Visitar Sitio Web de ARQUIDIÓCESIS DE MÉXICO

Comisiones Vicaría de Pastoral

Mapa del Sitio

"Queremos ver a Jesús": DOMUND 2010

TEMA 2: DESEAMOS MOSTRAR A JESÚS en PDF

Comisión Pastoral Misionera

Domund
2003

Domund
2004

Domund
2005

Domund
2006

Domund
2007

Domund
2008

Domund
2009

Domund
2010

Domund
2011


  Google
Vicaría      de Pastoral

Visitar Sitio Web de las OBRAS MISIONALES PONTIFICIO EPISCOPALES


Tema 2

Deseamos mostrar a Jesús

Deseamos mostrar a Jesús

“Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21). Esta petición que hicieron los griegos a Felipe es el ruego que hacen muchas personas a quienes nos decimos discípulos misioneros de Jesucristo. En la catequesis anterior se presentaron las diversas formas en las que el Señor puede ser percibido junto con algunas consecuencias y exigencias. Ahora deseamos reflexionar sobre las actitudes básicas que debe tener todo discípulo o comunidad de fe que desee realmente mostrar a Jesucristo. Y es que toda petición y búsqueda, por más sencillas que parezcan, merecen una atención adecuada, una respuesta profunda y un acompañamiento maduro. Estas tres actitudes básicas son las que presentaremos a continuación. Al final haremos algunas preguntas que ayuden, al mismo tiempo que a profundizar el contenido, a buscar algunas pistas de compromiso personal y comunitario.

1. Necesitamos atender adecuadamente
a quienes quieren ver a Jesús

No hay nada más cristiano que el amor manifestado en el trato digno a las personas; y si son diferentes a nosotros en lo que creen o piensan merecen más respeto todavía. Quienes quieren ver a Jesús necesitan un trato adecuado de parte nuestra pues si en algún espacio nos jugamos la credibilidad, es precisamente en las relaciones humanas, en el trato adecuado. Ahí se nota en qué Dios creemos, qué principios fomentamos y qué imagen de dignidad promovemos. Hasta podríamos decir que es en la manera de tratar las personas donde nos jugamos, en gran parte, el futuro del cristianismo.

Los evangelios y ciertos escritos del Nuevo Testamento reflejan algunos de estos convencimientos. Muchos de los primeros cristianos fueron conscientes de que en el primer encuentro con quienes deseaban ver a Jesús era crucial la valoración de la otra persona por lo que quería más que por lo que sabía de Dios, por una parte; y por otra, que el otro, el que es diferente a nosotros, merece un profundo respeto.

Cuenta la disponibilidad...

a) Cuenta la disponibilidad para encontrarse con Dios y no la cantidad de conocimientos sobre Él (Mt 2, 1-12)

El evangelio de Mateo, al presentar el nacimiento de Jesús (2, 1-12) habla de unos magos venidos de Oriente, paganos, que buscan por sí mismos al rey de los judíos (vv. 1-2) guiados por una estrella. En contraste con estos hombres el evangelista coloca a Herodes, un judío, que tiene a la mano una información privilegiada sobre el nacimiento de Jesús a través de los sumos sacerdotesy escribas (v. 4). Pareciera que el evangelista ha introducido este contraste para dar a entender que no basta con tener la información necesaria; es indispensable disponerse para entrar a donde está el niño, verlo, postrarse, adorarlo y ofrecerle dones (v. 11). Si bien Herodes tenía más información no necesariamente era mejor intencionado; la carencia de información de parte de los magos y hasta su rústica manera de buscar al Rey de los judíos no era un obstáculo, menos un impedimento; hasta pareciera que su sencillez y buena intención son presentadas como una
condición para buscar, reconocer y postrarse ante Jesucristo.

Las personas que quieren ver a Jesús probablemente tienen menos información, pero ciertamente no carecen de disponibilidad y apertura para aceptar a Dios. Es más, su actitud
debería provocar que nos preguntemos si lo que sabemos de Dios nos acerca realmente más a Él o en ciertos momentos es un obstáculo.

b) Las otras personas no son impuras; son hermanos de igual condición que nosotros (Hch 10, 23b-35)

Este pasaje de Hechos de los Apóstoles proporciona dos elementos de especial importancia para aprender a tratar a las personas que desean acercarse más a Dios y tener un encuentro serio con Él: la valoración adecuada de las personas y el trato digno.

