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LA MISIÓN IMPLICA A TODOS, TODO Y SIEMPRE =DOMUND 2011= IR AL ÍNDICE

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Eucaristía para el
Domingo Mundial de las Misiones

“La misión implica a todos, todo y siempre”

El Domingo Mundial de las Misiones propone a toda la Iglesia, la oportunidad de renovar su compromiso misionero, pues todas las Iglesias particulares han de preocuparse del anuncio del Evangelio en todo el mundo.

Este año en particular, el Santo Padre insiste en el llamado universal a anunciar el Evangelio, llamado que compromete “a todos, todo y siempre”.

Los elementos que se proponen a continuación para celebrar el Domingo Mundial de las Misiones, que en este año es el 23 de octubre, están planteados a manera de catequesis y motivación misionera que ayude a hacer del DOMUND una auténtica celebración de fe. Los textos están tomados íntegros de los libros litúrgicos aprobados para México1, y los elementos complementarios se sugieren como posibilidad, por lo cual se pueden tomar si se cree oportuno, o incluso enriquecerlos de alguna otra manera.

Ritos Iniciales

Para la Eucaristía hay que preparar las 5 banderas de los Continentes (un paño de cada color misionero basta según el siguiente orden: Verde=África; Rojo=América; Blanco=Europa; Azul=Oceanía; Amarillo=Asia). Asimismo puede ir, delante de cada bandera, una veladora de cada color del continente, para ser colocada sobre el altar de manera estética. Las banderas se colocan en el Presbiterio en un lugar conveniente y a la vista de todos.

Todavía más, se puede preparar, en donde van a ir las banderas, una imagen de algún santo de ese continente.

Monitor: El Domingo Mundial de las Misiones, convocado por el Santo Padre, es un claro testimonio de la comunión de toda la Iglesia que no olvida su carácter esencialmente misionero.

Nos dice el Santo Padre en su mensaje: “La liturgia es siempre una llamada ‘del mundo’ y un nuevo envío ‘al mundo’ para ser testigos de lo que se ha experimentado”.

Nos congregamos en torno al Altar porque el Señor Resucitado nos ha llamado, y de nuestro encuentro con Él partiremos a ser testigos, discípulos misioneros de su amor.

¡Vivamos nuestra experiencia de Encuentro con Jesús Resucitado! Todos de pie.

En la Procesión de entrada precede el turiferario con el incensario humeante, la Cruz Procesional acompañada de ciriales, las banderas precedidas con veladoras de la manera indicada arriba, los demás ministros y el Presbítero celebrante.

Nota: El Leccionario (por esta ocasión NO EL EVANGELIARIO, dado el signo que se quiere resaltar) se ubica en el pasillo central cerca de la entrada, en una mesita o atril, para ser llevado por los Lectores en procesión después de la Oración Colecta, acompañado por dos ciriales.

El Celebrante de la Celebración venera el altar de la forma acostumbrada y lo inciensa. Se dirige a la sede y comienza la Celebración.

Antífona de entrada (Sal 95, 3-4)

Contad a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones,
porque grande es el Señor y digno de toda alabanza.

Celebrante: En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Asamblea: Amén.

Saludo y Respuesta

Celebrante: El Señor, que dirige nuestros corazones para que amemos a Dios, esté con todos ustedes.

Asamblea: Y con tu espíritu.

Acto Penitencial, Gloria y Oración Colecta

Celebrante: Al comenzar esta celebración eucarística, pidamos a Dios que nos conceda la conversión de nuestros corazones; así obtendremos la reconciliación y se acrecentará nuestra comunión con Dios y con nuestros hermanos.

Breve silencio. La invocación “Señor ten piedad” puede hacerse cantada, aunque el canto se interrumpa en cada parte para la invocación al Señor (Ordinario, p. 22).

Celebrante:          Defensor de los pobres: Señor, ten piedad.
Asamblea:            Señor, ten piedad.

Celebrante:          Refugio de los débiles: Cristo, ten piedad.
Asamblea           Cristo, ten piedad.

