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"Queremos ver a Jesús": DOMUND 2010

TEMA 3: VEMOS Y HACEMOS VER A JESÚS CONSTRUYENDO LA COMUNIÓN ECLESIAL en PDF

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Tema 3

Vemos y hacemos ver a Jesús, construyendo
la comunión eclesial

Vemos y hacemos ver a Jesús construyendo la comunión eclesial

“Queremos ver a Jesús” (Jn 12 ,21) es la petición que, en el Evangelio de san Juan, algunos griegos, llegados a Jerusalén para la peregrinación pascual, presentan al apóstol Felipe. Esa misma petición resuena también en nuestro corazón durante este mes de octubre, que nos recuerda cómo el compromiso y la tarea del anuncio evangélico compete a toda la Iglesia, “misionera por naturaleza” (Ag 2), y nos invita a hacernos promotores de la novedad de vida, hecha de relaciones auténticas, en comunidades fundadas en el Evangelio.

Benedicto XVI, Mensaje para la
Jornada Mundial de las Misiones 2010

Se acercaba la fiesta judía de la pascua (cf. Jn 12, 1) y, con esta ocasión, muchas personas —no sólo judías, sino también, aunque minoritariamente, de otros orígenes— acudían a Jerusalén para dar culto a Dios. Jesús, que previamente había hecho una parada en Betania (cf. 12, 1-11), también se aproximaba a Jerusalén. Cuenta el evangelio de Juan que, después del recibimiento con palmas que muchos peregrinos hicieron a Jesús (cf. 12, 12-16), unos griegos que habían asistido a Jerusalén se acercaron al apóstol Felipe y le dijeron: “Señor, queremos ver a Jesús” (cf. 12, 21). Inmediatamente, Felipe y Andrés le hicieron saber esta petición a Jesús, quien en ese momento inició el discurso que, por una parte, dará por terminada la primera parte del evangelio de Juan y que, por otra, anticipará los dos temas centrales de la segunda parte del evangelio: 1) la muerte como semilla de resurrección y 2) la cruz como medio por el que el Padre glorificará a su Hijo y como trono en que será reconocido como Rey del universo.

En la primera catequesis de este documento se presentaron algunas reflexiones acerca de las personas que «quieren ver a Jesús», acerca de las maneras en las que el Señor puede ser visto y acerca de algunas consecuencias e implicaciones que tiene «ver a Jesús» e intercambiar miradas con Él. En la catequesis anterior se ofrecieron algunos pensamientos en torno a las actitudes básicas y fundamentales que deben tener los discípulos misioneros que buscan responder a la solicitud que hacen quienes implícita o explícitamente les dicen: “Queremos ver a Jesús”. Estas actitudes, que nunca deben faltar, son: una atención adecuada que reconozca la disponibilidad para ver a Dios más que la erudición o la cantidad de conocimientos sobre Dios y que valore a las demás personas, sobre todo a las que son diferentes, como hermanos con igual dignidad; una respuesta profunda que sea compasiva, es decir, atenta a las situaciones existenciales, y que busque enseñar más que instruir; y, finalmente, un acompañamiento maduro que sea paciente y consciente de que el encuentro con Jesús es un proceso y que se dirija hacia un discernimiento basado en el amor. En las líneas que siguen, por su parte, se ofrece una breve reflexión acerca de cómo la comunión eclesial es la ventana —metafóricamente hablando— más amplia y transparente a través de la cual se puede ver a Jesús y que la construcción de comunidades auténticamente fundadas en el Evangelio, es, en palabras del Papa Benedicto XVI, “la clave de la misión” de la Iglesia.

