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EL ROSARIO Y LAS MISIONES

La meditación de la Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae (RVM), ofrece muchas oportunidades de reflexión misionera. En efecto, la Carta abre la mente a la dimensión universal que los misterios de la vida de Cristo manifiestan al mundo e irradian sobre el pueblo cristiano, introducido "a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor" (RVM 1). El Rosario "comprendido en su pleno significado, conduce al corazón mismo de la vida cristiana y ofrece una ordinaria cuanto fecunda oportunidad espiritual y pedagógica, para la contemplación personal, la formación del Pueblo de Dios y la nueva evangelización" (RVM 3).

Esta dimensión de nueva vida espiritual en Cristo y de renovado empeño misionero, recuerda la consigna de la Carta apostólica Novo Millennio Ineunte: "Caminar desde Cristo" (NMI 29), que es casi el eco en nuestro tiempo del mandamiento de Jesús a los Apóstoles: "Id... y predicad..." (Mc 16, 15).

Para "caminar desde Cristo", el Papa muestra que es necesario "comprender a Cristo desde María", porque "entre las criaturas nadie mejor que Ella conoce a Cristo..." (RVM 14). María, con su "Fiat", reconociéndose "la sierva del Señor" (Lc 1,38), fue la primera de los redimidos por su Hijo, y la primera que presta ayuda a las necesidades materiales y sociales de sus hermanos en la boda de Caná, donde" el primero de los 'signos' llevado a cabo por Jesús... nos muestra a María precisamente como maestra, mientras exhorta a los criados a ejecutar las disposiciones de Cristo (cf. Jn 2, 5). Y podemos imaginar que ha desempeñado esta función con los discípulos después de la Ascensión de Jesús, cuando se quedó con ellos esperando el Espíritu Santo y los confortó en la primera misión" (RVM 14). Desde ese momento tuvo inicio la Misión de la Iglesia, y comenzó la redención universal del género humano por medio de la vida, el ejemplo, la predicación, la muerte y la resurrección de Jesús, el único Salvador de todos los hombres.

De todo esto María fue protagonista y testigo. Por eso, en su discurso del 29 de octubre de 1978, el recién elegido Papa Juan Pablo II, podía afirmar justamente: "Se puede decir que el Rosario es, en cierto modo, un comentario-oración sobre el capítulo final de la Constitución Lumen Gentium del Vaticano II, capítulo que trata de la presencia admirable de la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia. En efecto, con el trasfondo de las Avemarías pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Jesucristo... Al mismo tiempo nuestro corazón puede incluir en estas decenas del Rosario todos los hechos que entraman la vida del individuo, la familia, la nación, la Iglesia y la humanidad. Experiencias personales o del prójimo, sobre todo de las personas más cercanas o que llevamos más en el corazón. De este modo la sencilla plegaria del Rosario sintoniza con el ritmo de la vida humana" (RVM 2). Esta incisiva expresión del Santo Padre revela y subraya la universalidad y la profundidad de la oración del Rosario. El Rosario, de hecho, traduce en contemplación orante la doctrina conciliar de la Iglesia y sobre la Iglesia misma, la historia de salvación de la Comunidad de los Redimidos en Cristo y la vida misteriosa y cósmica de su Cuerpo Místico.

Volviendo sobre este mismo concepto de hace 25 años, el Papa afirma en su Carta Apostólica que "a la luz de las reflexiones... sobre los misterios de Cristo, no es difícil profundizar en esta consideración antropológica del Rosario. Una consideración más radical de lo que puede parecer a primera vista. Quien contempla a Cristo recorriendo las etapas de su vida, descubre también en Él la verdad sobre el hombre" (RVM 25).

