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LA FE, UN DON PARA COMPARTIR

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EUCARISTÍA
para el Domingo
Mundial de las Misiones

La fe, don para ser compartido

El Domingo Mundial de las Misiones en el contexto del inicio del Año de la Fe, da a la Iglesia una oportunidad para continuar abriendo su horizonte en pos de los que aún no conocen a Cristo, a la par que exige en el marco litúrgico, una expresión más viva y fecunda de la fe que recibimos.

El esquema celebrativo que proponemos a continuación para celebrar el Domingo Mundial de las Misiones, están planteados a manera de catequesis y motivación misionera que ayude a hacer del DOMUND una auténtica celebración de fe.

Los textos están tomados íntegros de los libros litúrgicos aprobados para México1, y los elementos complementarios se sugieren como posibilidad, por lo cual se pueden tomar si se cree oportuno, o incluso enriquecerlos de alguna otra manera.

Ritos Iniciales

Para la Eucaristía hay que preparar la imagen de algún santo de cada continente, 5 paños pequeños, representando a los Continentes (un paño de cada color misionero, según el siguiente orden: Verde=África; Rojo=América; Blanco=Europa; Azul=Oceanía; Amarillo=Asia) y una veladora de cada color del continente para ser colocados sobre el altar de manera estética o en un lugar conveniente en el presbiterio. Se puede comenzar la eucaristía con la entronización de las imágenes, que van precedidas de los paños y veladoras y se colocan de manera que se vea claramente el paño de color, la veladora y la imagen.

Monitor:

El Domingo Mundial de las Misiones convocado cada año por el Santo Padre, es un claro testimonio de la comunión de toda la Iglesia que no olvida su carácter esencialmente misionero. En esta ocasión el Santo Padre nos dice: “La celebración de la Jornada Misionera Mundial de este año adquiere un significado especial. La celebración del 50 aniversario del comienzo del Concilio Vaticano II, la apertura del Año de la Fe y el Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización, contribuyen a reafirmar la voluntad de la Iglesia de comprometerse con más valor y celo en la misión ad gentes, para que el Evangelio llegue hasta los confines de la tierra”(Benedicto XVI, Mensaje para el DOMUND 2012). La Eucaristía que celebramos es la fuente y el culmen de nuestro testimonio misionero. Celebremos nuestra fe en el encuentro con Jesús Resucitado.

Todos de pie.

En la Procesión de entrada precede el turiferario con el incensario humeante, la Cruz Procesional acompañada de Ciriales, las imágenes de los santos, precedidas con las veladoras y los paños de la manera indicada arriba, los demás ministros y el Presbítero celebrante. Nota: El Leccionario (por esta ocasión NO EL EVANGELIARIO, dado el, signo que se quiere resaltar) se ubica en el pasillo central cerca de la entrada, en una mesita o atril, para ser llevado por los Lectores en procesión después de la Oración Colecta, acompañado por dos ciriales. Este rito se toma de la Liturgia Ambrosiana, en que los lectores piden la bendición al sacerdote 1 El Ordinario de la Misa corresponde a los nuevos textos aprobados para la “Tertia Editio Typica”, Primera edición, Marzo 2008. Se utiliza para los demás textos, el Misal Romano de la Décima Edición (septiembre de 1999) y el Leccionario III celebrante. El Celebrante venera el altar de la forma acostumbrada y lo inciensa. Se dirige a la sede y comienza la Celebración.

Antífona de entrada: (Sal.66, 2-3)

Que el Señor se apiade de nosotros y nos bendiga; que haga brillar su rostro sobre nosotros, para que se conozca en la tierra su camino y entre todos los pueblos, su salvación.

Celebrante:

En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Asamblea: Amén.

Saludo y Respuesta

Celebrante: La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor, estén con todos ustedes.

Asamblea: Y con tu espíritu.

Acto Penitencial, Gloria y Oración Colecta

Celebrante: El Señor Jesús, que nos invita a la mesad e la Palabra y de la Eucaristía nos llama ahora a la conversión. Reconozcamos, pues, que somos pecadores E invoquemos con esperanza la misericordia de Dios.

Breve silencio. La invocación “Señor ten piedad” puede hacerse cantada, aunque el canto se interrumpa en cada parte para la invocación al Señor (Ordinario, p.22).

