DIMENSIÓN ESPIRITUAL DEL SÍNODO

Preámbulo: Sentido y Contexto Eclesial del Sínodo

936 El Sínodo es un acontecimiento de fe: es el Señor que quiere manifestarse y actuar hoy, por su Espíritu, a través de nosotros, comunidad de Iglesia y porción de humanidad que, en cierta manera, Él mismo asume para prolongar su mediación salvadora y realizar el proyecto de amor del Padre en favor de los hombres y mujeres de nuestro tiempo en la Ciudad de México.

937 Por eso, el Sínodo es un acontecimiento eclesial extraordinario que involucra a cuantos formamos la comunidad de Iglesia que peregrina en este lugar. A quienes hemos sido convocados a este Sínodo por un don de Dios, este hecho nos compromete de manera particular a "caminar juntos" en la búsqueda de respuestas evangélicas a los "desafíos" que el mundo de la Ciudad de México plantea hoy a nuestra Iglesia.

938 Por tanto, no es una fría asamblea de estudio socio-religioso de la realidad arquidiocesana, ni un simple encuentro de técnicos pastoralistas convocados para trazar nuevos métodos y tácticas de trabajo apostólico; rebasa todo esto, aunque no lo excluye.

939 Somos una comunidad de cristianos creyentes en Jesús que queremos renovar nuestra fidelidad a Él y, con Él, la solidaridad salvífica para con todos los hermanos. Nuestra Iglesia en estado de Sínodo se sitúa dentro de la gran corriente de renovación de la Iglesia universal, renovación iniciada en el Concilio Vaticano II y continuada para nosotros en Medellín, en Puebla y, ahora, en el proceso de Santo Domingo.

940 Comprendido así y ubicado en este movimiento eclesial, el II Sínodo "podrá convertirse en un instrumento excepcional de renovación para la Arquidiócesis", llevando a cabo "una revitalización de nuestra tarea evangelizadora", a fin de lograr "que aparezca más claramente ante el mundo entero el rostro amable de Jesucristo" y así "construir una sociedad más justa, más humana y más cristiana" (Cfr. Convocatoria, 11 de Enero de 1992, pág. 3-5).

I- Abiertos y Disponibles al Espíritu

941 Desde las perspectivas anteriores, es fácil reconocer que el Sínodo es obra del Señor, por su Espíritu. Reconocemos también que la presencia y acción del Espíritu en la mente y el corazón de cada uno de los llamados por el Señor a este II Sínodo, tanto en las relaciones y diálogos entre todos, en los trabajos y actividades, como en la oración y la escucha de la Palabra de Dios, en la convivencia y en el descanso, es la garantía única del fruto verdadero que el Señor quiere y que nuestros hermanos esperan de esta solemne convocación sinodal.

942 La realidad aquí descrita entraña y exige, sin embargo, como una condición de base, para ser efectivos colaboradores de la obra del Señor en nuestra comunidad eclesial, "la buena disposición de cada uno de nosotros para caminar juntos en la realización del Sínodo diocesano" (Id.), conducidos por el Espíritu Santo.

943 Se trata, por lo tanto, de estar abiertos y disponibles a las múltiples presencias y mociones del Espíritu Santo, a fin de encontrar y seguir sus caminos. La manifestación de nuestra apertura al Espíritu es clara cuando nuestra conciencia es guiada por las luces o criterios del Evangelio y nuestros proyectos siguen fielmente los cauces de la obra de Jesús.

944 De aquí nacen las actitudes y disposiciones evangélicas que son la fuerza y el dinamismo interior que nos compromete en nuestro ser como personas y como comunidades, y orienta e impulsa nuestra actividad y nos lleva a luchar por la transformación de la realidad eclesial y social según el proyecto de Jesús, inspirados en el Evangelio.

945 Para nosotros es de singular importancia recurrir a la gran experiencia vivida por la Iglesia misma en todo el proceso conciliar, del cual pretendemos ser continuadores, para descubrir algunos criterios, actitudes y disposiciones que han sido "claves" en el movimiento de renovación eclesial generado por el Concilio, con la fuerza del Espíritu.

