Visitar Sitio Web de ARQUIDIÓCESIS DE MÉXICO

Comisión
Pastoral
Misionera

Domund
2003

Domund
2004

Domund
2005

Domund
2006

Domund
2007

Domund
2008

Domund
2009

Domund
2010

Domund
2011

Mapa del Sitio

IR AL ÍNDICE-CONTENIDO


  Google
Vicaría      de Pastoral

Visitar Sitio Web  de las OBRAS MISIONALES PONTIFICIO EPISCOPALES

TEMA II


COMO EL BUEN SAMARITANO

Ser misionero es ser como el Buen Samaritano

“Ser misionero es atender, como el buen Samaritano, las necesidades de todos, especialmente de los más pobres y necesitados, porque quien ama con el corazón de Cristo no busca el propio interés, sino únicamente la gloria del Padre y el bien del prójimo. Este es el secreto de la fecundidad apostólica de la acción misionera, que supera las fronteras y las culturas, llega a los pueblos y se difunde hasta los confines extremos del mundo”

S.S. Benedicto XVI, DOMUND 2006

DIOS ES AMOR

Siguiendo las huellas de Jesús podemos comprender rápidamente que Él, enviado por su Padre, no detiene nunca el movimiento iniciado en el interior mismo de la Divinidad única y múltiple, movimiento que “revienta” cada partícula de su propia naturaleza para acercarse y asemejarse a otra, para dar lo que es a quienes son otros, a quienes son diferentes. Y esta salida y envío desde un centro hasta otros centros, desde un corazón a otros corazones, restituye, regenera y salva por amor.

Las palabras se convierten en limitantes impresionantes al tratar de verbalizar lo que Dios hizo y sigue haciendo entre nosotros. Por eso es que desde nuestra pequeñez queremos acercarnos a la Palabra pronunciada y realizada en plenitud en Jesús de Nazaret. Queremos tocar, si es posible, el misterio que nos trajo tanto amor. Queremos, con el Santo Padre Benedicto XVI, recibir con los brazos abiertos al Dador mismo de la vida. Queremos dejarnos invadir por Él y “reventar” como Él en el amor que brota desde las profundidades de Dios mismo que es Comunidad de Tres y abarca a todos y a todo.

EL AMOR DE DIOS NOS HACE MISIONEROS

La fecundidad de la acción misionera, nos recuerda el Papa, nace del amor interno y externo de Dios y nos presenta para este DOMUND 2006 el icono del buen Samaritano como una forma de concretizar lo que significa experimentar que Dios nos ama, que Él es amor y que nosotros no podemos más que entrar en esa dinámica propia de Dios: amar, ser amados, ser amor.

Con la palabra, con las acciones, con su vida entera, Jesús nos comunica el cariño fraternal y paternal de Dios a cada uno y por nuestro medio a todos los seres de la tierra. Sus parábolas son uno de esos medios que usó el Hijo del carpintero, y el ejemplo del Buen Samaritano es una muestra excelente del movimiento de la caridad de Dios y de aquellos que aceptan ser sus verdaderos amigos. Leamos con atención esta parábola.

EL BUEN SAMARITANO:
ICONO DE AMOR MISIONERO
(Lc 10, 25-31)

Texto y contexto Nuestra parábola se encuentra en la sección del evangelio de Lucas denominada “el viaje” (9, 51-19, 46), que comienza con el envío de mensajeros por parte de Jesús a una aldea de Samaria, por la que han de pasar. Al llegar a la aldea, los mensajeros son rechazados. Santiago y Juan piden a Jesús que caiga un rayo y los aniquile. Jesús se niega a ello y se marchan a otra aldea. Esta escena prepara al lector para mostrar a un Jesús que no se deja llevar por convencionalismos ni revanchas, al poner de protagonista de la parábola precisamente a un miembro del colectivo que rechaza, por ser judíos, a los enviados de Jesús que se dirigen con él a Jerusalén.

Las enseñanzas que Jesús va impartiendo durante su viaje a Jerusalén se hacen, con esta parábola, más públicas.

Un experto en la ley cuestiona abiertamente la autoridad que Jesús presenta como maestro y este acto produce una declaración puesta en los labios del mismo representante del Judaísmo sobre dos mandamientos unificados en uno que serían la base para obtener la vida eterna.

INICIO Y FINALIDAD

Si comparamos este texto inicial con Mc 12, 28-34 y Mt 22, 34-40, esta declaración tiene una finalidad más bien práctica que teológica y es hecha primariamente y de forma algo artificial por el segundo mandamiento la su exposición en la parábola que le sigue. Las dos preguntas de Jesús al jurista no tienen por finalidad hacer una investigación erudita, sino llevarlo a la práctica del amor en el realismo de un mundo que grita pidiendo solidaridad y justicia. En el acto de responder y cuestionar al experto judío, Jesús se está manifestando como verdadero maestro sin necesidad de teoretizar sobre algo que está urgiendo a una práctica. Jesús quiere llevar a “un hombre de saber” a convertirse en “un hombre de práctica”.

