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LA FE, UN DON PARA COMPARTIR

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TEMA 4
La fe y el anuncio

"Cómo creerán si nadie les anuncia"
(Rm 10, 14)

“La puerta de la fe” (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22).

Porta Fidei 1

Hablar sobre la fe y el anuncio, realidades íntimamente ligadas en la vida del Discípulo Misionero, implica reflexionar por un lado sobre la naturaleza misma de la fe, pero también sobre cómo el fiel tiene la alegre responsabilidad de compartirla al mundo. Para hacer una reflexión acerca de esto, el presente tema se ha dividido en tres apartados: 1) La fe como don y misterio; 2) La crisis de fe ¿Principal obstáculo para el anuncio?; y 3) Retos y esperanzas; con los cuales se pretende en primer lugar exponer la fe como regalo divino, que el hombre recibe libremente por iniciativa de Dios; para luego valorar la actual crisis de fe bajo la óptica de oportunidad de conversión; y finalizar con la invitación a compartir el mensaje de Cristo, con el anuncio y el testimonio de vida de una manera más intensa y comprometida.

Se pretende, con toda la humildad posible y en sintonía con las intenciones de la Iglesia Universal, inspirar en el lector una mirada nueva al tesoro de la fe que recibimos de los Apóstoles, que encienda el ardor por la Misión desde las actividades eclesiales en las que esté involucrado, especialmente por la misión ad gentes.

Todo esto en el contexto de la llamada del Papa Benedicto XVI el pasado 11 de octubre de 2011, donde convocaba a todo el pueblo católico a vivir el Año de la fe, el cual se celebrará desde el 11 de octubre de 2012 hasta el 24 de noviembre de 2013, haciendo énfasis en lo fundamental que es, en estos momentos de la historia humana, tener fe y creer en Aquel que es el Señor del tiempo y de la historia “En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo” (Porta Fidei 6).

1. La fe como don y misterio

Ante la invitación que hace el Papa, de vivir el Año de la Fe, habrá muchas y muy variadas posturas:

a) Desde los que piensan que en la actualidad eso de tener fe en Dios ya no tiene cabida en un mundo tan desarrollado tecnológica y científicamente, donde lo único real o cierto, sólo es lo que se puede comprobar bajo el método experimental, ante lo cual hay que decir que “la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad.” (Porta Fidei 12);

b) Otras dirán que la fe, hoy día, está sumida en una crisis tal que ya no se ve por dónde podrá resurgir nuevamente “Siempre ha sido así en la historia de la Iglesia: la pérdida de vitalidad en el impulso misionero ha sido siempre síntoma de una crisis de fe” (Mensaje para Jornada Mundial de las Misiones, 1996); y

c) Por lo contrario, otras piensan positivamente ya que para muchos es una maravillosa oportunidad para ponerse delante del Señor humildemente reconociéndose pecadores y gritar como aquel padre que llevó a su hijo endemoniado epiléptico ante Jesús: “… pero, si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros». Jesús le dijo: « ¡Qué es eso de si puedes! ¡Todo es posible para quien cree!» Al instante gritó el padre del muchacho: «¡Creo, ayuda a mi poca fe!” (Mc 9, 22-24). Dejo a la reflexión la respuesta que dio Jesús y que puede parecer fuerte e incluso violenta, pero con esta afirmación Jesús sacude la incredulidad del ser humano como sacudió, en aquel entonces, al endemoniado para liberarlo.

De antemano sabemos, por nuestras clases de catecismo o por alguna catequesis, que la fe es una de las tres virtudes teologales, por lo tanto, se comprende, que es un don de Dios y se nos infunde en nuestro bautismo (cf. CEC 153). El Catecismo de la Iglesia Católica define la fe como “…una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado” (CEC 150).

Dios se ha revelado al ser humano y Él mismo le da la gracia, la luz del Espíritu Santo, que le permite el poder creer en Él y responderle libremente. Ese don de Dios se nos comunica gratuitamente por pura iniciativa divina “Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a las verdades por Él reveladas” (CEC 154).

Dios da su gracia para que el hombre llegue a comprender las verdades de la fe, pero cierto es, como decía Santo Tomás en la Suma Teológica: “gratia non tollit naturam, sed perficit” (la gracia no destruye la naturaleza, sino que la lleva a su plenitud), es decir, la gracia divina perfecciona en todo la naturaleza humana, y así “Cuando el hombre coopera activamente con la gracia, llega a ser “un hombre nuevo”, que se apoya en la vocación sobrenatural para corresponder mejor al proyecto de Dios” (cf. Gn 1, 26) (Juan Pablo II, 20 de septiembre 2003). Comprender los designios de Dios es un misterio: Él, con su gracia, fortalece la fe y corresponde al ser humano dejarse guiar por la luz del Espíritu Santo para bien de sí mismo.

