TEMA
IV
EL
MARTIRIO COMO LENGUAJE
Y SIGNO DE AMOR
Su Santidad el Papa Benedicto XVI, en su mensaje para la Jornada Mundial
de las Misiones, DOMUND 2006, nos ofrece la oportunidad de reflexionar
sobre el amor como alma de la misión, amor que se manifiesta,
sobre todo, en la donación de la propia vida, de tal manera que
afirma: La cruz es signo sorprendente de este amor. En la muerte
de Cristo, en la cruz, se realiza ese ponerse Dios contra sí
mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto
es amor en su forma más radical (...). Es allí, en la
cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí
se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el
cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar
.
El
término Mártir viene del griego y significa Testigo,
lo mismo que Martirio significa Testimonio.
Por lo tanto, los mártires son los testigos de la fe.
El
mártir no es un extraño para nosotros. Sabemos quién
es y logramos captar su personalidad y su significado histórico;
sin embargo, con frecuencia, su imagen parece evocar en nosotros un
mundo que no es ya el nuestro. Aparece como un personaje lejano, relegado
a épocas y períodos históricos que pertenecen al
pasado y que tan sólo la memoria litúrgica nos lo propone
de nuevo en el culto cotidiano.
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El
mártir, en la acepción que hoy tiene, es aquel que
da su propia vida por la verdad del evangelio. En este sentido
es muy expresivo un texto de Orígenes: Todo el que
da testimonio de la verdad, bien sea con palabras o bien con hechos
o trabajando de alguna manera en favor de ella, puede llamarse
con todo derecho `testigo.
Esta
dimensión permite comprender plenamente el significado
de los mártires en la historia en la vida de la comunidad
cristiana. Mediante su testimonio, la Iglesia verifica que
sólo a través de este camino se puede hacer plenamente
creíble el anuncio del evangelio. |
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Esto permite además explicar el hecho de que desde sus primeros
años la Iglesia haya visto en el martirio un lugar privilegiado
para verificar la verdad y la eficacia de su anuncio; en efecto, en
estos acontecimientos el testimonio por el evangelio no se limitaba
solamente a la forma verbal, sino que se extendía a la concreción
de la vida. Por eso la Iglesia comprendió que el mártir
no tenía necesidad de sus oraciones; al contrario, era ella la
que rezaba a los mártires para obtener su intercesión.
Por tanto, no se reza por el mártir, sino que se reza al mártir
por la Iglesia. El día del martirio se recordaba y se memorizaba
como el momento al que había que volver con gozo para celebrar
una fiesta, ya que se encontraba allí la fuerza y el apoyo para
proseguir en la obra evangelizadora.
El
martirio, como objeto de estudio teológico, pertenece a diferentes
disciplinas, mismas que nos ayudan a tener una visión más
completa de su realidad. Así por ejemplo:
-
La teología dogmática, valorará más
directamente en el martirio el elemento de testimonio para la verdad
del evangelio;
-
La espiritualidad, por su parte, estudiará sus formas
y sus características para que pueda ser presentado también
hoy como modelo de vida cristiana;
-
La historia de la Iglesia intentará reconstruir las
causas que produjeron situaciones de martirio y valorará
la exactitud de los relatos más allá de toda lectura
legendaria;
-
El derecho canónico, finalmente, valorará las
formas y las motivaciones con las que se realizó el testimonio
del mártir, para establecer su validez con vistas a la canonización.
La
teología fundamental estudia el martirio dentro de la
dimensión apologética, para mostrar que es el lenguaje
expresivo de la revelación y el signo creíble del
amor trinitario de Dios. Mediante el testimonio de los mártires
se muestra que todavía hoy, la revelación tiene su fuerza
de provocación respecto a nuestros contemporáneos, bien
para permitir la opción de la fe, bien para vivirla de forma
coherente y significativa.
a)
El martirio como lenguaje.