II- En Actitud de "Éxodo Pascual"

946 Es éste el necesario punto de partida y la condición permanente de todo proceso de renovación cristiana. Ante todo, significa para nosotros asumir, como lo hizo el Papa Juan XXIII al anunciar el Concilio, aquella actitud de profunda humildad y sinceridad que lo llevó a pronunciar, en medio del asombro del mundo entero, su "yo pecador", en nombre de toda la Iglesia, reconociendo con dolor que la historia concreta de los hombres, en muchas situaciones y lugares, se desarrollaba al margen del proyecto de amor del Padre y de los valores del Reino traído por Jesús y confiado a la Iglesia para su anuncio y difusión en el mundo. Y esto, a causa del oscurecimiento del genuino rostro de la Iglesia, en cuanto sacramento de la salvación de Jesús y de la fuerza del Espíritu en ella, con la consiguiente frustración de muchos hombres y mujeres que aún esperaban de la Iglesia una respuesta salvadora dentro de su vida y circunstancias.

947 Como sucedió al Papa Juan, el dejarnos interpelar por esta realidad -que es la nuestra- nos lleva también a experimentar la necesidad imperiosa de un cambio radical y de un "Nuevo Pentecostés" sobre nuestra Iglesia, que la haga reemprender el camino del Evangelio rompiendo ataduras, desprendiéndose de intereses y liberándose de lastres que le estorban en su fidelidad a Dios y a los hombres.

948 En este espíritu y con esta conciencia, nuestro Pastor ha convocado el II Sínodo arquidiocesano en continuidad con la trascendental convocación hecha en la Iglesia universal al Concilio Vaticano II, para propiciar la entrada de "aire fresco" en nuestra Iglesia -según la viva expresión de Juan XXIII- y provocar así la explosión de una primavera nueva, reviviendo la experiencia radical de la Pascua de Jesús, su misterio de muerte para la vida, a fin de lograr la transfiguración de la historia de nuestro pueblo en "historia de salvación".

III- Con una Conciencia Renovada de Iglesia

949 La audacia profética de Juan XXIII al confrontar a toda la Iglesia en su realidad existencial frente al Evangelio, tocaba fibras muy delicadas y sensibles de la vida y ministerio de la Iglesia, anquilosadas por el paso del tiempo en no pocas de sus estructuras, leyes, costumbres y formas de vida y apostolado que, más que venas vivificadoras del Cuerpo de la Iglesia, eran no rara vez reales obstáculos al dinamismo del Espíritu en ella.

950 Por eso lanzó el Concilio no sólo a la búsqueda de enmiendas de superficie, sino a la radicalidad del cambio de mentalidad, de actitud y de vida, exigido por la conciencia nueva de ser la Iglesia de Jesús, el Verbo Encarnado y enviado por el amor del Padre al mundo en solidaridad salvífica con los hombres, para implantar y hacer crecer el Reino dentro de la existencia terrena y de la historia humana y, como Iglesia peregrina, abierta a la plenitud gratuita y definitiva de la gloria: la Iglesia de Jesús, el Servidor, el Hermano y Amigo, Evangelio de la misericordia del Padre, portador de la fuerza del Espíritu y de la esperanza nueva y cierta para la liberación del hombre.

951 Jesús el Profeta de Dios que nos descubre las sendas de su proyecto salvífico en medio de las tinieblas y del pecado del mundo.

952 La Iglesia de Jesús, el Pastor y Sacerdote que va delante de sus ovejas y ofrenda su vida para que los hombres la tengan en abundancia y para reunirlos a todos en una sola y única familia de Dios, restituyéndoles su dignidad original de hijos, hermanos y herederos del Reino. Es ésta, en síntesis, la visión de Iglesia que se ha descorrido ante los ojos de nuestro corazón de cristianos en las jornadas que estamos celebrando.