La carta a los Hebreos dice: “La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de lo que no se ve” (Heb 11, 1) ésta es la certeza que compartimos los creyentes y que estamos llamados a transmitir al mundo, una certeza que nos da esperanza y nos alienta a vivir en la caridad, que nos permite ver la realidad desde una óptica trascendente, “La fe nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo. Entonces veremos a Dios «cara a cara» (1Co 13,12), «tal cual es» (1Jn 3,2). La fe es, pues, ya el comienzo de la vida eterna” (CEC 163).

2. La fe como respuesta a las interrogantes del hombre

Estamos viviendo en un mundo muy acelerado de grandes cambios, ante los cuales “es natural que la primera reacción sea el turbamiento y el miedo, en cuanto nos enfrentamos con transformaciones que interrogan nuestra identidad y nuestra fe hasta las raíces”. (Lineamenta del Sínodo de Obispos La nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana, 7). Tales cambios ocurren tanto a nivel local como a nivel mundial, con adelantos científicos y tecnológicos que han transformado totalmente el modo de vida de las personas colectiva e individualmente con consecuencias, en muchos de los casos positivas, pero también negativas de las que hay que tener mucho cuidado, pues “la ciencia y la tecnología corren el riesgo de transformarse en los nuevos ídolos del presente... Nos encontramos frente al surgir de nuevas formas de gnosis… en la búsqueda de una organización mágica de la existencia que funcione como el saber y el sentido de la vida” (Lineamenta 6). Consecuencias negativas (de materialismo exacerbado, individualismo a su máxima expresión, de consumismo indiscriminado, etc.), que están permeando en el estilo de vida de muchos cristianos en el mundo entero. “La mentalidad hedonista y consumista predominante conduce a los cristianos hacia una superficialidad y un egocentrismo, que no es fácil contrastar. La “muerte de Dios”, anunciada en las décadas pasadas por tantos intelectuales, cede el lugar a un estéril culto al individuo” (Ibidem).

En fin, lo anterior y demás consecuencias negativas como las que enumeraba Juan Pablo II “el vacío de ideales y de valores se ha ensanchado con frecuencia; ha decaído el sentido de la Verdad y ha crecido el relativismo moral; no raramente parece prevalecer una ética individualista, utilitaria, sin firmes puntos de referencia”(Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones, 1998); parecieran que están eclipsando la fe del cristiano; pareciera que la fe ha dejado de ocupar un lugar importante en la vida de las personas; pareciera, pues, y así lo quieren hacer ver un sin número de instituciones, medios de comunicación, «gobiernos laicos», dictaduras; así como también, filósofos, escritores, pensadores, e intelectuales, que eso de tener fe y creer en Dios es cosa del pasado que ya ha sido superado en la mentalidad de las personas, que ya no tiene sentido. Sin embargo, y muy a pesar de tantas dificultades y adversidades que “llevan a las personas al límite de la desesperación, brota frecuentemente el impulso de invocar a Aquél que “es Señor y da la vida”, porque el hombre no puede vivir sin sentido y sin esperanza” (Ibidem).

En la Carta Apostólica Porta Fidei el Papa Benedicto XVI comenta: «Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas» (Porta Fidei 2). Tal situación resulta tangible y lo podemos constatar en el diario vivir y en cualquier ámbito ya sea secular o incluso hasta religioso.

La crisis de fe no es necesariamente un obstáculo para anunciar a toda creatura el Evangelio. “No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14)” (Porta Fidei 2). No cabe duda, y lo experimentamos en las personas que nos rodean, que hay mucha gente necesitada del Amor de Dios y que busca con todo el corazón y con todas sus fuerzas, lejos del materialismo y los placeres efímeros que ofrece una sociedad consumista, darle sentido a la vida que llevan, vivir felices.

