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LOS
DISCÍPULOS SE
ALEGRARON
DE VER
AL
SEÑOR
(Cf. Tb, 13-14)
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1. EXPOSICIÓN DEL SANTÍSIMO
Habiéndose
reunido el pueblo e iniciado un canto, el ministro se acerca al lugar
de la Reserva. Trae el Sacramento y lo coloca en la custodia. El ministro
inciensa al Santísimo.
Estación
menor
He
aquí el pan de los ángeles, hecho viático nuestro;
verdadero pan de los hijos (Padre nuestro,
Ave María, Gloria y canto).
Figuras
lo representaron: Isaac fue sacrificado; el cordero pascual, inmolado;
e! maná nutrió a nuestros padres (Padre
nuestro, Ave María, Gloria y canto).
Buen
Pastor, pan verdadero, ioh Jesús! Ten piedad. Apaciéntanos
a todos los hombres y Mujeres del mundo y protégenos (Padre
nuestro, Ave María, Gloria y canto).
Oración
para el 48° Congreso Eucarístico Internacional
2.
LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS
Primera lectura: Vivan siempre alegres,
oren sin cesar.
Lectura
de la primera carta del Apóstol San Pablo a los tesalonicenses
5, 16-24.
Hermanos:
vivan siempre alegres, oren sin cesar, den gracias en toda ocasión,
pues esto es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús. No
impidan la acción del Espíritu Santo ni desprecien el
don de profecía, pero sométanlo todo a prueba y quédense
con lo bueno. Absténganse de toda clase de mal. Que el Dios de
la paz los santifique a ustedes en todo y que todo su ser, alma y cuerpo,
se conserve irreprochable hasta la llegada de nuestro Señor Jesucristo.
El que los ha llamado es fiel y cumplirá su promesa.
Palabra
de Dios
Salmo
responsorial (del Salmo 99)
R.
Sirvamos al Señor con alegría.
Alabemos
al Señor sus fieles todos, sirvamos al Señor con alegría
y entremos en su templo, jubilosos. R.
Reconozcamos
que el Señor es Dios, que Él nos
hizo y a Él pertenecemos; que formamos su pueblo y su rebaño.
R.
Entremos
por sus puertas dando gracias, por sus atrios, con himnos, alabando
al Señor y bendiciéndolo. R.
Porque
el Señor es bueno, eterna es su bondad y su fidelidad no tiene
término. R.
Aclamación
al Evangelio
(Jn 15, 11)
R.
Aleluya, aleluya.
Les
he dicho esto, dice el Señor, para que mi alegría esté
en ustedes y su alegría sea plena.
R.
Aleluya, aleluya.
Evangelio:
Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de
alegría.
Lectura
del Santo Evangelio según San Juan
20, 19-23.
Al
anochecer del día de la resurrección, estando cerradas
las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos por miedo
a los judíos, se presento Jesús en medio de ellos y les
dijo: "La paz esté con ustedes". Dicho esto, les mostró
las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor,
se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: "La
paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así
también los envió yo". Después de decir esto,
soplo sobre ellos y les dijo: "Reciban al Espíritu Santo.
A quienes les perdonen los pecados, les quedaran perdonados, y a quienes
no se los perdonen, les quedaran sin perdonar".
Palabra
del Señor
(Silencio
meditativo)
HOMILÍA
Gracias
a este texto, de los albores de la Pascua, Cristo victorioso anuncia
a sus discípulos el gran gozo de su presencia entre ellos, después
de haber padecido y vencido a la muerte. Este hecho va más allá
de una simple aparición; es presencia real y tangible. Recordemos
que:
"Ocho
días después, estaban reunidos los discípulos a
puerta cerrada y Tomas estaba con ellos. Jesús se presento de
nuevo en medio de ellos y les dijo: "La paz este con ustedes".
Luego le dijo a Tomas: "Aquí están mis manos, acerca
tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas
dudando, sino cree" (Jn 20, 26-27).
