad u omisión, so pretexto del carisma o de la espiritualidad específica, no corresponde a la naturaleza de la nueva evangelización.

 

116. Los movimientos eclesiales poseen una enorme responsabilidad en el seno de la Iglesia. Contribuyen a la renovación eclesial ya que suelen reproponer los contenidos esenciales de la experiencia de la fe en ambientes diversos y con métodos nuevos. Sin embargo, es preciso que trabajen permanentemente en comunión con el obispo diocesano y con el presbiterio dentro del plan de pastoral.

 

Desarrollar nuevas propuestas evangelizadoras y catequéticas

 

117. Es necesario desarrollar nuevas propuestas evangelizadoras y catequéticas que sean capaces de incidir en los diversos ambientes en los que se mueven la mayoría de las personas, sobre todo en las zonas urbanas, para que puedan encontrarse con Jesucristo y su Evangelio a través de propuestas, lenguajes y referentes adecuados que faciliten su comprensión y transformación en vida.

 

Incidir en los medios de comunicación y en otros espacios de encuentro, a través de métodos informales de educación en la fe, que sean capaces de asumir, purificar y mejorar las tradiciones, la religiosidad popular, la cultura oral, simbólica, y los ambientes más comunes donde se mueven las personas.

Ampliar y hacer pedagógicos los métodos de formación en el Catecismo de la Iglesia Católica y en la Doctrina Social de la Iglesia para los diferentes ambientes y públicos.

Actitudes que necesitamos cambiar para una mejor formación

 

118. Los responsables de la vida de las comunidades estamos llamados a una conversión pastoral, dejando atrás mentalidades, actitudes y conductas que no favorecen el crecimiento en la fe y en la corresponsabilidad de los fieles laicos, hombres y mujeres, en la vida eclesial y en el compromiso social. Es frecuente encontrar falta de interés y apoyo proporcionándoles conocimientos que les sirvan en la formación de sus conciencias y en las tareas temporales.

 

Ecclesia in America invita a reconocer y promover la vocación y misión propia de los fieles laicos como miembros a pleno derecho del Cuerpo de Cristo y partícipes de su triple ministerio. Este reconocimiento es en la actualidad de tal importancia, que "la renovación de la Iglesia en América no será posible sin la presencia activa de los laicos. Por eso, en gran parte, recae en ellos la responsabilidad del futuro de la Iglesia".

 

El encuentro con Cristo conduce a la conversión

 

119. La conversión es fruto del encuentro y de la adhesión a Jesucristo, el Hijo de Dios, quien hace presente la misericordia del Padre, nos rescata de la esclavitud del pecado y de la muerte y nos hace volver a la vida de los hijos de Dios por medio de su Espíritu: "Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que grita: 'Abba', es decir, 'Padre'. De modo que ya no eres siervo, sino hijo, y como hijo, también heredero por gracia de Dios " (Gal 4, 6-7).

 

120. La conversión es un don que implica necesariamente un proceso personal de reencuentro y reconciliación con Dios, de reincorporación a la comunidad y de compromiso social, que lleva a la búsqueda del perdón a través del arrepentimiento sincero, el propósito de enmienda, el rechazo del mal y del desorden y orienta al rescate de los valores perdidos.

 

121. La adhesión a Cristo por medio de la fe, exige romper los lazos que nos esclavizan. Los apóstoles y quienes se han encontrado en verdad con Cristo, debieron dejar los apegos que les impedían vivir como hombres nuevos. Sólo el corazón libre puede adherirse y seguir a Cristo; necesita vivir la libertad de los Hijos de Dios: "Hoy los hombres desean sobremanera liberarse de la necesidad y del poder ajeno. Pero esta liberación comienza por la libertad interior, que ellos deben recuperar de cara a sus bienes y a sus poderes". Más aún, "Para ser libres nos ha liberado Cristo" (Gal 5, 1).

 

122. La conversión es también una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que "siendo santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación." Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del "corazón contrito" (Sal 51, 19), movido y atraído por la gracia (Cf. Jn 6, 44; 12, 32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (Cf. 1 Jn 4, 10).

 

123. La conversión personal también tiene dimensiones eclesiales que interpelan a todos los miembros de la Iglesia a una creciente "identificación con el estilo personal de Jesucristo, que nos lleva a la sencillez, a la pobreza, a la cercanía, a la carencia de ventajas, para que, como Él, sin colocar nuestra confianza en los medios humanos, saquemos, de la fuerza del Espíritu, y de la Palabra, toda la eficacia del Evangelio, permaneciendo primariamente abiertos a aquellos que están sumamente lejanos y excluidos".

 

124. Pero también el pecado personal tiene dimensiones sociales. Como miembros de la Iglesia, estamos llamados a reconocer y denunciar que todo lo que daña la dignidad humana, sus derechos fundamentales y, en general, a la creación, tiene como raíz última al pecado y ofende al Creador. Se trata de verdaderos "pecados sociales", que "manifiestan una profunda crisis debido a la pérdida del sentido de Dios y a la ausencia de los principios morales que deben regir la vida de todo hombre. Sin una referencia moral se cae en un afán ilimitado de riqueza y de poder, que ofusca toda visión evangélica de la realidad social".

 

125. Por lo tanto, los cristianos estamos llamados no sólo a una honestidad ética individual, sino a la búsqueda de una permanente conversión que lleva a cambios reales en nuestras relaciones sociales, políticas, económicas, culturales, de manera que transformemos este mundo a la luz del Reino de Dios y de sus bienaventuranzas.

 

SECCIÓN II

CÓMO VIVIR LA COMUNIÓN CON CRISTO

Y CON LOS HERMANOS A TRAVÉS DE UNA EXPERIENCIA ECLESIAL

MÁS PROFUNDA

 

1. CONTEMPLACIÓN A LA UZ DE LA FE

 

Vivir una eclesiología de comunión

 

126. El fruto de la muerte y Resurrección de Jesús y de la presencia impetuosa del Espíritu es la Iglesia, comunidad de los hermanos que anuncia, celebra y vive la comunión con Dios, Uno y Trino, para hacerla partícipe a toda la creación hasta el final de los tiempos en el que Dios será todo en todos. Por ello, en primer lugar, es necesario afirmar con Ecclesia in America, que:

 

«Ante un mundo roto y deseoso de unidad es necesario proclamar con gozo y fe firme que Dios es comunión, Padre, Hijo y Espíritu Santo, unidad en la distinción, el cual llama a todos los hombres a que participen de la misma comunión trinitaria. Es necesario proclamar que esta comunión es el proyecto magnífico de Dios [Padre]; que Jesucristo, que se ha hecho hombre, es el punto central de la misma comunión, y que el Espíritu Santo trabaja constantemente para crear la comunión y restaurarla cuando se hubiera roto. Es necesario proclamar que la Iglesia es signo e instrumento de la comunión querida por Dios, iniciada en el tiempo y dirigida a su perfección en la plenitud del ReinoÈ. La Iglesia es signo de comunión porque sus miembros, como sarmientos, participan de la misma vida de Cristo, la verdadera vid (Cf. Jn 15, 5). En efecto, por la comunión con Cristo, Cabeza del Cuerpo místico, entramos en comunión viva con todos los creyentes.