1. La Iglesia como comunión

El llamado «episodio de los griegos» muy posiblemente refleje una situación posterior a la muerte y resurrección de Jesucristo, nuestro Señor, y no un acontecimiento que haya antecedido a la pasión de Cristo Jesús. La apertura del evangelio al mundo griego fue uno de los más grandes avances que tuvo el Concilio de los Apóstoles y, a través de él, la Iglesia recién nacida. No obstante, es sumamente significativo que este signo de apertura a los pueblos extranjeros, a lo otro y a lo diferente que se encarna en los griegos que piden «ver a Jesús», sea puesto por la comunidad joánica antes del discurso de Jesús que finalizará la primera parte de su evangelio, un discurso que inicia con las exigencias que habrán de afrontar quienes vayan en pos de su seguimiento (cf. 12, 24ss). Este recurso de anteponer el episodio de los griegos a las exigencias del seguimiento de Jesús parece sugerir que la capacidad de apertura a los otros, sobre todo si éstos son extraños y diferentes, es un presupuesto del discipulado misionero: nadie puede andar en el seguimiento de Cristo Jesús si parte de actitudes sectarias, individualistas, egocéntricas o etnocéntricas, es decir,de actitudes contrarias a la comunión en su sentido más radical —es decir, en ése más profundo, en el que va hasta las raíces—.

La Iglesia como comunión...

La Iglesia antigua parece haber entendido con mucha claridad este sentido profundo y radical de la comunión, al grado de ver en ella su propia naturaleza y el cometido primordial de su misión. En el punto 1. b) de la catequesis anterior se nos hacía ver, partiendo de Hch 10, 23b-35, que para que los primeros cristianos, con Pedro a la cabeza, pudieran desarrollar con fidelidad la misión que Jesús les había encargado tuvieron que hacer a un lado las diferencias —o, más exactamente, la justificación teológica judía de la impureza que promovía el no juntarse o entrar en la casa de un extranjero (v. 28)— que no sólo alejaban a «los de dentro» de «los de fuera», sino que los separaba abismalmente y los colocaba en una situación de desigualdad. La comunión, por el contrario, era un impulso, un empuje y una fuerza tan poderosa que era capaz de franquear cualquier abismo, echar abajo cualquier muro o frontera y de disolver cualquier diferencia dañina e injusta. Se sabía que la comunión tenía esta potencia y esta capacidad porque no provenía de las capacidades o de los deseos de los miembros de la comunidad, sino que procedía de Cristo Jesús, quien había movido la voluntad de su Padre a favor de la humanidad: “Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21).

Pero la comunión no es algo ajeno al ser humano, algo que se le sobrepone o una especie de fabricación de manufactura eclesiástica. Dios Padre ha puesto a la humanidad en un estado de comunión básico y natural. Los hombres y mujeres de cualquier cultura y de cualquier latitud se ven naturalmente como semejantes y unidos en un mismo género y especie; los racismos, los etnocentrismos descalificadores y otras situaciones que ponen en duda esta semejanza que hay por naturaleza en todo el género humano no son tendencias naturales, sino inclinaciones motivadas por condicionamientos culturales e históricos. No obstante, la naturaleza siempre prevalece y, por ende, la comunión primordial del género humano siempre subyace latente. Sin embargo, a través de Cristo Jesús, su Misionero enviado a la humanidad, Dios Padre ha convocado a la humanidad entera a una comunión más particular y especial: la comunión eclesial. Ésta no se contrapone en modo alguno a la comunión del género, sino que más bien la pone en estado de plenitud: la Iglesia —en palabras de los padres conciliares— viene a ser “un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (cf. Lg 1). “La comunión eclesial nace del encuentro con el Hijo de Dios, Jesucristo, que en el anuncio de la Iglesia llega a los hombres y crea la comunión con él mismo y, por tanto, con el Padre y el Espíritu Santo (cf. 1 Jn 1, 3). Cristo establece la nueva relación entre Dios y el hombre” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2010). Así, desde los primeros cristianos hasta el día de hoy, está presente la conciencia de que, en Cristo, la Iglesia se vuelve algo más que una institución o que un grupo de personas; la Iglesia se vuelve comunión profunda y radical, es decir, unidad íntima con Dios y con la humanidad.

Unidad íntima con Dios...

