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TEMA 5

Ministerio y Misión Eclesial

Mons. Juan Esquerda Bifet

1. Dimensión misionera: Para toda la humanidad 

La Eucaristía “reúne a todas las criaturas” (San Gregorio de Nisa). La presencia sacrificial de Cristo muerto y resucitado, es presencia efectiva y eficaz que quiere llegar a cada ser humano. 

La Eucaristía fundamenta la misión de la Iglesia. “Por la palabra de la predicación y por la celebración de los sacramentos, cuyo centro y cima es la santísima Eucaristía… hace presente a Cristo, autor de la salvación” (AG 39). La Iglesia vive de la Eucaristía. De ella recibe, como de su fuente, la vida divina. La misión de la Iglesia tiende a la Eucaristía para hacerse comunión y construir la comunión. “Se percibe, a la luz de la fe, un nuevo modelo de unidad del género humano, en el cual debe inspirarse en última instancia la solidaridad. Este supremo modelo de unidad, reflejo de la vida íntima de Dios, uno en tres personas, es lo que los cristianos expresamos con la palabra comunión” (SRS 40). 

La Eucaristía es la “fuente y culminación de toda la evangelización” (PO 5), “fuente y cumbre de toda la vida cristiana” (LG 11). A ella, pues, “se ordenan todos los trabajos apostólicos” (SC 10). La comunidad eclesial no está implantada suficientemente mientras en ella no se celebre la Eucaristía, como fuente de las vocaciones y como centro a donde se orientan los ministerios proféticos, culturales y hodegéticos (cfr. PO 5; SC 10). 

La comunidad eclesial se evangeliza y, a su vez, se hace evangelizadora, por la celebración comprometida de la Eucaristía. La proclamación de la Palabra, como anuncio del misterio pascual, lleva a la celebración de este mismo misterio. Las exigencias de la caridad cristiana son la expresión de una vida que participa de la donación sacrificial de Cristo Sacerdote y Víctima. “No se edifica ninguna comunidad cristiana si no tiene como raíz y quicio la celebración de la santísima Eucaristía; por ella, pues, hay que empezar toda la formación para el espíritu de comunidad. Esta celebración, para que sea sincera y cabal, debe conducir lo mismo a las obras de caridad y de mutua ayuda que a la acción misional y a las varias formas del testimonio cristiano” (PO 6). 

El misterio redentor, que se hace presente en la Eucaristía, tiene dimensiones universalistas. “Cristo murió por todos” (2 Cor 5, 15); “Jesús había de morir por el pueblo, y no sólo por el pueblo, sino para reunir en uno a todos los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11, 51-52). Quien recibe los frutos de la redención por medio de la Eucaristía, queda misionado para compartir esos mismos frutos con todos los hermanos (Jn 20, 17). 

En el sacrificio eucarístico encontramos a Cristo Mediador, que es “propiciación por nuestros pecados; y no sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Jn 2, 2). Ningún valor cristiano ha sido nunca exclusivo de un grupo reducido. El encuentro con Cristo Redentor, presente en la Eucaristía, debe hacerse realidad para todo ser humano, puesto que él es “Mediador entre Dios y los hombres” (1 Tim 2, 5). 

La institución de la Eucaristía es, al mismo tiempo, encargo y misión de hacer llegar a toda la humanidad los beneficios de la redención. El cuerpo y la sangre de Cristo son sacrificio ofrecido “por la multitud”, es decir, “por todos” (Mc 14, 24). Jesús “ha venido para servir y para dar la vida en redención (rescate) por todos” (Mc 10, 45). 

Jesús en el evangelio habla de banquete de bodas, al que son invitados todos (Mt 22, 1-14). La analogía del banquete de bodas indica la pertenencia a la Iglesia esposa de Cristo, que se prepara para las bodas definitivas en el más allá (Ap 3, 20; 21, 1-2). La Eucaristía es ya el inicio de este banquete, donde comienza a tener lugar el desposorio con Cristo esposo, “que armó a la Iglesia y se entregó a sí mismo en sacrificio por ella” (Ef 5, 25ss). Por esto los discípulos de Cristo son enviados a invitar a todos los hombres: “a cuantos encontréis, llamadlos a las bodas” (Mt 22, 9). 