953 Sintiéndonos afectados por la misma situación causada por las inercias humanas, necesitamos también nosotros dejarnos sacudir en nuestro Sínodo y en nuestra realidad arquidiocesana por el Espíritu del Vaticano II, y decidirnos a recorrer sus caminos de Pascua liberadora, como Iglesia de pecadores pero redimida por Cristo y habitada por el Espíritu, para transitar, con humilde generosidad y audaz confianza, de una Iglesia estática y rutinaria a una Iglesia en marcha, animada por el Espíritu que todo lo renueva y recrea; de una Iglesia alejada de las realidades del mundo, a una Iglesia encarnada y peregrina, preocupada por el hombre, con una conciencia crítica del mal y en marcha hacia el destino eterno de la humanidad; de una Iglesia de triunfalismos y conformismos a una Iglesia humilde y desinstalada; de una Iglesia individualista y de poder, a una Iglesia fraterna, de comunión, corresponsable y de servicio; en una palabra, de una Iglesia que ha desfigurado algunos rasgos de su verdadero rostro, a una Iglesia que sea un signo transparente, un sacramento vivo del mundo nuevo conquistado por Jesús.

IV- En Proceso de Discernimiento

954 El Papa Paulo VI, que recibió en herencia el Concilio en marcha, retomó como suya la interpelación de Juan XXIII a la Iglesia y, en un momento de duda y desconcierto de los Padres Conciliares acerca del rumbo del Concilio, lanzó con penetrante lucidez evangélica y con el vigor del Espíritu que discierne los secretos caminos de Dios, la urgente pregunta: "Iglesia ¿qué dices de ti misma?; ¿eres fiel a tu Señor y eres fiel al mundo amado por Dios, al que has sido enviada?; ¿sigues siendo verdadero sacramento de salvación?".

955 Ambos Pastores de la Iglesia universal, Juan XXIII y Paulo VI, la pusieron al descubierto ante el juicio de Dios, juicio de verdad, sabiduría y amor, que llega hasta las junturas del alma y del espíritu y descubre las secretas intenciones del corazón.

956 Desde entonces la Iglesia entró en "crisis" de purificación o discernimiento. Nosotros también ahora estamos en la actitud de dejarnos juzgar por el juicio de Dios y nos preguntamos ante él: ¿qué actitudes, situaciones o realidades necesitamos cambiar, renovar o crear de nuevo?; ¿por dónde nos quiere llevar el Señor para que su Evangelio de salvación traiga la novedad de vida a nuestro pueblo? Por este camino de discernimiento se ha adentrado nuestra Iglesia en todo el proceso sinodal.

957 El recurso a la Iglesia postconciliar nos ayuda a darnos cuenta de las actitudes profundas que han de contribuir en forma positiva al esclarecimiento de la verdad de nuestras vidas ante el Señor y que favorecen nuestra respuesta coherente y decidida a su voluntad; o las actitudes que, por el contrario, nos llevan a rechazar la luz y son tropiezo u obstáculo para seguir el rumbo de los designios de Dios.

V- Frente a las Tentaciones y Pruebas del Desierto

958 El camino por el que el Concilio introdujo a la Iglesia para su liberación pascual y la crisis suscitada en ella constituyen un profundo drama existencial muy bien representado en la espiritualidad del desierto, donde se pone a prueba -como el oro en el crisol- la fidelidad del pueblo a la alianza con el Señor y se pone en riesgo, por parte del pueblo, el destino final, la entrada a la tierra prometida, pero donde la fidelidad del Señor vence toda infidelidad del pueblo.

959 La situación de la Iglesia postconciliar es la de una peregrinación en búsqueda, en inseguridad humana, en riesgo y en lucha, pero, al mismo tiempo, en la certeza de la fidelidad del Señor. Por eso las pruebas y tentaciones que sufre pueden significar o bien un tropiezo y una claudicación dolorosa de su auténtica misión y hasta de su mismo ser, o bien pueden significar una oportunidad de purificación y autentificación de su verdadero rostro.

960 Merece la pena resaltar algunas tentaciones entre las que significan un retén más grande o, por el contrario, un impulso mayor para la renovación de la Iglesia; son el espejo en que podemos mirarnos.

961 1- Existe en muchos cristianos y comunidades, desde el anuncio del Concilio, un entusiasmo superficial hacia una renovación sólo externa, no comprometedora, como modificación de ritos, de hábitos o de algunas estructuras o funciones; por este camino nunca se llegará a responder al plan de Dios sobre la renovación.