2. Una comunión que se construye

El ser y la vida de la Iglesia —que incluyen sus compromisos y actividades— es, antes que cualquier otra cosa, comunión en perenne construcción. Este estado de permanente construcción de la comunión eclesial nos recuerda que la Iglesia no es una entidad estática, inerte e inmóvil, sino que ella es dinámica y está en un continuo caminar y crecimiento. Por esta razón el Concilio Vaticano II nos habla con mucha claridad de una Iglesia que camina, que es itinerante —que va por los caminos— y que es peregrina (cf. Lg 8). Este carácter dinámico de la Iglesia puede verse de modo muy claro en tres formas de seguir construyendo la comunión que la constituye: en la construcción de relaciones cordiales y solidarias, en el seguimiento discipular y misionero, y en la conversión pastoral para una misión permanente.

a) Construcción de relaciones cordiales y solidarias

La muestra de cualquier tipo de auténtica comunión y, en particular, de la comunión eclesial son los vínculos de cordialidad y de solidaridad, en definitiva, de amor. La cordialidad y la solidaridad pueden ser vistas como dos aspectos mutuamente complementarios del amor: la cordialidad hace referencia al corazón de la persona humana, es decir, a su interioridad más íntima, y la solidaridad hace referencia a la exterioridad del ser humano, a ese lugar donde se encuentra el otro, el prójimo, el semejante. El amor conduce a un movimiento ético que va de lo más interior del ser humano, de su corazón, y que culmina con el encuentro solidario y responsable con el otro. Sólo estos vínculos hacen que la comunión sea evidente para todos, y más aún la comunión eclesial, pues la Iglesia, que es la comunidad de los discípulos del Señor, tiene al amor como la única señal y carta de presentación los discípulos de Cristo Jesús pueden mostrar a todos: “En esto conocerán todos que son mis discípulos: si se aman los unos a los otros” (cf. Jn 13, 35).

Jesús nos ha revelado que “Dios es amor” (1 Jn 4, 8) y, al mismo tiempo, nos ha mostrado que el amor tiene la fuerza para funcionar como un “mandamiento nuevo” (Jn 13, 34), es decir, no como una regla impuesta a la que hay que seguir ciegamente, sino como una orientación que señala con toda claridad hacia dónde se encuentra la perfección humana y, al mismo tiempo, como un principio que mueve fuertemente a la transformación del mundo. No obstante, a pesar de la claridad y la fuerza de este nuevo mandamiento, el discípulo se ve expuesto a fuertes tentaciones. Por un lado, lanzarse «hacia fuera» descuidando que en el interior de la comunidad reinen relaciones cordiales y solidarias es una tentación muy latente, y ésta puede llevar a utilizar la misión ad gentes como un pretexto y como un camuflaje de una auténtica huida y evasión. Por otro lado, ocuparse exclusivamente por lo que sucede «dentro» a fin de establecer la armonía y la concordia, sin que lo exterior cause la más mínima preocupación, es otra forma que atenta contra la auténtica comunión, porque se está mutilando el alcance universal del amor en el que ella está basada. Por otro lado más, existe también la tentación de establecer, a pesar de todo, diferencias, desigualdades y hasta privilegios entre el «interior» y el «exterior» de la comunidad, como si las atenciones y cuidados que debieran ofrecerse en los dos ámbitos tuvieran que ser de órdenes distintos y de calidades diferentes; este pensamiento no hace sino desconocer que la base de la comunión es un único amor, un amor que proviene del Dios Uno y Trino. Así pues, una comunidad auténticamente fundada en el Evangelio tiene como base el amor, y, en consecuencia, establece una red de relaciones reales de cordialidad y de solidaridad tanto en su interior como hacia fuera de ella, pues sus miembros tienen “la certeza de que abrir a todos los hombres los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son cosas inútiles” (Gs 38).

