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TEMA 2

"La Eucaristía:
Misterio de Comunión"

Pbro Fernando Espinosa Carrera

Hablar de la Eucaristía como misterio de comunión muestra, ciertamente, la centralidad del Sacramento como objeto de nuestro estudio en este Congreso. Y, ciertamente, el concepto de comunión está en el centro de la comprensión de la Eucaristía en cuanto Misterio de la unión personal de cada hombre con la Trinidad divina y con los otros hombres, iniciada por la fe. Sin embargo, a fin de que el concepto de comunión, que no es unívoco, pueda servir como clave interpretativa de la Eucaristía, debemos comprenderlo dentro de la enseñanza bíblica y de la tradición patrística en las cuales la comunión implica siempre una doble dimensión: vertical -comunión con Dios- y horizontal -comunión entre los hombres y mujeres- Pero también es esencial a la visión cristiana de la comunión reconocerla sobre todo como don de Dios, como fruto de la iniciativa divina llevada a cabo en el ministerio pascual. Estos aspectos, como bien sabemos, son actualizados, celebrados y proyectados particularmente en la Eucaristía. Todo esto nos lleva a vincular la comunión de la eucaristía con la comunión Trinitaria y con la comunión interhumana.

COMUNIÓN TRINITARIA Y COMUNIÓN INTERHUMANA

La comunidad trinitaria contiene algo específico: La consubstancialidad estricta de las tres divinas personas: entre ellas no hay diferencia ni distinción alguna, excepto la distinción que proviene de su distinto origen: El Hijo ha sido engendrado por el Padre; el Espíritu procede del Padre y del Hijo. La comunión trinitaria es, por tanto, transparencia total: identidad sin otro matiz que la distinta procedencia.

En cambio, la comunión interhumana incluye la distinción, la diferencia y la pluralidad. No somos uno y lo mismo. Somos distintos y diferentes. La comunión humana busca la máxima comunicación intelectivo- afectiva- vital pero su finalidad no puede consistir en suprimir todas las diferencias, porque con ello dañaría la identidad de los diversos individuos, basada en el elemento común —que hay que Potenciar— y en el elemento diferencial que hay que respetar para que no se  desfigure ni la persona ni la comunidad.

Aún más: la presencia del mal convierte las diferencias, respetables en cuanto son signo de identidad, en dañinas diversiones que rompen la comunión. Lo que debe ser -la comunión- se degrada por la injusticia y la opresión, en miseria, marginalidad y exclusión: lo contrario del estado de libertad y comunión. Estas diferencias que provienen de la acción del mal, ya no merecen el respeto debido a lo distinto -a los signos de identidad- sino que merecen una reconversión que el lenguaje religioso llama reconciliación. Ella supone la sustitución del mal que oprime o divide la fraternidad y permite de nuevo la comunión, como fin de reconciliación.

COMUNIÓN EUCARÍSTICA Y COMUNIÓN TRINITARIA

La Revelación bíblica nos brinda una iluminación clara acerca de la relación que media entre la Eucaristía y el Misterio Trinitario.

Un primer antecedente de esta relación estaría representado por aquel pasaje del Génesis que relata la aparición de Yahvé, bajo la figura de tres caminantes que se aproximan a la tienda de Abraham "a la hora del calor", a los que éste denomina "Señor" —en singular"— y que los invita a una comida integrada —entre otras viandas— por unos "panes cocidos al rescoldo" y leche (Gen 18, 1-8)

En el nuevo Testamento, el autor que en mayor grado destacó la vertiente trinitaria de la Eucaristía fue Juan, en el capítulo 6 de su evangelio, donde Jesús habla de pan de vida como don gratuito proveniente del Padre, que quiere comunicar su propia vida al mundo: "mi Padre es quien os da el verdadero pan del cielo" (JN 6, 32), señala. Este "pan celestial" como don del Padre —se identifica con la persona de Jesús, el Hijo único, y con su entrega hasta la muerte, prolongada en la donación de sí mismo— de su carne y de su sangre como alimento: "Yo soy el pan de vida (el pan vivo) bajado del cielo" (Jn 6, 35.48, 51). El dinamismo se completa con la referencia del Espíritu verificador, sin el que "a la carne sola no aprovecha para nada" (Jn 6, 63-64). Recordemos aquí que, según San Pablo, fue el Espíritu el "resucitó a Jesús de entre los muertos", dando vida a su carne mortal y haciéndola así también "vivificadora" (Rom 8, 11). Por eso no basta con comer la carne de Cristo: es preciso, además, "beber del mismo Espíritu" para "construir así un solo cuerpo" (1 Cor 12, 12-14), formado de muy diversos miembros.