Es extraño que el magistrado pregunte sobre algo que todos saben. El centro de la ley antigua son los mandamientos, entregados a Dios por Moisés. Los judíos rezaban mañana y tarde en el servicio sinagogal una oración que se denominaba Shemac (Dt 6, 4-9). El prójimo, sin embargo, no aparece en esta oración judía. Pero el jurista, previendo que, si no lo incluía, Jesús podría hacerlo evidente, añade: “y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo”. Este judío sabía bastante bien que para ganarse la vida eterna basta con cumplir los mandamientos que miran a Dios y al prójimo. El contraste entre el planteamiento del magistrado y el de Jesús es grande. Jesús habla del reinado de Dios en la tierra, lo que exige un compromiso inmediato y concreto de amor al prójimo. El experto judío quiere espiritualizar la problemática tratando de la vida futura.

DE LA TEORÍA A LA PRÁCTICA

Pero es este hombre judío que da pie a nuestra grandiosa parábola. El magistrado hace dos preguntas. Con la primera —sobre la vida eterna— quiere saber lo que Jesús sabe; con la segunda —sobre el prójimo— pretende, al parecer, ser reconocido por Jesús como maestro. Jesús, decíamos antes, quiere conducirlo del saber al terreno de la práctica: haz eso y vivirás. Debe convertirse de sujeto competente en sujeto amante, pero el jurista no quiere amar. Por eso insiste: Y ¿quién es mi prójimo? Había acuerdo en que los prójimos, según los judíos, eran los compatriotas, incluidos los prosélitos; pero no se estaba de acuerdo en quiénes no lo eran. Lo que se está pidiendo a Jesús no es tanto la definición del concepto de “prójimo”, sino que diga dónde se encuentran los límites del deber del amor.

Veamos entonces qué es lo que Jesús responde para el experto de entonces como para cada uno de nosotros ahora.

Los límites de espacio no nos permiten ahondar en tantos elementos bíblicos de gran significado pero intentamos, dentro de nuestras capacidades, presentar el mensaje central que brota de la lectura responsable del texto en cuanto tal.1

ESTILO CUIDADO Y PROVOCANTE

La parábola presenta un estilo bien cuidado con diversas estructuras lingüísticas pasadas en el simbolismo de los números tres y siete. Tres son las acciones de los bandidos para con el hombre (lo asaltan, lo desnudan y golpean); tres, los personajes que desfilan ante el herido, etc. Recordamos que el número tres indica lo completo y definitivo en la Biblia. Siete son las acciones que realiza el samaritano para con el malherido, siete son también los personajes del relato, si tenemos en cuenta que el posadero sustituye al samaritano en su ausencia y es prácticamente un desdoblamiento del personaje que desempeña éste. Sabemos que en la Biblia el número siete indica un período pleno y completo.

El marco en que se inserta la parábola está muy elaborado. En cada relato (10, 25-28 y 10, 29-37) hay una pregunta del magistrado, una contrapregunta de Jesús, una respuesta del magistrado y una invitación de Jesús.

La acción de los personajes se describe
en forma de escalera descendente:
Un hombre bajaba
De Jerusalén…
Lo asaltaron
Y se marcharon
Así con el sacerdote, el clérigo y
el samaritano.

INTERPRETACIÓN GENERAL

Al final de la misión de los Setenta y Dos se nos presenta la relación Padre e Hijo abierta a los discípulos (vv.21-24). Ahora, a este amor que desciende del cielo a la tierra, responde de la tierra el amor de los hijos y de los hermanos que se alza hasta el cielo. Inicia el Reino del Padre, la herencia de la vida sobre la tierra, que vemos y escuchamos en el Hijo (vv.23s). Aquí está contemporáneamente el “sí” de Dios al hombre y del hombre
a Dios.2

Jesús viaja a Jerusalén y en el camino interactúa con tres grupos: la multitud amorfa, los discípulos disponibles y los adversarios observadores y cada vez más hostiles. Jesús se había apenas dirigido a sus discípulos con una bendición sumamente reveladora de la realidad y voluntad de Dios (10, 21-24), e inmediatamente es confrontado por un legista (10, 25). No es sorprendente encontrar un magistrado “poniendo a prueba” al Nazareno, ya que antes (7, 29-30) se nos había instruido cómo reconocer en los maestros de la ley a aquellos que rechazan a los profetas y a la voluntad de Dios.