Refiriéndose a la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et Spes, que afirma: "en realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado" (GS 22), Juan Pablo 11 revela: "El Rosario ayuda a abrirse a esta luz. Siguiendo el camino de Cristo, el cual "recapitula" el camino del hombre, desvelado y redimido, el creyente se sitúa ante la imagen del verdadero hombre". A continuación, el Papa ofrece una descripción magistral de la importancia de los pequeños acontecimientos de la vida de Cristo alIado de María que son recordados en los misterios del Rosario. Estos a veces sencillos acontecimientos de una vida humana, inmersos en el realismo de la cotidianidad, desbordan sabiduría cristiana para convertirse en signo y en deber de cada hombre y, especialmente, de todos los hijos de Dios: "el carácter sagrado de la vida..., la verdad originaria de la familia..., la luz para entrar en el Reino de Dios..., el sentido del dolor salvador. .., la meta a la que cada uno de nosotros está llamado. ..De este modo, se puede decir que cada misterio del Rosario, bien meditado, ilumina el misterio del hombre". Se trata de una verdadera antropología cristiana que se convierte en evangelización a todo campo para un mundo secularizado y para culturas y religiones que todavía no son cristianas.

En la contemplación de los cuadros de vida y de historia sagrada que los Misterios representan, se recompone así la unidad entre la fe y la vida, la oración y la acción, la gracia y la naturaleza. El Papa indica esta relación contemplando el fruto que los Misterios del Rosario orados y vividos ofrecen a cada hombre. "El Rosario es una oración orientada por su naturaleza hacia la paz, por el hecho mismo de que contempla a Cristo, Príncipe de la paz y "nuestra paz" (Ef 2, 14). Quien interioriza el misterio de Cristo -y el Rosario tiende precisamente a eso- aprende el secreto de la paz y hace de ello un proyecto de vida" (RVM 40).

El Papa indica el Rosario como "oración por la paz por la caridad que promueve" (RVM 40). En los diferentes misterios del Gozo, de la Luz, del Dolor y de la Gloria de Cristo con María, el Rosario nos recuerda los signos del Reino ya presentes en la tierra y nos impone un estilo de vida que sea consecuentemente cristiano. El Papa comienza su consideración del gozo del "misterio del Niño nacido en Belén", que suscita el "deseo de acoger, defender y promover la vida, haciéndose cargo del sufrimiento de los niños en todas las partes del mundo". El Papa continúa con los "misterios de la luz" que se abren sobre el camino de evangelización del "Cristo revelador", y nos imponen el deber de "proponerse el testimonio de sus bienaventuranzas en la vida de cada día". La contemplación del dolor de Cristo "cargado con la cruz y crucificado" nos debe conducir a "sentir la necesidad de hacerse sus "cireneos" en cada hermano aquejado por el dolor u oprimido por la desesperación". y el Santo Padre concluye: "¿Cómo se podría, en fin, contemplar la gloria de Cristo resucitado y a María coronada como Reina, sin sentir el deseo de hacer este mundo más hermoso, más justo, más cercano al proyecto de Dios?"

Es esta una respuesta exhaustiva y convincente para quien encuentra la vida espiritual ficticia y lejos de los problemas de la vida y de los sufrimientos del mundo; es también, una lección de historia humana y sagrada para los que piensan que la evangelización no es necesaria para la salvación del mundo no-cristiano; y es, también, un fuerte mentís para aquellos que han soñado sistemas filosóficos-sociales, o han tenido sueños delirantes con proyectos ideológicos y culturales de sociedades perfectas, fuera de la doctrina, o contra la salvación dada por Yahvé y por su Mesías, el Cristo Señor. El Papa subraya el alcance social del Rosario y de la doctrina propuesta y contemplada en sus Misterios. El Rosario es Salvación, Liberación, Caridad; en una palabra, es Redención: la "Buena Nueva" anunciada en el mundo por medio de la Misión de la "Iglesia peregrinante, por su naturaleza, misionera" (AG 2). "En definitiva, mientras nos hace contemplar a Cristo, el Rosario nos hace también constructores de la paz en el mundo..., el Rosario, en vez de ser una huida de los problemas del mundo, nos impulsa a examinarlos de manera responsable y generosa, y nos concede la fuerza de afrontarlos con la certeza de la ayuda de Dios y con el firme propósito de testimoniar en cada circunstancia la caridad, "que es el vínculo de la perfección" (Col 3, 14; RVM 40).

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