La valoración adecuada de las personas: la indicación “ustedes saben que le está prohibido a un judío juntarse con un extranjero o entrar en su casa” (v. 28) refleja el comportamiento común de cualquier judío que quisiera considerarse bueno. Para los judíos los extranjeros eran considerados gente impura, incluso detestable. No habría que tener contacto con ellos, mucho menos entrar en su casa. No obstante el texto introduce un convencimiento, para él que, si bien Pedro parece decirlo muy rápido, tuvieron que pasar muchos años para llegar a él: “No hay que llamar profano o impuro a ningún hombre” (v. 28). Pedro, y con él muchos cristianos, estaban dando el paso crucial para la auténtica misión: considerar de igual valor a “los de dentro” que a “los de fuera”. El misionero no va al encuentro de individuos impuros sino de personas hermanas. La seriedad de este convencimiento queda expresado en que Pedro afirma que esto ha sido por revelación de Dios; es decir, nadie tiene derecho a cuestionar o poner en duda este nuevo comportamiento.

El trato digno.- En un ambiente sociopolítico y religioso en el que era muy común que se rindiera culto a ciertas personas como si fuera dioses o semidioses, el texto de Hechos introduce una actitud alentadora: la sociedad no puede dividirse en hombres que se deben postrar y semidioses que hay que adorar. De esta manera las palabras de Pedro: “yo también soy hombre como tú” (Hech 10,26) van más allá de una actitud de humildad; se desaprueba cualquier postración que rompa la fraternidad entre los seres humanos (véase también Hch 14, 15).

Las personas que desean ver a Jesús requieren que las acojamos como hermanos, no como jueces; no son ellos los malos y nosotros los buenos. Todos, sin excepción, estamos en la misma búsqueda, en el mismo esfuerzo por ir haciendo la voluntad de Dios.

Lo peor que podríamos hacer ante quienes desean ver a Jesús sería tener actitudes de semidioses. Quienes ya se han encontrado primero con Jesucristo no tienen más privilegios sino más responsabilidad ante quienes apenas lo estamos haciendo.

2. Necesitamos dar respuestas profundas
a quienes desean ver a Jesús

Aclaremos desde ahora que no se trata de responder preguntas teóricas; tampoco de hablar de lo que nosotros deseamos que sepan; mucho menos se trata de hablar de Dios dándole la espalda a los problemas reales de los seres humanos. Cuando hablamos de la necesidad de dar respuestas profundas a quienes desean ver a Jesús nos referimos a que el punto de referencia primordial para hablarles de Dios es su existencia, no lo que a nosotros se nos ocurra.

Para dar respuestas profundas lo primero que debemos tener quienes nos decimos seguidores de Jesucristo es una compasión al estilo del Señor; y desde ahí entender la enseñanza no como instrucción sino como la toma de conciencia de algo importante para la existencia que nos conduzca a compartir.

a) Sin compasión no podemos dar respuestas (6, 30-34)

La enseñanza de Jesús está ligada a una especial sensibilidad a la situación que vive la gente más desprotegida. Así, en 6,34: “y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas”. La compasión de Jesús contrasta con en el encuentro con los apóstoles que recién volvían de haber sido enviados (vv. 7-13); el mismo evangelio insiste que al reunirse con Jesús le contaron todo lo que habían hecho y enseñado (v. 30). Los apóstoles tenían, con mucha seguridad, otro modo de ver la realidad; sin embargo, seguían queriendo enfrentar la situación de la gente del peor modo que puede haber: desentendiéndose de ellos (vv. 35-36).

El evangelio afirma que Jesús “sintió compasión” de la gente (v. 34). “Tener compasión” (en griego splagchnízomai) en la mentalidad judía es algo más que un sentimiento; significa “conmoverse hasta las entrañas”, “sentir una ternura entrañable”, ser visceral ante el sufrimiento de la gente más desprotegida. La compasión de Jesús no debe confundirse con lo que conocemos como “lástima”; es algo mucho más profundo. A Jesús le duele hasta lo más profundo de su ser la situación de la gente.