 

127. Vivir el don de la Iglesia como la comunión -koinonía- de los creyentes en Cristo "que tenían un solo corazón y una sola alma" (Hch 4,32), debe ser una prioridad pastoral permanente para nosotros. La Iglesia es y debe ser el espacio vital y natural en el que podamos encontrar, escuchar, celebrar, vivir y difundir integralmente el acontecimiento de Cristo en medio del mundo. La comunión es obra del Espíritu, pero también requiere de la participación y colaboración de todos para que, donde quiera que estemos y en todo lo que hagamos, contribuyamos a fortalecerla, superando hábitos adquiridos y criterios puramente territoriales o funcionales.

 

128. Esto implica la comprensión y vivencia del misterio de la Iglesia como edificación del único Cuerpo de Cristo, del cual somos miembros, cada uno con dones y carismas al servicio de todo el Cuerpo para su edificación en el amor (Cf. Ef. 4). El Apóstol siempre afirmó la primacía de la unidad y la caridad sobre los demás carismas (Cf. 1 Cor 13 y 14), pues aunque proceden del mismo Espíritu, son dones al servicio de la edificación del único Cuerpo de Cristo, el cual crece hacia su plenitud en el amor (Cf. Ef 4).

 

129. Elemento esencial de la Iglesia como comunión y como sacramento es su dimensión jerárquica. En la Iglesia existen diversos ministerios con unidad de misión. A los apóstoles y a sus sucesores Cristo les confirió la función de enseñar, santificar y gobernar en su propio nombre y con su autoridad.

 

130. Desde el comienzo de su ministerio, Jesucristo instituyó a los Doce. Elegidos juntos, también fueron enviados juntos y su unidad fraterna está al servicio de la comunión de todos los fieles. Por eso todo obispo, - sucesor de los apóstoles -, ejerce su ministerio en el seno del colegio episcopal, en comunión con el obispo de Roma, sucesor de San Pedro, jefe del colegio y fundamento visible de la unidad.

 

131. Los obispos han confiado legítimamente la función de su ministerio en diversos grados a diversos sujetos en la Iglesia. La función ministerial en grado subordinado fue encomendada a los presbíteros para que sean colaboradores necesarios del Orden episcopal. Por ello, los presbíteros deben ejercer su ministerio en el seno del presbiterio de la diócesis bajo la dirección de su obispo.

 

132. Los diáconos participan también de la dimensión jerárquica de la Iglesia ya que reciben, por la imposición de las manos, la gracia para realizar un servicio. El sacramento del Orden los marca con un sello que nadie puede hacer desaparecer y que los configura con Cristo servidor de todos.

 

Vivir el misterio de la Iglesia universal en la Iglesia particular

 

133. Toda la riqueza de este misterio de la Iglesia una, santa, católica y apostólica -expresión de la comunión trinitaria en la historia-, se hace presente en la Iglesia particular o diócesis; por tanto, el misterio de la comunión se vive en la iglesia particular. El que, como católicos, comprendamos y vivamos cada vez más el misterio de la Iglesia universal, en y a través de la comunión y participación con la Iglesia particular, deberá ser una labor prioritaria de los agentes de pastoral, en especial de nosotros los obispos.

 

134. En este sentido, la experiencia del misterio de la koinonía de la primera comunidad cristiana, que nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles (Cf. Hch 2 y 4), es y será siempre el modelo de vida cristiana al que estamos llamados todos aquellos que hemos encontrado a Jesús en el camino de la vida. En dicha comunidad se vivía permanentemente:

 

La dimensión profética, atenta a la escucha de la Palabra de Dios, a través de la enseñanza de los apóstoles.

La dimensión litúrgica y sacramental centrada en la fracción del Pan, la pascua de Cristo.

La dimensión social que se expresa en la caridad, vivida como comunicación cristiana de los bienes.

La dimensión misionera, obedeciendo el mandato del Señor resucitado.

135. Este será siempre el modelo inspirador y rector de la Iglesia que, vivido y compartido en fraternidad por el obispo, sucesor de los apóstoles, su presbiterio y los creyentes, forma la koinonía, la iglesia local o diócesis, la cual, a su vez, en la comunión con el Vicario de Cristo y los demás sucesores de los apóstoles, forman la Iglesia universal.

 

2. RECONOCIMIENTO DE LA SITUACIÓN ACTUAL

 

Nuestra realidad eclesial

 

136. La riqueza doctrinal del Concilio Ecuménico Vaticano II, ampliada en posteriores documentos del Magisterio y adaptada en las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano a la realidad de nuestros países, ha generado planes, proyectos, procesos y actividades pastorales de gran riqueza espiritual, según las necesidades y capacidades de cada Iglesia particular. Se ha hecho un esfuerzo enorme por poner en práctica las enseñanzas conciliares; gran número de diócesis del país cuentan con planes de pastoral y prácticamente todas tienen comisiones pastorales referidas a los tres ministerios fundamentales.

 

137. No es tarea fácil comprender y describir los inmensos valores que caracterizan a la Iglesia en México. Se trata de una realidad compleja que contiene logros pastorales importantes y esperanzadores pero, por otra parte, aspectos deficientes y preocupantes. Sin embargo, la variedad de modalidades locales y regionales constituye parte de la riqueza espiritual de la Iglesia en México y funge como aporte al continente americano y a la Iglesia universal. Su raíz la constituye el multiforme misterio de Cristo, presente a través de la buena semilla de la primera evangelización y de los procesos evangelizadores posteriores.

 

138. En contextos distintos, la Iglesia enfrenta de maneras diversas los desafíos pastorales. Algunas de estas respuestas se circunscriben a ciertas comunidades y diócesis. Sin embargo, también se perciben desafíos pastorales comunes de las Iglesias particulares a lo largo y ancho del país.T

 

139. odo esto constituye los retos y los frutos de una Iglesia viva, que hace suyos los gozos y las esperanzas, las preocupaciones y las angustias de sus hijos e hijas, comprometidos con el Evangelio y con las enseñanzas del Concilio Vaticano II y del Magisterio.

 

La pluriformidad y la diversidad: elementos constitutivos de la comunión eclesial

 

140. Vista en su conjunto, la Iglesia en México es una institución que posee credibilidad por su autoridad moral, su pensamiento y sus valores. Se percibe necesaria para el progreso de la nación, especialmente por su sentido de la vida y de la esperanza, por su amor a los pobres, por su capacidad educativa y por el testimonio heroico de sus miembros en muchos ambientes. De este modo podemos valorar mejor la relevancia y la responsabilidad de ser la Iglesia con mayor número de fieles en el país, y la segunda Nación con más católicos en el mundo.

 

141. La variedad y riqueza de experiencias pastorales de la Iglesia en México, nos lleva a la necesidad de reconocer un hecho actual que, aunque siempre ha existido, no se había señalado con suficiente claridad como constitutivo de nuestra identidad católica en México: somos una Iglesia unida, pero múltiple en sus modos de vivir y expresar la fe. Se trata de los matices que distinguen a las comunidades en el país y por tanto, de la riqueza de la diversidad que configura la unidad y la comunión, dimensiones esenciales del misterio de la Iglesia de Cristo (Cf. 1 Cor 12,1).

