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Tema 3
Evangelizar es la prioridad

“No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído”
(Hch 4,20)

Evangelizar es la prioridad “La Iglesia peregrinante es misionera
por su naturaleza” (AG n. 2).
Esta afirmación del Concilio Vaticano II
reasume en modo simple y completo
la Tradición eclesial:
La Iglesia es misionera porque se origina
en la misión de Jesucristo
y en la misión del Espíritu Santo,
según el designio de Dios Padre (LG n. 2)
Además, la Iglesia es misionera
porque asume como protagonista este origen,
haciéndose anunciadora y testigo de esta Revelación de Dios
y congregando el pueblo de Dios disperso (…)
Lineamenta para el Sínodo sobre la Nueva Evangelización, n. 22

El Santo Padre Benedicto XVI nos ha recordado que “no hay prioridad más grande que esta: abrir de nuevo al hombre de hoy el acceso a Dios, al Dios que habla y nos comunica su amor para que tengamos vida abundante (cf. Jn 10,10)” (VD 2).

Con esta convicción deseamos presentar la presente catequesis que tiene como objetivo reflexionar sobre la tarea prioritaria de la evangelización para formarnos más y colaborar mejor en la animación misionera de nuestras comunidades parroquiales.

En un primer momento presentaremos algunas de las razones por las que la evangelización debería ser una prioridad; después enfatizaremos brevemente la novedad permanente de esta tarea. En un tercer momento, describimos las tres dimensiones de la tarea evangelizadora: la acción pastoral, nueva evangelización y misión ad gentes. Por último, ofrecemos algunas exigencias de la misión ad gentes dentro de la tarea evangelizadora de la Iglesia.

1. Evangelizar, una prioridad

Evangelizar, es decir, “llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad” (EN 18) es una tarea prioritaria porque es irrenunciable, urgente y porque corresponde a todos sin excepción.

La labor evangelizadora es irrenunciable porque la Iglesia misma ha nacido de la acción evangelizadora de Jesús y de los Doce y, a la vez, ha sido enviada por Él con el encargo de ir por todo el mundo haciendo discípulos a todas las personas (Mt 28,19ss). Todo, absolutamente todo lo que hacemos como comunidad eclesial (la vida de oración, la escucha de la Palabra, la caridad fraterna vivida, el pan compartido…) tiene sentido “cuando se convierte en testimonio, provoca la admiración y la conversión” (EN 15).

Al mismo tiempo evangelizar es una urgencia porque, por una parte, es indispensable redescubrir la belleza de anunciar la Palabra para que llegue el Reino de Dios, predicado por Cristo mismo. Y por otra, como Iglesia comenzamos por evangelizarnos a nosotros mismos; tenemos necesidad de escuchar sin cesar lo que debemos creer, de profundizar permanentemente en las razones para saber esperar y de intensificar generosamente la vivencia del amor. Es decir, “la Iglesia siempre tienen necesidad de ser evangelizada, si quiere conservar su frescor, su impulso y su fuerza para anunciar el Evangelio” (EN 15).

Pero evangelizar es una prioridad porque corresponde a todos los miembros de la Iglesia, sin excepción. Y es que todos, como miembros de Cristo viviente, incorporados y asemejados a Él por el bautismo, por la confirmación y por la Eucaristía, tenemos la responsabilidad de consagrar nuestras fuerzas y capacidades a la tarea evangelizadora viviendo, en primer lugar, a profundidad nuestro compromiso cristiano (véase AG n . 36).

El Señor Jesús sigue convocando a la Iglesia y continúa confiándole el anuncio del Evangelio como un mandato siempre nuevo; “por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe” (Porta Fidei n. 7).

Esta novedad permanente de la tarea evangelizadora se nutre de la vivencia del amor que hace crecer la fe que se quiere vivir y que al mismo tiempo se desea comunicar como experiencia de gracia y de gozo. Cada vez que, personal o eclesialmente crecemos en el amor nos capacitamos mejor para comunicar la fe a nuestros hermanos y hermanas; el esfuerzo permanente y generoso por ser con todos hermanos nos abre a una fecundidad que rebasa nuestro espacio y tiempo suscitando una esperanza permanente que no da la espalda a los gozos y esperanzas, tristezas y angustias de todas las personas (véase GS n. 1).

De esta manera, estamos ante una excelente oportunidad de intensificar el testimonio de la caridad en la unidad para que el mundo crea y en Jesucristo posea vida en abundancia (Jn 17,21ss).

3. Evangelizar, una tarea amplia y precisa

A la permanencia desde la vivencia del amor en la tarea evangelizadora o de la misión hay que agregarle su apertura. Es cierto que cuando se habla de evangelización o misión de la Iglesia encontramos que “no es fácil definir los confines entre atención pastoral a los fieles, nueva evangelización y actividad misionera específica (ad gentes) y no es pensable crear entre ellos barreras o recintos estancados…” (RM 34). Sin embargo es posible distinguir tres espacios de la misión con sus interlocutores específicos: la misión como acción pastoral, como nueva evangelización y la misión ad gentes. Estas tres dimensiones de la misión son indispensables; nadie debe enfatizar tanto una de ellas que olvide las demás. Hasta podríamos decir que todas ellas se interrelacionan y se enriquecen mutuamente.

La misión como acción pastoral incluye como interlocutores a los discípulos misioneros de Jesucristo comprometidos dentro de la Iglesia. Aparecida ha insistido en “la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios, y recordar también a los fieles de este continente que, en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo” (n. 10).

