TODA LA IGLESIA ES EVANGELIZADORA (*)

(*) Notas utilizadas por el autor en su exposición.

664 Evangelizar... es la gracia y la vocación propia de la Iglesia, es su identidad más profunda... ella existe para evangelizar... (EN 14).

665 En efecto, todos los bautizados hemos recibido la misión, el encargo, la vocación, la responsabilidad de participar solidariamente en la misión de la Iglesia, porque por el bautismo que nos une en la Iglesia a Cristo, participamos de la misión de Cristo y de su triple función: sacerdotal, profética y regia. Esta misión se centra en "evangelizar". La Iglesia se santifica y se salva evangelizándose; evangelizando, santifica y salva a los demás.

666 La evangelización es un proceso que va del testimonio y el anuncio explícito de Cristo a la formación e inserción en una comunidad de creyentes que viven el Evangelio, meditan la Palabra y se santifican por los sacramentos, viven en la caridad y la esperanza cristiana y son impulsados por el Espíritu a ser fermento de nuevas comunidades.

667 a- Evangelizar es realizar en el mundo el proyecto de Dios Padre: la comunión plena con Él, por medio de Cristo en el Espíritu (Jn 3, 16-17; Rm 8, 28-30; Ef 1, 3-4; 1 Jn 1, 1-4); por la realización de este plan oró el Señor (Jn 17, 21-26).

668 Para realizar este proyecto el Padre envío a su Hijo: por la encarnación se hizo presente el Hijo en la historia humana y puso su morada entre nosotros (Jn 1, 11-14) y envío al Espíritu el día de Pentecostés (Hch 2, 14 ss). El Hijo realiza su misión en la historia humana de Jesús; su misión es la historia humana por la que anuncia y establece el Reino de Dios en el mundo: realizar el Reino es el proyecto de Dios Padre.

669 El Reino de Dios se realiza por la misión de su Hijo Jesucristo y del Espíritu. El Hijo envía a la Iglesia, la comunidad apostólica, los "doce" representantes del nuevo Pueblo de Dios a proseguir en el mundo su misión (Mt 28, 18-20) y actualiza esa misión mediante su Espíritu enviado a los suyos desde Pentecostés para que permanezca con ellos para siempre (Hch 1, 4-5; 7-8; Jn 14, 16-17).

670 Desde entonces son los protagonistas de la misión de Cristo y del Espíritu: Cristo, invisiblemente presente en su Iglesia por medio de su Espíritu, la anima y la mueve para realizar su propia misión precisamente a través de ella.

671 La Iglesia no sólo prolonga la misión histórica, visible, de Cristo, sino que es el instrumento que colabora consciente y libremente en la misión que actualmente realiza Cristo por el Espíritu.

672 La Iglesia no es el Reino de Dios: el Reino es el proyecto del Padre que realiza Cristo mediante el Espíritu en y por la Iglesia; ella está al servicio del Reino, es el signo, el fermento, el sacramento del Reino de Dios. El Reino es el dominio gratuito, sobrenatural, que Dios Padre ejerce sobre los hombres por medio del Espíritu, dominio salvífico, libremente aceptado por el hombre.

673 Este dominio de Dios Padre se manifiesta de múltiples maneras; su máxima manifestación fue la muerte y resurrección del Señor, Pentecostés y la segunda venida gloriosa del Señor . Pero donde quiera que se realiza el Evangelio, donde se ponen en práctica los valores del Evangelio, allí también se realiza el Reino de Dios.

674 Evangelizar es, así, realizar el proyecto de Dios Padre; por tanto, para la Iglesia, como instrumento del Hijo y del Espíritu, evangelizar es anunciar y establecer el Reino de Dios.

675 El proyecto de Dios es universal e integral: Dios quiere realizar su dominio salvador en todos los hombres de todos los tiempos y culturas, y en todo el hombre en todas sus dimensiones: en la vida individual y social y en todos los ámbitos de la vida humana.

676 Dios quiere que la historia humana sea salvífica, que los cambios en la historia se realicen según su proyecto, que la historia humana vaya siendo realización de su Reino. Esto es evangelizar la cultura y la sociedad humana.

677 b- Evangelizar es encarnar el evangelio en la cultura humana, es realizar la inserción de la Iglesia en la historia de los pueblos.

