 |
LA
FAMILIA,
LOS
JÓVENES,
LOS
NIÑOS Y
LA
EUCARISTÍA
LA
EUCARISTÍA Y LA ACCIÓN DE GRACIAS
"La
Eucaristía, Sacramento de nuestra salvación realizada
por Cristo en la cruz, es también un sacrificio
de alabanza en acción de gracias por la obra
de la Creación... Por Cristo, la Iglesia puede ofrecer
el sacrificio de alabanza en acción de gracias por todo
lo que Dios ha hecho de bueno, de y bello y de justo en la Creación
y en la humanidad" (CEC, 13. Acción de gracias sobre
todo por la familia, instituida por Dios para felicidad
del hombre. "La acción de gracias, la hacemos cada
uno de nosotros por el cónyuge, por la bendición
de los hijos, por los padres, por los parientes cercanos y lejanos;
por toda la familia. Con la Eucaristía, la Iglesia expresa
su reconocimiento a Dios por todos los beneficios, por todo lo
que ha realizado mediante la creación, la redención
y la santificación" (CEC, 1360). |
LA
EUCARISTÍA Y LA UNIDAD
La
Eucaristía es la unidad con Dios. El Espíritu Santo
inhabita en las personas (en estado de gracia): "Quien
come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y Yo en él"
(Jn 6, 56). Sólo mediante esta unión íntima con
Cristo, somos capaces de dar fruto. Debemos recordar que solos no
seríamos capaces de nada; solamente
en la comunión con Cristo somos capaces de todo:
"Permaneced en mí y Yo en vosotros. Como el sarmiento
no puede dar fruto por sí solo si no permanece en la vid, tampoco
vosotros, si no pertenecéis en mí" (Jn 15, 4).
La Eucaristía
es presencia real de Cristo. "La copa de bendición que
bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo?
El pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de
Cristo?" (1 Co 10, 16). El fruto principal
de la Eucaristía es la íntima unión con Cristo.
En el
Matrimonio, al formar la familia, los esposos también se unen
íntimamente, en el más amplio aspecto del ser humano:
el del espíritu encarnado que es cada persona. Esta unidad
se da en varios aspectos:
- Unidad
del esposo con la esposa.
- Unidad
de los esposos con los hijos.
- Unidad
de la familia con la familia.
- Unidad
de la familia con la comunidad.
El
matrimonio,
como Sacramento de servicio a la comunidad, se hace uno en la comunión
con los demás. Está llamado a
dar fruto, tanto en el seno de la familia como entre todos
los que están relacionados con ella. Los esposos están
llamados a dar el mejor fruto y muy abundante, pues no están
solos; cuentan o pueden contar con la presencia intima de Cristo:
"La
comunión con la carne de Cristo resucitado... vivificada
por el Espíritu Santo y vivificante, conserva, acrecienta y renueva
la vida de gracia recibida en el Bautismo" (CEC, 1392).
LA
FAMILIA Y LA EUCARISTÍA
En
la Eucaristía, recordamos diariamente la alianza que Jesucristo
ha hecho con su Iglesia; es el sí que ha expresado y que no cambiará.
Ahí, se pide perdón, se elevan oraciones, se escucha la
Palabra de Dios; se ofrece cada quien a si mismo. Hay diálogo,
comunión y compromiso; hay alabanza, se reconocen los lazos familiares;
hay misión (PDP, 127).
 |
El
matrimonio y la familia se presentan, así, como una acción
de gracias, siempre nueva cada día, en la que se cumplen
todos los aspectos importantes de la Eucaristía. Ahí
se recuerda a diario el sí
que fue el inicio de su consentimiento; ahí se
perdona, se elevan oraciones.
Ahí, los esposos se deben ofrecer
uno al otro cada día como don; en ella
debe reinar el diálogo, debe haber
comunión; se da un compromiso,
se debe vivir
en alabanza a Dios
y aliento de superación
entre ellos y con los hijos.
|
| Todo
esto acrecienta los lazos familiares que forman personas maduras,
dispuestas para la misión
de hacer presente a Dios y su Reino (PDP, 128). |
|
LA
IMPORTANCIA DEL "DÍA DEL SEÑOR"
La
familia cristiana ha de ser consciente de que su
fuente principal de vida espiritual es la Eucaristía.