Según esto, la Eucaristía, sacramento del cuerpo de Cristo y de su Espíritu, dimana de esa fuente recóndita que es la vida intrinitaria en sí misma, de donde proviene todo el misterio de salvación. Vida que, teniendo su origen en el Padre, se derrama hacia el HIJO -dándole ser- en el Espíritu, y de Éste retorna de nuevo al Padre en la autodonación del Hijo. Pues bien, este torrente de vida intradivina se desborda también ad extra, hacia la humanidad y el mundo, a través de la encarnación del Hijo y la efusión del Espíritu, decididas libremente por el Padre. Es aquí donde estriba un doble dinamismo que integra Eucaristía, en lo que ésta implica, por una parte, de autodonación y gracia del Padre a nosotros, a través de la entrega de su propio Hijo (Jn 3, 16; 1 Jn 4, 9; Rom 8, 32), verdadero pan de vida (Jn 6, 51-58), y de su ""Espíritu vivificador" (Jn 6, 63) — y con ellos de su propia "vida eterna"— (dimensión convival).

Y por otra, la Eucaristía en cuanto acción de gracias, alabanza y adoración , o en cuanto autodonación del hombre que, realizada y vivida en el mundo, deviene oblación explícita, al ser ungida y santificada por el Espíritu e incorporada al sacrificio de Cristo y presentada por Éste al Padre como "ofrenda de suave olor" (dimensión sacrificial".

La mayoría de las anáforas litúrgicas manifiestan esta estructura trinitaria, tanto en lo que tienen de reflejo de la historia de la salvación (en cuanto actuación  distendida en el tiempo de la Trinidad: del Padre, el Hijo y el Espíritu), como en el dinamismo que va implicado en la eucaristía (o acción de gracias al Padre), la anamnesis (o memorial del Hijo, Jesucristo) y la epiclesis (o invocación del Espíritu Santo).

Pero la piedra clave que cierra el arco que une estrechamente a la Eucaristía con la Trinidad es la comunión. Porque comunión es Trinidad, comunión es la Iglesia y comunión es también Eucaristía. La Trinidad es, en efecto, el "Misterio de la Comunión" por excelencia: comunión esencial, que une radicalmente a las tres personas en una misma vida y en un mismo ser (así como en un mismo sentir, conocer y querer). De esta comunión intradivina es de donde deriva la comunión de los santos, la Iglesia como comunidad intradivina es de donde deriva la comunión de los santos, la Iglesia como comunidad integrada por los muchos. Pues así como en los granos de trigo, "recogidos y aunados, molidos y amasados, hacen un solo pan", así también "en Cristo, pan celestial, nuestra multiplicidad queda reducida a la unidad de un solo cuerpo" (Cipriano). De este modo la Iglesia viene a ser verdadero sacramento de la Trinidad, signo visible de la comunión trinitaria.

Pero también la Eucaristía es sacramento eficaz, no sólo de la presencia viva de Cristo, sino además de la Trinidad Santa, e igualmente de nuestra incorporación a ese misterio intradivino de comunión salvadora. En consecuencia, lo que la Eucaristía es respecto a la Iglesia: origen a la vez que meta de toda vida cristiana (LG 11) esto mismo cabe decir de la Trinidad respecto de la Eucaristía: en el Padre, por el Hijo, en el Espíritu, radica la verdadera fuente, así como la culminación de todo el misterio eucarístico.

COMUNIÓN EUCARÍSTICA Y COMUNIÓN HUMANA

En la Eucaristía, contemplativa y prácticamente aprendemos cuando hemos de saber y de realizar para vivir en comunión. A través de la estructura visible de la Eucaristía el creyente es introducido en el interior de la Trinidad, gracia de la Iglesia. La Iglesia, en efecto, expresa bajo símbolo del Banquete de Jesús la reconciliación total, horizontal y vertical, la de los hombres entre sí y comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu.

