TEMA
III
DISCIPULADO:
A LA ESCUCHA PERMANENTE
DE DIOS Y SUS DESIGNIOS,
UNA ESCUCHA BÍBLICA
|
El
título de esta ponencia es realmente sugestivo y a la vez
programático. Sugestivo porque desde que se lo escucha
produce gozo en el corazón, programático porque
se convierte en el proyecto de vida para un discípulo. |
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1.
INTRODUCCIÓN
Antes
de continuar conviene definir los términos que componen el título
de la ponencia. En primer lugar, por discípulo (math.t.s) entendemos
en general a un escolar que está en relación con un maestro
para ser instruido por él; pero en los evangelios con este término
se hace referencia al pequeño grupo de discípulos que
siguen a Jesús1.
En este caso, se trata de un número reducido de personas, que
hasta pueden caber todos dentro de una barca (Mc 6, 45-52), o hacer
reuniones en una casa (7, 17; 9, 28)2.
En sentido más restringido, discípulo es el que se adhiere
a una doctrina y vive conforme a ella. En este sentido ya los profetas
tenían sus discípulos, así como los fariseos (ellos
tenían talmidim a quienes instruían en la Escritura
y en las tradiciones de los padres: MC 2, 18; Mt 22, 16) y Juan Bautista
(Mt 9, 14; 11, 2; Jn 1, 35). En los hechos de los Apóstoles son
discípulos todos los que abrazan la fe de Jesús, de tal
manera que discípulo viene a ser lo mismo que cristiano (Act
6, 1; 9, 19).
Los
invito para que profundicemos un poco más en la raíz hebrea
del término discípulo: el sentido fundamental de la raíz
hebrea lmd es el de hacer experiencia o adquirir familiaridad
con alguna cosa3.
No solamente desde el punto de vista intelectual, sino que el conocimiento
y el aprendizaje implican una experiencia existencial de toda la persona.
Es familiarizarse con la propuesta de vida que viene comunicada. El
discípulo de la Toráh, no solo la estudia y la examina,
sino que al mismo tiempo la observa y la pone en práctica.
Todo
maestro en Israel dependía de la Toráh que lo precedía
y lo guiaba a una experiencia vital con ella. Para él, la vía
de la sabiduría comenzaba desde la fe, es decir, desde la acogida
alegre y vivida de la Toráh.
Para
poder tener esta experiencia de la Palabra de Dios que llevaba a escuchar
al Dios de la Palabra, es que surge el Shemá: escucha,
oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno.
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con
toda tu alma y con toda tu fuerza. Y estas palabras que yo te mando
hoy, estarán sobre tu corazón; y diligentemente las enseñarás
a tus hijos, y hablarás de
ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando
te acuestes y cuando te levantes. Y las atarás como una señal
a tu mano, y serán por insignias entre tus ojos. Y las escribirás
en los postes de tu casa y en tus puertas (Dt 6, 4-9).
Todo
Israel, es decir, cada hebreo en particular, es interpelado para que
escuche. Todos los creyentes hebreos deben, entonces, escuchar las palabras
del Shemá, aprenderlas de memoria, hacer de ellas norma
(camino) de vida y comunicarlas a sus descendientes.
1.1
ADÁN-EVA
La
primera vez que aparece en la Biblia el verbo escuchar (Shemá)
es en el libro del Génesis y en un contexto muy particular: y
oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba en el huerto al fresco
del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia
del Señor Dios entre los árboles del huerto (Gn 3,
8). Casualmente se trata en un contexto, donde nuestros primeros padres
no fueron capaces de escuchar (obedecer) la voz primera del Señor:
de todo árbol del huerto podrás comer, pero del árbol
del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día
que de él comas, ciertamente morirás (Gn 2, 16). Desoír
la voz de Dios causa tristeza y angustia, que desemboca en un esconderse
de Dios. Lo cual es contrario al plan de salvación. Dios creó
al hombre a imagen y semejanza para que entrara continuamente en contacto
con él, para que hubiera una relación de amistad. Cuando
el hombre desobedece a Dios, busca escondederos por todos lados: ante
el terror del Señor los hombres se esconderán entre las
rocas (Is 2,19). Los primeros padres disciernen la voz del Señor
que los interroga dentro de sus corazones por sus acciones.
1.2
LOS PATRIARCAS
Los
patriarcas escuchan la voz de Dios desde la experiencia de vida, en
medio de sus dificultades cotidianas, en los conflictos familiares,
en los conflictos tribales, con los pueblos vecinos. Tal vez no fue
nada fácil para Abraham atender a la voz de Dios cuando le pide
que sacrifique a su Hijo, al unigénito, al que más quiere,
a Isaac. Pero después de cumplir con todos los preparativos del
caso para el sacrificio, Dios no sólo le vuelve a hablar, sino
que por haber escuchado su voz, le revela todos sus designios para con
la humanidad entera: y en tu simiente serán bendecidas todas
las naciones de la tierra, porque tú has obedecido mi voz
(Gn 22, 18; 26, 5).
