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3.2 LAS TRES LLAMADAS PARA LOS DISCÍPULOS DE JESÚS

Concluyendo esta presentación de los discípulos en Marcos, encontramos que ocurren tres llamados para ellos, tal como vimos en el A.T., con la vocación de Samuel (1 Sam 3, 1-20). La primera llamada funda la relación con Jesús y ofrece a quien ha sido llamado la posibilidad de conocerlo por medio de una comunión de vida. Así llama a los cuatro primeros discípulos bordeando el lago de Galilea, con quienes inicia su actividad pública mostrándoles su autoridad en la enseñanza y su poder para operar milagros. Luego, agrega a Leví, cobrador de impuestos y finalmente constituye su grupo específico de doce incluyendo a Judas, el que más adelante lo entregará (cf. 1, 16-20; 2, 13-14; 3, 16-19). Con ellos inicia un proceso de instrucción, incluso en privado; de tal manera que pudieran ir comprendiendo la identidad de Jesús. En efecto, hasta la mitad del Evangelio (8, 26), ellos tienen un incipiente conocimiento de la persona de Jesús, y lo siguen pensando en la línea davídica del Mesías fuerte y poderoso (8, 29).

Pero Jesús corrige esta concepción con su primer anuncio de pasión (8, 31) y les hace el segundo llamado para que lo sigan pero con una concepción distinta de la que ellos tenían y esperaban (8, 34). Tendrán que tomar la cruz, negarse a sí mismos, pensar en perder la vida, y esta será la manera como ocurre seguir al Maestro, el cual de ahora en adelante caminará hacia su destino de muerte.

Esta segunda llamada comporta una enseñanza más cuidadosa y más frecuente para sus discípulos, incluyendo la revelación del Padre: este es mi Hijo amado, escuchadlo (9, 7). Sin embargo, pareciera que es el período más oscuro y de mayor ceguedad en la comprensión. En efecto, la finalidad de la constitución del grupo con tres actividades precisas parece haber fracasado (cf. 3, 14).

Resurrección
Se esperaba que ellos expulsaran demonios, pero después de la transfiguración se dice que no fueron capaces de expulsar a un demonio sordo y mudo, hasta que llegó Jesús y lo hizo (9, 18.25-26). Tendrían también que predicar el Evangelio pero después de que Jesús les dice que no cuenten lo de la transfiguración sino hasta después de la resurrección, ellos no entienden que después de que Jesús resucite podría continuar la historia terrena, porque pensaban en el día del juicio final (9, 10; cf. 13, 10; 14, 9; Mal 3, 22-23). Y finalmente, el tercer objetivo de la llamada era para que estuvieran con Jesús, pero esto no se cumple a partir del arresto cuando todos lo abandonan y huyen (14, 50).

Pero el evangelista no dice explícitamente que entonces Jesús fracasó escogiendo este grupo de discípulos; por el contrario, ha hecho bastante énfasis en la enseñanza y en el cuidado de Jesús para con ellos. Se trata de un itinerario que llegará a su punto máximo en la tercera llamada, es decir, después de la resurrección de Jesús (16,8). Es allí donde los discípulos podrán comprender todo y seguir al Resucitado ofreciendo ahora sí hasta sus propias vidas. Aquí ya no hay necesidad de las frecuentes apariciones de Jesús, pues ellos tendrán que escuchar a las mujeres y seguir a Jesús en Galilea, es decir, en la cotidianeidad de sus vidas15.

Jesús no puede darnos un don más grande que el de la comunión con Él, nos llama a seguirlo, a compartir todo con Él, a estar con Él. El regalo más precioso que Él ofrece a sus seguidores es el discipulado mismo, la comunión personal con Él. Todo tipo de comunión terrena se concluye con la muerte, pero la comunión terrena con Jesús está destinada a ser comunión infinita y eterna con el Señor Resucitado, en la gloria del Padre.

Si bien es cierto, los discípulos han sido presentados como obtusos para entender las enseñanzas de Jesús, y en muchas otras partes como torpes para captar la identidad del Maestro, ahora son rescatados. Con esta manera de presentar el discipulado, el evangelista está dando un doble mensaje. En primer lugar, Jesús llama a seres humanos con todas sus debilidades y valores, no se trata de una clase privilegiada, ni desde el punto de vista social, ni tampoco desde el punto de vista moral. Son personas del común del pueblo, llamadas a experimentar una nueva vida con Jesús y a desarrollar más adelante una misión sublime. Tal como hacía Dios con los personajes del Primer Testamento.

