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Contenido de: "LA FE, UN DON PARA COMPARTIR"

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Tema 1
Los oleajes de la evangelización:
algunas reflexiones en torno a la actual
eclesiología misionera

“Y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas”
(Gn 1, 2b)

Los oleajes de la
evangelización: algunas
reflexiones en torno a la
actual eclesiología misionera

Necesitamos por tanto retomar el
mismo fervor apostólico de las primeras
comunidades cristianas que,
pequeñas e indefensas, fueron capaces
de difundir el Evangelio en todo
el mundo entonces conocido mediante
su anuncio y testimonio.
Mensaje para la Jornada Mundial de las
Misiones 2012

El presente tema aborda la siguiente cuestión: ¿Cómo puede la Iglesia entenderse a si misma? Y hace un acercamiento a la respuesta que pasa por varias etapas: 1) las nociones del Concilio Vaticano II, culmen de la reflexión de dos mil años de la misma Iglesia sobre sí misma, con la guía y luz del Espíritu Santo; 2) la conciencia de los primeros cristianos para quienes ha estado claro que la Iglesia es misionera por naturaleza; 3) para finalmente presentar una metáfora que ilustra el dinamismo de la acción misionera de la Iglesia en el mundo a través de la historia.

Se acerca cada vez más la Jornada Mundial de las Misiones 2012, y no sólo ella es un motivo para la celebración sino que, como lo señala el Papa Benedicto xvi en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2012, ella es una celebración que viene rodeada de otros motivos celebrativos: el aniversario de los 50 años de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, la apertura del Año de la Fe y el Sínodo de los Obispos, que tiene por tema de reflexión la nueva evangelización. La próxima Jornada Mundial de las Misiones adquiere, en consecuencia, un significado muy peculiar, y vale la pena que nos dediquemos a analizarlo cuidadosamente con el fin de que comprendamos lo mejor posible este significado tan especial.

Particularmente, este significado despide una intensa luz sobre la naturaleza de esa comunidad de comunidades de la que formamos parte y que llamamos “Iglesia”. Sepamos que la Iglesia, a lo largo de su milenario caminar por la historia del mundo, desde los primeros grandes Padres de la Iglesia que nos heredaron preciosísimas y profundas enseñanzas hasta los actuales teólogos cuyas atinadas reflexiones siguen orientándonos, se ha esforzado intensamente por comprenderse a sí misma cada vez más y de mejor manera. A este esfuerzo de la Iglesia por entender su propio ser y su particular quehacer, muchas veces arduo y difícil, lo podemos denominar “eclesiología”; ésta es esa parte de la teología cristiana que busca una comprensión de la naturaleza, misión y propósito de la Iglesia. Debemos tener en cuenta que este esfuerzo de comprensión de la Iglesia ha sido siempre un esfuerzo de autocomprensión, y que, como todo autoconocimiento (pensemos, cada uno de nosotros, en el conocimiento que alcanzamos a tener acerca de nosotros mismos, pero, aún más, en todo lo que aún nos queda por conocer), se trata de una tarea sumamente difícil y complicada. Sin embargo, el Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de las Misiones que está por llegar, como guía segura, nos ofrece una ayuda invaluable para que podamos realizar esta tarea sin extravíos. Veamos esta hermosa guía.

1. Una comunidad que busca entenderse a sí misma

En el desarrollo del prolongado esfuerzo que la Iglesia ha realizado para comprenderse a sí misma, el cincuentenario Concilio Ecuménico Vaticano II tiene un significado aradigmático. Aunque la constitución dogmática Lumen gentium presenta el centro y la clave de la autoconciencia que la Iglesia tiene de sí misma, no pocos eclesiólogos y teólogos en general han alcanzado un acuerdo casi unánime en un punto importante: todo el Vaticano II es, en su conjunto, un concilio fundamentalmente eclesiológico. Y no es para menos: un triple diálogo que toma a la Iglesia como principal interlocutora parece dibujar toda la arquitectura del Concilio entero: 1) un diálogo pastoral de la Iglesia con sus propios fieles, 2) un diálogo ecuménico de la Iglesia con sus hermanos cristianos no unidos y 3) un diálogo evangelizador de la Iglesia con el mundo contemporáneo. El concilio Vaticano II es, en palabras del gran teólogo Karl Rahner, “un concilio de la Iglesia sobre la Iglesia”.

