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TEMA I


LA JORNADA MISIONERA MUNDIAL
DOMUND
BREVE HISTORIA, OBJETIVOS Y ACTUALIDAD

La Jornada Misionera Mundial —denominada "DOMUND"en los países de habla hispana— es una llamada a todos los cristianos del mundo a colaborar desde su condición en el anuncio de la Buena Nueva. La Obra Pontificia de la Propagación de la Fe convoca actualmente a todo el pueblo Dios a participar en esta jornada, pero este llamado tiene su raíz más profunda en el mandato misionero: Jesús después de resucitado se les apareció a los discípulos “y les dijo: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación... " (Mc 16, 15)”. Respondiendo a este mandato, ya en los tiempos de las primeras comunidades cristianas, se han presentado algunas formas por medio de las cuales los cristianos han cooperado en el anuncio de la Buena Nueva. Tenemos así la oración (Hech 6, 5; 1, 24. Fil 4, 6) y la ayuda material: recordemos, por ejemplo, las colectas que se hicieron en favor de la comunidad de Jerusalén (1 Co 16, 1ss; Rom, 15 26-28; Ga 2, 10; 2 Co 8-9; Hech 24, 17), acompañadas siempre de sacrificios y ayunos gratos a los ojos de Dios. La siguiente historia de la Iglesia, a lo largo de casi veinte siglos, es una historia llena de distintas respuestas a este mandato que han dado muchos cristianos sirviendo con generosidad y entrega, y cooperando así, desde su condición, en la difusión y construcción del Reino.

Concretamente, la Jornada Misionera Mundial DOMUND tiene su origen próximo en las iniciativas de cooperación misionera en el siglo XIX. Es necesario tener presentes los acontecimientos de este momento para poder entender el origen de tales iniciativas que surgieron de carismas eclesiales, es decir, dichas iniciativas nacieron “bajo el impulso del Espíritu Santo, que provee en todo momento a las necesidades de la Iglesia”.1 Un conjunto de laicos dirigidos por Marie-Pauline Jaricot (1799-1862), tomarían la iniciativa de recaudar fondos a favor de las misiones y de orar diariamente por la conversión de los no-cristianos, por la perseverancia en la fe de parte de los católicos y por la prosperidad de las comunidades cristianas en los territorios extranjeros de misión. En Pauline Jaricot poco a poco iba madurando la idea de hacer que todos los cristianos se comprometieran con la ayuda a todas las misiones, sin distinción alguna.


De este modo, llegó a la formulación de “un método extremadamente sencillo: constituir grupos de diez personas, cada una de las cuales se comprometía a formar un grupo de diez —organizando luego las decurias en centurias, y estas últimas en grupos de mil—, cada grado precedido por un jefe de grupo, a cada miembro era impuesto el deber de una oración cotidiana y de una ofrenda semanal”.2 Los primeros inscritos fueron obreros, y las primeras "celadoras"fueron escogidas de entre estas personas por Jaricot para organizarse y formar la asociación "Reparadoras del Sagrado Corazón de Jesús". Debido a la gran aceptación de este movimiento, pronto esta asociación tomó el nombre de "Propagación de la Fe".

Pero fue hasta 1822 cuando propiamente nace la Obra de la Propagación de la Fe, y con ella la posibilidad de que la cooperación misionera se difundiera en toda la Iglesia universal: “El 3 de mayo de 1822 se había reunido un grupo de sacerdotes y de seglares para estudiar una forma de cooperación misional que no se limitara a las misiones francesas, sino que estuviera abierta a todo el mundo y a los misioneros de todos los países. Y se decidió adoptar la Obra de Pauline Jaricot”.3 En todo el tiempo transcurrido desde el nacimiento de la Obra de la Propagación de la Fe hasta la institución de lo que actualmente conocemos como el DOMUND. Cerca de un siglo, no faltaron iniciativas que invitaban al pueblo de Dios a tener conciencia de la necesidad de cooperar activamente para llevar el Evangelio a todos los confines del mundo. Por ejemplo, en 1890, el Papa León XIII convocó la realización de una colecta el día de la Epifanía en todas las Iglesias del mundo con el objetivo de “redimir esclavos en África” y que se remitiera íntegramente todo lo recaudado a la Sagrada Congregación de Propaganda.4 Este conjunto de iniciativas le valió al siglo XIX ser nombrado "el siglo de las misiones".5