 

142. Esas legítimas diversidades, lejos de comprometer la unidad eclesial, la enriquecen y contribuyen de manera muy valiosa a la construcción de la unidad, que no es homogeneidad, sino constatación de que "la verdad es sinfónica". Este hecho es de difícil comprensión para quien desconoce la riqueza del misterio de Cristo.

 

"La universalidad de la Iglesia, de una parte, comporta la más sólida unidad y, de otra, una pluralidad y una diversificación, que no obstaculizan la unidad, sino que le confieren en cambio el carácter de «comunión». Esta pluralidad se refiere sea a la diversidad de ministerios, carismas, formas de vida y de apostolado dentro de cada Iglesia particular, sea a la diversidad de tradiciones litúrgicas y culturales entre las distintas Iglesias particulares."

 

Construir la comunión en la unidad y la diversidad a través de diversos ministerios

 

143. Como obispos, responsables en primer lugar de conservar la unidad con el vínculo de la verdad en la caridad, es necesario que nos empeñemos en fortalecer nuestra comunión y colegialidad episcopal y comprendamos "la necesidad (...) de aunar fuerzas, fruto del intercambio de prudencia y experiencia dentro de la Conferencia Episcopal", ya que los obispos "a menudo no pueden desempeñar su función adecuada y eficazmente si no realizan su trabajo de mutuo acuerdo y con mayor coordinación, en unión cada vez más estrecha con otros Obispos".

 

144. Para ello necesitamos fortalecer las instancias nacionales de la Conferencia del Episcopado y los servicios que éstas prestan a las diócesis y regiones pastorales. Las Comisiones episcopales son organismos al servicio de la Conferencia del Episcopado, de las regiones y de las diócesis, que alientan y acompañan el trabajo pastoral nacional en diversos temas de acuerdo a las necesidades pastorales. En los últimos años ha mejorado la estructuración de los servicios a través de dichas Comisiones episcopales, pero se requiere una mejor articulación y cohesión entre las mismas de acuerdo a criterios pastorales comunes y a una visión más orgánica, profesional y convergente.

 

145. Agradeciendo la incansable labor de los presbíteros, como colaboradores necesarios del obispo, les invitamos a descubrir más y más su sacerdocio como don ministerial para la Iglesia universal. En cualquier lugar donde se encuentren, deben procurar discernir los carismas y las cualidades de los fieles que puedan contribuir a la animación de la comunidad, escuchándolos y dialogando con ellos, para impulsar así su participación y corresponsabilidad. Ello favorecerá una mejor distribución de las tareas que les permita "consagrarse a lo que está más estrechamente conexo con el encuentro y el anuncio de Jesucristo, de modo que signifiquen mejor, en el seno de la comunidad, la presencia de Jesús que congrega a su pueblo".

 

146. Así mismo, la labor de los diáconos permanentes es sumamente valiosa ya que participan de manera especial en la misión y la gracia de Cristo-Servidor, auxiliando a los obispos y a los presbíteros en la celebración de los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía y en la distribución de la misma, asistiendo a la celebración del matrimonio y bendiciéndolo, proclamando el Evangelio y predicando, presidiendo las exequias y la oración de la Iglesia y entregándose a los diversos servicios de la caridad.

 

147. Nos alegramos por la generosa presencia entre nosotros de Institutos de vida consagrada, sobre todo de mujeres, muchos de ellos fundados en México; están al servicio de la evangelización en el país y en toda clase de tareas, ambientes, culturas y lugares, comprometidos en la educación en niveles básicos y universitarios; en comunidades de inserción entre los más pobres, uniendo la evangelización a la promoción humana; en parroquias y centros diversos de evangelización y difusión de la cultura; en hospitales; en los medios de comunicación; acompañando en la formación espiritual y profesional a personas comprometidas en el mundo de la economía y de la empresa; en el arte y en las humanidades.

 

148. Con gozo vemos incrementarse la participación de los fieles laicos en iniciativas propias de su vocación y misión. A nivel intraeclesial, hay una presencia creciente de movimientos, grupos y asociaciones laicales nacionales e internacionales que buscan servir a la evangelización de los fieles desde la experiencia personal de encuentro con Jesucristo, hasta la renovación de los matrimonios, la vida familiar y la vida comunitaria. Las mujeres destacan en este campo por su compromiso y entrega.

 

149. Respecto a su vocación y misión primordial de naturaleza secular, existen ya numerosas y variadas iniciativas organizadas civilmente que están buscando, bajo su propia responsabilidad, vivir y aplicar en los diferentes ambientes de la sociedad los principios y criterios de la Doctrina Social de la Iglesia. Esta conciencia y compromiso creciente del laicado mexicano, aunque es muy prometedor, "está todavía en sus inicios" y requiere de un número mayor de fieles laicos comprometidos. Ello será si se les ofrece una formación más profunda que les permita vivir más su identidad bautismal y conocer y aplicar a su medio el pensamiento social de la Iglesia.

 

150. Si logramos asumir, vivir y articular mejor esta pluriformidad eclesial como constitutiva de nuestra identidad, unidad y organicidad eclesial, contribuiremos a fortalecer y embellecer el rostro de la única Esposa de Cristo, nuestra Madre la Iglesia. De este modo, la nueva evangelización será más eficaz y la presencia cultural, social y solidaria de la comunidad católica será determinante en la construcción de esa nueva unidad que buscamos como nación y como continente.

 

Una Iglesia que crece en sus dimensiones americanas

 

151. Con lentitud y no sin dificultades, sobre todo por los enormes procesos migratorios de millones de mexicanos, hemos ido cayendo en la cuenta que la relación con el norte del continente no es algo circunscrito a razones de predominio político y económico. Gracias a la iniciativa del Papa Juan Pablo II de convocarnos a un Sínodo americano, hoy percibimos mejor que en el pasado que, más allá de los factores históricos, políticos, económicos y sociales, existe una verdadera y profunda unidad fruto de una fe común en Cristo. Esta fe común contiene un enorme potencial de crecimiento en la comunión y en la solidaridad. Jesucristo está vivo, presente en la historia de América para unirnos a todos fraternalmente en torno a Él, y la Iglesia está llamada a ser el signo sacramental de esa unidad.

 

152. En este sentido, nos alegra ver crecer las relaciones, propuestas e intercambios pastorales entre nuestras diócesis, en particular las que viven procesos migratorios, con las diócesis del norte del continente. Esta colaboración entraña un gran desafío en el que todavía tenemos mucho por aprender.

 

153. Ha sido una gracia y una satisfacción haber participado en todas las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, pues sus aportes y frutos a la nueva evangelización tanto a nivel local como universal están a la vista. Sin embargo, reconocemos que es necesario estrechar los lazos con las Iglesias de América del Norte y de América Latina para responder mejor al llamado del Papa Juan Pablo II a favor de la comunión episcopal y eclesial y al incremento de la cultura de la solidaridad.