El esfuerzo que la Iglesia realiza para comprenderse a sí misma no es, sin embargo, una tarea que ha acabado. Basta con darnos cuenta de que no ha sido suficiente medio siglo para que en el mundo exista una comprensión más clara e integrada de lo que es la Iglesia. Para muchos católicos, e inclusive para muchos de nosotros, la noción que tenemos de ‘Iglesia’, hasta cierto punto, está golpeada por la diversidad y la confusión. Desgraciadamente las aguas del Concilio Vaticano II no han conseguido empapar la conciencia de todos los estratos católicos. Por esta razón, el Papa Benedicto xvi nos invita a que aprovechemos la próxima Jornada Mundial de las Misiones, entre otras cosas, como una ocasión para reflexionar sobre lo que nosotros, como comunidad eclesial viva, debemos ser en realidad. Y en esta tarea de autocomprendernos como Iglesia, el Mensaje iluminador de esta Jornada Mundial de las Misiones que está por venir nos ofrece una valiosísima clave: la misión evangelizadora no sólo se halla en la médula del quehacer de la Iglesia, sino que se encuentra también en el corazón de su mismo ser.

Si nos percatamos bien, el triple diálogo que atraviesa de lado a lado al Concilio Vaticano II habla no sólo de lo que hace y de lo que debe hacer la Iglesia, sino también de una característica esencial de su propio ser: su ser es esencialmente misionero, la Iglesia es de naturaleza misionera; he aquí lo que quizás sea la principal conclusión eclesiológica del Vaticano II. Como nos lo recuerda el Papa Benedicto xvi en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2012: “El Concilio Ecuménico Vaticano II, con la participación de tantos obispos de todos los rincones de la tierra, fue un signo brillante de la universalidad de la Iglesia, reuniendo por primera vez a tantos Padres Conciliares (…) que han llevado a las sesiones del Concilio la imagen de una Iglesia presente en todos los continentes, y que (…), animados por la pasión de la difusión del Reino de Dios, ellos contribuyeron significativamente a reafirmar la necesidad y la urgencia de la evangelización ad gentes, y de esta manera llevar al centro de la eclesiología la naturaleza misionera de la Iglesia”.

La eclesiología del Concilio Vaticano II es una eclesiología esencialmente misionera: ella refleja con mucha claridad un dinamismo que marca desde sus inicios y de modo fundamental el corazón mismo de la Iglesia: la misión evangelizadora. Como lo testimonian los evangelios (cf. Mt 28,18ss; Mc 16,15-18; Lc 24,46-49; Jn 20,21ss), los orígenes mismos de la Iglesia, sus comienzos primordiales, están marcados por el mandato misionero: Cristo Jesús, el primero y más grande de los misioneros, el misionero del Padre, compartió su propia misión a sus discípulos y los envió a todos los pueblos: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado. Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,18ss). La declaración conciliar Ad Gentes no sólo ha puesto de relieve este mandato misionero, sino que el Vaticano II en su conjunto lo ha sabido poner sin titubeos en el centro de la naturaleza misma de toda la Iglesia. “Así, no sorprende que el Concilio Vaticano II y el Magisterio posterior de la Iglesia insistan de modo especial en el mandamiento misionero que Cristo ha confiado a sus discípulos y que debe ser un compromiso de todo el Pueblo de Dios, Obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y laicos” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2012).

Estudiando

2. Una eclesiología esencialmente misionera

La Iglesia sigue prolongando hoy en día ese triple diálogo que inauguró hace cincuenta años con el Concilio Vaticano II, el cual no es sino una consecuencia de aquel diálogo fundacional que la Iglesia emprendió desde sus comienzos con el mundo antiguo. Y algo que es importante considerar del contexto en que se desarrolla este diálogo con las situaciones actuales, como lo indica en su Mensaje el Papa Benedicto xvi, es la constatación de “la crisis de fe, no sólo en el mundo occidental, sino en la mayoría de la humanidad” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2012). Salvando las diferencias, el contexto actual, como el de hace dos milenios, se halla colmado de dificultades y problemáticas, tan variadas como complejas, lo que hace que se levante como un entorno desafiante para la misión evangelizadora de la Iglesia. No obstante, haciendo conciencia de su primigenia condición misionera, la cual le es en realidad connatural, la Iglesia tiene ante sí un vasto horizonte para seguir desarrollando con eficacia el cumplimiento del mandato misionero que le ha sido confiado.