En el año de 1919, el Papa Benedicto XV, en su carta apostólica Maximum illud, reitera la importancia de recordar a todo católico su papel en la ayuda a las misiones de la Iglesia: “Aquí, pues, hacemos un llamamiento a todos los corazones buenos para que se muestren generosos en la medida de sus recursos. Queremos recomendar a la generosidad de los católicos que favorezcan preferentemente las obras instituidas para ayudar a las sagradas Misiones”.6 Este Papa tenía una especial preocupación por todo lo que acontecía en el mundo de las misiones extranjeras, y por ello concretó tres formas de cooperar con las misiones: en primer lugar, está la oración, pues ésta es “fácilmente asequible a todos... para pedir el favor a Dios... (Pues) vana y estéril ha de ser la labor del misionero si no la fecunda la gracia de Dios... Sabido es que el único camino para lograr esta gracia es la humilde perseverancia de la oración”7; en segundo lugar, la urgencia de promover vocaciones misioneras, pues “urge la necesidad de cubrir los huecos que abre la extremada falta de misioneros... (,) de manera que muchas parcelas de la viña del Señor han tenido que quedar abandonadas”8; y, por último, la limosna, “porque 'quien tiene bienes de este mundo y viendo a su hermano en la necesidad, cierra las entrañas para no compadecerse de él, ¿cómo es posible que resida en él la caridad de Dios?'"(1 Jn 3, 17).9

Poco tiempo después, la Obra de la Propagación de la Fe junto con las de la Santa Infancia y de San Pedro Apóstol se convertirían en la institución oficial de la Iglesia para la colaboración misionera mediante su nombramiento como "Obras Misionales Pontificias". En 1922, “el Papa Pío XI, quien por el Motu Proprio Romanorum Pontificum, elevará a las tres primeras Obras a la categoría de 'Obras Pontificias'”.10 Este Papa, siendo todavía el Cardenal Arzobispo de Milán Aquiles Ratti, instituyó un secretariado diocesano de misiones que se encargó de extender en toda la arquidiócesis la Obra de la Propagación de la Fe, y fijó en beneficio de esta Obra una jornada anual para ayudar a las misiones, la cual se celebraba el día de la Epifanía en todas las parroquias y centros religiosos.11 Quizá estos antecedentes hayan motivado, en gran medida, que el "Papa de las misiones"—como posteriormente será conocido— aceptara con mucho gusto la propuesta de instituir una jornada misional presentada por el Consejo Superior General de la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe en 1926. En este año, durante el mes de febrero, sale a la luz la encíclica sobre la acción misionera Rerum Ecclesiae, la cual busca responsabilizar a toda la Iglesia de la evangelización de todos los pueblos, apuntando esta responsabilidad fundamentalmente hacia dos direcciones: la de la Iglesia que envía y la de la Iglesia que ayuda. Así, dos meses después, el 14 de abril de 1926, se hizo presente a S. S. Pío XI unas peticiones que resultaron de la Asamblea Plenaria del Consejo Superior General de la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe, celebrada en marzo del mismo año:

1. Que se fije un domingo, concretamente el penúltimo de octubre, como "Jornada de Oraciones y Propaganda Misional" en todo el mundo católico.

2. Que en dicho Domingo se añada en todas las Misas, una colecta imperada "pro re gravi", la oración "Pro Propagatione Fidei".

3. Que la predicación en tal Domingo sea de carácter misionero, con aplicación especial a la Obra de la Propagación de la Fe, excitando a los fieles a inscribirse en ella (sin la intención de limitar necesariamente la predicación a sólo las misiones).

4. Que se conceda indulgencia plenaria, aplicable a los difuntos, a cuantos en tal Domingo comulguen y rueguen por la conversión de los paganos.