Una
de las claves con que se puede leer el libro Génesis es a partir
de la experiencia de José: ahora pues, no os entristezcáis
ni os pese por haberme vendido aquí; pues para preservar vidas
me envió Dios delante de vosotros (Gn 45, 5). José
escucha dentro de su corazón la voz de Dios que lo invita a la
reconciliación con sus hermanos y es allí donde se desencadena
un hondo discernimiento de su propia historia, para descubrir que detrás
de todo estaba el designio amoroso de Dios para con su familia. Si no
hubiera sido así, el pueblo hubiera perecido de hambre, pero
el Dios de la vida quiso salvarlos de esa manera4.
Saber escuchar, obedecer, leer los designios de Dios y comunicarlos
a la gente, no es fácil, pero esta es la tarea y la razón
de ser del discípulo. Dios actúa siempre con el concurso
de los hombres, Dios por sí solo no trabaja, no crea, no organiza,
no pone orden a la vida del hombre. Por esta razón el hombre
tendrá que estar dispuesto a la escucha de Dios que puede hablar
de distintas maneras, tendrá que entrenarse en el discernimiento
que por lo general lo hace con el concurso de la humanidad, y finalmente
a la acción para llevar el mensaje a los mismos hombres.
2.
LOS DISCÍPULOS DE DIOS
2.1
MOISÉS
Entre
todos los maestros de Israel sobresale la figura de Moisés, que
enseña a su pueblo la Toráh en nombre de Dios; a su vez
los israelitas enseñan a sus hijos en una cadena ininterrumpida
que se constituye en tradición viva del pueblo de Dios. Moisés
no tiene discípulos particulares, sino que todo Israel es su
discípulo. Por tanto, todos los maestros en Israel se deben poner
a la escuela de Moisés, pero ninguno podía abrogarse el
título de maestro como Moisés. La más grande ambición
de un maestro era desaparecer para que resplandeciera la enseñanza
de Moisés.
Moisés
aprendía de Dios, con el cual hablaba cara a cara (Dt 34, 10).
El único maestro es el Señor, pero Él viene al
encuentro de cada discípulo por medio de la enseñanza
de Moisés.
Moisés
se encuentra con Dios en el Sinaí, lo escucha
entiende
que tiene una misión: dar a conocer la voluntad de Dios para
un pueblo que sufre
es en la intimidad del Sinaí donde
puede escuchar la voz de Dios y empezar a descubrir sus designios, pues
antes quería liberar al pueblo con sus propias fuerzas, con la
violencia, matando a un egipcio. Dios le hace ver que su proyecto es
distinto, pero primero tiene que escuchar y discernir lo que Dios le
comunica.
La
figura que se contrapone aquí a Moisés es la del Faraón
de Egipto, de él se dice que su corazón se endurece para
no escuchar la voz de Dios (Ex 7, 13). En la antigüedad el rey
era quien tenía la máxima comunicación con la divinidad,
a él se le revelaban los secretos divinos para con la humanidad.
Pero en el caso de Faraón de Egipto, es todo lo contrario. Dios
se vale del joven para que le revele los designios de Dios para con
su pueblo al Faraón, éste no escucha la voz de Dios, y
sobrevienen sobre él y sobre su pueblo todos los castigos divinos.
Me
llama la atención en Moisés, que él es capaz de
llevar a todo el pueblo a que escuche y discierna la voz de Dios. No
sólo comunicando un mensaje, sino que el pueblo lo experimentó
cuando Dios intervino con ellos sacándolos de la esclavitud.
Este es el hecho fundante de la historia de Israel e incluso de la concepción
de la creación del mundo. El concepto de creación nace
aquí, cuando el pueblo experimenta la acción de Dios.
Porque en la Biblia una y otra vez se necesita un Dios que haga, no
un Dios que sólo diga, no un Dios teórico, sino práctico.
Esto se vive repitiendo continuamente sobre todo en los salmos
¿qué Dios hace las maravillas que hace nuestro Dios?
(Sal 73, 13).
 |
Una
vez que el pueblo pasa a ser discípulo de Dios, tendrá
que escucharlo y obedecerle, pero no pocas veces se dice que el
pueblo es de dura servidumbre y que cae fácilmente en el
desaliento; y por tanto, no escucha la voz de Moisés incurriendo
en la misma actitud de Faraón (Ex 6, 9). |
Una manera de obedecer plenamente a Dios es acatando las leyes, si se
observan, el pueblo se gana la bendición de Dios: y sucederá
que si obedeces diligentemente al Señor tu Dios, cuidando de
cumplir todos sus mandamientos que yo te mando hoy, el Señor
tu Dios te pondrá en alto sobre todas las naciones de la tierra.