Si su meta es la santidad, la Celebración Eucarística
es el alimento, es el medio más eficaz para lograrlo. Se ha de
privilegiar la Eucaristía dominical, el día de fiesta,
el día en que, como familia de Dios, nos reunimos para participar
de este Misterio Pascual de salvación a través de los
ritos, signos y símbolos (Cf. IV PDP, 150).
Es
urgente recuperar el domingo y
valorar de manera adecuada la Celebración Eucarística,
en el día en que se celebra la Resurrección del Señor.
El ritmo de la vida económica y social, lleva en nuestros días
a una desfiguración paulatina del carácter sagrado de
este día y, en consecuencia, a una disminución notable
de la asistencia a la Santa Misa en los domingos y días festivos
(IV PDP, 151). Ciertamente, la Eucaristía dominical es un precepto
que se debe cumplir no sólo por ser mandato, sino por la necesidad
que tenemos de Cristo. Para muchos cristianos, es casi el único
momento de unión con Dios y con sus semejantes. Si se deja esto
o se descuida, se pierde el único lazo de unión con la
Iglesia, congrega semanalmente a los cristianos como familia de Dios
en torno a la mesa de la Palabra y del Pan de Vida, es también
el antídoto más natural contra la dispersión. Es
el lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada
constantemente.
PARA
REFLEXIÓN DE LOS JÓVENES SOBRE LA EUCARISTÍA
El
pasaje de Mateo, junto con los demás textos eucarísticos
del Nuevo Testamento, narra que Jesús celebró con sus
discípulos, antes de ser entregado a la muerte, una cena de despedida.
En el marco de este banquete, Jesús insertó la institución
de la Eucaristía. Dos momentos durante la cena adquieren importancia:
1)
la bendición y la fracción del
pan, y 2) la bendición y
distribución de la copa.
Esta
decisión de Jesús, de instituir la Eucaristía en
el contexto de un banquete, no es casualidad. Dentro de su predicación,
la comparación del Reino de Dios con un banquete es utilizada
repetidamente. Además, en la cultura oriental la celebración
de un banquete no se reducía a una simple reunión para
comer, sino que tal celebración contenía un elemento significativo
que, también, ayudaría a los Apóstoles a entender
el sentido profundo de la Eucaristía: la comida en común
es, para los orientales, garantía de
paz, de confianza y fraternidad;
la comunidad de mesa significaba la comunidad
de vida.
-
Cristo comparte su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y el
vino
Para
dejarnos su Cuerpo y su Sangre, Cristo elige el pan y el vino: el pan
corresponde al alimento cotidiano, indispensable como el Maná.
El vino, va unido al clima festivo de los banquetes. Cotidiana y festiva,
son las dimensiones de la vida humana que integra este banquete. El
uso del pan invita a acentuar el aspecto de alimento, y, por lo tanto,
el acrecentamiento de la vida individual y de la vida comunitaria. El
uso del vino, festivo, lleva a acentuar el carácter de la celebración
en un clima de alegría, como lo atestigua el libro de los Hechos
de los Apóstoles (Cf. 2,42-46). La Eucaristía
es banquete de hermanos con Dios, comida fraterna, comida de fiesta,
comida divina, comida del más allá, porque
anticipa, desde aquí, la comida del Cielo.
Es
un Banquete al cual el hombre es invitado; Dios lo llama a participar
de su propia vida. Para acercarse a esta invitación es necesario
creer. El primer acto de la Eucaristía
es creer que el pan y el vino, por la palabra de Cristo y
por la invocación del Espíritu Santo, se convierten en
el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
-
Compartir el pan es compartir la vida
Queda
claro que la Eucaristía es, esencialmente, una comida, con una
particularidad importante: se trata de una comida
compartida, porque en ella los comensales comen del mismo
pan, que se parte y reparte entre todos; y todos beben de la misma copa,
que pasa de boca en boca, desde el primero hasta el ultimo. Y es que,
de hecho, en la mentalidad judía, compartir la mesa significaba
solidarizarse los comensales entre sí;
ésta es una de las razones por la cual algunos fariseos cuestionaban
la actitud de Jesús, de sentarse a la mesa con pecadores y con
personas que eran consideradas impuras: "Después, mientras
Jesús estaba sentado a la mesa en casa de Mateo, muchos recaudadores
de impuestos y pecadores vinieron y se sentaron con el y sus discípulos.
Al verlo, los fariseos preguntaban a sus discípulos: "¿Por
qué su maestro come con los recaudadores de impuestos y los pecadores"
(Mt 9, 10-11).