En otras palabras, Jesús nos llama a ser discípulos suyos sin importar nuestras categorías humanas porque en definitiva Dios trabaja con lo que somos y con lo que tenemos. En segundo lugar, muy probablemente el evangelista propone al lector un comportamiento distinto al que han tenido los discípulos a lo largo de la narración del Evangelio. Como si en continuación se estuviera dirigiendo al lector para decirle, por favor no siga el ejemplo de los discípulos, esté atento para captar lo más rápido posible la identidad de Jesús y sus enseñanzas, para que se convierta en un verdadero discípulo del Hijo de Dios.

San Marcos traza un itinerario de discipulado que hace eco en la vida de cada uno de nosotros que seguimos al Señor de una o de otra manera, y en cada una de las circunstancias de nuestra vida. También en nosotros suceden varios llamados a lo largo de las etapas de nuestra vida. Estos llamados ocurren en la medida en que vamos comprendiendo cada vez mejor la persona de Jesús de Nazaret. Es decir, el seguimiento de Jesús es todo un proceso que se va dando por etapas en la medida en que sepamos también interpretar los acontecimientos de nuestra vida y los signos de los tiempos.

Para poder responder al llamado del Señor, necesitamos tener ojos abiertos, mentes lúcidas, corazones misericordiosos, ser orantes perseverantes, tener actitud de niños, servidores incondicionales, dispuestos a tomar la cruz y a perder la propia vida, etc. En una palabra, desde nuestra propia condición humana el Señor nos llama a ser sus discípulos y a hacer nuevos discípulos en su nombre.

Es importante aprender del comportamiento de los discípulos: El discípulo que no escucha a Jesús, termina oponiéndose a Él y en definitiva a los designios de Dios (Mc 8, 31.33). No hay discipulado, sin seguimiento y sin renuncia de la persona misma del discípulo. El discípulo no puede tener más que una actitud de escucha, de obediencia, de discernimiento de los designios de Dios para poder luego anunciar el evangelio. Jesús subrayó la dependencia del discípulo con respecto al Maestro: un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo (Mt 10, 24).

Los discípulos de Jesús son redimidos después de la resurrección, ellos seguirán al Maestro y serán capaces de entregar sus vidas por Él y por el evangelio (8, 35). Es la etapa que se desarrolla ampliamente en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Allí la dinámica del discipulado se repite. Citamos solamente un ejemplo. Ante el discurso kerigmático de Pedro a la multitud después de Pentecostés, los oyentes dijeron a Pedro y a los demás Apóstoles “¿Qué hemos de hacer, hermanos? (Hch 2, 37). Inmediatamente Pedro, al ver que la multitud escuchó y estaba dispuesta a obedecer, les revela los designios de Dios: arrepentíos y sed bautizados cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para tantos como el Señor nuestro Dios llame16.

Así como observábamos para el Antiguo Testamento, la lista de los discípulos y discípulas de Jesús sería interminable. No sólo habría que tener en cuenta las multitudes compuesta por toda clase de personas, sino también las mujeres que lo siguen y le sirven. Muchos son de verdad los discípulos de Jesús que nos presentan los evangelios. Pensemos en la suegra de Simón; Martha y María, las hermanas de Lázaro; María Magdalena, la samaritana, etc. De todas ellas destaco a María Magdalena, que se ha convertido en un paradigma de discípula, la mujer del pecado, de las lágrimas y del gozo del evangelio (cf. Lc 7, 36ss; 8, 2; 24, 10; Jn 19, 25; 20, 1.11ss).

Qué decir de coloso Pablo de Tarso, que escucha la voz del Maestro camino de Damasco, la discierne en el desierto de Arabia, corrobora su discernimiento con la enseñanza de Pedro y Bernabé, interpreta los designios salvíficos de Dios para con los gentiles y se pone al servicio de la misión, hasta perder totalmente su vida por Cristo y por el evangelio17. Se haría infinita la lista si continuamos con los discípulos de los discípulos que nos muestra la Sagrada Escritura como modelos de escucha de la Palabra: el ministro de la Reina de Candace (Hch 8, 26ss); Lidia de Filipo (Hch 16,14ss); Apolo de Alejandría (Hch 18, 24-25); Tito (Tit 1 ,4); etc.18

4. CONCLUSIÓN

Nos hemos movido libremente por la Sagrada Escritura para captar la dinámica del discipulado con relación a Dios y a Jesús de Nazaret. En ella no dejamos de percibir la función preeminente y la acción del Espíritu Santo en el discípulo. Nos hemos detenido en el análisis de la escucha por parte del discípulo a su Maestro, ya sea Dios, la Toráh, o Jesús de Nazaret. Contemplamos cómo Dios revela sus secretos más íntimos a quien se dispone con un oído dócil a la escucha, y luego asegura su presencia permanente en la misión. Misión que se desarrolla teniendo en cuenta el mismo proceso dinámico del discipulado de Dios y de Jesús. Recordemos las palabras de Jesús: lo que os digo en la noche, decidlo en pleno día y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea (Mt 10, 27).

