CAPÍTULO II

LA EVANGELIZACIÓN DE LA CULTURA
EN EL MISTERIO DE CRISTO

Sentido de la Exposición

146 63. El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado (GS 22). Para nosotros la cultura tiene como fin humanizar más al hombre y, por ello, debe estar impregnada del Espíritu del Hombre Nuevo, Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre. "Él es la imagen de Dios invisible (Col 1, 15); es también el hombre perfecto que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina deformada por el primer pecado: en Él la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual.

147 El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre: trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre; nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado" (Cfr. Heb 4, 15) (GS 22).

148 "Cordero inocente, con la entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En Él Dios nos reconcilió consigo y con nosotros, y nos liberó de la esclavitud del diablo y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gál 2, 20); padeciendo por nosotros, nos dio ejemplo para seguir sus pasos y, además, abrió el camino en cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido." (Ib).

A- Encarnación

149 64. La Encarnación del Hijo de Dios, hecho el Hijo del hombre, es el modelo de toda inculturación. "Llegó la plenitud de los tiempos" (Gal 4, 4): Dios Padre envió al mundo a su Hijo Jesucristo, nuestro Señor verdadero Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos y verdadero Hombre, nacido de María la Virgen por obra del Espíritu Santo.

150 65. Por tanto, la inculturación es, en primer lugar, imitación de la encarnación del Verbo de Dios. El Concilio invita a los cristianos al testimonio de la vida y del diálogo, "a morar íntimamente con sus tradiciones nacionales y religiosas, y a descubrir con alegría y respeto las semillas del Verbo que se encuentran ocultas" (AG 11).

B- El Ministerio Evangelizador del Reino de Dios

151 66. Hacemos esta reflexión siguiendo de cerca la encíclica "Redemptoris Missio" (RM 13-14). Jesús de Nazaret lleva a cumplimiento el plan de Dios; después de recibir el bautismo manifiesta su vocación mesiánica: recorre Galilea proclamando "La Buena Nueva de Dios" y anuncia que "el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva" (Mc 1, 15; Mt 4, 17; Lc 4, 43).

152 67. La gente se interrogaba acerca de Jesús: "¿Qué significa esto? Un nuevo modo de enseñar..." (Mc 1, 27). La misión de Jesús es la de proclamar de ciudad en ciudad, mediante una predicación infatigable (Mt 9, 35-36), el mensaje del Reino de Dios, tan importante y absoluto que, ante él, todo es relativo y viene por añadidura (Mt 6, 33). Pero hay algo más: Jesús en persona es la "Buena Nueva"; existe en Cristo plena identidad entre mensajero y mensaje; proclama la "Buena Nueva" no sólo con lo que dice o hace, sino también con lo que es.
153 68. El Reino de Dios, aun siendo una realidad futura, no se aplaza hasta el final de los tiempos; se aproxima y comienza a cumplirse, la fe lo ve ya presente en múltiples signos.

154 69. El Reino que predica Jesús nos revela quién es Dios, sensible a las necesidades y sufrimientos de todo hombre; es un Padre amoroso y lleno de compasión que perdona y concede por amor las gracias pedidas.

155 Todo hombre es invitado a convertirse y a creer en el amor misericordioso de Dios, porque "Dios es Amor" (1 Jn 4, 8.16).

156 70. El Reino de Dios está destinado a todos los hombres; para subrayarlo, Jesús se acerca sobre todo a los que están al margen de la sociedad, dándoles su preferencia; anuncia el Reino a los pobres (Lc 4, 18); a las víctimas del rechazo les hace vivir una experiencia de liberación conviviendo con ellos, tratándolos como a iguales y amigos (Lc 5, 30; 7,34), y manifestando una inmensa ternura hacia los necesitados y pecadores (Lc 15, 1-32).

157 La salvación del Reino de Dios alcanza a la persona humana tanto en su dimensión física como espiritual.

158 71. El Reino de Dios tiende a transformar las relaciones humanas y se realiza progresivamente, a medida que los hombres aprenden a amarse, a perdonarse y a servirse mutuamente. Toda ley se resume en el mandamiento nuevo: "Que se amen los unos a los otros como yo los he amado" (Jn 15,12; 13,34).

159 72. El Reino de Dios interesa a todos: a las personas, a la sociedad, al mundo entero. Trabajar por el Reino quiere decir reconocer y favorecer el dinamismo divino que está presente en la historia humana y la transforma.

160 Construir el Reino de Dios significa trabajar por la liberación del mal en todas sus formas; sólo en esta perspectiva del ministerio evangelizador de Jesús comprenderemos el sentido de la evangelización de la cultura.

C- Pascua

161 73. "Cumpliendo el mandato recibido de su Padre, Jesús se entregó libremente a la muerte en la cruz, meta del camino de su existencia. El portador de la libertad y del gozo del Reino de Dios quiso ser víctima decisiva de la injusticia y del mal de este mundo. El dolor de la creación es asumido por el Crucificado que ofrece su vida en sacrificio por todos: sumo sacerdote que puede compartir nuestras debilidades, Víctima Pascual que nos redime de nuestros pecados, Hijo obediente que encarna ante la justicia salvadora de su <%-4>Padre el clamor de liberación y redención de todos los hombres" (DP 194).

162 "Por eso el Padre resucita a su Hijo de entre los muertos; lo exalta gloriosamente a su derecha; lo colma de la fuerza vivificante de su Espíritu; lo establece como cabeza de su Cuerpo que es la Iglesia; lo constituye Señor del mundo y de la historia: su resurrección es signo y prenda de la resurrección a la que todos estamos llamados y de la transformación final del universo" (Id. 195).

163 74. La Cruz de Cristo, signo de contradicción, siempre estará presente; por una parte para purificar y mortificar la cultura del evangelizador; por otra parte, esta purificación y mortificación se ejercen igualmente para la cultura evangelizada. La celebración de la Noche Pascual se convierte así en una denuncia valiente de los valores antihumanos que mancillan a las culturas. Y también la fe pascual es resurrección del hombre y su cultura.

D- Pentecostés

164 75. La evangelización de la cultura supone una Iglesia que vive en el Espíritu de Cristo: "Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el Reino del Padre y que han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia, por ello, se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia" (GS 1).

165 76. Esta Iglesia, animada por el Espíritu, se encarna, sirve, dialoga, se hace solidaria de todo lo humano, ama a los pobres, promueve la justicia y la dignidad de toda persona humana: es la Iglesia portadora de la Nueva Evangelización.

166 Para esta Iglesia evangelizar es dialogar con la cultura de los hombres a quienes evangeliza, y así discernir los valores en donde ya está presente el Señor Jesús, valores que pueden ser enriquecidos, purificados y perfeccionados con la fuerza del Evangelio.

167 Evangelizar la cultura, para la Iglesia fiel a Jesús, no significa dominar, controlar, sino aportar, inspirar y servir -mediante el diálogo- a la construcción de una nueva Ciudad, reflejo anticipado del Reino de Dios.

168 La Iglesia sirve al Reino de Dios mediante el anuncio que llama a la conversión, fundando comunidades y llevándolas a la madurez de la fe y de la caridad, difundiendo los valores evangélicos; en verdad las semillas del Reino pueden hallarse fuera de los confines de la Iglesia, pues el Espíritu sopla donde y como quiere (Jn 3, 8), (RM 20).

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