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LA FE, UN DON PARA COMPARTIR

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Vía Crucis Misionero

Ejercicio del Vía Crucis

Por la señal de la santa Cruz …

Oración inicial

Señor Jesús, Tú que recorriste el camino del Calvario, para redimirnos con amor infinito del pecado, te rogamos nos des la gracia de meditar con verdadero espíritu de fe todo lo que padeciste y, nos concedas por este acto de amor, que la celebración de la Jornada Misionera Mundial sea ocasión de un renovado empeño misionero; pues reconocemos que la fe no es un bien exclusivo de quienes tenemos la gracia de haberlo recibido, sino que es un don que debemos compartir, una buena noticia que es preciso comunicar, como Tú nos lo anunciaste. Que la participación de tu pasión y muerte, nos revelen la verdad de Dios y del hombre, partícipe de tu vocación-misión.

María Santísima, que acompañaste a Jesús en este camino, enséñanos a tener sentimientos como los que tuviste en la Pasión de tu Hijo, para que aprendamos, a través del dolor y de la cruz, la ciencia del amor de Dios. Amén.

En cada estación:

a) Se anuncia la estación.
b) Se dice:
   V. ¡Te adoramos, Cristo, y te bendecimos!
   T. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
c) Se medita brevemente sobre la estación proclamada.
d) Se hace un espacio de silencio.
e) Se realiza la oración propuesta de forma comunitaria.
f) Se pueden rezar un Padre Nuestro, un Avemaría y Gloria.
g) Al finalizar se dice:
   V. ¡Señor, ten misericordia de nosotros!
   T. Porque hemos pecado contra Ti.
g) Se pasa a la siguiente estación.

1ª ESTACIÓN
Jesús es condenado a muerte

Jn 19,14-16

“Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el medio día. Dijo Pilato a los judíos: ‘Aquí tienen a su rey’. Ellos gritaron: ‘¡Fuera, fuera! ¡Crucifícalo!’ Replicó Pilato: ‘¿A su rey voy a crucificar?’. Contestaron los sumos sacerdotes: ‘No tenemos más rey que el César’. Entonces se los entregó para que fuera crucificado”.

Condenar a alguien es prácticamente asesinarlo; de hecho en la condenación comienza el itinerario hacia la muerte y quizás, muy humanamente hablando, la resignación. Sin embargo, en la condena a muerte lo que se evidencia por parte de Jesús no es su resignación, sino su libertad absoluta para cumplir hasta el extremo la voluntad de su Padre.

La persona de fe no se resigna; quien tiene fe se preocupa por cumplir la voluntad del Dios de Jesús hasta el extremo como un ejercicio del don de la libertad.

Señor Jesús, te pedimos por quienes son condenados a causa del Evangelio y por nosotros, que hemos recibido la fe, para que vivamos la libertad de ser hijos tuyos.

2ª ESTACIÓN
Jesús toma la cruz en sus hombros

Jn 19,17

“Tomaron pues a Jesús que, cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se dice Gólgota” (Jn 19,17).

La cruz era señal de condenación; era el suplicio más bárbaro y afrentoso de la antigüedad; incluso hubo gente que pensó que era una maldición religiosa (Dt 21,23). La disponibilidad de Jesús para cargar la cruz no elimina ciertamente la responsabilidad de sus verdugos, sin embargo, sí manifiesta la entrega total de la vida y el amor incondicional de Jesús por todos.

La persona de fe no es mejor porque más sufra sino porque más entrega la vida, porque ama (Mt 16,24).

Señor, te pedimos por nuestro Sumo Pontífice Benedicto XVI; y por todos los bautizados, discípulos misioneros, para que juntos sepamos llevar con generosidad la misión de Cristo.

3ª ESTACIÓN
Jesús cae por primera vez

Mc 8,34-35

“Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará’”.