 

154. Se trata de todo un programa de trabajo eclesial y solidario el que nos ofrece la Exhortación Ecclesia in America. Del encuentro con Jesucristo y de la conversión y comunión que de Él nacen, "deriva para las Iglesias particulares del Continente americano el deber de la recíproca solidaridad y de compartir sus dones espirituales y los bienes materiales con que Dios las ha bendecido, favoreciendo la disponibilidad de las personas para trabajar donde sea necesario. Partiendo del Evangelio se ha de promover una cultura de la solidaridad que incentive oportunas iniciativas de ayuda a los pobres y a los marginados, de modo especial a los refugiados, los cuales se ven forzados a dejar sus pueblos y tierras para huir de la violencia".

 

155. Esta amplia perspectiva eclesial implica revisar mentalidades, actitudes y conductas pastorales, y ampliar los horizontes según la medida del amor de Cristo, para trabajar de una forma más creativa y participativa, con todas las Iglesias en América. Este esfuerzo lleva necesariamente a la apertura al diálogo ecuménico con los que buscan sinceramente el bien de la humanidad.

 

Las dificultades más sobresalientes

 

156. Inercias: debemos reconocer que se perciben en algunas actividades ciertos tipos de estancamiento y cansancio que no corresponden a las exigencias de la hora presente y del magisterio conciliar. Perduran formas de celebración y de conducta que se inspiran más en temores e inercias arraigadas que en los desafíos reales o en el dinamismo de la nueva evangelización. La rutina pastoral debe ser superada con la apertura sincera al dinamismo del Espíritu y la fuerza creadora y transformadora de la Palabra de Dios.

 

157. Formación y atención a los presbíteros: una preocupación constante de los obispos es encontrar para sus sacerdotes la formación adecuada a la vida, espiritualidad y ministerio diocesano, e irlos introduciendo, pedagógicamente, en la pastoral parroquial. Existen problemas a causa de la edad, de la formación diferente y de circunstancias adversas que afectan su vida pastoral. Preocupa también en ocasiones su inadecuada distribución dentro del territorio diocesano, la urgencia de compartirlos generosamente con otras diócesis necesitadas y la dificultad para ofrecerles la tan deseada formación permanente.

 

158. Falta de unidad en los criterios pastorales: en ocasiones, se resiente la carencia de unidad de criterios pastorales fundamentales entre los diversos agentes para hacer más orgánico y articulado el trabajo pastoral, y se lesiona la comunión eclesial cuando se ignoran, duplican o ponen en competencia programas y actividades.

 

159. Clericalismo: existe todavía un fuerte clericalismo celoso de compartir responsabilidades con el laicado, e incluso rasgos de una cultura machista que discrimina de diversas formas el ejercicio de la vocación que asiste por derecho propio a las mujeres en la comunidad eclesial.

 

160. Necesidad de mayor integración entre vida consagrada y pastoral diocesana: la integración de los institutos de vida consagrada, femenina y masculina, en la vida pastoral de la diócesis, presenta algunas dificultades, sobre todo cuando son numerosos y su presencia es anterior a la organización diocesana. Se requiere una eclesiología renovada y fiel a la doctrina del Concilio Vaticano II que ayude a comprender, vivir e integrar la necesaria unidad pastoral que se origina en el obispo diocesano, con la variedad de carismas que enriquecen a la iglesia local y ayuden a construir la comunión eclesial mediante la caridad. La unidad y comunión con la Iglesia universal se expresa y vive en la participación en la vida de la Iglesia local. No basta la referencia pastoral al Papa si ésta no pasa por la comunión con el pastor diocesano.

 

161. Carencia de conciencia secular en los laicos: si bien la vida laical emerge con mayor claridad y fuerza por todas partes, los laicos siguen siendo vistos por muchos pastores como quienes están en la Iglesia más para ejecutar órdenes que como quienes han recibido una vocación y misión propias. El aprecio que nos merecen sus actividades hacia dentro de la Iglesia, no debe hacernos olvidar que su vocación es propiamente secular, es decir, orientada a la transformación de la sociedad.

 

162. Autosuficiencia o marginación de los movimientos: los movimientos laicales son un nuevo don del Espíritu y una riqueza para la nueva evangelización. Debe evitarse el riesgo de que vivan aislados y al margen de la vida eclesial y de los planes diocesanos, o que lleguen incluso a despreciar otras formas de vida cristiana y hasta la misma autoridad del párroco y del obispo. También existe el peligro de los movimientos eclesiales no se vean suficientemente atendidos por los pastores o sufran algún tipo de marginación a causa de la falta de valoración de su aporte como don del Espíritu.

 

163. Insuficiente articulación eclesial: la riqueza de expresiones para hacer presente el Evangelio en los múltiples ambientes del mosaico mexicano, no está suficientemente articulada en los diversos niveles de la vida eclesial y comunitaria. De aquí que la riqueza y la fuerza institucional de la Iglesia en México, no se traduce en una presencia cultural lo suficientemente significativa que sea capaz de incidir en aquellas actitudes, decisiones y conductas que más determinan nuestra vida. El riesgo de los caminos paralelos o dispares entre los agentes activos en la evangelización, es muy delicado y exige humildad y un gran esfuerzo de renovación y corrección.

 

164. Estructuras precarias de intercambio: muy unida a esta desarticulación interna se encuentra la precariedad de estructuras y mecanismos que favorezcan y faciliten los intercambios de agentes, la formación y respuesta conjunta por regiones o zonas pastorales, las diversas formas de ayuda entre iglesias con recursos suficientes y las que carecen de lo más elemental. Todos experimentamos la dificultad que tenemos de llevar a cabo a nivel nacional iniciativas más organizadas como respuesta a las diversas necesidades pastorales, de caridad ordinaria y de solidaridad en situaciones de emergencia.

 

165. Debilitamiento del sentido de comunión: entre los mexicanos, existe una conciencia más o menos clara de la institucionalidad de la Iglesia, sean creyentes o no. Sin embargo, tenemos que reconocer que se ha debilitado el sentido vital de la Iglesia particular como comunión que se hace presente en la comunidad profética, litúrgica y social. El compartir juntos la vida, la ayuda mutua y el servicio, en una palabra, el valor fundamental del amor cristiano entre los hermanos, no se perciben con suficiente claridad como el signo principal de credibilidad de acuerdo con las palabras de Jesús (Cf. Jn 13, 34-35).

 

166. Falta de una mayor conciencia y compromiso misioneros: finalmente, si bien todas las expresiones de vida eclesial que hemos descrito son un testimonio vivo del despertar del sentido misionero católico, tenemos que reconocer que todavía existe la mentalidad de que, misioneros son sólo aquellos que han sido enviados ad gentes, y que sólo nos toca orar por ellos y ayudar económicamente a su extraordinaria labor. No existe todavía una conciencia profunda y un compromiso arraigado de que todos los creyentes en Cristo, por naturaleza, somos misioneros enviados a anunciar y dar testimonio del Evangelio en todos los ambientes en los que nos encontramos.

 

3. PLANTEAMIENTO DE DESAFÍOS PASTORALES

 

167. Ecclesia in America nos ha ayudado a percibir con mayor claridad los cambios culturales que estamos viviendo los católicos, en particular la secularidad y el secularismo; cómo éstos afectan significativamente la fe y la experiencia religiosa y, la urgente necesidad que tenemos de anunciar e inculturar el Evangelio utilizando nuevos métodos, nuevas formas y nuevo ardor.

