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LECTIO DIVINA
"Les echó en cara su incredulidad"

Mc 16, 14-20

El Santo Padre Benedicto XVI, en su Carta Apostólica para la Celebración del Año de la fe Porta Fidei ha insistido en el deseo profundo de que “este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza” (n. 9).

Esta profunda y necesaria aspiración de confesar la fe aparece de diversos modos en los relatos de envío de los Evangelios. En el caso de Marcos 16,14-20 –texto que se proclamará en la celebración eucarística del Domund del presente año- aparece de manera muy peculiar: es precisamente a los discípulos que habían dudado a quienes les encarga el Señor Resucitado que “vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación” (v. 15).

Algo muy interesante y serio nos está queriendo presentar el Evangelio de Marcos. Hagamos el itinerario de encuentro con la Palabra a través de los pasos de la Lectio Divina con la convicción de que “en este diálogo con Dios nos comprendemos a nosotros mismos y encontramos respuestas a las cuestiones más profundas que anidan en nuestro corazón” (VD n. 23).

1. Lectura

Leamos y escuchemos con profunda atención y respeto este pasaje del Evangelio de Marcos 16, 14-20. Hagamos las siguientes preguntas para captar con más claridad su contenido.

¿Qué les echa en cara el Señor Resucitado a los once discípulos? ¿Por qué? ¿Qué les encarga? De acuerdo al v. 16 ¿qué le sucederá a quien crea? ¿y a quien no crea? ¿Qué signos acompañarán a los que crean? ¿En dónde estaban? ¿Qué sucedió una vez que les había hablado? ¿Qué hicieron los discípulos? ¿Quién colaboraba con ellos? ¿Qué confirmaba?

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Para comprender mejor el contenido de este pasaje del Evangelio de Marcos desde la perspectiva de la fe y la misión tengamos en cuenta que es precisamente a los que les echa en cara su incredulidad así como su cerrazón de mente a quienes Jesús enviará por todo el mundo (véanse vv. 14-15). Esto que parece una contradicción es una constante en los pasajes de envío después de la resurrección en los otros Evangelios. Así, por ejemplo, Mt 28, 17: “Al verlo, lo adoraron, si bien algunos dudaron”; también Lucas parece unir los sobresaltos, sustos y dudas de los discípulos (24, 37-38) con el encargo de Jesús de que sean sus testigos (cf. v. 48); Juan lo insistirá en el miedo de los discípulos (20,19), en el caso de Tomás (vv. 24-29), incluso del mismo Pedro (21, 15-23). Es como si los Evangelios quisieran dejar constancia de que para ser enviado no se necesita tener una fe perfecta; no sólo porque si fuera así el misionero se endiosaría y hasta pretendería que crean en él y no en quien lo ha enviado (Jn 20,21) sino porque además, humanamente hablando, es imposible que una persona pueda tener una fe perfecta y absolutamente completa.

En el caso del Evangelio de Marcos se dice expresamente que la actitud de los discípulos era de incredulidad y cerrazón de mente (v. 14). La incredulidad hace referencia a la increencia, a la falta de fe (en griego, apistían), como la que habían tenido los paisanos de Jesús en la sinagoga de Nazaret (6,6) y aquella que había reconocido con honestidad el papá angustiado ante la enfermedad de su hijo (9,24); incluso Jesús los había cuestionado seriamente si no tenían fe (4,40). Es decir, efectivamente los discípulos tenían ciertas dudas y con certeza podemos decir que no tenían una fe perfecta. Esto estaría señalando que una característica permanente del discípulo es su camino de fe, el esfuerzo permanente por ser una persona de fe. Cuando el discípulo llega a considerar que ya tiene una fe perfecta, en ese momento, reduce al Dios de Jesús a un ídolo y el seguimiento a una costumbre. De ahí que el mismo Evangelio de Marcos señale que estaban cerrados de la mente, es decir, tenía su corazón duro, mejor dicho todavía, rudo (en griego, sklerokardía). En otras palabras el discípulo no es un super hombre; es un ser humano en búsqueda honesta ante Dios y ante sus hermanos; es alguien que se puede cansar y hasta desanimar, incluso por desgracia, también pecar. Y a estos es a quienes envía Jesús.

Es a estos discípulos a quienes el Señor resucitado les ordena que “vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda creación” (v. 15). Lo primero que tiene que hacer el misionero es desplazarse, ir al encuentro; no hay misión sin mandato de envío. El envío implica desplazamiento, desinstalación, ir a la realidad del otro… Y esto replantea todo el horizonte personal y comunitario del enviado. Además los discípulos son enviados a “todo el mundo”, es decir, a cualquier lugar, a todo espacio conocido; y deben procurar ir a “toda la creación”, es decir, a todos sin excepción. No se trata pues sólo de ir a todas partes sino también de ir a todas las personas. Parece no haber duda que los desplazamientos físicos, geográficos y mentales ayudan a replantear lo propio; de hecho la conversión y el crecimiento no se dan aislándose sino interrelacionándose y aceptando las interpelaciones y cuestionamientos que surgen del entorno y en el encuentro con las demás personas. El desplazamiento a todas partes así como la apertura para el encuentro con todas las personas le abren al discípulo misionero unas posibilidades inmensas de crecimiento y profundización en su propia fe.