Celebrante: Tú, que eres la plenitud de la verdad y de la gracia: Señor, ten piedad.

Asamblea: Señor, ten piedad.

Celebrante: Tú, que te has hecho pobre para enriquecernos: Cristo, ten piedad.

Asamblea: Cristo, ten piedad.

Celebrante: Tú, que has venido para hacer de nosotros tu pueblo santo: Señor, ten piedad.

Asamblea: Señor, ten piedad.

Celebrante: Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna. Asamblea: Amén.

A continuación se canta o se dice el himno:

Todos: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias, Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre todopoderoso. Señor, Hijo único, Jesucristo; Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del padre; Tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros; tú que quitas el pecado del mundo, atiende nuestra súplica; Tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros; porque sólo Tú eres Santo, sólo Tú Señor,

Esquema de Misa “Por la Evangelización de los Pueblos B” (Misal Romano p.751-752)

Celebrante: Oremos. Dios nuestro, que enviaste a tu Hijo al mundo como luz verdadera, concédenos el Espíritu que nos prometiste, para que difunda la verdad y suscite la fe en los corazones de los hombres, a fin de que todos, renacidos a una vida nueva por el bautismo, lleguemos a pertenecer a tu pueblo santo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Asamblea: Amén.

Liturgia de la Palabra

Procesión con el Libro de la Palabra de Dios.

Monitor: Antes de sentarnos para escuchar la Palabra de Dios, recibimos el Libro de las Sagradas Escrituras, porque nadie puede ser discípulo si primero no escucha lo que el Señor dice, y nadie aprende de Jesús si no se encuentra con él en el Evangelio. Cantemos para reconocer el Don Dios que nos habla.

Ahora se lleva a cabo la procesión con el libro de la Palabra de Dios. Para lo cual los dos lectores y el salmista traen, en alto, el Leccionario, precedido por 2 ciriales, mientras la Asamblea canta. Se sugieren: “Oigo tu Palabra”, “Jesús, quién eres tú (la pregunta)”, “Tu Palabra me da vida”, etc. El Lector que porta el Leccionario lo entrega al Presidente de la Celebración, quien, mostrándolo a la Asamblea, lo besa y lo entrega al Lector que hará la Primera Lectura. Los ciriales se retiran y todos se sientan.

Primera Lectura

Monitor: El profeta Zacarías, en los tiempos de la reconstrucción del Templo de Jerusalén, al concluir el exilio en Babilonia, nos transmite este hermoso texto en el que se resalta el reconocimiento de la presencia de Dios con su pueblo, Israel, por parte de los no judíos; por ello es también un anuncio de la presencia de Jesús en medio de su Iglesia. Escuchemos.

(Leccionario III ,183: Zac.8,20-23)

Lector: Del libro del profeta Zacarías.

Esto dice el Señor de los ejércitos: “Vendrán pueblos y habitantes de muchas ciudades. Y los habitantes de una ciudad irán a ver a los de la otra y les dirán: ‘Vayamos a orar ante el Señor y a implorar la ayuda del Señor de los ejércitos’. ‘Yo también voy’. Y vendrán números pueblos y naciones poderosas a orar ante el Señor Dios en Jerusalén y a implorar su protección”. Esto dice el Señor de los ejércitos: “En aquellos días, diez hombres de cada lengua extranjera tomarán por el borde del manto a un judío y le dirán: ‘Queremos ir contigo, pues hemos oído decir que Dios está con ustedes’”. Palabra de Dios.

Asamblea: Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Monitor: El Salmo 18 manifiesta la apertura universal de la Salvación que se fragua en el envío de Jesús, nuestro Señor, en el Evangelio.

(Leccionario III,730: Del Salmo 18)

Salmista: El mensaje del Señor llega a toda la tierra.

Asamblea: El mensaje del Señor llega a toda la tierra.

Salmista: Los cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día comunica su mensaje al otro día y una noche se lo transmite a la otra noche.

Asamblea: El mensaje del Señor llega a toda la tierra.

Salmista: Sin que pronuncien una palabra, sin que resuene su voz, a toda la tierra llega su sonido y su mensaje, hasta el fin del mundo.