962 En contraste, el Concilio pone el interés y la preocupación de la renovación, entre otros aspectos, en:
* tener a Cristo y al Evangelio como la verdad y el centro de la vida y del ministerio;
* hacer realmente una Iglesia servidora, de corresponsabilidad y comunión entre todos sus miembros;
* convertir la Iglesia en misionera, que vaya al encuentro de los hermanos, especialmente de los pobres, marginados y alejados;
* responder con la caridad de Cristo a las angustias y esperanzas del mundo, mediante una presencia evangelizadora encarnada;
* transformar las estructuras, leyes y funciones de la Iglesia en expresión y fuente de la caridad pastoral etc.

963 2- Existe el individualismo como tentación y actitud perniciosa y común que se manifiesta en:
* manejar protagonismos de prestigio y ambiciones personales;
* cerrarse en los propios criterios e intereses como norma única;
* no saber escuchar;
* intentar vivir con autosuficiencia, aun frente a Dios;
* aislarse de los demás y, con ello, romper la comunión;
* querer someter a los demás bajo los propios ritmos y tiempos;
* tomar las decisiones al margen de la comunión con la Iglesia;
* dar justificaciones falsas, envueltas en banderas ideológicas.
* contraponer siempre los propios proyectos a los proyectos de la comunidad, de la Iglesia y aun del mismo Evangelio y de Dios;

964 Dos actitudes extremas muy conocidas son:
* El "tradicionalismo conservador" toma la bandera de la tradición pero como rechazo al cambio, como máscara del pasivismo y del conformismo; toma como defensa la ortodoxia; pone resistencia a la desinstalación; tiene juicios siempre negativos sobre quienes piensan y actúan de modo diferente, especialmente sobre los así llamados "progresistas" .
* El "progresismo" toma la bandera del progreso y de la actualización pero como rechazo de la tradición, de los valores auténticos del pasado; busca lo nuevo por lo nuevo, sólo y todo lo nuevo, por intereses individuales; se presenta también como el único abanderado de la vida.

965 Estas formas de individualismo son un cáncer que carcome los grupos, las comunidades, la Arquidiócesis, la Iglesia; engendran partidos y divisiones que escandalizan, entorpecen o frenan todo proceso auténticamente renovador.

966 A manera de ejemplo:
* se "sataniza" la opción por los pobres o todo tipo de teología de la liberación y hasta la misma palabra "liberación", ignorando la Escritura, la Tradición y el Magisterio;
* se "sacralizan" algunas formas de opción por los pobres condenando o devaluando todo otro tipo de servicio evangelizador o de inserción en el mundo.

967 En contraste, según el Concilio, están los "profetas de Dios" quienes:
* se guían por el Espíritu de Dios;
* son desinteresados, comprometidos con el bien que Dios quiere para los demás;
* no exaltan su propia persona, no se guían por ambiciones o privilegios personales ni por ideologías;
* son verdaderos servidores de Dios y de sus hermanos;
* antes dan la vida que romper la comunión;
* son audaces, pero humildes.

968 3- El miedo al cambio, al riesgo, a lo nuevo, entraña:
* cobardía paralizante, esterilizadora;
* temor a quedar mal o perder posiciones;
* inseguridad por confiar sólo en las propias fuerzas; por eso no se abren caminos ni se asumen proyectos nuevos;
* angustia por el riesgo al desarraigo, a dejar privilegios, comodidades y lo que favorece los propios intereses;
* proyectos de la Iglesia puestos al propio servicio.

969 En contraste, el Concilio exhorta a:
* vivir la novedad creadora del mismo Espíritu con audacia y valentía;
* confiar en el Señor para que en la debilidad triunfe su fuerza;
* ponerse al servicio del proyecto de Dios en la Iglesia;
* vivir una tal prudencia que, en la realidad latinoamericana lleve el nombre y tenga la fuerza de la audacia, según expresión de Paulo VI, por urgencia de la caridad;
* seguir el camino de Jesús, de su Pascua que es pobreza, humildad, despojo, obediencia, radicalidad de la entrega hasta la muerte; por eso Dios lo exaltó...

970 4- La pereza es vacío de fe y amor, aliada inseparable del miedo o de la cobardía. La pereza significa:
* dejarse llevar por la rutina y el conformismo;
* ser funcionario sin espíritu;
* tener miedo al esfuerzo y a las renuncias;
* vivir y trabajar para sí, no para el Reino;
* aceptar teóricamente proyectos de renovación, pero dejándolos inoperantes.