Celebrante:          Esperanza de los pecadores: Señor, ten piedad.
Asamblea:            Señor, ten piedad.

Celebrante:          Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados                          y nos lleve a la vida eterna.
Asamblea:           Amén.

A continuación se canta o se dice el himno:

Todos: Gloria a Dios en el cielo…

Esquema de Misa “Por la Evangelización de los Pueblos B” (Misal Romano p. 751-752).

Celebrante: Oremos. Señor y Dios nuestro, que has querido que tu Iglesia sea sacramento de salvación para todos los hombres, a fin de que la obra redentora de tu Hijo perdure hasta el fin de los tiempos, haz que tus fieles caigan en la cuenta de que están llamados a trabajar por la salvación de los demás, para que todos los pueblos de la tierra formen una sola familia y surja una humanidad nueva en Cristo nuestro Señor, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos.

Asamblea: Amén.

Liturgia de la Palabra

Procesión con el Libro de la Palabra de Dios.

Monitor: Antes de sentarnos para escuchar la Palabra de Dios, recibimos el Libro de las Sagradas Escrituras, porque nadie puede ser discípulo si primero no escucha lo que el Señor dice, y nadie aprende de Jesús si no se encuentra con Él en el Evangelio. Cantemos para reconocer el Don de Dios que nos habla.

Ahora se lleva a cabo la procesión con el libro de la Palabra de Dios. Para lo cual los dos lectores y el salmista traen, en alto, el Leccionario, precedido por 2 ciriales, mientras la Asamblea canta. Se sugieren: “Oigo tu Palabra”, “Jesús, quién eres tú (la pregunta)”, “Tu Palabra me da vida”, etc.

El Lector que porta el Leccionario lo entrega al Presidente de la Celebración, quien, mostrándolo a la Asamblea, lo besa y lo entrega al Lector que hará la Primera Lectura. Los ciriales se retiran y todos se sientan.

Primera Lectura

Monitor: Isaías hace notar la alegría de la salvación que viene de Dios. Al Pueblo de Dios que regresa del exilio le espera palpar la ternura, el amor, el compromiso salvador de Dios. Este hecho provoca también el acercamiento de todas las naciones paganas que se “vuelcan” en pos de Israel, otro motivo de alegría para el Pueblo de Dios. Escuchemos con atención.

(Leccionario III, 137: Is 60, 1-6)

Lector: Del libro del profeta Isaías.

Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti. Mira: las tinieblas cubren la tierra y espesa niebla envuelve a los pueblos; pero sobre ti resplandece el Señor y en ti se manifiesta su gloria. Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes, al resplandor de tu aurora. Levanta los ojos y mira alrededor: todos se reúnen y vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces verás esto radiante de alegría; tu corazón se alegrará, y se ensanchará, cuando se vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos y dromedarios,  procedentes de Madián y de Efá. Vendrán todos los de Sabá trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del Señor. Palabra de Dios.

Asamblea: Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Monitor: El Salmo 116 hace eco del llamado universal a la salvación y de nuestro compromiso misionero de anunciarla.

(Leccionario III, 877: Del Salmo 116).

Salmista:              Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio.

Asamblea:            Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio.

Salmista:              Que alaben al Señor todos los pueblos,
                          Que todas las naciones lo festejen.

Asamblea:            Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio.

Salmista:              Porque grande es su amor hacia nosotros
                           y su fidelidad dura por siempre.

Asamblea:            Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio.

Segunda Lectura

Monitor: En la carta a los Efesios, San Pablo manifiesta que es consciente de su compromiso de anunciar el Evangelio a los paganos y de que de ese modo la Iglesia da a conocer la Salvación en Jesucristo, por medio de él. Escuchemos.

(Leccionario III, 587: Ef 3, 8-12)

Lector: De la carta del apóstol San Pablo a los Efesios.