Subrayo el hecho de que la Eucaristía es el Banquete de Jesús para dejar claro que no todo banquete está presidido por un ánimo benévolo y comunional. En los banquetes de las antiguas Grecia y Roma no todo era transparente, puro y sencillo. Las pasiones, la vergüenza y el veneno tenían también si ámbito propio en los banquetes del Renacimiento. El derroche y la opulencia, que acentúa el hecho de la marginación y de la miseria, son hoy el distintivo de muchas comilonas.

Por eso hace falta subrayar que quien preside la reunión Eucaristía, como clima y atmósfera es el único y el mismo Espíritu de Dios, con su claridad y fuerza que se convierte en clarificación para todos y para cada uno de los participantes.

El Espíritu Santo y santificador, tal como lo ha significado la doble epíclesis, ha descendido no sólo sobre los elementos del pan y del vino sino también sobre todos los participantes, realizando lo que podríamos llamar la doble escatologización: la del pan y del vino, llamada transubstanciación por los concilios de Letrán y de Trento, y la de todos los participantes en la Mesa del Señor, que son trasladados del nivel de este mundo, donde reinan las diferencias y las diversiones, al nivel de la escatología, donde reina la unidad, la paz, la comunicación de inteligencia, amor y vida, esto es, la comunión.

Ella supone la caridad plena; la semejanza plena con Dios-Amor; por eso, el temor no cuenta, por eso la humanidad y el pecado ceden ante el perdón y la gracia, por eso la diversión ha dado paso a la convivencia totalmente reconciliada. Pero este final escatológico sólo se da a gustar en prenda. Su realidad plena hay que ganarla en el espacio y en el tiempo.

 

LA EUCARISTÍA: ESPACIO Y TIEMPO DE LA COMUNIÓN

El ámbito sacramental, especialmente el eucarístico, da lugar a un concepto nuevo de espacio: el espacio continúo de la comunión que abarca la unidad de todos los humanos; da lugar así mismo a un nuevo concepto de tiempo: el tiempo continúo de la comunión, unidad del ayer, del hoy y del mañana que aparecen penetrados por el Amor. Es el espacio fundante y envolvente de la comunión "en el Señor" (Fil 4, 1) y en el tiempo o kairós benévolo e inminente. Este espacio y este tiempo sacramental abierto a su vez a ese mismo Amor de Dios mismo, como espacio/tiempo sacramental abierto a su vez a ese mismo Amor: como la imagen está abierta a la Realidad y como la historia está abierta a la Escatología.

Es un nuevo concepto de espacio en relación con la especialidad profana: es el espacio continuo de comunión: Ese espacio abarca la unidad de todos los hombres y mujeres, pero en él aparecen en relieve tanto los más necesitados como los más próximos, es decir, aquellos que aún cuando estén alejados de la comunidad, están llamados seriamente por Dios y por nosotros mismos para ser próximos.

Es un nuevo concepto de tiempo en relación con la cotidianidad cerrada, repetitiva e ilimitada a la vez, es el tiempo continúo de la comunión. Este tipo abarca la existencia del pasado capaz de ser recordado, del presente que vivimos arraigados y fundados en la caridad y del futuro en el que hay esperanza porque está Dios mismo siempre a punto de darse, abriéndole así al hombre un futuro absoluto. Todo el pasado, todo el presente y el futuro como unidad penetrada por el eterno Amor.

COMUNIDAD TRINITARIA Y COMUNIÓN INTERHUMANA

En el espacio/tiempo de la comunión, en la Eucaristía, el creyente percibe una sombra de la experiencia de Dios, cae en la cuenta de don gratuito que está recibiendo, y que le impele a restablecer la comunión original deseada por Dios, el germen evangélico de una fraternidad fruto del Amos más grande, vaciado en los vasos de arcilla humanos. Es una fraternidad que tiene origen gratuito y un despliegue a la vez gratuito y esforzado.

La comunión interhumana deriva de la comunión trinitaria, como la imagen deriva del original. Por eso hemos de evocar nuevamente su fuente, su luz y su origen: La Trinidad es la única forma en que puede hacerse real la afirmación "Dios es Amor". El Padre, el Hijo y el Espíritu es la realidad de Dios que no sólo se manifiesta como Amor sino que es Amor. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo es la forma real que toma el Amor más grande, el Amor infinito.

