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LA
EUCARISTÍA, EXIGENCIA
DE COMPARTIR
(TB, 52-56) |
1.
EXPOSICIÓN DEL SANTÍSIMO
Habiéndose
reunido el pueblo e iniciado un canto, el ministro se acerca al lugar
de la Reserva. Trae el Sacramento y lo coloca en la custodia. El ministro
inciensa al Santísimo.
Estación
menor
Padre
santo, que nos has compartido a tu Hijo, enséñanos también
a compartirlo a aquellos que no lo conocen y a compartir nuestra propia
vida (Padre nuestro, Ave María, Gloria
y canto).
Cristo,
pan de vida, danos fuerza para caminar con firmeza hacia la casa del
Padre, cumpliendo tu mandato misionero (Padre
nuestro, Ave María, Gloria y canto).
Espíritu
Santo, fuente de vida, no permitas que en ningún rincón
de la tierra vivamos sin la Eucaristía, pan de vida eterna (Padre
nuestro, Ave María, Gloria y canto).
(Concluye
con la Oración para el 48° Congreso Eucarístico Internacional,
cfr. p. 14)
2.
LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS
Todos
comieron hasta saciarse
Lectura
del Santo Evangelio según San Mateo
15, 29-37
En
aquel tiempo, llego Jesús a la orilla del mar de Galilea, subió
al monte y se sentó. Acudió a el mucha gente que llevaba
consigo tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros enfermos.
Los tendieron a sus pies y él los curó. La gente se llenó
de admiración al ver que los lisiados estaban curados, que los
ciegos veían, que los mudos hablaban y los tullidos caminaban;
por lo que glorificaron al Dios de Israel. Jesús llamo a sus
discípulos y les dijo: "Me da lástima esta gente,
porque llevan ya tres días conmigo y no tienen que comer. No
quiero despedirlos en ayunas, porque pueden desmayarse en el camino".
Los discípulos le preguntaron: "¿Dónde vamos
a conseguir, en este poblado, panes suficientes para saciar a tal muchedumbre?"
Jesús les pregunto: "Cuántos panes tienen?"
Ellos contestaron: "Siete, y unos cuantos pescados".
Después
de ordenar a la gente que se sentara en el suelo, Jesús tomo
los siete panes y los pescados, y habiendo dado gracias a Dios, los
partió y los fue entregando a los discípulos, y los discípulos
a la gente. Todos comieron hasta saciarse, y llenaron siete canastos
con los pedazos que sobraron.
Palabra
del Señor.
Salmo
responsorial (Salmo 111)
R.
Dichosos los que temen al Señor.
Dichoso
quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su
linaje será poderoso en la tierra;
la descendencia del justo será bendita. R.
En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz el que es justo,
clemente y compasivo. R
Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo. R.
Reparte
limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad. R.
(Silencio
meditativo)
HOMILÍA
El
milagro de la multiplicación de los panes es una figura de la
Eucaristía, pues en el nos podemos dar cuenta de que, esencialmente,
se realizan los mismos gestos y momentos: "Tomo el pan, dio gracias
y lo repartió". Hemos de iniciar reconociendo que tal milagro
parte de la sensibilidad de Jesús ante la realidad del hambre
que la gente padecía en aquel momento. Así, Jesús
siempre esta atento a las necesidades de los demás, sobre todo
cuando estas se presentan en el tono de las necesidades vitales, una
de las cuales es el alimento.
La
participación de los discípulos es necesaria para obrar
el milagro, pues ellos son quienes se dan a la tarea de buscar algún
recurso y llevarlo a Jesús, para que sea multiplicado. Además
de la participación de todos, su misma necesidad los hace ser
parte activa del milagro, que más tarde Jesús instituirá
como el sacramento de la Eucaristía, en la Última Cena,
para perpetuarlo en la historia del hombre y hacer mas evidente la necesidad
del Alimento único que da la vida, que ilumina el sendero por
el que el hombre camina.
