UNA
IGLESIA MÁS CONTEMPLATIVA,
MÁS SANTA, MÁS MISIONERA
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El
mensaje del Papa para el día de las misiones subraya la
necesidad de una Iglesia más contemplativa, santa y misionera.
Una Iglesia misionera tiene que entenderse como "una Iglesia
que narra y testimonia a Cristo", algo que no es exclusivo
de los católicos, sino que forma parte de la identidad
de todos los cristianos.
"El
secreto de la misión es trabajar, fijar la mirada en María
y rezar con el Rosario". En esta perspectiva, el Santo Padre
ha querido indicar la "Oración del Rosario" como
tema de reflexión para la Jornada Mundial de Misiones.
La propuesta se integra, por tanto, en el itinerario querido del
Papa para vivir la devoción del Rosario: "un año
que se debe vivir bajo la mirada de María, la cual, según
el misterioso designio divino, con su "sí" hizo
posible la salvación de la humanidad". |
La
Jornada Mundial de Misiones podrá imprimir un impulso más
generoso a este empeño de oración de la Comunidad eclesial.
Los
objetivos, indicados por el Mensaje del Papa, son tres: "una Iglesia
más contemplativa", "una Iglesia más santa",
"una Iglesia más misionera", siempre acompañada
por la Virgen Santísima, Estrella de la nueva evangelización,
aurora luminosa y guía segura de nuestro camino (Mensaje, n.
1).
1.
Contemplación.
La recitación cotidiana del Rosario abre y hace prácticables
a los heraldos del Evangelio los caminos de la Misión. De hecho,
el Rosario no es sino una peregrinación, sobre los caminos de
lasalvación, de la mano de María Santísima, para
contemplar, con los ojos de creyente, el verdadero rostro de Cristo.
María se ofrece como misionera, y se hace "narradora"
del Evangelio de Jesucristo, a partir de la singular experiencia de
Dios que Ella ha tenido la aventura de vivir, como mujer de fe y como
Madre de Dios.
2.
Santidad.
María Santísima es un auténtico modelo" de
fe. En Ella, efectivamente, no sólo las palabras del Evangelio
han encontrado un eco extraordinario, sino que ha llegado a ser, por
vocación el verdadero tabernáculo de Dios. Viviendo junto
a Ella, en contemplación de los misterios de la salvación,
la Iglesia es santa. Santidad y misión dice el Papa, son un binomio
inseparable de la vocación de cada bautizado. Contemplando los
misterios del Rosario, en su recorrer el camino de la economía
salvífica el misionero es animado a, seguir a Cristo y a impartir
su vida. Análogamente al misterio de encarnación vivido
en María, Cristo se convierte en cada creyente en "carne
de su carne", tanto que lleva a Pablo a decir "no vivo
yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Gal 2, 20).
3.
Misionariedad.
María, por fin, hace a la Iglesia más misionera. Es ella
quien dice a los siervos: "Haced lo que El os diga"
(Jn 2, 5). Ella hace actuar a Jesús y apremia el paso de los
misioneros. Pero es siempre María quien, con su presencia en
el Cenáculo, prepara a los apóstoles al acontecimiento
de Pentecostés e insta a la "partida". María
anima y acompaña no sólo a cada misionero, sino a toda
la Comunidad cristiana a ponerse en camino y a contar el Evangelio.
La fe, o se transmite o se apaga. Y, nunca tanto como hoy, nuestras
comunidades cristianas necesitan "narrar y testimoniar la fe.
Teniendo
en cuenta que la Iglesia debe ser más contemplativa, santa y
misionera, se evita que la Missio Ad Gentes se viva en términos
de excepcionalidad o de algo extraordinario. No se puede permitir, so
pena de traicionar el Evangelio de Jesucristo, que se perciba la dimensión
misionera como una especie de Cenicienta de la experiencia de la fe
o de la práctica pastoral de los Obispos y de los sacerdotes.
La Misión es, de hecho, parte crucial del itinerario de cada
Comunidad cristiana: "La Iglesia es misionera por su propia naturaleza
ya que el mandato de Cristo no es algo contingente y externo, sino que
alcanza al corazón mismo de la Iglesia. Por esto, toda la Iglesia
y cada Iglesia es enviada a las gentes" (R.Mi. 62).
De
hecho, el mandato misionero ha sido la preocupación de Jesús
antes de su definitiva vuelta al Padre. En Galilea, durante la cita
final con los apóstoles, después de la resurrección,
Jesús mandó: "Id, pues, y haced discípulos
a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar
todo lo que yo os he mandado" (Mt 28, 19-20). Es éste
el testamento que el Señor ha consignado a la Iglesia, y que
la Iglesia ha vivido durante los dos mil años de su historia.
Así,
obedeciendo al Señor Jesús, e impulsados por el Espíritu
Paráclito, los primeros discípulos del Señor han
caminado por las vías de la Misión en todas las direcciones
del mundo conocido. Durante estos veinte siglos, filas de mártires
han permanecido fieles, en el tiempo de la prueba, a la Buena Nueva,
recordando las palabras del Apóstol de los Gentiles al discípulo
Timoteo: "No te avergüences, pues, ni del testimonio que
has de dar de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero;
sino al contrario, soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio,
ayudado por la fuerza de Dios" (2Tim 1, 8).
Y
hoy, al inicio del siglo XXI, la Iglesia católica se pone en
marcha llena de confianza para cumplir un nuevo trecho de camino para
encontrar el mundo, porque el camino que tenemos que recorrer es todavía
muy largo lleno de dificultades.
Se
trata de un recorrido lleno de misterio, pero fascinante; insidioso,
pero seguro, porque estamos acompañados por María Santísima,
Estrella de la evangelización.