Visitar Sitio Web de ARQUIDIÓCESIS DE MÉXICO

Comisiones Vicaría de Pastoral

Mapa del Sitio

"Queremos ver a Jesús": DOMUND 2010

TEMA 1: QUEREMOS VER A JESÚS en PDF

Comisión Pastoral Misionera

Domund
2003

Domund
2004

Domund
2005

Domund
2006

Domund
2007

Domund
2008

Domund
2009

Domund
2010

Domund
2011


  Google
Vicaría      de Pastoral

Visitar Sitio Web de las OBRAS MISIONALES PONTIFICIO EPISCOPALES


Tema 1

Queremos ver a Jesús

TEMA 1: "QUEREMOS VER A JESÚS"

Cada año, el Domingo Mundial de las Misiones es el día en el que la Iglesia universal ora, reflexiona e invita a apoyar la labor misionera de la Iglesia. Este año fue dedicado por el Papa Benedicto XVI a la reflexión sobre aquel deseo que unos griegos externaran a Felipe, de “ver a Jesús”. En esta catequesis nos proponemos reflexionar, en un primer momento, sobre quiénes son aquellos que quieren “ver a Jesús”. Posteriormente hablaremos de las formas en las que el Señor puede ser visto y, finalmente, presentamos cuáles son las consecuencias de haber intercambiado una mirada con Él.

1. Quiénes son aquellos que quieren
“ver a Jesús”?

En el contexto de la afirmación: “queremos ver a Jesús” se nos precisa quiénes son los que manifiestan este deseo. Según Jn 12, 20 se trata de unos -e(/llhne/j (ellenes)- griegos. El texto también dice que dichos griegos subían “a adorar en la fiesta”, es decir, iban a Jerusalén con gusto para dar culto a Dios en la Pascua que allí se celebraba. Estos peregrinos eran simpatizantes del judaísmo, aunque muchos de ellos no totalmente convertidos. Sí piadosos y temerosos de Dios (He 10, 2), algunos de ellos acogieron la fe en el Señor Jesús (He 14, 1; 20, 21). Con la mención de estos griegos Juan ofrece una clave de apertura a los gentiles: también a ellos se les ofrecerá la salvación, y de la misma manera que ellos estaban deseosos de adherirse a la fe, muchos personajes de la Biblia expresaron esa necesidad de estar con Dios.

En el Antiguo Testamento, Moisés pide a Dios: “Déjame ver tu gloria” (Ex 33, 18); él es uno de los hombres más cercanos al Altísimo. Elías, con el anhelo de ver a Dios, se aproxima, pero sólo oye su voz (cf. 1 Re 19, 13). Los profetas, muy cercanos al Señor, lo ven sólo “en sueños y visiones” (cf. Núm 24, 4. 16; 2 Cro 18, 18; Am 9, 1a; Dn 7, 1). En general el israelita, aunque de diferentes maneras, muestra ese “querer ver a Dios” que le caracteriza como algo muy propio: “Digo para mis adentros: ‘Busca su rostro’. Sí, Yahvé, tu rostro busco” (Sal 27, 8). “Mi ser tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo podré ir a ver el rostro de Dios?” (Sal 42, 3).

También en el Nuevo Testamento vemos a personas como Felipe, con el mismo anhelo del “hombre religioso”. “Le dice Felipe: ‘Señor, muéstranos al Padre y nos basta.’ Le dice Jesús… El que me ha visto a mí. Ha visto al Padre. ¿Cómo me dices tú: ‘Muéstranos al Padre’?”. (Jn 14, 8-9). Jesús aprovecha de esta actitud reacia de Felipe para manifestar quién es Él, la revelación total del Padre. En el rostro de Cristo Dios hizo irradiar, para nosotros, su rostro. Ya no hay que esperar nada, todo nos fue dado en Jesús. Lo único que ahora debemos hacer es adherirnos a tal revelación para recibir todo lo que ella contrajo.

La pregunta con la que iniciamos esta reflexión la hacemos a los hombres y mujeres del contexto actual: “¿Quiénes quieren ver a Dios o a Jesús hoy?”. Las respuestas pueden ser muy diversas: “Yo… No”; “yo no, aún no quiero morir”; “a mí no me interesa”; “¿por qué habría de querer ver a alguien que no existe?”; “¿puede un ser humano ver a Dios?” Algunos, por el contrario, podrían afirmar sin vacilar: “Yo sí. Sí quiero ver a Jesús”.