Y todas estas bendiciones vendrán sobre ti y te alcanzarán,
si obedeces al Señor tu Dios (Dt 28, 1-2).
2.2
SAMUEL
Ahora
pensemos en Samuel, otro discípulo de Dios (1 Sam 1, 1-2, 11).
Ana es una mujer estéril y por su puesto, una mujer que sufre,
que es rechazada. En medio de su angustia clama al Señor
y el Señor la escucha en su oración, de tal manera que
el Sacerdote Elí, le dice que vaya a su casa, porque el Señor
la ha escuchado. En el diálogo de Ana con Yahvéh, ella
escucha en su interior la voz de Dios que la invita a que ofrezca al
Señor el fruto de sus entrañas, si nace varón.
Todas las cosas ocurren de una manera perfecta y el relato lo deja notar.
Ana lleva a su hijo, lo presenta al sacerdote Elí, quien lo acoge
como su ayudante en el Templo. Un día Dios quiere confirmar aquello
que hacen los hombres. Es decir, Dios quiere aprobar el deseo y la intención
de Ana, lo que se le había sugerido en la oración. Entonces
llama al niño Samuel para su servicio.
Seguramente
muchas veces hemos meditado este relato de vocación, que resulta
ser paradigmático en la Biblia. El niño está durmiendo,
cuando empieza el llamado de Dios. El autor sagrado está listo
para decirnos que por aquél tiempo era rara la Palabra de Dios
y no eran corrientes las visiones (1 Sam 3,1). Con esta información
está insinuando que se debía tener un oído afinado
para poder escuchar la voz de Dios; de lo contrario, Dios podría
hablar, pero el hombre no escuchar. Por otra parte, se insinúa
que se esperaba con ansia la Palabra, como el centinela a la aurora,
pero que era rara la Palabra de Yahvéh. Si esto es así,
entonces aquí va suceder algo extraordinario. Con Dios siempre
suceden cosas extraordinarias, nada con Dios es ordinario o superfluo.
Parece
ser que en la oscuridad de la noche, es cuando Dios comienza la llamada
a Samuel, el texto dice que tanto Elí como Samuel ya estaban
acostados. Estar acostado es signo de alejamiento de la cotidianidad,
del trabajo, de aquello que se hace diariamente, lejos del mundo, para
poder conciliar el sueño. Es el mejor momento para reflexionar,
entrar dentro de sí y repasar no solo la jornada, sino la vida.
En este contexto ocurren las tres llamadas de Dios al niño Samuel.
En los tres casos la llamada necesita ser discernida. El niño
Samuel comienza a escuchar una voz que no le era conocida, ni familiar
a sus oídos. La confunde inmediatamente con la voz de su maestro
habitual que era Elí. Sin embargo, el malentendido se evidencia
inmediatamente: yo no te he llamado (1 Sam 3, 5). Esta situación
se repite tres veces, hasta que finalmente Elí descubre que es
el Señor quien está llamando al niño. Es decir,
el que tendría que haber entendido desde el principio, o aun
más, haber escuchado la voz de Dios, por ser el sacerdote del
Santuario, ahora tiene trabajo para discernir lo que está pasando
entre el joven Samuel y Dios.
El
niño escucha, pero no entiende, tiene que afinar el oído
y dejarse ayudar del sacerdote Elí. Esto ocurre muchas veces
en nuestra vida, cuando escuchamos la voz de Dios pero necesitamos de
alguien que nos ayude a verificar, que en primer lugar es Dios quien
nos llama, y en segundo lugar, qué quiere de nosotros
Muchos
Elís, en nuestra vida.
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El
autor sagrado hace un paréntesis en medio de las tres llamadas
para decirnos que aún no conocía Samuel a Yahvéh,
pues aún no le había sido revelada la palabra de
Yahvéh (1 Sam 3, 7). A Dios se le conoce por su palabra,
cuando se presta el oído para escucharla. La primera actitud
para poder conocer a Dios, es poder escucharlo. Por eso la Biblia
insiste siempre en la escucha como fuente de conocimiento, muy
distinto del mundo griego, y del mundo latino. Entre los hebreos
algo es verdad y se constituye en elemento de veracidad porque
se escuchó, para los griegos, algo es cierto porque se
vio; y para los romanos algo es cierto porque se palpó
o se contempló. Esta es la clave para entender más
adelante el mensaje del evangelio que se proclama en la primera
carta del apóstol San Juan: lo que hemos oído,
lo que hemos visto, lo que hemos palpado, esto os lo anunciamos
(1 Jn 1, 1.3). |
|
En
coherencia con esta sentencia anterior, el niño Samuel tiene
la gracia y el don de empezar a conocer a Dios. Pero la escucha está
en el primer puesto como es lógico. Por esta razón Elí
le dice: vete y acuéstate y si te llaman dirás: habla
Señor que tu siervo escucha. Elí, quien ha ayudado
al discernimiento del joven Samuel, sabe perfectamente que la manera
de poder entrar en contacto con Dios es por medio de la escucha5.