5. El Consejo Superior General pide, además, humildemente, que con ocasión de fiestas y Congresos Misioneros se pueda celebrar la misa votiva solemne "Pro Propagatione Fidei", aun en los días de rito doble mayor y en las "dominicas menores".12

La institución oficial de esta Jornada logró una clara aceptación de parte de los obispos y feligreses de todo el mundo. El Cardenal Van Rossum, por ejemplo, llamó a esta Jornada “Fiesta de la Apostolicidad, el gran Día de la Catolicidad, que muestra que la Iglesia es madre de todos los hombres, a través de todos los tiempos y en todos los países hasta el último confín del mundo”.13

Este Cardenal exhortaba a todo católico a no permanecer indiferente y a ser operario de la primera hora para construir el Reino de Cristo. Desde entonces, año con año y sin interrupción, se ha llevado a cabo la Jornada Mundial Misionera DOMUND que, entre otras cosas, ha buscado principalmente responder a los siguientes objetivos:

1. Que en todo el mundo católico se procure la oración ferviente al Señor para acelerar su reinado en el mundo.

2. Hacer comprender a todos los fieles el formidable problema misionero.

3. Excitar el celo misionero de los sacerdotes y de los fieles cristianos.

4. Dar a conocer mejor la Obra de la Propagación de la Fe.

5. Solicitar la generosa ayuda económica en favor de las Misiones.14

Al hacer referencia a la Jornada Misionera Mundial tenemos que tener presente qué se entiende por cooperación misionera. La Instrucción de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos sobre la Cooperación Misionera nos dice: “La participación de las comunidades eclesiales y de cada fiel a la realización de este plan divino recibe el nombre de 'cooperación misionera' y se realiza de diversas maneras: con la oración, el testimonio, el sacrificio, la donación oblativa del trabajo y de las propias ayudas”.15 Esta participación de las comunidades, como todo apostolado misionero, es ante todo una actividad de la Iglesia y, por tanto, involucra desde el Papa y los obispos hasta cada uno de los fieles laicos. De aquí que Benedicto XV se haya dado cuenta de que “cuantos contribuyeren, en la medida de sus posibilidades, a llevarles la luz de la fe, principalmente ayudando a la obra de los misioneros, habrán cumplido su deber en cuestión tan importante y habrán agradecido a Dios de la manera más delicada el beneficio de la fe”.16 Cooperar, pues, no puede reducirse a una mera iniciativa de beneficencia filantrópica, sino que, como el Papa Juan XXIII indica con ahínco, “La errónea convicción de que la cooperación misional comporta solamente la simple ofrenda de medios y de ayuda materiales se encuentra difundida entre cierto número de cristianos. Con tal concepto rebajan ellos el problema misionero al nivel de cualquier problema humano, mientras que dicho problema es esencialmente sobrenatural, con relación al cual los medios materiales aun siendo tan necesarios, no constituyen ni la principal ni la única forma de cooperación (Discurso al Congreso de las Celadoras Misionales, 26 de abril de 1959)”.17

La Jornada Mundial Misionera DOMUND ha constituido un tremendo esfuerzo de parte de la Iglesia universal que, cada año, se ha empeñado en cooperar para que el mensaje del Evangelio llegue a todos los confines de la tierra. Desde el pontificado de S. S. Paulo VI, en 1963, se ha creado una bonita tradición en la que se alienta, anima y se exhorta a todo el pueblo de Dios a tomar la responsabilidad que implica el ser bautizado, de responder fielmente, desde las propias posibilidades, al mandato misionero que nuestro Señor Jesucristo ha dado. De este modo, dependiendo de las distintas circunstancias presentes en cada momento histórico, los papas han dirigido al orbe entero un mensaje con ocasión de la Jornada Mundial Misionera DOMUND buscando orientar al pueblo de Dios acerca de su actividad misionera. El Papa Juan Pablo II, especialmente, ha manifestado mediante estos mensajes un ferviente interés por dar a conocer todo lo que profundamente el DOMUND significa.18

