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Contenido de: "LA FE, UN DON PARA COMPARTIR"

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Comisión Pastoral Misionera

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Tema 2
Eclesiología Misionera

“Tenemos que trabajar en las obras
del que me ha enviado”
(Jn 9, 4)

El mensaje de Cristo, hoy como ayer, no
puede acomodarse a la lógica de este
mundo, porque es profecía y liberación, es
semilla de una humanidad nueva que crece,
y solamente al final de los tiempos tendrá
su plena realización.

Benedicto XVI, mensaje a los Directores
Nacionales de OMP en su Asamblea
2012

En este tema se remarcan dos aspectos importantes de la Misión de la Iglesia; en primer lugar que la Iglesia es fruto de la Misión misma de la Santísima Trinidad, ya que del designio del Padre para la salvación de los hombres, el envío del Hijo y del Espíritu Santo surge la comunidad de testigos que es la Iglesia; en segundo lugar, que la Iglesia es en sí misma misionera, al grado de que la Misión de la Iglesia no es un añadido más a la naturaleza de la Iglesia, sino que forma parte de su misma esencia.

El Papa Benedicto XVI nos invita en su mensaje para el Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND) 2012 a “reafirmar la necesidad y la urgencia de la evangelización ad gentes, y de esta manera llevar al centro de la eclesiología la naturaleza misionera de la Iglesia”.

Por eso creo que es conveniente recordar la eclesiología misionera en que se resalta la naturaleza misma de la Iglesia en tono de misión, para renovar el impulso misionero que nos lleve a continuar con el encargo recibido del Señor.

Ciertamente tenemos más que claro que Jesús envió a los Apóstoles a «anunciar el Evangelio» y a «ser testigos» de lo que habían visto y oído (Mt 28,19; Mc 13,10; 16,15; Lc 24,47; Jn 15,27 y Hch 9,15). La Iglesia surge precisamente de este hecho como primer testigo de Jesús y transmisora de la gracia.

El Papa Benedicto reafirma la necesidad de la Misión ad gentes como tarea esencial de la Iglesia, dadas las necesidades actuales y la situación del hombre de hoy:

“Ha aumentado enormemente el número de aquellos que aún no conocen a Cristo: «Los hombres que esperan a Cristo son todavía un número inmenso», comentó el beato Juan Pablo II en su encíclica Redemptoris missio sobre la validez del mandato misionero, y agregaba: ‘No podemos permanecer tranquilos, pensando en los millones de hermanos y hermanas, redimidos también por la Sangre de Cristo, que viven sin conocer el amor de Dios’ (n. 86). En la proclamación del Año de la Fe, también yo he dicho que Cristo ‘hoy
como ayer, nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra’ (Porta fidei, 7); una proclamación que, como afirmó también el Siervo de Dios Pablo VI en su Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, ‘no constituye para la Iglesia algo de orden facultativo: está de por medio el deber que le incumbe, por mandato del Señor, con vista a que los hombres crean y se salven. Sí, este mensaje es necesario. Es único. De ningún modo podría ser reemplazado’
(n. 5)”. (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2012)

Termina afirmando: “Necesitamos por tanto retomar el mismo fervor apostólico de las primeras comunidades cristianas que, pequeñas e indefensas, fueron capaces de difundir el Evangelio en todo el mundo entonces conocido mediante su anuncio y testimonio”. (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2012).

Si las primeras comunidades tuvieron este fervor apostólico, cabría preguntarnos ¿qué convicciones tuvieron?, qué les llevó a este compromiso evangelizador hasta la entrega misma de la vida y el derramamiento de sangre en el caso, por ejemplo, de los apóstoles y de los mártires. La convicción inicial es que la urgencia de la misión de evangelizar que ha recibido la Iglesia como Don y como encargo surge de la misma misión Trinitaria, que le da sentido y razón de ser.

1. La Iglesia fruto de la Misión Trinitaria

La Iglesia, enviada por Jesucristo a anunciar el Evangelio, en realidad tiene como misión la misma que Él recibió del Padre, y que da a los suyos precisamente el día de la Resurrección: “Como el Padre me envió, también yo los envío” (Jn 20,21). En este sentido nos dice el Papa que “La misión ad gentes debe ser el horizonte constante y el paradigma en todas las actividades eclesiales, porque la misma identidad de la Iglesia está constituida por la fe en el misterio de Dios, que se ha revelado en Cristo para traernos la salvación, y por la misión de testimoniarlo y anunciarlo al mundo, hasta que Él vuelva” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2012).

