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LA
EUCARISTÍA,
FUENTE DEL COMPROMISO
MISIONERO
DE LA IGLESIA
1.
La Iglesia y todos los creyentes encuentran en la Eucaristía
la fuerza indispensable para anunciar y testimoniar a todos
el Evangelio de la salvación. La celebración de
la Eucaristía, sacramento
de la Pascua del Señor, es en sí misma un
acontecimiento misionero, que introduce en el mundo
el germen fecundo de la vida nueva.
San
Pablo, en la primera carta a los Corintios, recuerda explícitamente
esta característica misionera
de la Eucaristía: "Cada vez que coméis
este pan y bebéis este cáliz, anunciáis
la muerte del Señor, hasta que venga" (1 Co 11,
26).
2.
La Iglesia recoge esas palabras de San Pablo en la doxología
después de la consagración. La Eucaristía
es sacramento "misionero", no sólo porque de
ella brota la gracia de la misión, sino también
porque encierra en sí misma el principio y la fuente
perenne de la salvación para todos los hombres. Por tanto,
la celebración del sacrificio eucarístico es
el acto misionero más eficaz que la comunidad
eclesial puede realizar en la historia del mundo.
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Toda
misa concluye con el mandato misionero "id",
"ite, missa est", que invita a los fieles a llevar el anuncio
del Señor resucitado a las familias, a los ambientes de trabajo
y de la sociedad, y al mundo entero. Precisamente por eso en la carta
Dies Domini invité a los fieles a imitar el ejemplo de los discípulos
de Emaús, los cuales, después de reconocer "en la
fracción del pan" a Cristo resucitado (cf. Lc 24, 30-32),
sienten la exigencia de ir inmediatamente a compartir con todos sus
hermanos la alegría de
su encuentro con él (cf. n. 45). El "pan partido" abre
la vida del cristiano y de toda la comunidad a la comunión y
a la entrega de sí por la vida del mundo (cf. ]n 6, 51). Es precisamente
la Eucaristía la que realiza ese vínculo inseparable entre
comunión y misión, que hace de la Iglesia el sacramento
de la unidad de todo el género humano (cf. Lumen Gentium, 1).
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3.
Hoy es particularmente necesario que, mediante la celebración
de la Eucaristía, todas las comunidades cristianas adquieran
la convicción interior y la fuerza espiritual para salir
de sí mismas y abrirse a otras comunidades más
pobres y necesitadas de apoyo en el campo de la evangelización
y de la cooperación misionera, favoreciendo el fecundo
intercambio de dones recíprocos que enriquece a toda
la Iglesia. |
También
es muy importante discernir, a partir de la Eucaristía, las vocaciones
y los ministerios misioneros. Siguiendo el ejemplo de la primitiva comunidad
de Antioquía, reunida "en la celebración del culto
del Señor", toda comunidad cristiana esta llamada a escuchar
al Espíritu y aceptar sus inspiraciones, reservando para
la misión universal las mejores fuerzas de sus hijos,
enviados con alegría al mundo y acompañados por la oración
y el apoyo espiritual y material que necesitan (cf. Hch 13, 1 -3).
La
Eucaristía es, además, una escuela
permanente de caridad, de justicia y de paz, para renovar
en Cristo al mundo que nos rodea.. La presencia del Resucitado proporciona
a los creyentes la valentía para ser promotores de solidaridad
y de renovación, contribuyendo a cambiar las estructuras de pecado
en las que las personas, las comunidades y, a veces, pueblos enteros,
están sumergidos (cf. Dies Domini, 73).
4.
Por último, en esta reflexión sobre el significado y el
contenido misionero de la Eucaristía no puede faltar la referencia
a esos singulares misioneros y testigos de
la fe y del amor de Cristo que son los mártires. Las
reliquias de los mártires,
que desde la antigüedad se colocan bajo el altar, donde se celebra
el memorial de la "víctima inmolada por nuestra reconciliación",
constituyen un claro signo del vigor que brota del sacrificio de Cristo.
A cuantos se alimentan del Señor esta energía espiritual
los impulsa a dar su propia vida por él y por sus hermanos; mediante
la entrega total de sí, si fuera necesario, hasta la efusión
de la sangre.
Quiera
Dios que el Congreso Eucarístico Internacional,
por intercesión de María, Madre de Cristo inmolado por
nosotros, reavive en los creyentes la conciencia
del compromiso misionero que brota de la participación
en la Eucaristía. El "cuerpo entregado" y la "sangre
derramada" (cf. Lc 22, 19-20) constituyen el criterio supremo al
que siempre deben y deberán referirse en su entrega por la salvación
del mundo.
S.S.
JUAN PABLO II