b) El seguimiento discipular y misionero

Su Santidad Benedicto XVI nos ha recordado que la comunión eclesial que viven los discípulos misioneros de Jesucristo se da en torno a la mesa de la Palabra y de la Eucaristía, a fin de “gustar del don de su presencia, formarse en su escuela y vivir cada vez más conscientemente unidos a Él, Maestro y Señor” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2010). Esta triple finalidad de la participación en la mesa de la Palabra y de la Eucaristía —1) gustar del don de su presencia, 2) formarse en su escuela y 3) vivir cada vez más conscientemente unidos a Él— también puede esbozarnos, en términos generales, tres etapas del seguimiento de Jesucristo: 1) el encuentro, 2) la formación y 3) el hacer vida y realidad las enseñanzas de Cristo Jesús, el Maestro. El discipulado misionero comienza por un llamado y una invitación que respeta la libertad de la persona y que al mismo tiempo le ofrece el abrigo y la protección de una comunidad. “La vocación al discipulado misionero es con-vocación a la comunión en su Iglesia. No hay discipulado sin comunión” (DA 156). Esta «con-vocatoria», esta vocación a la comunión, es una invitación a un encuentro vivo y personal fundado en el amor mismo de Dios: “Sólo a partir de este encuentro con el Amor de Dios, que cambia la existencia, podemos vivir en comunión con Él y entre nosotros” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2010). Este encuentro con Jesús, sin embargo, es un proceso largo y prolongado, por una parte, pero también difícil y exigente, por otra. La mejor figura de este proceso es, quizá, la de un camino por el que hay que realizar un seguimiento. Quienes desean «ver a Jesús» tienen que seguirlo por este camino, que está, como veíamos al inicio, en lo que seguía al «episodio de los griegos», lleno de exigencias (cf. Jn 12,24ss). Finalmente, este camino de formación debe llevar a un desarrollo pleno de las capacidades y aptitudes del discípulo, a fin de que se incremente su vivencia de la comunión —con Dios y con la humanidad— y de que, poniendo por obra los se le ha enseñado, haga vida y realidad el proyecto amoroso “Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 2,3b-4). Las actitudes de un discípulo misionero que vive en plenitud la comunión eclesial están orientadas por un discernimiento basado en el amor a sus semejantes, en un amor que hace que los considere sus hermanos, y en este sentido, el auténtico discípulo misionero se vuelve un amante de la humanidad, un humanista: “Una fe adulta, capaz de abandonarse totalmente a Dios con actitud filial, alimentada por la oración, por la meditación de la Palabra de Dios y por el estudio de las verdades de fe, es condición para poder promover un humanismo nuevo, fundado en el Evangelio de Jesús… La Iglesia nos invita… a contemplar el proyecto de amor del Padre sobre la humanidad, para amarla como él la ama. ¿No es este también el sentido de la misión?” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2010).

c) La conversión pastoral para una misión permanente

Todas “estas consideraciones —nos remarca Benedicto XVI— remiten al mandato misionero que han recibido todos los bautizados y la Iglesia entera, pero que no puede realizarse de manera creíble sin una profunda conversión personal, comunitaria y pastoral” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2010). La conversión hace posible la misión: ella, rememorando la dinamicidad esencial de la Iglesia, impulsa a una renovación vivificadora y libera de un estatismo inerte. La conversión hace que el discípulo misionero constantemente se plantee la pregunta de si sigue siendo fiel a la persona que sigue, es decir, si sigue amando y sirviendo cordial y solidariamente a sus hermanos, sobre todo a los que son diferentes, o más bien su amor ha venido a parar en las estructuras, en la estabilidad y en el ambiente. Cuando la conservación de métodos y modelos se vuelve la principal y prioritaria preocupación para el discípulo misionero, éste tiene que hacerse esta pregunta por su fidelidad a Cristo Jesús.