En
esta práctica de Jesús, de sentarse a la mesa para compartir
el alimento, se fundamenta el sentido de comunión en la Eucaristía.
Participar en el banquete del Señor, durante la Eucaristía,
significa, entonces, que Dios comparte su vida
con el hombre y que el hombre comparte
su vida con Dios (TB, 44), de tal manera que la participación
en la Eucaristía va mas allá de un rito religioso; se
trata de ir transformando nuestra vida en la
vida de Dios. Esto implica la disposición de sentarse
a la misma mesa, de encontrarse
con el otro, con la actitud de aceptarlo
como persona; de la apertura en el dialogo; es decir, de
compartir la propia vida.
-Compartir
el pan es hacernos hermanos
El
Papa Juan Pablo II, en su carta "El misterio y el culto de la Eucaristía",
afirma: "El auténtico sentido de la Eucaristía se
convierte de por si en escuela de amor activo
al prójimo. Sabemos que es éste el orden verdadero
e integral del amor que nos ha enseñado el Señor: "En
esto conoceréis todos que sois mis discípulos: si tenéis
amor unos para con otros" (DC, 6).
El
banquete unía a los comensales por comer todos de un mismo pan
y beber de un mismo vino. Este significado
de fraternidad, contenido en el banquete y puesto por Jesús
como una característica del compartir
su Cuerpo y su Sangre, fue fielmente entendido por los primeros
cristianos. Permanecer unidos a Cristo por
la comunión de su Cuerpo y su Sangre, significa permanecer unidos
a los demás, es decir, al prójimo ( TB, 45).
Así se puede constatar en una de las homilías de San Juan
Crisóstomo, en la que se encuentra su orientación acerca
de las ofrendas que los cristianos presentaban para el adorno del altar:
"¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues,
cuando lo contemples desnudo en los pobres, ni lo honres aquí,
en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío
y desnudez. El templo no necesita vestidos y lienzos, sino pureza de
alma; los pobres, en cambio, necesitan que con sumo cuidado nos preocupemos
de ellos. Reflexionemos, pues, y honremos a Cristo con aquel mismo honor
con que Él desea ser honrado; pues, cuando se quiere honrar a
alguien, debemos pensar en el honor que a Él le agrada, no en
el que a nosotros nos gusta. ¿De qué serviría adornar
la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre?
Da de comer al hambriento y luego, con lo que te sobre, adornarás
la mesa de Cristo" (cit. en DD, 71).
LA
EUCARISTÍA ES PARA LOS NIÑOS PRESENCIA
Y ENCUENTRO CON JESÚS
 |
El
ser humano siempre ha querido ver a Dios. Jesús se hace
hombre para compartir con nosotros su vida divina. Se hace carne
para poderlo contemplar, tocar y alimentarnos de Él.
Jesucristo instituye la Eucaristía
y el Sacerdocio para perpetuar su presencia
entre nosotros. Jesús, presente en el sacramento
de la Eucaristía con su Cuerpo y Sangre, es el mismo
de ayer, hoy y siempre. |
Los
Apóstoles y otros muchos testigos de la resurrección de
Jesucristo tuvieron el privilegio de verlo, tocarlo, presenciar los
milagros, escuchar sus palabras, verlo morir y contemplarlo resucitado.
Todo esto, la Iglesia lo experimenta en la Eucaristía.
Después
de la resurrección, a los Apóstoles no les fue fácil
creer. Los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús
sólo después de un laborioso camino hacia la Eucaristía;
el Apóstol Tomas no creyó
hasta que tocó a su Maestro. No basta ver o tocar, es
necesario tener los ojos de la fe. La fe es un regalo del
amor infinito de Dios. Con esos ojos podemos ver
a Jesucristo en la Eucaristía.
LA
EUCARISTÍA UNA GRAN FIESTA
Dios
estaba triste por la Tierra, porque los hombres estaban enojados entre
ellos. Los hombres se portaban mal, había niños desobedientes
que no querían estudiar, no se comían lo que su mamá
les cocinaba, tiraban basura, lastimaban a los animalitos, etcétera.
Entonces, Dios nos mandó a su Hijo Jesús para que fuéramos
sus amigos y arreglar las cosas.
Nació
muy pobre, en un establo, después de que muchos no lo quisieron
recibir. Su mamá se llamaba María, y su papá, José.