Nos
damos cuenta de que la Eucaristía no es un sacramento que queda
en nosotros mismos y nada más, sino que la necesidad de compartir
se vuelve un compromiso: el de compartir el pan que por voluntad y misericordia
de Dios se nos da, el que es la vida; Cristo mismo que se nos da como
alimento, saciando nuestra hambre y dándonos fuerzas para continuar
nuestro caminar hacia el Padre. Sin lugar a dudas, la lección
es la de dar, de compartir; no se habla de cosas sino de la vida misma
que Jesús es capaz de darnos y de la que hemos de aprender también,
para darnos a los de más con la intención de que tengan
vida en Dios.
En
nuestras vidas, compartir se traduce como hacer el bien, practicar obras
de caridad y misericordia con quienes más lo necesitan; prestarnos
para la realización del bien común, dejar de sumarnos
a proyectos que atenten contra la dignidad de la persona. La tarea,
después de percatarnos de la lección que nos da Jesús,
es aprender a compartir nuestra vida misma, en servicio a los demás,
y siempre tener como intención de fondo compartirnos, darnos
con todo lo que somos y tenemos, a Dios Padre, en Jesús, por
el Espíritu santo, ya que en su entrega no encontramos ningún
tipo de escatima, sino generosidad.
Que
la preocupación en la tarea de compartir sea la generosidad,
a ejemplo de Jesús, que se dio y se sigue dando para que el mundo
tenga vida y la tenga en abundancia.
Así,
preguntémonos: cuándo se presenta una oportunidad de compartir,
¿con qué intención lo hago, la mía o la
de Cristo? ¿Qué hace falta para que compartir sea parte
del compromiso de nuestra vida? ¿Qué tan fuerte es la
motivación que me da la Eucaristía para compartir?
(Silencio
orante)
Preces
comunitarias
Señor,
Dios, escucha nuestras oraciones, que con humildad te presentamos:
R.
Que aprendamos de Cristo a ser generosos.
Por
el Papa y los obispos, para que atentos a las necesidades de los demás,
sepan testimoniar y motivar a la solidaridad con los más necesitados.
R.
Por
los gobernantes, para que estén siempre atentos a las necesidades
de los demás y vivan preocupados de los que menos tienen. R.
Por
todas las personas necesitadas del socorro de los demás, para
que el Señor guarde y alivie todas sus necesidades. R.
Por
todos nosotros, para que siendo conscientes de que hay más alegría
en dar que en recibir, podamos cada día alegrarnos compartiendo
nuestros bienes, nuestra vida al servicio de los necesitados y nuestra
fe hasta los últimos rincones de la tierra. R.
Por
quienes viven encerrados en sí, envueltos en su egoísmo,
para que abiertos a la gracia de Dios, encuentren la aelgría
de compartir. R.
Acudamos
a Dios Padre, tal como nos enseñó Jesucristo, unidos todos
y siendo voz de los que aún no lo conoceny digamos: "Padre
Nuestro..."
3.
BENDICIÓN
Al
final de la adoración, el sacerdote o diácono se acerca
al altar; hace la genuflexión, se arrodilla y se entona el Tantum
ergo. Mientras tanto, arrodillado el ministro, inciensa al Santísimo
Sacramento. Luego se pone de pie y dice: Oremos
(Se
hace una pausa de silencio, luego prosigue)
Escucha,
Señor las oraciones que te presentamos y concédenos llegar
a imitar la generosidad de tu Hijo, que quiso quedar con nosotros y
en todas las naciones de la tierra, en el sacramento admirable de la
Eucaristía, para que como Él, vivamos dándonos
al servicio generoso de nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
El
sacerdote o diácono recibe el velo humeral, hace genuflexión,
toma la custodia y bendice al pueblo con el Santísimo Sacramento.
Después de dar la bendición, deja la custidia sobre el
altar y, arrodillado, dice
las alabanzas.
Mientras
se reserva el Sacramento en el sagrario, el pueblo puede decir alguna
aclamación o entonar otro cántico de alabanza, vgr. "Bendito,
bendito"; "alabad al Señor", etc. Finalmente,
el ministro se retira.