A veces es un poco contrario a nuestra manera de dialogar con Dios.
Muchas veces invertimos los papeles y decimos más bien: escucha
Señor que tu siervo habla. Dios se manifiesta entonces en el
silencio de la noche, cuando el corazón del hombre está
dispuesto para la escucha. Así lo hizo con Elías desde
el monte Horeb, fue en el sonido del silencio de una brisa suave cuando
Dios habla al profeta (1 Re 19, 13).
Yahvéh
llama por cuarta vez como las veces anteriores pero el joven Samuel
ya capta que es la voz de Yahvéh y responde con la misma fórmula
que le ha enseñado Elí: habla, Señor que tu
siervo escucha. E inmediatamente se produce la cosa más hermosa:
Dios revela a Samuel todos sus designios, todo lo que pretende hacer.
Así actúa Dios: ya lo había hecho con Abraham,
cuando le cuenta que va a destruir las ciudades de Sodoma y Gomorra:
y el Señor dijo: ¿Ocultaré a Abraham lo que
voy a hacer, puesto que ciertamente Abraham llegará a ser una
nación grande y poderosa, y en él serán benditas
todas las naciones de la tierra? Porque yo lo he escogido para que mande
a sus hijos y a su casa después de él que guarden el camino
del Señor, haciendo justicia y juicio, para que el Señor
cumpla en Abraham todo lo que Él ha dicho acerca de él
(Gn 18, 17).
Aquí
a Samuel Dios le revela todo, paso por paso de lo que pretende hacer:
voy a ejecutar una cosa en Israel que a todo el que la oiga le zumbarán
los oídos. Nuevamente se habla de la escucha de las obras
del Señor como medio para conocerlo a Él. El Señor
revela a Samuel cuanto pretende hacer en contra de la Casa de Elí.
Lo
más hermoso es ver que aquí se dan todos los elementos
que venimos trabajando en esta ponencia: La voz de Dios, la escucha
del hombre, el discernimiento por parte de quien escucha, con la ayuda
de otro hombre más experimentado en el contacto con Dios. La
revelación del designio de Dios, y finalmente el anuncio; la
proclamación. El Señor envía a Samuel con el mensaje:
Tú le anunciarás (1 Sam 3, 13).
Samuel
sigue acostado hasta el día siguiente cuando tendrá que
anunciar a Elí, no solamente lo sucedido, sino el mensaje de
Dios, su designio para con su casa. El texto sugiere un discernimiento
posterior, durante la noche, del mensaje que Dios le ha dado al niño
Samuel para ser manifestado a Elí. El texto dice que Samuel manifestó
todo, sin ocultarle nada. Es decir, la voluntad de Dios ya es conocida
en su totalidad por Elí, gracias a Samuel, que llegó a
ser verdadero discípulo de Dios.
Lo
más sorprendente de este pasaje es la conclusión general:
Samuel crecía, Yahvéh estaba con él y no dejó
caer en tierra ninguna de sus palabras (1 Sam 3, 19). La expresión
califica a Samuel como un verdadero discípulo que ha sabido escuchar
a Dios, disponer su corazón para la escucha y transmitir fielmente
el designio de Dios para sus destinatarios. No dejar caer por tierra
ninguna de las palabras de Yahvéh es una expresión muy
diciente. Más adelante Jesús de Nazaret irá a decir:
cielo y tierra pasarán mas mis palabras no pasarán
(Mt 24, 35; MC 13, 31; Lc 16, 17; 21, 33). El Apóstol Pablo dirá
no hago nula la gracia que viene Dios (Gal 2, 21).
El
profeta Samuel supo acoger la totalidad del mensaje de Dios... Como
lo va a hacer Jesús más adelante en el N.T. (Volveremos
más adelante sobre este argumento). Samuel tuvo que luchar contra
la desobediencia de su rey Saúl, tratando de volverlo al camino
del Señor. No haber escuchado ni obedecido a Dios le costó
a Saúl la corona del reino (1 Sam 13,13-14). Son muy dicientes
las palabras de Samuel a Saúl: y Samuel dijo: ¿Se complace
el Señor tanto en holocaustos y sacrificios como en la obediencia
a la voz del Señor? He aquí, el obedecer
es mejor que un sacrificio, y el prestar atención, que la grosura
de los carneros. Porque la rebelión es como pecado de adivinación,
y la desobediencia, como iniquidad e idolatría. Por cuanto has
desechado la palabra del Señor, Él también te ha
desechado para que no seas rey (1 Sam 15, 22-23). La Biblia nos
regala ejemplos de quienes no han querido ser discípulos de Dios,
sobre todo cuando presenta la fidelidad e infidelidad de los reyes durante
el desarrollo de la monarquía en Israel (1 Re)6.