Pero existe también la misión como nueva evangelización. Se percibe “una evangelización con poco ardor y sin nuevos métodos y expresiones, un énfasis en el sacramentalismo sin el conveniente itinerario formativo, descuidando otras tareas pastorales. De igual forma nos preocupa una espiritualidad individualista. Verificamos asimismo una mentalidad relativista en lo ético y religioso” (Aparecida, n. 100).

En esta tarea misionera entendida como nueva evangelización puede incluirse los discípulos misioneros que eran tales pero que ya no lo son más, por diverso motivos. Valientemente los Obispos afirman: “según nuestra experiencia pastoral, muchas veces la gente sincera que sale de nuestra Iglesia no lo hace por lo que los grupos ‘no católicos’ creen, sino, fundamentalmente, por lo que ellos viven; no por razones doctrinales, sino vivenciales; no por motivos estrictamente dogmáticos, sino pastorales; no por problemas teológicos, sino metodológicos de nuestra Iglesia. Esperan encontrar respuestas a sus inquietudes. Buscan, no sin serios peligros, responder a algunas aspiraciones que quizás no han encontrado, como debería ser, en la Iglesia” (n. 225).

Por último, existe la misión ad gentes. Se dirige a personas, grupos o pueblos que no han sido nunca discípulos misioneros explícitos de Jesucristo o porque pertenecen a pueblos donde la evangelización no se ha realizado o porque pertenecen a otras tradiciones religiosas. También entran en este grupo quienes pertenecen a estructuras totalmente contrarias al Evangelio o a familias que habiendo dado la espalda a Cristo y a la Iglesia no siguieron transmitiendo la fe a la siguiente generación; incluso porque individualmente nunca se han interesado por Cristo o no se han sentido desafiados por su mensaje.

Esta misión es hacia la otra orilla, ahí donde la fe no se vive, al menos de manera explícita, ahí donde Cristo no es aún reconocido como Dios y Señor y la Iglesia no está todavía presente (Aparecida n. 376). Exige el contacto humano inicial, el diálogo, el primer anuncio del Evangelio y la construcción inicial de la comunidad cristiana.

4. La misión ad gentes

Es incuestionable que estos tres ámbitos son indispensables. Sin embargo, en ocasiones se constata que, consciente o inconscientemente, muchos agentes de pastoral consideran que el trabajo misionero se agota en la acción pastoral o en la nueva evangelización. De ahí que sea necesario insistir, en primer lugar, que el mandato misionero no se agota en la realización del trabajo pastoral o en la promoción de vocaciones misioneras. Es necesario y hasta urgente involucrarnos de manera más generosa y hasta más creativa para que nuestro compromiso evangelizador incluya siempre la misión ad gentes.

Para esto, en segundo lugar, se hace necesario como nos ha indicado el Papa en su mensaje para la celebración del Domund en el presente año, que el trabajo evangelizador implique todas las actividades de la iglesia local, todos sus sectores, es decir, todo su ser y quehacer; y afirma con insistencia: “esto implica adecuar constantemente estilo de vida, planes pastorales y organizaciones diocesanas”. De esta manera se ayudaría a que la misión ad gentes no se vea como algo opcional entre los diversos agentes de pastoral; al mismo tiempo, no se reduciría al trabajo de un pequeño equipo sino que se asumiría como una preocupación y trabajo eminentemente eclesial.

En tercer lugar, se hace necesario que la misión ad gentes sea “el horizonte y el paradigma en todas las actividades eclesiales, porque la misma identidad de la Iglesia está constituida por la fe en el misterio de Dios, que se ha revelado en Cristo para traernos la salvación, y por la misión de testimoniarlo y anunciarlo al mundo, hasta que Él regrese” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2012).

En cuarto lugar, la misión ad gentes no rivaliza con las otras dimensiones de la tarea evangelizadora, por el contrario las complementa y hasta fortalece desde la raíz el trabajo evangelizador en general. Así, por ejemplo, la misión ad gentes nos abre el horizonte para crecer en la búsqueda de la vivencia auténtica de la fe en el Señor Jesús pues la fe sólo se fortalece dándola (véase RM 1); el desplazamiento a todas partes y el anuncio a toda creación (véase Mc 16,15) nos abre al aprendizaje y a la profundización y complementación de la propia fe pues los interlocutores de la misión no son extraños que hay que tratar sino hermanos que hay que aceptar; no son enemigos a vencer sino hermanos con los que debemos encontrarnos a ejemplo de Jesús (Mc 7,24-31) y de los primeros cristianos (Hch 10,23-33).

Por último, sería interesante recordar las palabras del Santo Padre Pablo VI cuando a propósito de la misión ad gentes decía: “No sería inútil que cada cristiano y cada evangelizador examinasen en profundidad, a través de la oración, este pensamiento: los hombres podrán salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos el Evangelio; pero ¿podremos nosotros salvarnos si por negligencia, por miedo, por vergüenza –lo que San Pablo llamaba avergonzarse del Evangelio–, o por ideas falsas omitimos anunciarlo?”

Preguntas para reflexionar

  1. Si evangelizar es “llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad”(EN 18). ¿Puede un cristiano auténtico desentenderse de la evangelización? ¿Por qué?
  2. La misión ad gentes “implica adecuar constantemente estilo de vida, planes pastorales y organizaciones diocesanas”. Mencionemos algunos de los compromisos evangelizadores que tenemos ¿En qué otra cosa le podríamos poner más empeño para intensificar nuestro compromiso con la misión ad gentes?
  3. La misión ad gentes no rivaliza con las otras dimensiones de la tarea evangelizadora, por el contrario las complementa y hasta fortalece desde la raíz el trabajo evangelizador en general. Muestra cómo complementa y fortalece la misión ad gentes tus propias tareas y trabajos parroquiales y diocesanos.

Pbro. Lic. Toribio Tapia Bahena