Querámoslo o no, el término mártir trae a la mente
del que lo pronuncia o del que lo escucha una realidad definida. Como
todos los términos del lenguaje humano, también éste
está sometido al análisis lingüístico, que
busca ante todo su sensatez, y por tanto su verdad o no-verdad, en la
experiencia cotidiana. En cuanto lenguaje humano, revela la dimensión
más personal del sujeto, que ve realizada de esta manera tanto
su capacidad para poseer la realidad que experimenta y que lleva a cabo
como la autocomprensión de sí como sujeto creativo.
Una
forma peculiar de lenguaje humano es la que se realiza a través
del lenguaje del testimonio. Su hermenéutica permite recuperar
algunos datos que ofrecen una visión más orgánica
y significativa del martirio.
El
testimonio va unido intuitivamente al ámbito jurídico
de la experiencia humana; en efecto, se comprende como un acto mediante
el cual se refiere lo que ha sido objeto de conocimiento personal. Sin
embargo, esta dimensión es sólo la primera forma de nuestro
conocimiento; efectivamente, el testimonio revela, en un análisis
más profundo, ciertas características que llegan hasta
la esfera más personal del sujeto.
Todo
testimonio encierra al menos dos elementos: en primer lugar, el acto
de comunicar; luego, el contenido que se expresa. Esta forma de comunicación
necesita inevitablemente la presencia de un receptor que acoja el testimonio.
Esto permite afirmar que el testimonio es una relación interpersonal
que se crea entre dos sujetos en virtud de un contenido que se comunica.
La calidad de la relación que se forma pertenece a la esfera
más profunda de la relación interpersonal, en cuanto que,
sobre la base del contenido expresado, los dos se arriesgan en la confianza
mutua y en la credibilidad de su propio ser. En efecto, el testigo,
en proporción con la fidelidad con que expresa el contenido de
su propia experiencia, revela la veracidad o no veracidad de su propio
ser; por otra parte, el que recibe este testimonio, al valorar el grado
de fiabilidad de lo que se le comunica, arriesga su propia confianza
en el otro. De todas formas, en ambos sujetos se pone de manifiesto
la voluntad de participar una parte de su propia vida y de salir de
sí mismo con vistas a la comunicación.
Así
pues, en esta perspectiva, el testimonio no puede reducirse a una simple
narración de hechos; se convierte más bien en un compromiso
concreto, con el que se quiere comunicar y expresar, si fuera necesario
con la propia muerte, la verdad de lo que se está diciendo, insistiendo
en la verdad de la propia persona. Con el testimonio, cada uno dispone
de sí mismo con aquella libertad original que le permite verificarse
como sujeto verdadero y coherente; en una palabra, el testimonio representa
uno de los rasgos constitutivos del lenguaje humano.
El
martirio se comprendió siempre como la forma de testimonio supremo
que daba el creyente con vistas a la verdad de su fe en el Señor.
Las Actas de los mártires confirman explícitamente que
el martirio se comprendía como aquel testimonio definitivo que,
comenzado ante el juez, se concluía luego con la aceptación
de la muerte.
b)
El martirio como signo.
Los ejemplos que nos refieren las Actas de los mártires muestran
de forma clara que el testimonio del mártir fue leído
como signo de la presencia de Dios en la comunidad. La misma Trinidad
revelaba en la muerte del mártir la expresión última
de su naturaleza: el amor que llega hasta el don completo de sí
mismo. La Iglesia ha comprendido siempre el valor de este testimonio
y lo ha interpretado como el signo permanente del amor fiel e inmutable
de Dios que, en la muerte de Jesús, había alcanzado su
expresión culminante.
El
signo, con sus cualidades de mediación y de comunicación,
tiene la característica de crear un consenso en torno a su significado
y de provocar al interlocutor para que tome una decisión. Las
notas esenciales de signo se verifican también plenamente en
el martirio. En torno al mártir resulta fácil ver realizado
el consenso unánime sobre su fuerza de ánimo y su coherencia;
el contenido de su gesto se convierte en posibilidad, para todo el que
lo desee, de pasar al significado expresado en aquella muerte: el amor
mismo de Dios.