Ciertamente, la fe va más allá de ver y tocar; rebasa
la experiencia de los sentidos. El Papa enseña que "Sólo
la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte
adecuado, en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento mas
autentico, fiel y coherente de aquel misterio" (NMI, 20).
La
experiencia de haber visto al Señor resucitado causa en los discípulos
una gran alegría que, precisamente, los hace exclamar "hemos
visto al Señor": un anuncio pascual... ¡Que necesita
ser anunciado!
En
la Eucaristía, el Señor se nos presenta resucitado, lleno
de vida, vida que quiere compartir con nosotros para que vivamos. El
es la vida. Es el resucitado quien prepara la mesa para que nosotros,
sus comensales, aprovechemos los lazos de unidad que nos ofrece, con
Él y entre nosotros.
Después
de participar en la Eucaristía, los cristianos regresamos a nuestras
actividades cotidianas con la consigna espontánea que nace de
esa experiencia de encuentro, de anunciar la alegría de haber
visto al Señor. Esto lo podemos hacer, puesto que el Resucitado
nos ha dado su Espíritu, el cual nos permite continuar su obra.
(Silencio
orante)
Preces
comunitarias
Acudamos
a Cristo, que invita a todos a su Cena y en ella entrega su Cuerpo y
su Sangre para la vida del mundo; digámosle:
R.
Cristo, pan bajado del Cielo, danos la vida eterna.
Cristo,
Hijo de Dios vivo, que nos mandaste celebrar la Eucaristía como
memorial tuyo, enriquece a tu Iglesia con la celebración de tus
misterios. R.
Cristo, Señor nuestro, sacerdote único del Dios altísimo,
que has querido que tus ministros te representaran en la Cena Eucarística,
haz que quienes presiden nuestras asambleas imiten en su manera de vivir
lo que celebran en el Sacramento. R.
Cristo,
maná bajado del Cielo, que haces un solo cuerpo de cuantos participan
en un mismo pan, aumenta la unidad y la concordia de quienes creen en
ti. R.
Cristo
Jesús, médico designado por el Padre, que por el pan de
la Eucaristía nos das el remedio de la inmortalidad y el germen
de la resurrección, da salud a los enfermos y esperanza a los
pecadores. R.
Cristo
Señor, rey al que esperamos, Tú que nos mandaste celebrar
la Eucaristía para anunciar tu muerte y pedir tu retorno, haz
participar en tu resurrección a quienes han muerto estando en
tu amor. R.
Cristo
Señor nuestro, enviado del Padre, tú que nos enviaste también
a llevar tu Evangelio a todos los confines de la tierra, aliméntanos
con tu Eucaristía para tener el valor de cumplir tus designios
universales. R.
Pidamos
al Padre, como Cristo nos enseñó, nuestro pan de cada
día y que su reino venga a nosotros y a todos los pobladores
de la tierra: "Padre nuestro..."
3.
BENDICIÓN
Al
final de la adoración, el sacerdote o diácono se acerca
al altar; hace la genuflexión, se arrodilla y se entona el Tantum
ergo. Mientras tanto, arrodillado el ministro, inciensa al Santísimo
Sacramento. Luego se pone de pie y dice: Oremos (Se
hace una pausa de silencio; luego prosigue).
Dios
nuestro, que llevaste a cabo la obra de la redención humana por
el Misterio Pascual de tu Hijo, concédenos que, al anunciar llenos
de alegría por medio de los signos sacramentales su muerte y
resurrección, recibamos cada vez con mayor abundancia los frutos
de la salvación. Por
Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
El
sacerdote o diácono recibe el velo humeral, hace genuflexión,
toma la custodia y bendice al pueblo con el Santísimo Sacramento.
Después de dar la bendición, deja la custodia sobre el
altar y, arrodillado, dice las alabanzas (Cf. p. 18).
Mientras
se reserva el Sacramento en el sagrario, el pueblo puede decir alguna
aclamación, o entonar otro cántico de alabanza, vgr. "Bendito,
bendito"; "Alabad al Señor", etcétera.
Finalmente, el ministro se retira.