La cruz es pesada y hace que Jesús caiga por tierra; esta primera caída nos recuerda que se hizo uno de nosotros de manera tan real que experimentó hasta nuestras limitaciones, pero no nuestros extravíos y pecados (cf. Heb 4,15). En la caída de Jesús con la cruz los seres humanos reconocemos nuestras limitaciones y, sobre todo, nuestras posibilidades y el alcance de nuestro amor y entrega de la vida.

La fe no nos hace súper hombres o súper mujeres; la fe nos hace generosos no a pesar de nuestras limitaciones sino gracias a ellas; sólo el que se siente limitado puede ayudar; y gracias a que desde nuestras limitaciones, podemos amar, nos sentimos también necesitados de los demás.

Oh Padre, que has enviado a tu Hijo como Luz del mundo y Palabra de Verdad, suscita en los jóvenes el firme deseo de entregar su vida al servicio de la Iglesia y ser verdaderos testigos y anunciadores del Evangelio.

4ª ESTACIÓN
Jesús encuentra a María, su Madre
Lc 11,27-28

“Estaba él hablando así, cuando una mujer de entre la gente dijo en voz alta: ‘¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!’. Pero él dijo: ‘Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan”.

En el camino de la cruz Jesús estuvo rodeado de muchas personas; con seguridad todas indiferentes, excepto una: su Madre. Y es que todo puede fallar menos el amor de la madre. María tenía el corazón herido pero siempre fuerte para amar. María puede tener esta actitud porque interiorizó de tal manera su tarea discipular que oía la Palabra y la guardaba en su corazón, es decir, la interiorizaba de tal manera que vivía de acuerdo a ella (Lc 2,19).

El discípulo que tiene fe, porque escucha la Palabra y la guarda, puede sentir dolor pero no claudicar; el discípulo verdadero puede sentir sangrar su corazón por la tristeza pero no dejar de amar.

Padre –que reúnes a tu pueblo desde todas las naciones de la tierra– ayúdanos a que, como María, meditemos la Palabra en nuestro corazón y podamos anunciar a todos los hombres la experiencia que, merced a tu Espíritu, tenemos de Cristo.

5ª ESTACIÓN
Simón Cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz
Mc 15,21

“Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, que volvía del campo y pasaba por allí, fue obligado a cargar con su cruz”.

¡Qué tan real debió haber sido esta ayuda que algunos primeros cristianos recordaban a este buen hombre –como diríamos ahora– con nombre y apellidos! Nadie puede negar la realidad y evidencia del sufrimiento. Pero al mismo tiempo, nadie puede negar que es igualmente y hasta más real la existencia de personas que ayudan con la cruz a sus hermanos. Nos desanima y hasta nos desespera el sufrimiento; sin embargo, debe ser más fuerte la esperanza y la certeza de que siempre habrá buenos cirineos en el camino; más aún la confianza de que siempre estamos en posibilidades de tener actitudes cirineas ante cualquier persona que sufre.

Hay muchos gestos en los que se percibe la fe de una persona. Pero ciertamente la cercanía y la ayuda al que sufre es indiscutiblemente un signo de fe; podríamos incluso decir que la actitud cirinea es la actitud de fe por excelencia.

Padre de bondad, que quieres que todos los hombres se salven, te pedimos por todos los misioneros, que como buenos Cirineos acompañan en la fe a los pueblos que no te conocen, concédeles las gracias abundantes para que no desfallezcan en la tarea evangelizadora que tú les has confiado.

6ª ESTACIÓN
Verónica enjuga el rostro de Jesús
Is 52, 14-15

“Del mismo modo que muchos quedaron asombrados al verlo –pues tan desfigurado estaba que no parecía un hombre, ni su apariencia era humana-, así se admirarán muchas naciones; ante él cerrarán los reyes la boca, pues verán lo que nunca les contaron y descubrirán lo que nunca oyeron”.