Hemos visto también cómo el discipulado nace de una llamada inicial, que en el plan de Dios ocurre antes de ser engendrados en el seno materno, pero que en la vida del discípulo se da por etapas en la cotidianidad. La llamada de Dios viene clarificada, no sólo al descubrir sus designios, sino con la ayuda de otras personas suscitadas por Dios para clarificarla totalmente. La llamada se da entonces mediante un proceso que a fin de cuentas involucra toda la vida del hombre. Pero es en la medida en que escuchamos (como María ante el Maestro Lc 10,39; como Lidia ante las palabras de Pablo Hch 16, 14), conocemos y obedecemos a Dios, que despierta en nosotros no sólo el amor por Él, sino el afán de darlo a conocer a todas las naciones: todo el que viene a mí y oye mis palabras y las pone en práctica, es semejante a un hombre que al edificar una casa, cavó hondo y echó cimiento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el torrente rompió contra aquella casa, pero no pudo moverla porque había sido bien construida (Lc 6, 49; cf. 10, 24).

El Señor sigue necesitando de discípulos, no sólo porque la mies es mucha y los obreros pocos (Lc 10, 2), sino porque Él quiere entrar en nuestro corazón: he aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo (Ap 3, 20).

5. APLICACIONES PARA LA MISIÓN

La práctica de la Lectio Divina ha puesto en primer plano esta dimensión espiritual de la escucha. Todo el proceso que conduce de la lectura a la meditación, de ésta a la oración, y de la oración a la contemplación, acontece bajo la guía del Espíritu, que es el verdadero maestro interior. Esto significa que la escucha del discípulo no es un acto cerrado sobre sí mismo, sino una apertura al Espíritu, que recuerda y actualiza. Gracias a esta escucha de la Palabra en el Espíritu, el discípulo descubre que ésta es luz en las situaciones cambiantes de la vida19.

Nosotros, por el bautismo, hemos recibido el Espíritu Santo, por tanto, habita en nosotros el poder de Jesús resucitado. Gracias al Espíritu Santo, nosotros somos misioneros. El Concilio Vaticano II pedía a todos los pastores: “auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, los múltiples lenguajes de nuestro tiempo y valorarlos a la luz de la Palabra divina, a fin de que la verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada en forma más adecuada” (GS, I, IV, 44). Esto se puede aplicar al discípulo de hoy.

En la medida en que un discípulo se abra al conocimiento de Dios se produce en él un crecimiento espiritual, que es lo que llamamos santificación (Rom 12, 1-2; Ef 4, 22-24). El crecimiento espiritual es el proceso en el cual, la perspectiva de Dios sobre la vida se convierte cada vez más en la perspectiva del creyente.


Como misioneros tendremos que seguir el ejemplo de la fidelidad y de la paciencia de Dios para con su pueblo: “Yo voy a seducirla, la llevaré al desierto y hablaré a su corazón” (Os 2, 16). Jesús también tiene necesidad de ser escuchado: el que a vosotros escucha, a mí me escucha, y el que a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y el que a mí me rechaza, rechaza al que me envió. En seguida, ante el informe misionero de los 72 discípulos, en aquella misma hora Él se regocijó mucho en el Espíritu Santo, y dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios y a inteligentes, y las revelaste a niños (Lc 10, 21ss).

Hablar al corazón de los oyentes, es decir, al centro decisorio, que involucra todas las facetas de la interioridad de la persona, como lo hacía Jesús: no ardía nuestro corazón cuando estaba con nosotros, cuando nos hablaba en el camino, cómo abría para nosotros la Escritura (Lc 24, 32).

El envío misionero de Jesús a sus discípulos se entiende a la luz de lo que hemos reflexionado sobre el verbo LMD en hebreo. Enseñad (sed maestros); lo que yo os he enseñado (como discípulos)… a guardar todo lo que os he mandado: algunos traducen enseñándoles a obedecer: pero guardar significa el discernimiento y el conocimiento de la persona en ese diálogo: Yo conozco a una persona cuando he interactuado de corazón a corazón con ella, de otra manera no es posible. El amigo se abre en la medida en que sepa que yo quiero conocerlo.