 

168. Las diócesis no son homogéneas, sino que están matizadas por etnias, culturas, ambientes que piden respuestas distintas y creatividad pastoral diferente. Entre las exigencias más significativas para nosotros, están:

 

Las comunidades y pueblos indígenas que, marginados en muchas ocasiones por las sociedades urbanas, buscan vivir su fe, reivindicar sus derechos, afirmar su identidad cultural y disfrutar de sus tierras.

Personas y comunidades que viven una cultura rural-semiurbana en la que la fe y las tradiciones católicas tienen todavía fuerte raigambre, con expresiones valiosas de religiosidad popular, pero que no han adquirido un sentido eclesial más profundo, incluso misionero y evangelizador, de manera que la fe se vive, sí, como una serie de tradiciones y celebraciones cíclicas, pero ya no es capaz de responder a los nuevos desafíos.

La mayoría de los católicos mexicanos viven en una cultura urbana, en la que las diversas informaciones y propuestas y, sobre todo, la permanente movilidad de la vida moderna, cuestionan los espacios tradicionales de pertenencia, vivencia y celebración de la fe.

La pérdida paulatina y hasta la destrucción sistemática del sentido comunitario de la vida, que comienza con la misma familia y abarca todas las demás dimensiones de la realidad social. La sociedad moderna enfatiza al individuo libre y solitario y a su capacidad ilimitada de consumo y búsqueda de satisfactores. En este contexto, la religión se torna una alternativa más dentro de las diferentes opciones que ofrece el mercado para satisfacer la búsqueda de sentido. Esta tendencia lleva muchas veces a intentar alcanzar una cierta relación con un Cristo que responda a las aspiraciones meramente subjetivas, sin tener relación con la Iglesia e incluso con el Evangelio.

169. Es preciso encaminar a todos estos hermanos y hermanas hacia un encuentro con la persona y el misterio de Cristo en todas las circunstancias de la vida moderna, a través de una experiencias de vida cristiana comunitaria que sea capaz de transformar su vida personal, familiar y social.

 

170. Necesitamos comprender los retos que nos plantea la cultura urbana y tecnologizada, a la luz de la Palabra, la Tradición, la teología y, con la ayuda de las diversas ciencias, mejorar nuestros modelos de pastoral urbana, a veces demasiado centralizados en los servicios y actividades en los templos.

 

171. Esta conciencia de la realidad acerca de dónde y cómo están nuestras hermanas y hermanos en la fe, nos llevará, necesariamente, a replantearnos los métodos de evangelización y, en su caso, a buscar nuevos caminos y nuevas expresiones. Especialmente, el percibir y conocer mejor nuestra realidad nos invita a salir en búsqueda de todos aquellos que, siendo católicos, por diversas razones se han ido distanciando de su comunidad, sobre todo de su parroquia.

 

La parroquia, lugar privilegiado de la experiencia concreta de la Iglesia

 

172. En preciso comprender la parroquia como la expresión concreta de la comunión que viven las personas que creen y esperan en Cristo, y el templo debe conservar su valor central y simbólico de casa común de la Asamblea cristiana; pero es necesario redescubrir su sentido misionero a nivel intraeclesial, como una de las mayores exigencias pastorales de la Iglesia en México, propiciando espacios y lugares accesibles de oración, meditación de la Palabra, encuentro y servicio fraterno. Sin esta red solidaria se seguirá acrecentando entre los fieles el vacío que suelen llenar grupos religiosos proselitistas.

 

173. Las parroquias insertas en comunidades rurales e indígenas poseen retos particulares que exigen una respuesta pastoral inculturada. Es necesario promover en ellas los métodos de evangelización que, anunciando integralmente a Cristo, permitan fortalecer los lazos fraternos la comunidad. Es necesario evitar la repetición mecánica de soluciones que, si bien pueden haber sido eficaces en el pasado, en el presente exigen renovarse para seguir prestando el servicio que deben.

 

174. De manera particular, hay que poner atención a los desafíos que tienen las parroquias urbanas "donde las dificultades son tan grandes que las estructuras pastorales normales resultan inadecuadas y las posibilidades de acción apostólica notablemente reducidas. No obstante, la institución parroquial conserva su importancia y se ha de mantener. Para lograr este objetivo hay que continuar la búsqueda de medios con los que la parroquia y sus estructuras pastorales lleguen a ser más eficaces en los espacios urbanos".

 

175. La parroquia, a pesar de todas las dificultades que presenta la vida moderna, "es un lugar privilegiado en que los fieles pueden tener una experiencia concreta de la Iglesia". Es absolutamente indispensable que llevemos a cabo una reflexión sobre la situación que viven las parroquias en nuestra nación y hagamos todo lo posible para que sean efectivamente la presencia comunitaria de Cristo más cercana a la casa y a la sociedad ("paroikía"); la comunidad de comunidades, que abraza y acompaña todas las legítimas expresiones de la vida cristiana y que anima a la formación de comunidades vivas y dinámicas. Se trata del llamado a una verdadera renovación "partiendo del principio fundamental de que la parroquia tiene que seguir siendo primariamente comunidad eucarística".

 

176. Todo esto implica revisar hasta dónde las parroquias son, para los miembros de la comunidad, espacios y lugares:

 

Proféticos de anuncio y denuncia evangélica, promotores y coordinadores de la iniciación cristiana, de la educación, formación y estudio de la fe y de la Doctrina Social de la Iglesia.

De celebración sacramental de todo el don de la vida y de la historia, centrados en el misterio de la Pascua del Señor, cuya fuente y culmen es la Eucaristía.

De testimonio de fraternidad cristiana donde el mundo puede descubrir el modo como nos amamos los que creemos en Cristo y como estamos abiertos y servimos solidariamente a todos, de manera especial a los más pobres, a través de iniciativas organizadas a la luz de la comunicación cristiana de los bienes.

Abiertos y promotores de la diversidad de carismas, servicios y ministerios e integradores de los institutos de vida consagrada y de los movimientos de apostolado ya existentes.

De escucha y discernimiento de los signos de los tiempos y con capacidad de comprender y responder a la diversidad socio-cultural de sus miembros.

Integrados a las estructuras, propuestas y proyectos pastorales diocesanos y a realidades más amplias de la vida eclesial.

177. Es importante señalar que las parroquias, al tiempo que poseen los elementos necesarios para hacer presente la salvación de Cristo a los fieles, son células del cuerpo eclesial diocesano; por tanto, deben estar unidas entre sí, con el presbiterio y con la cabeza, el obispo, su pastor. El plan pastoral parroquial debe reflejar, al mismo tiempo, la concretización del plan diocesano y la respuesta a las exigencias propias de la comunidad.

 

Otras expresiones fundamentales de la comunidad

 

178. Como lo habíamos expresado en las conferencias de Puebla y Santo Domingo, es urgente seguir profundizando en el don de la familia como primera comunidad humana y cristiana; en las comunidades vivas y dinámicas, y en los movimientos, asociaciones y grupos, como espacios privilegiados de evangelización, de comunión y participación, que hacen presente el misterio de Jesucristo a personas en los más diversos ambientes y circunstancias. Los animamos a continuar su labor, dentro del espíritu de comunión eclesial que hemos señalado.