Los seres humanos siempre han querido ver a Dios; ha sido un deseo respaldado a veces por la curiosidad, pero casi siempre por la misma necesidad de darle sentido a la vida (Sal 27, 8-9). Ante este deseo honesto, Dios no se quedó callado y mostró su rostro en Jesús, el justo sufriente; así quedaba claro de una vez por todas que cada rostro, especialmente los rostros de quienes más sufren, son manifestación y presencia del Dios de Jesús.

Muchas comunidades antiguas tuvieron la convicción de que en el camino de la cruz alguien –en este caso una mujer llamada Verónica– había acudido a limpiar el rostro de Jesús sufriente; esto recordaría permanentemente no sólo el rostro de Jesús sufriente, sino la capacidad y disponibilidad de todo ser humano por compadecerse de quien sufre.

Una persona de fe no sólo desea ver a Dios sino que sobre todo es capaz de reconocerlo en el rostro de quienes más sufren y de enjugar sus lágrimas y heridas.

Jesucristo, Señor nuestro, concédenos que todos los bautizados te encontremos en el rostro sufriente de nuestros Hermanos Africanos y atiende nuestras súplicas; que la fe en Ti de los hombres y mujeres de este continente sea signo de esperanza en sus necesidades.

7ª ESTACIÓN
Jesús cae por segunda vez
Mc 9, 31-32

“Les decía: ‘El Hijo del Hombre será entregado en manos de los hombres; lo matarán, más a los tres días de haber muerto resucitará. Pero los discípulos, que no entendían sus palabras, tenían miedo de preguntarle”.

La segunda caída de Jesús con la cruz, manifiesta la fuerza secreta del amor solidario; como dice san Pablo: “Si Él no perdonó ni a su propio Hijo (antes bien lo entregó por todos nosotros) ¿cómo no va a darnos con él gratuitamente todas las cosas?” (Rom 8,32). Esta segunda caída nos recuerda el sufrimiento insistente al que está expuesto cada ser humano; pero sobre todo nos revela la solidaridad permanente, profunda y generosa del ser humano por excelencia, Jesús.

La persona de fe ciertamente no es aquella que se encuentra con los demás seres humanos para humillarlos o provocarles más sufrimientos. Tiene fe quien en el camino de la vida va fortaleciendo, incluso desde sus debilidades, a quienes van apareciendo como sus compañeros y compañeras de camino.

Señor Jesucristo, te pedimos por la Iglesia peregrina en América, para que la Gran Misión Continental convocada por nuestros Obispos desde el Santuario de Aparecida, sea anuncio comprometido y solidario a favor de la vida la cual se obtiene sólo en Ti.

8ª ESTACIÓN
Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén
Lc 23,27-28

“Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por él. Jesús se volvió a ellas y les dijo: ‘Hijas de Jerusalén, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos”.

La sabiduría de nuestras comunidades nos revela que el dolor compartido es dolor superado. Ante aquellas mujeres que se duelen y se lamentan, Jesús no se siente solo; comparten su dolor y eso está muy bien. Sin embargo, Jesús les recuerda que la compasión por el otro debe hacer que nuestra vista vaya más allá del dolor y ponga atención en quienes provocan el sufrimiento (“lloren más bien…por sus hijos”); y es que si prenden fuego al árbol que no deberían quemar (el verde), ¿qué no harán con los árboles secos que sí pueden quemarse?

Tiene fe la persona que a la pasión le agrega compasión; la pasión provoca siempre sufrimiento, pero la compasión redime porque aproxima los corazones; y esto lo hace solamente una persona de fe.

Señor Jesús, Buen Pastor que entrega la vida por sus ovejas, te pedimos por nuestros hermanos de Europa, para que no decaiga su fe en Dios y continúen, a ejemplo tuyo, anunciando el Reino de los cielos.

9ª ESTACIÓN
Jesús cae por tercera vez
Is 53,5

“Más fue herido por nuestras faltas, molido por nuestras culpas. Soportó el castigo que nos regenera y fuimos curados con sus heridas”.