Hermanos: a mí, el más insignificante de todos los fieles, se me ha dado la gracia de anunciar a los paganos la incalculable riqueza que hay en Cristo, y dar a conocer a todos cómo va cumpliéndose este designio de salvación, oculto desde el principio de los siglos en Dios, creador de todo. Él lo dispuso así, para que la multiforme sabiduría de Dios, sea dada a conocer ahora, por medio de la Iglesia, a los espíritus celestiales, según el designio eterno realizado en Cristo Jesús, nuestro Señor, por quien podemos acercarnos libre y confiadamente a Dios, por medio de la fe en Cristo. Palabra de Dios.

Asamblea: Te damos gracias, Señor.

Aclamación antes del Evangelio

(Leccionario III, 962: Lc 24, 44-53)

Coro: Aleluya, Aleluya.

Asamblea: Aleluya, Aleluya.

Lector: Vayan por todo el mundo, dice el Señor, y prediquen el Evangelio a toda creatura.

Asamblea: Aleluya, Aleluya.

Evangelio

El Turiferario se acerca al Celebrante, que coloca incienso en el incensario. A continuación el diácono pide la bendición y, precedido por el incensario humeante y los ciriales, se acerca al ambón para proclamar el Evangelio. Saluda e inciensa el Evangelio como de costumbre.

Diácono: El Señor esté con ustedes.

Asamblea: Y con tu espíritu.

Diácono: † Lectura del Santo Evangelio según san Lucas.

Asamblea: Gloria a ti, Señor.

(Leccionario III, 360: Lc 24, 44-53)

Diácono: 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “lo que ha sucedido es aquello de que les hablaba yo, cuando aún estaba con ustedes: que tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”. Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto. Ahora yo les voy a enviar al que mi Padre les prometió. Permanezcan, pues, en la ciudad, hasta que reciban la fuerza de lo alto”. Después salió con ellos fuera de la ciudad, hacia un lugar cercano a Betania; levantando las manos, los bendijo, y mientras los bendecía, se fue apartando de ellos y elevándose al cielo. Ellos, después de adorarlo, regresaron a Jerusalén, llenos de gozo, y permanecían constantemente en el templo, alabando a Dios. Palabra del Señor.

Asamblea: Gloria a Ti, Señor Jesús.

Homilía

(El Celebrante de la Celebración o el diácono dice la Homilía, ofrecemos algunas orientaciones para la Homilía).

El final del Evangelio de Lucas (24, 44-53) enlaza la acción salvadora de Jesús Resucitado con el envío misionero y ejercicio apostólico de la Iglesia, que nos transmitirá el mismo evangelista en los Hechos de los Apóstoles.

En primer lugar la cita es en el Cenáculo, en torno a Jesús, que aparece a sus apóstoles después de resucitar, cuando ellos no han terminado de comprender lo que ha sucedido. El Señor les muestra que es en la Sagrada Escritura, es decir, “en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos” (v. 44) en donde encontramos la explicación de lo que ha pasado. Pero sobre todo es con la ayuda del Espíritu Santo que esta comprensión es posible; por eso Jesús “les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras” (v. 45).

Es en la Palabra de Dios donde tenemos la sola posibilidad de comprender los hechos de salvación, que tienen en la pedagogía divina, un camino concreto y específico: “El Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos… y en su nombre se había de predicar a todas la naciones…” (v. 45). Este camino, empero, plantea una responsabilidad de la que participamos todos: “ustedes son testigos de esto” (v. 48).

El testimonio de Jesús es fruto del encuentro: “Ellos (los apóstoles), después de adorarlo, regresaron a Jerusalén, llenos de gozo” (v.52). Jesús ha aparecido verdaderamente en medio de ellos, les ha hablado y los ha escuchado, ha compartido el alimento y los ha bendecido (cf. vv. 36-50).

Este encuentro produce certeza y gozo, cambia la vida y pone de manifiesto el auténtico cumplimiento de lo que ya anunciaba Isaías (60, 1-6) en la primera lectura que escuchamos, abriendo la salvación a todos los pueblos y mostrando el gozo del Señor que salva a su pueblo. El anuncio gozoso del tercer Isaías se cumple y se convierte en una invitación que anticipadamente anuncia la salvación en Jesús: “Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti” (v. 1).