Las personas que buscan a Jesús añoran compasión antes que respuestas; más aún, no podremos iluminar adecuadamente la vida de las personas que se van queriendo acercar a Dios —tampoco la nuestra— si no somos especialmente sensibles al sufrimiento. La compasión ayuda a no ser superficiales en la enseñanza; nos recuerda también que nuestra tarea no es solucionar todas las dudas sino que ninguna esperanza, gozo, tristeza y angustia del ser humano nos sean ajenos. No tenemos todas las respuestas pero sí podemos tener lo más elemental: la compasión.

b) Se trata de enseñar no de instruir (Mc 6, 34-44)

El evangelio dice que Jesús se puso a enseñarle muchas cosas a la gente (v. 34). Si tomamos en cuenta que Jesús no adoctrinaba ni especialmente instruía sino que enseñaba con autoridad (1, 21-22; 27-28) podríamos pensar que lo más cercano es “los animaba a tomar conciencia de algo”; así parece manifestarlo su modo de enseñar, los contenidos y el alcance así como las consecuencias de su enseñanza.

Se trata de enseñar, no instruir...

Parte de la enseñanza de Jesús o quizás como consecuencia de ella, viene la multiplicación de los panes. Los discípulos pretenden desentenderse; pensaban que ellos debían solucionar el problema como bienhechores. Jesús muestra que el mejor milagro no se manifiesta en dar sino en el compartir. La enseñanza no es un fin en sí misma; no se enseña para que las personas aprendan o sepan más sino para que aprendamos a resolver de la mejor manera las situaciones existenciales. El fin último y fundamental de la enseñanza está en la construcción de una auténtica comunidad de hermanos.

Las personas que se quieren acercar a Jesús tienen deseos de aprender, de saber más. Tenemos la responsabilidad de animarlos a que se introduzcan en un tipo de enseñanza que los ayude a tomar conciencia de lo importante para la vida. Debemos preguntarnos permanentemente cuáles son los alcances de nuestra enseñanza.

3. Necesitamos acompañar con madurez
a quienes deseen ver a Jesús

Quienes desean ver a Jesús necesitan acompañamiento no suplencia en su responsabilidad; desean que alguien los ayude no que tome su lugar. Más aún, el acompañamiento debe llegar a tal gradode madurez que, quienes se supone que hemos llegado primero al encuentro con Jesús, estemos dispuestos a aprender permanentemente de su testimonio.

Necesitamos acompañar con madurez...


Ante la tentación de violentar el proceso de encuentro con Jesucristo el evangelio presenta
algunas catequesis donde se abordan los diversos pasos de encuentro con el Señor. El paternalismo no tiene cabida, tampoco la percepción de que todos están inmaduros menos uno; de ahí que si queremos acompañar con madurez a los nuevos hermanos que se van integrando debemos apoyar para que todos vayamos creciendo en la capacidad de discernir la voluntad de Dios.

a) Todo encuentro con Jesús es un proceso

La Biblia, especialmente los evangelios, abunda en ejemplos. Pongamos atención en Jn 4,1-44, la mujer samaritana. Lo primero que llama la atención es que el evangelio de Juan haya querido hacer una catequesis con una persona que representaba a grupos no judíos —quizás samaritanos— que estaban integrándose a la comunidad recién formada. Sorprende además que sea “su” fe el punto de partida inicial: “nuestros padres adoraron en este monte…” (v, 19; también vv. 25ss). En su proceso de encuentro con el Señor, la samaritana lo percibe desde un judío (v. 9), después un profeta (v. 19), el Mesías (vv. 26. 30) para culminar con una declaración de fe comunitaria: “sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo” (v. 42). El proceso que sigue la samaritana —y en ella todas las personas que entraban a la comunidad procedentes de grupos no judíos— no supone la superación de etapas sino la integración de cada uno de esos momentos. Pero la samaritana sólo se convirtió en portavoz y en un primer momento “creyeron en él por las palabras de la mujer” (v. 39); posteriormente ella pasó a segundo plano y sus paisanos creyeron por ellos mismos y se convencieron de que Jesús era el salvador del mundo.