2.3
ISAÍAS
Recordemos
entonces, que la particularidad del discípulo con respecto al
Maestro es la escucha; Moisés escucha a Dios, pero es Isaías
quien mejor nos va a mostrar esta relación íntima, de
tal modo que nos ayuda incluso a vislumbrar perfectamente nuestro tema
en estudio: el Señor Dios me ha dado lengua de discípulo,
para que yo sepa sostener con una palabra al fatigado. Mañana
tras mañana me despierta, despierta mi oído para escuchar
como los discípulos. El Señor Dios me ha abierto el oído;
y no fui desobediente, ni me volví atrás (Is 50, 4-5).
En
este texto podemos ver perfectamente cuál es el designio de Dios
para con el hombre por medio de su discípulo: sostener con
una palabra al fatigado. Aquí encontramos una mina inexhausta
para meditar nuestro tema, cuál es la relación del discípulo
con Dios. El Señor es quien llama y proporciona los medios para
la misión. Él es el que da lengua de discípulo:
es la actitud de disponibilidad para aprender. Tal aprendizaje no es
posible si no se despierta el oído para la escucha, en la experiencia
del profeta es Dios mismo quien dispone el oído para la escucha
de la palabra. El discípulo escucha permanentemente: mañana
tras mañana. En otras palabras, el discípulo está
vigilante para la escucha y con expectación de palabra: como
el alma espera al Señor, como el centinela a la aurora (Sal 130,
6).
El
Señor abre el oído pero se necesita la colaboración
y disponibilidad del discípulo, escuchar: significa obediencia
y perseverancia para ejercer el discipulado. No volverse atrás
significa dar una respuesta firme y decidida, y con desprendimiento.
La actitud de volverse atrás implica rechazar la llamada al discipulado:
tal fue la actitud del rico en el evangelio, e inmediatamente de él
se dice que se alejó triste porque tenía muchos bienes
(MC 10, 22).
Encontramos
en este pasaje de Isaías también, los elementos de la
escucha: prestar atención permanente con el oído, luego
discernir lo escuchado y finalmente actuar. Hay muchas voces que pululan
en el mundo, el discípulo de Dios tendrá que saber discernir
cuál es la voz de Dios y poder descubrir sus designios a fin
de poder ponerlos en práctica.
Isaías
sabe que la misión es ardua, que su palabra puede ser escuchada
o rechazada, por tanto su confianza la debe poner sólo en Dios
quien lo ha enviado: y Él dijo: Ve, y di a este pueblo: Escuchad
bien, pero no entendáis; mirad bien, pero no comprendáis.
Haz insensible el corazón de este pueblo, endurece sus oídos,
y nubla sus ojos, no sea que vea con sus ojos, y oiga con sus oídos,
y entienda con su corazón, y se arrepienta y sea curado (Is
6, 8-10)7.
Esta confianza en Dios la tendrá que proclamar a su pueblo, pues
es en la escucha cuando Dios revela sus planes: inclinad vuestro
oído y venid a mí, escuchad y vivirá vuestra alma;
y haré con vosotros un pacto eterno, conforme a las fieles misericordias
mostradas a David (Is 55, 3; cf. 50, 10).
2.4
JEREMÍAS
Otro
ejemplo paradigmático del discípulo que escucha a Dios
para descubrir sus designios es sin duda el profeta Jeremías:
y vino a mí la palabra del Señor, diciendo: Antes que
yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras,
te consagré, te puse por profeta a las naciones. Entonces dije:
¡Ah, Señor Dios! He aquí, no sé hablar, porque
soy joven. Pero el Señor me dijo: No digas: Soy joven,
porque a dondequiera que te envíe, irás, y todo lo que
te mande, dirás. No tengas temor ante ellos, porque contigo estoy
para librarte declara el Señor. Entonces extendió
el Señor su mano y tocó mi boca. Y el Señor me
dijo: He aquí, he puesto mis palabras en tu boca. Mira, hoy te
he dado autoridad sobre las naciones y sobre los reinos, para arrancar
y para derribar, para destruir y para derrocar, para edificar y para
plantar (Jr 1, 4-10)8
El
texto nos manda a los más remotos orígenes cuando Dios
omnisciente conoce la historia de la humanidad y sus proyectos de salvación.
El profeta es conocido por Dios, antes de que se tejiera en el seno
materno, desde allí ya estaba puesto aparte para ser su discípulo-profeta
(lo cual prueba que la bendición es palabra eficaz de salvación,
cf. Ef 1, 3b).