Jesús presenta la misión del “apóstol”, es decir, del “enviado” a anunciar el Reino, acudiendo a comparaciones tomadas de oficios de su tiempo. El “apóstol”: a) es “pescador de hombres” para sacar a éstos del dominio del pecado y hacerlos partícipes del Reino de Dios (MC 1, 17); b) es “jornalero” de una cosecha abundante que, por ser de Dios y fecunda, urge recogerla antes del tiempo final (Mt 9, 38), y c) es “pastor” de un rebaño desorientado y cansado, llamado a ofrecer –por lo mismo– la sabiduría y la vida que es Jesucristo (9, 36). El discípulo de Jesús es apóstol o misionero, o no es nada, porque lo propio del encuentro con Jesucristo vivo es que se transforma en un llamado a la misión. La naturaleza del discipulado es la misión.

Jesús asegura su presencia continua, porque Él es el Emmanuel (1, 23), yo estaré con vosotros… (tal como Yahvéh aseguró la presencia a Moisés en el A.T. para la misión, Ex 3, 11-12, esta fue la experiencia de Israel). No podemos discipular, mientras nosotros no tengamos la conciencia de discípulos20, entonces sí podemos anunciar el evangelio; porque los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de los discípulos de Cristo son los mismos que los que experimenta el pueblo de Dios (GS, 1). No podemos invertir los papeles, no podemos bautizar, sin antes haber hecho discípulos para Cristo21.

La figura que mejor define el discipulado es “vivir en amistad con Jesús”. Jesús emplea el término «amigo» (phílos) en contraposición a «siervo» (doúlos) para definir al sarmiento que permanece en él (Jn 15, 14-15). La amistad se construye con base en el conocimiento mutuo y en obediencia a Jesús (15, 14). Jesús, hermeneuta del Padre, da a conocer a su sarmiento todo lo que oyó de él: Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre. Toda la amistad está incluida en el discipulado. Es incluso allí donde la misma amistad tiene sentido.

Lo que en los evangelios sinópticos se llama “apostolado” en el evangelio de Juan se llama “testimonio”, y el testimonio se da mediante las obras. Jesús ha realizado «unas obras que ningún otro ha hecho» (Jn 15, 24). La obra de Jesús es la misma obra que realiza su Padre, signo evidente de que «el Padre está en mí y yo en el Padre» (10, 37). La misma lógica evangélica se aplica a la relación de Jesús con sus discípulos. Los discípulos son enviados a realizar las mismas obras de Jesús y éste es el testimonio para el mundo de que Jesús está en ellos y los discípulos en Jesús.

Dicho de otro modo: «Ser cristiano y ser misionero son dos términos que se reclaman mutuamente». A la luz de lo dicho, nuestra acción pastoral debe plantearse y ser evaluada por su capacidad de llevar al encuentro con Jesús y de acompañar el proceso íntegro de discipulado en la Iglesia, comunidad de los discípulos. Del encuentro con Jesús brota la misión de la Iglesia que, sin ser del mundo, debe proclamar en el mundo y para el mundo a Jesucristo, «rostro humano de Dios y rostro divino del hombre» (Ecc in Am, nº 67).

No tengo presente, me parece que es Paul Tillich, quien afirmaba que: la fe es tener el valor de aceptar la aceptación incondicional de Dios. Si yo logro comunicar al otro que Dios me acepta y me quiere, el otro quiere acercarse a tener la misma experiencia. El evangelio no se impone, sino que se expone. Cuando nos ven humanos, la gente se acerca porque entonces nos encontramos de tú a tú… Porque el discípulo transpira el amor a la palabra y al Dios de la palabra. Asimilar para transpirar. El hombre bueno de su interior saca cosas buenas, el malo, saca cosas malas (Mt 12, 35).

El discípulo-maestro de Jesús tiene un reto enorme, porque se le presenta un doble desafío: el misterio de la palabra de Dios, que desborda los límites humanos. El otro misterio, que es el de cada uno de las personas. Mucho aprendemos de Jesús de Nazaret, cuando fue a su patria; ante el rechazo de sus paisanos no se enoja, sino que se sorprende, hace pocos milagros y se va a otro lugar… siempre hay un misterio que nos desborda. Nosotros no podemos más que sorprendernos ante el misterio de la palabra.

El Seguimiento de Jesús es el seguimiento del Señor, por tanto, el discipulado implica la trascendencia que trae consecuencias para la misma fe del creyente. Es tan serio el seguimiento de Jesús, que al ser igual a la fe, invita a la acción pastoral para promover el discipulado, pues éste se convierte en una propedéutica para que el hombre escuche al Señor, entre en la comunidad donde se vive el amor, y por ese camino, el del amor, invite y evangelice. Esto implica hacer pasar a los destinatarios del mensaje del catolicismo sociológico (que se origina en la tradición y en la costumbre), a un catolicismo que se origina en la palabra escuchada, aceptada por la fe y vivida en la caridad dentro de la comunidad.