El Padre envió a su Hijo al mundo por amor (cf. Jn 3,16), para salvar al hombre caído: “para rescatar al esclavo entregaste al Hijo”, cantamos en el Pregón Pascual la noche del Sábado Santo. El Hijo de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros (cf. Jn 1,14) precisamente por obediencia al Padre y para realizar, también por amor, nuestra salvación. Por eso, además de llamarnos «amigos» (cf. Jn 15,15), nos ha destinado a ser sus testigos y a «dar fruto que permanezca» (cf. Jn 15,16). Para ello ha enviado al Espíritu Santo, que está con nosotros y nos «guía a la verdad completa» (cf. Jn 14,16-17), además de hacernos «testigos de su amor» (cf. Jn 15,27). A fin de cuentas, como dijo Jesús a sus discípulos en la Última Cena: “Yo estoy en mi Padre, y ustedes en mí, y yo en ustedes” (Jn 14,20); la vida de la fe es una participación en la Misión Trinitaria y una comunión con cada una de las tres Divinas Personas.

Nos damos cuenta, entonces, que la procedencia divina y la dimensión eclesial de la misión, por la participación de los bautizados en los misterios de la salvación, se funden en una hermosa historia de envío y anuncio que el hombre hace en conjunto con Dios y por encargo suyo. Todo en la Iglesia será siempre dar testimonio «de lo que hemos visto y oído», de lo que recibimos primero para poder darlo. Así, como dice Monseñor Esquerda, “La razón de ser de la Iglesia es la de recibir el amor de Dios revelado y comunicado en Cristo, para celebrarlo, vivirlo y anunciarlo”(Esquerda Bifet, Compendio de Misionología, EDICEP 2007, p. 49). De este modo, “Todo lo que en la Iglesia no refleje este amor, no es Iglesia de Jesús” (Ibíd).

Este camino de salvación es el escogido y realizado por Dios mismo, Padre, Hijo y Espíritu Santo, para nuestra salvación, de modo que “los hombres, pues, no pueden entrar en comunión con Dios, si no es por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu” (RM 5). La vida divina que recibimos en el bautismo y se hace nuestra por la fe es posible solo en esta dimensión Trinitaria.

Al mismo tiempo que la vida de la fe es una expresión de nuestra comunión con Dios Uno y Trino, y se realiza por ella, es también fuente y principio de comunión con todos los hombres, llamados a vivir esta plenitud de vida. Por eso podemos decir con toda verdad que “la Iglesia es signo eficaz de comunión, es decir, ‘sacramento de la unión íntima con Dios y de la unidad del género humano’ (LG 1). Es, pues, el ‘sacramento visible de la unidad salvífica para todos’ (LG 9) y ‘señal de fraternidad’ (GS 92)” (Esquerda, p. 51).

Sesionando en el campo

Así, todo lo que la Iglesia anuncia como don de fe, y aún todo lo que defiende como auténticamente humano, lleva a plenitud lo que el hombre anhela vivir y tener, y da respuesta a aquellos que no han sido iluminados por la fe. El Papa Benedicto XVI dijo, en su mensaje a los Directores Nacionales de las OMP en su Asamblea anual de este año 2012, que “el mensaje de Cristo es profecía y liberación, es semilla de una humanidad nueva que crece y sólo al final de los tiempos tendrá su plena realización” (L´Osservattore Romano, 19 de mayo de 2012, p. 1).

Ahora bien, si la misión de la Iglesia es reflejo y signo sacramental de la misión Trinitaria y de su amor salvador por todos los hombres, ¿en qué consiste hoy esta misión?, ¿cómo llevarla a cabo? Esto lo veremos en el siguiente apartado.

Foro en forno a Jesús anunciando la Buena Nueva

2. Naturaleza Misionera de la Iglesia.

“La Iglesia existe para Evangelizar” (EN 14), es una aseveración que hemos escuchado y promovido durante mucho tiempo, con la conciencia de que es esta la vocación propia de la Iglesia, y por tanto, nuestro compromiso personal ineludible e inaplazable. El Venerable Paulo VI explica, al proclamar esta verdad, para qué la evangelización: “para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa” (EN 14).

En otras palabras, la Iglesia existe para evangelizar precisamente para que la salvación fundada en Cristo, con Él y en Él, se haga efectiva y real en cada persona. Por eso “la Iglesia, también con sus limitaciones y miserias, no deja de transparentar la presencia y acción salvífica y evangelizadora de Cristo” (Esquerda, p. 51).

Ante las dificultades propias de cada época, la vocación esencial de la Iglesia sigue siendo actual y urgente, sigue siendo un imperativo y una razón de ser. El Papa ha dicho: “La misión hoy necesita renovar la confianza en la acción de Dios; necesita una oración más intensa para que venga su reino, para que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo” (L´Osservattore Romano, 19 de mayo de 2012, p. 3).

Cierto que las dificultades y circunstancias de cada época plantean retos diferentes y exigen una respuesta de los fieles que siempre ha planteado un reto para la vida de la fe. Sin embargo, a lo largo de la historia, vemos situaciones similares y respuestas similares que nos ayudan hoy a tener la valentía de enfrentar las dificultades propias de la época que nos ha tocado vivir, el principio del siglo XXI; estas se viven en diferentes escenarios, que a su vez plantean retos y exigen una creatividad pastoral propia que dé una respuesta adecuada y suficiente.