No
es fácil entender y comprender la misión pues el mismo
profeta lo reconoce y pone la objeción de la edad. Para Dios
no hay nada imposible dentro de sus planes. El envío misionero
aquí se hace evidente, pero en medio de todas las adversidades
y conflictos, el Señor le asegura su presencia.
|
Inmediatamente
viene a la mente el envío misionero por parte de Jesús
a sus discípulos después de la resurrección
en el monte de Galilea: Id por todas partes
yo estaré
con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt
28, 16-20). Y por otro lado, la presencia del Espíritu
durante las tribulaciones de los enviados con las palabras justas:
y cuando os lleven y os entreguen, no os preocupéis
de antemano por lo que vais a decir, sino que lo que os sea dado
en aquella hora, eso hablad; porque no sois vosotros los que habláis,
sino el Espíritu Santo (MC 13, 11). |
|
En
la autoridad que le da Dios a Jeremías se expresan perfectamente
sus designios para con el profeta y para con su pueblo (1, 10). Más
adelante Dios le revelará como a un amigo, su plan en contra
del enemigo de la época, que es Babilonia: por tanto, oíd
el plan que el Señor ha trazado contra Babilonia, y los designios
que ha decretado contra la tierra de los caldeos; ciertamente los arrastrarán,
aun a los más pequeños del rebaño; ciertamente
a causa de ellos hará una desolación de su pastizal
(Jr 50, 45).
Lo
que más quiero resaltar de Jeremías es que él se
considera todo de Dios, no solo se pone en adelante a la escucha de
Dios, al diálogo íntimo con Él, a hacer su voluntad,
sino que se reconoce todo de Él: Señor, yo sé
que el hombre no es dueño de su destino, que no le es dado al
caminante dirigir sus propios pasos (Jr 10, 23; cf. Rom 14, 7-8
somos de Cristo
).
Jeremías
tendrá que enfrentarse a los dirigentes: reyes (21, 1-22, 8),
sacerdotes (20, 1-6; 26) y profetas (23, 9-40; 26, 29), pero también
a su propio pueblo. En medio de rechazos y adversidades va a experimentar
las vicisitudes del ministerio y las va a presentar en diálogo
al Señor en sus confesiones o plegaria ministerial
(11, 18-12, 6; 15, 10-21; 17, 14-18; 18, 18-23; 20, 7-18). Su vida célibe,
y en gran parte solitaria, anuncia la tragedia de su pueblo (16, 1-13;
15, 17). La pasión por la que atraviesa tiene como punto de interés
resaltar el rechazo de la palabra de Dios proclamada por el profeta
(36-45). Así la vida entera del profeta se convierte en palabra
viviente de Dios para su pueblo9.
Tal vez por esta razón, para Mateo se convierte en el profeta
que mejor ayuda a comprender la identidad de Jesús (cf. Mt 16,
14).
La
lista de los discípulos de Dios sería interminable, no
sólo todos los profetas, sino también las mujeres que
estuvieron atentas a la escucha y al discernimiento de los designios
de Dios, pienso en Ana, Ester, Judith, Ruth, Débora, etc. y en
general todo israelita que fue receptivo al mensaje divino. Puesto singularísimo
dentro de toda la historia de la salvación ocupa nuestra Madre,
María Santísima. Ella fue la principal oyente de la Palabra,
en contraposición a Eva que desobedeció, María
tuvo una escucha obediente; el evangelista Lucas nos comenta una cosa
que debió ser constante en María, que era su discernimiento
de la voluntad de Dios: María, por su parte, guardaba todas
estas cosas, y las meditaba en su corazón (Lc 2, 19). Gracias
a su escucha y discernimiento, Ella pudo entender los designios misteriosos
de salvación por parte de Dios para con toda la humanidad (cf.
1 Cor 2, 7).
3.
LOS DISCÍPULOS DE JESÚS
 |
No
hay duda que en el N.T. Jesús de Nazaret, no solo llama
personas para el discipulado, sino que Él mismo se convierte
en el modelo de discípulo10.
En efecto, en Él la escucha del Padre es perfecta en la
oración (MC 1, 35; 6, 46; 14, 32ss; Lc 6, 12; 9, 28; 22,
45), su discernimiento de la voluntad de Dios es permanente (sobre
todo en el Getsemaní MC 14, 32-42), su obediencia es hasta
la cruz (Fil 2, 8), y su proclamación del mensaje nos trajo
la vida. |
Jesús
fue obediente en todo al Padre, porque lo amaba. De hecho, Él
es consciente de que todo lo que hace, lo hace, no por su voluntad,
sino dando a conocer su voluntad: el Hijo no puede hacer nada por
su propia cuenta, sino solamente lo que ve que su Padre hace, porque
cualquier cosa que hace el Padre, la hace también el Hijo
(Jn 5, 19.30; 7, 16.28; 8, 16.26.28.38)11.