En los otros sinópticos Jesús había sido cuestionado sobre el “mandamiento más grande” y responde citando como el más importante a Deut 6, 5 sobre el amor indiviso a Dios y en segundo lugar Lev 19, 18 sobre el amor al prójimo (Mc 12, 28-34; Mt 22, 34-40). La versión lucana es diferente en varios aspectos. En lugar de presentar un mandamiento como primero y otro como segundo, los combina en un solo mandamiento unificado de tal forma que “el amor al prójimo” tiene la misma fuerza que el “amor a Dios”. En lugar de dar una opinión teórica, como veíamos anteriormente, Jesús insiste en una práctica “haz esto y vivirás”. El debate no se lleva a cabo en Jerusalén sino en la peligrosa Samaria. Y, por último, la cuestión “quién es mi semejante” (v.29) es retomada por Jesús (v.30) y regresada a su oponente en una de las más bellas parábolas del evangelio (10, 30-35).

Esta parábola está hecha para provocar. La violencia que recibe el viajero judío es descrita con fuerza: es despojado de su ropa, golpeado sin piedad y dejado medio muerto. No es una narración sentimental. Todavía más chocante resulta el reconocer que aquellos judíos dedicados a la santidad delante del Señor permitieron consideraciones de seguridad personal o incluso preocupaciones de purificación ritual para justificar el ni siquiera cruzar el camino para ver más de cerca. Ellos “pasan de largo”. Si amar al prójimo tenía algún significado sería “atender a los tuyos”. Pero a ellos no les importa. Otro elemento provocador es el descubrimiento que el samaritano despreciado, él mismo en gran peligro en territorio enemigo, se arriesga a detenerse, mirar de cerca y (aumentando su propia vulnerabilidad) monta al herido en su propia cabalgadura. Es el odiado enemigo quien resulta el héroe con un corazón humano. El samaritano que no respeta la ley, cumple lo que está prescrito. El sacerdote y el levita que la respeta, no la cumplen.3

Jesús pone el mundo al revés. Y esto resulta totalmente inaceptable para un oyente judío que, al escuchar la parábola, no tiene más remedio que identificarse con el malherido y aceptar que sea precisamente un enemigo suyo tradicional quien lo salva, o rechazar la historia por irreal. La narración hace saltar los esquemas: la salvación viene de fuera de las fronteras aceptadas; más aún, acaba con las fronteras.

Más impresiona todavía el uso que Jesús le da a la parábola. Lo que aprendemos no es quién merece ser atendido, sino más bien la obligación a ser una persona que trata a todos los que encuentra con compasión: “ve y haz lo mismo”. Jesús, insisto, no clarifica un elemento de la ley sino que convierte la ley en evangelio. Mientras el jurista pregunta por el objeto del amor (¿quién es mi prójimo?), Jesús pregunta por el sujeto (¿Cuál de estos tres se hizo prójimo del que cayó en manos de los bandidos?). ¡Tenemos que tomar los mismos riesgos con nuestras vidas y posesiones como hizo el samaritano!

CONCLUSIÓN

El mandamiento del amor es el hilo conductor del Antiguo Testamento y del Nuevo. Define la verdad del ser humano en su relación con Dios, con los demás, con lo creado y consigo mismo (Dt 6, 4ss; Lv 19, 18). La muerte producida por el pecado es la incapacidad de amar. El hombre, así como ha sido hecho por amor, es hecho para amar y si no ama, muere. La novedad, decíamos, está en que su mandamiento no es más una ley, sino evangelio.

Compartir con todos es de estricta justicia, es mandamiento, dada la igual condición
de todos los hombres, pero los que pertenecen al Reinado de Dios han superado aquellos viejos cánones y sustituyen la justicia como patrón del comportamiento humano, por el amor al prójimo —incluso cuando es enemigo— como único y decisivo mandamiento. Amar a todos es la respuesta del que se sabe profundamente amado de Dios y que desborda, también en abundancia, el amor a todo aquél que está cerca y a todo aquél que está lejos, de cualquier raza y pueblo, de cualquier color e idioma. Si es amor que viene de Dios, entonces no podrá ser jamás “contenido” por ningún límite o frontera de un corazón, de un pueblo, de un país o de un Continente. Jesús nos está invitando, con insistencia, a dar y darnos sin límite hasta quedarnos sin nada.

El corazón del discípulo de Jesús no conoce fronteras y esto define la esencia de nuestra misionariedad. Por eso es que todos somos misioneros, porque habiendo recibido la salvación, el amor redentor de Dios Padre, por medio del Hijo en el Espíritu, nos convertimos en dadores de su abundancia hasta los confines de la tierra.

P. Arturo Velázquez González
Secretario Nacional de la PUM


1 Para una mejor profundización exegética puede consultarse: C.F. Evans, Saint Luke, SCM Press, London, 1990
2 Cfr. Una comunitá legge il Vangelo di Luca II, Edizioni Dehoniane Bologna, 1988
3 Cfr. Daniel J. Harrington, S.J., Editor, The Gospel of Luke, The Liturgical Press, Collegeville, Minesota, 1991

Ir a la página anterior
Ir a la página siguiente