Muchos de los que se expresan con un doble “no”, quizá lo hacen así porque en el interior hay un sí. Y los que prefieren negar la existencia de Dios lo hacen tal vez porque querrían que su interior no les hablara de esa soberana existencia. Santo Tomás dice que el “sí” indubitable se debe a que existe en los seres humanos un ‘deseo natural’ de ver a Dios, de ahí que todos, consciente o inconscientemente, tiende a buscarlo.

La pregunta que ahora cabría plantearnos es cómo hacer para que el ser humano reconozca esta necesidad inscrita en él.

Necesidad inscrita en el ser humano

Actualmente es demasiado palpable la necesidad de Dios en la vida de los hombres y, como consecuencia, en el orden del mundo. Sin embargo, a muchos les resulta difícil aceptar esta realidad, y prefieren debatirse entre la vida y la muerte. Más aún, han llegado a encararse contra Dios, negando violentamente su existencia. Por tanto, urge presentar las diferentes formas en las que los hombres pueden “ver” a Dios, y además, fomentar las vocaciones de misioneros que reflejen auténticamente el rostro de Jesús.

2. ¿Cuáles son las formas en las que el Señor
puede ser visto?

Los griegos querían ver personalmente a Jesús, deseaban entrar en contacto con Él, es decir, estaban en la disposición de visitarle y conocerle, seguramente porque habían oído hablar de Él y de sus obras. El evangelio de san Juan y los demás escritos neotestamentarios nos enseñan que Jesús es el sacramento primero de Dios. Ver a Jesús es ver a Dios; oír y palpar a Jesús es oír y palpar a Dios (1 Jn 1, 1); experimentar a Jesús es experimentar a Dios mismo. Jesús es el sacramento vivo de Dios, que contiene, significa y comunica el amor de Dios para con todos. Sus gestos (cf. Jn 9, 6), sus acciones (cf. Jn 6, 11), sus palabras (Lc 7, 48) son sacramentos que concretizan el misterio de la divinidad. Jesús hace visible a Dios a través de su inagotable capacidad de amor (cf. Jn 13, 1); su renuncia a toda voluntad de poder y de venganza (cf. Lc 22, 25-27. 49-51; 23, 34a); su identificación con todos los marginados del orden de este mundo. La presencia de Jesús no se quedó en el recuerdo lejano, sino que su acción se actualiza a través de su Iglesia, por lo que en ella encontramos varias formas de “ver a Jesús”.

Los Sacramentos...


a) Los sacramentos

Los sacramentos son camino y encuentro de los hombres con Dios, ya que Él: “Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza” (SC 7). En cada sacramento se da un encuentro personal con Jesús. Él “está presente en el sacrificio de la misa, no sólo en la persona del ministro… sino también, y sobre todo, bajo las especies eucarísticas” (SC 7). La misa es la cumbre de la vida cristiana, ya que en ella: “Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo” (Aparecida 251). Está presente en la confesión, ya que: “El sacramento de la Reconciliación es el lugar donde el pecador experimenta de manera singular el encuentro con Jesucristo, quien se compadece de nosotros y nos da el don de su perdón misericordioso, nos hace sentir que el amor es más fuerte que el pecado cometido, nos libera de cuanto nos impide permanecer en su amor, y nos devuelve la alegría y el entusiasmo” (Aparecida 254).

b) La Sagrada Escritura

Se encuentra a Jesús en la Biblia: “Jesús está presente en su Palabra, pues es Él mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura” (SC 7). Por tanto, hay que escuchar la Palabra de Dios y/o leerla con devoción, reverencia y disposición para que se dé el encuentro con Jesús, el Logos del Padre (cf. Jn 1,14), y para que se pueda experimentar la vida que esta Palabra ofrece (cf. Jn 6, 68). Cristo es el Testigo que comunica lo que ha visto junto al Padre (cf. Jn 1, 18; 8, 38), y trasmite las palabras del Padre (cf. Jn 12, 49), palabras que no siempre son bien recibidas (17, 14).

La Palabra es viva y eficaz en la vida de los hombres (cf. Heb 4, 12-13). Esta eficacia le viene de su mismo autor, Dios; es fecunda en sí misma (cf. Is 55, 10s). Es Palabra que se disfruta (cf. Jr 15, 16; Ez 3, 2; 1 Tes 2, 13), que cura todos los males (cf. Mt 8, 8). La Palabra es capaz de resucitar muertos (cf. Jn 11, 43-4); además ella crece y se multiplica (cf. He 12, 24). Entrar en contacto con la Palabra de Dios significa tener una experiencia de orientación sobre la vida: a través de ella, a Nicodemo se le enseña el verdadero nacimiento a la vida eterna (cf. Jn 3, 1-21); a la Samaritana se le muestra el verdadero culto (cf. Jn 4, 1-42); al ciego de nacimiento se le orienta sobre la verdadera luz (cf. Jn 9); a Lázaro y a sus hermanas les instruye sobre la vida verdadera (cf. Jn 11, 1-44) y a Zaqueo se le enseña a dar a cada quien lo que es justo (cf. Lc 19, 1-10).

