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LA EUCARISTÍA,

LUZ QUE LLEVA

POR ELCAMINO DE LA EVANGELIZACION
A SACERDOTES RELIGIOSOS

Y CONTEMPLATIVOS

Sacerdotes ministeriales: de la Eucaristía a la evangelización

Para contemplar a Jesús, evangelizador enviado por el Padre y Redentor nuestro, leamos los capítulos 22 y 23 de Lucas. En sus distintos episodios, la narración que hace San Lucas de la Pasión nos muestra a Jesús como el evangelizador por excelencia; precisamente en los momentos más dramáticos de su vida (Eucaristía).

Contemplemos a Jesús en el Cenáculo, en medio de un ambiente amoroso y una convivencia fraterna, ofreciéndose al hombre como alimento: "Éste es mi cuerpo que se entrega por vosotros; haced esto en recuerdo mío" (Lc 22, 19). La acción redentora de Jesús tuvo su momento cumbre en la cima del Calvario, momento máximo de amor de Dios a los hombres, se ofrece como expiación por los pecados de los hombres y se muestra como modelo de evangelización.

Contemplemos tres pasajes de la pasión que inspiran la manera de vivir la Eucaristía y la evangelización en nuestro sacerdocio. Pareciera que nuestro tema se pudiese reducir a sólo la pasión de Cristo, pero no es así: el inicio de este misterio pascual de Cristo es la Eucaristía; la Última Cena es Eucaristía, Banquete, Sacrificio y Memorial, el punto en que inicia este hermoso y doloroso recorrer de Cristo, que culmina en la resurrección. Es Cristo Eucaristía quien, en la Última Cena anuncia y prefigura la donación total de su Cuerpo y de su Sangre, llegando a su máxima expresión en el sacrificio de la cruz.

Jesús humillado

"Los hombres que lo tenían preso se burlaban de el y lo golpeaban. Cubriéndolo con un velo, le preguntaban: "¡Adivina! ¿Quien es el que te ha pegado?" Y lo insultaban diciéndole otras muchas cosas" (Lc 22, 63-65).

Jesús es evangelizador en el mismo momento en que es maltratado. En ese instante, es que se dirige a la humanidad más profunda de quienes lo han golpeado, tratando de hacerlos razonar: "¿Por qué haces esto?"; Jesús excusa a estos hombres, los comprende en su tosquedad; comprende que hay poca culpa en ellos, porque no saben lo que hacen, y como oveja mansa, se ofrece al Padre por ellos, se revela en esa debilidad. De la debilidad nace una fuerza inmensa. La potencia del Señor no se manifiesta sólo en el obrar, sino también en el padecer con humildad, sencillez y mansedumbre, donde se resalta una profunda dignidad. Jesús evangeliza, vence, con su modo de obrar tan desacostumbrado. Eucaristía y evangelización se encuentran en el camino de la humildad del Siervo doliente.

Jesús es tentado

"Estaba el pueblo mirando; los magistrados hacían muecas diciendo: "Ha salvado a otros; que se salve a si mismo si el es el Cristo de Dios, el Elegido" (Lc 23, 35). Jesús es tentado pero no baja de la cruz, porque, aunque todos creyeran en su poder, en su éxito, ¿como mostraría entonces la imagen de un Dios que acepta la muerte por amor al hombre? Ya no mostraría la imagen, inédita, del Dios que sirve, que da su vida por el hombre, que lo ama hasta despojarse de todo por amor. El Evangelio contiene la imagen de un Dios que es misericordia, que se vacía de sí mismo y se aniquila por amor al hombre.

Jesús vino a mostrarnos el amor al Padre y vive esta experiencia hasta el fondo, en el suplicio de la cruz. Ésta es la imagen de la que los demás tratan de alejarlo: "¡Sálvate a ti mismo, sírvete de tu potencia, demuestra tu capacidad de dominar!"

Ésta es la Eucaristía: el Cristo hecho pan, convertido en alimento: "Esto es mi Cuerpo…. Ésta es mi Sangre entregada por ustedes... Hagan esto en memoria mía" (Lc 22, 19-20). Este es el Evangelio de Jesús: mostrarnos el amor del Padre en su persona.