EXCURSUS

1. ALGUNAS PÍLDORAS BÍBLICAS
QUE NOS HACEN PENSAR EN LA MISIÓN

Ez 2, 2-5:2 El espíritu entró en mí como se me había dicho y me hizo tenerme en pie; y oí al que me hablaba. 3 Me dijo: «Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, a la nación de los rebeldes, que se han rebelado contra mí. Ellos y sus padres me han sido contumaces hasta este mismo día. 4 Los hijos tienen la cabeza dura y el corazón empedernido; hacia ellos te envío para decirles: Así dice el señor Yahvéh.5 Y ellos, escuchen o no escuchen, ya que son una casa de rebeldía, sabrán que hay un profeta en medio de ellos”. A un jugador de football le pedían tantos goles durante la temporada para ser asumidos… Dios sólo nos pide que estemos allí, que hagamos presencia…

MC 4, 35: “Este día, al atardecer, les dice: «Pasemos a la otra orilla»” Después de las parábolas del reino… Pasar de mi orilla a la del otro, de mi territorio, pueblo a otro… pasar por el mar en medio de la tempestad…

Ef 3,8: “A mí, el menor de todos los santos, me fue concedida esta gracia: la de anunciar a los gentiles la inescrutable riqueza de Cristo”. Nunca caer en la soberbia… en la enfermedad del Yo… María hablaba de su pequeñez…

SALMO 29: PARA ENTENDER LA DINÁMICA DE LA PALABRA DE DIOS
EN EL OYENTE

Psalm 29: Salmo. De David. ¡Rendid a Yahvéh, hijos de Dios, rendid a Yahvéh gloria y poder! 2 Rendid a Yahvéh la gloria de su nombre, postraos ante Yahvéh en esplendor sagrado. 3 Voz de Yahvéh sobre las aguas; el Dios de gloria truena, ¡es Yahvéh, sobre las muchas aguas! 4 Voz de Yahvéh con fuerza, voz de Yahvéh con majestad. 5 Voz de Yahvéh que desgaja los cedros, Yahvéh desgaja los cedros del Líbano, 6 hace brincar como un novillo al Líbano, y al Sarión como cría de búfalo. 7 Voz de Yahvéh que afila llamaradas. 8 Voz de Yahvéh, que sacude el desierto, sacude Yahvéh el desierto de Cadés. 9 Voz de Yahvéh, que estremece las encinas, y las selvas descuaja, mientras todo en su Templo dice: ¡Gloria! 10 Yahvéh se sentó para el diluvio, Yahvéh se sienta como rey eterno. 11 Yahvéh da el poder a su pueblo, Yahvéh bendice a su pueblo con la paz.

Es uno de los textos más antiguos de la Sagrada Escritura. Algunos lo ubican en torno al año 1200 a.C., un poco exagerado. No era un salmo bíblico, sino cananeo. Son imágenes primitivas, por el vocabulario, ritmo, colorido de las mismas imágenes. Su título originario debía ser a Baal Hadad, al Señor de la Tormenta. Seguramente era una oración de campesinos al dios Baal para pedir la lluvia, Baal tenía su esposa Astarté. El orante hace una rogatoria para sus cultivos, porque de allí depende la economía familiar, en definitiva, la vida.

Desde los versículos 3 a 9ª, se repite siete veces la expresión: voz de Yahvéh. (Qol Adonai). Qol, puede ser voz, trueno, etc. Es onomatopéyica, es una voz que imita un sonido. Son siete truenos que van escuchando cada vez la voz de Dios. Hay una tormenta narrada con siete truenos, pero al mismo tiempo éstos son leídos como siete manifestaciones de Dios. Palabra creadora. No es un Baal, del ciclo de la naturaleza, sino un Dios de la historia.

Lo que se le da a Dios, Dios se lo da al pueblo. Una liturgia es provocada por una escucha, luego el pueblo entra en sintonía con lo divino de modo tan estrecho, el culto del cielo se vuelve el culto de la tierra, no solo alabanza, sino que capacita al pueblo para la transformación y en especial para la paz.

En el centro de este salmo hay una teología de la Palabra, que no es sistemática. Cinco elementos de la teología de la palabra que se reflejan aquí:

Primer elemento: Dios habla por medio de la naturaleza, el primer lenguaje de Dios es la creación. Hay un cambio con relación a la teología cananea, todo habla de Dios, pero eso no es Dios. Para el orante es suficiente un trueno para entrar en contacto con Dios. San Juan de la cruz, está enamorado de Dios y lo ve en todas partes, especialmente en la naturaleza, en todo ve la relación con Dios.