Ahora bien, para que el amor humano sea real, para que conduzca la fraternidad que, en el tiempo eucarístico de la historia, está grávida de la comunión escatológica, es preciso que los humanos sigamos el camino señalado por la Paternidad, la filiación, la Encarnación, la Pascua (Cruz y Resurrección), la plena efusión del Espíritu que como Amor flagrante convierte la creación en Reino de Dios: en Nueva Creación consumada.

La Trinidad es, por tanto, el zócalo del amor fraterno. Que haya un padre en el cielo es condición de posibilidad para que pueda darse hasta el extremo, como en Jesús, la experiencia del amor fraterno, a imagen y semejanza del Amor de Dios.

La comunión trinitaria es, en efecto y hablando en términos clásicos, la causa ejemplar del amor fraterno. Éste, en cuanto se adentra en el espacio y en el tiempo de la comunión, ha rozado ya ese término final deseado, en el sentido de que ha echado en ancla en él: la caridad interhumana ha entrado ya en la koinonía divina, es decir, en la unidad relacional del Padre, del Hijo y del Espíritu. De suerte, quien inicia el proceso del amor fraterno, ése en cierto modo ha alcanzado ya personalmente el final. Quien se adelanta a amar, ya tiene plenitud de Dios en su corazón: vislumbra lo que ha de conseguir y, de alguna manera, lo pregusta. Por eso tiene paz y esperanza, pero de ninguna manera pereza, quietismo e inactividad, lo que llevaría sin duda a la más pueril presunción.

Así, el verdadero espacio y el verdadero tiempo de la comunión, allí donde se prepara la comunión de cada día y se espera la comunión plena, está constituido por esa acumulación de la Trinidad de Dios, Hermano y Señor de todos los hombres. Los que con humildad desean colaborar al derramamiento de la comunión trinitaria en la fraternidad humana siguen a Jesús hasta su identificación como Él. Pues es él quien, mediante su existencia entregada, da el paso de la muerte a la vida para que todos gocen de ella.

La reunión de la Eucaristía es ese lugar y ese momento de identificación suprema con Cristo reconciliador, que ofrece a los contemplativos/activos de todo talante su forma de existencia entrega al Padre y a los hermanos: así se crea fraternidad y comunión desde la sacramentalidad. Por eso la Eucaristía es escuela y hogar de vida para echar fuera de ella el egoísmo, la agresividad y el abuso del poder. Este vaciamiento —en pobreza y en limpieza de corazón— es la bienaventurada felicidad que el mundo no comprende, aunque sea tan real como el don del Espíritu. Este espacio/ tiempo de la comunión que es la reunión eucarística es crisol donde se funden contradicciones e injusticias. La cruz del Señor ha llevado a término con todo realismo el único camino reconciliador que lleva a la auténtica comunión: arrancar del opresor su voluntad de poder y del dominio; no su deseo de convivir, restituido por la conversión. En ese espacio/tiempo incluido en la unidad trinitaria, ya no tienen la primacía, la opresión, el temor, la contradicción ni la injusticia: sólo las personas cuentan, tal como en la comunión final son amadas por Dios creador que "nada odio de cuanto ha creado, pues que si lo odiara ya no lo hubiera llevado a la existencia"  (Sab 11, 24).

CONTRASTE REAL ENTRE PROCESO Y PLENITUD

Pero aquí aparece un problema muy serio con todo su realismo. Nadie debe alegar el término final del amor fraterno pleno como si fuera una coartada indicativa de que ya hemos llegado a él. Es cierto que estamos llamados a ese término. Es cierto que el cristiano es optimista como para creer en una ética personal y social que lleve hasta él. Pero nadie debe pensar que esa posibilidad de comunión plena sea una excusa para no correr las diversas etapas del proceso.