Y Jesús casi muerto cae por tercera vez y queda manifiesta la grandeza de su amor solidario que no deja a nadie fuera del abrazo redentor del amor de su Padre. Este gesto solidario de Jesús venció el poder del pecado y dejó claro que su Dios –nuestro Dios- es el Dios de los que sufren y de los hijos pródigos.

La persona de fe, a semejanza de Jesús, se esfuerza permanentemente por compartir el abrazo redentor del amor del Padre; por evidenciar que el Dios de Jesús acoge a los que sufren y a quienes, arrepentidos, quieren retornar a la casa del Padre.

Padre Celestial, que envías a tu Unigénito para nuestra salvación, ponemos en tus manos el continente de Oceanía, para que día a día aumente en su corazón la fe, esperanza y caridad, y crezca en ellos el deseo de ser misioneros, portadores de tu amor, a ejemplo de Cristo tu Hijo.

10ª ESTACIÓN
Jesús es despojado de sus vestiduras
Mc 15,24

“Lo crucificaron y se repartieron sus vestidos, echándolos a suertes, a ver qué se llevaba cada uno”.

Jesús llega al calvario y es violentamente despojado de sus vestidos para ese momento pegados a sus llagas; desnudo es expuesto a la burla de los espectadores irreverentes. Este despojo de Jesús es comunión permanente con todos los que sufren otros tipos de despojo.

La persona de fe reconoce en el despojo de Jesús a todos los que sufren cualquier tipo de despojo: el despojo de la conciencia, la libertad, la dignidad, la comida … Jesucristo, Cordero inmolado por la humanidad, te rogamos por los países del continente Asiático, para que tengan un corazón abierto a recibir tu Palabra que vivifica, dignifica, libera y da sentido a la vida del ser humano.

11ª ESTACIÓN
Jesús es clavado en la cruz
Lc 23,33

“Llegados al lugar llamado Calvario, lo crucificaron allí junto con los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda”.

La crucifixión es señal del pecado de los hombres no del amor de Dios; en la cruz se evidencia los grados más altos de maldad que puede alcanzar el ser humano. Sin embargo, es aquí donde se ha dado también la más grande muestra del amor. Ciertamente Dios no estaba de acuerdo con los verdugos que mataban a su Hijo; pero sí estaba de acuerdo con él en su entrega de la vida y fidelidad hasta el extremo.

La persona de fe tiene la responsabilidad de entregar la vida en fidelidad, por los principios y valores del Reino del Dios de Jesús, para que haya menos cruces, menos crucificados.

Señor, te pedimos por la humanidad redimida por tu Hijo, que camina clavada en una cultura de muerte, para que concorde con lo que has impreso en su naturaleza, se comprometa con responsabilidad a vivir en plenitud.

12ª ESTACIÓN
Jesús muere en la cruz
Mc 15,33-34.38-39

“Llegada la hora sexta, la oscuridad cubrió toda la tierra hasta la hora nona. A la hora nona gritó Jesús con fuerte voz: ‘Eloí, Eloí, ¿lemá sabactaní?’, que quiere decir: ‘¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?’ … Entonces el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba frente a él, al ver que había expirado de aquella manera, dijo: ‘verdaderamente este hombre era hijo de Dios”.

Jesús quiso morir en la cruz no por sadismo, sino por solidaridad y amor; experimentó la muerte, el drama más profundo del ser humano, precisamente para darle sentido a la vida; asumió una muerte en la más extraña soledad para que nadie muriera sin experimentar la solidaridad.

La persona de fe no ve en la muerte de Jesús la justificación del sufrimiento, sino la exigencia del amor precisamente para que el sufrimiento, aquel que es fruto y consecuencia del pecado entre nosotros, deje de tener víctimas inocentes.

Señor Jesucristo, haz que sean muchos los que tengan un amor tan grande como el tuyo, dispuestos a entregar la propia vida por los hermanos en el anuncio del Evangelio de salvación.

13ª ESTACIÓN
Jesús es bajado de la cruz
Jn 19,38

“Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo”.