Es entonces, nuestro tiempo una buena oportunidad para mejorar y jamás una desgracia que ya no tiene solución, como pensarían muchas personas. Es, en nuestro caso, una buena oportunidad como Iglesia de revisar el camino transcurrido y mirar con total esperanza hacia el futuro. “La tarea de la evangelización se encuentra así frente a nuevos desafíos, que cuestionan prácticas ya consolidadas, que debilitan caminos habituales y estandarizados; en una palabra, que obligan a la Iglesia a interrogarse nuevamente sobre el sentido de sus acciones de anuncio y transmisión de la fe” (Lineamenta 3).

3. La fe como respuesta a tareas urgentes

Como Iglesia, que hemos recibido el mandato misionero por parte del Señor (cf. Mt 28, 19-20), estamos llamados a anunciar a toda persona, el Evangelio de Cristo, que es mensaje de esperanza para el mundo. Éste es el gran reto que debemos estar dispuestos enfrentar. “También hoy, la misión ad gentes debe ser el horizonte constante y el paradigma en todas las actividades eclesiales, porque la misma identidad de la Iglesia está constituida por la fe en el misterio de Dios, que se ha revelado en Cristo para traernos la salvación, y por la misión de testimoniarlo y anunciarlo al mundo, hasta que Él vuelva” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2012).

Sí como cristianos no le ponemos sal, el sabor al mundo, a la vida ¿quién lo hará? Hoy nuestro México pasa por momentos difíciles donde a diario oímos a pretendidos «mesías» que, como si tuvieran en la mano una varita mágica, dicen que todo lo van a solucionar y prometen como si fueran todopoderosos, más bien les faltan ideas y les sobran argumentos. Es en estos casos y ahora más que nunca donde debemos anunciar la verdadera esperanza que nos mueve, que nos impulsa a vivir en plenitud y a no quedarnos con ella “La vida en su verdadero sentido no es algo que tenemos en exclusiva en o por sí mismo: es una relación. Y la vida entera es relación con quien es la fuente de la vida. Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida. Entonces «vivimos»” (SS 27).

“La fe es un don que se nos ha dado para compartirlo; es un talento recibido para que dé fruto; es una luz que no debe quedar escondida, sino iluminar toda la casa. Es el don más importante que se nos ha dado en nuestra existencia y que no podemos guardarnos para nosotros mismos” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2012). Se dice que nadie da lo que no tiene, por lo que toda persona que ha recibido la fe puede también compartirla, anunciarla. Pero hay que dejar bien claro que no se trata de transmitir conocimientos puramente de memoria con el fin de recitarlos ante un auditorio; se trata, más bien, de transmitir la experiencia de fe, una experiencia de vida que, ante todo, se ha configurado con el Evangelio que “no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida”(SS 2). “Transmitir la fe significa esencialmente transmitir las Escrituras, principalmente el Evangelio, que permiten conocer a Jesús, el Señor” (Lineamenta 2).

Finalmente es necesario decir que compartir la fe implica:

1) Interiorizarla, lo que lograremos cuidándola, acrecentándola y alimentándola, con escucha de la Palabra de Dios, el estudio de los Santos Padres, la guía del Magisterio, la oración y la vivencia de los sacramentos, especialmente la Eucaristía.

2) Anunciarla, que quiere decir compartirla eclesialmente, no desde la propia interpretación subjetiva, sino desde la Fe de la Iglesia y en orden a la salvación de los hombres.

3) Testimoniarla, es decir, compartirla de tal modo que la realidad sea transformada desde sus cimientos, ya que un testimonio que no agite las conciencias de los hombres y mueva a la conversión y vida de santidad, sería estéril.

Pidamos, pues, a Santa María de Guadalupe, primera evangelizadora de América, que nos enseñe a ser humildes como ella y a aceptar la voluntad del Padre para cumplir su misión. “Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar, amar contigo. ¡Muéstranos el camino hacia su reino! ¡Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino!” (SS 50).

Preguntas para reflexionar

  1. En la Porta Fidei el Papa Benedicto XVI nos invita a tener “la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección”. ¿Qué situaciones o acontecimientos de tu propia vida han quedado iluminadas con la fe? ¿Y a nivel familiar, parroquial o diocesano?
  2. Al anunciar a los demás el Evangelio de Cristo nos encontramos comúnmente con diversos obstáculos. Menciona un ejemplo y reflexiona cómo podría convertirse esto en una oportunidad para renovar las formas del anuncio, o acrecentar la propia fe.
  3. El Evangelio de Cristo es un mensaje de esperanza para la humanidad. Describe tres motivos de esperanza que se desprendan del Evangelio y que sean urgentes para la humanidad del presente.

Lic. Daniel Alonso Durán González