971 En contraste, los discípulos y apóstoles de Jesús en la Iglesia son portadores del vigor del Espíritu, dispuestos a superar las pruebas y tentaciones, felices de sufrir -como los primeros Apóstoles- por el nombre de Cristo y aun de dar la propia vida como Jesús para que los demás la tengan en abundancia.

972 Conclusión: en la medida en que cedamos a estas tentaciones, el espíritu del mundo ahogará en nosotros y en nuestras comunidades de Iglesia el Espíritu de Dios, y la Iglesia será infiel al Señor y traicionará las esperanzas de sus hermanos. En la medida en que nos dejemos, en cambio, guiar por el Espíritu de Dios, estas tentaciones serán una oportunidad de purificación y de autentificación de nuestra vida y de nuestra misión de cristianos en las comunidades de Iglesia, con la consiguiente fecundidad apostólica.

VI- Arraigados en la Fe, en la Esperanza y en el Amor

973 1- Ser Iglesia de la Fe:
* tener los ojos fijos en Jesucristo, única Palabra de Verdad, expresada en su persona, en la Escritura, en la vida, en la experiencia y enseñanza de la Iglesia; verdad manifestada también en la oración personal y comunitaria;
* vivir, con este espíritu y bajo esta luz, a la escucha del Señor en los hermanos, especialmente en el diálogo eclesial, realizado en la verdad y el amor, para buscar juntos la voluntad del Señor;
* descubrir y discernir en la fe el designio de Dios en los signos de los tiempos, en las realidades positivas y negativas de nuestros mundo, para llevar respuestas de Evangelio a sus necesidades y aspiraciones.

974 2- Ser Iglesia de la Esperanza:
* contra toda desaliento, amargura o frustración;
* contra la autosuficiencia individualista, personal o comunitaria;
* contra la tentación de prescindir del Señor;
* contra todo miedo y pereza.

975 La verdadera esperanza, muy por el contrario, supone y exige:
* poner la confianza en el Señor, más allá de la esperanza humana y de las apariencias y constataciones inmediatas;
* creer y esperar en un Dios más grande que todos nuestros problemas, debilidades y miserias;
* arraigar nuestra esperanza en la Pascua de Jesús que va más allá de todos los desconciertos, manifestando en la cruz el triunfo supremo sobre la impotencia e inutilidad más radicales;
* abrir caminos y razones de esperanza a un mundo que se debate entre las falsas ilusiones y la frustración; de lo contrario, estamos de sobra en el mundo.

976 3- Ser Iglesia de la Caridad:
* tener una verdadera pasión de amor por el Reino y una solidaridad salvífica con el hombre, solidaridad encarnada en un compromiso vital por la dignidad, libertad, justicia, fraternidad y paz entre todos los hombres;
* vivir en disponibilidad total para secundar la voluntad del Señor;
* entrar en comunión de hermanos como primer gran signo y Evangelio de salvación, amándonos en nuestras diversidades, problemas y conflictos, desde el perdón hasta el gozo de la convivencia fraterna;
* crear caminos para ir al encuentro de los hermanos más necesitados, saber correr riesgos por ellos, como Cristo;
* hacer inseparable la comunión de personas y la participación de todos en responsabilidades y tareas comunes, desde la misma diversidad de vocaciones, carismas, funciones y capacidades que no habrán de ser barreras sino caminos para el amor;
* vivir de manera clara la corresponsabilidad, dentro de la comunión jerárquica, donde cada uno tiene su lugar y función, y donde la autoridad es don y servicio a la Iglesia para la unidad de la fe, de la vida y del amor, y para la eficacia del servicio al Reino de Dios.

977 4- En pocas palabras, ser Iglesia en constante estado de conversión:
* Iglesia abierta y disponible al Espíritu;
* Iglesia en actitud de "éxodo pascual";
* Iglesia que renueva y purifica la conciencia de sí misma;
* Iglesia en constante proceso de discernimiento;
* Iglesia que acrecienta su fidelidad en las tentaciones y las pruebas;
* Iglesia arraigada en la Fe, la Esperanza y el Amor.
Éstos son los trazos fuertes de la "Dimensión Espiritual del Sínodo".

R.P. Benedicto J. Gutiérrez Romo MSpS
Ciudad de México, Marzo de 1992

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