Jesús
creció y creció, en casa de sus papás. Luego salió,
para decirle a todos que Dios los quiere mucho, y se quedó sin
casa; desde entonces esta buscando una casa dónde vivir (se preparan
varios corazones).
Llegaba
al corazón de muchos para vivir para siempre, pero no lo recibían
y lo echaban con un puntapié de su corazón (así
sucede con otros corazones). ¿Por qué lo echaban, si es
tan bueno? Porque no querían platicar con Él ni portarse
bien.
Pero
Jesús es muy listo e inventó
la Misa, para quedarse en la casa que más quería.
Así es: Jesús se quedó en el Pan y el Vino consagrados,
para entrar así a la casa que mas desea, nuestros corazones (entra
en el corazón grande que parece una casa). Esta es la casa preferida
de Jesús, el Hijo de Dios. ¿Quién lo quiere recibir
en su corazón? Cuando ves que comulgan tus papas y hermanos mayores,
Jesús entra a sus corazones y allí se queda. Eso pasa
en la Misa: Jesús hace una gran fiesta
para que abramos las puertas y las ventanas de nuestro corazón,
y lo dejemos vivir ahí para siempre. Así ya no hay peleas
ni pereza; si Jesús esta en nuestro corazón, todos estamos
felices.
En
la Última Cena, Jesús ordenó
a sus Apóstoles realizar esta fiesta siempre; es la
manera en que Cristo se ha quedado con nosotros, por todos los días,
del corazón que recibe a Cristo en la santa Comunión,
brotan obras de vida, luz, paz, justicia, unión, generosidad
y amor.
-
El corazón tiene ojos
Jesús,
el Hijo de Dios, prepare la cena de Pascua con sus Apóstoles;
era un banquete muy singular. Les dio de comer un trozo de pan ázimo,
es decir, sin levadura, porque este fue el alimento que tomaron los
hebreos al escapar de las manos del Faraón en Egipto, y les dijo:
"Tomad y comed todos de el, porque este es mi Cuerpo, que será
entregado por vosotros"). Luego, tomó la copa o el cáliz
lleno de vino de uva. El vino de uva se utiliza para las fiestas porque
pone contentos a todos. Entonces, les dijo: "Tomad y bebed todos
de él, porque este es el cáliz de mi Sangre; Sangre de
la Nueva Alianza que será entregada por todos los hombres para
el perdón de lo pecados. Haced esto en conmemoración mía"
Jesús pidió a los Apóstoles
celebrar este banquete para recordar todo lo que hizo por salvarnos
del pecado.
Esto lo hacemos en todas las Misas; el sacerdote actúa en nombre
de Cristo y con las palabras de la Consagración pide al Espíritu
Santo convertir el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de nuestro
Señor. Así, cuando comulgamos recibimos a Jesús
en su Cuerpo y su Sangre; Dios libera nuestros corazones de las cadenas
del pecado y unimos nuestra vida a la Vida Eterna.
"¿Cómo
sabemos que Cristo esta presente en su Cuerpo y su Sangre sobre lo que
fue pan y vino? Si lo probamos ya consagrado, sigue pareciendo pan y
vino. ¿Que necesitamos para ver el Cuerpo y la Sangre de Cristo
en la Eucaristía? Necesitamos los ojos
de la fe, sin ellos no es posible percatarnos. La fe es un
regalo de Dios para ver lo que otros no quieren
ver".
Oración:
"Jesucristo, quiero recibirte siempre en mi corazón, mediante
la Santa Comunión. Santifica a mi familia y a toda la Iglesia
con este Banquete de Luz y Vida eternas. Guíanos siempre a la
Verdad y no permitas que nos separemos de Ti. Te reconocemos vivo en
la Eucaristía por los ojos de la fe y te vemos realmente presente
para adorarte eternamente. Amen".
TEXTOS
SUGERIDOS.
Mt 26, 26-29; Lc 22, 19-20; 1 Cor 11, 23-27: Institución de la
Eucaristía. Lc 24, 13ss.: Los discípulos de Emaús
Mt 28, 20: La promesa de Jesús de quedarse con nosotros Hb 13,
8: Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo. CEC, 1333: El pan y el vino
se convierten en Cuerpo y Sangre de Cristo. CEC, 1373-1377: Cristo esta
presente en la Iglesia bajo las especies eucarísticas. CEC, 1378-1381:
El culto de adoración a la Eucaristía no solo durante
la Misa, sino también fuera de la celebración. TB, 7-17:
Creemos en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.