Asamblea: El mensaje del Señor llega a toda la tierra.

Segunda Lectura

Monitor: El inicio del libro de los Hechos de los Apóstoles es el vínculo entre el ministerio de Jesús, su muerte y resurrección, y el inicio de la Iglesia y su labor evangelizadora. El punto de contacto de las dos obras de san Lucas es precisamente el envío misionero de Jesús a sus apóstoles que ahora escucharemos con atención.

(Leccionario III, 437: Hch.1,3-8)

Lector: Del libro de los Hechos de los Apóstoles.

Jesús se les apareció a sus apóstoles después de la pasión, les dio numerosas pruebas de que estaba vivo y durante cuarenta días se dejó ver por ellos y les habló del Reino de Dios. Un día, estando con ellos a la mesa, les mandó: “No se alejen de Jerusalén. Aguarden aquí a que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que ya les he hablado: Juan bautizó con agua; dentro de pocos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo”. Los ahí reunidos le preguntaban: “Señor, ¿ahora sí vas a restablecer la soberanía de Israel?” Jesús les contestó: “A ustedes no les toca conocer el tiempo y la hora que el Padre ha determinado con su autoridad; pero cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra”. Palabra de Dios.

Asamblea: Te damos gracias, Señor.

Aclamación antes del Evangelio

(Leccionario III, 972: Jn.3,16)

Coro: Aleluya, Aleluya.

Asamblea: Aleluya, Aleluya.

Lector: Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, Para que todo el que crea en él tenga vida eterna.

Asamblea: Aleluya, Aleluya.

Evangelio

El Turiferario se acerca al Celebrante, que coloca incienso en el incensario. A continuación el diácono pide la bendición y, precedido por el incensario humeante y los ciriales, se acerca al ambón para proclamar el Evangelio. Saluda e inciensa el Evangelio como de costumbre.

Diácono: El Señor esté con ustedes.

Asamblea: Y con tu espíritu.

Diácono: †Del Santo Evangelio según san Marcos.

Asamblea: Gloria a ti, Señor.

(Leccionario III,291: Mc.16,15-20)

Diácono:

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado. Estos son los milagros que acompañarán a los que hayan creído: arrojarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño; impondrán las manos a los enfermos y éstos quedarán sanos”. El Señor Jesús, después de hablarles, subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación con los milagros que hacían. Palabra del Señor.

Asamblea: Gloria a Ti, Señor Jesús.

Homilía

(El Celebrante de la Celebración o el Diácono dice la Homilía) (Aquí ofrecemos algunas orientaciones para la Homilía).

El final del Evangelio de San Marcos y el inicio del libro de los Hechos de los Apóstoles constituyen dos testimonios del envío misionero de Jesús a sus apóstoles y, por medio de ellos, a la Iglesia.

Marcos nos da testimonio del envío específico de Jesús a anunciar el Evangelio “a toda creatura”, manifestando con ello la apertura universal de la salvación y el inicio de la «nueva creación», inaugurada con su muerte y resurrección.

No olvidemos que el envío misionero que Jesús dicta en este pasaje del Evangelio, se ha hecho posible y se ha fraguado en el hecho de su muerte y resurrección.

También el discipulado ha tenido que fraguarse a la luz de este misterio pascual; la verdad de la resurrección se ha hecho anuncio y vida unos versículos antes, en el joven “vestido con una túnica blanca” (Mc.16,5) sentado a la derecha del sepulcro, que dice a las mujeres con toda firmeza: “Buscan a Jesús de Nazaret, el crucificado. Ha resucitado” (Mc.16,6). Este joven vestido de blanco simboliza a cada uno de los discípulos que ya no «huye desnudo y temeroso» como en el Huerto de los Olivos, sino que, revestido de Cristo (“vestido con una túnica blanca”, ¿acaso alusión al traje bautismal?), anuncia con valentía la verdad de la resurrección.

Si el hombre ha sido «revestido de Cristo» y «se ha hecho creatura nueva», toda la creación participa también de esta renovación y se alegra, por eso el envío es “a toda creatura”. Ahora bien, el método y la ruta para ir abriendo este horizonte y este anuncio nos lo dice Jesucristo, nuestro Señor, en el libro de los Hechos: “cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra”.