Jesús evangelizador

"Jesús, acuérdate de mi cuando vengas con tu Reino". Jesús le dijo: "Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso"" (Lc 23, 39-43). Al contemplar a Jesús que sufre, con humildad y mansedumbre, el ladrón arrepentido se abre gradualmente a un mundo nuevo de valores y relaciones, en el que no sólo hay violencia ni solamente la ley del mas fuerte. Descubre una humanidad que el no había conocido nunca. Este hombre capta la diferencia y sabe que Jesús representa un nuevo tipo de humanidad.

Al ver como sufre Jesús y su modo de abandonarse al sufrimiento en las manos del Padre, da el paso decisivo de la confianza y se expresa con esta oración: "Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino" (Lc 23, 42). De este modo expresa su amistad, su fe y su abandono en la potencia de Dios que obra en Jesús: es un hombre que ha comprendido perfectamente el Evangelio, un nuevo modo de vivir, fraterno. El "buen ladrón" es la primera persona a quien Jesús acoge en su salvación, es el primer evangelizado.

Entonces, viene la respuesta de Jesús: "En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso" (Lc 23, 43). En la contemplación del Crucificado que se ofrece al Padre como Eucaristía, y a los hombres, como evangelizador, se inspira e ilumina nuestro Sacerdocio, que, concretando el seguimiento de Cristo, se entrega cada día en la caridad pastoral, poniéndose al servicio de las necesidades mas profundas de los hombres, como las necesidades de verdad, amor, justicia y esperanza.

Eucaristía y evangelización, cumbre y centro de la vida sacerdotal, se entrelazan, se implican y se unen en la misma cruz.

  • Eucaristía y Sacerdocio. La Eucaristía es el analogado principal de la dinámica fundamental en la vida del Presbítero, ya que su vida consiste en reproducir analógicamente esto que, en su plenitud, se realiza en la Eucaristía. En ella se actualiza la entrega de Cristo al Padre y la entrega pastoral de Cristo a los hermanos. En la Eucaristía, se vive simbólicamente lo que después se vive en la vida cotidiana del Presbítero. "Como ministros de lo sagrado, señaladamente en el sacrificio de la Misa, los presbíteros representan a Cristo, que se ofreció a si mismo como victima por la santificación de los hombres; de ahí que se les invite a imitar lo que tratan" (PO, 13). Cuando un sacerdote dice: "Esto es mi Cuerpo", su nivel de identificación con Cristo es tan total y tan máximo, que está diciendo no solamente "esto es el Cuerpo de Cristo", sino también "esto es mi cuerpo", es decir, mi persona, la del Sacerdote que se entrega por ustedes, por la comunidad, en la caridad pastoral. Y cuando dice "ésta es mi Sangre", o sea: "Ésta es mi vida, que se derrama por ustedes", no solamente esta diciendo "esta es la sangre de Cristo", sino también "ésta es mi vida, que se derrama por ustedes en la evangelización".

  • Evangelización y Sacerdocio. Los Presbíteros, como cooperadores de los Obispos que son, tienen como primer deber el de anunciar a todos el Evangelio de Dios, de modo que, cumpliendo el mandato del Señor, "Marchen por el mundo entero y lleven la Buena Nueva a toda criatura" (Mc 16, 15), formen y acrecienten el pueblo de Dios (cfr. PO, 4). Un rasgo de nuestra identidad y nota específica de nuestras actividades, es anunciar el Evangelio de Dios. En cuanto Pastores, hemos sido escogidos -a pesar de nuestra insuficiencia- para proclamar con autoridad la Palabra de Dios y alimentar al pueblo mediante la evangelización (EN, 68). El Sacerdote, como Cristo, se encuentra en medio de dos realidades:

    • Ungido por el Espíritu,
    • para evangelizar a los pobres.

LA EVANGELIZACIÓN Y LA VIDA CONSAGRADA

Cada uno de los miembros de la Vida Consagrada asume la tarea de la evangelización conforme a su propia vocación: integrantes de los Institutos de vida apostólica, los monjes y monjas de los monasterios, los miembros de Institutos seculares, las vírgenes consagradas y los eremitas. Porque cada uno de ellos ha entregado su vida a la oración y adoración, sobre todo en la clausura, todos participan y colaboran en la tarea evangelizadora, a su manera y desde sus medios, con su silencio y ejemplo, con su entrega radical y su apuesta elocuente por los valores eternos; con su práctica de oración personal y comunitaria.

