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JESUCRISTO EVANGELIZADOR

Y LA EUCARISTÍA,

FUENTE

DE EVANGELIZACIÓN

Al centro de la misión salvífica de Jesucristo, se encuentra su tarea evangelizadora. Sin embargo, el anuncio del Reino no lo realiza Jesús sólo con palabras, sino "con su total presencia y manifestación personal... sobre todo con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos" (DV 4); en el fondo, podemos decir que Jesús mismo es el Reino.

Como indica el mismo Pablo VI, la evangelización "tiene su arranque durante la vida de Cristo y se logra de manera definitiva por su muerte y resurrección; pero debe continuar pacientemente a través de la historia, hasta realizarse plenamente el día de la Venida final del mismo Cristo" (EN 9); por ello, la Iglesia tiene como deber primero continuar la misión de Jesús y debe apropiarse las palabras de san Pablo, "¡Ay de mí si no evangelizara!" (I Cor 9,16).


La Eucaristía es fuente de evangelización porque ella es, en cierta manera, el "centro del Evangelio", ya que aparece relacionada con la Pascua, como está narrado en los textos de la institución de la Eucaristía (cfr. Mt 26,17-25 y par.), y con los temas más importantes del mismo Evangelio, como la proclamación de la Palabra de Dios, la conversión y la fe, la caridad y la koinonía, la reconciliación y el perdón e, incluso, la vida eterna (cfr. Jn 6; Hech 2,42-46; I Cor 10,14-22; 11,17-26).

La Eucaristía es además la cumbre del itinerario sacramental, pues ella sintetiza y nos remite a las diversas etapas sacramentales: del Bautismo, de la Confirmación, del Matrimonio y del Orden sacerdotal, por medio de las cuales el cristiano va expresando su incorporación al misterio de Cristo y de su Iglesia.

Por esto, la Eucaristía involucra a la Iglesia entera y a cada cristiano, no sólo para avanzar en la configuración con Cristo, sino también para asumir la tarea evangelizadora respecto a los demás, como miembros que somos del Cuerpo Místico de Cristo.

Eucaristía es impulso para la evangelización en este tercer milenio, porque ella no sólo es su centro, sino también fuente que desencadena y promueve toda la acción evangelizadora en el mundo contemporáneo (cfr. NMI 36).

Un aspecto especial lo constituye, ciertamente, la devoción litúrgica y popular a Jesús Sacramentado. Los monumentos del Jueves Santo, la solemnidad de Corpus Christi con sus procesiones, la costumbre de la Visita al Santísimo, la Hora Santa, la adoración de las Cuarenta Horas, los Templos Expiatorios con la exposición continua, la Bendición con el Santísimo, la comunión de los Viernes primeros de mes, la Adoración Nocturna y los Congresos Eucarísticos son, entre muchas otras, expresiones de una fe sencilla y profunda en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, y de un amor entrañable a Aquél que ha querido poner su morada entre nosotros ( Jn 1,14). Es innegable que la tarea evangelizadora de la Iglesia encuentra aquí también, un terreno de purificación y crecimiento excepcional, sobre todo en nuestro tiempo; para que, ante "las tinieblas y sombras de muerte" (Lc 1,79) que envuelven nuestro mundo, la Eucaristía sea, en plenitud, luz y vida para toda la humanidad.

La fuerza evangelizadora de la Eucaristía es tal, que invita al cristiano a entregarse a sí mismo en un compromiso misionero generoso que responda a la situación de cada región y país, pues Jesús al decirnos en la Última Cena: "Hagan esto en memoria mía" (Lc 22,19), no podemos ignorar su invitación a ser, como Él, pan que se parte y comparte, sangre que se derrama para la vida del mundo; de otra manera, la celebración de la Eucaristía, sin compromiso, no seria plenamente "anuncio del Evangelio", como lo advierte san Pablo a la comunidad de Corinto (cfr. 1 Cor 11,1 7-34).

Asimismo, la participación en la Eucaristía es el centro del domingo para todo cristiano. Santificar el día del Señor es un privilegio irrenunciable y un deber que se ha de vivir no sólo para cumplir un precepto, sino como necesidad, en orden a una vida cristiana verdaderamente consciente y coherente (cfr. NMI 36). Por ello, el fomentar la participación en la Eucaristía, especialmente dominical, debe formar parte indispensable de los programas pastorales de la Nueva Evangelización.

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