Los pueblos todos ahora están llamados a caminar bajo esta misma luz y a congregarse en torno al pueblo de Dios que ha sido salvado: “Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes, al resplandor de tu aurora. Levanta los ojos y mira alrededor: todos se reúnen y vienen a ti” (vv. 3-4). Esta luz sabemos que es Jesús, y esta reunión es en la Iglesia, pueblo de Dios convocado por Él, como lo anuncia San Pablo en la segunda lectura (Ef 3, 8-12): “Él lo dispuso así, para que la multiforme sabiduría de Dios, sea dada a conocer ahora, por medio de la Iglesia, a los espíritus celestiales, según el designio eterno realizado en Cristo Jesús” (vv. 10-11).

Esta conciencia de que somos pueblo de Dios llamado por su misericordia y convocado para ser fuente de bendición para todos los pueblos hace de Pablo el "apóstol de los gentiles", y de la Iglesia "misionera por naturaleza" (cf. RMi 1).

La conciencia de la misión universal no nos ha de faltar a los bautizados, como nos recuerda el Santo Padre en su mensaje para el DOMUND (Domingo Mundial de las Misiones), que se celebra hoy a lo largo de toda la Iglesia. Es necesario renovar el compromiso de todos por “llevar a todos el anuncio del Evangelio "con el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos" (Carta ap. Novo millennio ineunte, 58). Es el servicio más precioso que la Iglesia puede ofrecer a la humanidad y a cada persona que busca las razones profundas para vivir en plenitud la propia existencia”. (Benedicto XVI, mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2011).

Nadie puede sentirse excluido, decía el Beato Juan Pablo II, del deber de evangelizar (cf. RMi 2) y por tanto, de su carácter misionero. Por eso en nuestro lema como Iglesia de México, este año hemos propuesto el siguiente: La misión implica a todos, todo y siempre.

La misión hoy sigue siendo urgente y necesaria, y aunque toda la Iglesia ha insistido en la nueva evangelización y en particular nuestro continente americano y nuestra Iglesia mexicana han proclamado la «misión continental permanente», el horizonte del anuncio del Evangelio nos ha de seguir llevando hasta los últimos rincones de la tierra; pues aunque haya unos dos o tres que no conozcan a Cristo en la diócesis a la que pertenecemos, siempre habrá por cada católico, otros 5 que no lo son y están dispersos por todo el mundo.

La Jornada de las Misiones es para que no olvidemos precisamente esta realidad, que nos ha de lanzar con el mismo gozo de los apóstoles, en pos de aquellos que no han sido bautizados. El compromiso es de todos, así es que una de tres:

  • "Vayamos a las misiones", es decir, comprometámonos nosotros mismos en un momento específico de anuncio del Evangelio y trabajo misionero de primer anuncio.
  • O "enviemos misioneros", con nuestro discernimiento, acompañamiento, testimonio y apoyo.
  • O "ayudemos a enviar misioneros", con nuestras oraciones, sacrificios y aportaciones de todo tipo.

El DOMUND 2011 nos da la oportunidad de responder al Señor resucitado que hoy una vez más se hace presente entre nosotros y nos da a comer su cuerpo y su sangre en la Eucaristía. Respondamos a su invitación y comprometámonos como discípulos misioneros anunciadores del Evangelio.

Retomemos el primer anuncio y, como los apóstoles, después de adorar al Señor en esta celebración, vayamos a nuestras casas y a nuestra vida, llenos de gozo, a ser testigos de Jesús, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Profesión de Fe

Celebrante: Como testimonio expreso de lo que somos, profesemos nuestra fe con el Símbolo de los Apóstoles:

(Ordinario, no. 19)

Asamblea:

Creo en Dios, Padre todopoderoso,
Creador del Cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor,
que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,
nació de Santa María Virgen,
padeció bajo el poder de Poncio Pilato,
fue crucificado, muerto y sepultado,
descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
subió a los cielos
y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo,
la Santa Iglesia Católica,
la comunión de los santos,
el perdón de los pecados,
la resurrección de la carne
y la vida eterna.
Amén.

