Mensaje
del Santo Padre Benedicto XVI para la
Jornada Misionera Mundial 2006:
LA
CARIDAD, ALMA DE LA MISIÓN
Queridos
hermanos y hermanas:
1.
La Jornada Misionera Mundial, que celebraremos el domingo 22 de octubre
próximo, ofrece la oportunidad de reflexionar este año
sobre el tema: La caridad, alma de la misión. La
misión, si no es orientada por la caridad, es decir, si no nace
de un profundo acto de amor divino, corre el riesgo de reducirse a una
mera actividad filantrópica y social. Efectivamente, el amor
que Dios nutre por cada persona, constituye el núcleo de la experiencia
y del anuncio del Evangelio, y todos cuantos lo acogen se convierten
a su vez en testigos. El amor de Dios que da vida al mundo es el amor
que nos ha sido dado en Jesús, Palabra de salvación, icono
perfecto de la misericordia del Padre celestial. Se podría sintetizar
bien el mensaje de salvación con las palabras del evangelista
Juan: En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene;
en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos
por medio de él (1 Jn 4, 9). Después de su resurrección,
Jesús confió a los discípulos el mandato de difundir
el anuncio de este amor, y los Apóstoles, transformados interiormente
por la fuerza del Espíritu Santo el día de Pentecostés,
comenzaron a dar testimonio del Señor muerto y resucitado. Desde
entonces, la Iglesia continúa esta misma misión, que constituye
para todos los creyentes un compromiso irrenunciable y permanente.
2.
Toda comunidad cristiana está llamada, pues, a dar a conocer
a Dios que es Amor. Sobre este misterio fundamental de nuestra fe he
querido detenerme a reflexionar en la Encíclica Deus Caritas
est. Dios impregna con su amor la entera creación y la
historia humana. Al origen, el hombre salió de las manos del
Creador como fruto de una iniciativa de amor. Después, el pecado
ofuscó en él la huella divina. Engañados por el
maligno, los progenitores Adán y Eva rompieron la relación
de confianza con su Señor, cediendo a la tentación del
maligno que infundió en ellos la sospecha de que Él era
un rival que pretende limitar su libertad. Así, al amor gratuito
divino, se prefirieron a sí mismos, convencidos de que de tal
manera afirmaban su libre albedrío. La consecuencia fue que terminaron
por perder la felicidad originaria, y gustaron la amargura de la tristeza
del pecado y de la muerte. Pero Dios no les abandonó, y les prometió
la salvación, a ellos y a sus descendientes, preanunciando el
envío de su Hijo unigénito, Jesús, que revelaría,
en la plenitud de los tiempos, su amor de Padre, un amor capaz de rescatar
cada criatura humana de la esclavitud del mal y de la muerte. Por tanto,
en Cristo nos ha sido comunicada la vida inmortal, la misma vida de
la Trinidad. Gracias a Cristo, buen Pastor que no abandona la oveja
descarriada, se da a los hombres de cada tiempo la posibilidad de entrar
en la comunión con Dios, Padre misericordioso pronto a volver
a acoger en la casa al hijo pródigo. Signo sorprendente de este
amor es la Cruz. En la muerte en cruz de Cristo he escrito en
la Encíclica Deus Caritas est se realiza ese ponerse
Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre
y salvarlo: esto es amor en su forma más radical. Es allí,
en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí
se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el
cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar
(n. 12).
3.
A la vigilia de su pasión, Jesús dejó como testamento
a los discípulos, reunidos en el Cenáculo para celebrar
la Pascua, el mandamiento nuevo del amor - mandatum novum:
Lo que os mando es que os améis los unos a los otros
(Jn 15, 17). El amor fraterno que el Señor pide a sus amigos
encuentra su manantial en el amor paterno de Dios. Observa el apóstol
Juan: Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios
(1 Jn 4, 7). Así pues, para amar según Dios es necesario
vivir en Él y de Él: Dios es la primera casa
del hombre, y sólo quien vive en Él arde con un fuego
de caridad divina en grado de incendiar el mundo. ¿No
es esta, quizás, la misión de la Iglesia en todo tiempo?
No es difícil comprender entonces, que la auténtica solicitud
misionera, empeño primario de la Comunidad eclesial, se encuentra
unida a la fidelidad, al amor divino, y esto es válido para cada
cristiano, para cada comunidad local, para las Iglesias particulares
y para todo el Pueblo de Dios. Precisamente, de la conciencia de esta
misión común toma fuerza la generosa disponibilidad de
los discípulos de Cristo para realizar obras de promoción
humana y espiritual, que testimonian, como escribía el amado
Juan Pablo II en la Encíclica Redemptoris missio, el espíritu
de toda la actividad misionera: El amor, que es y sigue siendo la fuerza
de la misión, y es también el único criterio según
el cual todo debe hacerse y no hacerse, cambiarse y no cambiarse. Es
el principio que debe dirigir toda acción y el fin al que debe
tender. Actuando con caridad o inspirados por la caridad, nada es disconforme
y todo es bueno (n. 60). Ser misioneros significa, pues, amar
a Dios con todo lo que uno es, hasta dar incluso, si es necesario, la
vida por Él. ¡Cuántos sacerdotes, religiosos, religiosas
y laicos, también en este tiempo actual, le han rendido el testimonio
supremo de amor con el martirio! Ser misioneros es inclinarse, como
el buen Samaritano, sobre las necesidades de todos, especialmente de
los más pobres y necesitados, porque quien ama con el amor de
Cristo, no busca el propio interés, sino únicamente la
gloria del Padre y el bien del prójimo. Se encuentra aquí
el secreto de la fecundidad apostólica de la acción misionera,
que traspasa las fronteras y las culturas, llega a los pueblos y se
difunde hasta los extremos confines del mundo.
4.
Queridos hermanos y hermanas, que la Jornada Misionera Mundial sea ocasión
propicia para comprender cada vez mejor que el testimonio del amor,
alma de la misión, concierne a todos. Servir el Evangelio no
puede considerarse como una aventura solitaria, sino el empeño
que cada comunidad comparte. Junto con los que se encuentran en la primera
línea de las fronteras de la evangelización y pienso
aquí con reconocimiento en los misioneros y las misioneras,
otros muchos, niños, jóvenes y adultos, con la oración
y su cooperación de maneras diferentes, contribuyen a la difusión
del Reino de Dios en la tierra. El deseo es que esta coparticipación
crezca cada vez más gracias a la aportación de todos.
Aprovecho con gusto esta circunstancia para manifestar mi gratitud a
la Congregación para la Evangelización de los Pueblos
y a las Obras Misionales Pontificias [O.M.P.], que con entrega coordinan
los esfuerzos que se realizan en todo el mundo para apoyar la actividad
de todos cuantos se encuentran en la primera línea de las fronteras
misioneras.
La
Virgen María, que con su presencia al pie de la Cruz y su oración
en el Cenáculo ha colaborado activamente en los inicios de la
misión eclesial, sostenga su acción, y ayude a los creyentes
en Cristo a ser cada vez más capaces de un amor verdadero, para
que en un mundo espiritualmente sediento se conviertan en manantial
de agua viva.
Formulo
este deseo de corazón, mientras envío a todos mi Bendición

Vaticano,
29 de Abril de 2006
BENEDICTUS PP. XVI