Así, llegamos hasta el 80 aniversario de la fundación de esta Jornada. Un nuevo Papa abraza esta alegría recordándonos que «la caridad es el alma de la misión». Nos dice S. S. Benedicto XVI que “La misión, si no está orientada por la caridad, es decir, si no brota de un profundo acto de amor divino, corre el riesgo de reducirse a mera actividad filantrópica y social. En efecto, el amor que Dios tiene por cada persona constituye el centro de la experiencia y del anuncio del Evangelio, y los que lo acogen se convierten a su vez en testigos. Después de su resurrección, Jesús encomendó a los Apóstoles el mandato de difundir el anuncio de este amor; y los Apóstoles, transformados interiormente el día de Pentecostés por la fuerza del Espíritu Santo, comenzaron a dar testimonio del Señor muerto y resucitado. Desde entonces, la Iglesia prosigue esa misma misión, que constituye para todos los creyentes un compromiso irrenunciable y permanente. El testimonio del amor, alma de la misión, concierne a todos, pues servir al Evangelio no debe considerarse como una aventura en solitario, sino como un compromiso compartido de toda comunidad. Junto a los que están en primera línea en las fronteras de la evangelización —pienso aquí con gratitud en los misioneros y las misioneras—, muchos otros, niños, jóvenes y adultos, contribuyen de diversos modos, con la oración y su cooperación, a la difusión del reino de Dios en la tierra. Es de desear que esta participación aumente cada vez más gracias a la contribución de todos” (BENEDICTO XVI, Mensaje con ocasión de la Jornada Mundial Misionera, Vaticano, 29 de abril de 2006).

Que este breve recorrido de la Jornada Mundial Misionera DOMUND, nos haga ser conscientes de que, a pesar del gran esfuerzo que han hecho las diferentes personas de Iglesia que se han entregado enteramente al anuncio del Evangelio desde su condición, aún queda mucho por hacer, y que nos corresponde a todos y cada uno de los cristianos, sin excepción, hacernos responsables de la auténtica actividad misionera de la Iglesia, es decir, de esa manifestación de caridad que consiste en un anuncio del acto salvífico que nace del profundo amor de Dios. Que no nos espanten los desafíos de los tiempos actuales, ni nos amedrentemos por los desafíos de este nuevo milenio; pongámonos en las manos de María Santísima y confiemos en Jesucristo, que ayer, hoy y siempre es el Señor, y en su mensaje, que jamás pasa de moda ni deja de ser actual. Para mayor gloria de Dios, que es amor y que nos manda a anunciarlo como tal.

Pbro. Guillermo Alberto Morales Martínez
Director Nacional de las Obras Misionales Pontificio Episcopales México


1 CONGREGACIÓN PARA LA EVANGELIZACIÓN DE LOS PUEBLOS, Obras Misionales Pontificias. Su objetivo, importancia y actualidad, Ex aedibus Sacrae Congregationis pro Gentium Evangelizatione, Roma 1978, p. 16.
2 OBRAS MISIONALES PONTIFICIAS, Vade mecum, Palacio “De Propaganda Fide”, Roma 1965, pp. 34s.
3 Ibidem. p. 36.
4 Cfr. Maximum illud, n. 102.
5 Joaquín María GOIBURU ofrece el dato de que cerca de 270 asociaciones misionales existieron entre la fundación de la Propagación de la Fe (1822) hasta la fundación de la Pontificia Unión Misional (1816). Cfr. Animación misionera. Vademecum, Verbo divino, Pamplona/Navarra, 1985, p. 174.
6 Maximum illud, n. 93,96.
7 Ibidem. n. 82-83.
8 Ibidem. n. 86.
9 Ibidem. n. 94.
10 GOIBURU, Joaquín María, Animación misionera. Vademecum, p. 174.
11 Ibidem. p. 195.
12 SAGRADA CONGREGACIÓN DE RITOS, Institución de la Jornada Mundial de las Misiones, 14 de abril de 1926, en: Acta Apostolicae Sedis, XIX, p. 23.
13 OBRAS MISIONALES PONTIFICIAS, Vade mecum, p. 162.
14 Cfr. Ibidem. p. 160; cfr. GOIBURU, Joaquín María, Animación misionera. Vademecum, p. 196.
15 CONGREGACIÓN PARA LA EVANGELIZACIÓN DE LOS PUEBLOS, Cooperatio Missionalis, n. 2.
16 Maximum illud, n. 81.
17 OBRAS MISIONALES PONTIFICIAS, Vade mecum, p. 20.
18 Véase anexo: Extracto de los mensajes de S. S. Juan Pablo II con ocasión de la Jornada Mundial Misionera DOMUND.

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