Todas las muertes duelen; es más todas las muertes hunden en la desesperanza y el caos. Sin embargo, con la muerte de Jesús –el Mártir por excelencia– la vida y la esperanza reviven en el corazón de la humanidad. En la muerte de Jesús y la aparente debilidad de aquel cuerpo que es bajado de la cruz está la simiente vida de otros que –a ejemplo de él– trabajarán generosamente para que el Reino de Dios rinda sus frutos.

La persona de fe no es inmune al dolor y al sufrimiento; debería ser inmune a la desesperanza y a la pérdida del sentido de la existencia; la persona de fe ve en la muerte de Jesús la simiente del compromiso y la responsabilidad de entregar la vida hasta el extremo a la causa del Reino.

Señor Jesús, que moriste en la Cruz por amor a los hombres, te pedimos por aquellos que han consagrado su vida a tu servicio, Sacerdotes, Religiosos y Religiosas, para que, a pesar del dolor y el sufrimiento, puedan proclamar tu mensaje de esperanza a quienes lo necesiten.

14ª ESTACIÓN
Jesús es depositado en el santo sepulcro
Jn 19,39-42

“Fue también Nicodemo –aquel que anteriormente había ido a verle de noche-. Con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde Jesús había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, pusieron a Jesús, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca”.

Y Dios envió a su Hijo al mundo … hasta el corazón de la tierra penetrando hasta la última soledad. La tierra fue por un momento un inmenso tabernáculo que guardó el tesoro más grande, al Hijo de Dios. Y a partir del depósito del cuerpo de Jesús en el sepulcro ningún sepulcro es ya lugar de la muerte y desesperanza; en cada sepulcro se nos recuerda que la muerte es una pérdida aparente; la muerte no es el fin de la vida, sino el comienzo –aunque doloroso– de su plenitud.

La persona de fe ve de otro modo la muerte porque percibe de manera plena la vida. Pidamos al Dueño de la mies que suscite numerosas vocaciones nativas del seno de las Iglesias jóvenes, como signo de su madurez y correspondencia por el don de la fe recibida, para que la promesa de estar siempre entre su pueblo se realice en tierras de misión.

15ª ESTACIÓN
Jesús resucitó a la vida plena
1Cor 15,17. 19-20

“Y si Cristo no resucitó, su fe es vana: siguen en sus pecados… Si nuestra esperanza en Cristo se limita sólo a esta vida, ¡somos las personas más dignas de compasión! ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron”.

La resurrección de Jesús es mucho más que la vuelta a la vida de quien ha muerto; es la plenificación total de la vida humana en Dios. El que había muerto es ahora el Viviente; aquel que había sido derrotado ahora es el Triunfante. En la resurrección, Dios ha mostrado que puede transformar lo antiguo, en nuevo; la derrota, en victoria; y la muerte, en vida.

La persona de fe esclarece en el sentido de la totalidad su existencia desde la resurrección; interpreta la obscuridad de la muerte desde el gozo de la vida y la esperanza de la resurrección.

Oh, Padre de Amor, te pedimos, por intercesión de los santos y mártires misioneros, que, como ellos, nos ayudes a ser testigos del Resucitado hasta los confines de la tierra, llevando la buena nueva de la Vida.

Se culmina rezando un Padrenuestro, Avemaría y Gloria por las intenciones de nuestro Sumo Pontífice

Oración final

Señor Jesucristo, Tú que derramaste tu sangre para lavar los pecados de todos los hombres, haz que ninguno de ellos quede sin recibir los beneficios de la redención. Infunde en el corazón de todos los bautizados el deseo de propagar la fe. Cultiva en el corazón de los jóvenes el sublime ideal de entregarse al servicio del prójimo. Sostén el ánimo de aquellos que, abandonándolo todo, cumplen tu mandato de ir por el mundo anunciando la Buena Nueva.

Crea en mí un corazón misionero. Amén.

Hna. Rosalba Soto Enríquez, EMJ