Como lo relatan los Hechos de los Apóstoles, el mandato misionero fue asumido con toda determinación y valentía por las primeras comunidades cristianas; en medio de un mundo dominado culturalmente por el pensamiento helénico y a la sombra de la creciente consolidación del Imperio Romano, este mandato fue llevado a cumplimiento por los primeros cristianos entusiastamente, incansablemente, impostergablemente, a menudo alcanzando incluso el heroísmo y, con frecuencia, el martirio. Pero, a pesar del desafiante contexto sociopolítico y cultural, ¿de dónde provenía el inmitigable fervor de la naciente Iglesia? La fuente de semejante entusiasmo fue nada menos que el mismo Espíritu Santo, quien desde el principio, ha sido el protagonista de la misión de la Iglesia. El Espíritu Divino, que Jesús había prometido antes de su ascensión a la derecha del Padre, efectivamente llegó sobre los apóstoles, a través de ellos, sobre la naciente Iglesia. Este Espíritu, el Espíritu mismo de Dios, que sopla por donde quiere, inflamaba los corazones de los primeros testigos de Cristo y los hacía arder en la urgencia de anunciar una Buena Nueva, la Buena Nueva de un Dios que desde la eternidad “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1Tm 2, 3s).

El Espíritu Paráclito llegó sobre los apóstoles, y llegó para quedarse en la Iglesia y hacer realidad la promesa “yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. El mismo Espíritu Santo que impulsó a la Iglesia desde sus primeros pasos la ha acompañado ininterrumpidamente hasta el día de hoy, y la continuará acompañando incondicionalmente. Sin embargo, en momentos pareciera que aquel luminoso arrojo de los primeros evangelizadores ha quedado oculto en las penumbras del pasado, y que hoy en día predomina en las filas de los bautizados un oscuro y apático indiferentismo. Por esto, el Papa Benedicto xvi nos llama, aun en estos tiempos marcados por la desazón y la desesperanza, a recuperar el dinamismo valeroso y entusiasta que marcó a las primeras comunidades cristianas: “Necesitamos por tanto retomar el mismo fervor apostólico de las primeras comunidades cristianas que, pequeñas e indefensas, fueron capaces de difundir el Evangelio en todo el mundo entonces conocido mediante su anuncio y testimonio”. Recordemos que es el mismo Espíritu el que nos mantiene en esta entrega que debemos hacer con todas nuestras fuerzas a la misión evangelizadora de la Iglesia, la cual continúa siendo urgente y prioritaria.

En este sentido, toda auténtica reflexión eclesiológica debe apuntar a una renovación irrefrenable del espíritu misionero de la Iglesia. Como toda auténtica teología, la eclesiología católica, en cuanto que es inevitablemente misionera, no culmina en un acto especulativo o de erudición; la Iglesia, al volver mediante la reflexión sobre su propia naturaleza, sobre su auténtico y más primordial modo de ser, y descubrir que ella es ineludiblemente misionera, que ella ha nacido para la evangelización del mundo, hace no sólo que toda ella llegue al autorreconocimiento de su condición misionera, sino que proclame al unísono, como Pablo, “¡Ay de mí si no predico el Evangelio!” (1Cor 9,16b). El ejercicio eclesiológico que emprende la comunidad eclesial la lleva a actuar con absoluta coherencia y fidelidad a su propia naturaleza, a la naturaleza que le ha recibido como un don divino, y redunda, al final de cuentas, en un renovado e incontenible impulso por llevar el Evangelio hasta los ámbitos más recónditos de las conciencias y de los corazones de los seres humanos de todos los lugares y de todas las épocas, incluída, naturalmente, nuestra época.

