TEMA
II
COMO
EL BUEN SAMARITANO
Ser
misionero es ser como el Buen Samaritano
Ser
misionero es atender, como el buen Samaritano, las necesidades de todos,
especialmente de los más pobres y necesitados, porque quien ama
con el corazón de Cristo no busca el propio interés, sino
únicamente la gloria del Padre y el bien del prójimo.
Este es el secreto de la fecundidad apostólica de la acción
misionera, que supera las fronteras y las culturas, llega a los pueblos
y se difunde hasta los confines extremos del mundo
S.S.
Benedicto XVI, DOMUND 2006
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DIOS
ES AMOR
Siguiendo
las huellas de Jesús podemos comprender rápidamente
que Él, enviado por su Padre, no detiene nunca el movimiento
iniciado en el interior mismo de la Divinidad única y múltiple,
movimiento que revienta cada partícula de su
propia naturaleza para acercarse y asemejarse a otra, para dar
lo que es a quienes son otros, a quienes son diferentes. Y esta
salida y envío desde un centro hasta otros centros, desde
un corazón a otros corazones, restituye, regenera y salva
por amor. |
Las
palabras se convierten en limitantes impresionantes al tratar de verbalizar
lo que Dios hizo y sigue haciendo entre nosotros. Por eso es que desde
nuestra pequeñez queremos acercarnos a la Palabra pronunciada
y realizada en plenitud en Jesús de Nazaret. Queremos tocar,
si es posible, el misterio que nos trajo tanto amor. Queremos, con el
Santo Padre Benedicto XVI, recibir con los brazos abiertos al Dador
mismo de la vida. Queremos dejarnos invadir por Él y reventar
como Él en el amor que brota desde las profundidades de Dios
mismo que es Comunidad de Tres y abarca a todos y a todo.
EL
AMOR DE DIOS NOS HACE MISIONEROS
La
fecundidad de la acción misionera, nos recuerda el Papa, nace
del amor interno y externo de Dios y nos presenta para este DOMUND 2006
el icono del buen Samaritano como una forma de concretizar lo que significa
experimentar que Dios nos ama, que Él es amor y que nosotros
no podemos más que entrar en esa dinámica propia de Dios:
amar, ser amados, ser amor.
Con
la palabra, con las acciones, con su vida entera, Jesús nos comunica
el cariño fraternal y paternal de Dios a cada uno y por nuestro
medio a todos los seres de la tierra. Sus parábolas son uno de
esos medios que usó el Hijo del carpintero, y el ejemplo del
Buen Samaritano es una muestra excelente del movimiento de la caridad
de Dios y de aquellos que aceptan ser sus verdaderos amigos. Leamos
con atención esta parábola.
EL
BUEN SAMARITANO:
ICONO DE AMOR MISIONERO (Lc 10, 25-31)
Texto
y contexto Nuestra parábola se encuentra en la sección
del evangelio de Lucas denominada el viaje (9, 51-19, 46),
que comienza con el envío de mensajeros por parte de Jesús
a una aldea de Samaria, por la que han de pasar. Al llegar a la aldea,
los mensajeros son rechazados. Santiago y Juan piden a Jesús
que caiga un rayo y los aniquile. Jesús se niega a ello y se
marchan a otra aldea. Esta escena prepara al lector para mostrar a un
Jesús que no se deja llevar por convencionalismos ni revanchas,
al poner de protagonista de la parábola precisamente a un miembro
del colectivo que rechaza, por ser judíos, a los enviados de
Jesús que se dirigen con él a Jerusalén.
Las
enseñanzas que Jesús va impartiendo durante su viaje a
Jerusalén se hacen, con esta parábola, más públicas.
Un
experto en la ley cuestiona abiertamente la autoridad que Jesús
presenta como maestro y este acto produce una declaración puesta
en los labios del mismo representante del Judaísmo sobre dos
mandamientos unificados en uno que serían la base para obtener
la vida eterna.
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INICIO
Y FINALIDAD
Si
comparamos este texto inicial con Mc 12, 28-34 y Mt 22, 34-40,
esta declaración tiene una finalidad más bien práctica
que teológica y es hecha primariamente y de forma algo
artificial por el segundo mandamiento la su exposición
en la parábola que le sigue. Las dos preguntas de Jesús
al jurista no tienen por finalidad hacer una investigación
erudita, sino llevarlo a la práctica del amor en el realismo
de un mundo que grita pidiendo solidaridad y justicia. En el acto
de responder y cuestionar al experto judío, Jesús
se está manifestando como verdadero maestro sin necesidad
de teoretizar sobre algo que está urgiendo a una práctica.
Jesús quiere llevar a un hombre de saber a
convertirse en un hombre de práctica. |
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Es
extraño que el magistrado pregunte sobre algo que todos saben.