 

179. Las comunidades eclesiales de base deben continuar viviendo una "decidida proyección universalista y misionera que les infunda un renovado dinamismo apostólico." Son células vivas de las parroquias que están llamadas a vivir como comunidades de fe, de culto y de amor, evitando siempre cualquier parcialización ideológica en el servicio que prestan a la sociedad y a la Iglesia.

 

Nuevas actitudes y conductas hacia algunos miembros de la Comunidad eclesial

 

180. Los fieles laicos: nos parece importante resaltar la necesidad de revisar las relaciones de los pastores con los fieles laicos al interior de la Iglesia porque, como lo mencionamos anteriormente, sin ellos no será posible la renovación de la Iglesia.

 

181. Queremos asumir lo que nos propone Ecclesia in America sobre los fieles laicos, profundizando más aquellos aspectos que tienen que ver con nuestra realidad mexicana, como la necesidad de superar el clericalismo, la falta de formación en la vocación secular y social de su fe, la creación de espacios de participación e incluso de decisión en los diferentes niveles de la vida comunitaria: "La Iglesia del Nuevo Milenio debe mostrar un rostro laical".

 

182. La mujer: también necesitamos revisar nuestras actitudes y conductas hacia las mujeres dentro de la Iglesia. Como nos lo ha recordado el Santo Padre en Ecclesia in America: "Merece una especial atención la vocación de la mujer (...) ya que el futuro de la nueva evangelización (...) es impensable sin una renovada aportación de las mujeres, especialmente de las mujeres consagradas por su aportación específica (...) al progreso de la humanidad".

 

Además, debemos profundizar en la antropología cristiana que afirma el misterio de la persona como imagen de Dios: varón y mujer y, por tanto, criaturas con igual dignidad y derechos, diversos en cualidades y riquezas y llamados a la santidad a través de la unidad complementaria en el amor y la vida.

Profundizar en el don de la mujer, en su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo a la luz de la Revelación, de la Tradición y del Magisterio, así como de la teología y experiencia en la historia de la Iglesia y de la sociedad.

Comprender mejor, dentro del don de la familia, la misión de la mujer como persona igual en dignidad y derechos que el varón; como esposa, compañera y madre, así como su particular forma de aportar y enriquecer, desde su diversidad, la vida familiar, de manera que se superen todas las formas de machismo, marginación y subyugación intrafamiliar.

 

SECCIÓN III

 

CÓMO VIVIR, COMO IGLESIA MISIONERA,

UNA APERTURA AL DIÁLOGO

ECUMÉNICO E INTERRELIGIOSO

Y AL DIÁLOGO Y SERVICIO EVANGÉLICO AL MUNDO,

ESPECIALMENTE A LOS MÁS POBRES

 

"Me ha sido dado todo poder

en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan

discípulos a todas las gentes

bautizándolas en el nombre del Padre

y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles

a guardar todo lo que yo les he mandado.

Y sepan que yo estoy con ustedes

todos los días hasta el fin del mundo."

Mt 28, 18b-20

 

1. CONTEMPLACIÓN A LA LUZ DE LA FE

 

Una Iglesia misionera

 

183. Los discípulos, que tuvieron la gracia de encontrarse con Jesucristo, "dejando inmediatamente las redes, la barca y a su padre", lo siguieron y recibieron la misión: "los haré pescadores de hombres" ( Mt 4, 21s). La misión prolonga el encuentro, autentifica la conversión, incrementa la comunión y hace efectiva la solidaridad con todos los hombres. Cristo, al final de su vida terrena, con toda la autoridad del Padre, envía a su Iglesia, allí constituida por los Once testigos de su Resurrección, a enseñar y consagrar a las gentes a la Santa Trinidad, prometiendo su presencia hasta el fin de los tiempos. Esta es la misión de la Iglesia: manifestar y hacer presente a Cristo vivo en el mundo de hoy.

 

184. La misión se constituye como tal al interior de la Trinidad Divina y se participa por medio de Jesucristo a todo el Pueblo de Dios. La naturaleza intrínsecamente misionera de la Iglesia brota del envío que Dios Padre hace de su Hijo para la salvación de la humanidad, que Él a su vez transmite a sus apóstoles con el soplo de su Espíritu y el mandato universal de ir a todas partes a llevar la Buena Nueva. Desde entonces el Espíritu Santo impulsa y acompaña a la Iglesia a testimoniar valientemente el Evangelio.

 

185. Desde sus inicios, la Iglesia lleva en su corazón el mandato misionero, consciente de ser depositaria y portadora de la salvación realizada por Jesucristo a favor de todos. Ni ella puede recusar su misión ni los hombres rechazar sin consecuencias su anuncio (Cf Mc 16, 16). La misión es obediencia a Dios. Por eso, la Iglesia requiere y exige la libertad religiosa para predicar el Evangelio, y los hombres la necesitan para responder con la fe. En esto la regla apostólica ha sido siempre "obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch 5, 29).

 

186. Los mexicanos católicos damos infinitas gracias a Dios por el don de la fe, recibida de los misioneros, fortalecida y anunciada sin descanso por los obispos, presbíteros, consagrados y consagradas, evangelizadores y catequistas, e inculturada por la presencia y mensaje de Santa María de Guadalupe. El don de la fe es compromiso evangelizador y misionero, porque la fe se fortalece dándola. La Iglesia en México asume este compromiso misionero y cada día quiere hacerlo con mayor eficacia y generosidad.

 

187. A la luz del Concilio Ecuménico Vaticano II, la dimensión misionera de la Iglesia se ha unido estrechamente a la del diálogo evangelizador. Superada una visión de la evangelización como mero adoctrinamiento, el diálogo se convierte en el medio más adecuado para hacer presente el Evangelio con actitudes, palabras y signos de encuentro. La Iglesia en México ha de dialogar con el mundo donde está sin ser de él. Debe hacerse "palabra", debe hacerse "mensaje", debe hacerse "coloquio". De este ejercicio de caridad brotarán nuevos desafíos y horizontes, nuevas oportunidades y espacios para la evangelización de la Nación.

 

2. RECONOCIMIENTO DE LA SITUACIÓN ACTUAL

 

La situación actual y los desafíos más urgentes

 

188. La actividad misionera de la Iglesia en el mundo "está aún en sus comienzos." No podemos caer en la tentación de pensar que los logros en materia de evangelización son suficientes como para detenernos en un momento donde sólo bastara "consolidar" o "proyectar". Tanto en el ámbito de quienes no han recibido la gracia del Bautismo, como en el ámbito de quienes ya participan de la comunión con Cristo y con su Iglesia, la tarea misionera posee un inmenso campo de compromiso y acción en la nación y en toda América.

 

189. En los espacios y ambientes donde la misión se ha detenido, encontramos, como causas principales, la disminución del sentido misionero como constitutivo de la experiencia cristiana; el indiferentismo religioso y el debilitamiento de la fe. A esto han contribuido las ideologías que sostienen que el ser humano se basta a sí mismo, la expulsión de la Iglesia de la vida pública y una lamentable automarginación surgida al interior de la propia Iglesia.