La
fuerza provocativa que dimana del martirio y que mueve a reflexionar
sobre el sentido de la existencia y sobre el significado esencial que
hay que dar a la vida es tan evidente que no se necesita ninguna demostración
para convencer de ella. La decisión de llegar a una opción
coherente y definitiva encuentra aquí su espacio vital. La historia
de los mártires manifiesta con toda lucidez que la muerte de
cada uno de ellos, si por una parte dejaba atónitos a los espectadores,
por otra sacudía hasta tal punto su conciencia personal que se
abrían a la conversión y a la fe: sangre de los mártires,
semilla de cristianos.
La
reflexión teológico fundamental encuentra en el martirio
una de las expresiones más cualificadas para proponer auténticamente,
aun hoy día, la credibilidad de la revelación cristiana.
La
perspectiva apologética preconciliar se limitaba normalmente
al estudio del martirio dentro de la esfera de una casuística
para el descubrimiento de las virtudes heroicas que atestiguaban los
mártires en favor de la verdad de la fe. Superando esta lectura,
es posible ver el martirio relacionado más bien con las perennes
cuestiones del hombre, y, por tanto, adecuado para ser signo que ilumina
a quienes se ponen a buscar un sentido a su existencia.
Hay tres cuestiones que parecen afectar continuamente a la persona humana:
- la
verdad de su propia vida personal,
- la libertad
ante la muerte y
- la decisión
para la eternidad.
Por
lo que se refiere al primer momento, la verdad de la propia vida personal,
se puede observar que, desde los primeros tiempos de la Iglesia, el
martirio fue interpretado como uno de los gestos más coherentes
que el hombre podía realizar. El creyente que había acogido
la fe veía realizada en la muerte del mártir la coherencia
más profunda entre la profesión de la fe y la vida cotidiana.
Un análisis de los informes procesales de los mártires
nos hace descubrir que el mártir concebía el camino del
martirio como el sendero que tenía que seguir para ver finalmente
realizada su propia identidad de cristiano y para sentirse completo.
La
verdad de la fe, que al final se convierte para el mártir en
dar la vida por los amigos (Jn 15, 13), es una experiencia
concreta de verdad sobre sí mismo; en efecto, el mártir
comprende que entregar su vida en nombre de Cristo, es lo que constituye
y forma la verdad de su ser. La verdad sobre su vida y la verdad del
evangelio, confluyen aquí en una síntesis tan estrecha
que ya no cabe la idea de concebirse fuera de la verdad acogida en la
fe. De este modo el mártir se hace testigo de la verdad del evangelio,
descubriendo la verdad sobre su propia vida, que carecería de
sentido fuera de esa perspectiva.
Sin
embargo, el martirio es en este contexto una expresión de la
honestidad y de la coherencia que lleva a privilegiar y a anteponer
la verdad universal sobre las propias opciones personales de vida.
En
efecto, el mártir indica no solamente que cada uno puede conocer
integralmente la verdad sobre su propia vida, sino más aún,
que él puede dar su misma vida para convencer sobre la verdad
que guía sus convicciones y sus opciones.
Por
lo que se refiere al segundo momento, la libertad personal ante la muerte,
hay que observar que en el martirio esta libertad resulta tan paradójica
que parece contradictora: ¿cómo puede pensarse que uno
es libre, si éste es precisamente el momento en que la propia
vida depende de la voluntad de otro? Además de la tesis iluminadora
de K. Rahner sobre este punto, hay que señalar los siguientes
aspectos ulteriores:
a)
La muerte constituye un acontecimiento que determina la vida
de cada uno y que forma la historia personal. Se sitúa como elemento
significativo para el discernimiento de la verdad sobre uno mismo y
sobre todo lo que realiza; en una palabra, la muerte toca al hombre
en su globalidad, es un hecho universal; nadie queda excluido.
Sin
embargo, la muerte no es un simple dato biológico ante el que
cada uno ve la parábola de su propia vida; es algo más,
ya que precisamente en ese momento se descubre que uno no está
hecho para la muerte, sino para la vida. La negativa a perderse con
la desaparición física de sí mismo hace comprender
cuán esencial es para la persona el enfrentamiento consciente
con este acontecimiento, a pesar de que nos gustaría borrarlo
de nuestra propia mente.
b)
La muerte constituye también un misterio, que desborda
infinitamente al hombre y ante el cual se alternan las reacciones más
diversas: el miedo, la huida, la duda, la contradicción, el deseo
de querer saber más, la desconfianza, la serenidad, la desesperación,
el cinismo, la resignación, la lucha.