Preces

(Roguemos al Señor, pp. 339-340)

Celebrante: Oremos, hermanos, a Dios Padre, por medio de Jesucristo, su Hijo, que se entregó por la salvación de todos. Oremos diciendo: Padre, escúchanos.

Asamblea: Padre, escúchanos.

Lector: Para que el Espíritu Santo fortalezca a los Obispos y a los presbíteros de los países de misiones y los asista de manera que conduzcan sus jóvenes Iglesias hacia una verdadera madurez cristiana, oremos.

Asamblea: Padre, escúchanos.

Lector: Para que el Señor infunda su Espíritu Santo en los misioneros y haga que su apostolado y su testimonio sean verdaderamente evangélicos y no de sabiduría únicamente humana, oremos:

Asamblea: Padre, escúchanos.

Lector: Para que los cristianos que viven en países de misión, den un testimonio verdadero de amor a Jesucristo, se sientan ricos por el conocimiento del Evangelio y no se avergüencen nunca de su pobreza humana, oremos:

Asamblea: Padre, escúchanos.

Lector: Para que nosotros y los miembros de nuestras comunidades consideremos como parte integrante de nuestra fe la solicitud apostólica de transmitir la luz y la alegría del Evangelio al mundo no cristiano, oremos:

Asamblea: Padre, escúchanos.

Lector: Para que todos los discípulos de Jesucristo que vivimos en América seamos actores de la Gran Misión Continental convocada por los Obispos y así se renueve la fe en los que están apagados y se suscite en los que no la tienen, oremos:

Asamblea: Padre, escúchanos.

Celebrante: Señor Jesucristo, que sabes lo que hay en el interior de cada hombre y amas a todos, porque por todos te has entregado, escucha nuestra oración y haz que sean muchos los que tengan un amor tan grande que estén dispuestos, como tú, a entregar la propia vida por los hermanos y para anunciarles el Evangelio de Salvación. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Asamblea: Amén.

Liturgia Eucarística

Se puede realizar, si se ve conveniente, la procesión de ofrendas, para lo cual se pueden traer, o bien despensas para los pobres, que la comunidad misma aporte, o juguetes para los niños, y/o el pan y el vino para la Eucaristía.

Mientras tanto el coro interpreta un canto adecuado.

Después de presentar los dones de la forma acostumbrada y de incensar los dones y el altar, al celebrante y a la comunidad, se continúa con la oración sobre las ofrendas y la Plegaria Eucarística. Se sugiere la D1.

Celebrante: Oren, hermanos, para que este sacrificio, mío y de ustedes, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso.

Asamblea: El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.

Celebrante: Señor, como aceptaste la gloriosa pasión de tu Hijo, dígnate aceptar también por la salvación del mundo los dones y plegarias de tu Iglesia. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Asamblea: Amén.

Plegaria Eucarística II

(Ordinario, nos. 100-106)

Prefacio I para los Domingos del Tiempo Ordinario
El misterio Pascual y el Pueblo de Dios
(Ordinario, no. 52)

Celebrante: El Señor esté con ustedes.

Asamblea: Y con tu espíritu.

Celebrante: Levantemos el corazón.

Asamblea: Lo tenemos levantado hacia el Señor.

Celebrante: Demos gracias al Señor, nuestro Dios.

Asamblea: Es justo y necesario.

Celebrante: En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y fuente de salvación darte gracias y alabarte siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.

                               Quien, por su Misterio Pascual,
                               realizó la obra maravillosa
                               de llamarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte
                               al honor de ser estirpe elegida,
                               sacerdocio real,
                               nación consagrada,
                               pueblo de tu propiedad,
                               para que, trasladados por ti de las tinieblas a tu luz admirable,
                               proclamemos ante el mundo tus maravillas.

