LA
EVANGELIZACIÓN DE LA CULTURA EN LA CIUDAD DE MÉXICO
Antecedentes
Históricos del II Sínodo
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1- El II Sínodo Arquidiocesano, cuyas asambleas se realizaron
en los meses de Mayo, Junio, Julio y Agosto de 1992 y se clausuraron
en Noviembre del mismo año, ha sido un don muy especial del Espíritu
a la Iglesia particular de México; ésta inició
con generosa participación el proceso de discernimiento de los
problemas pastorales y sus respuestas adecuadas desde que, como Pastor
de esta Arquidiócesis, juzgué oportuno anunciarlo en la
Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe el 14 de Enero
de 1989.
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2- A partir de la consulta hecha al Senado Presbiterial, desde la primera
etapa de preparación, fue aflorando un gran número de
inquietudes manifestadas por la comunidad diocesana para ser consideradas
y asumidas como elementos de la temática sinodal.
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3- Era necesario escuchar todas las voces provenientes de los distintos
sectores que actúan en la vida eclesial de la Ciudad; al mismo
tiempo era preciso compartir también las preocupaciones de la
Iglesia en sus dimensiones nacional, latino americana y universal.
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4- Iluminados por la insistente predicación su Santidad el Papa
Juan Pablo II, llegamos a definir el que sería tema central de
los trabajos sinodales: "Los Grandes Desafíos de la Ciudad
de México a la Nueva Evangelización de la Iglesia Particular
que está en Ella".
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5- Como centro de la esperanzadora intuición del Papa acerca
de la misión de la Iglesia en los tiempos actuales, aparece el
urgente compromiso pastoral de evangelizar la cultura para poder así
alcanzar, individual y colectivamente, la conciencia y la vida de los
hombres y de las mujeres de hoy: "En las Iglesias jóvenes,
donde grupos enteros de bautizados han perdido el sentido vivo de la
fe o incluso no se reconocen ya como miembros de la Iglesia, llevando
una existencia alejada de Cristo y de su Evangelio, es necesaria una
Nueva Evangelización"(RM 33).
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6- Este anhelo de la Iglesia -llegar al corazón humano por medio
de la evangelización de la cultura- había resonado en
varios documentos desde el Concilio Vaticano II; después, en
la exhortación apostólica "Evangelii Nuntiandi"
de su Santidad Paulo VI, se destaca que "la ruptura entre Evangelio
y cultura es, sin duda alguna, el drama de nuestro tiempo. De ahí
que se deben hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización
de la cultura o, más exactamente, de las culturas" (EN 20).
En efecto, "la Iglesia evangeliza cuando, por la sola fuerza divina
del Mensaje que proclama, trata de convertir al mismo tiempo la conciencia
personal y colectiva de los hombres, la actividad en que ellos están
comprometidos, su vida y ambientes concretos" (Id. 18).
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7- Así mismo, las Conferencias Generales del Episcopado Latino
Americano -Medellín y Puebla- han dado pasos acertados para concretizar
el significado de la Nueva Evangelización. Recientemente, en
forma muy directa, para celebrar en Octubre de 1992 el Quinto Centenario
del inicio de la evangelización del Continente Americano, la
IVª Conferencia General de Santo Domingo tuvo como tema de sus
reflexiones: "Nueva Evangelización, Promoción Humana,
Cultura Cristiana".
Evangelización
de la Cultura
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8- Cada grupo humano tiene una cultura propia que lo identifica y, en
cierto modo, lo distingue de los demás; esta cultura está
formada por un conjunto de elementos de muy variada significación
e importancia: lengua, historia, religión, tradiciones, entorno
físico-ambiental etc. Así entendida, la cultura condiciona,
transforma y proyecta las personas hacia la realización de un
estilo de vida en el conjunto de las relaciones sociales, económicas,
éticas, políticas, artísticas y demás.
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9- Bajo esta consideración, más que de una cultura, necesitamos
referirnos a una diversidad de culturas de los habitantes de la Ciudad
de México, tan rica y disímbola en valores, tan abrumada
y amenazada también por problemas de índole muy diversa.
Tres
Aspectos de la Cultura
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10- Como el modo particular con que un pueblo cultiva su relación
con la naturaleza, entre sus miembros y con Dios; esta actividad es
la respuesta a la vocación recibida de Dios que les pide a sus
hijos perfeccionar toda la creación y en ella sus propias capacidades
y cualidades; la cultura tiene como finalidad la plena madurez humana,
espiritual y moral del género humano (Cf. GS 53, 55, 59; DP 391).
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11- Como el proceso histórico y social que brota de la actividad
creadora del hombre que nace en un medio determinado que lo enriquece
y lo condiciona; es decir, la actitud humana no ha de ser meramente
pasiva, sólo para recibir, sino creativa y transformadora para
poder trasmitir y perfeccionar sus valores (Cf. Id. 392-399).