 

190. Dichos motivos nos invitan a que renovemos nuestro compromiso misionero, en la acepción más amplia del término, y vayamos a todos los ambientes a proponer y a afirmar que Jesucristo es el Salvador y Liberador de todo el hombre y de todos los hombres.

 

191. No debemos olvidar que la Iglesia en México ha sido siempre una comunidad misionera, en el sentido clásico del término. En esto habrá que crecer más. La Exhortación postsinodal Ecclesia in America propone un desafío misionero más amplio y completo al invitar a la recíproca solidaridad entre las Iglesias, a compartir toda clase de bienes espirituales y materiales y, también, a favorecer en nuestras Iglesias "la disponibilidad de personas para trabajar donde sea necesario".

 

3. PLANTEAMIENTO DE DESAFÍOS PASTORALES

 

Una Iglesia con propuesta ecuménica

 

192. El Concilio Ecuménico Vaticano II ha marcado la conciencia y el compromiso de todos los miembros de la Iglesia acerca de que la voluntad y oración de Jesús de que seamos uno como Él y el Padre son uno. Es una gracia que se busca en la oración incesante, pero, también, una tarea en la que debemos participar a través del diálogo, del estudio de la Sagrada Escritura, de la comprensión mutua de la historia y de la posible colaboración en expresiones que buscan el bien de los demás, especialmente de los más pobres.

 

193. Somos conscientes de que en México las relaciones entre los miembros de la Iglesia católica y los de otras iglesias evangélicas no han sido siempre fáciles. Es momento en que, distinguiendo con claridad las diferencias entre las iglesias evangélicas históricas y los grupos religiosos proselitistas y sectas, aprendamos a colaborar en el marco de un espíritu ecuménico adecuado.

 

194. Tanto la realidad de la presencia de las Iglesias evangélicas como el llamado del Papa Juan Pablo II en Ecclesia in America a construir la unidad del Continente partiendo de la fe común en Cristo Jesús, nos invitan a estudiar más a fondo la situación actual de las relaciones con las diversas iglesias y a buscar caminos de encuentro con Jesucristo que nos conduzcan a procesos de conversión, comunión y solidaridad.

 

195. Los grupos religiosos proselitistas y las sectas representan un problema para la evangelización debido a que los métodos coactivos que utilizan para ganar adeptos suprimen la libertad de la persona. Es preciso, por ello, que los católicos hagamos una revisión de nuestros propios métodos pastorales empleados, de modo que respetando siempre la libertad, formemos integralmente a nuestros hermanos en la fe en Jesucristo y los fortalezcamos en su capacidad de dar razón de la esperanza que afirman. Más aún, el Papa Juan Pablo II nos ha indicado que "para que la respuesta al desafío de las sectas sea eficaz, se requiere una adecuada coordinación de las iniciativas a nivel supradiocesano, con el objeto de realizar una cooperación mediante proyectos comunes que puedan dar mayores frutos".

 

Una Iglesia que contribuye a la construcción de la cultura

 

196. El Santo Padre Juan Pablo II ha enfatizado, desde el inicio de su ministerio pontificio, el nexo intrínseco que debe existir entre la fe y la cultura humana. El vínculo del Evangelio con el hombre es de suyo creador de cultura. La síntesis entre la cultura y la fe no es sólo una exigencia de la cultura sino también de la fe. Una fe que no se hace cultura, es una fe no plenamente acogida, no enteramente pensada, ni fielmente vivida.

 

197. La fe en Cristo, al mismo tiempo que trasciende la cultura, la penetra asumiéndola, purificándola y transformándola. En nuestra patria, la cultura ha estado vitalizada por el cristianismo. Esto es posible de constatar a través de innumerables signos entre los que destaca la religiosidad popular, el arte, el lenguaje, las costumbres y tradiciones que nos caracterizan tan profundamente. La fe católica ha formado el corazón del pueblo mexicano.

 

198. Sin embargo, desde mediados del siglo XIX la fe fue expulsada -a veces violentamente- de los espacios creadores de cultura. Más aún, en numerosos ambientes de nuestro país, se sembró la idea de que la propuesta cultural de origen cristiano era un signo contrario a la libertad, a la independencia y a la autonomía de la persona y de los pueblos.

 

199. El rechazo a la propuesta cultural de la fe se continuó con una suerte de automarginación de una gran parte del pueblo católico a ser presencia efectiva en medio del mundo a través de la cultura. En parte esto se debió a campañas sistemáticas de desprestigio contra la fe. Sin embargo, también se debió a que la comunidad eclesial perdió capacidad de hacer propuestas y ofrecer respuestas razonadas que le permitieran dialogar con el mundo de la cultura, que comenzó a construirse a partir del laicismo con premisas muchas veces adversas al cristianismo.

 

Una Iglesia que reconoce en el nuevo escenario una oportunidad para el anuncio de Jesucristo vivo

 

200. El nuevo escenario cultural que se nos ofrece a los creyentes en Cristo nos permite descubrir en la actualidad grandes oportunidades para hacer valer la riqueza de nuestra propuesta tanto por su originalidad como por su trascendencia. La fe que se incultura y la cultura que resulta evangelizada son dos dimensiones de una misma realidad: Cristo, que a través de la acción de sus miembros ofrece una espiritualidad encarnada, que transforma el entorno y lo vuelve más humano y abierto a la posibilidad de un encuentro con el Misterio de Dios.

 

201. Contrariamente a lo vaticinado por el racionalismo científico, la crisis de la razón materialista y autosuficiente despertó desbordante el sentido religioso intrínseco de la vida. Este es uno de los signos más claros de la crisis y fracaso de la modernidad inmanentista, que había puesto sus esperanzas en la propia capacidad humana de alcanzar la felicidad y el progreso a través de la técnica, la política y la economía, sin tener que recurrir a Dios e incluso contra Dios. Nos encontramos ante un desafío profundo que va más allá de situaciones inmediatas y alcanza el meollo mismo de la Revelación, del anuncio del Evangelio y del misterio de la persona.

 

202. Los mexicanos vivimos y nos enfrentamos a un pluralismo creciente de orden no sólo técnico, político o económico, sino cultural e incluso religioso que requiere nuestra atención.

 

203. En este contexto surgen nuevas propuestas que explicitan abiertamente el valor de lo religioso y ofrecen cosmovisiones que pretenden reorganizar la vida y responder a las necesidades espirituales y materiales con métodos y técnicas de muy variado valor. Mientras unas están contribuyendo a una búsqueda de renovación espiritual, otras ofrecen bienestar sin esfuerzo y a muy bajo costo, o incluso pervierten el mismo sentido religioso vaciándolo de significado.

 

204. Los riesgos que algunas de estas nuevas propuestas implican no sólo para la fe católica sino para la vida misma de la sociedad, exigen respuestas pastorales sabias y audaces que, rechazando los errores, presenten la riqueza existencial del cristianismo como acontecimiento que confiere sentido a la totalidad de la vida y genera actitudes de diálogo, de escucha y de colaboración con todos.

 

205. Es necesario que el verdadero humanismo cristiano cubra este vacío para evitar la proliferación de formas enfermizas de religiosidad. El sentido trascendente de la vida, el significado del gozo y del dolor, el deseo de superación de la muerte, la relación con la naturaleza, son realidades que necesitan una respuesta coherente y seria, como la que ha aportado el cristianismo a lo largo de los siglos.