Respecto a lo dicho anteriormente, quiero poner énfasis que el proceso de caridad fraterna tan sólo llega al término de una manera precaria: llega tan sólo en el sentido de que esa caridad fraterna está grávida del amor de Dios. Lo contiene, como el símbolo contiene ya la realidad. Pero el amor fraterno, la estar situado en el espacio y en el tiempo progresivo de nuestra historia humana, todavía ha de recorrerán largo trecho. De tal modo que en la historia se dan puntos terminales, constituidos por las diversas utopías a las que tiende la convivencia humana, y todo intento humano de aproximación a esos momentos utópicos contiene ya una prensa de la plenitud final, cuando consideramos las cosas desde el punto de vista del don divino. Pero nadie puede respirar satisfecho como si se hubiera llegado ya a un estadio en el que se hayan reconciliado todas las contradicciones y se hayan eliminado todas las carencias. Pensar, hablar o actuar como si idílicamente el cristiano fuera el hombre que ha llegado a la plenitud y se gloría en ella, en vez de ser el hombre que está en camino, puede ser algo muy dañino no sólo para la sensibilidad sino para la realidad de la gente afligida.

Así, la Eucaristía, como espacio/tiempo de la comunión que nos permite pregustar aquí y ahora la experiencia del Amor donante de Dios y del amor fraterno, nos anima en el lento caminar del progreso humano orientado hacia las diversas utopías, y de ahí a la comunión plena a través de una serie de puntos negativos: a través de una serie de agujeros conduce a la vida a través de la negativa y aun de la muerte.

Basta señalar una serie de utopías parciales que emergen con fuerza del horizonte nebuloso de nuestra sociedad. En el flanco de estas utopías se producen unas zonas de negatividad que la voluntad de comunión interhumana, adentrándose en ellas, habrá de superar mediante una acción ética personal y colectiva, sellada por la cruz y resurrección de Jesús.

Debemos llegar a una sociedad más igual, más libre y más justa, aun al precio de padecer persecución por la justicia, debemos llegar a un respeto por la naturaleza restañando las heridas que un siglo y medio de depredación ecológica le han infligido; debemos llegar al estado de derecho, que respeta y promueve los derechos del hombre, a partir de las actuales vulneraciones de los mismos, recorriendo el camino de inversos de tales injusticias.

Más aún: toda utopía muestra el flanco negativo que hay que recorrer para llegar a ella. Y viceversa: las carencias, negatividades e injusticias que nuestra sociedad muestran, aunque sólo sea a quienes tienen una mentalidad ética, las utopías que deben movilizarnos. 

a)  Las agresiones de todo tipo a la vida humana: la guerra que señala por contraste el horizonte de paz; el terrorismo que señala por contraste el horizonte de la libertad; las prácticas abortivas que señalan por contraste el horizonte del  amor acogedor. 

b)  La injusticia de los tribunales, que dejan desvalidos a los más débiles de nuestra sociedad, claman por un horizonte de justicia que sea ya real en nuestro mundo. 

c)  La cesantía en el mundo laboral, clama por una sociedad que reconozca y promueva las habilidades sociales de cada cual, especialmente de la juventud. 

d)  La agresividad, contenida o desbordada en la convivencia familiar, señala el horizonte de paz doméstica. 

e)  Las desigualdades reales que anidan en la igualdad legal de oportunidades, apuntan a nuevos esfuerzos de igualdad auténtica. 

f)   El caldo de cultivo propiciado a la pre-delincuencia, situado incluso en el corazón de nuestros estados de derecho, clama por unas instituciones de formación y promoción de la juventud. 

g)  La irresponsabilidad latente de un mundo adulto, que quiere emanciparse incluso de la soberanía de Dios, es voz que aclama por la teonomía: para que Dios sea de verdad la condición de posibilidad de una forma de vida humana como la de Jesús, que pasó por el mundo haciendo el bien. 

En una palabra: estamos muy lejos de la plena comunión. Más aún: cuando nos atrevemos a afirmar, como un final que nos atrae y como una realidad suprema que queremos imitar, la perfecta comunión trinitaria para realizar así la perfecta comunión interhumana a la que estamos llamados, no podemos menos que reconocer y valorar el inmenso trecho que de este final nos separa. No se trata tan sólo de humildad, si bien se requiere la humildad de los sencillos para admitir eso. Se trata de una simple cuestión de honestidad y de respeto a la verdad de las situaciones que viven los afligidos, los marginados, los que todavía están fuera de esa comunión humana, que es el símbolo visible de la comunión trinitaria y el fruto logrado de la comunión eucarística.