Los Obispos en Aparecida, le llamaron «Nuevos Areópagos» a los escenarios propios que retan a la evangelización ante la nueva cultura que se vive en el mundo de hoy. Estos son: “el mundo de las comunicaciones, la construcción de la paz, el desarrollo y la liberación de los pueblos, sobre todo de las minorías, la promoción de la mujer y de los niños, la ecología y la protección de la naturaleza. Y ‘el vastísimo areópago de la cultura, de la experimentación científica, de las relaciones internacionales’” (DA 491). Los medios que plantean para lograrlo: promover un laicado interlocutor de la Iglesia en los diferentes escenarios; el uso de los medios de comunicación como fuente de evangelización; la participación con los comunicadores, deportistas, políticos, etc. es decir, con los diferentes actores del mundo actual; la presencia del sacerdote como formador de opinión, etc. (cf. DA 497).

El Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos, al proponernos los lineamenta que preparan la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, nos
hace notar, por su parte, los seis escenarios que contempla como retos propios del cristiano en el mundo de hoy. A saber:

  1. La cultura secularizada del mundo hoy.
  2. El fenómeno de la migración, que también es mundial, y sus consecuencias.
  3. l desafío de los medios de comunicación social.
  4. La situación económica del mundo y sus naciones.
  5. La realidad de la investigación científica y tecnológica.
  6. La realidad política de las naciones. (Lineamenta “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”, no.6).

En cada época de la historia de la Iglesia los hijos de Dios han enfrentado los retos propios de su vida de fe ante el estilo de vida y estructuras de su actualidad. “La Iglesia sabe que ella es el fruto visible de esta ininterrumpida obra de evangelización que el Espíritu guía a través de la historia para que el pueblo de los redimidos dé testimonio de la memoria viviente del Dios de Jesucristo” (Lineamenta, no.2).

Nosotros hoy estamos llamados a ser conscientes de la esencia misionera de nuestra fe y hemos de concientizar los retos y necesidades de nuestro mundo para dar una respuesta de fe, evangelizar nuestra cultura y seguir dando testimonio del amor de Dios.

Nos enseña Monseñor Esquerda, a propósito del caminar de la Iglesia, que “la renovación eclesial de cada época tiende a aplicar y vivir mejor los contenidos evangélicos de su misión. «La Iglesia existe para evangelizar» (EN 14) y, por tanto, «no es fin para sí misma» (RM 19)” (Esquerda, p. 51). Jesucristo es el mismo, la misión del Padre sigue siendo actual, la iluminación del Espíritu Santo sigue siendo actuante, por lo que nuestra entrega está llamada a renovarse y rejuvenecerse en el celo misionero.

Conferenciante

Conclusión

A manera de conclusión de nuestro tema, retomo la del Papa en su mensaje: “Como Pablo, debemos dirigirnos hacia los que están lejos, aquellos que no conocen todavía a Cristo y no han experimentado aún la paternidad de Dios, con la conciencia de que «la cooperación misionera se debe ampliar hoy con nuevas formas para incluir no sólo la ayuda económica, sino también la participación directa en la evangelización» (Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris missio, 82)” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2012).

Este año tenemos una gran oportunidad de crecer en el espíritu y compromiso misionero, pues “la celebración del Año de la Fe y el Sínodo de los Obispos sobre la nueva evangelización serán ocasiones propicias para un nuevo impulso de la cooperación misionera” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2012).

Recibiendo la Eucaristía

Preguntas para reflexionar

  1. La Misión ad gentes deriva de la Misión de la Trinidad, por lo que implica comunión. ¿qué tanto reflejan nuestras actividades de animación misionera esta comunión en el seno de los planes parroquiales y diocesanos?
  2. Si “La misión ad gentes debe ser el horizonte constante y el paradigma en todas las actividades eclesiales” ¿De qué manera integramos las actividades parroquiales y diocesanas en la Misión ad gentes?
  3. Los lineamenta de la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos nos presentan 6 escenarios en los que nos encontramos con el reto de anunciar el Evangelio. ¿Cómo podemos considerarlos para nuestros planes y actividades parroquiales y diocesanos? Propón una acción concreta, parroquial o diocesana, de labor evangelizadora para cada escenario.

    1) La cultura secularizada del mundo hoy.
    2) El fenómeno de la migración, que también es mundial, y sus consecuencias.
    3) El desafío de los medios de comunicación social.
    4) La situación económica del mundo y sus naciones.
    5) La realidad de la investigación científica y tecnológica.
    6) La realidad política de las naciones.

Pbro. Lic. Juan Francisco Agustín Espino Godinez