Queda claro que la fortaleza y la luz para el anuncio vendrán como una asistencia de lo alto, precisamente por medio del Espíritu Santo. Es Él quien realiza la obra evangelizadora y quien hace posible el testimonio de Jesús.

Por su parte, Jesucristo no deja solos a los que envía: les promete confirmar su ministerio con “los milagros que acompañarán a los que hayan creído”. Fijémonos que aquí incluye a todos: a los apóstoles y a los que creen por medio de su predicación. Con esto Jesús mismo garantiza la continuidad del ministerio y de su presencia activa entre nosotros. Los milagros no son para los que anuncian, sino que los milagros “acompañarán a los que hayan creído”. Marcos termina su Evangelio dando testimonio que en efecto, “Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación con los milagros que hacían” (Mc.16,20).

De esta manera se cumple plenamente la promesa que hizo el Señor en el Antiguo Testamento, cuando el Pueblo de Dios, habiendo regresado de Babilonia, estaba reconstruyendo el Templo y tenía miedo de terminarlo. El Señor prometió: “Vendrán pueblos y habitantes de muchas ciudades”. Ahora es posible y es real este llamado universal, pues va dirigido “a toda creatura”.

También, con esta confirmación por medio de signos, el Señor cumple lo que dijo en el mismo pasaje de Zacarías: “hemos oído decir que Dios está con ustedes”. De hecho, con el Espíritu Santo en Pentecostés se ha hecho una realidad que «El Señor está con nosotros». ¿no evoca esta frase el saludo litúrgico que expresa la realidad salvífica del «Dios con nosotros»? Los apóstoles y sus sucesores serán los responsables de llevar a todas las naciones a la luz del Evangelio y a la presencia del Señor en sus vidas.

El año de la fe, proclamado por el Papa Benedicto XVI, nos motiva al compromiso misionero, como dice en su mensaje, partiendo de esta certeza que nos da la fe y llevándola a los que aún no creen. El Papa ha recordado la naturaleza misionera de la Iglesia y nos ha motivado al compromiso mutuo de compartir la fe que hemos recibido, pues «la fe se fortalece dándola» (cfr. EN). Nos dice que “el encuentro con Cristo como Persona viva, que colma la sed del corazón, no puede dejar de llevar al deseo de compartir con otros el gozo de esta presencia y de hacerla conocer, para que todos la puedan experimentar”. El DOMUND es un momento privilegiado para este compartir y este manifestar este gozo de la presencia salvadora de Jesús.

La cooperación misionera que externamos hoy en lo económico y en lo espiritual nos ha de llevar más allá, a la alegría misma de compartir la fe que Dios nos dio con aquellos que no lo han conocido. Seamos generosos y vivamos el testimonio de nuestro propio encuentro con el Señor, pues ha sido bueno con nosotros.

En verdad, como cantamos en el Salmo Responsorial: “El mensaje del Señor llega a toda la tierra”. Hoy, por nuestro compromiso misionero. Demos gloria a aquel que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Profesión de Fe

Celebrante: Como testimonio expreso de lo que somos, profesemos nuestra fe con el Símbolo de los Apóstoles:

(Ordinario, no. 19)

Todos: Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del Cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.

Preces

(Roguemos al Señor, pp.339-340)

Celebrante: Oremos, hermanos, a Dios Padre, por medio de Jesucristo, su Hijo, que se entregó por la salvación de todos: Oremos diciendo: Padre, escúchanos.

Asamblea: Padre, escúchanos.

Lector: Para que el Espíritu Santo fortalezca a los obispos y a los presbíteros de los países de misiones y los asista de manera que conduzcan sus jóvenes Iglesias hacia una verdadera madurez cristiana, oremos.

Asamblea: Padre, escúchanos.

Lector: Para que el Señor infunda su Espíritu Santo en los misioneros y haga que su apostolado y su testimonio sean verdaderamente evangélicos y no de sabiduría únicamente humana, oremos:

Asamblea: Padre, escúchanos.

Lector: Para que los cristianos que viven en países de misión, den un testimonio verdadero de amor a Jesucristo, se sientan ricos por el conocimiento del Evangelio y no se avergüencen nunca de su pobreza humana, oremos:

Asamblea: Padre, escúchanos.