El centro de la ley antigua son los mandamientos, entregados a Dios
por Moisés. Los judíos rezaban mañana y tarde en
el servicio sinagogal una oración que se denominaba Shemac (Dt
6, 4-9). El prójimo, sin embargo, no aparece en esta oración
judía. Pero el jurista, previendo que, si no lo incluía,
Jesús podría hacerlo evidente, añade: y con
toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo. Este judío
sabía bastante bien que para ganarse la vida eterna basta con
cumplir los mandamientos que miran a Dios y al prójimo. El contraste
entre el planteamiento del magistrado y el de Jesús es grande.
Jesús habla del reinado de Dios en la tierra, lo que exige un
compromiso inmediato y concreto de amor al prójimo. El experto
judío quiere espiritualizar la problemática tratando de
la vida futura.
DE
LA TEORÍA A LA PRÁCTICA
Pero
es este hombre judío que da pie a nuestra grandiosa parábola.
El magistrado hace dos preguntas. Con la primera sobre la vida
eterna quiere saber lo que Jesús sabe; con la segunda sobre
el prójimo pretende, al parecer, ser reconocido por Jesús
como maestro. Jesús, decíamos antes, quiere conducirlo
del saber al terreno de la práctica: haz eso y vivirás.
Debe convertirse de sujeto competente en sujeto amante, pero el jurista
no quiere amar. Por eso insiste: Y ¿quién es mi prójimo?
Había acuerdo en que los prójimos, según los judíos,
eran los compatriotas, incluidos los prosélitos; pero no se estaba
de acuerdo en quiénes no lo eran. Lo que se está pidiendo
a Jesús no es tanto la definición del concepto de prójimo,
sino que diga dónde se encuentran los límites del deber
del amor.
Veamos
entonces qué es lo que Jesús responde para el experto
de entonces como para cada uno de nosotros ahora.
Los
límites de espacio no nos permiten ahondar en tantos elementos
bíblicos de gran significado pero intentamos, dentro de nuestras
capacidades, presentar el mensaje central que brota de la lectura responsable
del texto en cuanto tal.1
ESTILO
CUIDADO Y PROVOCANTE
La
parábola presenta un estilo bien cuidado con diversas estructuras
lingüísticas pasadas en el simbolismo de los números
tres y siete. Tres son las acciones de los bandidos para con el hombre
(lo asaltan, lo desnudan y golpean); tres, los personajes que desfilan
ante el herido, etc. Recordamos que el número tres indica lo
completo y definitivo en la Biblia. Siete son las acciones que realiza
el samaritano para con el malherido, siete son también los personajes
del relato, si tenemos en cuenta que el posadero sustituye al samaritano
en su ausencia y es prácticamente un desdoblamiento del personaje
que desempeña éste. Sabemos que en la Biblia el número
siete indica un período pleno y completo.
El
marco en que se inserta la parábola está muy elaborado.
En cada relato (10, 25-28 y 10, 29-37) hay una pregunta del magistrado,
una contrapregunta de Jesús, una respuesta del magistrado y una
invitación de Jesús.
La
acción de los personajes se describe
en forma de escalera descendente:
Un hombre bajaba
De Jerusalén
Lo asaltaron
Y se marcharon
Así con el sacerdote, el clérigo y
el samaritano.
INTERPRETACIÓN
GENERAL
Al
final de la misión de los Setenta y Dos se nos presenta la relación
Padre e Hijo abierta a los discípulos (vv.21-24). Ahora, a este
amor que desciende del cielo a la tierra, responde de la tierra el amor
de los hijos y de los hermanos que se alza hasta el cielo. Inicia el
Reino del Padre, la herencia de la vida sobre la tierra, que vemos y
escuchamos en el Hijo (vv.23s). Aquí está contemporáneamente
el sí de Dios al hombre y del hombre
a Dios.2
Jesús
viaja a Jerusalén y en el camino interactúa con tres grupos:
la multitud amorfa, los discípulos disponibles y los adversarios
observadores y cada vez más hostiles. Jesús se había
apenas dirigido a sus discípulos con una bendición sumamente
reveladora de la realidad y voluntad de Dios (10, 21-24), e inmediatamente
es confrontado por un legista (10, 25). No es sorprendente encontrar
un magistrado poniendo a prueba al Nazareno, ya que antes
(7, 29-30) se nos había instruido cómo reconocer en los
maestros de la ley a aquellos que rechazan a los profetas y a la voluntad
de Dios.