La Eucaristía es, pues, el sacrificio universal profetizado por Malaquías: “Desde la salida del sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes, y en todo lugar ha de ofrecerse a mi nombre un sacrificio humeante y una oblación pura” (M1 1, 11). La nueva Alianza ha sido sellada con la sangre de Cristo Mediador de todos los hombres (cfr. Heb 9, 11-15; 1 Tim 2, 5). Así “se ha manifestado la gracia salutífera de Dios a todos los hombres” (Tit 2, 11). Jesús es el “Salvador de todos” (1 Tim 4, 10). 

Este universalismo, que es intrínseco al sacrificio eucarístico, se convierte en llamada permanente a colaborar a que todos los hombres puedan participar en él de modo explícito, consciente y vivencial. El servicio o ministerio que cada uno desempeña en la celebración eucarística no es un simple signo de cercanía al altar o a las especies sacramentales, por medio de cantos, lecturas, ofrendas, distribución del sacramento, etc., sino que principalmente es una aportación responsable para que toda la comunidad eclesial y toda la comunidad humana participe realmente de la Eucaristía. 

El mejor servicio que podemos presentar a los hermanos que están lejos o que desconocen el misterio eucarístico, es el de imitar la donación sacrificial de Cristo en nuestras vidas. Por esta donación, traducida en el mandamiento del amor, los hombres conocerán el contenido del misterio eucarístico. Nuestro anuncio de Cristo muerto y resucitado para la salvación de todos, se hace testimonio y experiencia de encuentro con el Señor. La “audacia” de evangelizar nace de la celebración vivencial y comunitaria de la Eucaristía (Hch 2, 42-47 4, 31-34). La vida cristiana, cuando está centrada en la Eucaristía, contagia de evangelio y de misterio pascual a todos los hombres. 

En la medida en que se viva la celebración eucarística como “sacramento (o misterio) de la fe”, se irá comprendiendo mejor la exigencia de comunicar esta misma fe a toda la humanidad. La Eucaristía es “sacramento de fe” porque en ella se expresa y manifiesta la fe de la Iglesia mientras que, al mismo tiempo, es signo eficaz de la misma para todos los redimidos. 

La dimensión universalista de la Eucaristía se capta y se vive con espíritu y con compromiso misionero, cuando se sintoniza con los sentimientos de Cristo presente en ella: “venid a mí todos” (Mt 11,28), “tengo compasión de la muchedumbre” (Mc 8, 2), “tengo otras ovejas… y conviene que yo las traiga” (Jn 10, 16), “tengo sed” (Jn 19, 28), “id, enseñad a todas las gentes” (Mt 28, 19). 

El sentido universalista de la celebración eucarística se capta en la medida en que no se pongan obstáculos en el corazón para participar en la misma vida de Cristo. 

El Señor no excluye a nadie de su misterio redentor; somos nosotros los que tendemos a hacer de los dones de Dios un objeto exclusivo de nuestro pequeño círculo. Captaremos el significado profundo de la Eucaristía para nosotros, en la medida en que, al mismo tiempo, la contemplemos en su dimensión universalista. Cristo es “pan vivo… para la vida del mundo” (Jn 6, 51). 

La misma celebración eucarística, también en sus expresiones artísticas, llenas de belleza, llega a inspirar cristianamente las diversas culturas (cfr. EdE 51). “La Eucaristía es la fuente y, al mismo tiempo, la cumbre de toda la evangelización, puesto que su objetivo es la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y con el Espíritu Santo” (EdE 22). “Toda comunidad, para ser cristiana, debe formarse y vivir en Cristo, en la escucha de la Palabra de Dios, en la oración centrada en la Eucaristía, en la comunión expresada en la unión de corazones y espíritus, así como en le compartir según las necesidades de los miembros (cfr. Hch 2, 42-47)” (RMi 51). 

2. Fuente, centro y culmen de la vida 

La Eucaristía de sentido a la vida humana, transformándola en expresión de la oblación de Cristo. “ Aquí está el tesoro de la Iglesia, el corazón del mundo, la prenda del fin al que todo hombre, aunque sea inconcientemente, aspira” (EdE 59). Por esto es el “corazón de la vida eclesial” (VC 95). 

La oblación de Cristo se actualiza. “En el sacramento de la Eucaristía el Salvador, encarnado en el seno de María hace veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina” (TMA 55). 