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12- Como "la totalidad de la vida de un pueblo o el conjunto de
valores que lo animan y de antivalores que lo debilitan y, que al ser
participados en común por sus miembros, los reúnen en
base a una misma 'conciencia colectiva'. La cultura comprende, asimismo,
las formas a través de las cuales aquellos valores o antivalores
se expresan y configuran, es decir, las costumbres, la lengua, las instituciones
y estructuras de convivencia social" (Id. 387).
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13- Así pues, para llegar al aspecto fundamental de la cultura
de un pueblo o de un grupo humano -conciencia colectiva- habrá
de propiciarse el cambio de los aspectos manifestativos de la misma
cultura, especialmente las pautas de conducta y los modelos de vida.
Es decir, para inculturar el Evangelio no basta con anunciarlo, sino
que se requiere también la práctica de los valores evangélicos
por parte no sólo de los Agentes evangelizadores sino también
de comunidades cristianas que vivan trasformadas por la fuerza del Evangelio:
"La inculturación del Evangelio es un proceso profundo y
global que abarca tanto el mensaje cristiano como la reflexión
y la praxis de la Iglesia" (RM 52).
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14- Toda actividad de evangelización debe siempre estar referida
a la cultura tanto de los individuos como de los grupos humanos concretos
que son los llamados "Destinatarios" de la evangelización;
también los "Agentes" de la evangelización tienen
su propia cultura: de allí que la evangelización se hace
necesariamente desde una cultura y para una cultura.
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15- "El proceso de inserción de la Iglesia en las culturas
de los pueblos requiere largo tiempo: no se trata de una mera adaptación
externa, ya que la inculturación significa una íntima
transformación de los auténticos valores culturales mediante
su integración en el cristianismo y la radicación de éste
en las diversas culturas" (Ib.).
4201 16- De parte de los evangelizadores, la evangelización de
la cultura como propósito pastoral implica, en primer lugar,
una actitud de encarnación, de capacidad de sentir con los demás,
de solidarizarse y hacerse uno de ellos, de descubrir todo lo noble
y bueno que hay en sus vidas para engrandecerlos y proyectarlos en su
crecer hacia Cristo: "Se trata también de alcanzar y trasformar
los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés,
las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos
de vida que en esta Ciudad están en contraste con la Palabra
de Dios y con su designio de salvación" (Edicto Nº
5; Cf. EN 19).
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17- Es necesario superar el fenómeno de los grupos humanos que
se acercan a otras culturas sin verdaderamente integrarse y que, tal
vez perdiendo su identidad y sus propios valores, quedan sin definición
cultural o acaban finalmente por desaparecer.
Evangelización
de la "Megalópolis"
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18- En América Latina las grandes ciudades son como "matrices"
o formadoras de la cultura dentro de un violento proceso de urbanización;
en la ciudad, en efecto, se cambian las formas de convivencia, de relación,
de estilo de vida y hasta de valoración y conocimiento de la
realidad.
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19- Todos los problemas humanos se agrandan y se van complicando principalmente
en las grandes urbes llamadas, por eso, "megalópolis",
en donde el enorme número de habitantes y la concentración
de asuntos, recursos e intereses, agravan la situación de relación
y convivencia, en contra especialmente de los más débiles
y necesitados; por todo ello, dice el Papa Juan Pablo II, las grandes
ciudades son lugares privilegiados para la misión de la Iglesia
(Cf. RM 37).
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20- La Ciudad de México ha sido, desde sus inicios, un punto
de concentración de pobladores provenientes de regiones incluso
muy distantes; la inmigración urbana, y su consiguiente importación
de culturas y sus problemas, ha hecho de esta Ciudad un típico
mosaico de costumbres, tradiciones y formas de vivir propias de una
población no del todo integrada todavía. Todo esto se
agrava con el conocido fenómeno del centralismo principalmente
político, económico y de los medios de comunicación;
son también aspectos negativos en la Ciudad la masificación,
el consiguiente anonimato de las personas, la inseguridad y la agresividad,
las múltiples formas de violencia, el hacinamiento y otras situaciones
que dificultan la vida de la fe y que son, a la vez, signos de descristianización.
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21- La Ciudad, sin embargo, presenta, muchos datos positivos en medio
de su pluralismo cultural en orden a la mayor posibilidad de encontrar
bienestar: trabajo, escuelas, servicios, garantías de salud,
diversiones, medios de desarrollo espiritual, conocimientos técnicos,
deportes, información, medios de comunicación.