En
la muerte, cada uno juega su carta definitiva, ya que se ve obligado
a esa partida de ajedrez que ya no puede diferirse más
y que al final se busca como algo necesario e improrrogable.
Por
este motivo se puede afirmar que también el mártir, más
aún, sobre todo el mártir, revela su libertad plena ante
la muerte, precisamente cuando parece que no queda ya ningún
espacio para la libertad.
En
efecto, puesto ante la muerte, el mártir sabe dar el significado
supremo a su vida, aceptando la muerte en nombre de la vida que le proviene
de la fe. Por consiguiente, el mártir, a pesar de estar condenado
a morir, escoge la muerte; para él, morir equivale a escoger
libremente, entregarse a sí mismo, plena y totalmente, al amor
del Padre. El mártir sabe que su aceptación de la muerte,
con este significado, corresponde a liberarse a sí mismo de una
vida que, fuera de ese horizonte, se quedaría sin sentido.
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Finalmente,
también para la última pregunta ¿qué
habrá después de la muerte? el martirio consigue
ser expresión de un sentido nuevo.
En
los procesos de los mártires aparece siempre la expresión
reunirse con el Señor. Así pues, en
la muerte se encuentra la dimensión íntima de la
capacidad personal de decisión. Aunque pueda parecer paradójico,
la decisión más auténtica para el sujeto,
y por tanto la más libre, es la de saber confiarse al misterio
que se percibe. El hombre es misterio, pero comprende dentro de
sí la presencia de un misterio mayor que lo abraza sin
destruirlo. Fuera de este horizonte uno se convertiría
en enigma insoluble; por el contrario, dentro de él se
encuentra la clave para poder autocomprenderse. |
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El
martirio, en cuanto signo del amor, es también signo de aquel
que en el amor acoge el misterio del otro. En este punto ya no existen
más preguntas, sino sólo la certeza de ser amado y acogido
por Él. La fuerza del mártir tiene que encontrarse en
la conciencia de que, puesto que Cristo ha vencido a la muerte, también
el que se confía a él reinará para siempre. La
palma del mártir se convierte en el signo perenne de la victoria
que va más allá de la derrota de la muerte.
Estos
elementos que hemos descrito permiten ver el martirio como un signo
importante para la búsqueda del sentido y para la credibilidad
de la revelación. La muerte del mártir se convierte en
signo de la naturaleza del morir cristiano: asunción de la muerte
misma de Cristo en la vida, acto supremo de la libertad que introduce
en el amor del Padre.
El
mártir, en definitiva, es aquel que da a la muerte un rostro
humano; paradójicamente, expresa la belleza de la muerte. Yendo
a su encuentro, él la ve ciertamente como un momento dramático,
aunque no trágico, de su existir, y sin embargo digna de ser
vivida por ser expresión de su capacidad para saber amar hasta
el fin.
Los
manuales de teología en su definición del martirio, defenderán
particularmente el motivo del odio a la fe. Teológicamente el
martirio se define así: sufrimiento voluntario de la condenación
a muerte, infligida por odio contra la fe o la ley divina, que se soporta
firme y pacientemente y que permite la entrada inmediata en la bienaventuranza.