En
los otros sinópticos Jesús había sido cuestionado
sobre el mandamiento más grande y responde citando
como el más importante a Deut 6, 5 sobre el amor indiviso a Dios
y en segundo lugar Lev 19, 18 sobre el amor al prójimo (Mc 12,
28-34; Mt 22, 34-40). La versión lucana es diferente en varios
aspectos. En lugar de presentar un mandamiento como primero y otro como
segundo, los combina en un solo mandamiento unificado de tal forma que
el amor al prójimo tiene la misma fuerza que el amor
a Dios. En lugar de dar una opinión teórica, como
veíamos anteriormente, Jesús insiste en una práctica
haz esto y vivirás. El debate no se lleva a cabo
en Jerusalén sino en la peligrosa Samaria. Y, por último,
la cuestión quién es mi semejante (v.29) es
retomada por Jesús (v.30) y regresada a su oponente en una de
las más bellas parábolas del evangelio (10, 30-35).
Esta
parábola está hecha para provocar. La violencia que recibe
el viajero judío es descrita con fuerza: es despojado de su ropa,
golpeado sin piedad y dejado medio muerto. No es una narración
sentimental. Todavía más chocante resulta el reconocer
que aquellos judíos dedicados a la santidad delante del Señor
permitieron consideraciones de seguridad personal o incluso preocupaciones
de purificación ritual para justificar el ni siquiera cruzar
el camino para ver más de cerca. Ellos pasan de largo.
Si amar al prójimo tenía algún significado sería
atender a los tuyos. Pero a ellos no les importa. Otro elemento
provocador es el descubrimiento que el samaritano despreciado, él
mismo en gran peligro en territorio enemigo, se arriesga a detenerse,
mirar de cerca y (aumentando su propia vulnerabilidad) monta al herido
en su propia cabalgadura. Es el odiado enemigo quien resulta el héroe
con un corazón humano. El samaritano que no respeta la ley, cumple
lo que está prescrito. El sacerdote y el levita que la respeta,
no la cumplen.3
Jesús
pone el mundo al revés. Y esto resulta totalmente inaceptable
para un oyente judío que, al escuchar la parábola, no
tiene más remedio que identificarse con el malherido y aceptar
que sea precisamente un enemigo suyo tradicional quien lo salva, o rechazar
la historia por irreal. La narración hace saltar los esquemas:
la salvación viene de fuera de las fronteras aceptadas; más
aún, acaba con las fronteras.
Más
impresiona todavía el uso que Jesús le da a la parábola.
Lo que aprendemos no es quién merece ser atendido, sino más
bien la obligación a ser una persona que trata a todos los que
encuentra con compasión: ve y haz lo mismo. Jesús,
insisto, no clarifica un elemento de la ley sino que convierte la ley
en evangelio. Mientras el jurista pregunta por el objeto del amor (¿quién
es mi prójimo?), Jesús pregunta por el sujeto (¿Cuál
de estos tres se hizo prójimo del que cayó en manos de
los bandidos?). ¡Tenemos que tomar los mismos riesgos con nuestras
vidas y posesiones como hizo el samaritano!
CONCLUSIÓN
El
mandamiento del amor es el hilo conductor del Antiguo Testamento y del
Nuevo. Define la verdad del ser humano en su relación con Dios,
con los demás, con lo creado y consigo mismo (Dt 6, 4ss; Lv 19,
18). La muerte producida por el pecado es la incapacidad de amar. El
hombre, así como ha sido hecho por amor, es hecho para amar y
si no ama, muere. La novedad, decíamos, está en que su
mandamiento no es más una ley, sino evangelio.
Compartir
con todos es de estricta justicia, es mandamiento, dada la igual condición
de todos los hombres, pero los que pertenecen al Reinado de Dios han
superado aquellos viejos cánones y sustituyen la justicia como
patrón del comportamiento humano, por el amor al prójimo
incluso cuando es enemigo como único y decisivo mandamiento.
Amar a todos es la respuesta del que se sabe profundamente amado de
Dios y que desborda, también en abundancia, el amor a todo aquél
que está cerca y a todo aquél que está lejos, de
cualquier raza y pueblo, de cualquier color e idioma. Si es amor que
viene de Dios, entonces no podrá ser jamás contenido
por ningún límite o frontera de un corazón, de
un pueblo, de un país o de un Continente. Jesús nos está
invitando, con insistencia, a dar y darnos sin límite hasta quedarnos
sin nada.
El
corazón del discípulo de Jesús no conoce fronteras
y esto define la esencia de nuestra misionariedad. Por eso es que todos
somos misioneros, porque habiendo recibido la salvación, el amor
redentor de Dios Padre, por medio del Hijo en el Espíritu, nos
convertimos en dadores de su abundancia hasta los confines de la tierra.
P.
Arturo Velázquez González
Secretario Nacional de la PUM
1
Para una mejor profundización exegética puede consultarse:
C.F. Evans, Saint Luke, SCM Press, London, 1990
2
Cfr. Una comunitá legge il Vangelo di Luca II, Edizioni Dehoniane
Bologna, 1988
3
Cfr. Daniel J. Harrington, S.J., Editor, The Gospel of Luke, The Liturgical
Press, Collegeville, Minesota, 1991