Segundo elemento: la palabra de Dios es procesual: Enzo Bianchi, dice, por algo son siete truenos, no se puede captar la Palabra de Dios de una vez, es una síntesis en miniatura para entender algo de Dios. La entiende quien persevera en la escucha, quien sabe hacer procesos.

Tercer elemento: la palabra de Dios tiene poder, la manifestación de Dios se hace capacitación del hombre, me da poder de… es palabra creadora.

Cuarto elemento: la palabra de Dios genera vida. La parte central es un parto. Toda experiencia de la palabra genera un parto. Ojo, en el desierto, la antítesis no puede ser mayor. En el desierto donde no se produce vida, allí se produce vida. La pregunta para cada uno de nosotros sería ¿qué nacimiento nuevo provocó en mí cada palabra de Dios que meditamos? Todo salmo nos está transmitiendo una experiencia cambiante del orante.

Quinto elemento, la palabra de Dios suscita respuesta orante y comprometida. No hay duda que la respuesta a la Palabra de Dios es la oración.

PBRO. HUGO ORLANDO MARTÍNEZ


1 P. NEPPER-CHRISTENSEN, math.t.s en DENT, II, col. 115.
2 cf. S. PANIMOLLE, Apostolo Discepolo Missione, en Dizionario di Spiritualità Bíblico Patristica, vol. IV, Roma 1993.
3 En hebreo el verbo que caracteriza al maestro por su enseñanza es LAMAD. Pero es mejor decir, que Lamad, no significa sólo enseñar, sino también aprender. Porque curiosamente en la forma intensiva limmed, resulta enseñar. La misma raíz no distingue entre
aprender y enseñar. El verdadero maestro es uno que también aprende, el verdadero discípulo, en fin es capaz de enseñar. Esta actividad pedagógica se tendrá que llevar a cabo, hasta que se cumpla lo dicho por el profeta en un futuro paradisíaco: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que adoctrinar más el uno a su prójimo y el otro a su hermano, diciendo: «Conoced a Yahvéh», pues todos ellos me conocerán del más chico al más grande —oráculo de Yahvéh— cuando perdone su culpa, y de su pecado no vuelva a acordarme (Jr 31, 33-34).
4 Recordemos la historia de aquél hombre que se cortó la mitad del dedo de su mano, renegaba continuamente por esto, hasta que un día su amigo le dijo, mira: si Dios permitió esto será por algo, Él quiere protegerte de algo peor… pero a él le costaba trabajo creer esto. Hasta que un día resolvió hacer un viaje al África y lo cogieron las tribus caníbales, entonces lo cogieron, lo amarraron para el sacrifico a Dios y ellos poder comer su carne. Cuando vino el sacerdote de la tribu, vio que le faltaba la mitad de un dedo y dijo: no, este hombre no sirve para ofrecerlo a Dios, porque es imperfecto, le falta la mitad del dedo; y entonces lo dejaron libre. Cuando se encontró con su amigo le ofrecía mil disculpas por no haber creído a sus palabras.
5 Escuchar es obedecer; en efecto, en el segundo libro de Samuel se dice: los extranjeros me fingen obediencia, al oírme, me obedecen (2 Sam 22, 45). Para Job, el oído es el que entiende: He aquí que todo esto han visto mis ojos, lo ha escuchado y entendido mi oído (Job 13, 1; cf. 15, 8).
6 Samuel unge también a David, pero Dios se vale de Natán para revelarle su pecado, el que cometió con Betsabé y Urías (2 Sam 12, 1-12).
7 La misma situación sucederá con Ezequiel: y ellos, escuchen o dejen de escuchar, porque son una casa rebelde, sabrán que un profeta ha estado entre ellos (Ez 2, 5; 3, 7.10.27). La situación de destierro de Ezequiel es precisamente para opacar su voz: lo pusieron en una jaula con garfios y lo llevaron al rey de Babilonia; lo llevaron enjaulado para que no se oyera más su voz en los montes de Israel (Ez 19, 9). Pero él nunca pudo callar la voz del Señor: además me dijo: Hijo de hombre, recibe en tu corazón todas mis palabras que yo te hablo, y escúchalas atentamente (3, 10); Hijo de hombre, te he puesto por centinela de la casa de Israel; cuando oigas la palabra de mi boca, adviérteles de mi parte (3, 17). Finalmente Dios le revela todos sus planes: y el hombre me dijo: Hijo de hombre, mira con tus ojos, oye con tus oídos y presta atención a todo lo que te voy a mostrar; porque para mostrártelo has sido traído aquí. Declara todo lo que ves a la casa de Israel (40,4; cf. Dn 9,14; Miq 5,15; Mal 2,2).
