Una
Iglesia en estado de misión, más
evangelizadora, más comunitaria, más
solidaria, más corresponsable.
1.
La Eucaristía nos hace una Iglesia más evangelizadora
que educa en la fe para la misión.
La comunidad de los discípulos de Jesús no vive
para sí misma, sino que se identifica como enviada; una
comunidad que, como el mismo Señor, vive
en estado de misión: "Como el Padre me
envió, así también yo los envío"
(Juan 20,21).
El
mensaje de la comunidad, claro y decidido, es el del apóstol
Pedro en Pentecostés: "Dios resucitó a este
Jesús, de lo cual somos testigos nosotros" (Hechos
2,32). En la Eucaristía Jesús aparece en medio
de la comunidad y la educa para la
misión.
"Evangelizadora,
la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma.
Comunidad de creyentes, comunidad de esperanza vivida y comunicada,
comunidad de amor fraterno, tiene necesidad de escuchar sin
cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el mandamiento
nuevo del amor" (Pablo VI, Evangelli Nuntiandi, n. 15).
La celebración de la misa es el ámbito privilegiado
para que la comunidad cristiana sea evangelizada
y evangelizadora:
Allí escucha la Palabra
de la que ha de ser testigo.
En
la plegaria eucarística hace memoria
de las maravillas realizadas por Dios a favor de los
hombres, maravillas (historia de salvación) que ha de proclamar.
En
la comunión se alimenta del Pan
de Vida, en la certeza de que Cristo está en la
comunidad y ésta en él (Juan 6,57-58).
Para
decir la palabra del testigo desde la experiencia vivida. "Lo
que fue desde el principio, lo que oímos, lo que vimos con
nuestros propios ojos, lo que miramos y palparon nuestras manos
del Verbo de la vida..., lo que vimos y
oímos, eso les anunciamos, para que ustedes estén
también en comunión con nosotros y que nuestra comunión
sea con el Padre y con Jesucristo, su Hijo" (1 Juan 1,1-3).
Esa confesión de fe es la garantía de la verdad y
credibilidad de nuestro testimonio.
2.
La Eucaristía nos hace una Iglesia más comunitaria
Evangelizar
es un acto eclesial. "...Ningún
evangelizador es dueño absoluto de su acción
evangelizadora, con un poder discrecional para cumplirla
según sus criterios y perspectivas individualistas,
sino en comunión con la Iglesia y sus Pastores"
(Pablo VI, Evangelli Nuntiandi, n. 60).
En
la celebración de la Eucaristía no solamente aprendemos
a ser comunidad, sino que para poder celebrarla debemos ser ya comunidad.
Pero, además, la eucaristía crea la comunidad a través
de diversas mediaciones: en el rito penitencial, Dios nos concede
su perdón y mutuamente nos perdonamos, Orando, cantando,
alabando y dando gracias juntos, crecemos como Iglesia. Pero, sobre
todo, la comunidad se realiza en la comunión eucarística.
3.
La Eucaristía nos hace una Iglesia más solidaria
En
la Eucaristía aprendemos, vivimos y celebramos la solidaridad.
Si en el acontecimiento de la multiplicación de los panes
(Lucas 9,12-17) aprendemos de Jesús
a ser solidarios, en el Sacramento del pan de vida esa
solidaridad llega a extremos insospechados.
Comulgar
con el cuerpo y la sangre de Jesús nos
compromete a vivir la solidaridad con todos, sobre todos
los más hambrientos y sedientos. Se estrechan los vínculos
de los miembros de un mismo cuerpo y de las ramas de una misma vid.
En
la Plegaria Eucarística celebramos los gestos solidarios
de Dios con los hombres, desde la creación, hasta la encarnación,
pasión, muerte y resurrección. En Cristo sacerdote
somos solidarios de los hombres
ante el Padre con la fuerza del Espíritu Santo.
"Es
necesario recordar a toda la Iglesia en América, el lazo
existente entre la Eucaristía y la caridad, lazo que la Iglesia
primitiva expresaba uniendo el ágape con la Cena eucarística.
La participación en la Eucaristía debe llevar a una
acción caritativa más intensa
como fruto de la gracia recibida en este sacramento" Juan Pablo
II, La Iglesia en América, n.35).
4. La Eucaristía nos hace una Iglesia
más corresponsable
El
Concilio Vaticano II al enseñarnos que la Iglesia es ministerial,
nos recordó una verdad un tanto olvidada: que la celebración
de la Eucaristía es también ministerial. En ella los
fieles deben tener una "participación
plena, consciente y activa", acorde al sacerdocio
bautismal o común de todos los fieles.
Alegra
constatar los esfuerzos que se hacen en nuestras comunidades por recuperar
esta dimensión ministerial de la celebración de la misa.
La Eucaristía no es "tuya",
ni "mía: es "nuestra". Todos la celebramos,
la "hacemos". El sujeto que ora en una misa es siempre el
"nosotros" de la comunidad.
La Eucaristía
es, pues, "nuestra eucaristía". Por lo mismo, todo
cristiano debe sentirse responsable de ella:
porque
no siendo "suya", lo es de algún modo;
porque
siendo "nuestra", es preciso no secuestrarla para mi,
mis intenciones, mis asuntos, mi grupito, "los míos";
porque
lo que en ella se celebra y se vive, afecta a la totalidad de mi
ser;
porque
la forma como se celebra concierne e interesa
a la comunidad entera (no hay misa aburrida: los aburridos
somos nosotros, en todo caso).