De manera especial, toda la vida y el modo especial de entrega a la oración y adoración, de aquellas personas que viven en clausura, es también una colaboración a la obra evangelizadora. Es así, no sólo por el misterio de la Comunión de los Santos, que a todos nos permite participar de los bienes y la santidad de los miembros del Cuerpo Místico de Cristo; sino también por la fuerza del signo y el testimonio que supone la vida de estas personas consagradas. Se trata de una evangelización desde el silencio y la entrega sacrificada, desde la alegría de la vocación asumida y la celebración gozosa compartida; desde la pobreza y la sencillez de vida; desde el sacrificio de la renuncia y la radicalidad comunitaria.

El mensaje de estos lugares de clausura no se transmite por la publicidad de los medios, sino por el encuentro testimonial, bien sea en el diálogo o en la oración, o en el compartir la vida. Pero para que esto sea conocido y apreciado por los demás, es preciso buscar "medios de comunicación", "vínculos de relación" que faciliten el encuentro y beneficien a todos de este testimonio evangelizador.

La vida de los religiosos, con tal de que responda piadosa, fiel y constantemente a esa vocación, al igual que la de los que se dedican a la contemplación y a la actividad apostólica, aparece como una señal que puede y debe atraer eficazmente a los miembros de la Iglesia. Por consiguiente, no hay motivo para que los religiosos, cuya misión es adorar al Santísimo Sacramento, se desvaloren en nuestro tiempo, como si se tratase, al decir de algunos, de una "devoción desfasada" y de una perdida de tiempo, que se emplearía mejor en actividades más urgentes. Estamos absolutamente persuadidos de que la Iglesia necesita, hoy como ayer, de quienes adoren al Santísimo Sacramento "en espíritu y en verdad".

LOS MONASTERIOS SON SIGNOS DE EVANGELIZACIÓN

Los monasterios de clausura son, por lo mismo, lugares de evangelización silenciosa y testimonial, signos proféticos de la presencia de Dios y de eternidad de vida.

El culto eucarístico fuera de la Misa, es el anticipo de aquel tiempo definitivo en el que ya no habrá tiempo, símbolos ni palabras, sino la contemplación inmediata de Dios y del Cordero.

Por lo anterior, podemos afirmar que los monasterios de clausura, siendo evangelizadores a su modo, y con sus medios propios, son también signos proféticos de la presencia y la "ausencia de Dios". En estos monasterios, la existencia humana es asumida con toda su radicalidad, por el desprendimiento y la pobreza, por la forma que adopta el ser y estar en el mundo; por la radicalidad en el servicio que llena el espacio y el tiempo, y de forma especial, por el puesto que ocupa la oración, sobre todo, la adoración eucarística.

El mismo pan y vino consagrados, cual signo de una presencia en alguna medida todavía no manifiesta -por cuanto no aparece ante nosotros aun en plenitud-, como alimento y prenda de lo que aún está por venir, remiten necesariamente a la eternidad. Se cumple, en efecto, lo que afirma Juan Pablo II:

"Esta misma presencia del cuerpo y sangre de Cristo, bajo las especies de pan y vino, constituye una articulación entre el tiempo y la eternidad, y nos proporciona una prenda de la esperanza que anima nuestro caminar. La Sagrada Eucaristía, además de ser testimonio sacramental de la primera venida de Cristo, es al mismo tiempo, anuncio constante de su segunda venida gloriosa, al final de los tiempos" (alocución del 31-X-1982).

Es Cristo mismo quien confía a la Iglesia el memorial de su muerte y resurrección, el cual es al mismo tiempo "sacramento de piedad, signo de unidad, vinculo de caridad y banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura" (SC, 47). En una palabra, la adoración bien entendida contribuye de modo privilegiado a la vida cristiana centrada en el Evangelio, en la Eucaristía y en el cumplimiento de vida en tensión de eternidad. Como afirmo Juan Pablo II:

"De este modo, por la adoración no se satisface en primer lugar al afecto de la piedad de cada uno, sino que el espíritu es movido a cultivar el amor social, por el cual se antepone el bien común al bien particular, hacemos nuestra la causa de la comunidad, de la parroquia y de la Iglesia, y extendemos la caridad a todo el mundo, porque sabemos que en todas partes hay miembros de Cristo" (alocución del 31-X-1982).

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