8 El santo padre Pablo VI categórico afirmó que “toda vida es vocación”; “al sentido vital de una persona lo podemos llamar vocación” y, toda vocación es católica, universal, misionera, sea cual fuere luego su realización, porque toda vocación participa del misterio de la vocación de Jesús (Citado por J. D. CUESTA, “En defensa de la vocación personal”, en Diakonia XXVI (2002) pp. 4-17 (esp. p. 5). Cf. T. RADCLIFFE, Os llamo amigos. Entrevista con Guillaume Goubert, Biblioteca Dominicana 38 (San Esteban, Salamanca 2001) p. 26, quien cree profundamente en la idea de vocación; y asegura: “Creo que todos los seres humanos son llamados por Dios. No es tanto una llamada a hacer algo cuanto una llamada a ser. En la Biblia se puede ver que los temas de la creación y la llamada están estrechamente unidos. Las cosas existen porque Dios las ha llamado por su nombre. ‘El Señor me llamó, desde el vientre de mi madre, él pronunció mi nombre’ (Is 49, 1). Estamos convocados a la plenitud de la vida”.
9 Cf. JUNCO, C., Palabra sin Fronteras, México 2002, p. 374
10 URTADO, L., “Following Jesus in the Gospel of Mark – and Beyond” en Patterns of discipleship in the New Testament, Grand Rapids, Michigan/Cambridge, U.K., 1996, p. 27
11 Jesús en su vida se preocupó por interpretar la voluntad de Dios, esto es lo que insinúa el pasaje de la pérdida y encuentro en el templo. ¿Por qué no se encontró a Jesús entre los sacerdotes del sacrificio o entre el grupo de los cantores? Porque los grandes rabinos entre sus enseñanzas y su teología buscaban entender la voluntad de Dios.
12 En los relatos de vocación queda claro que Jesús impuso a sus discípulos condiciones de extrema radicalidad. La más importante de todas fue, sin duda, la ruptura con la casa. Dejar las redes, abandonar al padre, dejar la barca (Mc 1,16-20), levantarse del mostrador de impuestos (Mc 2, 14), vender las propiedades (Mc 10, 17-22), o vivir sin domicilio fijo y dejar de enterrar al propio padre (Lc 9, 57-60 par.), son actitudes que apuntan en una misma dirección: la ruptura con la casa. Esta ruptura existencial era muy importante en el mundo de Jesús, porque la casa y la familia eran el grupo básico de referencia, que confería identidad al individuo y le otorgaba un puesto en la sociedad. Los discípulos más cercanos son invitados a abandonar esta referencia y sustituirla por otra nueva, el grupo de los discípulos, que en los evangelios se describe a veces como una “nueva familia” (Mc 3, 31-35; 10, 28-30). En ella los discípulos adoptan un nuevo estilo de vida, cuya referencia es el estilo de vida de Jesús. Los evangelios han conservado algunos rasgos característicos de dicho estilo de vida, que provocaban el escándalo y el rechazo de sus contemporáneos: el conflicto con su propia familia (Mc 3, 20-21.31-35); su itinerancia, sin domicilio fijo (Lc 9, 58 par.), sus comidas con los publicanos y pecadores (Mc 2, 15-17), su actitud irrespetuosa hacia algunas normas y prácticas religiosas, como la observancia del ayuno (Mc 2, 18-20), del descanso sabático (Mc 2, 23-28), o de ciertas normas de pureza ritual (Mc 7, 1-15). Este estilo de vida, que Marcos ha recogido en forma narrativa, aparece también en la tradición de los dichos, en la que encontramos algunos de los insultos que sus adversarios dirigían a Jesús a propósito de estos comportamientos (Mt 10, 25; Lc 7, 34 par; Mt 19, 12). Los evangelios muestran también cómo los discípulos más cercanos actuaban del mismo modo. Llevaban una vida itinerante detrás de él (Mc 1,18. 20; 2,14); le acompañaban en sus comidas con los publicanos y pecadores (Mc 2, 15); y transgredían como él las normas judías sobre ciertas prácticas religiosas (Mc 2, 18.3-24; Mc 7, 2. 5). Esta forma de actuar suscitaba con frecuencia reacciones negativas. Las colecciones de controversias, como la que encontramos al comienzo del evangelio de Marcos (Mc 2, 1-3,6) recogen algunas de estas reacciones que situaban a los discípulos en una posición socialmente incómoda. En este contexto se comprenden bien las palabras de Jesús que invitan a poner toda la confianza en Dios (Lc 12, 22-34 par). Esta nota es tomada de S. Guijarro, El discipulado en los evangelios, V encuentro de Pastoral Bíblica, Panamá 11-15 de Julio de 2006).