Esta misma relación de amor-obediencia la transmite a sus discípulos:
¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos
y los obedece
el que me ama obedecerá mi Palabra (cf.
Jn 14, 21-23; cf. 14, 15).
Notemos
que según el evangelio de Lucas Jesús recurre a la Escritura
para entender su vocación, cuando lee el pasaje del libro del
profeta Isaías (Lc 4, 10-19). En otras palabras, recurre a la
Palabra de Dios para descubrir los designios de Dios. La Escritura y
su pueblo le ayudaron a entender su propia vocación: el temor
se apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran
profeta ha surgido entre nosotros, y: Dios ha visitado a su pueblo.
Y este dicho que se decía de Él, se divulgó por
toda Judea y por toda la región circunvecina (7, 16-17).
Jesús
enseñó a sus seguidores a discernir la voluntad de Dios.
En efecto, cuando les pregunta si han entendido lo que habían
escuchado, y ellos contestan: Sí. Inmediatamente después,
encontramos estas palabras de Jesús: por eso todo escriba
que se ha convertido en un discípulo del reino de los cielos
es semejante al dueño de casa que saca de su tesoro cosas nuevas
y cosas viejas (Mt 13, 52). Notemos que primero aparece lo nuevo,
es decir, Jesús. En este mismo sentido San Pablo hace lo mismo
con su comunidad de Tesalónica: no apaguéis el Espíritu;
no menospreciéis las profecías. Antes bien, examinadlo
todo cuidadosamente, retened lo bueno; absteneos de toda
forma de mal (1 Tes 5, 19-22).
3.1
EL DISCIPULADO DE JESÚS SEGÚN SAN MARCOS
El
discipulado al que Jesús llama en los evangelios (y en general
en el N.T.), se enmarca dentro de los parámetros de los discípulos
de Dios en el primer Testamento, pero a la vez se distancia produciendo
la novedad del evento Cristo. Jesús comienza llamando
indistintamente parejas de hermanos (MC 1,16-20), o personas singulares
(Leví: 2, 13-14; el rico: 10, 21; el ciego de Jericó:
10, 49-50). En la óptica de los sinópticos, Jesús
constituye un grupo de doce personas con objetivos bien precisos: para
que estén con Él, para enviarlos a predicar y para expulsar
demonios (MC 3, 14). Así como en el Antiguo Testamento el discípulo
de Dios permanecía a la escucha y al discernimiento de sus designios
de la misma manera lo hará el discípulo de Jesús12.
En
efecto, la primera parábola que Jesús pronuncia en el
evangelio de Marcos es programática (parábola del sembrador
4, 3-9); en ella se vislumbra lo que le va a pasar a Jesús durante
su ministerio; la forma como Él va a ser acogido o rechazado
por las distintas personas y grupos con quienes interactuará.
Dentro de estos grupos están los discípulos y ellos también
tendrán que acoger o rechazar las enseñanzas del Maestro.
En efecto, al final en el momento de la pasión, las cosas se
complican; Judas, uno de los suyos lo traiciona y lo entrega a las autoridades,
Pedro lo niega por tres veces y el resto de los discípulos lo
abandonan definitivamente después del arresto (14, 50).
La
parábola del sembrador, o de los terrenos, comienza y termina
con la invitación a la escucha (4, 3.9). Pero después
que Jesús expone su enseñanza con la parábola,
los discípulos junto con las demás personas que estaban
presentes piden una explicación de la parábola. Jesús
responde haciendo referencia al misterio del Reino de Dios, es decir,
al designio de Dios que se da a conocer ahora para quienes lo escuchen,
y para quienes lo acojan13.
Sin embargo, la sorpresa de Jesús se da cuando los discípulos
no comprenden la parábola, porque entonces, cómo irán
a comprender de ahora en adelante, las demás parábolas.
Esto inquieta a Jesús, pues los llamó para que estuvieran
con Él a fin de recibir y entender todas sus enseñanzas
y su estilo de vida.
La
dinámica del evangelio revela, por una parte, la identidad de
Jesús, y por otra, la incomprensión de los discípulos.
Más adelante, en el primer relato de la barca ante la tempestad
calmada, los discípulos despiertan a Jesús, pues piensan
que todos van a perecer de la misma manera, es decir, ven en Jesús
una persona igual a ellos. De hecho, cuando Jesús calla al mar
y al viento, y cesa la tempestad, ellos se sorprenden y se preguntan
por Jesús: ¿Quién es Este, que hasta el viento
y el mar le obedecen? (4, 41).