Lector: Para que nosotros y los miembros de nuestras comunidades consideremos como parte integrante de nuestra fe la solicitud apostólica de transmitir la luz y la alegría del Evangelio al mundo no cristiano, oremos:

Asamblea: Padre, escúchanos.

Lector: Para que todos los discípulos de Jesucristo que vivimos en América seamos actores de la Gran Misión Continental convocada por los Obispos y así se renueve la fe en los que están apagados y se suscite en los que no la tienen, oremos:

Asamblea: Padre, escúchanos.

Celebrante: Señor Jesucristo, que sabes lo que hay en el interior de cada hombre y amas a todos, porque por todos te has entregado, escucha nuestra oración y haz que sean muchos los que tengan un amor tan grande que estén dispuestos, como tú, a entregar la propia vida por los hermanos y para anunciarles el Evangelio de Salvación. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Asamblea: Amén.

Liturgia Eucarística

Se puede realizar, si se ve conveniente, la procesión de ofrendas, para lo cual se pueden traer, o bien despensas para los pobres, que la comunidad misma aporte, o juguetes para los niños, y/o el pan y el vino para la Eucaristía. Mientras tanto el coro interpreta un canto adecuado. Después de presentar los dones de la forma acostumbrada y de incensar los dones y el altar, al celebrante y a la comunidad, se continúa con la oración sobre las ofrendas y la Plegaria Eucarística. Se sugiere la D1.

Celebrante: Oren, hermanos, para que trayendo al altar los gozos y las fatigas de cada día, nos dispongamos a ofrecer el sacrificio agradable a Dios, Padre todopoderoso.

Asamblea: El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.

Celebrante: Mira, Señor, el rostro de tu ungido, que se entregó al a muerte para la salvación de todos y haz que, por mediación suya, tu nombre sea glorificado entre los hombres y en todas las partes de la tierra te sea ofrecido el único y perfecto sacrificio. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Asamblea: Amén.

Plegaria Eucarística II

(Ordinario, nos.100-106)

Prefacio I para los Domingos del Tiempo Ordinario
El misterio Pascual y el Pueblo de Dios

(Ordinario, no.52)

Celebrante: El Señor esté con ustedes.

Asamblea: Y con tu espíritu.

Celebrante: Levantemos el corazón.

Asamblea: Lo tenemos levantado hacia el Señor.

Celebrante: Demos gracias al Señor, nuestro Dios.

Asamblea: Es justo y necesario.

Celebrante: En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y fuente de salvación darte gracias y alabarte siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro. Quien, por su Misterio Pascual, realizó la obra maravillosa de llamarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte al honor de ser estirpe elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo de tu propiedad, para que, trasladados por ti de las tinieblas a tu luz admirable, proclamemos ante el mundo tus maravillas. Por eso, con los ángeles y los arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria:

Todos: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en el cielo.

El sacerdote, con las manos extendidas, dice:

CP: Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad;

Junta las manos y, manteniéndolas extendidas sobre las ofrendas, dice:

CC: Por eso te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu,

Junta las manos y traza el signo de la cruz sobre el pan y el cáliz conjuntamente, diciendo:

de manera que se conviertan para nosotros en el cuerpo y + la Sangre de Jesucristo, nuestro Señor.

Junta las manos. En las fórmulas que siguen, las palabras del Señor deben pronunciarse claramente y con precisión, como lo requiere la naturaleza de las mismas palabras.

El cual, cuando iba a ser entregado a su Pasión, voluntariamente aceptada,

Toma el pan, y sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:

tomó pan, dándote gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:

Se inclina un poco

“Tomen y coman todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por ustedes”.

Muestra el pan consagrado al pueblo, lo deposita luego sobre la patena y lo adora haciendo genuflexión. Después prosigue:

Del mismo modo, acabada la cena,

Toma el cáliz y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:

tomó el cáliz, y, dándote gracias de nuevo, lo pasó a sus discípulos, diciendo:

Se inclina un poco.

“Tomen y beban todos de él, porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por ustedes y por muchos para el perdón de los pecados. Hagan esto en conmemoración mía”.

Muestra el cáliz al pueblo, lo deposita luego sobre el corporal y lo adora haciendo genuflexión. Luego dice:

CP: Este es el misterio de la fe. Cristo nos redimió. Asamblea: Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor hasta que vuelvas.

Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice:

CC: Así, pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo, te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de salvación, y te damos gracias porque nos haces dignos de servirte en tu presencia. Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.

C1: Acuérdate, Señor, de tu Iglesia extendida sobre toda la tierra; y reunida aquí en el domingo, día en que Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal; y con el Papa Benedicto XVI, con nuestro Obispo N., y todos los pastores que cuidan de tu pueblo, llévala a su perfección por la caridad.

C2: Acuérdate también de nuestros hermanos que se durmieron en la esperanza de la resurrección, y de todos los que han muerto en tu misericordia; admítelos a contemplar la luz de tu rostro. Ten misericordia de todos nosotros, y así, con María, la Virgen madre de Dios, los apóstoles y cuantos vivieron en tu amistad a través de los tiempos, merezcamos, por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas.

Junta las manos. Toma la patena con el pan consagrado y el cáliz, los eleva y dice:

CP ó CC: Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.

Asamblea: Amén.

Rito de la Comunión

Una vez depositados el cáliz y la patena sobre el altar, el sacerdote, con las manos juntas, dice:

Celebrante: Llenos de alegría por ser hijos de Dios, digamos confiadamente la oración que Cristo nos enseñó:

Extiende las manos, y, junto con el pueblo, continúa:

Todos: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.

Solo el Sacerdote, con las manos extendidas, prosigue diciendo:

Celebrante: Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo. Junta las manos y el pueblo concluye la oración aclamando: Asamblea: Tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.

Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice en voz alta:

Celebrante: Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: “La paz les dejo, mi paz les doy”, no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad. Junta las manos. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Asamblea: Amén.

El sacerdote, vuelto hacia el pueblo, extendiendo y juntando las manos, añade:

Celebrante: La paz del Señor esté siempre con ustedes.

Asamblea: Y con tu espíritu.

Celebrante: Como hijos de Dios, intercambien ahora un signo de comunión fraterna.

Todos intercambian el signo de paz. Después el sacerdote hace la fracción del Pan de la forma acostumbrada mientras se canta o se dice el “Cordero de Dios”.El sacerdote se prepara interiormente con la oración prescrita y, tomando el pan consagrado, y sosteniéndolo un poco elevado sobre la patena o sobre el cáliz, de cara al pueblo, dice con voz clara:

Celebrante: Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor.

Asamblea: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

El sacerdote comulga ambas especies y distribuye la comunión a los fieles mientras la Asamblea canta. Se sugiere: “Donde hay caridad y amor”, “Señor, no soy digno”, “Eucaristía, Milagro de Amor”. Se purifican los vasos sagrados de la forma prescrita y el Celebrante, en la sede, de pié y con las manos extendidas, después de invitar a la asamblea, dice la Oración después de la Comunión.

Celebrante: Oremos.

(breve silencio)

Con el auxilio de este sacramento de salvación eterna, del que acabamos de participar, haz, Señor, que la verdadera fe se extienda por todo el mundo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Asamblea: Amén.

Monitor: Hemos encontrado al Señor Jesús, vivo y resucitado, en las especies Eucarísticas. Él nos ha llamado, nos ha mostrado su presencia y nos ha enviado. Con la bendición y envío del sacerdote, se confirma una vez más que somos discípulos misioneros que tienen el compromiso de anunciar la alegría del Señor hasta que vuelva.

Ritos de Conclusión

Celebrante: El Señor esté con ustedes.

Asamblea: Y con tu espíritu.

El sacerdote, extendidas las manos sobre el pueblo, dice la bendición. (Ordinario p.177, Tiempo Ordinario IX)

Celebrante: Que el Dios de toda gracia, que en Cristo los ha llamado a su eterna gloria, los afiance y conserve fuertes en la fe y constantes en las buenas obras.

Asamblea: Amén.

Celebrante: Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y + Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Asamblea: Amén.

Diácono: Glorifiquen al Señor con su vida. Pueden ir en paz.

Asamblea: Demos gracias a Dios.

El sacerdote y el diácono veneran el altar y, después de hacer reverencia al Cristo o genuflexión al Santísimo, precedido por los ministros, hace la procesión de salida.