Participar en la Eucaristía comporta la colaboración activa y responsable para hacer de ella el centro de la vida de cada uno y de toda la Iglesia, la cual, a su vez, tiene como misión hacer que toda la humanidad acepte a Cristo como centro de la creación y de la historia. “En la santísima Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia” (PO 5). Por esto “los sacramentos, así como todos los ministerios eclesiásticos y obras de apostolado, están íntimamente trabados con la sagrada Eucaristía y a ella se orientan” (Ibíd.). 

La Eucaristía es “la fuente y cumbre de toda la vida cristiana” (LG 11) porque a ella se dirige el anuncio del misterio de Cristo muerto y resucitado, y de ella derivan todos los servicios de caridad para la comunidad de los fieles. En este sentido es fuente y cumbre de toda la actuación eclesial, de toda vocación, ministerio y carisma. Esta importancia central no deriva de una mera celebración externa, sino del misterio pascual que en ella se celebra y que, por tanto, supone y exige el anuncio y la comunicación del mismo misterio a toda la comunidad humana. 

En Cristo resucitado, Hijo de Dios y Redentor, “fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra… y todo subsiste en él. Él es cabeza del cuerpo y de la Iglesia; él es el principio, el primogénito de los muertos, para que tenga la primacía sobre todas las cosas” (Col 1, 16-18). 

En el sacrificio de la muerte y resurrección de Jesús, es decir, “con la sangre de su cruz”, presente en la Eucaristía, se realiza la reconciliación de todas las cosas y de todos los hombres con Dios y entre sí (cfr. Col 1, 19-20; Ef 2, 14). 

Toda la comunidad eclesial, por el hecho de participar en la Eucaristía, queda responsabilizada para convertir en realidad lo que en la Eucaristía se celebra. La dignidad de la persona humana aparece en el misterio de Cristo Redentor, porque sólo él “manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre”, en cuanto que “el Hijo de Dios con su Encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (GS 22). Gracias a la presencialización del sacrificio de Cristo en la Eucaristía, todo hombre “asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de Cristo, llegará, corroborando con la esperanza, a la resurrección” (Ibíd.). 

La comunidad humana, toda entera, hace de su actividad (de su trabajo y convivencia) un camino para llegar a “una tierra nueva y un cielo nuevo” (Ap 21, 1), donde habite la justicia y el amor (cfr. 2 P 3, 13; 2 Cor 5, 1-2). La misión de la Iglesia consiste en hacer de todo el trabajo y de toda la convivencia humana, “pan y vino” que se convertirán en el “cuerpo” de Cristo. La pequeña cantidad de pan y de vino que se transforman (transubstanciación) en le cuerpo y sangre del Señor, son un signo eficaz de la “restauración de todas las cosas en Cristo” (Ef 1, 10), comenzando a convertir la humanidad entera en el Cuerpo Místico del Señor. 

Esta fuerza central de la Eucaristía da a la vida cristiana y apostólica un sentido de desposorio: “Os he desposado con Cristo como casta virgen” (2 Cor 11, 2). La palabra “desposorio”, en su significado más profundo, equivale a correr la suerte o a “beber el cáliz” de Cristo (Mt 20, 22; Mc 10, 38). 

En la última cena según San Juan, Jesús habla de amistad mutua como declaración de amor y como donación total, hasta “dar al vida por sus amigos” (Jn 15, 9-15). La vida de cada cristiano y de cada comunidad eclesial se centra en Cristo, hasta hacer de él el punto espontáneo de referencia y la vivencia más profunda.

Llegar a experimentar esta “centralidad” de Cristo presente en la Eucaristía, respecto a la comunidad eclesial, a toda la creación a toda la humanidad y a toda la historia, es algo que dimana de una fe que se hace relación personal, como de quien reestrena diariamente la existencia en el “estar con él” (Mc 3, 14; Jn 15, 27). Esta orientación hacia el centro (Eucaristía), para que llegue a ser convicción profunda, debe empezar por ser vivencia personal de amistad con Cristo. Entonces se siente la necesidad imperiosa de ser . el a la invitación de Cristo, que brinda su desposorio a todos los hombres: “Id, pues, a las salidas de los caminos, y a cuantos encontréis llamadlos a las bodas” (Mt 22, 9).