13 ¿Qué entendía Jesús por Reino de Dios? Él quiere explicarlo mediante parábolas a fín de que se comprenda mejor. Lo compara con una semilla: “El reino de Dios es como un hombre que echa semilla en la tierra, y se acuesta y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece; cómo, él no lo sabe” (Mc 4, 26). Cuando explica la parábola del sembrador, dice que el sembrador siembra la palabra (4, 14), es decir, la semilla viene identificada con la Palabra de Dios. Pero ¿qué entendía Jesús por Palabra de Dios? En la época de Jesús se leía mucho el libro del profeta Isaías, luego hay que entender qué significa Palabra de Dios para Isaías. En Is 56, 10-11 leemos: “Porque como descienden de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelven allá sino que riegan la tierra, haciéndola producir y germinar, dando semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía sin haber realizado lo que deseo, y logrado el propósito para el cual la envié”. No hay duda que se trata de la palabra de Dios que es creadora, que actúa dentro de la persona. Por tanto, el Reino de Dios no es otra cosa, que la acción de Dios creando dentro de la persona. Ahora bien, la creación está siempre en función de los demás, luego el Reino de Dios, consiste en que la persona deja que Dios actúe dentro de Él para poder trascender a las demás personas como lo hizo Jesús. En Él se dio completamente el Reino de Dios, y ahora lo quiere comunicar a quienes le escuchen. Un discípulo de Jesús acoge el Reino y lo anuncia como hizo su Maestro.
14 El “escuchadle” se refiere precisamente al cumplimiento de la promesa hecha a Moisés en Dt 18, 15.18: Ahora el Padre mismo, presenta en la persona de Jesús al Profeta como Moisés: lo Yahvéh tu Dios suscitará, de en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, a quien escucharéis... pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande.declara Hijo amado y manda escucharlo. De esto son testigos Moisés mismo y Elías, junto con los tres Apóstoles.
15 Por esta razón el evangelio puede terminar tranquilamente en 16, 8.
16 Queremos llamar la atención un instante sobre la importancia de la recepción del Espíritu Santo para el discípulo de Jesús. Esto es clave en la Sagrada Escritura. Desde el momento de la creación Dios insufla su espíritu, que es la RUAH. Él es la vida de Dios puesta en el hombre que lo hace ser imagen y semejanza de su Creador. Recordemos aquel pasaje donde Elías transmite parte de su espíritu a Eliseo, justamente por petición de éste (2 Re 2, 9), enseguida el Espíritu de Elías reposa sobre Eliseo y éste hace los prodigios que hacía Elías (2 Re 2, 15). Notemos que en el N.T. Dios le da su Espíritu a Jesús para que haga sus obras (Jn 5, 19.30; 7, 16.28; 8, 16.26.28.38). Jesús lo concede a sus discípulos después de su resurrección (Jn 20, 22); Lucas también nos cuenta del Pentecostés (Hch 2, 1-13) y cómo una vez recibido el Espíritu de Jesús, los discípulos pueden hacer los mismos milagros que hacía el Maestro (Hch 3, 1-10). Más tarde se impuso la costumbre de la transmisión del Espíritu Santo por la imposición de las manos (Hch 8, 17-18).
17 El discípulo de Jesús sufre por él con mucho amor y sentido. Son verdaderamente dicientes las palabras del Apóstol Pablo en 2 Cor 4, 7-15: Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros. Afligidos en todo, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos; llevando siempre en el cuerpo por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Porque nosotros que vivimos, constantemente estamos siendo entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo mortal. Así que en nosotros obra la muerte, pero en vosotros, la vida.
18 Otro elemento es que el discípulo hace discípulos incluso después de muerto, pienso en innumerables santuarios de peregrinación: Compostela, San Giovanni Rotondo, la misma tumba de Juan Pablo II. El discípulo no solamente es capaz de ayudar a transformar personas, sino comunidades. Las comunidades paulinas se entienden desde la misión.
19 La collatio, en la que los monjes compartían la lectio divina realizada individualmente, nos recuerda que el Espíritu se escucha mejor en medio de la comunidad, algo que expresa también de forma muy elocuente la práctica de la lectura comunitaria en grupo o en las comunidades eclesiales de base (S. Guijarro, El discipulado en los evangelios, V encuentro de Pastoral Bíblica, Panamá 11-15 de Julio de 2006).
20 A veces tenemos el deseo de enseñar tanto, que se nos olvida ser discípulos.
21 Notemos que en Mt el Jesús terreno va a mandar a sus discípulos sólo a las ovejas perdidas de Israel (Mt 10, 6), pero el Jesús resucitado manda a todo el mundo (28, 19). Hay una visión universal para proclamar la esperanza a todos los pueblos del mundo.

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