678 La Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios. Tanto el antiguo como el nuevo Pueblo de Dios es constituido como Pueblo de Dios por razón de ser elegido por Dios para la misión salvífica, por haberse ligado Dios a ese pueblo por las promesas y la alianza. Elección, promesas y alianza son acontecimientos constitutivos del Pueblo de Dios.

679 A diferencia del antiguo, el nuevo Pueblo de Dios está constituido por hombres de todos los pueblos de la tierra. Por el bautismo participamos de la elección, de las promesas y de la alianza nueva que constituyen al nuevo Pueblo de Dios.

680 El bautismo, sacramento de la fe, es el sello del Espíritu Santo con el que se sella para siempre la pertenencia al nuevo Pueblo de Dios (Ef 1, 13-14).

681 El nuevo Pueblo de Dios, inserto en la historia humana y en las culturas de los Pueblos de la tierra, es peregrino de la historia hacia el mundo futuro, hacia la plenitud del Reino de Dios, hacia el Reino escatológico.

682 Pero este Pueblo de Dios, no obstante su trascendencia derivada, está inserto en la historia humana; aunque no es el mundo, está en el mundo (Jn 17, 11-19); esto significa que realiza su misión en el interior del mundo y de su historia, en la conciencia, actitudes y conducta del hombre individual y en la conciencia colectiva de los hombres, en la mentalidad común y en los cambios de estructuras de la sociedad.

683 La inserción del Pueblo de Dios en el mundo exige que sus miembros estén comprometidos en ir construyendo la historia propia, junto con todos los miembros de los pueblos de la tierra.

684 A los creyentes, en cuanto miembros del nuevo Pueblo de Dios, guiados por el Evangelio, les compete buscar y proponer proyectos históricos, modelos de sociedad en los que sea posible vivir y se vivan efectivamente los valores del Evangelio: la libertad, la solidaridad, la fraternidad, la justicia y la caridad -en especial con los más desamparados y marginados-, la defensa de los derechos humanos, la austeridad y el desarrollo compartido, la responsabilidad y la laboriosidad, pero también la cruz y la pobreza evangélica, la oración y la religiosidad etc.

685 Esta historicidad de la Iglesia y del Evangelio contradice la postura liberal que postula la separación de fe y vida social, y la postura de un espiritualismo desencarnado que querría que la Iglesia no viviera en el mundo.

686 Evadirse de este mundo de los hombres y de la historia para confinarse a las regiones del Espíritu, encerrarse en los templos sin apertura al mundo secular, refugiarse exclusivamente en la búsqueda del más allá sin hacer que nuestra historia sea conducida a ese más allá, recluirse en la intimidad de la conciencia sin estar activamente presentes en la historia, sin comprometerse en los cambios sociales y políticos, sin aportar lo propio y original del Evangelio al progreso de la historia, es negar la realidad de la Iglesia como Pueblo de Dios, inserto en la historia de los pueblos de la tierra.

687 Además, el hecho de que la Iglesia sea el nuevo Pueblo de Dios exige su encarnación en todas las culturas de los pueblos de la tierra (LG 13).

688 Si el antiguo Pueblo de Dios estaba ligado a la historia y a la cultura de un pueblo -Israel-, el nuevo Pueblo de Dios se extiende en su universalidad a todas las culturas de todos los pueblos.

689 La presencia del Espíritu en la Iglesia es la fuerza que la impulsa a extenderse a todas las culturas, sin vincularse exclusivamente a una sola cerrándose a todas las demás; tal fue el resultado y significación profunda del Concilio de Jerusalén (Hch 15, 1-35). La vida cristiana puede, en efecto, realizarse auténticamente en todas las culturas; para ello se requiere todo lo valioso que se encuentre en ellas, que se eliminen o purifiquen los valores que aparecen como antievangélicos, y que todos los valores de las culturas sean elevados por la fuerza del Evangelio.

690 La inculturación del Evangelio no se realiza imponiendo a los hombres los valores evangélicos, sino presentándoselos para que ellos mismos, libremente, los asuman en sus culturas.

691 La Evangelización, misión de la Iglesia, es también la encarnación de los valores del Evangelio en las culturas de los hombres.

Cango. José de Jesús Herrera Aceves
Ciudad de México, Febrero de 1992

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