 

206. Es deber de los pastores cuidar la fe de los hermanos y hermanas católicos y la dignidad y los derechos de todos ofreciéndoles propuestas significativas acerca de cómo vivir humana y cristianamente con alegría y osadía en medio del mundo. El testimonio de una fe vivida con gozo y empeñada en hacer el bien a los demás, es el mejor antídoto para evitar caer no sólo en la indiferencia religiosa sino en las diversas formas de apatía y nihilismo, hoy tan en boga.

 

207. En este contexto, muchos de los nuevos movimientos religiosos, más que un problema constituyen un desafío que exige que la cultura vivificada por el cristianismo pueda ofrecer una alternativa existencialmente válida y atractiva para los hombres y las mujeres de hoy. Es urgente que la evangelización de la cultura realmente culmine en una profunda inculturación del Evangelio que ofrezca referentes claros y elocuentes a las personas que buscan significado a su vida.

 

208. Un medio privilegiado para realizar tan urgente tarea es afirmar nuestra identidad a partir del Evangelio y asumir una actitud de diálogo y apertura permanentes. El conservadurismo que se cierra al diálogo y a abordar temas delicados o problemáticos, no es evangélico y atenta gravemente contra el mandato misionero.

 

Una Iglesia solidaria que sirve a todos

 

209. Ecclesia in America afirma que toda la Iglesia está llamada a promover, a partir del Evangelio, la construcción de una "cultura globalizada de la solidaridad" que haga presente, con el pensamiento y el testimonio de la vida, el amor de Cristo.

 

210. Construir dicha cultura implica para nuestras Iglesias particulares el deber de la recíproca solidaridad y de compartir nuestros dones espirituales y los bienes materiales con que Dios nos ha bendecido, favoreciendo la disponibilidad de las personas para trabajar donde sea necesario.

 

Una Iglesia que afirma la comunión y la solidaridad

 

211. A este respecto tenemos que reconocer que, si bien existen una gran cantidad de expresiones de pastoral social y de iniciativas sociales de parte de todos los miembros de la Iglesia, la falta de una adecuada articulación y organización interna nos impide potenciar mucho más nuestra capacidad de reflexión, de servicios y de respuestas organizadas que expresen ese testimonio de solidaridad intraeclesial.

 

212. Reconocemos también la dificultad que tenemos para organizar iniciativas diocesanas conjuntas con dimensión nacional, capaces de proponer a la comunidad eclesial y a todos los mexicanos valores sociales estables junto con el compromiso por la defensa de la dignidad de la persona humana, desde que es concebida hasta que el Señor la llame a su presencia.

 

213. Todo esto reclama de nosotros una verdadera conversión pastoral que nos conduzca a la más profunda comunión fraterna y solidaria.

 

214. Es tiempo de que los católicos mexicanos asumamos la propuesta del Papa de "rehabilitar" integralmente la caridad, superando una visión inmediatista y superficial, para comprenderla y vivirla como el Don-virtud teologal por excelencia, que Dios hace de sí mismo en Cristo al creyente por medio de su Espíritu para que la Trinidad habite en él.

 

215. También es tiempo de profundizar en la virtud de la caridad como el principio dinamizador de todo el ser y el quehacer de la Iglesia. La koinonía debe inspirar de múltiples formas la comunicación cristiana de los bienes debido a que la Iglesia es un Cuerpo orgánico y organizado en el que todos los miembros tienen una función, donde nadie es despreciable y todos participan en su edificación de acuerdo a los carismas y dones que han recibido (Cf. Rom 12; 1 Cor 11-13). Es precisamente la virtud de la caridad, como principio dinamizador, lo que hace que la comunidad eclesial comparta sus bienes y busque que nadie pase necesidad (Cf. Hch.2,42s; 4,32ss).

 

216. Para ello, se requieren iniciativas oportunas que sean capaces de abrazar en el amor de Cristo a las personas que viven dentro de las diversas formas de pobreza y marginación. Así mismo, se requiere la capacidad de articular proyectos para incidir con efectividad, tanto propositiva como críticamente, en los procesos fundamentales por los que atraviesa la vida de la sociedad incluyendo el ámbito internacional.

 

217. De ahí la urgencia öporque el amor de Cristo nos apremia-, de que nos empeñemos en la oración, el estudio y el compartir juntos, para que la pastoral de la caridad encuentre múltiples formas de expresión orgánica y organizada en todos los campos: desde la asistencia, pasando por la promoción, hasta la liberación integral y la aceptación fraterna.

 

218. En lo que se refiere a construir una comunión solidaria que trascienda nuestras fronteras, tenemos todavía que crecer. En relación a las iglesias del norte del continente queremos hacer mención especial de la enorme, compleja y muchas veces dramática realidad de diversos procesos migratorios -de mexicanos, de centro y sudamericanos e incluso de otros continentes-, que involucran a millones de seres humanos en busca de trabajo, con procesos de mejoría en muchos casos, pero también de desarraigo, marginación y hasta de muerte.

 

219. Hacia el cercano sur, se encuentran nuestros vecinos centroamericanos y caribeños, a quienes por deber de vecindad y cercanía tenemos que ayudar creativamente en muchos aspectos de nuestras tradicionales relaciones intereclesiales, superando los criterios puramente nacionales para potenciar la comunión y la solidaridad que nacen de la riqueza de la fe en Cristo Jesús.

 

220. Nos encontramos en un "año de gracia del Señor" (Lc 4, 19), invitación especial a asumir de múltiples formas la justicia jubilar que el Padre quiere derramar por todas partes. El Papa ha dicho a este respecto: "El compromiso por la justicia y por la paz en un mundo como el nuestro, marcado por tantos conflictos y por intolerables desigualdades sociales y económicas, es un aspecto sobresaliente de la preparación y celebración del jubileo".

 

221. Finalmente, para que dicha cultura de la solidaridad se consolide e impregne todos los ambientes, no podemos dejar de insistir en dos puntos fundamentales:

 

La formación de todos los agentes: obispos, sacerdotes, consagradas y consagrados y fieles laicos en la pastoral social y en la Doctrina Social de la Iglesia.

La misión imprescindible de los fieles laicos en la transformación de todas las realidades a la luz de Cristo:

"América necesita laicos cristianos que puedan asumir responsabilidades directivas en la sociedad. Es urgente formar hombres y mujeres capaces de actuar, según su propia vocación, en la vida pública, orientándola al bien común (...). Para ello es necesario que sean formados tanto en los principios y valores de la Doctrina Social de la Iglesia, como en nociones fundamentales de la teología del laicado. El conocimiento profundo de los principios éticos y de los valores morales cristianos les permitirá hacerse promotores en su ambiente, proclamándolos también ante la llamada neutralidad del Estado".

 

222. América no vivirá la cultura globalizada de la solidaridad sin fieles laicos maduros, llenos de Cristo, en proceso de conversión permanente, con una profunda vivencia de la comunión fraterna y solidaria, formados espiritual, doctrinal y moralmente a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, conscientes y comprometidos en la transformación de las realidades temporales como su vocación y misión propias. La formación integral del laicado es una de las prioridades fundamentales de la nueva evangelización.