Pero a este doble desplazamiento debemos agregarle lo más importante: la proclamación de la Buena Nueva. El Evangelio deja claro que los discípulos son continuadores de lo que había dicho y hecho el Maestro: él había iniciado su misión proclamando la Buena Nueva de Dios (1,14), los discípulos tendrán que hacer lo mismo (16,15). La acción de proclamar (en griego, kerysso) significa no sólo decir algo sino decirlo con tal fuerza que todos lo escuchen, incluido el que está hablando. Podríamos decir que la proclamación de la Buena Nueva más que hablar sobre es hablar desde lo que se experimenta y se desea vivir con las personas a las que se les comparte el mensaje. De este modo la misma proclamación invita permanentemente al misionero a un reencuentro con lo que él se inició y que ahora desea compartir. Con lo anterior se entiende por qué la finalidad última de la misión es precisamente suscitar en los interlocutores una fe que salve y que haga experimentar la salvación (v. 16). De esta manera el Evangelio deja claro que la fe no tiene en modo alguno como única finalidad inmediata la fe de las personas sino la experiencia y el hacer experimentar la salvación. Como los discípulos en su primer envío (6,12-13) los que crean por su predicación tendrán una gran responsabilidad de prolongar con fidelidad la acción salvadora del Señor Jesucristo realizando acciones que garanticen la disminución del mal (expulsar demonios), el rompimiento de barreras (hablar lenguas nuevas) y aliviar (impondrán las manos sobre los enfermos) (16,17-19).

Y para la vivencia de este tipo de fe el Evangelio recuerda que “aunque beban veneno no les hará daño” y colaborará con los misioneros (vv. 18. 20). La posibilidad de agarrar serpientes y beber veneno no manifiesta la inmunidad del misionero sino la protección por parte de quien lo envía; más aún, ni siquiera el peligro de muerte debe detener la proclamación de la Buena Nueva (véase 13, 9-10). Ahora bien, el discípulo no es dueño de su tarea pero la debe asumir como enviado; no está solo en su misión, el Señor Resucitado lo acompaña.

Leamos otra vez el Evangelio. Tratemos de entenderlo lo más y mejor que podamos preguntándonos ¿Qué dice? ¿Qué quiere decir?

2. Meditación

Una vez que nos hemos preguntado sobre lo que dice y lo que quiere decir es interesante hacer nuestro su mensaje preguntándonos ¿qué me/nos quiere decir? Hagámoslo siguiendo, en la medida de lo posible, los elementos que enfatiza este Evangelio en lo que se refiere a la fe y la misión.

El discípulo que es enviado debe reconocer que, aunque tenga una fe suficientemente correcta, nunca será completa. ¿En qué nos hace reflexionar esto? ¿Qué ventajas –por decirlo así– trae el hecho de que el mismo discípulo misionero se perciba limitado en su fe?

El desplazamiento a todas partes y el encuentro con todas las personas son una valiosa oportunidad para que el discípulo misionero crezca y profundice su fe ¿En qué nos hace pensar?

La proclamación de la Buena Nueva más que hablar sobre es hablar desde la propia experiencia y el deseo de ser cada vez más y mejor un auténtico discípulo de Jesús ¿En qué nos hace reflexionar esto?

La fe auténtica es la que nos salva pero sobre todo la que hace experimentar la salvación en las personas que nos rodean y en nuestro ambiente ¿En qué hace pensar este principio?

La fe no hace inmune al discípulo pero sí garantiza la permanencia de la acción y la veracidad y el alcance de la tarea ¿En qué nos hace reflexionar esto?

(Agrega algún otro elemento de meditación que te haya suscitado la lectura del evangelio)

3. Oración

Ahora, de acuerdo a lo que hemos leído o escuchado y meditado ¿qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra? Hagamos una oración, convencidos de que ésta, “como petición, intercesión, agradecimiento y alabanza, es el primer modo con el que la Palabra nos cambia” (VD n. 87).

Pidamos perdón al Dios de Jesús por las ocasiones nos hemos comportado como si tuviéramos una fe perfecta y absolutamente completa, y eso ha hecho que nos comportemos más como funcionarios que como enviados, más como demagogos que como testigos.

Que también nos perdone todas aquellas ocasiones en las que hemos pretendido medir la fe con lo que nos hace sentir cómodos y a gusto y no con la disminución del mal, el rompimiento de barreras y el alivio de quienes más sufren.

Pidámosle que nos dé la seguridad y apertura necesarias para que la misión a todas partes y el encuentro con todas las personas las veamos como una oportunidad de crecimiento y profundización en nuestra fe.

Roguémosle que nuestra preocupación como discípulos y misioneros de fe no sea sólo, y ni siquiera lo primero, salvarnos a nosotros mismos sino propiciar y realizar signos para que la salvación que Dios ofrece a la humanidad se vaya haciendo presente.

Por último, alabémoslo y bendigámoslo por su presencia permanente a través de su Hijo Jesucristo, con los misioneros y su tarea.

4. Contemplación – acción

Para finalizar este itinerario de encuentro con la Palabra busquemos un compromiso que nos ayude en el nivel de la mentalidad, de la manera de organizarnos, en el modo de decidir y en nuestra conversión pastoral.

¿En qué deberíamos convertirnos para que ser permanentemente conscientes de que tenemos una fe en crecimiento, de que siempre estamos en un proceso de fe?

¿Qué decisiones deberíamos tomar y en qué tendríamos que modificar seriamente nuestra mentalidad para que la misión a todas partes y el contacto con todas las personas sea una auténtica oportunidad para profundizar y crecer en nuestra fe?

¿En qué deberíamos modificar nuestra manera de organizarnos en nuestra Iglesia para que no caigamos en al tentación de ser funcionarios misioneros mucho menos demagogos religiosos?

¿Qué otro compromiso podríamos hacer?

P. Toribio Tapia Bahena
Diócesis de Cd. Lázaro Cárdenas
– Universidad Pontificia de México