Todos necesitamos procesos; si nosotros mismos los hemos vivido y seguimos viviendo en un constante proceso, debemos ser comprensivos con los procesos de las demás personas. El punto de partida para iniciar un proceso de encuentro con Jesús no es lo que me da otro sino con lo que cuento en ese momento, así sea lo más sencillo y cotidiano. Cuando se ha cumplido un ciclo de encuentro con Jesucristo se debe evitar la tentación de ponerse en el centro con un equivocado protagonismo que no nos queda. El testimonio tiene como única finalidad que otros también se encuentren con Jesús no que se nos rindan honores o reconocimiento.

b) Tarea final: el discernimiento (Flp 1, 9-10; Ef 5, 8-10.15-17)

Todos sin excepción tenemos como tarea el discernimiento, es decir, la búsqueda honesta de la voluntad de Dios. Con cierta frecuencia en los grupos religiosos se genera una eterna dependencia en la que unos piensan y otros acatan, unos mandan y otros sólo obedecen…

De ahí la importancia de reconocer que cuando hablamos de discernimiento, en el fondo hablamos de nosotros mismos, de lo que somos, pensamos y hacemos. Hablar de discernimiento es afrontar nuestra propia manera de pensar y nuestra peculiar forma de resolver las situaciones en la vida personal. Y en nuestro caso, hablar de discernimiento es hablar de la vida pastoral, de nuestro servicio y responsabilidad, de nuestros procesos de encuentro con el Señor, incluso de nuestros procesos pastorales.

Pero el discernimiento es una responsabilidad que nos afecta a todos. Nadie está exento de este regalo; nadie puede evadir esta responsabilidad. Tomar en serio el discernimiento es una cuestióncapital para cada cristiano y su comunidad (Rom 12, 2). Lo importante en la vida de la Iglesia no es que haya siempre alguien quien discierna sino que lo hagamos todos con la responsabilidad requerida.

De acuerdo con san Pablo, el discernimiento exige generosidad en el amor. No es posible preguntarnos por la voluntad de Dios sin antes hacer un serio propósito de servicio, de amor a los demás. Se discierne mejor en la vida no sólo porque se sepa mucho sino porque, especialmente, se ama intensamente a las personas concretas (Flp 1, 9-10; 2, 1-18).

El discernimiento no es una búsqueda superficial; es una comprensión profunda y bien intencionada de la voluntad de Dios. Por eso, quizás, san Pablo insiste en la cordialidad de esta tarea y en los frutos que emanan de ella: bondad, rectitud y verdad. Los resultados del discernimiento más que ideas y elenco de opiniones son valores y actitudes. Más aún, el
discernimiento se convierte en algo superfluo, cuando egoístamente sólo se busca constatar lo que siempre se ha pensando. Por eso, el discernimiento sólo se puede hacer si se tiene una auténtica y permanente apertura al Espíritu y a nuestros hermanos. En nuestra vida eclesial se nota que se tuvo un adecuado discernimiento no por los resultados sino por los frutos; se percibe que hay auténtico discernimiento si se logra la fidelidad al Evangelio no si se consigue el éxito; se nota que hay discernimiento si logra ser una comunidad discipular alternativa no si competimos como si fuéramos una empresa más.

El discernimiento no es un búsqueda superficial...

El discernimiento, por último, requiere que no se haga según el modo corriente de ver las cosas. Debe hacerse desde la originalidad que proporciona una auténtica conversión. Así parece afirmarlo Pablo: “No se acomoden a los criterios de este mundo; al contrario, transfórmense, renueven su interior, para que puedan descubrir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (Rom 12, 2). Por esto, la clave fundamental para el discernimiento es la propia persona; su renovación y transformación (1 Cor 2, 14-16). En otras palabras, no puede haber discernimiento si no hay una verdadera conversión pastoral: esa es una condición fundamental. Enfrentamos la eterna tentación de querer decidir por lo que sabemos y no desde lo que debemos vivir —o mejor todavía— deberíamos estar viviendo; al mismo tiempo tenemos el riesgo de decidir con el nombre de cristianos pero con criterios que contradicen la voluntad del Dios de Jesucristo. Más aún, siempre tendremos el peligro de resolver preguntas importantes con respuestas superficiales; escuchar o ver sólo lo que nos conviene pero ignorar lo que nos exige.

Pbro. Toribio Tapia Bahena
Diócesis de Cd. Lázaro Cárdenas
Dimensión para la Animación Bíblica de la Vida Pastoral (CEPP–CEM)

Preguntas de reflexión

  • Reflexiona personalmente y si te es posible comparte, con tus propias palabras y de
    acuerdo a experiencia personal, en qué consiste dar una atención adecuada a quienes
    desean ver al Señor Jesús, compartirles una respuesta profunda y un acompañamiento
    maduro.
  • Busquemos un propósito, de esos que valen la pena porque son transformadores de nuestra
    realidad; ojalá pudiera ser un propósito para cada uno de los apartados (serían 3).
Ir a página anterior  
Ir a página siguiente