Construcción de comunión...

d) La comunión es la clave: la misión de la Iglesia como construcción de comunión

La misión debe atravesar de un lado a otro y en todos sus aspectos al ser y vida de la Iglesia. Por esta razón, la Jornada Mundial de las Misiones debe manifestarse en todos los lugares y momentos de la Iglesia, así como en todos sus procesos y en todos sus itinerarios. “De hecho, la conciencia de la llamada a anunciar el Evangelio estimula no sólo a cada uno de los fieles, sino también a todas las comunidades diocesanas y parroquiales a una renovación integral y a abrirse cada vez más a la cooperación misionera entre las Iglesias, para promover el anuncio del Evangelio en el corazón de toda persona, de todos los pueblos, culturas, razas, nacionalidades, en todas las latitudes” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2010).

La Jornada Mundial de las Misiones es algo más que una colecta universal; ella, en el pensamiento del Papa Benedicto XVI, es ante todo una oportunidad “para renovar el compromiso de anunciar el Evangelio y dar a las actividades pastorales una dimensión misionera más amplia” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2010). El impulso misionero siempre ha sido signo de vitalidad para la Iglesia, y su cooperación igualmente siempre ha sido testimonio de la unidad, la fraternidad, la solidaridad y, en definitiva, la comunión que la mantiene viva. “En una sociedad multiétnica que experimenta cada vez más formas de soledad y de indiferencia preocupantes, los cristianos deben aprender a ofrecer signos de esperanza y a ser hermanos universales, cultivando los grandes ideales que transforman la historia y, sin falsas ilusiones o miedos inútiles, comprometerse a hacer del planeta la casa de todos los pueblos... Esta respuesta hará a todos los creyentes capaces de estar “alegres en la esperanza” (Rm 12, 12) al realizar el proyecto de Dios, que quiere “que todo el género humano forme un único pueblo de Dios, se una en un único cuerpo de Cristo, se coedifique en un único templo del Espíritu Santo” (Ag 7)” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2010).

e) Implicaciones pastorales del “Querer ver a Jesús” y del “Desear mostrar a Jesús”

El trabajo de reflexión que se ha presentado en esta Catequesis pretende convocar, al Pueblo de Dios, a la participación mediante la reflexión, el compromiso y la celebración. Para ello, se propone el trabajo en pequeños grupos, para posteriormente tener una acción directa en los niveles personal, familiar, comunitario y finalizar el itinerario con la participación en las celebraciones litúrgicas de la comunidad. A continuación, se presentan algunas preguntas que podrían animar el trabajo.

Departamento de Investigación y Apoyo

Preguntas de reflexión

Con respecto al tema “Queremos ver a Jesús”,

1. ¿Cuáles crees que sean las tres acciones más urgentes en las que Jesús pueda ser visto?

A nivel personal ____________________________________________________
A nivel familiar _____________________________________________________
A nivel comunitario __________________________________________________

2. ¿Cuáles podrían ser tres consecuencias de haber intercambiado miradas con Jesús?

A nivel personal ____________________________________________________
A nivel familiar _____________________________________________________
A nivel comunitario __________________________________________________

3. ¿Cuáles podrían ser las tres tareas más urgentes de un discípulo-misionero hoy en día?

A nivel personal ____________________________________________________
A nivel familiar _____________________________________________________
A nivel comunitario _________________________________________________

Con respecto al tema “Deseamos mostrar a Jesús”,

1. ¿Cómo podríamos atender adecuadamente a quienes quieren ver a Jesús?
A nivel personal ____________________________________________________
A nivel familiar _____________________________________________________
A nivel comunitario _________________________________________________

2. ¿Cómo podríamos dar respuestas profundas a quienes desean ver a Jesús?

A nivel personal ____________________________________________________
A nivel familiar _____________________________________________________
A nivel comunitario _________________________________________________

3. ¿Cómo podríamos acompañar con madurez a quienes deseen ver a Jesús?

A nivel personal ____________________________________________________
A nivel familiar _____________________________________________________
A nivel comunitario _________________________________________________

4. ¿Cuáles crees que sean las tres acciones más urgentes para hacer operativa esta Catequesis y que nos ayuden a celebrar la Jornada Mundial de las Misiones?

A nivel personal ____________________________________________________
A nivel familiar _____________________________________________________
A nivel comunitario _________________________________________________

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