                               Por eso, con los ángeles y los arcángeles
                               y con todos los coros celestiales,
                               cantamos sin cesar el himno de tu gloria:

Todos                    Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo.
                               Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
                               Hosanna en el cielo.
                               Bendito el que viene en nombre del Señor.
                               Hosanna en el cielo.

El sacerdote, con las manos extendidas, dice:

Celebrante: Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad;

Junta las manos y, manteniéndolas extendidas sobre las ofrendas, dice:

Celebrante: Por eso te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu,

Junta las manos y traza el signo de la cruz sobre el pan y el cáliz conjuntamente, diciendo:

de manera que se conviertan para nosotros en el cuerpo y + la Sangre de Jesucristo, nuestro Señor.

Junta las manos.

En las fórmulas que siguen, las palabras del Señor deben pronunciarse claramente y con precisión, como lo requiere la naturaleza de las mismas palabras.

El cual, cuando iba a ser entregado a su Pasión, voluntariamente aceptada,

Toma el pan, y sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:

tomó pan, dándote gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:

Se inclina un poco

“Tomen y coman todos de él,
porque esto es mi Cuerpo,
que será entregado por ustedes”.

Muestra el pan consagrado al pueblo, lo deposita luego sobre la patena y lo adora haciendo genuflexión.

Después prosigue:

Del mismo modo, acabada la cena,

Toma el cáliz y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:

tomó el cáliz,
y, dándote gracias de nuevo,
lo pasó a sus discípulos, diciendo:

Se inclina un poco.

“Tomen y beban todos de él,
porque éste es el cáliz de mi Sangre,
Sangre de la alianza nueva y eterna,
que será derramada
por ustedes y por muchos
para el perdón de los pecados.
Hagan esto en conmemoración mía”.

Muestra el cáliz al pueblo, lo deposita luego sobre el corporal y lo adora haciendo genuflexión.

Luego dice:

Celebrante: Este es el misterio de la fe. Cristo nos redimió.

Asamblea: Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor hasta que vuelvas.

Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice:

Celebrante:           Así, pues, Padre,
                               al celebrar ahora el memorial
                               de la muerte y resurrección de tu Hijo,
                               te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de salvación,
                               y te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia.
                               Te pedimos humildemente
                               que el Espíritu Santo congregue en la unidad
                               a cuantos participamos del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.
C1:                        Acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida sobre toda la tierra;
                               y reunida aquí en el domingo,
                               día en que Cristo ha vencido a la muerte
                               y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal;
                               y con el Papa Benedicto XVI,
                               con nuestro Obispo N.,
                               y todos los pastores que cuidan de tu pueblo,
                               llévala a su perfección por la caridad.
C2:                        Acuérdate también de nuestros hermanos
                               que se durmieron en la esperanza de la resurrección,
                               y de todos los que han muerto en tu misericordia;
                               admítelos a contemplar la luz de tu rostro.
                               Ten misericordia de todos nosotros,
                               y así, con María, la Virgen madre de Dios,
                               los apóstoles
                               y cuantos vivieron en tu amistad
                               a través de los tiempos,
                               merezcamos, por tu Hijo Jesucristo,
                               compartir la vida eterna
                               y cantar tus alabanzas.

Junta las manos.

Toma la patena con el pan consagrado y el cáliz, los eleva y dice:

Celebrante:           Por Cristo, con Él y en Él,
                               a ti, Dios Padre omnipotente,
                               en la unidad del Espíritu Santo,
                               todo honor y toda gloria
                               por los siglos de los siglos.

Asamblea:            Amén.

Rito de la Comunión

Una vez depositados el cáliz y la patena sobre el altar, el sacerdote, con las manos juntas, dice:

Celebrante: Llenos de alegría por ser hijos de Dios, digamos confiadamente la oración que Cristo nos enseñó:

Extiende las manos, y, junto con el pueblo, continúa:

Todos:

Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre;
venga tu Reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.