Cada vocación y cada carisma se redescubre a la luz de esta “centralidad” eucarística, superando las tensiones exclusivas. El misterio pascual de Cristo, presente y celebrado en la Eucaristía, la propia vocación y el propio carisma (personal y comunitario) reencuentran su verdadera perspectiva: todo viene de Cristo y todo vuelve a él. Esta relación personal con Cristo fundamenta la interrelación y el equilibrio con otras participaciones del mismo misterio del Señor y del mismo Espíritu (1 Co 12, 4). La acción del Espíritu Santo, que transforma el pan y el vino en el cuerpo y en la sangre de Jesús, es la misma acción que transforma la multiplicidad de carismas, de vocaciones y de ministerio, en la unión o “comunión” del único Cuerpo Místico de Cristo. 

La vivencia de esta orientación hacia la Eucaristía, de parte de las personas y de las comunidades eclesiales, es la base para la construcción de una sociedad humana más justa, fundamentada en el amor como donación sacrificial. 

En la Eucaristía, vivida con esta dimensión eclesial de universalismo y comunión, el cristiano encuentra las directrices para transformar todos los sectores de la vida según el espíritu evangélico. En la Eucaristía comienza a ser realidad la unión de todos los hermanos, como primer paso del compromiso de transformar todo el cosmos según los designios salvíficos de Dios. “Mediante la Eucaristía, las personas y comunidades, bajo la acción del Paráclito consolador, aprenden a descubrir el sentido divino de la vida humana” (D.V. 62). 

3. El ministerio de servir el pan y la palabra 

La Eucaristía está relacionada estrechamente con la palabra revelada por Dios. El mismo Jesús es “pan de vida”, en cuanto Verbo hecho hombre (la Palabra del Padre) y en cuanto comida eucarística bajo especies de pan y vino. “La totalidad de la evangelización, aparte la predicación del mensaje, consiste en implantar la Iglesia, la cual no existe sin este respiro de la vida sacramental culminante en la Eucaristía” (EN 28). 

Cuando se anuncia el mensaje evangélico de la redención se indica, al mismo tiempo, que el misterio redentor de Cristo se hace presente en la Eucaristía. El anuncio del evangelio incluye la invitación a participar en el sacrificio y banquete eucarístico, así como a prolongar en la vida la donación sacrificial del Señor. 

La Iglesia existe para evangelizar. Su acción evangelizadora comporta “predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrección” (EN 14). En la Iglesia somos todos servidores del pan y de la palabra, para construir la comunidad en le amor; todos somos profetas, sacerdotes y reyes (LG 31). 

La naturaleza misionera de la Iglesia arranca del hecho de ser signo portador de Cristo para todas las gentes. Por esto se llama a la Iglesia “sacramento”, es decir, “signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1). 

La Iglesia realiza esta acción evangelizadora por medio del anuncio, de la  presencialización y de la comunicación del misterio de Cristo. Anuncia la Palabra, es decir, el Verbo hecho hombre, que ha muerto y resucitado; esta realidad salví.ca la hace presente en la Eucaristía y la comunica a todos los hombres. Por este servicio de la palabra evangélica, del pan eucarístico y de los demás signos salvíficos, la Iglesia es “sacramento universal de salvación” (LG 48; AG 1). 

Cristo “pan de vida”, como Verbo del Padre y como Redentor hecho presente en la Eucaristía, sale al encuentro del hombre por medio de la Iglesia Los servicios o ministerios, como signos portadores de Cristo, hacen de la Iglesia el espacio de la fe, donde el hombre encuentra y acoge al mismo Cristo “Salvador del mundo” (Jn 4, 2; 1 Jn 4, 14). 

La presencia de Cristo en la Iglesia se convierte en misión. La promesa de “estaré con vosotros” está íntimamente relacionada con el mandato: “Id, enseñad a todas las gentes” (Mt 28, 19-20). En realidad es una presencia múltiple de Cristo bajo diversos signos eclesiales (palabra, sacramentos, comunidad), entre los que sobresale la Eucaristía. La presencia de Cristo en la Iglesia, como “pan de vida”, se convierte en urgencia de anuncio y de comunicación. 

Que encuentra a Cristo por la fe y la Eucaristía, queda misionado para hacer partícipes de esta realidad salví.ca a todos los hermanos. Del encuentro se pasa a la misión. Cuando la palabra de Dios se asimila vivencialmente por la contemplación, entonces se convierte en fuerza del Espíritu que envía a anunciar el misterio de Cristo a todos los hermanos. Cuando se participa de la Eucaristía, como presencia, sacrificio y comunión, se siente en el corazón la misma fuerza del Espíritu enviado por Jesús, que insita a hacer de toda la humanidad el Cuerpo Místico del Señor y el único Pueblo de Dios. 