El significado misionero de la eclesiología católica, por consiguiente, no hace sino manifestar una de las características más notables del dinamismo que marca y consigue mantener en vilo a la Iglesia. Ahora bien, no han faltado figuras que intentan explicar este dinamismo; en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones, el Papa Benedicto XVI echa mano de una figura neotestamentaria: la samaritana que da de beber a Jesús de las aguas del pozo de Jacob (cf. Jn 4,1-30). Sin embargo, este dinamismo puede ser explicado con una figura que resulta más fácil para nuestras mentalidades modernas (quizás demasiado modernas para conformarse con explicaciones tan sencillas y evidentes): las ondas u olas que tienen lugar en la superficie del agua cuando se produce en ella un movimiento.

Este principio hidrodinámico (que podría verificarse sencillamente y cuantas veces queramos introduciendo alguno de nuestros dedos a un recipiente con agua, o recuperando esa natural diversión que nos daba lanzar una piedra a un charco de agua), por lo demás, es lo que produce que existan en los mares y océanos olas, a las cuales vemos continua y repetidamente cubrir y descubrir las playas, y, casualmente, puede fungir (claro, figuradamente) también como un principio eclesiológico misionero. Imaginemos un poco: en un momento dado, el dedo divino del Espíritu Santo irrumpe poderosamente en la superficie de las aguas de la historia. En este momento surge la Iglesia; antes no había más que el piélago inerte, estático, sin movimiento alguno. Esta superficie inmediatamente, al momento del toque divino, se ve movida, dinamizada, motivada, formándose en ella una serie consecutiva de ondas u olas que, tomando como centro el punto en el que el dedo del Espíritu se ha sumergido, se desplazan continuas e irrefrenables desde dentro hacia afuera. En un principio, estas ondas son uniformes y perfectamente circulares, pero posteriormente, por la acción de variables como los vientos, la presión atmosférica, la temperatura del ambiente, etcétera, se tornan de formas variadas y adoptan diversas fuerzas y alturas en sus diferentes puntos. Las variables que forman y deforman a las olas que avanzan, sin que consigan detenerlas, pueden simbolizar las diferentes situaciones del mundo en medio del cual la Iglesia se abre paso. Misteriosamente, aún cuando las olas hayan alcanzado límite y vengan de rebote, el impulso que provoca este permanente vaivén no se detiene; el Espíritu divino no deja de poner su dedo, aportando sin cese la energía y el impulso para este movimiento se mantenga permanentemente.

3. Los oleajes de la evangelización

La evangelización del mundo proviene de un dinamismo más íntimo e interno de la Iglesia, un dinamismo que ha sido echado a andar por el mismo Espíritu Santo, el auténtico motor de la evangelización. Ahora bien, este dinamismo evangelizador, por lo demás, resulta incontenible y, a la vez, irrefrenable: por una parte, una vez que se ha desatado el impulso misionero, la Iglesia no puede contener este continuo movimiento expansivo que va de dentro hacia afuera, que va incluso más allá de los propios límites; por otro lado, en su actuar evangelizador, la Iglesia no encuentra límites externos ni barreras infranqueables. De la misma manera que un dique no puede sino contrarrestar algunos efectos del oleaje, pero jamás detenerlo y dejar las aguas en la más completa quietud, así la acción evangelizadora de la Iglesia, que viene impulsada por el mismo Espíritu de Dios, avanza imparable e inagotablemente, buscando siempre tocar tierra.

En el oleaje del mar no hay puntos inmutables; todas las partículas de agua se hallan en movimiento. Aparentemente, sobre todo en los momentos borrascosos, pareciera que este movimiento es totalmente caótico y desordenado, pero no lo es así: todas las partículas de agua se comportan coordinadamente de acuerdo a las leyes de la hidrodinámica. De igual manera en la Iglesia, ningún fiel debe permanecer estático; la Iglesia es una comunidad que peregrina por los caminos de la historia, una comunidad itinerante que va contribuyendo a darle forma al destino de la humanidad, y, por la trascendencia de su labor, no puede darse el lujo de tomar descanso. La Iglesia no puede confundirse con un grupo inmóvil, impasible, que permanezca intacto e inmutable; por el contrario, así como el agua del mar, la Iglesia es una comunidad que vive permanente y continuamente en un dinamismo, en un dinamismo evangelizador; de ello depende su vida.