“Por esto, hay que educar al pueblo en la lectura y la meditación de la Palabra: que ella se convierta en su alimento para que, por propia experiencia, vea que las palabras de Jesús son espíritu y vida (cf. 6, 63)” (Aparecida 247). Por tanto, la riqueza de la Palabra no puede quedarse en un discurso, necesita convertirse en un verdadero tesoro para cada ser humano: “que la palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza: instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantando a Dios, de corazón y agradecidos, salmos, himnos y cánticos inspirados” (Col 3,16).

c) La liturgia

Los actos litúrgicos son por su misma naturaleza, actos comunitarios en los que se realiza plenamente la presencia de Jesús, ya que Él nos prometió que: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). A través de la Liturgia de la Iglesia entramos en contacto con Jesús y empezamos a pregustar la plenitud a la que estamos llamados, de la que tenemos hambre y sed en nuestro interior y que solo puede ser satisfecha por el mismo Dios. “En la liturgia terrena pregustamos y participamos en la liturgia celeste que se celebra en la ciudad santa, Jerusalén, hacia la que nos dirigimos como peregrinos, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre” (SC 8). Si la celebración litúrgica es una verdadera fiesta en la que se disfruta el encuentro entre lo terreno y lo celestial, es necesario “que los fieles accedan… con recta disposición de ánimo, pongan su alma de acuerdo con su voz y cooperen con la gracia divina para no recibirla en vano” (SC 11). La oferta está dada, sólo hay que aprovecharla al máximo para saciar nuestros anhelos
y expectativas.

d) La oración personal

Hay una invitación maravillosa de Jesús para orar en secreto o desde el interior: “cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 6). Hay muchos hombres que a lo largo de la historia de la Iglesia han encontrado en esa interioridad a Dios. Por ejemplo, dice san Agustín: “Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetre en mi interior, siendo Tú mi guía… Y Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo… Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de Ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste y desee con ansia la paz que procede de Ti”. Dios no está lejos del hombre, está muy cerca, en su interior. No hace falta mucho esfuerzo para encontrarse con
Dios, sólo se requiere silencio personal para poder descubrir al que da sentido a la vida del hombre.

3. Las consecuencias de haber intercambiado una
mirada con Jesús

Es muy significativo que los helenos no se atrevieran a presentarse directamente a Jesús, sino que se dirigieron a Felipe (cf. Jn 12, 21), quizá porque lleva nombre griego y era natural
de la Betania de Galilea, lo mismo que Andrés. Puede ser que por este motivo haya más identificación con el discípulo. Cabe señalar que Galilea estaba fuertemente helenizada y se hallaba próxima a regiones de gentiles (cf. Mt 4, 15). Felipe habla con su paisano Andrés, no porque goce de menos confianza y familiaridad que éste con Jesús, sino porque ambos discípulos aparecen estrechamente unidos en Juan (cf. Jn 1, 44; 6, 7s), y tal vez porque incluso desempeñaron alguna función en la misión de los griegos. Así que Juan 12, 21 nos da una pauta para hablar del discipulado-misión. Felipe y Andrés aparecen aquí como discípulos, y después serán de los partícipes de la misión de los Doce encomendada por el Señor Jesús.

El Señor Jesús aparece con la conciencia de ser Misionero del Padre...

En el evangelio de san Juan la misión tiene un lugar muy importante. Tan sólo el Señor Jesús
aparece, con la conciencia de ser Misionero del Padre, unas cuarenta veces (cf. 3, 17; 10, 36; 17, 18). Además, la misión de Jesús no terminó con su venida a este mundo, sino que ésta se prolongó a través de sus discípulos. A ellos los envía para que sean testigos suyos y del Padre: “como el Padre me envió, también Yo os envío” (Jn 20, 21b). Con ello se nos enseña que el verdadero misionero es aquel que forma discípulos y confía a ellos la tarea de seguir haciendo extensiva esta invitación. En la segunda carta a Timoteo se nos muestra esta dinámica: “Y cuanto me has oído en presencia de muchos testigos confíalo a hombres fieles, que sean capaces, a su vez, de instruir a otros” (2, 2). No nos engañemos, no será posible la “gran misión continental” allá donde no exista una profunda formación de discípulos, es decir, mientras se carezca de auténticas escuelas de espiritualidad en las que estos puedan ser formados como misioneros.