Solo el sacerdote, con las manos extendidas, prosigue diciendo:

Celebrante:

Líbranos de todos los males, Señor,
y concédenos la paz en nuestros días,
para que, ayudados por tu misericordia,
vivamos siempre libres de pecado
y protegidos de toda perturbación,
mientras esperamos la gloriosa venida
de nuestro Salvador Jesucristo.

Junta las manos y el pueblo concluye la oración aclamando:

Asamblea: Tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.

Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice en voz alta:

Celebrante:

Señor Jesucristo,
que dijiste a tus apóstoles:
“La paz les dejo, mi paz les doy”,
no tengas en cuenta nuestros pecados,
sino la fe de tu Iglesia
y, conforme a tu palabra,
concédele la paz y la unidad.

Junta las manos.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Asamblea: Amén.

El  sacerdote, vuelto hacia el pueblo, extendiendo y juntando las manos, añade:

Celebrante: La paz del Señor esté siempre con ustedes.

Asamblea: Y con tu espíritu.

Celebrante: Como hijos de Dios, intercambien ahora un signo de comunión fraterna.

Todos intercambian el signo de paz. Después el sacerdote hace la fracción del Pan de la forma acostumbrada mientras se canta o se dice el “Cordero de Dios”.

El sacerdote se prepara interiormente con la oración prescrita y, tomando el pan consagrado, y sosteniéndolo un poco elevado sobre la patena o sobre el cáliz, de cara al pueblo, dice con voz clara:

Celebrante: Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
                 Dichosos los invitados a la cena del Señor.

Asamblea: Señor, no soy digno de que entres en mi casa,
               pero una palabra tuya bastará para sanarme.

El sacerdote comulga ambas especies y distribuye la comunión a los fieles mientras la Asamblea canta. Se sugiere: “Donde hay caridad y amor”, “Señor, no soy digno”, “Eucaristía, Milagro de Amor”.

Se purifican los vasos sagrados de la forma prescrita y el Celebrante, en la sede, de pié y con las manos extendidas, después de invitar a la asamblea, dice la Oración después de la Comunión.

Celebrante: Oremos.

(breve silencio)

Te pedimos, Señor,
que la participación en tu mesa nos santifique
y que la redención que tu Hijo consumó en la cruz,
sea recibida con gozo en todo el mundo
por medio del sacramento de tu Iglesia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Asamblea: Amén.

Monitor: Después de habernos encontrado con el Señor, escuchando su palabra y recibiéndolo en comunión, es el momento de partir, como los discípulos, con el gozo de sabernos salvados, a compartir esta misma alegría con aquellos que aún no lo conocen, y con aquellos que, aun conociéndolo, viven en la desolación de la desesperanza. El día mundial de las misiones no se acaba aquí, sino que exige un compromiso permanente de entrega y testimonio de aquel que nos ha salvado.

Ritos de Conclusión

Celebrante: El Señor esté con ustedes.

Asamblea: Y con tu espíritu.

El sacerdote, extendidas las manos sobre el pueblo, dice la bendición (Ordinario p. 177, Tiempo Ordinario IX)

Celebrante:

Que el Dios de toda gracia,
que en Cristo los ha llamado a su eterna gloria,
los afiance y conserve fuertes en la fe y constantes en las buenas obras.

Asamblea: Amén.

Celebrante: 

Y la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo y + Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Asamblea: Amén.

Diácono: 

Glorifiquen al Señor con su vida.
Pueden ir en paz.

Asamblea: Demos gracias a Dios.

El sacerdote y el diácono veneran el altar y, después de hacer reverencia al Cristo o genuflexión al Santísimo, precedido por los ministros, hace la procesión de salida.


1 El Ordinario de la Misa corresponde a los nuevos textos aprobados para la “Tertia Editio Typica”, Primera edición, marzo 2008. Se utiliza para los demás textos, el Misal Romano de la Décima Edición (septiembre de 1999)  y el Leccionario III.


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