Sigamos un poco más con la metáfora que hemos esbozado: en la conformación del oleaje mismo, la hidrodinámica contemporánea ha logrado descubrir lo que podría ser la clave del orden: la superficie de cada una de las grandes olas está conformada por una serie sucesiva de microolas; de tal manera, el oleaje en su totalidad está conformado por una innumerable cantidad de macroolas, las cuales, a su vez, están conformadas por una incalculable cantidad de microolas. La Iglesia no es sólo un agregado de personas que ha tenido la fortuna de ser bautizadas; la Iglesia es, según la eclesiología del Documento Conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y de El Caribe de Aparecida (que se reconoce como fiel heredero del espíritu del Concilio Vaticano II), comunidad de comunidades (cf. No. 517 e) conformada por distintos dones, carismas y ministerios que, según reza uno de los principios fundamentales de la eclesiología del Vaticano II, son igualmente inspirados por el mismo Espíritu (cf. LG 4).

El Mensaje del Papa Benedicto xvi hace énfasis en algo que ya había establecido la declaración conciliar Ad gentes (No. 20 y 38) y que la encíclica Redemptoris missio (No. 63), del Papa Juan Pablo ii, ha puntualizado: que los obispos son “los primeros responsables de la evangelización del mundo”. No obstante, el Papa Benedicto xvi también deja muy claro que esta tarea, aunque recae primeramente sobre los hombros de nuestros Obispos, no es exclusiva de ellos, sino que todas las personas que formamos parte de la comunidad eclesial, todos los bautizados, participamos, en virtud de la vida del Espíritu que hemos recibido en el bautismo, de la responsabilidad de hacer que el mensaje de Cristo Jesús alcance a tocar los corazones de todos y cada uno de los seres humanos en cualquier parte del mundo. Así como nos los señala la hidrodinámica contemporánea, si hay olas grandes, las hay sólo por gracia de las pequeñas, así la ‘eclesiodinámica’ misionera de hoy en día, esa que nos dice cómo se mueve al oleaje de la evangelización nos hace recordar que los dirigentes de las grandes comunidades eclesiales (Diócesis y Arquidiócesis) se mueven según como se mueven las pequeñas comunidades eclesiales (parroquias y, en definitiva familias, que son Iglesias domésticas), las cuales son movidas de modo directo e infatigable por el mismo Espíritu Santo, el verdadero protagonista de la misión.

Nativos atentos

Conclusión

La misión de la Iglesia de ir por todo el mundo y predicar el Evangelio a todos los pueblos es irrenunciable. Puesto que brota de su naturaleza más íntima, la comunidad eclesial no puede dejar de lado en ninguno de sus sectores la tarea evangelizadora, y ni tan siquiera puede relegarla a un segundo momento. El nada evangélico pensamiento “primero nosotros, y luego los demás” no puede encontrar lugar alguno en las mentes de los cristianos, y ni tan siquiera, como se podría sospechar, en las situaciones de más penuria y adversidad. La historia de las Iglesias misioneras que se hayan esparcidas por el mundo, muchas de ellas de muy reciente cristiandad, está plagada de ejemplos y testimonios acerca de la prioridad de este imperativo evangelizador; varias de estas comunidades, mostrando cómo ellas son capaces de “dar aun desde la propia pobreza”, llegando incluso al martirio, han dejado por sentado que no hay justificación alguna para postergar la labor evangelizadora o para mandarla a un “a ver si acaso podemos” o, peor todavía, a un “a ver si queremos”.

La evangelización no es signo de un excedente o de un superávit en la población de cristianos, mucho menos de un sobrante de sacerdotes o de personas consagradas; ella es un signo de que la Iglesia se mantiene viva y fiel a su propia naturaleza.