El mismo evangelio nos muestra que el discipulado empieza con una mirada profunda del Señor Jesús. Sus primeros seguidores se dejaron mirar por Él (cf. Jn 1, 38. 42. 47. 48). Por algo los griegos quieren “ver a Jesús”. Conviene aclarar que no es el discípulo el que primero ve al Maestro, sino que es Él quien mira a su seguidor y lo conquista con esa mirada. Los aspirantes al discipulado deben dejarse mirar por Jesús, primero, y después verlo y seguirlo. Las cosas cambian cuando el hombre se deja ver por Dios, es decir, cuando no se oculta en su maldad, en su miedo, en su desgracia, y se da la oportunidad de ponerse frente a su Dios. Éste es el primer paso para poder conocer y amar a Dios, por eso no se puede convencer de la existencia de Dios a quien no se deje mirar por Él.

Concelebrando...

El verdadero seguimiento no se verifica en lo que alguien predica de Cristo, sino en lo que Cristo va haciendo en la vida de esa persona. Si no hay experiencia no hay camino y, al no haber camino, no hay vida ni verdad, nos dice el Papa Benedicto XVI. Esto es lo que pasa en nuestro mundo: al no tener experiencia de Dios, muchos no saben cuál es el camino que deben seguir; al no amar la verdad, cada quien defiende sus propios presupuestos; al no tener amor por la vida, no hay razón de ser. A causa de esto, se infravaloran la justicia, la libertad, la dignidad, la fraternidad y la solidaridad, y el individualismo egoísta, el materialismo, el relativismo moral, el utilitarismo, la moral personal, las satisfacciones subjetivas y pasajeras son puestas en primer lugar.

El verdadero discípulo tiene la certeza de que va detrás de alguien que ha visto y experimentado, por eso le resulta fácil obedecer a su Maestro que le ordena: “Id, pues, y haced discípulos a todas la gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 18). Ha dicho el Papa Benedicto XVI: “seguirlo, vivir en intimidad con Él, imitar su ejemplo y dar testimonio” son cosas inseparables. En la misma línea está la Evangelii Nuntiandi: “es impensable que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al reino sin convertirse en alguien que a su vez da testimonio y anuncia” (24).

La consecuencia lógica del discipulado es la vida misionera, la cual será necesaria mientras la Buena Nueva no haya llegado hasta los últimos confines de la tierra (cf. He 1, 8). Además, es preciso que se evangelice a cada generación.

Son muchos los que a lo largo de la historia han mostrado a Jesús de manera heroica. María acogió al Verbo y lo manifestó en la visita a su prima Isabel. Sin palabras, la Virgen llenó aquel hogar de la presencia de Dios (cf. Lc 1, 39-45). Y después de María, numerosos discípulos del Señor desde los primeros cristianos hasta hoy, los mártires, los santos, los misioneros no reconocidos han entregado su vida para difundir el rostro de Jesús.

Y de manera muy cercana los servidores que Jesús tiene hoy nos conducen a verlo: los padres de familia que enseñan a orar a sus hijos y les muestran el camino de Dios; los sacerdotes que fielmente administran los sacramentos y explican la Palabra; los obispos que velan y custodian por el depósito de la fe; los consagrados, en medio de su silencio y apostolado, manifestando la presencia de Dios; los catequistas, transmitiendo la enseñanza de Jesús; los marginados, que en medio de su pobreza, muestran el tierno rostro de Dios y, finalmente, todos aquellos que con su estilo de vida santa nos han dicho quién es Él.

Cada hombre es para su tiempo. A los discípulos-misioneros de hoy nos toca escuchar el grito desgarrador de los que –en medio del silencio ahogado en la injusticia, corrupción, dolor, tristeza, depresión, amenaza– no han visto el rostro de Dios. Desde la Iglesia, la policía, la cultura, los medios de comunicación, las legislaciones, las instituciones educativas, los medios artísticos y ámbitos de diversión hagamos ver a nuestros hermanos que es posible tener contacto con Dios, brindando así la oportunidad de manifestar lo que encontramos en la mirada de Dios: camino, amor, plenitud de vida y salvación.

Hna. María del Socorro Becerra Molina, hmsp

Preguntas de reflexión

  • Reflexiona personalmente y si te es posible comparte, con tus propias palabras y de acuerdo a tu experiencia personal ¿Quiénes son aquellos que quieren ver a Jesús?
  • Reflexiona también acerca de los recursos con que cuentas para ver a Jesús.
Ir a página anterior  
Ir a página siguiente