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22- En la Ciudad hay también mayores oportunidades de cultivo
de la espiritualidad y del apostolado para quienes desean crecer y profundizar
en su fe, por la mayor proximidad de las Parroquias, templos y centros
de evangelización, así como por la variedad de instituciones
y agrupaciones que propician, en muchísimos grupos y con recursos
de muy diversa índole, la vida de los católicos, sus obras
e iniciativas. Ante esta realidad urbana es oportuno considerar las
palabras del Papa Paulo VI en su carta "Octogesima Adveniens":
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23- "Urge reconstruir, a escala de calle, de barrio o de gran conjunto,
el tejido social dentro del cual el hombre pueda dar satisfacción
a las exigencias justas de su personalidad". "Hay que crear
o fomentar centros de interés y de cultura a nivel de comunidades
y de Parroquias, en sus diversas formas de asociación, círculos
recreativos, lugares de reunión, encuentros espirituales, eventos
comunitarios, donde cada uno, escapando al aislamiento de las multitudes,
podrá crearse nuevamente relaciones fraternales".
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24- "Tarea en que deben participar los cristianos es construir
la Ciudad como lugar adecuado de existencia de los hombres y de sus
extensas comunidades, crear nuevos modos de proximidad y de relaciones,
percibir una aplicación original de la justicia social, tomar
a cargo este futuro colectivo que se anuncia muy difícil. A tantos
hombres amontonados en la promiscuidad urbana que se hace intolerable,
hay que darles un mensaje de esperanza por medio de una fraternidad
vivida y de formas concretas de justicia" (OA 11).
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25- La evangelización de la cultura supone, entre nosotros, el
asumir ese fenómeno de la gran Ciudad -"megalópolis"-
con todas las características negativas y positivas antes señaladas,
sin descuidar los demás aspectos de los grupos humanos que, aunque
forman parte de la Ciudad, conservan características de sus culturas
originales.
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26- La pastoral urbana exige, por tanto, que la pluralidad cultural,
propia de la Ciudad, sea asumida desde la perspectiva de una evangelización
encarnada, capaz de revisar todos sus métodos, formas y expresiones
acostumbradas hasta ahora, para responder precisamente a las múltiples
y variadas necesidades de los grupos, su vida y ambientes: barrios,
pueblos originarios, vecindades, condominios, colonias de clase media,
zonas residenciales, ciudades perdidas y otros tipos de realidad de
la compleja convivencia citadina como son el ambulantaje, la población
flotante, los trabajadores eventuales, los subempleados y desempleados,
los niños de la calle, la delincuencia juvenil, la anticultura
del consumismo, la pobreza extrema etc.
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27- Así pues, es urgente que la acción evangelizadora
en la Ciudad de México responda a las exigencias de una verdadera
pastoral urbana encarnada en la mencionada pluralidad de culturas, para
que el Evangelio sea sal y levadura en el mundo. Esto reclama "una
pastoral diferenciada" (Edicto Nº 54), "a fin de que
la Buena Nueva llegue a los ambientes y en ellos forje hombres nuevos"
(Id. Nº 4). Se debe tener presente, por otra parte, que "no
puede haber Nueva Evangelización sin proyección hacia
el mundo no cristiano, pues -como anota el Papa- la Nueva Evangelización
de los pueblos cristianos hallará inspiración y apoyo
en el compromiso por la misión universal [Cf. RM 2]" (SD
125).
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28- Durante la preparación y las sesiones propiamente sinodales
tuvimos en cuenta ya esta pluralidad cultural de la que hemos hablado;
toca ahora seguir descubriendo mejor todos sus elementos constitutivos
para que nuestra acción evangelizadora sea más real.
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29- De manera especial exhorto a los responsables de la pastoral parroquial
y a sus colaboradores a que tomen muy en cuenta las directrices que
en este asunto nos propone el Documento de Santo Domingo:
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30- "La Iglesia en la Ciudad debe reorganizar sus estructuras pastorales.
La Parroquia urbana debe estar más abierta, ser más flexible
y misionera, que permita una acción interparroquial y supraparroquial.
Además, la estructura de la Ciudad exige una pastoral especialmente
pensada para esa realidad" (Id. 257).
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31- Será muy valioso escuchar, a este respecto, la voz de Laicos,
grupos de expertos, universidades, dependencias oficiales y otros organismos
interesados en el conocimiento y en la solución de los problemas
humanos y sociales propios de las grandes ciudades.
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32- Cada Parroquia revise su estructura actual y sus servicios pastorales
para ver en qué medida corresponden a las necesidades que vive,
y pueda así determinar los cambios convenientes para ser fiel
a su misión.
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33- "Trabajar por el Reino de Dios significa reconocer y favorecer
el dinamismo divino que está presente en la historia humana y
la transforma, buscando la liberación del mal en todas sus formas
y consecuencias; el Reino de Dios es la clara manifestación y
la realización de su designio de salvación en toda su
plenitud. No es un concepto, una doctrina o un programa sujeto a libre
elaboración, sino que es, ante todo, una persona que tiene el
rostro y el nombre de Jesús de Nazareth, imagen de Dios invisible"
(RM 15 y 18).