En esta misma línea, una de las consecuencias más radicales de la eclesiología misionera es que la misión de evangelizar no tiene un carácter opcional; la Iglesia no tiene alternativa alguna ante el mandato misionero que Jesucristo le ha confiado; ella no puede, bajo ninguna circunstancia, decidir dejar de llevar a cabo la misión evangelizadora. El Papa Pablo vi señaló con todo vigor este carácter irrenunciable de la misión ad gentes: “No constituye para la Iglesia algo de orden facultativo: está de por medio el deber que le incumbe, por mandato del Señor, con vista a que los hombres crean y se salven. Sí, este mensaje es necesario. Es único. De ningún modo podría ser reemplazado” (EN 5). Asimismo, el Papa Benedicto xvi nos lo recuerda con suma insistencia, la evangelización es innegociablemente prioritaria e insustituible: ella no puede dejar de ocupar las primeras líneas de las agendas de toda comunidad eclesial, aun por encima de cualquier otro tipo de preocupaciones, que sea fiel al auténtico espíritu evangélico:

También hoy, la misión ad gentes debe ser el horizonte constante y el paradigma en todas las actividades eclesiales, porque la misma identidad de la Iglesia está constituida por la fe en el misterio de Dios, que se ha revelado en Cristo para traernos la salvación, y por la misión de testimoniarlo y anunciarlo al mundo, hasta que Él vuelva. (…) todos los componentes del gran mosaico de la Iglesia deben sentirse fuertemente interpelados por el mandamiento del Señor de predicar el Evangelio, de modo que Cristo sea anunciado por todas partes.

(…) La preocupación de evangelizar nunca debe quedar al margen de la actividad eclesial y de la vida personal del cristiano, sino que ha de caracterizarla de manera destacada, consciente de ser destinatario y, al mismo tiempo, misionero del Evangelio (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2012).

El dinamismo propio de la evangelización hace que, como un paso natural, ella se vuelva un acto de caridad. Y en este paso natural, las Obras Misionales Pontificio Episcopales tiene un papel preponderante, como lo apunta el Papa Benedicto xvi en el Mensaje que nos regala: “Por medio de sus actividades, el anuncio del Evangelio se convierte en una intervención de ayuda al prójimo, de justicia para los más pobres, de posibilidad de instrucción en los pueblos más recónditos, de asistencia médica en lugares remotos, de superación de la miseria, de rehabilitación de los marginados, de apoyo al desarrollo de los pueblos, de superación de las divisiones étnicas, de respeto por la vida en cada una de sus etapas”.

De la misma manera que el oleaje del mar alcanza la tierra y termina por bañar sus costas, penetrando sus arenas o golpeando y, a la larga, modelando sus rocas y acantilados, así el dinamismo del oleaje evangelizador tiene el propósito final de transformar la historia con la fuerza de la caridad y penetrar los espíritus y los corazones de la humanidad entera, moldeándola y conduciéndola hacia su destino final: “la salvación y el conocimiento pleno de la verdad”. Que el impulso dinamizador del Espíritu Divino se vuelva más perceptible en estos tiempos que nos conducen hacia la siguiente Jornada Mundial de las Misiones, para que todos juntos, como una comunidad de comunidades que se sabe plenamente misionera, demos testimonio pleno y consciente de la fe que nos ha sido dada.

Nativos preparándose

Preguntas para reflexión

1. Estamos en un contexto de múltiples expresiones de la Misión de la Iglesia: la Jornada Mundial de las Misiones, el Año de la Fe, el Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización, y a nivel continente, la celebración del CAM4-COMLA9. De qué manera nos preparamos a nivel parroquial y diocesano para que todo esto ilumine nuestras actividades.

2. Sabemos que “La Iglesia es Misionera por naturaleza.” Como miembros de la Iglesia ¿nos
reconocemos a nosotros mismos como Misioneros? ¿Cómo lo verificamos en nuestro diario vivir?

3. En este tema se usó una metáfora para ilustrar el dinamismo misionero de la Iglesia: el oleaje del mar. ¿Cómo podría aplicarse para interpretar el dinamismo misionero parroquial y diocesano? ¿A que acciones concretas nos lleva esta reflexión?

Lic. Sergio Mendoza Gurrola