SIGNIFICACIÓN FUNDAMENTAL DE LA EUCARISTÍA

Esta proyección utópica que provoca la Eucaristía en cuanto anhelo de la comunión fraterna a partir de la participación en la comunión trinitaria y del derramamiento de su Amor, ha sido evocada por la Escritura, como hemos dicho, a partir del símbolo de la comida o del banquete. En otras palabras, la significación fundamental de la Eucaristía está en relación y se ha de interpretar a partir del símbolo de la comida compartida.

Compartir la misma comida es compartir la misma vida. Y como en la Eucaristía la comida de Jesús mismo, de ahí se sigue que la Eucaristía es el sacramento en el que los creyentes se comprometen a compartir la misma vida que llevó Jesús; y a compartir también la mima vida entre ellos, entre el amor y la solidaridad.

Esto es lo que nos dice de manera admirable el evangelio de Juan. Como hemos dicho, este evangelio se ocupa ampliamente de la Eucaristía. Pero resulta que cuando llega el momento de ka cena de despedidas, Juan no cuanta con la institución de la Eucaristía. Pero lo hace de tal manera que justamente donde los otros evangelios cuentan la institución eucarística, entre el anuncio de la traición de Judas y el anuncio de la negación de Pedro, Juan pon el mandamiento nuevo.

"Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros; igual que yo os he amado, amaos también entre vosotros. En esto conocerán que sois discípulos míos, en que os amáis unos a otos" (Jn 13, 34-35).

Con estas palabras, Juan explica el sentido profundo que tiene la Eucaristía. Como ya había descrito en el discurso después de la multiplicación de los panes: "Quien come mi carne y bebe mi sangre sigue conmigo y yo con él" (Jn 6,56). La Eucaristía es la identificación de vida, esto quiere decir que para el evangelio de Juan, lo fundamental de la Eucaristía non es el rito, sino la experiencia que se expresa en el símbolo. Y esa experiencia es el amor de los demás, exactamente como Jesús se entregó por todos hasta la muerte.

Por consiguiente, se puede decir, con todo derecho, que donde no hay amor y vida compartida no hay Eucaristía. He aquí en qué consiste la significación fundamental de este sacramento.

CONCLUSIÓN

En este tercer encuentro de las OMPE, vivido en el marco del Año Internacional de la Eucaristía, bajo el lema: "Eucaristía fuente de Misión", nos hemos esforzado en penetrar en diversos e importantes aspectos del misterio eucarístico: Presencia, Sacrificio, Alimento, Comunión y Misión. Cada uno de estos aspectos funda una dimensión importante de la espiritualidad auténtica y específicamente cristiana, diferente a cualquier otro tipo de espiritualidad. 

a) Una espiritualidad contemplativa que nos lleva a describir la presencia y la acción salvífica de Jesucristo en la cotidianidad de nuestras vidas. 

b) Una espiritualidad de dependencia total que nos haga sentirnos necesitados de Dios, de la Palabra que brota de él, de Jesucristo pan de vida que baja del cielo y que sólo el Padre puede darnos, de su Espíritu. 

c) Una espiritualidad sacrificial, que reconociéndolo todo como don y gracia del Padre, nos vuelca hacia la acción de gracias y la alabanza convertida en don irreversible de nosotros mismos al Padre para reconciliarnos y entrar en comunión íntima con Él. 

d) Una espiritualidad misionera que afrontaremos en las charlas que están por venir. 

e) Una espiritualidad de comunión que brota de esta contemplación de Cristo Eucaristía como Misterio de Comunión, misterio que encarna la esencia misma de la Iglesia y que, según el Papa, debe ser un importante aspecto programático en el milenio que esta comenzando. 

Sin esta espiritualidad, los signos y ritos eucarísticos, se convierten en medios sin alma, en máscaras de Eucaristía, más que en signo y expresión de la misma.

Podemos pedir el perdón de Dios y dar un signo de paz al hermano, sin actitudes de conversión y reconciliación, podemos dar las gracias sin dar lo que las merece, haciendo estéril nuestra vida, podemos comer pan sin discernir el Cuerpo del Señor.

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