Por
sólo mencionar los relatos de barca, en el segundo relato ellos
ven a Jesús como un fantasma (6, 49). El evangelista no duda
en decir, que era que su mente estaba embotada (6, 52). En el tercer
relato de la barca (8, 14-21) la incomprensión se hace evidente
cuando Jesús les habla del cuidado con la levadura de Herodes
y ellos piensan en la carencia de pan. La levadura era precisamente
el movimiento de oposición a Jesús que crecía cada
vez más. Pero ellos no entienden, y Jesús los regaña
fuertemente:¿Por qué discutís que no tenéis
pan? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Tenéis
el corazón endurecido? Teniendo ojos, ¿no veis? Y teniendo
oídos, ¿no oís? (8, 17-18). Y el pasaje termina
con una palabra de Jesús aún no entendéis
(8, 21).
La
curación del ciego de Betsaida por etapas refleja el proceso
que Jesús tiene que seguir para curar la ceguera de sus discípulos
(8, 22-26). Ellos están fallando en lo principal: en la identidad
de Jesús. Por tal motivo de ahora en adelante se tendrá
que clarificar totalmente este tema: Jesús pregunta por su identidad
(8, 27), de aquello que la gente opina y de aquello que piensan los
discípulos. Pedro responde diciendo que Jesús es el Mesías
(8, 29), pero esta respuesta es insatisfactoria. Jesús mismo
les anuncia su pasión muerte y resurrección, pero Pedro
se opone totalmente a la manera de pensar tanto de Dios como de Jesús.
Esto ocasiona a la vez la reacción de Jesús, porque el
discipulado está en crisis. El discípulo no está
escuchando al Maestro, no está siguiendo los designios de Dios
(en griego: dei 8, 31), deja su puesto de seguidor para ponerse delante
del Maestro. Jesús lo invita a ponerse en su lugar: pásate
detrás de mí (8, 33), tal como lo había llamado
en el lago de Galilea (la misma expresión en 1, 17).
Estando
así las cosas, Jesús vuelve a hacerles un nuevo llamado
a los discípulos, junto con todas las personas que quieran seguir
a Jesús: el que quiera ir detrás de mí, que
tome su cruz y que me siga (8, 34). La nueva invitación de
Jesús al seguimiento involucra el valor fundamental para el hombre
que es la vida. Quien la pierda en este mundo por Cristo y por el evangelio,
la ganará para la vida eterna (8, 35).
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Pero
será el Padre Celestial, quien muestre a los tres discípulos
la verdadera identidad de Jesús, con el evento bellísimo
de la Transfiguración (9, 2-8). Él quiere revelar
sus designios a la humanidad en la persona de Jesús. Por
tanto, después del diálogo de Jesús con Moisés
y Elías, el Padre concluye diciendo: este es mi Hijo
amado, escuchadle (9, 7)14.
Los discípulos no tendrán que escuchar más
a Moisés, ni a Elías, sino a Jesús mismo.
A Él tendrán que obedecer de ahora en adelante.
El interés de Jesús por la comprensión de
los discípulos continúa a lo largo del Evangelio,
con los dos siguientes anuncios de pasión (9, 31; 10, 33),
donde después de ellos se refleja una situación
de incomprensión mayor. Cuando Jesús entra en Jericó,
cura al ciego Bartimeo, quien lo sigue en el camino como un último
discípulo (10, 52). |
Después
de la actividad en Jerusalén (11, 12), y el discurso escatológico
(cap 13). Se produce el clímax de la incomprensión, cuando
los discípulos prometen acompañar a Jesús incluso
hasta la muerte si es necesario (14, 31). Jesús por su parte,
en medio de su miedo y angustia entra en oración en el Getsemaní,
mientras los valerosos discípulos comienzan a dormir. Jesús
les da órdenes para que vigilen y oren, pero ellos no escuchan
porque sus ojos estaban cargados de sueño. En otras palabras,
aquí los discípulos no escuchan a Jesús, y por
tanto, no lo obedecen. El evangelista Marcos nos pone en guardia, porque
el discipulado está fallando por la falta de escucha.
Jesús
vence su temor con la oración, en el contacto con el Padre, mientras
que los discípulos, por el contrario, se llenan de temor. Jesús
los invita a salir al encuentro del Traidor, y allí, en el momento
del arresto, todos lo abandonan y huyen (14, 50). Ante este panorama,
Jesús afronta solo, sin discípulos, su pasión,
muerte y resurrección. El joven que anuncia la resurrección
de Jesús a las mujeres, les da la orden de comunicar a Pedro
y a sus discípulos que Jesús los verá nuevamente
en Galilea, tal como se los había prometido (14, 28). Se trata
del tercer llamado para los discípulos, al seguimiento de Jesús.
Es después de la resurrección que ellos escucharán
al Maestro, tendrán la experiencia pascual y podrán proclamar
el evangelio.