Visitar Sitio Web de ARQUIDIÓCESIS DE MÉXICO

Comisión
Pastoral
Misionera

Domund
2003

Domund
2004

Domund
2005

Domund
2006

Domund
2007

Domund
2008

Domund
2009

Domund
2010

Domund
2011

Mapa del Sitio

Ir al ÍNDICE-CONTENIDO


  Google
Vicaría      de Pastoral

Ir al Sitio Web de las OBRAS MISIONALES PONTIFICIO EPISCOPALES

JESUCRISTO

EVANGELIZADOR

Y LA EUCARISTÍA, FUENTE

DE EVANGELIZACIÓN

1. EXPOSICIÓN DEL SANTÍSIMO

Habiéndose reunido el pueblo e iniciado un canto, el ministro se acerca al lugar de la Reserva. Trae el Sacramento y lo coloca en la custodia. El ministro inciensa al Santísimo.

Estación menor

Señor, Padre Santo, concédenos la disponibi-lidad que distinguió a tu Hijo Jesucristo en la vivencia del Evangelio.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

Que como Tú, Jesús Eucaristía, sepamos donar nuestra vida al servicio de los demás, incluyendo el servicio misionero.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

Que motivados por la acción del Espíritu Santo, deseemos aprovechar cuanta oportu-nidad se presente para anunciar el Evangelio. (Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

(Concluye con la Oración para el 48° Congreso Eucarístico)

ORACIÓN DEL CONGRESO EUCARÍSTICO

Señor, Padre Santo,
que en Jesucristo, tu Hijo,
presente realmente en la Eucaristía,
nos das la luz que ilumina a todo hombre
que viene a este mundo,
y la vida verdadera que nos llena de alegría;
te pedimos que concedas a tu pueblo
que peregrina al inicio del tercer milenio,
celebrar con ánimo confiado
el 48° Congreso Eucarístico Internacional,
para que, fortalecidos en este Banquete sagrado,
seamos en Cristo, luz en las tinieblas,
y vivamos íntimamente unidos a Él, que es nuestra vida.

Que la presencia eficaz de Santa María,
Madre del verdadero Dios, por quien se vive,
nos sostenga y acompañe siempre.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y
reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.

2. LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

Evangelio: Lo reconocieron al partirle pan Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 24, 13-35:

El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: "¿De qué cosas vienen hablando tan llenos de tristeza?" Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?" Él les preguntó: "¿Qué cosa?" Ellos le respondieron: "Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron. Entonces Jesús les dijo: "¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?" Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él. Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer". Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: "¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!" Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, quienes les dijeron: "De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón". Entonces ellos contaron lo que había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

3. Salmo responsorial (del Salmo 18)

R. El mensaje del Señor resuena en toda la Tierra.

Los Cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día comunica su mensaje al otro día y una noche se lo transmite a la otra noche. R.

Sin que pronuncien una palabra, sin que resuene su voz, a toda la Tierra llega su sonido y su mensaje hasta el fin del mundo. R.

(Silencio meditativo)

HOMILÍA

Evangelizar es una gran tarea que Jesucristo ha encomendado a toda la Iglesia de todos los tiempos (cfr. Mt 28, 20) y en la que nosotros, como sus seguidores, hemos de vernos implicados en un modo más vivencial que teórico. No basta con sólo una preparación técnica, es necesario tener experiencia de Jesús en nuestras vidas, como los discípulos de Emaús, que nos muestran el itinerario a seguir: lo que debe acontecernos es el encuentro que se realiza en la Eucaristía y pasa primero por la escucha, meditación y contemplación de su Palabra, donde Él mismo nos habla, de modo que escuchamos una Palabra llena de vida, la de Cristo, que, como a los discípulos de Emaús, tiene una historia de salvación que contarnos con un enfoque fascinante y cautivador, ya que nosotros mismos nos vemos implicados en esa historia que nos colma de luz, vida y paz.

El anuncio del Evangelio que hace Cristo, pretende impregnar al hombre de una buena noticia que libera y transforma. Evangelizar no es volver al pasado, sino arriesgarse a un cambio que promete cosas buenas; provocar un encuentro con Cristo que transforma la tristeza en alegría y en el que la vida adquiere sintonía mediante la Eucaristía que se descubre como la fuente de energía para continuar la empresa de la evangelización, que en el mundo actual se vislumbra como una contradicción de necesidad e insensibilidad.

Si pretendemos realizar en serio la tarea encomendada, es imprescindible acudir a la Eucaristía, que nos alimenta y reanima para ir y compartir la Buena Noticia que el encuentro con Cristo nos ha dejado. Ante esta tarea tan grande y delicada, ¿he dejado yo que el Evangelio signifique algo en mi vida? Cuando celebro la Eucaristía, ¿salgo motivado a hacer algo por mi vida y la de los demás? ¿Qué necesito para sentirme implicado en la tarea de la evangelización?

(Silencio orante)

Preces comunitarias

Escucha Señor, nuestras oraciones, que con humildad te presentamos:

R. Que la Eucaristía, Señor, nos dé fuerzas para evangelizar.

Por el Papa y los obispos, principales responsables de la evangelización, para que dóciles a la voluntad del Padre, encarnando a Jesucristo en su vida logren, con los dones del Espíritu Santo, transformar con el Evangelio el mundo en que vivimos. Oremos. R.

Para que los gobernantes, sensibles a las exigencias del Evangelio, se preocupen del bien común y de dar verdadero testimonio de servicio. Oremos. R.

Por todos los cristianos que desgastan su vida en la tarea de la evangelización, para que liberados de todos los peligros, continúen dando un testimonio fiel del Evangelio. Oremos. R.

Por todas aquellas personas que no conocen el Evangelio, para que la fuerza que transforma se manifieste pronto en sus vidas. Oremos. R.

Por todos nosotros, para que el Señor nos aumente la fe y el compromiso de evangelizar el mundo en que vivimos y no tengamos miedo de afrontar todos nuestro compromiso de ir y llevar el evangelio hasta los últimos rincones de la tierra. Oremos. R.

Todos juntos, en familia, repitamos las palabras que nos enseñó Jesús, y oremos al Padre de todos los hombres y mujeres de la tierra diciendo: Padre Nuestro...

3. BENDICIÓN

Al final de la adoración, el sacerdote o diácono se acerca al altar; hace la genuflexión, se arrodilla y se entona el Tantum ergo. Mientras tanto, arrodillado el ministro, inciensa al Santísimo Sacramento. Luego se pone de pie y dice: Oremos

(Se hace una pausa de silencio; luego prosigue)

Señor, Padre Santo, escucha las oraciones que te presentamos y concédenos un amor grande por el Evangelio y la Eucaristía, para que fortalecidos con tan grandes dones, llevemos a cabo la tarea evangelizadora hasta los confines del mundo que nos has encomendado, en la persona de tu Hijo, Evangelio vivo que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

El sacerdote o diácono recibe el velo humeral, hace genuflexión, toma la custodia y bendice al pueblo con el Santísimo Sacramento. Después de dar la bendición, deja la custodia sobre el altar y, arrodillado, dice las alabanzas (cfr. P. 18).

Mientras se reserva el Sacramento en el sagrario, el pueblo puede decir alguna aclamación, o entonar otro cántico de alabanza, vgr. "Bendito, bendito"; "Alabad al Señor", etcétera. Finalmente, el ministro se retira.

Ir a la página anterior
Ir a la página siguiente