También
el concilio ha procurado dar su propia visión teológica
del martirio, en la que es fácil ver una articulación
que se puede describir con estas características: en primer lugar,
las premisas cristológicas, luego la inserción en el escenario
eclesial, después la comprobación de la especificidad
del mártir creyente y, finalmente, la parénesis,
para que todos los bautizados estén dispuestos a profesar la
fe incluso con la entrega de su propia vida. Dado que Jesús,
el Hijo de Dios, manifestó su amor entregando su vida por nosotros,
nadie tiene mayor amor que el que entrega su vida por él y por
sus hermanos (premisa cristológica). Pues bien, algunos cristianos,
ya desde los primeros tiempos, fueron llamados, y seguirán siéndolo
siempre, a dar este supremo testimonio de amor ante todos, especialmente
ante los perseguidores (escenario eclesial). Por tanto, el martirio,
en el que el discípulo se asemeja al maestro, que aceptó
libremente la muerte por la salvación del mundo, y se conforma
a Él en la efusión de su sangre, es estimado por la iglesia
como un don eximio y la suprema prueba de amor (especificidad del
martirio). Y aunque concedido a pocos, todos deben estar prestos
a confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino
de la cruz, en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia
(LG 42; cf. también LG 511; GS 20; AG 24; DH 11.14).
Como
se advierte en este texto, el Vaticano II inserta al mártir en
una clara perspectiva cristocéntrica; la muerte salvífica
de Jesús de Nazaret constituye el principio normativo del discernimiento
del martirio cristiano. De todas formas, esta centralidad se describe
con la expresión dar la vida por los hermanos, que
recuerda el texto de Jn 15, 13 y permite verificar que lo que mueve
al mártir a dar su vida es el amor arquetípico y normativo
de Cristo. Igualmente, el recuerdo de la dimensión eclesial no
hace más que subrayar la continuidad del testimonio de amor dado
por el mártir para confirmar a los hermanos en la fe. Además,
cuando el texto conciliar habla de la especificidad del martirio cristiano
diciendo que es un don eximio, y por tanto una gracia y
un carisma dados a quien más ama, y la suprema prueba de
amor, es decir, el testimonio definitivo del amor, tanto lo uno
como lo otro es visto como algo que se da en la Iglesia y para la Iglesia,
para que de este modo pueda crecer hacia aquel que es la cabeza,
Cristo. Por él, el cuerpo entero, trabado y unido por medio de
todos sus ligamentos, según la actividad propia de cada miembro,
crece y se desarrolla en el amor (Ef 4,15-16; cf. 1 Cor 12-14).
Así
pues, cabe pensar que con esta descripción, el Vaticano II abre
el camino a una interpretación nueva y más globalizante
del testimonio del mártir, con vistas a las nuevas formas de
martirio a las que hoy asistimos debido a la modificación de
los acontecimientos. Por tanto, es lícito pensar que con el concilio
se llega a identificar el martirio con la forma del don de la vida por
amor.
El
texto de LG 42, anteriormente citado, no habla ni de profesión
de fe ni de odio a la fe; los supone ciertamente, pero prefiere
hablar de martirio como signo del amor que se abre hasta hacerse total
donación de sí.
Si
se subraya el amor más que la fe, se comprende que es más
fácil destacar la normatividad del amor de Cristo, que está
en la base del testimonio del mártir; en efecto, esta forma de
amor sigue siendo creíble también entre los contemporáneos,
que se ven provocados por una persona en la esfera más profunda
de su ser.
Luego
si el acento se pone en el amor que está en la base del testimonio
del mártir, se comprende también que resulte mucho más
fácil la identificación del mártir con aquel que
no sólo profesa la fe, sino que la atestigua en todas las formas
de justicia, que es el mínimo del amor cristiano.
Por
consiguiente, el amor permite referir a la identidad del mártir
su testimonio personal y su compromiso directo en el desarrollo y progreso
de la humanidad; el mártir atestigua que la dignidad de la persona
y sus derechos elementales, hoy universalmente reconocidos pero no respetados,
son los elementos básicos para una vida humana. Si se asume este
horizonte interpretativo, resulta claro que el mártir no se limita
ya a unos cuantos casos esporádicos, sino que se le puede encontrar
en todos aquellos lugares en los que por amor al Evangelio, se vive
coherentemente hasta llegar a dar la vida, al lado de los pobres; de
los marginados y de los oprimidos, defendiendo sus derechos pisoteados.
Mártir, por lo tanto, no es sólo el que derrama su
sangre sino que lo es también aquel que día a día
da su vida por sus hermanos en el servicio del Evangelio.
MONS.
JORGE ARTURO MEJÍA FLORES