La palabra revelada, inspirada por el Espíritu, lleva a la Eucaristía, que es el pan y el vino transformados por el mismo Espíritu en cuerpo y sangre del Señor. Toda la humanidad se va transformando en Cuerpo Místico de Cristo o Pueblo de Dios, gracias a la acción del Espíritu Santo. Todo creyente que recibe la palabra de Dios y participa en la Eucaristía, se convierte en instrumento vivo para la construcción de la humanidad como cuerpo de Cristo y templo del Espíritu. Todo cristiano es, pues, servidor del pan eucarístico y de la palabra evangélica, según las características de la propia vocación, y siempre con la dimensión universalista de la revelación y de la redención. 

El mandato de Jesús de celebrar la Eucaristía (Lc 22, 19-20) se dirige a toda la Iglesia en general. El ministerio o servicio de presidencia y de pronunciar válidamente las palabras de la consagración “en persona” o “en nombre” de Cristo (para hacerle presente bajo signos eucarísticos), es un servicio exclusivo del sacerdote ordenado. “El sacerdote pronuncia estas palabras o, más bien, pone su boca y su voz a disposición de Aquel que las pronunció en el Cenáculo” (EdE 5). Pero es toda la Iglesia la que queda comisionada para celebrar el misterio redentor y para colaborar responsablemente a que todos los hombres participen en él. La Iglesia entera, cada uno de modo distinto, según su propia vocación, realiza del servicio del anunció de la palabra, que es invitación universal a participar en le sacrificio y banquete eucarístico. 

El servicio de los sacerdotes ministros está “en continuidad con la acción de los Apóstoles” (EdE 27) y “conlleva necesariamente el sacramento del Orden” (EdE 28). “El ministerio de los sacerdotes, en virtud del sacramento del Orden, en la economía de salvación querida por Cristo, manifiesta que la Eucaristía celebrada pro ellos es un don que supera radicalmente la potestad de la asamblea y es insustituible en cualquier caso para unir válidamente la consagración eucarística al sacrificio de la Cruz y a la Última Cena” (EdE 29). Por esto, “si la Eucaristía es centro y cumbre de la vida de la Iglesia, también lo es del ministerio sacerdotal” (EdE 31). 

Las tensiones de la vida apostólica se superan en el encuentro con Cristo Eucaristía. Para todo apóstol, “cada jornada será así verdaderamente eucarística” (EdE 31). La Eucaristía ha de tener “su puesto central en la pastoral de las vocaciones sacerdotales” (EdE 31). “El culmen de la oración cristiana es la Eucaristía, que a su vez es “la cumbre y la fuente” de los Sacramentos y de la Liturgia de las Horas” (PDV 48). 

Las palabras de Jesús siguen siendo eficaces, por ser palabras de Dios. El momento culminante de esta eficaz es cuando son parte (formal) del sacramento, pero de modo particular en el sacrificio y sacramento de la Eucaristía. Las palabras de la consagración son pronunciadas, al mismo tiempo, por Jesús y por el ministro ordenado. 

Toda la comunidad eclesial tiene parte activa en el anuncio de la palabra que se hace “pan de vida”. El “amén” al final de la plegaria eucarística (canon de la Misa) es la expresión de esta participación en el ministerio de la palabra y de la Eucaristía. Es el “sí” de toda la Iglesia, que, a partir de la Eucaristía, se hace anuncio, testimonio y compromiso de vivir en misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor. 

La “buena semilla” (Mt 13, 24) es Jesús “pan de vida” y palabra de Dios, que es recibida por toda la Iglesia para comunicarla a todos los hermanos. Éste es el proceso de misionariedad o maternidad de la Iglesia, que encuentra en la Virgen María su modelo y su Madre (Lc 8, 19-21). 

“La presencia eucarística de Cristo, su sacramental “estoy con vosotros”, permite a la Iglesia descubrir cada vez más profundamente su propio misterio, como atestigua toda la eclesiología del Concilio Vaticano II, para el cual “La Iglesia es en Cristo un sacramento, o sea, signo de unidad de todo el género humano”” (Juan Pablo II Dominum et Vivificantem 63).

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