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PRESENTACIÓN

La Iglesia peregrinante es, por su propia
naturaleza, misionera, puesto que tiene en su
origen la misión del Hijo y la misión del Espíritu
Santo según el plan de Dios Padre.

Este designio emana del "amor fontal"
o caridad de Dios Padre…

Ad gentes divinitus, 2.

La Dirección Nacional de las Obras Misionales Pontificio Episcopales se goza en saludarlos y en hacerles llegar este material con ocasión de la preparación para la próxima Jornada Mundial de las Misiones —DOMUND—, que celebraremos el domingo 22 de octubre. Para todas las Iglesias particulares, sin excepción, nunca dejan de ser oportunas la formación, la información, la animación y la cooperación misioneras, si acaso se tiene en cuenta que la Iglesia que peregrina es esencialmente misionera. No obstante, esta ocasión resulta especialmente idónea para intensificar estas modalidades de la actividad misionera y también, como nos lo recuerda S. S. Benedicto XVI, para reflexionar sobre el tema “la caridad, alma de la misión”. Con estos objetivos, pues, esta Dirección ha querido disponer, después del mensaje de nuestro Santo Padre para la Jornada Misionera Mundial 2006, seis excelentes temas y un anexo con un extracto de los mensajes que nuestro querido Juan Pablo II pronunció para las Jornadas Misioneras Mundiales que se celebraron durante su pontificado.

El Papa Benedicto XVI nos recuerda en su mensaje que la misión de la Iglesia debe ser reflejo fiel del amor que Dios tiene a toda la humanidad, que el amor divino, la caridad, es el alma de la misión. Por esto, si ésta no está orientada por la caridad, si no brota de un profundo acto de amor divino, corre el riesgo de reducirse a mera actividad filantrópica y social. En efecto, el amor que Dios tiene por cada persona constituye el centro de la experiencia y del anuncio del Evangelio, y los que lo acogen se convierten a su vez en testigos. Así, desde que los Apóstoles, transformados interiormente por la fuerza del Espíritu Santo, comenzaron a dar testimonio del Señor muerto y resucitado, la Iglesia prosigue esa misma misión, que constituye para todos los creyentes un compromiso irrenunciable y permanente. Por consiguiente, toda comunidad cristiana está llamada a dar a conocer a Dios, que es Amor, por medio de su Hijo unigénito, Jesús, que en la plenitud de los tiempos revelaría el amor de su Padre, un amor capaz de rescatar a toda criatura humana de la esclavitud del mal y de la muerte. Así pues, ser misioneros significa amar a Dios con todo nuestro ser, hasta dar, si es necesario, incluso la vida por Él. Aquí reside el secreto de la fecundidad apostólica de la acción misionera, que supera las fronteras y las culturas, llega a los pueblos y se difunde hasta los extremos confines del mundo.

Me ha parecido conveniente poner a disposición de todos, después del mensaje de nuestro santo Padre, una breve historia de la Jornada Mundial de las Misiones, desde sus orígenes hasta la actualidad, con el fin de que descubramos cómo ha logrado abrirse camino a través de los años esta iniciativa de amor y caridad que ha llegado hasta nuestro país y que recrea y vigoriza continuamente a la Iglesia universal. Enseguida, el P. Arturo Velázquez González, MCCJ, Secretario Nacional de la Obra de la Pontificia Unión Misional, ha querido compartirnos la idea de que ser misioneros es atender, como el buen Samaritano, las necesidades de todos, especialmente de los más pobres y necesitados, porque quien ama con el corazón de Cristo no busca su propio interés, sino únicamente la gloria del Padre y el bien del prójimo. Posteriormente, el P. Hugo Orlando Martínez nos regala algunas páginas que giran en torno del discipulado como la escucha permanente de la Palabra de Dios. Desde el inicio de la historia, desde Adán y Eva, pasando por lo patriarcas, los profetas y hasta los Apóstoles, el hombre ha estado a la escucha de la Palabra, y de modo variado, ha buscado ser su discípulo. La misión es el modo como la Iglesia se mantiene a la escucha de la Palabra y atiende los designios de Dios, es decir, es el modo como se vuelve discípula y como busca hacer discípulos a todos los hombres —“Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes” (Mt 28,19)—. Después, Mons. Jorge Arturo Mejía Flores, anterior Director Nacional de OMPE México, nos ofrece algunas reflexiones acerca del martirio, entendido como lenguaje y signo propios del amor y que, como S. S. Benedicto XVI reitera, constituye también la médula del ser misionero, que significa amar a Dios con todo nuestro ser, hasta dar incluso la vida por él. A continuación, el P. Ignacio Martínez Báez, MG, nos regala algunas palabras acerca de la Virgen María, la madre de Dios, que ante la cruz y el cenáculo, se convirtió en la «estrella de la evangelización». Después de todo esto, el P. Felipe Rebollo Molina, MX, nos ha dedicado algunas reflexiones acerca del amor de Dios puesto en obras: el amor no es cosa quieta y solitaria, sino que siempre emerge y sale en busca de los demás. El amor es algo más que un sentimiento o que una idea; el auténtico amor es el que brota de la escucha atenta de la Palabra amorosa de Dios y que se actúa en la vida, pues “dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica”.

Por último, se ha querido presentar un pequeño pero substancioso anexo en memoria de Juan Pablo II. Nuestro amado papa misionero nos ha dejado una riqueza tan grande en sus mensajes que resultaría casi una falta grave no hacer mención de ellos para recordarlos vivamente. Precisamente, el año pasado, durante el último mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones —DOMUND— que nos dirigiría el Papa Juan Pablo II, insistiría en que la misión de la Iglesia es como el pan eucarístico: es un pan que se parte en favor del mundo entero. Ahora, el Papa Benedicto XVI nos recuerda, como su antecesor, que la misión de la Iglesia es un darse amoroso, como el pan de la Eucaristía, a todos, que es un testimonio del amor, el cual resulta ser el alma de la misión. Este testimonio nos concierne a todos, pues servir al Evangelio no debe considerarse como una aventura en solitario, sino como un compromiso compartido de toda comunidad. Esforcémonos, pues, por llevar a cabo este compromiso, y que junto a los que están en primera línea en las fronteras de la evangelización, muchos otros, niños, jóvenes y adultos, contribuyamos de diversos modos, con la oración y la cooperación, a la difusión del Reino de Dios en la tierra. Oremos junto con nuestro querido Papa para que la Virgen María, que con su presencia junto a la cruz y con su oración en el Cenáculo colaboró activamente en los inicios de la misión eclesial, nos ayude a los creyentes en Cristo a ser cada vez más capaces de auténtico amor, más capaces de ser discípulos de Jesús y más capaces de ser testigos de la caridad de Dios; en una palabra, que nos ayude a ser cada vez más auténticos discípulos y misioneros de Jesucristo.

Pbro. Guillermo Alberto Morales Martínez
Obras Misionales Pontificio Episcopales de México
Director Nacional

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